Nerópolis es la ciudad con la que Nerón sueña; para ello no dudará en incendiar la vieja Roma imperial y bautizar al fruto de sus cenizas con su nombre. Hacia el final de la dinastía de los Césares, la azarosa historia del joven Kaeso nos introducirá, entre orgías, matanzas y prostíbulos, en la licenciosa 'vida cotidiana de los romanos, que se sintieron fascinados por el incesto, apabullados por la emancipación de las mujeres y cautivados por el teatro pornográfico. El rigor histórico del autor está teñido de sarcasmo; Nerópolis es una obra erudita, cáustica, didáctica y entretenida. Hubert Monteilhet nació en París en 1928. Se licenció en historia en la Sorbona y durante diez años ejerció de profesor en colegios franceses de túnez. Ha escrito novelas policíacas y de otros géneros, y ha sido galardonado con premios literarios tan diversos como el Gran Prix de Littérature Policiére, el Gran Premio de Literatura Fantástica de Avoriaz y el Prix de la Société des Gens de Lettres. Sus obras han sido traducidas a quince idiomas. Nerópolis Volumen 1 Novela Histórica Nerópolis Volumen 1 Hubert Monteilhet SALVAT Diseño de cubierta: Ferran Cartes/Montse Plass Traducción: Encarna Gómez Castejón Traducción cedida por Tusquets Editores, S.A. Título original: Néropolis (Roman des temps Néroniens) (c) 1995 Salvat Editores, S.A. (Para la presente edición) (c) by Éditions Julliard, 1984 ISBN: 84-345-9042-5 (Obra completa) ISBN: 84-345-9089-1 (Volumen 46) Depósito Legal: B-20855-1995 Publicado por Salvat Editores, S.A., Barcelona (Con la autorización de Tusquets Editores, S.A.) Impreso por CAYFOSA. Junio 1995 Printed in Spain - Impreso en España Indice VOLUMEN I Primera parte I................13 II...............27 III..............41 IV...............55 V................69 VI...............83 VII..............103 VIII.............129 Segunda parte I................161 II...............177 III..............193 IV...............209 V................225 VI...............243 VII..............259 VIII.............275 Ix...............291 x................309 Tercera parte I................329 II...............347 III..............365 IV...............383 V................401 VI...............421 VII..............437 VIII.............453 Ix...............473 VOLUMEN II Cuarta parte I................ II...............493 III..............509 IV...............527 V................545 VI...............561 VII..............577 VIII.............595 Ix...............613 x................631 Quinta parte I................649 II...............669 III..............687 IV...............705 V................741 VI...............761 VII..............779 "...Ese gran imperio que en- gulló a todos los imperios del universo, de donde salieron los m~s grandes reinados del mun- do, cuyas leyes todavía respeta- mos y que, en consecuencia, de- bemos conocer mejor que cual- quier otro imperio.~~ Bossuet ~1 El asistente de Antonio no acababa de disponer la to a en torno al cuerpo de su amo: apretaba o aflojaba e1ta~a- harte ciñendo el talle, daba gracia a la sinuosa caída de la tela que iba a servir de bolsillo al senador, cuidaba de que estuviera en su sitio la amplia banda de púrpura oscura que delimitaba el diámetro de la pieza semicircular de tela y cuyo suntuoso color contrastaba sobre el blanco mate de la lana recién planchada. Verdaderamente, las togas de ce- remonia habían alcanzado en estos tiempos unas dimensio- nes enloquecedoras, y no se podía ni pensar en vestirlas sin la ayuda de un artista. Ya el barbero, a fuerza de irritantes minucias, había retrasado a Aponio a pesar de haberse le- vantado con el sol de otoño. Pomponia, quien a esta hora todavía hubiera debido se- guir entregada al sueño, o abandonar sus maduros encan- tos a los cuidados estéticos de sus camaradas, apareció en peinador, la cabellera deshecha y el aire inc~uieto. Había te- nido un mal sueño, el mismo que la habia perseguido al principio de su segundo matrimonio, hacía una decena de años, cuando Aponio había estado a punto de verse arras- trado por la caída en desgracia de Seyano, aquel favorito de Tiberio excesivamente ambicioso. Metamorfoseado en águila, su marido, luego de algunas evoluciones majestuo- sas sobre la ciudad, caía de golpe en un patio trasero del palacio, donde los criados se precipitaban sobre éLpara desp lumarlo y ponerlo en un espetón. Sueño tanto más no- tabl e cuanto que Ap onio no tenía nada de águila. Aponio se encogió de hombros, el que envolvia la toga y el que dejaba libre a fin de que su brazo comentase con mayor comodidad los discursos capitales que, sin duda, nunca pronunciaría. Desde luego, no alardeaba de poseer un caracter fuerte y no había cometido la imprudencia ni la impiedad de desdeñar a priori los presagios y los sueños. Si César hubiese escuchado a Calpurnia, su cuarta es osa, habría sobrevivido a los idus de marzo. Pero, en fin, uealho mbre le era posible recordarlo, ninguna subasta gladiadores había traído desgracia a los clientes. 13 -No es una subasta ordinaria, Marco. El asunto es muy raro. -¡Raro o extraordinario, volveré! -¿Por qué Calígula pone en venta tal cantidad de ¡u- liani*? Estos gladiadores imperiales se hallaban en la cresta de la ola en Roma, en muchas ciudades de Italia y de las pro- vincias conquistadas, y se enorgullecían del título, que re- cordaba su pertenencia a la casa de los Césares. La respuesta era evidente: -Nuestro emperador Cayo acaba de disipar los tesoros de Tiberio. Ahora tiene que hacer flechas con cualquier madera y liquida el exceso de espectáculos con que había regalado a la muchedumbre desde su llegada al trono. -Pero en lo tocante a los gladiadores, hasta ahora Cayo había sido más comprador que vendedor. -Eso es porque, loco por los gladiadores, había hincha- do los efectivos más allá de lo razonable, y quiere reducir- los esta mañana. -Me parece que una venta así no interesa normalmente más que a los "lanistas" italianos o de provincias, especia- listas en ese tráfico. ¿Por qué invitar a senadores, y en tan gran número? ¿Para qué necesitan ellos gladiadores? -El hecho es que, en nuestros días, sólo el emperador puede ofrecer Juegos a la plebe romana, personalmente o a través de los favoritos a los que quiere honrar. Empero, ol- vidas que muchos senadores tienen importantes cliente- las** fuera de Roma, amigos o protegidos susceptibles de montar un espectáculo para deslumbrar al consejo munici- pal y asegurarse unas buenas elecciones. Esa gente siempre se al egra de que pongan graciosamente algunos gladiadores a su servicio. -Tú apenas tienes una pequeña clientela romana. -¡Razón de más para no desembolsar nada! Salgo ga- nando. -Nunca se ha visto a emperador alguno asistir a una venta de gladiadores. Y una venta en la que no aparece como comprador honorable, como "munífico"' ocasional- mente preocupado por su popularidad, sino como trafican- te, vendedor de su propia familia de gladiadores. Los liber- tos imperiales responsables de los cuarteles o los lanistas * Julianos. (N. de la T.) ** Los clientes eran plebeyos bajo la protección de un patri- cio. (N. de la T.) 1. El munus o regalo era un espectáculo ofrecido al pueblo por un personaje oficial o por un particular que tomaba entonces la etiqueta personal de "munífico' . (N. del A.) tajo sus órdenes están ahí, por lo general, para interpretar ese desprestigiado papel. La observación era pertinente. El tráfico profesional de gladiadores estaba apenas mejor considerado que el de la carne para el placer. La infamia del lenón, proveedor de mujerzuelas o de favoritos, se acercaba a la del lanista, pro- veedor de anfiteatros -de quien se decía, además, que el nombre venía de lanius, el artesano carnicero. Seguramente, los lanistas que tenían a su cargo la gestión y el entrena- miento del cuerpo de élite de los julianí escapaban al últi- mo desprecio gracias a la importancia de su papel y de su relación con la casa del Príncipe. Pero ningún lanista, nin- gún lenón dejaba una inscripción reveladora y halagúeña sobre su tumba. Eran buenos para el emperador que los empleaba, para el público que reclamaba sus servicios, para los propios gladiadores que lavaban su infamia con el cora- je -mientras que la del lanista o el lenón, la de las mujer- zuelas o los favoritos, juzgada menos valerosa, sólo se lava- ba en las termas. Tal era la inconsecuencia del mundo. Si, claro... Pero desde la enfermedad que le había per- turbado el juicio, un desorden no significaba gran cosa para Calígula, y si la doncella no hubiese aguzado el oído, Aponio le habría podido contar alg uno más a su mujer. Se sentó para que le calzasen deslumbrantes borceguíes de cuero rojo con medias lunas doradas, que senalaban al pueblo que había ejercido una magistratura curul, y decla- ró por eufemismo que Calígula era un fantasioso de qukn podía esperarse cualquier cosa. Y ahí apretaba el zapato. Roma había tenido ocasión de apreciar otras crueldades, otros desenfrenos, otras infamias. Lo que en las de Cayo molestaba, sobre todo a los hombres ponderados, era su ca- rácter imprevisible, combinado con un humor regido por una aberrante lógica. ¿No había alimentado una vez a las fieras destinadas a los Juegos con condenados de derecho común que normalmen e es estaban reservados, aseguran- do que para los animales era bueno encontrarse antes del horario previsto con el régimen de carne palpitante que les recordaría los hermosos dias de libertad? Ningún zoólogo habría podido probar lo contrario. ¡Una fantasía de un gus- to verdaderamente deplorable! Pero Aponio no era ni un águila ni un león. ¿Qué atro- cidad podría temer en una subasta de gladiadores? Mientras le ataban los borceguíes, Pomponia, que no estaba muy convencida, hacia los últimos esfuerzos por disuadir a su marido de que saliera, arguyendo que presen- tía una trampa cuya naturaleza, era verdad, no podía dis- tinguir razonablemente. ¿Qué vale la intuición sin la ra- zón? 14 15 L Ap onio se esforzó por tranquilizarla bromeando y acabó por decirle: -Cayo me pidió que fuera, como a tantos otros. Si digo que estoy enfermo, verá en ello, ya le conoces, un signo in- sultante de desconfianza. Este es el riesgo más seguro. Los portadores de litera esperaban bajo el pórtico vesti- bular exterior, en compañía de la jauría de clientes que Aponio había atraillado para acompañarlo tanto a la ida como a la vuelta. ¿Qué iban a pensar si los despedía? Se arrancó a los abrazos de Pomponia con romana im- pavidez y salió de los aposentos privados. Barbero, donce- lla y esposa le habían hecho perder un tiempo precioso; la venta debía de haber empezado ya. ¿Sería mal visto una lle- gada demasiado tardía? Mientras atravesaba el atrio, elgran reloj dio la media de la tercera hora. Antes de acomodarse en la litera, sacó del sinus~ de la toga su cuadrante solar en miniatura y verificó la hora al sol, que había tomado altura en un cielo azul sin nubes. El reloj del atrio, afortunadamente, parecía ir adelan- tado. Ya en camino, a merced del balanceo de la litera, que bajaba la cuesta del aristocrático monte Caelio para escalar después las del Palatino, Ap onio se sintió impresionado, como tantos otros, por la dificultad de saber la hora exacta en Roma. Era como para preguntarse si habrían elegido una vía conveniente ara conseguirlo... El día estaba divi dido en doce horas, y la noche en otras tantas. De esta manera, de un solsticio a otro, las horas diurnas y nocturnas, dotadas de una crónica elasticidad, se alargaban o encogían entre los límites de una media hora, siendo los equinoccios los únicos días del año en que las horas consentían en ser de la misma duración. Y para que uno viera menos claro todavía, las veinticuatro horas de la jornada civil se contaban de medianoche a medianoche, al paso de la sexta a la séptima hora nocturna, es decir, en un momento en el que el sol ya no estaba a la vista para apor- tar alguna precisión a los durmientes. El mediodía era evi- dente, la medianoche era muy oscura. ¿No eran más razo- nables los ~riegos -y, según se decía, los judíos- al hacer partir su dia astronómico de la puesta de sol, y los babilo- nios, que se basaban en su salida? La vulgarización del cuadrante solar cóncavo con estilo, el gnomon griego, había supuesto un gran progreso. La ilu- minación solar de este instrumento indicab a en uno de los * Pliegue que formaba la toga y que servía de bolsillo. (N. de la 1.) 1~ ~entidos del barrido la duración de las horas del día, y en el otro media la altura estacional del astro. Pero cada gnomon tenía que ser construido precisamente para la latitud del lugar de empleo y orientado con el mayor cuidado. Aponio ~ nsaba, divertido, en la célebre historia de M. Valerio essala*, que al principio de la primera guerra púnica ha- bía instalado orgullosamente ante los comicios un gnomon robado en Catala. ¡La hora de Roma había sido oficialmen- te falsa durante tres generaciones! Luego se habían extendido los reloes hidráulicos, que tenían la ventaja de dar también las ?ioras de noche. El agua fluía de un recipiente cilíndrico de vidrio, cuya super- ficie había sido dividida verticalmente en meses y horizon- talmente en horas. Aponio tenía incluso un reloj giratorio, que presentaba siempre al observador la columna de agua fi u yente en relación con las divisiones horarias del mes en que se encontraba. Así, al menos en teoría, el reloj domi- naba la elasticidad horaria en el ámbito mensual, en el que las variaciones eran despreciables. Pero, en la práctica, uno estaba obligado a regular cada reloj según un gnomon cerca- no, fuente solar de la única precisión posible. Y las imper- fecciones fatales del gnomon se sumaban a las del reloj para enredarlo todo. Los mecanismos accionados por flotadores habían hecho tañer en vano carillones de campanillas ar- gentinas o silbar a autómatas emplumados; la hora romana seguía siendo de las más aproximativas. El dicho no se equivocaba: "¡Es más fácil poner de acuerdo entre sí a los filósofos que a los relojes!". El tumultuoso alboroto de la canalla cosmopolita, que había arrullado la litera, se desvaneció y, tras las cortinas corridas, Aponio supo que acababa de penetrar en el abra de calma que rodeaba e f palacio nuevo el ifunto Tiberio. En una gran sala, entre el zumbido de la gente -pero ante una silla imperial todavía vacía-, el voceador despa- chaba sin pasión a un montón de esclavos figurantes: se- gundos árbitros; tocadores de trompeta o de cuerno, espe- cializados en la puntuación musical de las matanzas; heral- dos o portadores de pancartas, que aseguraban la comuni- cación entre el presidente de los Juegos, los gladiadores y el público; cuidadores, masajistas, enfermeros, ensalmado- res, rastrilladores que se disfrazaban de Caronte o Plutón para conducir hacia el expoliario los despojos de los gladia- dores degollados; también un Mercurio, ese mensajero de los dioses que, a un gesto del presidente, daba la señal para * Marco Valerio Messala. El nombre se abreviaba entre los ciudadanos romanos. (N. de la T.) 16 17 el regocijo... Todo un pequeño mundo del que nunca se hablaba. Aponio se abrió paso, entre la muchedumbre que per- manecía en pie, hacia los asientos reservados a los senado- res, en semicírculo frente al lugar de la acción. Habían adornado los muros de la sala con palmas ver- desy coronas de rosas rojas, alusión simbólica a las recom- pensas acostumbradas para los vencedores, y el podio lige- ramente elevado por dionded esfilaban los lotes había sido. abundantemente enarenado, como si se tratara de un circo. Una delicada y piadosa consideración había hecho colocar, detrás de ese podio, las estatuas de los dioses y diosas por los que los gladiadores sentían particular devoción: Hércu- les y Marte; Venus, a quien los felices supervivientes dedi- caban armas votivas; y Némesis, hija de la Necesidad y ven- gadora de los crímenes, que presidía los enfrentamientos atléticos más sangrientos. Y del otro lado, a la entrada de la estancia, un Hermes en pie favorecía el comercio. Habían acudido -además de los complacientes senado- res- todos los compradores en potencia que encubría el peculiar mundo de los gladiadores; lo que quedaba de los grandes lanistas capuanos tras el periodo fasto, frenético, inolvidable de la República que tocaba a su fin, cuando una nobleza devorada por las ambiciones rivalizaba en las pujas para reunir los votos de la plebe romana entre la sangre de los gladiadores sacrificados sin motivo; incluso lo que que- daba en Roma de los pequeños lanistas independientes a pesar de la arrolladora competencia de los establecimientos imperiales; lanistas de todos los rincones de Italia y de la mayor parte de las provincias, pues los gladiadores habían llegado a ser un factor universal de civilización, un signo de comunión con la ejemplar Roma. Pero los más generosos, deseosos de ofrecer Juegos en una ciudad italiana o de pro- vincias sin pasar por el conducto de los lanistas, también se habían desplazado, y había hasta sacerdotes orientales del culto imperial, que hacían de la "edición" de un bello es- pectáculo una clamorosa manifestación de vasallaje. La ven- ta estaba p revista desde la primavera. Completaban la asistencia los curiosos que deseaban ver a Calígula de cerca. En su galería palatina, desde donde do- minaba los entusiasmos o las tormentas del Circo Máximo al paso polvoriento de las cuadrigas, Cayo era inaccesible. Y en los otros circos, anfiteatros o teatros, permanecía ais- lado de la plebe por compactas cortinas de guardias. Aponio terminó por hacerse sitio entre el grueso Cor- nelio Cordo, que al salir de su cuestura se había desintere- sado prudentemente de la política para consagrarse a la co- mida, y el flaco Carvilio Ruga, personaje consular que E- presumía de estoicismo y desdeñaba los espectáculos. ¡De los seiscientos padres conscriptos, habría podido saludar a ciento cincuenta por su nombre! A través de los ventanales abiertos se distinguían, mu- cho más allá de la cuesta de la Victoria, que trepaba hacia el Palatino, los Foros de César y de Augusto, dominados por el Capitolio, anclado como un gran navío de piedra, con su intermonte hundido entre la proa y la popa. Era la imagen de la permanencia, la tradición, la seguridad, en una cálida luz otoñal. Tranquilizado, Aponio se puso a charlar con sus vecinos mientras la venta seguía su curso. En ese momento liquidaban lotes de "tirones". El "ti- rón", ese novato de las legiones, había dado su nombre a los gladiadores novicios, jóvenes en espera de un primer combate cuya inexperiencia amenazaba convertir en fatal. Muchos de esos novicios eran esclavos que buscaban en el ejercicio de las armas una dignidad que su condición les negaba. Pero una fuerte minoría de hombres libres o de li- bertos había firmado por dinero ese contrato tan original de auctoratio* , por el que ponían su libertad en manos de un traficante durante un cierto tiempo o un cierto número de duelos. Esos gladiadores bajo contrato eran a menudo arruinados hijos de familia que, después de haber vendido sus bienes, se habían vendido a sí mismos como último re- curso. Sus padres les habían advertido: "¡Si sigues así, ter- minarás entre los gladiadores!". Y papá había tenido razón. Lanistas y muníficos compraban a los esclavos en cuer- po y alma y recompraban los contratos de auctoratio, que entrañaban subastas más animadas, pues los espectadores de los Juegos, naturalmente, se quedaban impresionados al ver a hombres libres consagrarse a su placer. Cordo le contaba a Aponio cómo había logrado otra su- basta mucho más interesante. -Figúrate que anteayer al alba, en el mercado transti- berino de los pescadores -los expertos desdeñan el gran mercado de pescado de Velabra- le arranqué por 8.000 sestercios a una banda de fanáticos aficionados un róbalo más largo que mi brazo. ¡Qué digo un róbalo! ¡Un róbalo romano! Lo que los pescadores llaman "catillo", el parásito lameplatos que vive en el Tíber, a la salida de las cloacas. Ese que todavía llaman "el róbalo de los puentes". Un ver- dadero "catillo", y de ese tamaño, no tiene precio. ¡Si lo hubieras visto, gordo como un sacerdote de Isis o un eunu- co de Cibeles, coleando furioso en su barreño! Lo hice co- * Arrendamiento de servicios como gladiador. (N. de la T.) 18 19 L cer vivo en una media salsa de las más estudiadas para con- servar mejor la frescura, y lo saboreé con un relleno hecho de hígados de grandes salmonetes, ostras del lago Lucrino, corazones de erizos de mar y croquetas de bogavante, y una salsa sublime ligada con arroz de las Indias. El aroma del "catillo" es algo conmovedor. Aponio, que no hacía excesivos gastos de mesa, asentia cortésmente, pero pronto se volvió hacia el estoico, que le estaba dirigiendo una pregunta: -Hay algo en este asunto que se me escapa. Es verdad que yo soy tan poco avisado... Me habían dicho que los la- nistas proponían a sus compradores muníficos contratos de alquiler-venta, en los que quedaba claro que los vencedores serian alquilados, y lOs muertos o lisiados vendidos. ¿Por qué entonces los muníficos aquí presentes compran o re- compran al contado esclavos o contratos de gladiador? -Puedes imaginarte que yo tampoco estoy muy al co- rriente de estas cuestiones -respondió noblemente Apo- nio-. No voy al anfiteatro más quep ara apreciar la calidad de la esgrima. No obstante, puedodecirte que al que ofre- ce un espectáculo le interesa pagar al contado si los p re- cios están en alza. Y como los gladiadores hacen furor bajo este reinado, los precios son ruinosos. Sólo se puede reven- der más caro después de la fiesta. -Pareces estar más al corriente de lo que dices. Aponio protestó blandamente, no muy seguro de si la sospecha era enojosa o halagúeña. El voceador se esforzaba por sobrepujar equipos de bes- tiarios, cuya cota estaba bastante baja. Los bestiarios eran los destajistas de la arena y -salvo memorables excepcio- nes- su reputación se resentía un poco a causa de que, ac- cesoriamente, se ocupaban de entregarles a los animales los condenados de derecho común, a los que además te- nían la tarea de rematar si las fieras, ahítas, se mostraban descuidadas. El gastrónomo que cocía vivos los "catillos" de la Cloa- ca Máxima volvió a la carga: -Te he oído hablar de gladiadores con Ruga hace un momento. ¡Qué decadencia para nuestra nobleza! Bajo la República, los ediles curules o plebeyos y los pretores ofre- cían al pueblo magníficos juegos, y cada ambicioso era ex- p erto en ellos. El mismo Cicerón traficaba con gladiadores bajo mano. Mientras que, desde Augusto, todo un colegio de pretores saca dos a suertes para organizar una fiesta que el emperador no admite que eclipse a las suyas. ¡Y encima, Tiberio ha suprimido la fiesta durante la mayor parte del tiempo! Hoy se puede llegar al consulado en la más com- pleta ignorancia de lo relativo a la arena. 20 Era demasiado cierto. La nobleza ya no era lo que había sido. Había perdido el monopolio de los Juegos. En Roma, juegos y poder iban unidos. ¿Pero qué hacía el emperador Cayo? ¿Es que ni siquiera se había levantado? El voceador hacía valer lotes de gladiadores sin gran re- lieve. Habiéndose topado con otros más torpes que ellos en su primer combate, habían pasado a veteranos", pero en lo sucesivo no habían brillado en absoluto. Sus pal mas victoriosas eran raras, y más raras aún las coronas que re- compensaban sus hazañas. En el intermedio, pusieron a la venta a algunas gladia- doras o cazadoras, que suscitaron más curiosidad malsana 2 que pasion . No obstante, hubo uná puja interesante por un par de gladiadoras tuertas del mismo ojo, que levanta- ron estrepitosas carcajadas. Los romanos siempre habían apreciado las cosas excepcionales. Hicieron desfilar igual- mente a una pandilla de enanos, dos de ellos negros. A me- nudo los enanos eran contrapuestos a las gladiadoras de manera bastante divertida. La mañana avanzaba, Calígula seguía haciéndose desear, y sin él no podían adjudicarse las figuras del día, los cam- peones cuyos nombres estaban en boca de todos. Esclavos o -la mayor parte de la veces- bajo contrato, no sólo ve- nían del gran cuartel romano del Caelio, el corazón de los gladiadores imperiales, sino también de los cuarteles de Ca- pua o de Rávena, e incluso de Nimes, de Narbona, de Cór- doba y de Cádiz, de Alejandría o de Pérgamo. Pues esos hombres que habían hecho del triunfo una vocación bien valían el viaje. Ya no se contaban sus victorias. ¡Se ponderaban listas de 40, 60, 80, y hasta de más de 100 premios! Resultados tanto más sorprendentes cuanto que eran el fruto de una consumada experiencia unida a un temperamento, a una resistencia nerviosa fuera de lo común. Desde hacia largos años sólo se median con sus iguales, y cada supervivencia exigía más ciencia, más audacia y prudencia, más ardor y sangre fría, con la parte de suerte que los dioses otorgan a sus comensales y que hace soñar al vulgo. Algunos habían conseguido su rudis, esa varita arbitral que era simbólicamente devuelta a aquel esclavo cuyos mé- ritos lo habían librado de la arena o al individuo cuyo con- trato se acababa. Pero estos rudiarii poseidos por un furio- so afán de lucro, a quienes los amargos resabios de la .2. Séptimo Severo (j211), un norteafricano que despreciaba al bello sexo, prohibió la arena a las gladiadoras. (N. del A.) 21 L gloria les habían calado en las entrañas, se habían reengan- chado heroicamente. Habían aceptado otra vez la disciplina del ludus, nombre justamente dado a su cuartel, pues signi- ficaba a la vez "juego" y "escuela". Y otra vez su espartano cuartito se había poblado de muchachas fáciles o de muje- res de mundo fascinadas por el vaivén de tan poderosos músculos. Para calmar la impaciencia se les hizo subir al podio, en medio de las aclamaciones con que la plebe había dado la señal al fondo de la sala. Había allí cisalpinos, galos, espa- ñoles, germanos, ilirios, dálmatas, africanos, sirios, judíos y griegos... Como un compendio del mundo conocido, ami- gos, enemigos o indiferentes, todos estaban dispuestos a matarse entre si para goce de los pueblos. Se abrieron entonces al público, en un rincón de la sala, muestrarios de recuerdos e ica os a los gladiadores más célebres, cuya desaparición significaba casi un duelo públi- co. Muchos aficionados coleccionaban lámparas, cristalerías o medallones con la efigie de los elegidos e inscripciones excitantes. Pronto seria mediodía, la hora sagrada en la que se aca- baban la mayor parte de los trabajos y negocios, y uno co- mía un bocado, siempre deprisa, antes de dormir a siesta e ir a los baños. Al fin, precedido por un rumor que bastó para sumir la sala en un súbito silencio, Calígula hizo su aparición. Iba acompañado de su mujer Cesonia, un vejestorio experto en las peores diversiones, y de algunos amigos cargados de anillos, cuya pinta invitaba a adivinar de qué lado los utili- zaban. Cayo estimaba que el más bello adorno de una es- posa era la experiencia, ya que era rara y se refuerza con la madurez, mientras que la carne fresca le parecía corriente. Pisando los talones de este hermoso grupo iba el famoso Sabino, notable gladiador tracio, al que Cayo había confia- do el mando de su guardia germánica. Los pretorianos se sentían vejados al depender de un gladiador. Pero los mer- cenarios germanos no reparaban en tales detalles y com- artian con los pilares de la arena una reputación de ciega i~delidad a su amo que no era la de los pretorianos, dados a las intrigas. Sabino, en coraza, iba seguido de un grupo se- lecto de altos soldados rubios de anchos hombros, con sor- prendidos ojos azules, como si acabaran de salir de los bos- ques de su país. Los hombres de la guardia germánica no dejaban a Cayo ni a sol ni a sombra. La vestimenta imperial causaba sensación: una mezcla extravagante de atributos divinos, guerreros, masculinos o femeninos, que se resumían en una corta barba viril salpi- cada de un impalpable polvo de oro. Allí estaba Neptuno, 22 con un pequeño tridente de electro que Cayo agitaba ner- viosamente. La capa del emperador, sembrada de estrellas plateadas no se sabía muy bien por qué, chocaba extraña- mente con la fina túnica provista de esas mangas demasia- do largas que señalaban a los aficionados a prácticas feme- ninas, y chocaba más todavía con esas sandalias de mujer, cuyas correas se enrollaban como los pámpanos de la viña en torno a unas delgadas pantorrillas velludas. ¿Dónde es- taba el niño de antaño, que debía su sobrenombre de Calí- gula -es decir, "pequeño borceguí - a1 calzado de tropa que llevaba entonces, ganándose así el corazón de las legio- nes? Desde su enfermedad, desde que el año anterior mu- riera su hermana Drusilla, a la que había querido tanto y tan apasionadamente, Cayo había perdido visiblemente el juicio. ¿Pero hasta qué punto? Un miedo irrazonable heló la sangre de Aponio, que se encogió entre sus vecinos. Invitando a sentarse a los senadores con un gesto, Cayo saltó al podio y anduvo un momento de un a o a otro frente abs petrificados gladiadores, como para pasarles re- vista. De vez en cuando se volvía rápidamente y ofrecía a la asistencia un rostro lívido y hermético. Como el estrado era poco elevado en relación al enlosa- do de mármol, los senadores de las primeras filas podían ver imprimirse huellas en la arena bajo los pasos del prínci- pe, lo que arrancó sordos murmullos a algunos: sólo algu- nas muchachas alegres, a fin de sacar de su error al cliente a quien un vestido demasiado honesto pudiera hacer dudar, tenían la costumbre de tachonar sus sandalias de manera que su andar, dejando mensajes picantes, fuera doblemente atrayente. Se inclinaron para ver mejor, y al cabo leyeron sobre la escasa arena, no eí rótulo habitual de los guar- dianes encadenados a su caseta, "CAVE CANEM", sino "CAVE HOMINEM", "¡Cuidado con el hombre!". Era el calzado de los malos días. La noticia voló de boca en boca y a Aponio le causó una impresión siniestra. Conseguido el efecto, ese comicastro de Cayo, ante la sorpresa general, se encargó personalmente de la subasta, sustituyendo al órgano estridente del voceador y relanzando los negocios con la arrebatadora y paródica elocuencia de un cómico abocado a una imitación. Pero pronto, despre- ciando a los lanistas y a los muníficos comunes, concentró sus esfuerzos en el grupo senatorial, que en principio consi- deró un deber seguirle la corriente. Los padres conscriptos estaban seguros de que la invitación no era gratuita y espe- raban que les pidieran algo a cambio. Algunos estaban dis- puestos, por adulación, incluso a cargar por poco tiempo con algunos gladiadores adquiridos a un precio prohibitivo. L 23 1 Pero todo es cuestión de medida. Cayo nunca estaba contento. Se encarnizaba tan pronto con uno como con otro, abrumándolos a todos con bromas amables, dulzonas, acariciadoras, o bien odiosas, feroces, cínicas u obscenas. Los llamaba por su nombre, invocaba los lazos de amistad o de parentesco, hacía pesadas alusiones a su fortuna, de- masiado bien conocida. Gradualmente, vencía resistencias en las que la avaricia rivalizaba con el temor. Sometidas a este martilleo, las victimas terminaban por venirse abajo y Cayo les sacaba triunfalmente sumas que no tenían ningu- na relación con el objeto. Los cientos de miles de los lotes exhibidos se convertían en millones y decenas de millones, sin más límite que el capricho del Príncipe. ¿No estaba lo mejor de la fortuna del Imperio en manos de la nobleza senatorial? Y Cayo seguía, tal como el asno ciego y malvado del molinero hace girar la muela para triturar el grano, y los desgraciados senadores, apresados en la viciosa trampa que el impúdico príncipe llevaba al último extremo, intentaban reír con las peregrinas ocurrencias de su torturador. "Tus antepasados' , decía éste a Lépido, "sedujeron antaño a la plebe con gladiadores que les valieron jugosos proconsula- dos. ¡A la familia Emilia le toca ahora restituir lo que obtu- vo!" Y Lépido esbozaba una sonrisa idiota, pues el loco de Calígula sacaba del pozo la Verdad desnuda. Ningún senador tenía valor para retirarse o resistirse. Pero entre los más sensibles, al miedo de verse arruinado o proscrito se sumaba una ardiente verguenza. Algunos mili- tares surgidos de su seno habían reducido el senado roma- no, que otrora había conquistado el mundo, al estado de una zapatilla. Es verdad que los servicios de Cayo habían hecho una cuidadosa selección, que tenía en cuenta tanto el dinero como el carácter de los sacrificados. Los compradores profesionales o los muníficos de se- gundo orden no perdían con este negocio más que una buena oportunidad de procurarse beneficios o gastos. Los gladiadores, adulados, alabados, sobados, mimados por Cayo, que les obligaba a hacer poses, encontraban la juga- da excelente y les costaba trabajo no echarse a reír. Más abajo, cerca de la puerta, los plebeyos de oscuras vestidu- ras se regocijaban con la derrota de los senadores, que de los despojos de los pueblos vencidos no habían dejado al pueblo más que la piel y los huesos, una miga de pan ne- gro en una atmósfera de circo. Pero los senadores sentían con amarga acuidad el odio y el desprecio visceral de Cayo, la diversión socarrona de los gladiadores que desfilaban por turnos sobre el estrado y la 24 F satisfacción solapada de los pobres, a cuya retaguardia la masa informe de los esclavos suspiraba y hacia rechinar los dientes. Se encontraban solos en el mundo, aislados en el campo atrincherado de sus riquezas de terratenientes, pero como antaño habían tenido que abandonar el mando de las legiones a aventureros de talento, sólo p odian contar con sus sucesores para mantener un orden del que, a pesar de todo, seguían siendo los primeros beneficiarios después del Príncipe. Por lo tanto, Cayo podía permitirse cualquier cosa... hasta que consiguieran aislarlo de sus guardias de cuerpo en un pasillo del palacio. Era sólo cuestión de pa- ciencia. Habían olvidado presentar a un grupo de tunicatz esos gladiadores con costumbres de mujer, amantes de las largas túnicas depravadas, que el desdén de sus compañeros rele- gaba a algún rincón del ludus. Con humor sob erano, bajo los ostensibles consejos de Cesonia, Cayo los adjudicó por tres millones de sestercios a un senador notoriamente in- vertido. Después, cansado de su agitación y sus derroches orato- rios, le devolvió las riendas al voceador, el viento de locura decayó y pareció restablecerse el curso normal de las cosas. L 25 II M. Aponio había sudado sangre en su asiento, temblan- do a cada momento ante la idea de verse atrapado en el buitrón con los peces más gordos: él no tenía veinte millo- nes de sestercios y, al ritmo infernal que llevaba esa mons- truosa subasta, su fortuna, que hasta entonces juzgaba bas- tante satisfactoria, le parecía cada vez más reducida. Cuan- do se desvaneció la voz abominable de Cayo, Aponio cerró los ojos de alivio y, saliendo de la parálisis del cone~o fasci- nado por la serpiente, se puso -por el más insoncLb le de los infortunios- a balancearse maquinalmente de delante hacia atrás y de atrás hacia delante. Pasado el mediodía, la subasta tocaba a su fin y el vo- ceador ofrecía un último lote de trece gladiadores, cuya lis- ta de premios era bien copiosa: un esclavo armenio y com- pras de contratos de auctoratio que concernían a siete griegos, dos galos, un judío, un bátavo y un bestiario sici- liano de bastante buena reputación que venia del ludus ma- tt¿tintLf de Roma (calificado de matinal porque, en una re- presentación ordinaria y completa, se ofrecían animales por la mañana, y gladiadores al mediodía). El contrato de este bestiario estaba provisto de una cláusula que preveía prestaciones de ~~esedário"**, es decir, de combates en ca- rro de guerra, dirigido en sus evoluciones por un cochero. Así que se trataba de un ambivalente, que ambicionaba ha- cerse en el carro de asalto una reputación aún más hala- gilieña. La maniobra de Aponio había llamado la atención de Cayo. -Mira a ese antiguo pretor -dijo en voz baja al vocea- dor-, que menea la ca eza para aceptar nuestra oferta. Vale por nueve millones de sestercios. Cuando Aponio, sobresaltado, volvió a abrir los ojos, se hallaba en posesión de trece gladiadores con sus resplande- * Gladiador que combatía con las fieras. (N. de la T.) ** Del latín essedaríus, combatiente en carro. (N. de la T.) L 27 cientes armas, de un carro de guerra y de dos sementales, sin olvidar al cochero, que por lo visto estaba de oferta. Aponio se sentía como una gallina que ha encontrado un cuchillo, un cuchillo para cortarle el cuello. De la impre- sión, el antiguo pretor perdió el conocimiento. Volvió a despertar a una trágica existencia mientras se tambaleaba escaleras del palacio abajo, sostenido por el gordo Cornelio Cordo, en la desbandada que había seguido al regreso del divino y maléfico Cayo a sus placeres. La ma- yor parte tenía prisa por evacuar los lugares donde todo parecía posible. Y en las estrechas calles que descendían del Palatino hacia la Vía Sacra y los Foros había un gran atasco de literas, sillas de posta y mulas que iban a obs- truir el barrio de las Curias. Como muchas victimas, sin preocuparse por los espías o los provocadores, osaban quejarse en voz alta de la arbitra- riediad del Príncipe, Cordo arrastró lo más pronto posible lejos de esa afluencia comprometedora a un Aponio que no dejaba de murmurar: "¡Nueve millones! ¿Cómo voy a reunir nueve millones?". Cordo poseía la natural benevolencia de los obesos, a menudo más atenta que la de los filósofos ascéticos, pero tenía prisa por ir a comer por cuatro. Impaciente, dijo: -Pues los reúnes como todo el mundo. El dinero líqui- do lo tienen los "caballeros''. Ya no saben mantenerse so- bre un caballo, pero aún tienen mano para arrendar los im- puestos. ¿qué son nueve millones para ellos? -Esos 'publicanos" se enterarán de que estoy hasta el cuello y me harán el p réstamo a un interés desme- dido. -Ya se lo devolverás con la venta de tus bienes. -Si los vendo a toda prisa me darán la mitad de su pre- cio, y si me tomo mi tiempo, los intereses se comerán el beneficio. -Todavía te quedará para vivir. -Un millón quizás... -¡Que es justamente el censo para entrar y quedarse en el senado! Cordo, que todavía no había devorado más que cincuen- ta millones sobre cien, decía aquello con toda seriedad. ¿Ignoraba que en Roma el bienestar empezaba para un se- nador con quince millones, y una mediana riqueza con treinta? ¿Y cuántos había que pudieran contar los millones por centenas? ¿Cómo vivir decentemente con las rentas de un triste millón? Los senadores tenían que poseer bienes raíces en Italia, que no reportaban, en liquido, ni el cinco por ciento de las inversiones. ¡Si Aponio lograba salvar un millón del desastre, le quedaría un sueldo de centurión pri- mipilario! Si quería meterse en el senado, tendría que hacer recor- tes en la mesa para exhibir una toga propia. Iba a ser la más negra miseria. Con un amago de sonrisa, le dijo a Cordo: -Para un hombre que acaba de comerse un lobo tiberi- no del precio de cuatro esclavos, hablas de mi censo con mucho optimismo. -¡Mis esclavos valen más de dos mil sestercios! Pero tienes que reponerte de tus emociones, y veo que tus por- tadores te están buscando y que tus clientes se inquietan... ¡Animo, y tenme al corriente! Aponio, todavía abrumado, se hundió en su litera y exi- gió que cerraran herméticamente las dos cortinas. El pri- mer lujo de Roma era el de vivir aislado de la muchedum- bre y del ruido. ¿Durante cuánto tiempo más se lo podría permitir? Conocía demasiado bien la hez menesterosa del senado. Vividores sin dinero, sablistas, intrigantes desafortunados, torpes delatores, extraviados que habían creído poder im- ponerse con su censo y su púrpura nueva en espera de ne- gocios en los que habían fracasado. Pero a pesar de todo se aferraban a su púrpura meada como la lapa a su roca, pues todo verdadero éxito, de una manera o de otra, pasaba to- davía por aquel senado venido a menos. Le atenazaba el miedo de tener que soportar tan lamen- table compañía. Mantener el rango sin dinero era un calva- rio para la dignidad. En cambio, el esclavo que llevaba su cruz sufría menos que los demás: estaba acostumbrado. Cuando Calígula llegó al trono, en una atmósfera de idi- lio entre los hijos del tan amado Germánico y el pueblo romano, Aponio había esperado que el retraso que su ca- rrera padeciera bajo Tiberio a consecuencia de la desgracia de Seyano -que lo había hecho pretor antes de tener la edad necesaria- se viese corregido. El consulado epónimo -o, si acaso, "sufecto"'- parecía próximo. ¡Y había bas- tado la chifladura de un demente! ¡Oh, por los doce gran- des dioses, qué tiranía sin igual! A Aponio no se le ocurría pensar que el arbitrario rei- nante sólo actuaba con rigor con los senadores y la corte, o sea, con algunos millares de privilegiados entre sesenta millones de ciudadanos o de individuos que vivían perfec- 1. Los dos cónsules epónimos comenzaban en el año al cual daban su nombre. Los "su fectos" 1 es sucedían. (N. del A.) 28 29 tamente tranquilos y se burlaban de las fantasías de Cayo, cuando no las aplaudían. Cada cual mira el cuadrante solar desde su puerta. Aponio se ahogaba en la litera, de modo que entreabrió una cortina. El cortejo había llegado a una plaza del alto Caelio, tan pequeña que un gran plátano la sombreaba casi por entero. El sol declinante, que no había sobrepasado en mucho su cénit, dibujaba en el suelo una lluvia de motitas doradas, y una derivación del acueducto ~uliano llevaba hasta allí el agua fresca, que caía en una f1uente desde la boca de un delfin nazf El lugar no estaba lejos de la casa de Aponio. Le faltó valor para ver de inmediato a su mujer. Hizo detener la litera, bajó, despidió a los portadores y dio las gracias a los clientes. Pronto se encontró solo en la plaza, donde se respiraba un aire más ligero que en las hondonadas. Era la hora de la siesta, que vaciaba de golpe las plazas y callejas de una ciu- dad momentos antes tan trepidante: la hora que escogían los amantes para sus citas ilícitas, pues nadie más les veía andar por las sendas para entonces desiertas. Aponio se sentó en el borde de la fuente, sumergió las manos en el agua y se las llevó al rostro. Se sentía traspasa- do por las flechas del absurdo, y mal preparado para recu- perarse. El absurdo hacia la felicidad de algunos filósofos escépticos... Quienes, por otra parte, se habrían sentido aterrados si su gato hubiera recitado de pronto a Virgilio o se hubiese transformado en ratón. ¿Pero qué podía hacer con el absurdo un senador? ¡Y sin embargo el absurdo ha- bía llegado a ser un procedimiento de gobierno con el "princep s", el "premier" de los senadores! El mundo se ha- bía vuelto al reves. La fuente estaba cerca de una silenciosa popina, que Aponio consideró con ojo crítico. El poco atrayente nom- bre de popina recordaba que los encargados de estas "taber- nas", donde se sustentaba y embriagaba el pueblo más lla- no, se abastecían fácilmente con los despieces inferiores gracias al pepa, el grueso sacrificador que guardaba para si y sus comanditarios lo mejor de las carnes ofrendadas a los dioses -a quienes ya de ordinario les colaban los animales de deshecho. Y por un pesado deslizamiento de sentido, el nombre masculino del sacerdote había terminado por de- signar a lapo a que mantenía el comercio. Las popinae com- ponían igualmente su menú con cuartos de fieras, deshe- chos de jabalíes, ciervos u oryx que eran adjudicados al mejor postor las noches de grandes masacres en el anfitea- tro. Y la pepa ahogaba en fuertes salsas esas piltrafas coriá- ceas para camuflar el repugnante olor, pues de otra manera se reconocería bajo el tufo de tal o cual bestia feroz, el su- 30 J dor de angustia del condenado que acababa de devorar. Pero los trozos más finos -las patas de oso, por ejemplo- no descendían nunca hasta las popinas. La fachada de la taberna, bajo una parra que acababa de ser vendimiada, estaba constelada de espacios blanciueados con cal donde algunos calígrafos habían pintado en llamati- vos caracteres el anuncio de los próximos espectáculos: ca- rreras en los circos Máximo o Flaminio, representaciones en los teatros de Pompeya, de Marcelo o de Balbo, munera* de gladiadores en el viejo anfiteatro de los saepta del Cam- po de Marte, en cuyo seno los votos republicanos de anta- ño habían cedido la plaza a aplausos más tranquilizadores para el poder. Aponio sucumbió a la tentación de aturdirse con un aran trago de vino puro, como lo tomaban los borrachos. ~n la litera, donde se había desplomado sin precauciones, la hermosa disposición de su toga p retexta se había deshe- cho, y la bolsa y las fruslerías , negligentemente entrojadas en su repliegue, se habían repartido sin que se diera cuenta sobre los cojines de pluma. Además, se hubiera visto des- plazado luciendo una toga senatorial en una popina. Así que Aponio se desembarazó de esa carga que le hacia sudar, e incluso dobló la tela sobre el antebrazo para que la banda púrpura no atrajese las miradas. Sólo se ponía la túnica la- ticlavia, rayada con una banda de púrpura vertical, cuando salía sin toga. Tras la disparada de mediodía, el negocio se había des- poblado. Pero flotaba todavía, penetrante, una mezcla de emanaciones agresivas. En los agujeros de los estantes de carpintería o del em- baldosado desigual y desparejo, había plantado un bosque de ánforas, del que las que estaban destapadas olían a vina- za o a vino peleón, a aceite rancio, a la salmuera de las conservas de pescado barato, al poso de orujo que servia para la conserva más onerosa de los trozos de cabra, ciervo o cebú, al al/ex, ese pescado menudo semidescompuesto, cuya total podredumbre daba el líquido garum de mala cali- dad2. Cerca del horno apagado, un ánfora chapucera de ga- rum lindaba con otra de miel de dátil, cuya virtud más os- tensible era la de ser cinco veces menos cara que la anterior. La pepa tenía que apelar a estas dos reservas para sazonar sus guisotes con los contradictorios sabores que es- taban de moda desde hacía mucho tiempo. * De munus. (N. de la T.) 2. Al/ex y garum tienen hoy sus exactos equivalentes en la co- cina vietnamita. (N. del A.) Ap onio se acercó al mostrador interior, quebrado en anguio recto, más largo y mejor provisto que la rama mam- posteada del armazón que servia de escaparate para los transeúntes. Sus ojos, que se habituaban a la relativa pe- numbra, distinguían allí jarras y recipientes variados de le- gumbres secas, simplemente cocidas en agua o reducidas por ebullición: habas, lentejas, altramuces, dólicas, moyue- los, guijas y garbanzos diversos... También guarniciones de nabos, chirivías, calabaza, lechuga, habas, verdolaga o pepi- nos, y además budines de cerdo o de chivo -el hircia* de los campesinos-, y platos de menudillos, de longanizas o salchichas ahumadas, y chicharrones finos de buey, acom- pañados de huevos duros, racimos de uva nueva, quesos y groseros panes plebeyos rellenos de salvado y de ese polvo pedregoso que se desprendía de la pulverización de las muelas. Aponio descubría suspirando ese muestrario de produc- tos, de los que la mayor parte le eran extraños, ya fuese por su naturaleza, ya por su calidad. ¿Cuánto tiempo hacía que no les hincaba el diente a unos altramuces? A tugurios de esta clase iban a distraerse sus portadores de litera o de silla mientras él cenaba en la ciudad. Despertó a la gruesa siria que dormitaba tras el mostra- dor y pidió un vino aperitivo al anis, a la rosa o a la viole- ta, para neutralizar unos olores ue de otra manera ponían de relieve la mugre y el sudor. ~in duda recién líeg ada, la mujer chap urreab a un latín popular incomprensible y en seguida pasaron al griego. -Encontrarás lo que buscas, señor, en las elegantes thermopolía** de los Foros. Pero tengo un buen vino de Cos, que he puesto a refrescar en aguade la fuente. -¡Muy cerca ha estado del agua entonces! Lava este ta- zón y llénalo como es debido. Bajo una corona colgante de ajos y cebollas, Aponio be- bió de un trago el brebaje, que lo reconfortó a pesar de su mediocridad. Había sido bien estabilizado con agua de mar, como todos los grandes crudos de Cos, de Clazomenas o de Rodas, pero no era más que una pálida imitación ita- liana. Entraron dos braceros que habían terminado su jornada y se pusieron a jugar a los latruncu/i*** (el "juego de los pi- llos") en un rincón. A Aponio el tablero le recordó irresis- tiblemente la incomodidad material y moral de la situación * Macho cabrío. (N. de la T.) ** Tiendas donde se vendían bebidas calientes. (N. de la T.) ~ Juego parecido al ajedrez. (N. de la T.) a que su mala suerte lo llevaba. En Roma, como en los latrun- cuií, cada cual tenía su casilla, su derecho particular, sus de- beres y sus prerrogativas. Cada cual se definía por las leyes y las amistades de su medio; era una sociedad estructurada y jerarquizada al máximo. Pero, controlada por reglas exigen- tes, la progresión de casilla en casilla estaba abierta a todos. ¡Ahora bien, el Príncipe, el dueño del universo, el padre del pueblo, la divina encarnación de toda justicia, rebajado al rango de pelele irresponsable, había roto las reglas! Aponio estaba, de ahora en adelante, fuera de juego. Senador arrui- nado, ya no tenía en los latrunculí de la existencia, sobre el ta- blero de sus días, una casilla bien segura donde poder co- dearse con sus pares y pensar en combinaciones ganadoras. Habría sido preciso el temperamento de un filósofo cí- nico, orgulloso de vivir en una barrica gala, para hacer frente a una tormenta tal. Pero Aponio estaba acostumbra- do a juzgarse a través de los ojos de los demás y la filosofía no era para él más que una elegante distracción. Los grie- gos ya habían descubierto al individuo todos los recursos y riquezas de un Ulises, náufrago en una isla desierta que po- día recoger conchas alegremente y bambolearse, coronado de flores, bajo el borboteante sol de Apolo. El romano se había quedado al margen de la única sensatez posible, y sólo un lugar completamente suyo en el Estado le conferia peso y mordacidad. Los olores tan característicos del al/ex y del garum traían a la memoria de Ap onio toda una vergonzosa genealogía, que se había afanado por olvidar y hacer olvidar. Pues en suma, como los dos tercios de los ciudadanos de la ciudad, él sólo era, a pesar de su púrpura de "hombre noticia" en el mercado de los honores, el producto más típico de una esclavitud promocional que había catapultado a tantos otros hacia cimas lejanas. El bisabuelo de Aponio había sido saqueado por Sulla en su juventud, al término del célebre sitio de Atenas, y como debía ser más bien soñoliento y flemático, un maes- tro romano y helenista le había colocado la etiqueta griega de "Aponios". Despabilado por la áspera competencia que reinaba en el seno de las masas serviles, Aponios se había abierto paso a latigazos para realizar la primera ambición del esclavo: ganar la libertad de adquirir otros esclavos para sí, tratados con tanta mayor severidad cuanto mejor conocía su dueño la canción. Liberto tras veinte años de leales e inteligentes servicios, Aponios había tomado, se- gún las reglas, el nombre de su patrón y bienhechor Tibe- rio y el apellido de su gens3 , Junio, a los que había añadido, 3. Linaje, estirpe. (N. del A.) 32 33 1 en lugar de los uno o dos sobrenombres que permitían cir- cunscribir mejor la identidad de los ciudadanos, su único nombre de esclavo, Aponios. Ti. Junio Aponios había l'ne- recido así los tría nomina* latinos, pero bajo una forma par- ticular en la que los dos primeros no hacían sino recordar una originaria servidumbre. Y como esclavo o liberto que permanecía ligado a su patrón por los lazos de una estre- cha "clientela , se había distinguido en la fructuosa gestión del capital de Junio. El hijo primogénito de Aponios había heredado -siem- pre según la costumbre- el apellido de su padre, apellido que olía a mácula servil por su sonoridad y por su posición como sobrenombre entre los tría nomína. Ti. Junios Apo- nios el Joven había consagrado su libertad natal a hacer fortuna con los pescados en salmuera y sobre todo con el garum, condimento que el mundo mediterráneo consumía en cantidades prodigiosas. Como su padre liberto, había permanecido entre la clientela de los influyentes Junio, pero Aponio el Joven había encontrado algún orgullo e in- terés en hacer alarde del apellido y el nombre del patrón que había liberado a su progenitor, aunque, no obstante, estimase que Ap onio sonaba mejor que Aponios. El hijo de Ti. Junio Aponio, perfecto homónimo de su padre, había añadido -para distinguirse mejor de él- a sus tría nomina el sobrenombre de Saturniano, ya fuese en razón de una devoción especial a Saturno, vieja divinidad itálica, ya porque sus juergas durante las saturnales se ha- bían hecho famosas. El mercado de los sobrenombres era libre y se podían tomar cuantos se desearan. Ti. Junio Apo- nio Saturniano había soñado durante mucho tiempo con dejar el pescado para invertir en tierras, apogeo de todo éxito comercial y condición de cualquier éxito político ho- norable. En la vejez de aquel hombre ambicioso la conver- sión era cosa hecha, y resultaba posible encarar bajo risue- ños auspicios el porvenir de los dos hijos de la casa, el mayor, Ti. Junio Aponio, y el menor, Ti. Junio Aponio Rufo, llamado así porque su cabello tiraba a rojizo. El viejo Saturniano, con una solapada ingratitud, había descuidado por otra parte sus tradicionales lazos de clien- tela con los Junio, a medida que las ánforas y las jarras se mudaban en millones de yugadas, unidades de superficie a justo título rectangulares para perpetuar mejor el recuerdo de las labranzas y los surcos. Y había hecho algo aún peor: al sesgo de ocultas complacencias les había dado a los ni- ños nombres romanos, y escamoteado la mención de Ti. * Nombre, apellido y sobrenombre. (N. de la T.) 34 F Junio. Nacieron un Marco y un Aulo. Y un M. Aponio Sa- turnino y un A. Aponio Saturnino Rufo aparecieron en el Foro, pues se había aprovechado la ocasión para transfor- mar Saturniano en Saturnino, sobrenombre llevado hono- rablemente por conocidos personajes a través de la histo- ria. ¡Por fin cada niño tenía un nombre -e incluso un ape- llido- completamente suyo! Para los verdaderos romanos, el nombre -¡ya que en total no había más ~ue diecio- cho!- tenía poca importancia, y se llamaban mas bien por su sobrenombre original. Pero a los extranjeros de origen servil o dudoso era la propiedad de uno de estos envidia- dos nombres lo que les proporcionaba el sentimiento de I, enetrar al fin en la intimidad de la diosa Roma. ¡Y no so- amente los niños habían adquirido un nombre particular, sino que el apellido de la gens protectora había desapareci- do del estado civil por el mismo motivo! Cuando alguien se llamaba Cn. Pompeyo Trogo -como el historiador galo- o C. Julio Tal y Cual o ía descender de un liberto de Pompeyo o de César; pero también podía ser el herede- ro de un provinciano libre que hubiese recurrido a su p a- tronazgo para obtener la naturalización. Mientras que los Ti. Junio, surgidos más que probablemente de una misma servidumbre, no engañaban a nadie. ¡Cuántos esfuerzos despilfarrados en un abrir y cerrar de ojos para llegar hasta allí! Marco, que iba por el cuarto tazón de Cos puro, empe- zó de repente a hablarle de su padre y de su abuelo, con lá- grimas en la voz, a esa siria de popina, que ya había oído a muchos otros y sabia alentar la conversación con interjec- ciones u onomatopeyas. Poco a poco, una afluencia piojosa y burlona, que sin duda prefería la bebida a las termas, había llenado la taber- na y, entre las brumas de la primera embriaguez, Marco en- treveía semblantes risueños que parecían salidos de viejas 4 atelanas -¿Sabéis cómo se fabrica el mejor garum? El que os ha- bla lo ha visto hacer en Bética, en España, cuando todavía llevaba a la espalda la toga pretexta de la infancia... -Y, ti- rando sobre el taburete su análoga toga pretexta de sena- dor, agarró una jarra vacía, que llenó de gestos vanos y pa- labras huecas-: En el fondo de la jarra, una alfombra de hierbas olorosas, eneldo, cilantro, hinojo, apio, ajedrea, menta, ruda, poleo, tomillo, orégano, betónica... Me olvido de una. Ah, sí: el argemone. Muy importante, me han di- 4. Comedias bufonas y populares. (N. del A.) 35 L cho, el argemone. Después un lecho de pescado graso sali- do de las ondas, dulces o amargas: anguilas, sábalos, caba- llas o sardinas... Luego un espesor de dos dedos de sal. Y así otra vez hasta la boca. Se cierra y se esperan siete días, la semana de los astrólogos en honor de los siete planetas que rigen el universo. Después se remueve esta p~pilla du- rante veinte días seguidos. El sublime licor que fluye en- tonces de la jarra como si fuera aceite es el garum virgen, el primer zumo. Así era el "garum de la Sociedad que nues- tro padre hacia traer de Cartagena. ¡Mi cocinero compraba el garum a 6.000 sestercios la anforita de dos congios!5 Ah, aquello era otra cosa, y no lo que veo aquí... Hablaba ya del garum de su casa en pasado. La toga abandonada en el taburete dejaba ver la banda de púrpura, y un gladiador del gran ludus vecino gritó: "¡Mirad esta pretexta! ¡Es todavía infantil!", broma que provocó interminables risas. La visión de un gladiador fue para Marco como una pu- ñalada. Un poco mas despejado, fue a sentarse en la banqe- ta de ladrilLo que había al pie de la pared y se apoyó in- conscientemente en una superficie lacerada de inscripcio- nes en honor a los cam eones de la arena. ¿Qué iba a ser de é¶~? ¿Abandonaría ese senado de ren- tistas del suelo y volvería a la conserva, cuyo olor había acunado su infancia? Pero entonces tendría que volver a empezar casi de cero en un oficio que su padre no le había enseñado, pelearse con tiburones para darle salida a su ca- balla... Le faltaban ganas y valor para correr el riesgo. A sus casi cuarenta años creía haber llegado a la meta, se había acostumbrado a una vida confortable y contemplativa en- tre su última mujer, los amores ancilares al uso, buenas ce- nas decentes, algunos espectáculos escogidos, las sesiones del senado, afortunadamente bastante raras: ya no era tiempo de aventurarse en los mares ni de contar ánforas. Además, volver al pescado le privaría de un placer que se intensificaba cada año y que en adelante presentaría la gran ventaja de no ser dispendioso: el del estudio. Ya su padre, a través de los negocios, se había interesado en el derecho y la jurisprudencia, y había formado una estimable biblioteca. El ocio de una desgracia demasiado larga le ha- bía permitido a Marco pasar en ella buenos momentos. In- cluso había profundizado en las letras griegas y ahondado un poco en la filosofía, ciencia que sólo había sobrevolado en otro tiempo. ¿Iba a privarle también de su espíritu ese maldito Cayo? 5. El congio romano equivaldrá a 3,283 litros a partir de 1793. (N. del A.) 36 No distinguía un solo apoyo osible en su desgracia. Su hermano Aulo -que él seguía i'~amando Rufo, a pesar de que se había quedado calvo como Julio César- era un saco roto; había dilapidado los dos tercios de su patrimonio y, después de cuatro matrimonios, acababa de desposar a una joven beldad de diecisiete años, ya casada a los trece y di- vorciada a los dieciséis. No podria o no 9uerria hacer nada por él. El dicho favorito de Rufo era: ¡Cortemos la flor virgen antes de que se marchite!". Por otra parte, resultaba impensable ir a gemir a casa de los Junio después de haberse quitado de encima su dis- tinguido patronímico, sin hablar del venerable nombre. Los Junio no lo reconocerían, y con razón. A pesar de su inmensa clientela, incluso tendrían derecho a tomarle el pelo y hundirle más todavía la cabeza en el fango. Y la rama de los Junio Silano, de la que habían dependido los Aponio, tenía un largo brazo: descendían directamente de Augusto por su mujer Escribonia, mientras que el propio emperador Cayo sólo tenía a Livia, la segunda mujer de Augusto, como antepasada. En su posición, el terreno era peligroso. En cuanto a sus propios clientes, no tenían, por la fuer- za de las cosas, ninguna entidad, y se dispersarían a medida que las sport/a? y los regalos menudos se hicieran más raros. ¡Cuánta soledad en un momento! Tenía que mirar de frente esta verdad atroz: en una organización social donde -a excepción del emperador- cada ciudadano tenía nor- malmente, por una parte, un patrón, un protector natural, y por otra clientes a partir de cierto nivel, él sería uno de los pocos privados de todo sostén. ¡Hasta los esclavos te- nían un amo para defenderlos! ¡Pero qué difícil también, para un hombre cuyo padre había roto imprudentemente con un conocido protector, encontrar un sustituto! El nue- vo candidato desconfiaría y haría investigaciones, preocu- p ado por no enemistarse con ningún poderoso al cobijar bajo sus alas a una familia de desertores. La alta nobleza era terriblemente quisquillosa en los asuntos de clientela. Marco se consolaba un poco diciéndose que los Junio Silano también podrían haber despedido a un Ti. Junio Aponio con buenas palabras por to do potaje. Era la primera idea reconfortante desde la catástrofe, y era negativa. Marco volvió al mostrador con paso vacilante y ordenó que le sirvieran un quinto tazón e Cos que hizo que le ¿ * Cestos con comida fría que los patricios hacían distribuir regularmente entre sus clientes. (N. de la T.) 37 subiera a la cabeza otra vaharada de embriaguez. Ya no es- taba en situación de darse cuenta de que su toga había de- saparecido -tal vez en provecho de un padre de familia, que sacaría de ella tres o cuatro capas después de haberla hecho teñir. Lágrimas de desesperación subieron a los ojos de Mar- co, pero la voz de su difunto padre las secó de golpe: "¡Un romano no llora!", le decía el buen hombre al niño ante el cabrilleo de sus viñas. Pues, naturalmente, les había asegu- rado a sus hijos la educación romana más pura y tradicio- nal. ¡Y lo añadía, incluso, sin miedo al ri 'culo! Mientras que la alta nobleza se había vuelto muy escéptica, el pa- triotismo romano mas anticuado era cosa de los reciente- mente asimilados, temerosos de que pudiera ponerse en duda la perfecta e inquebrantable romanidad de sus ideas, sus costumbres y sus antepasados. Así fue como los héroes de la historia de Roma aparecieron de repente para secar el rostro chorreante de Marco. Pero este orgullo recuperado, que enderezó al senador bajo las coronas de ajos y cebo- lías, estaba envenenado por una terrible confirmación: ¡Era de un verdadero romano de quien Cayo se había burlado! Si la revelación era un latigazo para la entereza y una invitación a la paciencia, más turbador aún resultaba el es- cándalo. Totalmente desamparado, Marco lloró a lágrima viva. Y a través de su llanto se dibujaba el rostro de su mu- jer para dar nuevo alimento a su dolor. Se sentía desfalle- cer ante la perspectiva de encontrarse, en una hermosa casa que ya no le pertenecía, con una esposa que, pruden- temente, había elegido sin excesiva gracia, bastante tonta y mal instruida, en la esperanza de acabar sus días cerca de un corazón fiel después de haber sido burlado por dispen- diosas tunantes. ¿Pero qué podía hacer un corazón fiel contra un agujero de nueve millones de sestercios a pagar con toda urgencia? ¡Es decir, 2.250.000 denarios de plata o, en oro, 90.000 aurel! ¡Más de lo que podrían llevar doce legionarios bajo el sol del otoño! Pomponia tampoco le seria de ninguna ayu- da. Y sufriría doblemente por ello. -La próxima vez -le dijo a la siria con voz pastosa- creeré en los sueños premonitorios de mi mujer. Sobre todo cuando me vea con alas y plumas-. El éxito de su declaración le recordó la presencia del público. Su mirada giró en torno a la sala y se fijó estúpidamente en un incon- gruente tríc/inium que se perfilaba en una habitación del fondo. ¿Qué hacían esos tres lechos de mesa en un lugar donde ya era sorprendente ver algunas mesas o taburetes de madera mal desbastada? ¿Dónde se detendría el ridículo esnobismo de los humildes? La patrona le explicó a Marco que lapopína tenía mucho trabajo al mediodía, a la salida de los baños, y que honra- ban a una buena clientela de gladiadores con lechos para que disfrutaran con comodidad de su banquetes. Esta alu- sión a los gladiadores le provocó a Marco una horrible mueca, que fue mal interpretada. Para engolosinarlo con otras posibilidades de la casa, le mostraron un letrero de aproximativa ortografia que ofrecía a tres muchachas califi- cadas de "pequeñas burras", por aquello de dar una idea sobre la frescura de su anatomía y el calor de su tempera- mento. En efecto, una escalera de madera subía al piso de arriba, donde se adivinaban algunos cuchitriles. Marco se sintió profundamente impresionado por la ín- fima modicidad e as arifas. Un pedazo de pan acompaña- do de un sextario de vino corriente costaba un as*. El ra- gout, dos assis. Y la "burra" ocho, o sea, dos sestercios. El maestro de primaria de Marco le había enseñado a contar con los dedos, según el viejo sistema griego que permitía simbolizar, por medio de las dos manos, todos los números enteros de uno a un millón. Incapaz de resolver su problema de memoria se puso, bien que mal, a hacer malabarismos con los dedos, y después de algunos errores imputables a su estado, llegó a este indudab le resultado: ¡con los nueve millones de sestercios perdidos, podría ha- berse bebido treinta y seis millones de sextarios, comerse dieciocho millones de ragouts y rendir honores a cuatro millones quinientas mil "burras"! Era vertiginoso. Había olvidado de buena fe que se podía vivir a ese precio. Roma era verdaderamente barata cuando no se apuntaba a la grandeza. Al fin tenía una buena noticia para su mujer y se decidió a volver a casa. Fue justamente entonces cuando las cosas se torcieron, pues la bolsa se había ido con la litera; y la toga, sola. Los alaridos de Marco y los de lapopa, junto con los alaridos de la asistencia entusiasmada por el dúo, terminaron por atraer a una patrulla de las cohortes urbanas, cuyo jefe, desgraciadamente, se hacía de los senadores una idea con- vencional. Sólo los rutilantes borceguíes abogaban por la causa del sospechoso. Pero un arrendatario de mulas de la Puerta Cápena tuvo la mala ocurrencia de sugerir: "Debe de ser un actor despedido de un teatro", frase en la que Marco habría descubierto una sorprendente profundidad si se hubiese encontrado en situación de reflexionar. Pero es- taba demasiado ocupado proclamando su buena fe. * Unidad monetaria de valor aproximado a los 10 céntimos, la décima parte del denario . (N. dela T.) 38 39 Se formó un corro en torno a su calzado, y las opinio- nes menudearon. Nadie había visto todavía de cerca unos borceguíes de senador, y los de Marco resultaban extraños con su alta caña, hendida por la parte interior de la pierna, y la lengueta interna que protegía la piel de los cordones entrecruzados, cuyas extremidades se balanceaban libre- mente detrás del corchete. No se parecían en nada a los coturnos de los actores trágicos, pero era cierto que había una analogía con los borceguíes de los actores cómicos. Esta asimilación a los actores cómicos hizo rabiar a Marco, lo que agravó su caso, y el jefe de los soldados tuvo que llamarlo al orden. Un cremador de cadáveres del su- burbio esquilmo declaró que los borceguíes senatoriales eran negros y no rojos. Marco tuvo que convenir en ello, pero solamente respecto a los padres conscriptos que no habían ejercido magistratura curul. Afirmó una vez más que había sido pretor y que vivía en la vecindad, pero se daba cuenta de que su voz aguardentosa sonaba a sa. Y cuando añadió: "¡Tengo 200.000 sestercios en mi cofre!", no resultó creíble en absoluto. El jefe de patrulla tomó la razonable decisión de escol- tar a Marco hasta su supuesta morada, para ver si allí lo reconocían. Durante el corto trayecto, Marco se dijo que había algo peor que comer y beber por un as: no tener ni uno. Cuando la familia de Marco y Pomponia acudió rápida- mente al atrio corintio y vio a un M. Aponio Saturnino ro- deado de soldados, el espanto heló todos los corazones: ¡Calígula había golpeado otra vez! -Es un simple quid pro quo* -dijo Marco. Pero Pompo- nia ya se había desmayado. Las heridas de dinero no son mortales. Por lo menos, no en seguida. * Error que hace tomar una cosa por otra. (N. de la T.) 40 III El excéntrico Calígula no había aguantado ni cinco años. Había pasado como pasa un cometa de cola rojo san- gre, anunciador de nuevas convulsiones. El "caballero" sin dinero Claudio, el idiota de la familia, descubierto, temblo- roso, detrás de una cortina por los indecisos pretorianos tras la muerte de su sobrino Cayo, había comprado el Im- perio a los soldados con el dinero del Estado, cosa que sólo podía reportarle malos pensamientos y malas costumbres. Descender de Julio César por sangre o por adopción no ha- bía sido desde entonces recomendación suficiente para la púrpura, a no ser que la guardia pretoriana estuviera de acuerdo. El senado no tenía nada más que decir desde que las interesadas aclamaciones habían resonado en el campo permanente de la Puerta Vinimalia. Claudio estaba en el apogeo de sus fuerzas... por no de- cir de sus debilidades: piernas poco seguras y lengua em- brollada, bebedor, jugador y avaro, glotón y mied oso, de espíritu ciertamente cultivado, pero enredador, excéntrico y naturalmente chistoso. Uno se preguntaba si, a fuerza de hacerse el imbécil para sobrevivir en un clima de perpetuas conspiraciones, no lo había llegado a ser de verdad. Rasgo relativamente simpático, la crueldad inherente a la natura- leza humana se limitaba en él a una viva inclinación por las alegrías de la arena o a una infantil delectación a la vista del último suplicio de quien en principio se lo merecía. En el fondo, el sanguinario no era el hombre honrado, sino el espectador. Era corriente que el ojo no estuviera ligado al alma por los nervios que uno hubiera creído. Siete años más tarde, durante las alegres vendimias del año 801 de la fundación de la ciudad, A. Vitelio y L. Vipsa- nio Publícola eran cónsules epónimos, el liberto Narciso había obtenido del Príncipe, tan irresoluto y funámbulo, la condena de Mesalina, madre de sus hijos Británico y Octa- via. Es verdad que Mesalina había exagerado. Después de haber en g añado a Claudio de forma grandiosa con todo el que líe a a, se había vuelto a casar, en vida de su imperial marido, con el cónsul electo Silio, quien no tenía miedo de 41 L 1 amueblar su casa con los despojos del palacio. Excusables asuntos de faldas habían tomado de repente un inquietante cariz político. En enero del año siguiente, según los consejos del liber- to Palas, el Príncipe se casaba de nuevo con una pariente cercana, Agripina la Joven. Un hombre influenciable y gas- tado caía bajo la férula de una arribista feroz y sin escrúpu- los, ya madre de un joven L. Domicio Ahenobardo, que iba para los doce años. Claudio adoptaría pronto a este Lucio -con gran perjuicio de los legítimos intereses de Británi- co. Por primera vez en la historia de Roma, un ser del sexo débil podía esperar el disfrute del poder supremo gracias a la tapadera de un hijo dócil. M. Aponio Saturnino nunca hubiera pensado que la nueva boda de Claudio iría a trastornar su lúgubre existen- cia. Los deberes que lo abrumaban desde hacía una decena de años lo habían llevado poco a poco a considerar que las intrigas del p alacio se desarrollaban en otro planeta. En aquella mañana de enero, un frío húmedo pesaba so- bre las hondonadas de la ciudad cuando Marco se despertó sobresaltado con los horrorosos gritos de un recién nacido que una arpía sin entrañas acababa de depositar detrás de su casa, sobre las basuras del final del callejón. Gesto tanto más irritante cuanto que de ordinario su sueño huía y los momentos que precedían al alba eran los únicos -con el de la siesta- en que se acallaba el habitual alboroto ro- mano. Como la circulación de carga y descarga -salvo para las necesidades de refacciones o construcciones de casas- es- taba severamente prohibida durante el día desde el edicto de Julio César, era de noche cuando se reabastecian todos los almacenes y mercados de la ciudad. Aún no había desa- parecido el sol detrás del Janiculo cuando, ante las diecisie- te puertas de Roma, una nube impaciente de vehículos, ca- rretas y carros esperaba la señal para el asalto. Y en cuanto el astro se oscurecía, cocheros, conductores y mozos espo- leaban a los caballos de tiro y a las mulas hacia ese oscuro laberinto que iba a ser turbado por gritos y relinchos y es- tremecido por los pateos hasta la llegada del alba, a la luz vacilante de una miríada de linternas y antorchas. Así se abastecían -sin contar muchos otros puntos de distribución y venta- el gran almacén de los papyri* y per- gaminos del Foro, el "mercado de golosinas" en lo alto de la Vía Sacra, el mercado de frutas tempranas de las "leñe- * Papeles. (N. de la T.) U ras galas", el mercado de aceite y el de pescado del Velabra menor, el "Pórtico de las habas 'y el mercado de los pana- deros del Aventino, el mercado de lengumbres del Circo Máximo, el "Macellum* de Livia" en el Esquilmo, donde se encontraban las mejores carnes y aves... E incluso se apro- vechaba la ocasión para abastecer el mercado de legumbres situado, sin embargo, un poco más allá de la Puerta Car- mentalia, entre el teatro de Marcelo y la roca Tarpeya. He- cho esto, con una prisa febril, la armada de la sombra -a cuya retaguardia avanzaba el cuerpo de poceros de letrinas y cuidadores de cloacas- se apresuraba a abandonar la ciu- dad, pues todo vehículo que hubiera sido hallado en ella después del amanecer se habría visto bloqueado. Los sueños de Marco, que había ido a dar en una casa bamboleante en el corazón del casco viejo, estaban pobla- dos de zarabandas de legumbres y socarronas risas equinas, mientras respiraba a través de los mal cerrados postigos olores de estiércol, pescado y mierda. Allí estaba incluso el humo resinoso de las antorchas para recordarle a su ador- milada conciencia los constantes riesgos de incendio que, con las inundaciones y las "pestes", eran el mayor terror del romano. Pero cuando despuntaba el día estallaba de golpe un in- menso rumor, un inmenso zumbido puntuado por ruidos más sonoros y agresivos. Comerciantes de cualquier calaña, desde el barbero al mercader de esclavos (Roma, por una especie de pudor, no tenía ningún mercado de esclavos digno de ese nombre), desmontaban los batientes de made- ra de sus tiendas y armaban en la calzada sus mostradores y puestos. Resonaban las herramientas de los caldereros, de los herreros, cerrajeros, batidores de oro o de plata. Los taberneros vociferaban para alabar las salchichas ahumadas o el budín recién hecho. Los maestros de escuela y sus alumnos se desgañitaban bajo los pórticos. Los vendedores ambulantes del Trastévere ofrecían chillando paquetes de leños azufrados y los mendigos modulaban lastimeras me- lopeas. Imposible pensar en dormir hasta la hora de la siesta. El niño abandonado gritaba con toda su alma. La mayor parte de las veces abandonaban a las niñas, que eran más resistentes que los chicos y tardaban más en callarse. Las organizaciones de mendicidad, cuyos emisarios recorrían los vertederos -autorizados o ilícitos- para encontrar buenos individuos vigorosos que mutilar y educar, prefe- * Mercado de comestibles, especialmente de carne. (N. de la T.) 42 43 rían a los niños, cuyas enfermedades y heridas despertaban por lo común una compasión más viva en las matronas tan sensibles como estériles. Pero la mayoría de los proxenetas tenían debilidad por las niñas. En la habitación de al lado, Kaeso también se puso a gritar, conmoviendo el corazón de Marco. Marco el Joven, nacido cinco años atrás, tenía el sueño pesado, pero Kaeso, su hermano pequeño, poseía un temperamento vivo y ner- vioso. Bastaba el menor soplo para inquietarlo. Se hubiera dicho que no se había repuesto de la muerte de Pomponia, en el parto, a consecuencia de una cesárea que habia aca- bado en carnicería. Y le habían puesto al niño el raro nom- bre de Kaeso, que testimoniaba las trágicas circunstancias de su nacimiento. Marco, que había amontonado las túnicas para prote- gerse del frío, se desprendió de sus cobertores, buscó a tientas las zapatillas sobre la raída alfombrilla de cama, puso la mano en el lucubrum, minúsculo vigilante que le acompañaba los insomnios con su punto luminoso y, tro- pezando con el orinal de barro cocido, fue a calmar a Kaeso. El niño estaba acostado con su hermano dormido, y los gritos de la chiquilla debajo de la ventana no dejaban de molestarle. Marco le explicó a Kaeso que la niñita no era sensata, pero que pronto seria castigada, y supo encontrar, con sensibilidad e adre, muchas tiernas palabras más para tranquilizar a su hijo y hacer que recuperara el sueño. Volvió a meterse en la cama y, al resplandor de su lucu- brum, familiares y morosas lucubraciones se adueñaron otra vez de su alma entristecida. Había caído casi en picado, y todos los aspectos de su nuevo género de vida se lo recordaban constantemente. La ruina le había arrancado rápidamente la casa del Caelio, a pesar de haberla hecho construir de nuevo por famosos ar- quitectos griegos tras el terrible incendio que había des- truido toda la re ión (unos diez años antes de la sospecho- sa muerte de ~I~b eno) y sólo había dejado en pie una estatua del Príncipe en el palacio de los Junio Ha ía teni- do que abandonar una de las prestigiosas colinas en las que, desde hacía generaciones, los ricos se esforzaban por vivir alejados de la agitación y del ruido, aislados de la in- soportable muchedumbre por el espesor de sus paredes y la superficie de sus parques, en un aire más salubre, menos tórrido en verano, menos húmedo en las malas estaciones. Había rodado hasta el nivel del vulgo, cien pies más abajo, en el Suburio, un barrio popular y mal afamado, especie de crisol entre el Esquilmo, el Vinimalio y el Quirina , donde se mezclaban todas las naciones, abierto solamente al su- ji ~doeste, hacia la Vía Sacra y los Foros Romanos, a los que 4levaba el Argiletum, la animada calle de los libreros. Y la 'caída era incluso doble, ya que Marco había vendido tam- bién su tranquila y floreciente villa de la "Colina de los Jar- dines", en el monte Pincio, al norte del Campo de Marte, cuyas pendientes meridionales miraban tan graciosamente alas alturas, pequeños valles y llanuras de aquella ciudad única en el mundo -siempre y cuando uno la mirara desde lo alto. Enterrado bajo un entresuelo coronado por seis pisos, unido a otras dos casas de la misma índole, Marco, desde su piso bajo, no veía del exterior más que una callejuela por delante y un callejón sin salida por detrás. Toda la par- te inferior de Roma había crecido así hacia los cielos, acu- mulando pisos por falta de espacio, en una maraña de es- trechos caminos que, demasiado a menudo, carecían de las aceras y el pavimento p revistos y prescritos mucho tiempo atrás. En verano, una bochornosa sombra pesaba sobre el dédalo del Suburio; en invierno todo era oscuro y de lo más sórdido. Pero la debacle se veía agravada por otra, más íntima y cotidiana todavía, pues manaba del corazón de la casa. El menor labrador latino tenía su modesto atrio, es decir, su pedazo de cielo a domicilio, cuya luz central le permitía preservar la vida de familia tras las opacas paredes. Los ri- cos añadían peristilos a la griega, siempre vueltos hacia el interior, y solo abrían pórticos al exterior ante las vistas inexpugnables. Mientras que las disparatadas habitaciones de Marco, fruto de la reunión de cuatro viviendas ordina- rias, encuadraban un patio que parecía más bien el fondo de un pozo, un vertiginoso agujero. Y de esta cascada de ~ isos, cuyos remendados balcones ostentaban dudosas co- adas o inestables tiestos de flores, caían a veces las cosas más incongruentes y nauseabundas. Para asegurarse el goce exclusivo de tan irrisorio patio, Marco, que después de mu- chas alarmas había conseguido ser el propietario de la casa, había hecho tapiar el fondo del soportal principal, que daba a una callejuela, así como el fondo e soportal me- nor, que daba al callejón. Pero por mucho que había culti- vado pálidas pérgolas en su agujero, o tendido velos de for- tuna, nunca estaba a resguardo de los indiscretos. Para un hombre que se tenía por un verdadero romano, una situa- ción así, tan contraria a la sensibilidad terránea o medite- rránea, era sencillamente monstruosa. Marco era además cordialmente odiado por los arrenda- tarios de su torre, que no le perdonaban que hubiese con- fiscado el agujero Jesde su imperiosa instalación. Y el he- cho de que el propietario, para ahorrarse los gastos y las 44 45 malversaciones de un gerente, se aplicase a recibir él mis- mo los módicos alquileres de una calamitosa plebe, provo- caba otras tantas discusiones humillantes con pobres dia- blos que habían subdividido al máximo miserables cuchitri- les donde, por definición, el agua de los acueductos, derra- mada por todas partes a ras del suelo, nunca subía más de un brazo. Tales desavenencias animaban en casa de Marco el desprecio y la desconfianza de todos esos miserables "sin hogar fijo", entre los que predominaban los vagabundos y los extranjeros. ¡El, por lo menos, tenía todavía su altar fa- miliar, sus lares y sus penates* y hasta su genio particular, tradicionalmente representado por una serpiente! El rumor de la ciudad había estallado con el día, y se oían ya, a través de los sesgados techos, las patadas de los arrendatarios del entresuelo, donde tres pequeñas habita- ciones habían sido aisladas de los accesos normales y pues- tas en comunicación, mediante escaleras, con otras tantas tiendas que Marco había abierto y alquilado para aumentar sus escasos ingresos -lo que disminuía en la misma medi- da la superficie habitable. En la fachada había una minús- cula popina, confiada a una liberta cretense del dueño, que había sido la nodriza de Kaeso antes de quedarse viuda, y un barbero cartaginés, que sacaba unos ingresos extras con lecciones de desp iece que daba a pinches de cocina me~ diante animales desmontables de madera. Y, en el callejón, un lusitano siniestro se afanaba en dar salida a una selec- ción de látigos e instrumentos para castigar a los esclavos. Marco estaba relativamente satisfecho de la popina y de la tonstrina** púnica. Como se había visto obli a o a vender a su experto barbero, estaba muy contento de que lo afei- taran gratis. (¡Lejos estaba el tiempo en que Agripa, para festejar su edilidad del 720, ofreció a los romanos y roma- nas servicios de peluqueros durante un año!) Y como ya no podía acostarse con sus criadas, a veces se aislaba furtiva- mente en las horas libres tras la cortina de la popína en compañía de la "pequeña burra" del lugar para una breve caba ata o una punción calmante. A fuerza de rogar a Ve- nus, los romanos habían conseguido que contuviera a los males más graves que formaban el cortejo de su culto. Sobre la basura de enero, la chiquilla flaqueaba ya. Pue- de que fuera un niño. Marco se dio ánimos para levantarse, entreabrió los pos- tigos para que entrara un poco de luz y fue a despertar a * Los lares, generalmente dos, eran los dioses protectores de la casa y del ajuar; los penates, generalmente uno, eran protecto- res de las provisiones. (N. de la T.) ** Barbería. (N. de la T.) F sus perezosos esclavos, pues aquél iba a ser día de gran limpieza en honor a la inesperada visita de su sobrina Mar- cia. De una familia muy corriente de unas doscientas cabe- zas, Marco sólo había podido conservar una docena de nu- lidades, cuya incapacidad era tanto más evidente cuanto que se exigían de estos esclavos poco dotados las presta- ciones más diversas y contradictorias. Y la mala voluntad se sumaba a la falta de cuidado, mientras que las promesas o las amenazas chocaban con una blanda obediencia atem- perada de astucia. Se estimaba que el rendimiento del tra- bajo servil era dos veces inferior al del trabajo libre, y los doce esclavos de Marco se agitaban por tres. Sin duda, a pesar de su insigne mediocridad, se sentían irremplazables. Bajo la vigilancia personal del amo, el equipo de desta- jistas de ambos sexos se entregó a un gran tráfago de cu- os, trapos, bayetas y esponjas, plumeros, escaleras de mano y escobas. Después echaron serrín sobre los pavi- mentos regados, para arrancarles mejor la suciedad y el polvo. Para terminar, recargaron con carbón silvestre los b raseros fijos o rodantes que habían apagado a la hora de acostarse, por miedo a la asfixia, y dieron brillo con mano cansina a dos o tres muebles to avía resentables y a un lote de esa plata corriente de la que Marco antaño ofrecía cinco o seis libras a sus clientes como regalo. Pero, con limpieza o sin ella, nada podía cambiar las co- sas: el irremediable alojamiento no era más que un vulgar piso bajo de ínsula* de segundo orden. Marco pensó con amargura que ínsula significaba tam- bién "isla' o "islote", y que en aquélla él vegetaba sin es- peranzas como un náufrago de sus bienes. Se le ocurrió la idea de hacer barrer bajo los soportales. A cada lado de ambas bóvedas se abría una caja de escale- ra, y las cuatro puertas correspondientes del piso bajo eran, naturalmente, las del propietario. Marco le había in- sistido en que Marcia entrase por el soportal grande y lla- mase a la puerta de la izquierda -ya que los esclavos ha- bían sido relegados enfrente. Pero las mujeres son atolon- dradas y Marcia, que no conocía el lugar, podía presentarse por el soportal del callejón. Así que tan importante era ba- rrer por delante como por detrás. Dichos soportales estaban, por cierto, tan atestados de basura como de costumbre. Peor aún: las dolía, esas gran- des jarras tinajas donde los campistas de los pisos vaciaban sus orinales o sus sillas perforadas, estaban llenas hasta los bordes bajo las cuatro cajas de escaleras. Los poceros noc- * Casa de vecindad. (N. de la T.) 46 47 turnos habían descuidado la casa una vez más. A pesar del frío bastante vivo, el olor era insoportable. Pero e~ vertede- ro del callejón ya respetaba los reglamentos de la olícia, y no era cuestión de añadirle cuatro dolía. (Además, ~abía allí un niño, muy capaz de respirar todavía...) No había nada que hacer. Disgustado, Marco volvió a entrar en sus habitaciones, y prescribió al pasar que dieran una buena mano a los cuatro tiradores de las puertas. Era un pobre consuelo. El cielo estab a cubierto, era imposible saber la hora, y Marcia, que había anunciado su visita para los alrededores de la hora quinta, podía llegar pronto. En la cocina del lado del amo, Marco se lavó las manos, la cara y la boca con agua corriente, sin dejar de pensar que no había pagado el agua. Ese agua tan preciosa, que no se distribuía a los arrastra-chanclos sin recursos de los pi- sos, retenía junto al suelo a todos los "insularios" capaces de permitírsela en su casa. Por todo desayuno, Marco be- bió algunos tragos de agua glacial, después sustituyó sus arrugadas túnicas por otras más decentes, deslizó los pies desnudos en un calzado de ciudad y se pasó un peine por el cabello. Ya había que aguzar el oído para oir desde la alcoba los últimos gemidos del niño. La vez anterior, unos perros va- gabundos se habían encargado de él. No era sano ni para Marco el Joven ni para Kaeso meter la nariz en tales espec- táculos, a ojamiento de los esclavos, más alejado del fon- do del callejón, habría sido a fin de cuentas preferible para la familia... De vuelta a las habitaciones de recepción, Marco com- probó que los braseros no humeaban mucho y mantenían un mínimo de calor, a pesar de que estaban abiertos los postigos. Empero, la atmósfera era siniestra hasta tal punto que el amo pidió que encendieran algunas lámparas, a con- dición de resguardarlas bien de las corrientes de aire. Una vieja esclava desdentada trajo a los jóvenes Marco y Kaeso, que habían jugado aparte hasta que los asearan para presentarlos a su prima hermana. Estos dos niños, nacidos uno detrás de otro y casi en el ocaso de la vida, se habían convertido en los únicos tesoros de Marco, reducido por los acontecimientos a la situación de "proletario" -al menos si hacemos caso a su íntimo análisis, fuertemente teñido de pesimismo. En todo caso, les había cobrado a sus hijos un afecto tanto más vivo cuanto que Pomponia había muerto de parto mientras Marco el Joven daba sus primeros pasos; además, había te- nido que educarlos prácticamente solo, con una servidum- bre reducida y negligente. Y a esos pequeños, en un tiem- 48 po en que Italia se despoblaba a pesar de la inquieta con- ciencia que se tenía de ello, a pesar de las aterradas adver- tencias de los Príncipes y de sus incitaciones a la natalidad, a esos pequeños Marco los quería por una suerte de reac- ción instintiva contra las inauditas injurias del destino. Pero el consuelo de su presencia iba acompañado de nue- vas angustias. Tal como estaba la fortuna de la familia, ¿con qué dinero, con qué apoyos establecer un día a los dos jóvenes? A punto de llorar, Marco despidió secamente a sus hijos y volvió los pensamientos a su sobrina, único fruto del pri- mer matrimonio de su hermano Rufo, que acababa de mo- rir después de haber consagrado los últimos vestigios de su patrimonio a soberbios obsequios: Rufo había sido incon- secuente, egoísta y caprichoso hasta el final. En cuanto a Marcia, tras haberse divorciado a los dieciocho años de un "caballero" que se forraba los bolsillos en la administra- ción de los inmensos dominios imperiales, se había vuelto a casar en seguida con un tal Mancino Largo, noblecillo campesino de Umbría, que tenía un mar de viñas del lado de Perusa. Antaño Marco había tenido a Marcia sobre las rodillas, pero su ruina había espaciado las relaciones entre los dos hermanos, y sólo había vuelto a ver a la joven en raras ocasiones, la última vez en la ceremonia fúnebre en la ~u e el frívolo Rufo había sido reducido a humo y cenizas. staba sorprendido al saberla de regreso en Roma y deseo- sa de visitarlo en su casa "por asuntos graves". ¿Se trataría de un asunto de tutela? En todo caso, hubiera preferido ver a su sobrina en un lugar más digno de sus encantos. Marco se pasó la mano por el rostro: su barba de dos días estaba todavía presentable. Y lanzó una última ojeada a la habitación, que había sido calificada de exedra a causa de la presencia de algunos asientos. Al menos estaba lim- pia... Pero, sobre todo, era allí donde se habían erigido el al- tar familar de mármol blanco y el larario de preciosa made- ra exótica de limonero que conjuntamente adornaran el atrio de la casa del Caelio. La pequeña llama del fuego sa- grado que ardía noche y día en el altar, la Minerva de plata que, entre otras, lo consideraba a uno desde lo alto del ni- cho del armario, encima del entrepaño esculpido que ocul- taba lo necesario para los sacrificios, eran visiones acoge- doras y reconfortantes, un recuerdo de tiempos mejores y una permanente invocación a potencias protectoras. Marco tenía una particular devoción por Minerva, que había elegi- * Sala de conversación, salón. (N. de la T.) 49 '1 '1 do como penate a instancias de Cicerón, cuyos discursos y actos públicos suscitaban en él una admiración casi sin reservas. Y de repente introdujeron a Marcia, dueña de un andar de gracia infinita y rodeada por una nube de perfume pi- cante. Marco no había podido apreciar recientemente a la joven bajo sus velos de duelo, y estaba deslumbrado al en- contrarla tan seductora a sus veinte años. Marcia llevaba un largo vestido rojo vivo, ribeteado de oro, con la cola plisada, ceñido en las caderas por un cintu- rón ancho y liso, y bajo los senos por otro cinturón más delgado. Y esta stola* -sin duda a consecuencia del duelo- iba cubierta por un gran chal sedoso de un negro brillante, en el que unos bor a os plateados representaban, no obstan- te, el triunfo de Afrodita. El pectoral y las pulseras de las muñecas y tobillos eran de oro artísticamente trabajado, pero la notable finura de las manos, blanqueadas, como la frente, con cerusa, se veía realzada por la ausencia de toda joya. El ligero ocre de los pómulos y el ocre más oscuro de los labios habían sido aplicados por la mano de una orna- trzx** experta, que había sabido respetar la triunfante ju- ventud de esa extraordinaria morena con almendrados ojos de cierva. Pomponia nunca había sabido vestirse y se sobrecarga- ba de joyas como un asno camino del mercado. Se abrazaron, y Marcia quiso dedicar en el acto una li- bación de vino puro a la Minerva del larario, deferencia que se iba perdiendo y que impresionó a Marco. Se sentaron y charlaron con naturalidad de la defunción de Rufo, quien dejaba a Marcia, privada ya de su madre, huérfana e padre y sin más pariente que Marco del lado paterno. Y la charla fue más sabrosa de bid o a que la cere- monia había sido pintoresca. Rufo había escogido por si mismo al mimo consumado que debía conducir las exe- quias, y había tenido el valor para, cerca de su fin, hacerle personalmente algunas recomendaciones. Los cortejos fúnebres distinguidos eran siempre condu- cidos por mimos que llevaban la máscara mortuoria del di- funto, adoptaban sus andares y ponían de relieve con ges- tos, e incluso con la voz, los defectos y ridiculeces del desaparecido. Una crítica tal era la contrapartida de la ora- ción elogiosa que el sucesor tenía que pronunciar después, al pie de los Rostros del Foro. * Vestidura amplia y larga de las damas romanas. (N. de la T.) ** Doncella. (N. de la T.) 50 Los contemporáneos de Claudio pudieron así asistir a las exequias del avaricioso Vespasiano, en las que una sali- da del archimimo tuvo un prodigioso éxito: mientras que la augusta procesión orillaba el Tíber, el artista que imita- ba al príncipe en vías de apoteosis preguntó el precio de la ceremonia y gritó: "¡Prefiero que me ~en la suma y ciue ti- ren mi cuerpo al agua!". La costumbre también quena que los soldados que seguían el carro triunfal del emperador. fueran liberados durante un rato de todo respeto por el neral, y César en persona se había visto abrumadopor as burlas sobre las ridículas franjas de sus túnicas y sob re sus costumbres. "Romanos", aullaban sus legionarios, "agarrad bien a vuestras mujeres e hijos: os traemos al calvo lascivo, el depilado favorito del rey de Bitinia." Y César, con una. sonrisa de conejo bajo los laureles. Los romanos adoraban tales contrastes, que recordaban la vanidad de las cosas hu- manas y el carácter efimero de toda gloria. Marco y Marcia se preguntaban, a pesar de todo, si el mimo no había exagerado: su representación de un Rufo borracho y disipado, provocando a las muchachas durante el recorrido, había sido sobrecogedora. Daba la impresión de que, más allá de la muerte, un Rufo impenitente persis- tía en ostentar sus deplorables opiniones, y las bromas ha- bituales fueron acompañadas de rechinar de dientes. -Menos mal -dijo Marcia- que tu panegírico fue de alto rango. ¡Qué elevación de pensamiento, qué justeza de. tono, qué elegancia de dicción! Los libertos y los clientes de mi padre lloraban como terneros llevados al sacrificio. Era verdad que Rufo había sido más generoso con sus clientes que con su hermano o su hija, y Marco las había pasado moradas para descubrir algo bueno en el desapare- cido. El elogio de los antepasados, que brillaban por su au- sencia, y el de la evaporada viuda habían sido menos ar- duos. Satisfechas las piedades filial y fraternal, la conversación giró hacia las últimas noticias recíprocas. Marco, que se es- forzaba por guardar las apariencias, no tenía gran cosa que decir, pero Marcia no había venido para charlar. -Verdaderamente, estoy reñida con las Parcas en este momento: después de mi padre, he perdido a mi Largo. -APor Zeus! ¡Tan de repente! En la cremación de Rufo todavía estaba vivo... -Fue víctima de un aiígator*. -¿Asesinado? -Casi. * El que ata. (N. de la T.) 51 Y Marcia empezó a contar, como quien parlotea en un salón: -La familia de Largo plantó en otros tiempos bosques de álamos para hacer que las viñas treparan por ellos, y mi marido estaba muy orgulloso de esos árboles cargados de cepas, que cada otoño se desplomaban bajo múltiples co- ronas de racimos de pequeñas uvas negras. ¿Sabes que esa disposición en espal era asa por dar rendimientos muy superiores a los de los viñedos unidos de forma corriente? Pero las dificultades del all¡~atío, de la atadura de los jóve- nes retoños, y las de la poda, que interesa al mismo tiempo a los sarmientos de viña y a las ramas del álamo, son extre- mas. Los esclavos eran incapaces de un trabajo así; fue pre- ciso recurrir a jornaleros competentes, siempre demasiado raros, y que exigen de quien los emplea, antes de trepar, un seguro que cubra los gastos de exequias. ¡A los pobres les apasiona asombrar a sus amigos con sus cenizas! (¡Y no hay más que pobres!) En resumen, Largo discutió con un "ligador-podador" sobre el sueldo y las condiciones del se- guro: era un hombre iracundo a quien cualquier contradic- ción ponía fuera de sí. Para avergonzar al roñoso, Largo se precipitó con un frío de perros sobre el primer álamo que tenía a mano y se puso a ligar y a podar a tontas y a locas... hasta que cayó como un ardo de afrecho y se rompió el cuello. un testigo me aseguró que en el momento de la caí- da un cuervo salió de la copa del árbol hacia la derecha. ¿Oyes? Hacia la derecha. ¡Como si la desaparición de Largo pudiera ser un presagio favorable! Y era un gran cuervo de invierno, puesto a dieta desde hacía poco tiempo por la es- carcha después de haberse atiborrado de semillas y uvas, y no una corneja, pájaro que claramente sólo es de buen au- gurio cuando vuela hacia la izquierda. Era, por cierto, de lo más extraño. Marcia sacó de la manga un cuadrado de seda azafranada y se cubrió los ojos por decencia. Pero era notorio que la excelencia del presa- gio ponía un generoso bálsamo sobre su pena. -Mi pobre niña -suspiró Marco, que se apresuró a ha- blar de cosas prácticas- ¿Heredas, por lo menos? -¡Ni un as, ni un nummus'! Mi Largo tenía una multitud de sobrinos y primos, e incluso una numerosa descen~len- cia: ¡no menos de tres niños de un primer lecho, que me ponían mala cara! Además, ya apenas nos entendíamos. No sol amente me engañaba con las muchachas del servicio -cosa que todavía puede pasar- sino con todas las amigas 1. Otro nombre corriente del sestercio. (N. del A.) r que logré hacer en el campo: ¡yo le servía, por así decir, de introductora! ¡Y, con todo, si supieras qué celoso! Su máxi- ma preferida era: "yo soy el único que mete el dedo en mi aceite -En fin, supongo que conservas tu dote. ¿No te la es- camoteó Largo para engrosar sus álamos o sus viñedos? -Ya le habría gustado, pero papá -en tanto que tu- tor- puso obstáculos. Así que guardé la dote, que y a me había seguido después de mi divorcio. Las leyes nos favore- cen más que nunca. Nos divorciemos amigablemente o no, tenemos derecho a reivindicar en justicia nuestra dote a través del tutor, incluso en la hipótesis de que su restitu- ción en caso de ruptura no hubiera estado prevista en el contrato de matrimonio. ¡Si hubiera perdido a Largo junto con mi dote, hubiese sido una verdadera muerta de ham- bre! -Creo recordar que mi hermano no había sido muy ge- neroso en lo que a ti concierne, ¿no? -Papá sólo era generoso con sus placeres. Tuve que ca- sarme a los catorce años con 300.000 sestercios. ¿ Qué se puede hacer con una renta de 15.000? Ni para un vestido decente... Pero no he venido a verte para quejarme ni mo- lestarte con cuestiones de dinero... -Sigue hablándome de ti. Marco estaba contento de que Marcia no tuviera necesi- dad de subsidios inmediatos. Verse obligado a negarle un préstamo lo hubiera humillado. No obstante aludió a sus dificultades, a lo cual su sobrina interpuso: -Me sorprende que no te hayas casado otra vez des- p ués de la inesperada muerte de Pomponia. Para ti sólo ha- b ría sido un cuarto matrimonio y todavía estás muy bien. ¿Cómo puedes arreglártelas con dos niños de corta edad en los brazos? La respuesta era muy sencilla: sin dinero, Marco sólo habría podido hacer un matrimonio ridículo, muy por de- bajo de su condición. ¡Incluso se negaba a sufragar los gas- tos de una cDncubina permanente! Tomado por sorpresa, Marco, con aire superficial, se re- fugió en generalidades que corrían por la calle: -Ya has visto cómo está el mundo... El matrimonio de hoy no es el de nuestros antepasados. Hace dos siglos que uno se casa para divorciarse y se divorcia para volverse a casar. ¡Augusto incluso facilitó el divorcio con la ingenua idea de que las parejas mejor avenidas serian más prolife- ras! Pero tanto va el cántaro a la fuente que acaba por romperse. En nuestros días, como bien di~jo Séneca, que esta primavera tiene que volver del exilio, 'las damas más ilustres se han acostumbrado a contar los años no por los 52 53 apellidos de los cónsules, sino por los de sus maridos"; y Iv para ahorrarse los gastos y las preocupaciones del matri- monio, los hombres que no quieren a toda costa un here- derodesusangreadoptanalhijodeunamigoyvivencon una dócil liberta, o hasta con una esclava bien escogida. Tal sensatez me parece seductora, puesto que tengo mas niños de los que puedo colocar. Si, a fin de cuentas, me ca- saré en otro momento. -Te casarás muy pronto: estoy aquí para ser tu esposa. Marco se quedó completamente estupefacto, y por un momento creyó que su sobrina había perdido el juicio. Pero el rostro regular de la visitante respiraba dominio de sí, reflexión y cálculo, y la resplandeciente diadema que ce- ñía la trenzada mata de cabellos negros se inclinaba con la pensativa cabeza para repetir que elp ro yecto era concebi- bley la decisión muy madura. No sabiendo qué replicar, Marco improvisó una broma forzada, que no lo comprometía a nada y dejaba a Marcia libre de explicarse como quisiera: -AA primera vista, te equivocas de dirección! Desde el rapto de las Sabinas, las matronas romanas tienen el privi- legio de no poner los pies en su cocina, e incluso se niegan a hacer la compra. ¡Antes conseguiría a un buen cocinero que a una Sabina! Marcia dio un rodeo: -Como muchos propietarios campesinos, Largo estaba abonado al Diurnal romano y, la víspera de mi viudedad, a pesar de que la crónica e as sesiones del senado fue ex- cluida hace mucho tiempo de esas páginas de ecos, leí de- talladas y elogiosas alusiones al discurso de Vitelio en favor de la inmediata boda de Claudio con Agripina. -Alusiones evidentemente inspiradas por el clan de Agripina, y destinadas a la edificación de lasp rovincias y las guarniciones lejanas. En Roma apenas tenemos necesi- dad del Diurnal: el correveidile es suficiente. -Ya que supiste permanecer en el senado a pesar de los reveses de la fortuna, supongo que presenciaste esa me- morable sesión. -¿Y quién hubiera podido disculparse? Tuve que seguir la corriente. No habían terminado los aplausos entusiastas cuando ya los aduladores más ardientes e impíos se precipi- taban por la ciudad para gritar que si César tenía ei menor escrúpulo en desposar a su propia sobrina, le obligarían por la fuerza. -Esos aduladores y tú mismo teníais la excusa de que Vitelio se había mostrado elocuente. Es un hecho que las 54 55 costumbres evolucionan, que los matrimonios entre pa- rientes son cada vez mas admitidos. Los Julio y los Claudio son todos primos -a veces hasta surgidos de primos her- manos. ¡Y qué decir del enredo de las adopciones, que vie- nen a reforzar todavía más los más estrechos lazos de san- gre! Los faraones tomaban generalmente a su hermana por esposa... -Sí, y Calígula rindió honores a dos de sus tres herma- nas. ¡Uno llega a preguntarse si la misma Agripina no pasó por eso! Son cosas que no se hacen. Tamaños escándalos atraen la desgracia sobre el Estado, cuya base es la religión, y los enfurecidos dioses toman venganza. -¡Los dioses ya han visto y hecho cosas parecidas! Y de todas formas el supuesto escándalo es legal actualmente, puesto que el senado, del que tú eres miembro, se ha apre- surado a autorizar por unanimidad el matrimonio de los tíos con sus sobrinas. (Aunque no el de las tías con sus so- brinos: a los derechos e as mujeres siempre les cuesta afirmarse.) -No podíamos hacer otra cosa. Ese intrigante de L. Vi- telio se dejó la voz, y su hijo Aulo, que sigue sus huellas, la barriga y los mofletes... Marco se interrumpió. Después de las palabras maqui- nales engranadas en estado de choque y turbación, con re- traso le saltaba a la vista la relación entre el reciente matri- monio del Príncipe y las extrañas ambiciones de Marcia. Pero que una unión tal fuese en el futuro, y por primera vez, legalmente posible, no hacía sino acentuar su carácter irreal y extravagante en lo que a él concernía. Al fin gritó: -¡Por Minerva, diosa de las ideas justas, por Venus, cu- yos caprichos inflaman los corazones, dime qué es lo que te gusta en mi persona! Marcia esbozó una rápida sonrisa y dio un nuevo ro- deo: -Minerva me dice que eres inteligente, cultivado, que tienes carácter. Papá -que en el fondo te quería más de lo que tú crees- me repetía: "Marco no tiene el carácter que hace a los grandes hombres, y menos aún el que hace a los bribones. En materia de caracter es el aurea medíocrítas* de Horacio". ¿No resulta ese matiz tranquilizador para una mujer en los tiempos que corren? -Sin duda es difícil convivir con los grandes hombres y con los bribones; ¡sobre todo cuando están mezclados! -Y Venus, que tiene que descansar de vez en cuando, * La feliz mediocridad. (N. de la 1.) F me susurra que te hace falta con urgencia una mujer bien nacida y de buena reputación para llevarte la casa. Pasemos a mi dote... -Me parece que a tu edad, a pesar de la relativa modi- cidad de tu dote, podrías aspirar a algo mejor que a un quincuagenario desengañado. Marcia sonrió otra vez, descubriendo unos dientes de lobo, pulidos con hueso triturado, que contrastaban curio- samente con sus lánguidos ojos. -¡Eres para mí un partido único en este momento, Marco! -No estoy tan convencido, e insisto en encontrar a la novia demasiado bella. ¿No será que has quedado desampa- rada por la desaparición brutal de un padre y un esposo, y como el pájaro que cae del nido y se aferra a la primera rama que encuentra? ¡Me pareces tan joven! La sonrisa de la viuda huérfana se convirtió en una carcajada. -Después de mi primera noche de bodas, renuncié a llorar. ¿Para qué? Nadiie va a cambiar a los hombres ni a las mujeres. Y tras un corto silencio: -Adivino que disimulas bajo una falsa modestia una re- pugnancia que es, en realidad, de naturaleza religiosa. ¿Me equivoco? -Confieso que sólo un emperador y Gran Pontífice po- dría no sentirla demasiado. -Pues bien, esa repugnancia es un motivo más para que te estime. Y sabe que no estoy lejos de compartirla. Al incesto le pasa como al garum: un buen cocinero sabe mo- derar la dosis. Así es que, naturalmente, te ofrezco un ma- trimonio blanco: la unión de un padre y una hija, de un hermano y una hermana, que no obstante conservarían una decente y discreta libertad. Un hombre debe sacrificar su naturaleza y una joven prácticamente emancipada puede hacer mucho por la carrera de su marido. El proyecto ganaba en verosimilitud y el pensamiento de Marcia se dibujaba más netamente. Decepcionada por dos maridos, iba en busca de un vejete que tendría los más estimables motivos para no importunar 1 a y al que podría poner cuernos a placer y con fines útiles. El desparpajo de la dama era pasmoso. ¡En eso se había convertido la mujer romana desde la República! -Entiendo- dijo Marco, mitad en broma, mitad en serio- que te preocup es por situarte bien, y el menor de los senadores no resulta desdeñable. Pero si es verdad que tienes la bondad de ofrecerme una pobre dote y es eranzas dificilmente calificables, también lo es que me ofreces un 56 57 1 verdadero suplicio de Tántalo. ¿Se te ha ocurrido pensar en eso? -Mi querido tío, te sé lo bastante respetuoso con las costumbres de nuestros antepasados como para soportarlo sin flaquezas. Y como los maridos y las mujeres tienen en estos días alcobas separadas, podrás, disfrutar a puerta ce- rrada de una continencia a lo Escip ión: ser oficial mente un honorable marido según la nueva ley, siguiendo el ejemplo del Príncipe con la cálida aprobación del senado y, oficio- samente, un casto turiferario de las antiguas costumbres. Saldrás ganando por partida doble, ante los hombres y ante los dioses. Los sacerdotes han descubierto más de treinta mil dioses: seguro que hay alguno sensible a tu prueba, y en primer lugar tu penate preferido, Minerva, tan inteli- gente que no llegó a encontrar esposo. "Pero la experiencia del matrimonio me demuestra que tu suplicio sera corto. Ninguna mujer puede ser seductora más d e unos meses para el hombre con el que comparte la existencia cotidiana. Cupido se alimenta de misterio y va- riedad. ¡Y por eso la Fortuna Viril, esa diosa que se dedica a ocultar a los hombres los pequeños defectos de las muje- res, es tan decisiva en el matrimonio! Debe vigilar tantas cremas y afeites, tantas piedras pómez y unguentos, correr gratos velos sobre tantas indisposiciones penosas... Al cabo de tres meses ya no me mirarás. Marco protestó débilmente. Le costaba mucho encon- trar el tono adecuado en una situación tan falsa y además tan ultrajante. El incesto oficial no resultaba más halague- ño que la continencia oficiosa. -Dispones de mí, pequeña mía, con una extraordinaria desenvoltura. Si me hiciera cómplice de esta combinación, lo primero que ganaría con ella -y por unos irrisorios beneficios- seria el desprecio de la gente honrada. -A papá le gustaba decir... -"¡Cortemos la flor virgen antes de que se marchite!" -Y también: "El desprecio de las personas honradas es el más fácil de soportar, pues se cuentan con los dedos de una mano". Ya verás cómo te avienes a este matrimonio. -¡Lo dudo mucho! -Te decidirás porque un liberto, un centurión primipi- lario y hasta un "ca a ero llamado Aledio Severo han he- cho ya diligencias para desposar a sus sobrinas. -¡Y a mi qué me importa! Con una pizca de impaciencia, Marcia fue al grano del problema: -¡Abre los ojos de una vez! Claudio, dominado por Agripina, pero tan cuidadoso con todas las antigúallas de la religión romana, está poseido de unos escrúpu los que sólo F la elocuencia de un Vitelio, la incitación unánime del sena- do y la simpatía del pueblo, siempre fiel al recuerdo de Germánico y de Agripina la Mayor, han sido capaces de vencer. La misma Agripina, que rebosa de orgullo, sólo se ha rebajado a ese convenio por los demonios de su insacia- ble ambición. Para darle un sustento moral a semejante unión, los discursos no bastan: hay que poner parte de uno mismo. De manera que cada matrimonio de un tío con su sobrina es, para la pareja imperial, la expresión de lisonja más oportuna, más profunda, más refinada, más tranquili- zadora. El incesto se endulza al ser compartido. "Claudio y Agripina están tan interesados en que su ejemplo sea prontamente seguido, son tan sensibles a la. delicadeza de esas raras devociones, que su favor se derra- ma en el acto sobre los hombres y mujeres de buena vo- luntad que han puesto el culto del Príncipe por encima de los miramientos de una sensibilidad natural. "El liberto ha recibido la gestión de un inmenso domi- nio en Africa. El "caballero" ha sido gratificado con una di- rección de servicio en la estación central de Correos del Campo de Marte. Y el emperador en persona, acompañado por Agripina, ha asistido a la boda diel primipilario. ¿Qué no podrías esperar siendo el primer senador que ap rove- chase la ocasión? ¿Por qué otro medio quieres restablecer tu fortuna, tan injustamente comprometida por la locura de Calígula? ¿No deseas salir de apuros? Como afectuosa sobrina, te muestro el camino. "Por otra parte, si la bien conocida avaricia del Príncipe interfiere en la realización de mis promesas, no habremos perdido nada. Un divorcio no significa mucho para ningu- no de los dos. "Pero hay que darse prisa. ¡Cuántos senadores lloran hoy por no tener una sobrina disponible! Y los últimos en casarse serán los peor premiados. "¿Qué reproches podría hacerte tu quisquillosa con- ciencia, ya que tengo el meritorio pudor de no exigirte que me des todas las satisfacciones de las que serias capaz? El asunto, expuesto por una convincente embajadora, tomaba de repente un cariz más razonable, más decente. Era tentador incluso para un hombre honrado. ¿Qué dios compasivo no estaría por encima de ciertas enojosas apa- riencias? ¿Quién puede conocer a ciencia cierta la voluntad de los dioses y los prodigiosos caminos de su pensamiento? Cuanto más discutía Marco, más débil se sentía, y pron- to se tragó la verguenza y sólo discutió para guardar las formas. -Sin embargo, hay un último punto que me preocupa. Claudio, en la época de Mesalina, prometió a su hija Octa- 58 59 via con L. Junio Silano, que había sido designado por el fa- vor público para los ornamentos del triunfo y un soberbio espectáculo de gladiadores. Una vez estuvo Mesalina en el país de las sombras, Agripina se apresuró a hacer que Sila- no cayera en desgracia, quizá con la idea de reservar a la joven Octavia para su propio hijo Nerón. Y no solamente el noviazgo se rompió de forma injuriosa, sino que Silano se vio envuelto en un proceso bien elaborado en todos sus detalles, bajo pretexto de que había mantenido relaciones incestuosas con su hermana Calvina. Desesperado, el joven se dio muerte el mismo día de la boda de Claudio con Agripina. ¡Aún humea su hoguera! ¿No estás al corriente, como todo el mundo? -¿Qué relación hay entre la desaparición de Lucio y .nu estro trato? -Ya conoces los estrechos lazos de clientela que anta- ño manteníamos con los Silano. Es infinitamente desagra- dable casarse para complacer a una Agripina que acaba de empujar al suicidio -¡y en qué condiciones!- a uno de los vástagos más simpáticos de la gens que durante tanto tiem- po nos protegió. -Tú no eres responsable de la coincidencia. Además, si no me equivoco, el Silano del que teóricamente dependen los Aponio Saturnino no era el Lucio que tuvo tan mala suerte, sino más bien uno de sus dos hermanos, Marco o Décimo, cuya conducta nada deja que desear. -Décimo, el mayor, seria en principio mi patrón. -Y bien, nuestro matrimonio te traerá tal vez un pa- trón nuevo y más eficaz. ¿Dónde quieres encontrarlo si no, ya que erraste el golpe con Seyano? Marcia tenía respuesta para todo, y Marco, cuyas dificul- tades sólo habían provocado perpetuos lamentos en Pom- ponia, tenía la impresión de que lo cogían de la mano y lo guiaban hacia un porvenir mejor gracias a aquella resplan- deciente aparición, que en nada dejaba adivinar un carácter maléfico. Como la joven había demostrado de forma con- cluyente, había mucho que ganar y nada que perder en la aventura. Se le habría debido ocurrir al propio Marco si, a fuerza de fracasos y desilusiones, no hubiese perdido con- tacto con las intrigas de la corte y las relaciones del Foro. ¡Qué lección para él! Deseosa de batir el hierro mientras aún estaba caliente, Marcia condujo en seguida la entrevista hacia la proyectada ceremonia. La autorización del tutor suscitaba una cues- tión delicada. Ya que la mujer era considerada en Roma una eterna menor de edad, siempre tenía que estar bajo el poder, "bajo la mano", de un responsable legal. En los antiguos tiempos, el matrimonio conducía a las 'mujeres de manos del padre a manos del marido. Lo mis- mo daba que se tratase del matrimonio patricio por confae- rratio, en el que los esposos ofrecían un pastel de espelta a Júpiter Capitolino en presencia del Gran Pontífice y del flamen* de Júpiter; del matrimonio plebeyo por coemptío, en el que el padre aparentaba vender su hija al marido; o del matrimonio por usus (¡o por usura!) en el que, después de un año de cohabitación constante, la muchacha usada pasaba a considerarse esposa legítima. Pero de la antigua y gran confusión entre patricios y plebeyos, de la que surgiría una nueva nobleza por encima de la estancada plebe, había resultado una forma nueva de matrimonio, relegando a las tres primeras al dominio de las viejas lunas. Moda revolucionaria en el sentido de que la autoridad tutelar sobre la mujer ya no era posesión del ma- rido, sino privilegio del ascendiente paterno más directo de la esposa'. Cada mujer tenía así garantizado un tutor de su familia, que estaba encargado de vigilar su dote, defender sus intereses en caso de divorcio y, por fin, velar por que se casara lo mejor posible. Los derechos del marido roma- no se reducían a acostarse con su mujer cuando podía con- seguirlo y a dar consejos de tocador el resto del tiempo. Este sistema altamente original sólo se aplicaba a la mujer casada por el sistema ordiinario, que hacía que un niño huérfano de padre fuese legalmente protegido por el tutor de su rama paterna durante su minoría, puesto que la ley consideraba a la madre incapaz al respecto. A fuerza de estar físicamente sometida al marido, per- maneciendo a la vez bajo la tutela del padre, de un tío o de un sustituto, la mujer romana, en principio doblemente so- metida, pronto había llegado a no estar sometida a nadie: la naturaleza quiere que se anulen las fuerzas contrarias. Insumisión ésta tanto más notable cuanto que, después de poseer al marido, la romanas se encarnizaron con la autori- dad de la tutela en todo lo que tenía de molesto, argumen- tando hipócritamente, en concreto, que la libertad de vol- verse a casar según su gusto no podía sino desencadenar * Sacerdote consagrado al culto de un dios en particular. (N. de la T.) 1. M. Pierre Grimal sugiere que el origen de esta anomalía, de enormes consecuencias, seria la voluntad de los patricios de sustraer a la autoridad legal de los plebeyos ricos las muchachas que éstos se resignaban a conceder en matrimonio. No veo una explicaci6n mejor. Queda entender por qué una tal forma de ma- trimonio se convirtió en regla entre los propios plebeyos. (N. del A.) 60 61 fuerzas prolíficas. Y los magistrados les dieron la razón, acordándoles la deposición y sustitución del tutor desde el mismo momento en que hacia un gesto para oponerse a su capricho. Era el triunfo de la debilidad y la astucia sobre las arro- lladoras fuerzas de maridos y padres. En el caso de Marco y Marcia, la necesaria autorización del tutor planteaba un problema por este sencillo motivo: después de la muerte de Rufo era Marco quien había here- da do latut ela de Marcia. -De todas formas, no puedes -decía ella- ser mi ma- rido y mi tutor a la vez: ¡correría peligro de convertirme en esclava! Seria un bárbaro retroceso. ¡Ya no estamos en la época de los Tarquinos! -No te irrites- contestó él-. Desde luego, sería una monstruosidad jurídica. El matrimonio cum manu ha muerto y nadie piensa en resucitarlo. Está claro que te desposaré sine manu, como lo haría cualquiera, lo que quiere decir que estarás en manos de un tutor y allí te quedarás, y que no se tratará de mi. -¡Pero mi tutor eres tú! Y no veo otro pariente posible en mi ascendencia paterna. -El caso es ciertamente extraordinario, y a la fantasía legisladora de Claudio se lo debemos. Pero en fin, siempre se encuentra un ascendiente en enésimo grado: en el fondo no es más que una formalidad. Y en caso de total extin- ción, el pretor, por poco complaciente que sea, puede de- signar a un extraño de buena reputación y moralidad. Un tutor es absolutamente indispensable tanto para la joven como para la mujer casada, que ni siquiera podría redactar un testamento sin su autorización expresa. -¿No podría aprovechar la circunstancia de no tener ningún tutor? -¿Para qué? Ni los propios padres son un estorbo des- de que la mujer se ha emancipado en la práctica merced a su primera boda; y los otros tutores son más discretos to- davía. Además, por lo que yo sé, y vestales aparte, las úni- cas matronas exentas de tutela, a consecuencia de una de- cisión de Augusto, son las madres de tres hijos. ¡Espero q u e mi meritoria continencia me deje pocas oportuni a es d e ser padre tres veces contigo! -Puedes estar tranquilo: ya que los hombres son dis- traídos, yo soy una mujer precavida. Mamá me dijo todo lo que debía saber sobre el tema cuando desposé a mi "caballero". -¡Era una madre admirable! Volviendo a lo que te preocupa, iré a consultar a Vitelio. Se sentirá encantado con nuestras intenciones, que apuntan en la misma direc- ción que sus intereses, y arreglará y apresurará nuestro asunto. -Incluso podría recomendarnos. -¡Sería bastante natural! Y tiene tanto la confianza de Claudio como el favor de Agripina. Decidieron, tanto por economía como por pudor, cele- brar el matrimonio con toda sencillez -a menos que per- sonas ilustres se invitaran-, después de un noviazgo re- lámpago. Afortunadamente, la evolución de las costumbres había reducido la esencia de la ceremonia a tan p oca cosa que eran concebibles todos los programas, desde el más 11amativo al más espartano. Marcia era incluso de la opinión de imitar la famosa dis- creción de una republicana homónima que Catón -el que debía terminar en Utica- había desposado en privado. Recordó: -Toda la asistencia se reducía a la persona de un ami- go, Bruto, que había puesto su sello de testigo en el con- trato. Después, el testigo se convirtió en arúspice. Bruto degolló un lechón en el atrio, le abrió el vientre, y declaró con toda seriedad que las entrañas se presentaban bien y que los auspicios eran favorables. Luego, el arúspice volvió a convertirse en testigo y los esposos intercambiaron su consentimiento. Es la fórmula "Donde tú seas Gaius, yo seré Gaia", el intercambio de libres consentimientos, lo que hace, en suma, al matrimonio, ¿no es verdad? Todo lo demás son adornos. -El contrato en si no es obligatorio, pero la costumbre de los antepasados exige que como mínimo esté presente un testigo, y los auspicios son leídos por un auspex familiar sin investidura sacerdotal ni delegación oficial. Para noso- tros, el aspecto religioso del matrimonio sustituye al culto privado de cada gens, el arúspice es siempre de la casa y la ceremonia no concierne al Estado sino en las consecuen- cias que puedan esperarse de ella. -Como el auspex es incompetente, los auspicios son siempre favorables. ¡Habría que ver a un auspex enredador haciendo que el matrimonio volviese a mejores tiempos! Ya que la lectura de auspicios se ha vuelto una mera for- malidad, ¿ por qué no suprimirla? -¡Hablas como una impía! -Al contrario, soy más religiosa que tú. ¿No temes que los dioses se enfurezcan al ver invocada su benevolencia con ocasión de un incesto? -Pero si tendremos alcobas separadas... -Esperemos que aguantes. Marco desvió la conversación hacia una nostálgica remi- niscencia histórica que la alusión a Catón había despertado. 62 63 -¿Sabes que el virtuoso Catón cedió su Marcia a un amigo, el gran orador Hortensio, ante las apremiantes de- mandas de este último, que no es que estuviera precisa- mente enamorado, pero ardía por unirse a su venerable Ca- tón por los lazos más íntimos y prolíferos? Hortensio había pedido primero la hija de Catón, pero habían terminado por negársela, con el pretexto de que ya estaba casada y encinta por añadidura. No podían tenerlo en jaque, pues su devoción se hubiera visto ofendida, y le dieron a la mu- jer en lugar de la hija. Por fin Hortensio podía besar a pla- cer las reliquias del maestro. "Y Bruto, a fuerza de degollar lechones en las bodas, degolló en el senado a César, ese hombre tan generoso que se había acostado con la madre del joven justo a tiempo para meterse en la cabeza que se le parecía. Los historiado- res bien informados piensan que el "Tu quoque fu" (por otra parte pronunciado en lengua griega) era, de hecho, una acusación de parricidio. Si Bruto no hubiera estado al corriente, se hubiese enterado de su filiación natural en circunstancias bastante dramáticas. Qué escena digna de Euri ides si el joven, en pleno frenesí asesino, hubiera de- teni~o su brazo ante el "¡Tú también, hijo mío!" para echarse a gritar: "¡Deteneos! ¡Estamos asesinando a mi papá!". Marco, que consideraba elegante alimentar -con una loable prudencia- inclinaciones republicanas, admiraba el temple de los estoicos, que hubieran matado a su padre y a su madre con tal de asegurar la supervivencia de una idea dudosa y ofrecían como lecho de su sublime amistad el mismo que servía a sus tibios amores. -En fin -susp iró en conclusión- hay pocas oportuni- dades de que un hombre te busque alguna vez para adorar lo yo aya besado, ¡ y menos oportunidades aún de que vuelvas a mi como la lejana Marcia, que Catón desposó otra vez tras la muerte del piadoso Hortensio! La estirpe de estos hombres superiores y de estas abnegadas mujeres se ha eclipsado por completo. La republicana leyenda, forjada por los defensores de una Libertad que sólo les aprovechab a a ellos mismos, de- jaba a Marcia impávida. Ella tenía a Catón de Utica por un soñador y un torpe, que hasta se había enemistado con sus clientes por las arcaicas distribuciones de nabos. Las muje- res razonables siempre campan por el territorio de los ven- cedores. ¿Cómo explotar la fuerza de los vencidos? Un gran trajín estalló entre bastidores, y de pronto irrumpió a través del exedro un reciario* seguido de un se- * Gladiador armado de tridente y red. (N. de la T.) 64 F cutor*: Marco el Joven y Kaeso, escapando a la vigilancia de la vieja esclava, se habían precipitado sobre la panoplia de gladiador de su padre. Los niños ricos tenían lujosas co- pias conforme a su tamaño, sables con hoja de castigo, fun- da dorada y puño de ébano. Los hijos de Marco iban acora- zados de cartón y armados de madera blanca, pero su turbulencia se burlaba de esos detalles. El ultrajado padre tronó, y los dos culpables fueron a saludar a su prima hermana, que se deshizo en afectuosas caricias y en elogios sobre su buen aspecto. Marco el Joven estaba muy gracioso con su tridente embotonado y su pe- queña red. Y en la cimera de Kaeso podía leerse "SABINO VENCEDOR". (De hecho, el jefe de la guardia germana de Calígula, había vuelto bajo Claudio a la arena para morder el polvo, y debía su salvación solamente a la apresurada in- tervención de Mesalina, a la que rendía honores con su ex- ceso de vigor.) Una vez despedidos los niños, Marcia le preguntó a Marco: -¿Sigues teniendo tu pequeño Zudus de barrio? -No estoy muy descontento con él... -Nunca supe qué mosca te picó para lanzarte a una in- dustria de tan mala fama después de aquella siniestra su- basta. -Yo también me lo pregunto... Un emisario de Cayo, naturalmente, vino a ofrecerme un precio irrisorio por el lote con el que me habían cargado. Exasperado por tal des- vergúenza, monté en cólera. Y cuando lo pensé, me dije que de todas formas tenía en las manos un capital que po- día hacer valer. Eso, claro, me costó lo suyo, pues tenía que aprenderlo todo. Pero tuve la suerte de encontrar a un eficaz lanista, que tomó la gerencia de mi negocio: eviden- temente, no era cuestión de c~ue un senador se ocupase personalmente de un ludus. Eurípilo, un griego de Tarento, me pide un sueldo bastante escaso y un porcentaje en los negocios. A veces, cuando están en la corte, los lanistas del Príncipe nos toman algunos gladiadores en alquiler-venta para un munus romano. Casi siempre trabajamos en las ciu- dades de Italia, donde aprecian todo lo que viene de la ca- pital. Mis hombres van de Verona a Brindisi, pasando por Pompeya o Benevento. Hacen lo que pueden. No es el mismo equipo de los primeros días, pues entonces yo no tenía tan cubiertas las espaldas como para conservarlos y renovarlos. Pero el ludus de Eurípilo tiene buena reputa- ción. Prefiero la calidad a la cantidad, y no hay esclavos al- * Gladiador que luchaba contra un reciario. (N. de la T.) 65 L rededor de la mala comida. Sin embargo, la competencia es fuerte. ¡Hasta tenemos tratos con lanistas ambulantes! -¿No tenias un carro de combate? -¡Y todavía lo tengo! ¡Con dos nuevos y piafantes se- mentales! Y mi "esedario", un siciliano que a veces hace también de bestiario, sigue siendo el mismo que Cayo me endosó maliciosamente. Ese que llaman Tirano, cuyo nom- bre verdadero he olvidado, empieza a acusar los años pero es infatigable y sabe mucho de caballos. Esos animales me interesan más que el "esedario": gracias a ellos puedo montar sin gastos, y los niños podrán tener una educación hípica en las mejores condiciones. -Eres un padre cuidadoso, Marco. Y mereces que te haga una promesa: ya que confías en mi para sacar adelan- te tu casa, trataré a tus hijos como si fueran míos. Muy tonta seria una mu er que se dedicara a hacer hijos por si misma cuando los dioses le confian dos tan hermosos. Las promesas más sinceras son las más vanas, pues quien se entrega completamente a una causa compromete en ella lo mejor de sí mismo, pero también lo peor. Confiado, Marco acompañó a Marcia hasta los infesta- dos soportales bajo los que estacionaba su silla, cuxas ba- rras gemelas se apoyaban verticalmente en la pare como dos hermanos o dos esposos. -Marco y Marcia -dijo el dichoso novio- se dirían he- chos para ir juntos. -Con la diferencia de que Marco es un nombre, mien- tras que Marcia era el apellido de mi madre, ya que mi abuelo materno era un Marcio. Preferí ese nombre al de Aponia, al que normalmente tendría que responder, en re- cuerdo de mama. -¡Pues bien, serás de hecho una Aponia, hija de Aponio, esposa de Aponio! ¡Cuánto lío para agradar a Agri- pina! Las romanas decentes, en efecto, no tenían nombre. Llevaban el apellido de la gens paterna en femenino, con sobrenombres diferentes para distinguirse de sus hermanas. Y persistían en llevar ese apellido a través de todos sus ma- trimonios, cosa por lo demás muy cómoda. El marido ro- mano daba el apellido a sus hijos, pero no a su mujer. En cuanto a los bastardos que podían parir las ciudada- nas, tomaban el apellido de su madre en masculino, irregu- laridad que venia a corre g ir la mención "hijo de Espurio". Este ficticio Espurio de desbordante actividad se convertía así en el padre de todos los bastardos de Roma. El adjetivo spurius significaba ilegítimo, pues el spuríum era una de las múltiples maneras de designar el sexo femenino. El bastar- do romano, oficialmente registrado bajo el mote de "hijo de cabrón", las pasaba moradas y por lo general hacia ma- los estudios. Cuando Marcia se hubo ido, al trote de cuatro portado- res libios, Marco, desde la callejuela, levantó los ojos hacia los emparrados y arbustos que los arrendatarios habían he- cho crecer en la terraza de la ínsula. ¿Iba a continuar por fin su ascenso, es decir, a elevar su piso bajo a una altura distinguida, o sólo tendría sobre la cabeza pájaros de buen augurio? 66 67 F r y Después de haber roído pensativamente algunas olivas en el corazón de un mendrugo de pan seco regado con aceite, mordisqueado una pera de invierno y bebido un dedo de vino corriente mezclado con agua, Marco, que no estaba de humor para dormir la siesta, fue a sentarse a la mesa de su biblioteca para redactar una petición de entre- vista destinada a Vitelio padre. Su mano vaciló entre las tablillas de doble hoja disponi- bles. Con las tablillas de madera ordinaria corría el riesgo de herir la vanidad de aquel advenedizo. Las tablillas de marfil parecían decir: "¡Devuélveme deprisa estos precio- sos objetos con tu respuesta!". Marco transigió con unas tablillas de boj y escribió con el filo del punzón un texto ridículo, que borró en seguida con la punta roma del ins- trumento. La extrema dificultad de la tarea reflejaba cabal- mente la incomodidad de su situación. Al fin, después de numerosos intentos, se detuvo en este texto, que se aplicó a grabar muy legiblemente en la clara cera,de forma que las letras unciales se destacaran bien sobre el fondo de madera oscura que la punta sacaba a la luz, e incluso llegó a destacar algunas palabras o expre- siones que juzgaba importantes. MAPONIU5SATURNINU5LVITELLIO5UOS 5PLENDIDA ORATIOQUA- MIN SENATUHABUI5TI VEHEMENTER ANIMUMMEUMcOMMOVITET- PRINCIPINOSTROLAETITIAMDEDI5TIETMIHIDABISNAMJAMPRIDEM- MORTUIFRATRIsFILIAMoccULTEAMABAMQUAMNUCINMATRIMO- NIUMDUCERE ARDENTER CUPIOQUANDOTEAD5PICIAMQUANDO- QUELICEBITSIVALE5BENEESTEGOAUTEMVALEO Era claro y lacónico, de una perfecta limpieza. Un solo adjetivo, pero bien colocado. Había evitado la trampa de extenderse, y en consecuencia de traicionarse, de ofrecer una suplementaria presa a la malevolencia. Generalmente los latinos no separaban ni palabras ni frases en la grafia manuscrita corriente, e ignoraban resuel- tamente los acentos y la puntuación. Para aquellos que 69 j tengan dificultades en leer esta escritura, no está de más dar una versión más moderna. 'M. APONIU5 SATURNINU5 L. VITELLIO SUO 5. (ALUTEM DICIT). 5PLENDIDA ORATIO QUAM IN 5ENATU HABUI5TI VEHEMENTER ANIMUM MEUM COMMOVIT. ET PRINCIPI NOSTRO LAETITIAM DE- DISTI, ET MIHI DABIS. NAM JAMPRIDEM MOURTUI FRATRIS FILIAM OCCULTE AMABAM, QUAM NUNC IN MATRI!MONIUM DUCERE AR- DENTER CUPIO. QUANDO TE ADSPICIAM, QUANDO QUE LICEBIT? SI VALES, BENE EST; EGO AUTEM VALEO." Lo que venía a decir, en galorromano tardío: "M. APONIO SATURNINO PRESENTA SUS SALUDOS A SU AMIGO L. VITELIO. EL MAGNIFICO DISCURSO QUE HAS PRONUNCIADO EN EL SENADO ME HA EMOCIONADO VIVAMENTE. HAS HECHO FELIZ A NUESTRO PRíNCIPE. ¡PODRIAS HACERME FELIZ A MI! YO AMABA EN SECRETO A LA HIJA DE UN HERMANO DIFUNTO Y HOY ARDO POR CONTRAER MATRIMONIO. ¿CUANDO ME ESTARA PERMITIDO VERTE? SI ESTAS BIEN, TANTO MEJOR; EN CUANTO A MI, ME EN- CUENTRO BIEN." Marco verificó que la cera de la segunda hoja, reservada a la respuesta de Vitelio, estuviera lisa y bien igualada, lo bastante hundida en su alojamiento como para no correr peligro de mezcíarse con la cera de la otra cara, donde la nota acababa de ser escrita. Abatió una contra otra las dos tablillas y selló el conjunto con el sello de su anillo, una piedra preciosa delicadamente grabada en hueco, que re- presentaba a la loba amamantando a Rómulo y Remo. El número y la disposición de los pelos del animal servían para desanimar a los falsificadores. A las siempre discutibles firmas, los desconfiados roma- nos preferían el uso cotidiano de los sellos. Las tablillas volvieron antes de la caída del sol, citando a Marco para la mañana del día siguiente, después de la re- cepción de la clientela, hora en que Vitelio tendría un mo- mento de tranquilidad antes de bajar al Foro. La prontitud era alentadora. Vitelio padre acogió a Marco de manera extremadamen- te cortés en su pequeño palacio del monte Quirinal, cerca de un templo de la Fortuna Primigenia, desde donde se te- nía una bonita vista sobre los monumentos de los Foros romanos y sobre el templo de Júpiter Capitolino, del lado en que éste dominaba la Vía del Foro de Marte. Pero deba- jo cte los cumplidos se adivinaba un cierto irónico despre- cio, que debería haber puesto en guardia al pedigueño. Para Vitelio, cuyo ascenso era reciente, y su susceptibi- lidad tanto más quisquillosa, el incesto era perdonable en un Príncipe por encima de las leyes, y no tenía importancia en el vulgo, pero en tanto que senador de los más influyen- tes, habría preferido, con mucho, que los padres conscrip- tos limitasen su adhesión a los aplausos. Empero, debía a su carrera la obligación de sostener -con la mayor suavi- dad- la iniciativa de Aponio, puesto que los supuestos amores de este vulgar ambicioso aportarían a los e Clau- dio y Agripina una oportuna garantía. El vacío de tutores fue colmado con una desconcertante facilidad: Vitelio hijo se encargaría personalmente de la formalidad y consideraría un honor asistir a la boda. Pero esa relevante presencia le planteaba a Marco un inquietante problema financiero. Se hacia indispensable prever un mínimo de pompa, e incluso un festín excepcio- nalmente dispendioso. A los treinta y cuatro años, A. Vite- lio era ya enorme y tenía la triple y bien establecida repu- tación de comer todo el tiempo, de ingerir cantidades fantásticas y de no devorar sino lo mejor. Además, la moral estaba en armonía con el físico: vigorosamente alentado por su padre, Aulo se afanaba día y noche por hincarle el diente a todo lo que se pusiera a su alcance: jugosas car- nes, sí, pero también mujeres empapadas de ambición, cor- tesanas desecadas por trabajos demasiado asiduos, magis- traturas honoríficas y sacerdocios en vistas. Era un ogro de una impiedad notoria, y nadie podía predecir dónde se de- tendría su hambre canina. Como Marco se declarase encantado... y ansioso por or- ganizar una reunión memorable a pesar de la insigne me- diocridad de sus recursos, Vitelio le dijo riendo: -¡Tranquilizate! Ya te encontraremos 500.000 sester- cios para la fiestecita... Lo que significaba que no tenía que pensar en econo- mías para reunir la suma, de la que el horroroso Aulo iba a engullir un tercio él solito, y las nueve décimas partes ayu- dado por sus amigos. Se chiflaba por monstruosos pesca- dos, extraordinarios mariscos, atracones de regordetes hor- telanos, foie-gras de aves o lechones, vulvas de truchas ejectítiae, separadas de la madre al final de su preñez, y todo ello copiosamente regado con garo refinado y grandes e inencontrables crudos; sus ausencias para ir al vomitorio o a las letrinas no hacían sino excitar sus increíbles ardores. Las trufas y las cepas sólo eran para él minucias para abrir el apetito, y su mayor orgullo era un popurrí de su inven- ción, una insólita mezcla de lenguas de flamencos, lechas de morenas, sesos de pavo e hígados de peces-papagayo. El invitado era difícil de satisfacer. Marco tuvo que retirarse sin más promesas concretas, 70 71 pero tenía la impresión de que a pesar de todo las negocia- ciones no habían empezado mal. Antes de sumirse otra vez en las oscuridades del Suburio, llenó sus pulmones de aire fresco a la vista del tentador panorama. La boda se celebró en la confortable casa que el falleci- do Rufo había habilitado en el corazón de un hermoso par- que del monte Esquilmo. Casa, jardines y personal estaban hipotecados y pendientes de liquidación, pero eso no lo pregonaban las paredes y las apariencias quedaban a salvo. II acia media tarde, Marcia salió de sus habitaciones para recibir en el atrio a su prometido y a A. Vitelio, cuya toga de ceremonia mejoraba su deforme silueta. La mayor parte de las relaciones de Marco habían declinado la invitación, y Marcia sólo había invitado a un pequeño número de amí- gas, pero Aulo estaba rodeado por una banda de voraces borrachos que tenían por costumbre zampar siguiendo las huellas del mandamás. La aparición de Marcia fue saludada con un concierto de cumplidos. La vestimenta tradicional de las novias jóve- nes le sentaba de maravilla: drapeado amarillo azafrán so- bre la túnica sin cenefas, ceñido al talle por el "cinturón hercúleo" de lana de doble nudo; peinado escalonado en bandós separados con cintas, como lo llevaban las vestales durante todo su ministerio; un ondulante velo en la cabe- za, coronado por un entretejido de mirto y flores de naran- jo, que en esa estación provenían de los invernaderos. Para ser su tercera boda, daba la impresión de que la novia ha- bía hecho demasiado, pero todo se le podía perdonar a su frescura, por una vez sin maquillaje, y a su ostensible pudor. De la impresión, Vitelio se olvidó de comer, aunque no le faltó tiempo para meter el cucharón en la sopa: -¡Hombre afortunado -le dijo a Marco- que desposa a una sobrina tan exquisita, tan digna de nuestra Agripina! Pero no vayas a hacer como Edipo, que se cegó tontamen- te porque por azar se había acostado con su madre. Pues hay muchos otros ojos que disfrutarían de esta hermosura... Ya que perdonaban a Marcia por su belleza, tenían que perdonarle al tutor, en vista de su posición, las bromas más chirriantes. Así que todo el mundo se apresuró a reír. Cuando los diez testigos hubieron puesto sus sellos en el contrato, Vitelio se dedicó a examinar las palpitantes en- trañas de una oveja, que la novia había preferido al cerdo corriente. El ausp ex familiar del llorado Rufo se había eclipsado a la salida del festín fúnebre y no lo habían podi- do encontrar. -Oh, oh -dijo el benévolo arúspice después de algu- nos manoseos-. ¿Qué veo? El pulm6n izquierdo tiene una 72 j ji' fisura, el hígado está mal lobulado, el corazón, canijo y sangrando de través. Además, el animal no ha sido degolla- do según las reglas: el cuchillo debe apuntar de abajo a arriba en los sacrificios a los dioses celestes, y de arriba a abajo en los sacrificios a los dioses infernales; sin embargo el degollador ha sostenido el arma transversalmente, como si avistase un dios aún desconocido entre las nubes y los abismos. Y hasta me pregunto si no he oído el grito de un ratón... ¿Será que los dioses no son favorables? ¿Les habrá enfurecido algún aspecto de la ceremonia? ¿Tendremos que volver a empezar? En la época en que nuestros antepa- sados mantenían todavía algún respeto por las potencias tutelares, las lecturas de auspicios volvían a empezar hasta treinta veces por vicios de forma o resultados negativos... La odiosa broma se pasaba de la raya, y a pesar del casi general escepticismo, con las risas ahogadas se mezclaba un sentimiento de malestar. La superstición, que florecía so- bre las ruinas de las creencias ancestrales, quería que esas ruinas siguieran en pie, como eterno testimonio de la gran- deza de Roma para los grupos dirigentes e irremplazable instrucción para el crédulo pueblo llano. Y después de todo, si había dioses en alguna parte, ¿no podía traer des- gracia un matrimonio así? -No os preocupéis de nada -dijo Marcia-. Hoy ya es- toy bajo la protección de mi tutor, el ilustre Vitelio, y vuestro amigo sólo trata de fastidiar para quitaros el apeti- to y tocar a mas. Tras esta feliz salida, todos rieron más francamente. Vi- telio, doblemente impresionado, se levantó y declaró la- vándose las manos: -Respecto del ratón, no estoy seguro de nada. Pensán- dolo bien, tal vez era un ratón de campo. En cuanto al res- to.., ya hablaremos a la salida del triclinium'. Mientras tanto, declaro correctos los auspicios. ¡Por lo tanto, que los dio- ses protejan a esta pareja ejemplar en su devoción a nues- tro Príncipe, y que Júpiter el muy Grande y Bondadoso acepte pronto la libación de falerno que señalará piadosa- mente el comienzo de los regocijos! En medio de aliviados aplausos, Marco y Marcia se reu- nieron para intercambiar su consentimiento con toda la gravedad requerida, y después todo el mundo pasó a la mesa. El cocinero, que ya se había entrenado en el banquete de funerales de su dueño, no creía poder atender a más de 1. El término designaba a la vez el comedor y un conjunto de tres lechos dispuestos en forma de herradura. (N. del A.) 73 L cuarenta personas con 500.000 nummí, y menos presididas por A. Vitelio. Afortunadamente, el comedor de invierno de la casa, orientado al sur, ofrecía una "sigma" de doce plazas, gran banqueta en creciente, en cuyo interior los servidores disponían bandejas y mesas ambulantes según la necesidad de los servicios. Y el triclznium de verano adya- cente, que al llegar el buen tiempo se abría en los jardines, se componía de tres triclínía en U, lo que, a tres personas por lecho, permitía atender a veintisiete convidados más. Así se llegaba a treinta y nueve, cifra que no debía ser so- brepasada, pues habían suplicado a los huéspedes que no cargaran con los parásitos comúnmente tolerados y tan graciosamente llamados "sombras". Los invitados se descalzaron; los hombres se quitaron la toga y las mujeres la capa o el manto para vestir la "sínte- sis , larga y fina túnica que los anfitriones ponían a dispo- sición de los comensales para que preservaran sus vesti- duras. Hombres, mujeres y hasta muchachas comían entonces tumbados sobre el lado izquierdo, apoyados en el codo, lo que no dejaba de ofrecer riesgos de accidente; cuando los servicios eran numerosos, a veces cambiaban las síntesis en el curso de la comida. Los convidados se tendieron primero más o menos so- bre la espalda, para facilitar la indispensable ceremonia del lavado de pies, que ni bajos ni calzado protegían del polvo y el barro. Se pusieron después en posición de degustar, blandamente desparramados sobre las frescas sábanas de lino que protegían los mullidos cojines, con el brazo dere- cho bien separado. Toda la cocina romana había tenido que adaptar mucho tiempo atrás sus presentaciones a esta costumbre de no utilizar más que una sola mano para comer. Los esposos y los invitados de importancia se habían distribuido a través del sigma, en cuyos extremos se halla- ban los lugares de honor. Vitelio, el tutor, se había acosta- do a un extremo, con la novia "por debajo" suyo, y el no- vio se había acostado al otro extremo, con una amiga de Marcia "por encima" -expresiones que no tenían nada que ver con la altura, sino que se debían al uso de los tríclí- fha, cuyo sitio eminente estaba en principio junto a la parte ascentente de cada lecho. Marco se apresuró a ofrecer la presidencia del banquete a Vitelio, quien ordenó una mezcla bastante fuerte de vino y agua en las cráteras del aperitivo. Habían olvidado la li- b ación a Júpiter, pero nadie parecía molestarse por ello. Los servidores, con pequeños cucharones, vertían en cada copa el número de medidas fijado por el presidente; todos 74 bebieron a la salud del emperador y de su esposa, y por las valientes armadas romanas, que ya no tenían mucho que hacer allí, pues mientras los esclavos distribuían servilletas y toallas de manos hizo su aparición la avalancha de entre- meses del primer servicio, en la soberbia vajilla de plata de la cual Marcia esperaba ocultar algunas piezas a la rapaci- dad de los acreedores. Estaban previstos nueve servicios en lugar de los cuatro habituales. No terminarían antes de medianoche... Todos los festines se parecen. Este sólo tenía de origi- nal, según las apariencias, las capacidades sin limite de Vi- telio, así como la supresión, por obligatoria economía, de los intermedios trágicos, cómicos o lascivos que habían en- trado a formar parte de las costumbres. La castidad de los esposos no se leía en absoluto en sus caras -tal vez por- que era dudosa. De servicio en servicio, Marco cultivaba la conversación de su vecina, una persona muchas veces divorciada, que pa- recía ligera tanto por su peso como por el resto: era para él una excelente ocasión de conocer mejor a su esposa. Mintiendo para obtener la verdad, Marco terminó por en- terarse de lo que todo el mundo sabia y de lo que él mis- mo ya no dudaba: el "caballero" de Marcia había llevado unos cuernos como para asustar hasta a su caballo. -Pero -dijo la vecina- en el futuro será sensata. Evi- dentemente, es una mujer de buen juicio, que quiere poner su vida en orden. Además, si juzgo por mi experiencia, como todos los hombres se parecen -excepto en bien po- cas cosas-, coleccionarlos es rendirles demasiados ho- nores. Para un marido ordinario aquello hubiera dado, y dema- siado tarde, mucho que pensar. Por fortuna Marco era un marido de excepción. De cuando en cuando, Marcia dejaba de mirar a Vitelio y fijaba la vista en su anular, en el anillo de oro de espon- sales que Marco le había regalado. A fuerza de destripar y hacer carnicerías con sus faraones antes de esconderlos de forma que todo el mundo los encontrara, los sutiles sacer- dotes egipcios habían descubierto que un nervio de mara- villosa delicadeza partía de ese dedo para desembocar en los arcanos del corazón, y el anónimo anular había encon- trado al fin su nombre. Y lanzaron la moda, sin duda provi- sional, como todas las modas. Luego, la mirada de Marcia buscaba la de su tío, para darle a entender que no le olvidaba. En cuanto a Vitelio, sólo dejaba de atracarse para pro- vocar a la novia, haciéndola reír al susurrarle en el rosado caracol de la oreja palabras que se adivinaban inmoderadas. 75 L El sol caía mientras, de copa en copa, los invitados per- dían moderación y acariciaban, para engañar el deseo, a los pequeños y guapos esclavos que recorrían la mesa con los lavamanos. Sólo estaban en el tercer servicio, y Vitelio ya hacia disminuir la proporción de agua mezclada en las crá- teras. Se encendieron los apliques de bronce con múltiples mechas, las lámparas colgantes y los candelabros regulab les para procurar una luz suave y halaglieña, y se recargaron los braseros, cuyas tóxicas emanaciones iban a p erderse en el exterior a través de disimulados conductos. iMás allá de los vidrios de colores o de las delgadas láminas de piedra traslúcida de las ventanas, la noche era oscura. Al olor ma- reante de las especias se mezclaban el del aceite ardiendo en la punta de las mechas y el de los perfumes arrojados de vez en cuando sobre el enrojecido carbón de madera de los braseros. Marco no había estado en otra fiesta igual desde hacía mucho tiempo, y todos esos placeres, que le recordaban una época pasada de su existencia, lo volvían indulgente con las inscripciones tan fuera de lugar que ese chistoso cara de palo de Rufo había hecho grabar en un friso de mármol, frente al sigma, para que nadie pudiera ignorarlo. Generalmente sólo se veían parecidas incitaciones a la vir- tud en las casas de los ridículos pequeño-burgueses de las ciudades italianas, y el espíritu del difunto anfitrión así como la maligna alegría de burlarse del pudor de los hu- mildes las había destinado claramente a picar a quienes la promiscuidad del lecho común no hubiera despabilado bas- tante, LASCIVOS VULTU5 ET BLANDOS AUFER OCELLOS CONIUGE AB AL- TERIUS 51T TIBI IN ORE PUDOR (AHORRA LAS LASCIVAS MUECAS Y LAS TIERNAS MIRADAS A LA MUJER DE TU VECINO. QUE EL PUDOR REINE EN TUS LABIOS) O también: MATRONAE VENERABILIS FER PUERILITATEM QUANTO MAGIS FU- GIT IRREPARABILE TEMPUS TANTO ANUS CAUTIONES PETIT (TOLERA EL INFANTILISMO DE LA MATRONA RESPETABLE. CUAN- TOS MAS AÑOS HUYEN, IRREPARABLES, MAS MANIOBRAS EXIGE LA VIEJA DAMA) Anas significaba en latín "ano" o "vieja dama", según fuese el género o larga o breve la primera sílaba, lo que de todas maneras no podía aparecer en una inscripción en no- minativo, así que la obscenidad del consejo sólo escapaba a los iletrados. Pero las viejas damas tímidas no debían de haber sido numerosas en las finas cenas del amable Rufo... Hacia el sexto servicio, Marco, que se había distraído con la charla de su vecina, se dio cuenta de pronto de que la novia se había ausentado y de que la imponente masa de Vitelio ya no dominaba su endeble anatomía. Unos absur- dos celos le mordieron el corazón, y se esforzó por atri- buirlos al desprecio de las conveniencias. La ausencia se prolongaba. -Conociéndola -le susurró su vecina como si hubiera adivinado una parte de sus pensamientos-, diría que Mar- cia ha aprovechado la ocasión para abogar por tu causa. Cuando lleguemos a los postres, Vitelio ya no verá claro y tendrá las orejas embotadas. Entonces habrá pasado la oca- sión de sonreirle al salir de las letrinas. -En el estado en que se encuentra ya, ¿está en disposi- ción de conformarse con una sonrisa? -No te alarmes: ¡está tan gordo que tiene que sacarse el miembro de la grasa con una pinza de bogavante! ¡Aquella mujer encontraba las palabras más tranquiliza- doras! Debía de haberse producido un encuentro anormal. ¿Qué podía Marcia frente a Vitelio? ¡Cuatrocientas libras contra ciento cincuenta!2. El monstruo no necesitaba valer- se de una pinza de cangrejo para atentar contra el pudor de una mujer. La vecina continuó: -Era Calígula el que saltaba sobre las mujeres de sus invitados para divertirse con las caras de los maridos. Vite- lio no es de ésos. Ten, prueba este calamón... Tu paté de avestruz sólo vale las plumas. La alusión a Calígula acabó de alterar a Marco, que sin- tió el impulso de levantarse para ir en busca de noticias. Pero su vecina lo retuvo. La mujer tenía una muñeca de acero. Por fin Marcia volvió a su sitio, lanzándole a su marido, al pasar, una ojeada de satisfecha complicidad. No parecía haber sufrido. Y Vitelio pronto la siguió. Su vientre había hecho estallar la síntesis demasiado ajustada, y sus peque- ños ojos de cerdito ahogados en carne ostentaban una re- gocijada expresión, malvada y lúbrica a la vez. En lugar de volver a su lugar junto a la novia, fue a sentarse al lado de Marco, aplastándole los pies con una soberana nalga. -Tu mujer me ha humedecido las sienes con verbena 2. La libra romana equivale a 327 gramos. (N. del A.) 76 77 cuando salía del vomitorio, y mi padre te es más bien favo- rable: quiero hacer algo por ti. Capito acaba de morir, y los Hermanos Arvales eligen a su sustituto el próximo mes de mayo, el tercer día de la fiesta de Dia. Agripina y yo mismo nos cuidaremos de que cuentes con una oportunidad. Marco creía estar soñando. Rómulo en persona había reunido a los once hijos de su madre adoptiva Acca Laren- tia para ofrecer sacrificios a Ceres, diosa de los frutos de la tierra y patrona de los labradores, honrada después por los Hermanos Arvales bajo el nombre de Dia. Era el colegio sacerdotal más antiguo, más cerrado y más aristocrático de Roma, y la elección marcaba de por vida a sus miembros con un carácter indeleble. Incluso los augures palidecían bajo la mirada de los Arvales. -Pero -balbuceó Marco- ese colegio sólo está abier- to a patricios o a hijos nobles de senadores, como el Gran Maestre Vipstanio Aproniano, Sextio Africano, Memmio Regulo, Valerio Messala Corvino, Fausto Cornelio Sulla Fé- lix o los dos Pisón... Estoy lejos, como sabes, de ser un no- ble de rancio abolengo. -¿Acaso has jurado humillarme? Acaso yo, que soy Promaestre, ¿no tengo a un simple "caballero" de Nuceria por abuelo? Y al haib er carecido de ancestros para darme sobrenombres de nunca acabar, desdeñando además los so- brenombres comunes, me hago llamar sencillamente Vite- lio, un nombre que algún día valdrá por todos los sobre- nombres de Roma. El glorioso Vitelio se inclinó sobre Marco y le puso en el hombro una delicada mano, cual una miniatura emer- giendo de un jamón... -¿Sabes, viejo muchacho, cómo llegué a ser Promaes- tre? A los veinte años, la edad de tu mujer, andaba en Ca- pri haciendo mimos a los pies del viejo Tiberio, esperando a que Cayo, según se dice, lo ahogara con un cojín. Des- pués conduje carros con Calígula y jugué a los dados con Claudio. ¡Así que no me hables de antigua nobleza, cuando una palabra del Príncipe basta para todo! -No obstante, Claudio, con su manía de anticuario, está muy ligado a las tradicionales reglas de culto. ¿No co- rremos el riesgo de que ponga obstáculos? -Le diremos algo bueno de ti a Agripina, que no tiene más culto que ella misma; y Claudio sella más decretos de los que puede leer. ¡Quédate tranquilo! Yo me ocuparé de tu causa, y por la mejor de las razones: contigo y con L. Othón (que sólo brilla por su ascendencia materna) me sentiré menos solo entre los Arvales, esa pandilla de jarro- nes de porcelana. ¡Paso a la eterna juventud de Roma, cu- yos antepasados están en el futuro! El sorprendente cinismo de Vitelio inspiraba tanta re- pulsión como simpatía. ¿Pero dónde encontrar el dinero para hacer buen papel entre los Arvales? -Mi propio padre-dijo Marco- acabó sus días en el orden ecuestre, y habría podido entrar antes en él, pues un censo de 400.000 sestercios no era capaz de detenerlo. Pero después de haber accedido a la pretura, sufrió los re- veses de fortuna que ya conoces... -¡Tengo que detenerte en seguida! Esas naderías co- rren a costa de la República mientras no hayas restablecido tu situación. Y, entre nosotros, ¡bien que te lo debe! Yo mismo arreglaré los detalles de tu banquete de bienvenida, el XVI de las Calendas de enero que seguirá a tu elección... -He oído decir que los banquetes son numerosos en el seno del colegio... Vitelio rio a carcajadas ante tal ingenuidad. -Pero hombre, ¡si no hacemos otra cosa! Es nuestra ra- zón de ser. No hablo del festín primaveral de la fiesta de Dia, que no es más que un entremés, con su vaca y sus dos cerdas jóvenes. Somos también, no hay que olvidarlo, una suerte de capellanes de la familia imperial, de modo que sacrificamos durante todo el año, y en cualquier ocasión, por la felicidad del Príncipe, de su mujer y de sus hijos. Los actos oficiales del colegio consignan los sacrificios en relación con todos los acontecimientos importantes. En suma, somos nosotros quienes llevamos los anales del Esta- do, en la medida en que éste se confunde con el empera- dor y los su y os. "Es verdad que nuestra piedad no descansa y que los animales son de primera calidad, contrariamente a lo que ocurre en muchos Otros sacrificios públicos o privados. El vacuno grueso de carne roja y grasa bien amarilla, que los héroes deH omero escogían para sus asados, es por lo ge- neral tan inaccesible que nadie se atrevería a servir vaca en un festín delicado... Entre nosotros te regalarás a saciedad con ese mitológico animal. Los crían especialmente para los Arvales en las verdes praderas del Clitumno, cuyas aguas tienen la virtud, dicen, de blanquear a los rumiantes que se bañan en ellas. Y los dioses no te quitarán tu parte, puesto que Prometeo consiguió de Júpiter que se conten- taran con el humo. Templanza bastante lógica: los dioses no comen, husmean. Entre todos los sacerdotes que no pa- ran de comer, nuestra mesa es la mejor -sobre todo desde que la tomé bajo mi responsabilidad. Te ofrezco un univer- so de glotonería. Sólo tienes que cavar tu tumba agitando las mandíbulas, si no deseas que otro hambriento la cave por ti más deprisa todavía. Marco no pudo hacer otra cosa que dar a Vitelio las 78 79 r acias, no sin efusión. No solamente dejaría de tener ham- re de carnes escogidas, sino que la honorífica limosna que le prometían, al introducirlo en un cenáculo donde la vieja aristocracia se codeaba con los favoritos del momento, le permitiría quizás enderezar en pocos años el timón de su galera. Con un movimiento impulsivo, besó de repente la mano de Vitelio, esa mano con olor a condumio que había adulado al achacoso Tiberio, sostenido las riendas de Calí- gula y lanzado los dados con Claudio. -Besa más bien a tu mujer -le dijo alegremente su bienhechor-. ¡Vale la pena! Marco se dio cuenta de que, incluso si hubiera estado casado de verdad con Marcia, habría cerrado los ojos ante las familiaridades que el ogro pudiera tomarse sin darse ca- bezazos contra la pared de un pasillo. Y por primera vez en su vida sintió su alma tan enfangada que se ruborizó. La más alta excusa de los tiranos, ¿no era la solícita sumisión de sus victimas? En vena de amabilidad, Vitelio le preguntó: -¿Puedo prestarte algo de mi escolta para proteger de malos encuentros a tu pequeño cortejo nupcial? ¿Dónde vives, por cierto? En la oscura noche, Roma era el dominio de una agresi- va criminalidad, y las siete cohortes de vigilantes nocturnos no daban abasto entre los doscientos sesenta y cinco ba- rrios de las catorce regiones. Sólo los incendios iluminaban las enmarañadas callejuelas, y las siete cohortes de bombe- ros tampoco eran suficientes. La Vía Sacra y la Vía Nova eran las únicas donde dos carros podían cruzarse, y los ití- nera* para peatones daban cien vueltas a las vías abiertas al tráfico rodado. El Prefecto de la ciudad imponía de vez en cuando un escarmiento; después lo dejaba correr: ¿no tenía toda la gente honrada una plétora de clientes y esclavos para velar por sus personas y por sus bienes? Los pobres se asesinaban y robaban entre sí, y la pérdida no era grande. El gobierno estaba mucho más atento a los crimines polí- ticos. -Vivo -contestó al fin Marco- .. .en el centro. -¿Del lado de Suburio? -Por allí, sí. -¡Adoro Suburio! Es un barrio tan pintoresco... No de- bes avergonzarte de residir allí. El propio César se instaló en él por un tiempo para agradar a la plebe, y Pompeyo permaneció fiel a las Carenas, que no valen mucho mas. * Caminos. (N. de la 1.) 80 Con estos consuelos, Vitelio volvió a su sitio: debía de tener hambre. El estómago de la mayor parte de los invitados empeza- ba, no obstante, a pedir gracia. Era tiempo de repudiar los manjares sólidos en beneficio de los suplementos de vino puro que siempre encuentran asilo entre los más hartos. Marco espero con paciencia hasta el penultimo servicio; después fue a despedirse de Vitelio y arrastró a Marcia ha- cia Suburio, entre los carruajes nocturnos. Por cortejo nupcial, los nuevos esposos llevaban solamente algunos es- clavos de ambas casas y la débil escolta prestada por Vite- lio. Nada de antorchas de espino blanco para iluminar la marcha; ni rueca ni huso. Pero Marcia apretaba bajo su manto dos platos de la vajilla de plata que había apartado de la hipotecada herencia. Se perdieron tres veces antes de llegar a la calle princi- pal de Suburio, a la que daba la callejuela de Marco. A lo largo de esta calle habrían podido apagar las linternas y an- dar a la luz de las lámparas que seña a an los tugurios de las cortesanas. En verano, éstas se encaramaban en altos ta- buretes delante de sus puertas. En invierno, sólo mostra- ban a los peatones la farola de su oficio. Marcia se estremeció y dijo: -Siempre he tenido miedo de terminar así. ¿No es ab- surdo? Marco levantó a su sobrina para que atravesara el um- bral de la casa sin que sus pies tocaran el suelo, y los platos de plata aprovecharon para caerse. ¿Era un mal presagio? Le advirtieron a Marco que Kaeso tenía mucha fiebre y Marcia pasó su noche de bodas con el niño. Marco pasó la suya preguntándose si realmente había hecho una buena operación. Asuntos tan secundarios como el suyo, el avaro Príncipe y la distraída Agripina los deja- ban en manos de libertos de confianza o de senadores cer- canos a la corte. Siempre convenía dejar un hueso para que el senado lo royera... La camarilla de Vitelio, que había or- questado la propaganda en favor de la boda de Claudio con Agripina, ¿no limitaría su apoyo a un sacerdocio honorífi- co, que al fin se trocaría para el feliz elegido en vía muer- ta? Evidentemente, desposar a su sobrina no era la mejor recomendación para conseguir el consulado y una ventajo- sa provincia. Empero, algo habría que sacar de las nuevas relaciones que Marco podía trabar entre los Arvales... 81 L VI Los primeros y más felices recuerdos de Kaeso se re- montaban a la maravillosa época en la que Marcia, al levan- tarse de la siesta, lo llevaba a los baños con su hermano Marco. Tanto en verano como en invierno, los dos herma- nos deslizaban sus manecitas en las firmes manos de su ma- dre adoptiva, atenta a protegerlos del bullicio, y por la Vía Suburana y el Argi/etum se encaminaban a las termas de mujeres a las que Marcia solía ir. Situado a la entrada de los Foros, entre el templo rectangular de la Concordia Ma- rital y el pequeño templo redondo de Diana, era un esta- blecimiento de un honorable nivel, con el que una viuda generosa había obsequiado a sus conciudadanas. Cierto que estaba lejos de parecerse a las termas de Agripa en el Cam- po de Marte, cuyas variadas instalaciones, con bibliotecas y galerías de obras de arte, se extendían sobre siete yuga- das', pero la donadora, cuyo busto marmóreo de rasgos tranquilos dominaba la sala de descanso, no había escati- mado en nada. Las termas reservadas a las mujeres eran dos veces más caras que los baños mixtos, que costaban solamente un cuarto de as pero apenas eran frecuentados más que por damas poco castas, deseosas de conseguir allí un hombre o, al contrario, preocupadas por purificarse la epidermis des- ~ ués de haber hecho la calle en las cercanías2. De todas ormas las termas eran gratuitas para los niños ¡e incluso habían sido gratuitas para todo el mundo durante la inolvi- dable edilidad de Agripa, cuando ya se contaban unas dos- cientas! Y el inmutable, armonioso y bien regulado rito seguía su curso... 1. Cuatro yugadas rectangulares forman una hectárea cuadra- da. (N. del A.) 2. A continuación de unas gigantescas orgías, el emperador Adriano (t 138), que sin embargo no pertenecía al género virtuo- so, ordenó que las mujeres y los hombres se bañaran sucesiva y separadamente en los baños abiertos a ambos sexos. (N. del A.) 83 Al franquear la entrada, las mujeres caminaban a lo lar- go de la palestra exterior en dirección a los vestuarios, se- guidas por una esclava que llevaba las "endromidas", vesti- dos para el deporte de tela de rizo; los frasquitos de ungúento; los curvos estrigilos o rascadores; las gausapae, batas de baño escarlatas y afelpadas; grandes toallas y todo lo necesario para arreg larse. Se desvestían en el apoditerium* y, según la temperatura y el tiempo, podían escoger entre la gran palestra exterior y las dos palestras interiores, de las cuales una estaba cu- b ierta y la otra a cielo abierto. Si los elementos eran favorables, corrían a sudar a la pa- lestra exterior. Marcia y otras bañistas se tiraban elotas rellenas de arena, aporreaban gruesos salchichones e hari- na colgados de postes, levantaban pesos o halteras, trota- ban en p os de un aro cuya carrera dirigían con un palo ahorquillado... Los niños jugaban con balones llenos de plumas o vejigas hinchadas de aire. Si el tiempo era incierto o mediocre, se dirigían directa- mente a las palestras interiores, comunicadas y reservadas a la gimnasia y la lucha, donde las damas estimulaban sus su- dores completamente desnudas, después de haberse emba- durnado con un unguento de cera y aceite, rociado de poí- yo para asegurar me or las presas. Terminado el calentamiento entraban en una de las su- datoria que rodeaban el calda rium central, sudatorium donde el calor seco del hipocausto irradiaba a través del delgado en- losado como a través de las tejas huecas que tapizaban los tabiques. Para no q uemarse las plantas del os pies, no esta- ban de más unos chanclos de madera, que, ay, tenían el de- fecto de transmitir un desagradable hongo llamado "pie de atleta". Acabada la sudación pasaban al caldarium, húmedo baño turco dotado de un gran pilón de agua ardiente y de una bañera para una docena de personas, en cuyo fondo el agua se enfriaba un poco antes de ser enviada a la caldera de madera del hipocausto, para ser devuelta a la bañera por la simple acción del calor. Primero se frotaban en el pilón con un estrigilo, y luego iban a retozar un rato en la amplia y humeante bañera. El templado tep ida rium ofrecía una apreciada transición entre el caldarium y el frigidarium, donde, según las estacio- nes, iban a tirarse de cabeza al agua en una u otra de las piscinas de agua fresca, la que estaba al aire libre o la cubierta. * Guardarropa de los baños. (N. de la T.) Al final llegaba el momento del masaje de pago, al que a veces renunciaban, y, envueltas en una confortable gausa- pa, se tumbaban en la sala de descanso. Durante todo este ciclo, la esclava permanecía guardan- do los efectos dejados en el nicho de apoditerium, pues la vigilante de los lugares era más bien distraída. A los pequeños Aponio les gustaba jugar al balón o lu- char en broma con otros niños que todavía estaban en edad de que sus madres, una nodriza, una hermana mayor u otra pariente los llevaran a los baños. Y al lado de las ha- bitaciones más bien exiguas del piso bajo de Suburio, las salas de estas modestas termas les parecían enormes, e im- presionantes también los ecos que las recorrían y el miste- rioso rayo de luz que atravesaba, en la bóveda del calda rium, la placa translúcida de selenita para difundir una suave pe- numbra en la estancia. Más observador y despabilado que su hermano mayor, Kaeso le preguntaba a Marcia por qué el vello de tal o cual matrona era moreno cuando sus cabellos eran rubios, por qué otra tenía el vientre grueso o el sexo afeitado, por qué ella misma llevaba su triángulo oscuro tan rapado, como la piel de topo o el plumón de paloma... Su madrastra lo ha- cia callar abrazándolo y riendo. Pero Kaeso no preguntaba por qué las esclavas negligentes tenían en los senos marcas de pinchazos de agujas y la espalda cruzada por huellas de azotes: ya había visto a Marcia castigar a algunas cuando se impacientaba durante su aseo. Y no preguntaba tampoco lo que, en su inocencia, creía saber: para él, todas las muje- res de grandes senos colgantes eran, evidentemente, nodri- zas rebosantes de leche. Los dos niños adivinaban de forma confusa hasta qué punto la extremada belleza de Marcia era apreciada, pues eran frecuentes los días en que las damas que tenían debili- dad por su propio sexo iban a hacerle un poquito la corte, por si acaso, acoso éste que se prolongaba hasta las letri- nas, donde las mujeres charlaban sentadas en semicírculo, mientras Kaeso, guasón, jugaba a esconder las esponjas. Ver a Marcia vestida otra vez era igualmente interesan- te: la manera experta en que se ceñía los senos con el stro- phium* o ajustaba con habilidad el paño transparente. Y los chiquillos le sostenían el espejo por turnos, cual Cupidos a los pies de Afrodita, mientras ella rehacía su maquillaje con minuciosidad de artista. Para Marco y Kaeso llegaba la hora de volver a casa a cenar, antes de que el sol se pusiera. Desde que caía la no- * Faja especial para sostener los pechos. (N. de la T.) 84 85 che, cada cual se encerraba en su casa a y sólo quedaban ra carreteros, juerguistas en buenas nxrmanos, bandidos, ~-' lantes o bomberos. Y mientras el día sEa declinaba, los ni~ daban cuenta de una comida de lo rrurrmás sencilla, ses en un taburete ante el lecho de los pacadres. De cuando en cuando -sobre ta9:odo los días de ~ llena- su padre bebía en la cena mas ~s vino que de costur~ bre, y los dos niños, desde su cama, ag~guzaban el oído en h gardedormirse, temiendo lo que iba ~ a ocurrir... Primero oían rascar y murmurar a 1~ la puerta de la alcc de Marcia, que estaba próxima a la suyuya para permitirle v< lar por ellos de cerca durante las larg.~gas e inquietantes hc ras de oscuridad. Después golpeaban ¡ la puerta, incluso u tentaban derribarla, y la voz de su ~ padre resonaba en pasillo con tono irritado y suplicantente. A veces la puei acababa por abrirse, y volvía la calma. .x. Pero lo más frecue; te era que no se abriese, y entonces ~s venía la retirada pedigueño tras las amenazas y sollozoEos de borracho. -¿Por qué -preguntaba bajito Marco a su herff no- papá quiere entrar por la nocoche en la alcoba mamá? -A lo mejor para verla desnuda - -sugería Kaeso-. papá no lo admiten en nuestras terma~as. Por la mañana -estuviera la puertn~ta abierta o cerrada- Marco tenía una expresión siniestra y y Marcia abrazaba a 1< niños, especialmente a Kaeso, más friluerte aún que de tumbre. Muy perturbado por estos extrañxos intermedios, Kaes le dijo un día a Marcia: "No querrás o dejarnos, ¿verdad?" ella le contestó: "No te abandonaré ti nunca. ¡Te quiero d< masiado!" Cuando los niños crecieron, Marcc:o renunció a sus lasi meras tentativas y todo volvió a estar r en orden. Un otoño, hacia la mitad de octuixíbre -Marco tenía ce~ ca de siete años y Kaeso un poco m~nás de seis-, se a. ron brutalmente las delicias infantilelles: un esclavo llamado Diógenes los llevó a los bañíños mixtos, y aael los escoltó, para protegerlos de los mrrnúltiples peligros de calle, por el camino de la escuela o deLle su casa, sirvién por añadidura de profesor p articular. - A los niños ricos los educaban baj¡ajo el régimen del pr ceptorado; en las grandes mansiones, a, incluso los e ueL esclavos eran instruidos a domicilio. o. Pero para lasb< modestas no había otra solución que ~e las escuelas p riva0i que abundaban por toda la ciudad a l~f la módica tarifa de cid sestercios por alumno y mes. No sooolamente los maestí' eran despreciados por recibir un sal~flario, sino que ad( el salario era miserable. Era el últiitimo de los oficios, ~n en él los individuos dudosos, de sospechosas Dres. queados por su "pedagogo", los niños salían al alba escuela, llegaban en seguida a los Foros, rodeaban más pequeño de la basílica Emilia, caminaban a lo ~l lado principal de la basílica Julia y alcanzaban por >residio, establecimiento casi a merced del viento, por una simple cortina de uno de los pórticos del o romano meridional. esa estancia, glacial o bochornosa, permanecian cau- asta mediodía, sentados en escaleras y trabajando so- rodillas. Sólo el maestro contaba con un asiento aldo. escuela, en el seno del aluvión de ruidos del Foro, naba sin interrupción ocho días de cada nueve, y los os de ambos sexos esperaban con impaciencia los re, esas jornadas de mercado en que todos los campe- de los alrededores acudían a Roma por negocios o r, y que habían terminado por estar consideradas por el mundo como vacaciones. Aparte de los nundinae, las si se exceptúan las grandes vacaciones desde finales hasta el otoño, no se interrumpían más que en las ies Quincuatrías del mes de marzo, en honor de Mi- ancestral método de enseñanza de los proletarios del en las antípodas de cualquier aproximación global a ~oblemas, era furiosamente analítico. ites de enseñar la forma de las veinticuatro letras lati- el maestro les hacia aprender de memoria la lista de a rabo. Después presentaba cada letra en la pizarra í, y los alumnos se esforzaban por encontrar y seguir, vés de la cera lisa de su tablilla, el carácter escondido había sido grabado en la madera. El dominio de la le- terizaba a los abecedaril escogidos. ntonces pasaban a la categoría de los silabariz~ que se itaban componiendo silabas de fantasía antes de abor- estudio de las reales. ata terminar, los nomínarlí tenían el honor de deletrear ~ar palabras, ejercicio que desembocaba en la más alta :ión literaria de la escuela: declamar a coro cortas fra- Ipidarias, y transcribirías sobre papiro de desecho con pluma de caña, tallada con cortaplumas y mojada en tinta que se hacía sobre la marcha disolviendo el pro- r~ en el agua del tintero. Así que quienes pasaban por rtico podían oir aullar: "El ocio es la madre de todos >s", cuando no dichos o bromas de discutible gusto: ma mujer le da un consejo a otra, la víbora compra ve- a la víbora" O bien: 'Al sorprender a un negro ca- 86 87 gando, creí ver el culo rajado de un caldero". ~'ero rara i~ se divertían hasta ese extremo. Las ambiciones matemáticas eran todavía más esca~ Aprendían la lista de los números enteros, car~dinales y dinales, con su nombre y su símbolo; manejab an el ta6le de cuentas o bien se iniciaban en cálculos eletarientales, bre la superficie del ábaco, mediante pequef~as fichas; interesaban sobre todo en las fracciones, cuya práctica tan útil en el comercio al pormenor. Pero no.~ salían de concreto. Cinco docenas hacían un quincunx, y así de segi do, es decir, cantidades que olían a lechugas c~ espárragE Coronaban la cima de la teoría con prácticas b~istante vei ginosas de cálculo digital, las cuales sólo pene~raban a fc do en un número restringido de espíritus. Para ir más lejos en aritmética había que acudir a u escuela técnica de las que formaban calígrafmos o grafos. Los muchachos se embrutecían de aquel mcx~do hasta b catorce o quince años, y las niñas hasta los dcz~ce o los tr. ce, pues las primeras señales de la formación las ret en sus casas. A Marco le costaba trabajo seguir las clases , pero Kae¡ se aburría mortalmente, ya que siempre iba uxnos años p delante del torpe sistema. La asimilación del calendario romano, qu~ el ma asestaba de propina, fue para Marco un verda&ero manir se vio azotado más de lo que le correspondía, - desploma~ sobre la espalda de un compañero en cuclillas - que servía un tiempo de patíbulo y de máquina contabife. Marco paraba de hacerse un lío con las Calendas, y I*iasta con meses. Era cierto, sin embargo, que el calendaxrio estaba pleto de trampas... Doscientos años antes, se había hecho en-~pezar el en enero y no en marzo, aunque esta última e~a la soluci más lógica entre los campesinos, para quien~s el año menzaba con los nuevos brotes. A causa de ~llo, Quitu Sextílís, September, October, November y Decembe~ ya no e -como su nombre parecía indicar los mese~ 5~0, 6.0, 7 8.0, 9~o y 10.0 del año respectivamente, sino lo.~s 7o, 8.0, 9 10.0, 11.0 y 12.0. Quintílís pasó después a llarrirxarseJu/iU$~ Sextílís, Augustus, en honor de César y de su irrxiperial sol no nieto, pero la denominación de los cuatro últimos ses seguía siendo engañosa. Febrero tenía veintiocho o veintinueve dí~s; los dem meses, treinta o treinta y uno. El primer día de cada mes era las Calendas del mes cuestión. Luego se abría el período de los Norzies, del 2 3 incluidos para marzo, mayo, julio y octubre, y del 2 al 5 para los otros ocho meses. Después venía el peno- s Idus, del 8 al 15 incluidos para marzo, mayo, ju- tubre, y del 6 al 13 incluidos para los otros ocho al final se abría el periodo de las Calendas. día de los Nones constituía los Nones propia- cllcnos. El último día de los Idus marcaba los Idus niente dichos. Pero el último día de las Calendas del o era la víspera de las Calendas propiamente dichas skuiente extravagante desfase que ofrecía tanta :ufiad cuanto que cada fecha se calculaba, contan- ia atrás. Se precisaba una fecha en el periodo de los ,, contando hacia atrás a partir del día de los Nones. ~cisaba una fecha en el periodo de los Idus contando atrás a partir del día de los Idus. Pero para precisar La en el periodo de las Calendas, había que contar atrás a partir de las Calendas primer día del mes que ~eDe modo que, tras los Icius, los días llevaban el de otro mes, y el final de diciembre, por ejemplo, aba a partir del primer día de enero. pesar de todo, la antevíspera de los Idus de marzo no segundo día anterior a ~os Idus de marzo sino el ter- porque se había convertido en costumbre incluir en :ulo a lo cangrejo el día que le servia de punto de a. Y para acabar de embrollarlo todo, en lugar de de- 'el tercer día antes de los Idus", se empleaba la abre- a corriente: "El tercer día de los Idus". colmo, cada cuatro años, en febrero se doblaba el día de las Calendas de marzo" para obtener un año como para volver loco a un niño poco dotado o a esos hijos de Espurio que tascaban el freno al fon- ía clase. Y se comprendía bien por qué los historia- romanos daban tan pocas fechas en sus obras: co- el riesgo de perderse. :as dos años de escuela, Marco y Kaeso perdieron a su tro; al día siguiente de las miserables exequias noctur- :oda la clase, en peregrinación, pudo ver sobre la tum- ie el desgraciado había hecho construir, economizan- por as e os suplementos que sacaba con la redac- de testamentos, un glorioso epitafio, en el que el di- o se vanagloriaba de haber observado una SUMA CASTITATE IN DISCíPULOS SUOS cir, una rigurosa pureza de costumbres respecto de umnos. ta inscripción, poco halagúeña para los colegas, hacia en todo caso, que la elección de los padres había afortunada. 88 89 El maestro fue reemplazado por un tal Psitacio, que pa- recía presentar todas las garantías. El hombre había tenido algunos infortunios: corría el rumor, bastante inverosímil, de que una banda de piratas lo habían capturado e indus- triales especializados de Delos lo había hecho eunuco. Y su hilillo de voz hacía reír a los alumnos cuando se enfadaba. El mismo año, Marco y Kaeso fueron una mañana, con dos o tres más, a casa de otro maestro que había abierto una escuela de griego elemental en una tienda del Argíle- tum, entre dos librerías. Por aquel entonces, cualquier edu- cación decente era bilinglie, y los niños ya habían aprendi- do en su casa un poco de griego, que su padre dominaba a la perfección y Marcia no desconocía. El nuevo maestro te- nía exactamente los mismos métodos que el docente lati- no, por la buena razón de que los romanos habían copiado escrupulosamente los usos griegos -excepto en gimnasia. Los días pasaban para los niños con una espantosa mo- notonía. El emperador Claudio comió con glotonería un champiñón maligno que Agripina le había cocinado: ellos ni siquiera se enteraron. Nerón hizo, quizás, envenenar a Británico: no oyeron hablar del asunto en absoluto. Pero sus padres discutieron durante toda una cena la desaparición del hermano arval M. Junio Silano, a quien el primer gesto de Agripina, tras la líegada al poder de su hijo, había sido hacer asesinar en su proconsulado de Asia. El tal Marco era un hombre tan rico como indolente, a quien Calígula había puesto el mote de "borrego dorado", y que no inspiraba desconfianza a nadie. ¿Acaso Agripina, que ya había empujado al suicidio a su hermano Lucio, te- mía una venganza? ¿O tal vez había considerado el paren- tesco directo de los Silano con Augusto? Además, Agripina había matado dos pájaros de un tiro al desembarazarse del liberto Narciso, que tuvo toda la confianza de Claudio pero no pudo impedir su muerte. Desde la edad de trece años, Kaeso -como Marco a los quince- fue enviado a tomar clases con dos "gramáticos", uno griego y otro latino, y con ellos empezaron los estu- dios secundarios que permitían a los mejores desembocar en la retórica o en la filosofía. Algunos "gramáticos" esta- ban apenas mejor considerados que los maestros de escue- la, y sus locales del barrio de Carenas, en lo alto de la Vía Sacra, tampoco eran mucho más presentables. También allí los romanos habían copiado a los griegos, y los dos "gramáticos", que intentaban familiarizar a los alumnos con los textos más hermosos, recurrían a los mis- mos procedimientos o artificios. Estudiaban ante todo, según preocupaciones estéticas superiores, la poesía épica, trágica o dramática. Sólo trata- ban superficialmente a los historiadores u oradores, para no usurpar el dominio de los profesores de retórica que mas tarae tomarían a su cargo a la mayor parte de los estu- diantes, a~quienes la filoso fíap oco tentaba. De modo que Kaeso y arco e hincaron el diente a La Ilíada (mucho menos a La Odisea, donde no aparecía ningún héroe verda- ~deramente ejemplar) y~ naturalmente, a Virgilio. También razonaban sobre el tragico Eurípides, el cómico Menandro, sobre Terencio y Horacio. Demóstenes y Tucídides, Cice- rón y Salustio merecían ocasionales comentarios. Eran tra- bajos terriblemente fastidiosos. Después de los ejercicios de dicción, era importante preparar textos para la lectura, pues únicamente un lector entrenado habría podido comprender unas frases que ni en latín ni en griego exigían separación entre las palabras. Así que los alumnos sobrecargaban el texto de signos especia- les para unir o separar las silabas, marcar acentos, cantida- des, pausas... Primero declamaba el maestro. Tal o cual alumno lo imitaba después. Aprendían pasajes de memoria y de memoria los declamaban. Terminada lapraelectio*, po- dían pasar, tras una breve introducción erudita, al estudio minucioso del texto. Los "gramáticos" más eminentes eran capaces de consagrar todo un tratado a dos versos de La Eneida y, de generación en generación, las glosas se suma- ban a las glosas: análisis de todos los niveles, sutiles consi- deraciones sobre las palabras o sobre las figuras (metáforas, metonimias, catacresis, lítotes y silepsis), aspectos históri- cos, geográficos, astronómicos, mito[ógicos o legendarios... Era de una pedantería desenfrenada. Durante toda su exis- tencia, las victimas de esos petulantes tendrían en los la- bios las citas clásicas convenientes a cada circunstancia. El "gramático" griego era un campeón de La Ilíada. Una noche de primavera en que Marcia y Marco hablaban du- rante la cena de la torpeza de Aniceto, ese comandante de la flota de Micenas que no había sido capaz de amañar acertadamente la embarcación en cuyo naufragio debería haberse ahogado Agripina, Marco el Joven, que con la edad había ascendido del taburete al tríclíníum en compañía de su hermano menor, le dijo a Kaeso: -Cuenta el último hallazgo de Eupites a propósito de la torpeza de los héroes. Tú te sabes de memoria esa obra efectista que es el orgullo del maestro. Kaeso se hizo rogar, pero al fin emprendió la demostra- clon: -Del lado aqueo: * Lección previa. (N. de la T.) 90 91 "El hijo de Tideo yerra al lanzarle a Héctor la jabalina y mata al cochero Eniopeo, hijo del fogoso Tebeo (canto VIII). "Teucro dispara una flecha contra Héctor y traspasa el pecho de Gorgition, hijo de Priamo (canto VIII). "El mismo Teucro yerra otra vez a Héctor y mata a su cochero Arqueptólemo (canto VIII). "Ayax apunta a Polidamante y mata a Arquéloco, hijo de Antenor (canto XIV). "Patroclo apunta a Héctor y mata de una pedrada al co- chero Cebriones, ilustre bastardo de Priamo, "y los dos ojos cayeron a tierra entre el polvo, ante los pies del co- chero" (canto XVI). "Del lado troyano: "Antifo, hijo de Priamo, yerra a Ayax con la jabalina y mata a Leuco, compañero de Ulises (canto IV). "Héctor apunta a Teucro y mata a Anfimaco, hijo de Ctéato, descendiente de Actor (canto XIII). "Deifobo apunta a Idomeneo, pero su pica mata a Hip- senor, hijo de Hipao (canto XIII). "El mismo Deifobo apunta a Idomeneo, pero su pica mata a Ascálafo, hijo de Enialio (canto XIII). "Héctor apunta a Ayax, pero alcanza a Licofrón, hijo de Mástor y servidor de Ayax (canto XV). "Meges apunta a Polidamante, pero su lanza mata a Cresmo (canto XV). "Sarpedon yerra a Patroclo, pero alcanza en la espaldilla derecha al caballo Pédasos (canto XVI). "Héctor apunta a Ayax pero su pica mata a Esquedio, hijo de Ifito (canto XVII). "Héctor apunta a Idomeneo, pero su lanza mata al co- chero Cérano (canto XVII). "De donde se deduce que los aqueos fallaron cinco ve- ces sus golpes y los troyanos nueve. Así pues, los héroes aqueos serían los más hábiles. Pero si consideramos que to- dos los héroes alcanzan un blanco cuando yerran otro, los héroes troyanos, al fallar nueve veces contra cinco, causa- ron pérdidas mayores a sus adversarios, incluyendo un ca- ballo. Siendo Héctor el más torpe y el más eficaz, ya que falló su disparo cuatro veces. Ante esta obra maestra de análisis literario reproducida por una memoria brillante, Marcia resplandecía de orgullo. Marco padre, que también había ejercitado su memoria con La Ilíada durante años, hizo esta profunda observación: -El más hábil de todos los héroes es uno que tu Eupi- tes ha olvidado: en el canto X, Diómedes quiere errar adre- de su golpe contra el troyano Dolon... ¡y falla! Marco recibió aquella noche, con modestia, un mereci- do tributo de aplausos. Y después de cenar, a la luz de la lámpara de aceite, controló más que de costumbre los tra- bajos que Kaeso tenía que hacer en casa, por otra parte siempre los mismos. Se trataba de poner un texto en todas las formas gramaticales posibles. "Catón el Censor dijo que las raíces de las letras eran amargas, pero que los frutos eran muy dulces; etc... "De Catón se cuenta que... "A Catón le gustaba decir..." "Se cuenta que Catón dijo... "Oh, Catón, ¿no dijiste que...?" Y en plural: "Los Catones dijeron que... La fácil solución que a tales dificultades hallaba un Kae- so de escasos quince años llenaba a su padre de satisfacción y lo consolaba de los fracasos de Marco. La retórica de Kaeso se anunciaba brillante. El paso de primaria a secundaria trajo a los niños un in- decible alivio. Poco a poco, fueron autorizados a ir a las clases sin pedagogo, a pasear sin vigilancia por las callejue- las de la ciudad, a lo largo de las avenidas del Campo de Marte o por los numerosos y magníficos jardines que ro- deaban a Roma de un cinturón de frescor. Hasta la ausen- cia de las niñas en las clases de gramática, ahora sin azotes, reforzaba la impresión de hacerse adultos. Durante el verano precedente a la penosa entrada en la escuela primaria los habían llevado a un raro espectáculo, que iba a dejarles un imborrable recuerdo: una batalla na- val en el lago Fucino, en las montañas de los marsios. Los otros munera de gladiadores que pudieron ver después, des- de los sitios reservados a los niños y sus pedagogos en lo más alto de los anfiteatros, no les parecieron tan cautiva- dores. Pero, en adelante, tendrían el privilegio de aventu- rarse solos hasta lugares más próximos a la arena, de olfa- tear desde más cerca la sangre del valor y el sudor de angustia de los cobardes. Del mismo modo, estaban aten- tos a las soberbias carreras de carros y al teatro cómico, que les informaba con crudeza sobre todas las realidades del a vida. Kaeso había llegado a preguntarse por qué su padre ya no entraba nunca en la alcoba de su mujer... Aparentemente insensible a los años, Marcia se esforza- ba en ocultar la amplitud de las preferencias que sentía por Kaeso, aunque sin mucho éxito. Amaba a Marco el Joven, pero por Kaeso, cuya belleza había llegado a ser, por cier- to, sorprendente, tenía pasión. Además, a esa belleza se añadía el encanto de los adolescentes que persisten en ig- norar con alma pura el turbador poder que esconden. Cuando Kaeso inclinaba un poco la cabeza hacia el hom- 92 93 bro para escuchar un cumplido o una amonestación, se ha- bría dicho la imagen de Alejandro en vísperas de sus con- quistas. Y claro, Kaeso, cuyas relaciones con el padre resultaban un poco frías y forzadas, alimentaba un culto por Marcia que era esencial para su felicidad y disipaba todas las in- quietudes que su espíritu de observación podría haber he- cho nacer. Su con fianza en Marcia era total. Por otra parte, Marco y su mujer habían ocultado cuida- dosamente a los niños su relación de parentesco, y tampo- co les habían revelado la genealogía exacta de la familia paterna. Según Marco, el apellido Ap onio provenía de la fuente termal de Apono, en los aírededores de Padua, re- gión en la que los Aponio habrían tenido tierras en otros tiempos... Así, cuando Marcia volvía a horas imposibles o desapa- recía durante algunos días, Kaeso creía a pies juntillas las explicaciones que ella daba con negligencia, dirigiéndose ostensiblemente a su marido, pero de hecho hablando sola- mente para Kaeso y Marco. Kaeso tampoco se sorprendía al ver mejorar la casa de año en año, tanto por el arribo de muebles bastante lujo- sos como por agradables decoraciones, incluso por trans- formaciones de importancia. Así, Marco había hecho cavar un impluvios en el patio nuevamente pavimentado, lo ha- bía rodeado de una columnata, y un tejado calado e incli- nado; había acabado por reconstruir en el corazón de la ín- su/a el atrio cuya pérdida no había dejado de llorar. Tam- bién habían habilitado unos baños, y anexionado el aloja- miento de los esclavos que, más numerosos y mejor nutri- dos que antes, fueron enviados a los pisos superiores, en compañía de los arrendatarios cuya explotación se confió, por fin, a un gerente. Marco no hablaba menos que antes de instalarse en una casa digna de sus antepasados, pero los alquileres, en una ciudad a la cual las posibilidades de vivir a costa del Estado atraían a una innumerable multitud, al- canzaban tales sumas que la mudanza se postergaba una y otra vez. Así que esperaban pacientemente, en una relativa comodidad. Kaeso atribuía esas entradas de dinero a los talentos de abogado de su padre, a quien Marcia había empujado a ofrecer consultas jurídicas y a pleitear cuando la ocasión se presentaba. Pero en Roma había una plétora de juriscon- sultos y abogados de talento y no era fácil abrirse camino. * Espacio abierto en el atrio al agua de lluvia, que caía en un estanque. (N. de la T.) Era un oficio tanto más decepcionante cuanto que esta- ba teóricamente prohibido a los miembros del co Fegio ha- cerse pagar lo que quiera que fuese. Todo lo que tenían derecho a esperar era una mención en el testamento de los agradecidos. Los grandes abogados obtenían millones bajo cuerda, pero estaban expuestos a quejas, a chantajes, a pro- cesos que podían acabar mal si sus protectores los abando- naban. Y además, cuanto menores eran las comisiones bajo mano, más trabajo costaba escupir sobre los procedimien- tos. Claudio creía haber saneado una situación podrida des- de hacia tiempo fijando un modesto techo de 10.000 ses- tercios ara los honorarios legalmente exigibles, pero el decreto ~xbia sido una estocada en el agua. Marco, en último extremo, se había especializado en los orinales que no paraban de caer por las ventanas y que ya habían dado lugar a una jurisprudencia prolija y considera- ble. Pero el perjuicio estético sufrido por las victimas esta- ba excluido de cualquier compensación. El Código declara- ba noblemente: "En cuanto a las cicatrices y al afeamiento que pudieran resultar de estas heridas, no se hará ninguna estimación, pues el cuerpo de un hombre libre no tiene precio". Era el único ámbito del derecho romano en que el esclavo no se encontraba en desventaja respecto del ciuda- dano. Marco el Joven, a quien la fuerza del sentimiento no ce- gaba en lo más mínimo, no era tan crédulo como su her- mano menor. Pero siendo de naturaleza apática, tranquila y discreta, manifestaba una sensata tendencia a no decir sino lo indispensable y guardar para él las enormidades que habrían podido molestar o apenar a los demás. Torpe y sin gracia, dotado para los derroches fisicos más que para las búsquedas espirituales, había no obstante recibido d e los dioses esa eminente cualidad tan poco frecuente en un her- mano: una desarmante ausencia de celos. Bien sabia que Kaeso era vivaz y amable, apuesto y encantador, irresistible cada vez que se tomaba la molestia de serlo. ¡Pues bien, de todas maneras lo quería y no se le resistía más que los otros! Marco, igual que Marcia, intentaba mantener equilibra- da la balanza entre los dos muchachos, pero fundaba en Kaeso, sin poderlo impedir, las esperanzas más caras a un padre: que el niño tuviera éxito allí donde él había fraca- sado. Ese hermoso edificio de mentiras, pavimentado de bue- nas intenciones, podría haber durado si los dioses no se hu- bieran sentido celosos. Tal vez se irritasen al oir a Marco dando constantemente a sus hijos ejemplos de abnegación, pudor y piedad sacados de la historia legendaria de Roma. 94 95 Una notable capa de hipocresía resulta tanto más enojosa cuanto más sincero es el fondo de virtud que cubre. En espera del capricho de los dioses, Marco y Kaeso concluían despreocupadamente sus años de gramática. Marco padre, con los ojos vueltos hacia un pasado que el oro y la plata embellecían con su brillo, rumiaba sus de- cepciones y rencores echando vientre, pero a los niños, con compañeros más cJ,ue modestos, entre los cuales aun los hijos de "caballeros eran raros, les parecía, a pesar de lo poco abultado de su bolsa, haber salido de los muslos de Júpiter, y no les costaba mucho atraer de maestros faméli- cos y profesores necesitados una cierta e interesada consi- deración. La ínsula de atrio bastardo les parecía un palacio, y el barrio de Suburio, tan bullicioso y multicolor, tenía para ellos atractivos tanto más fuertes cuanto que en él co- merciaban cohortes de muchachas; y ellos habían crecido. A los dieciséis años, Kaeso, a quien el acceso a lapopína seguía, en principio, severamente prohibido, logró de su nodriza cretense el derecho a arrastrar ~ratis más allá de la cortina del fondo a la "pequeña burra' disponible en las horas de ocio, y se apresuró a lograr que su hermano apro- vechara la ganga. La chica, que ya tenía que sufrir al padre de vez en cuando, no estaba en muy buenas disposiciones, pero al menos, adiestrada por la cretense, se dejaba poseer a discreción. Cuando Kaeso salía de detrás de la cortina para darle las gracias a su nodriza con un beso, el rostro apergaminado de aquella griega reseca alumbraba una ex- traña sonrisa. Tal vez pensara que toda la sal de la vida está hecha de lo que uno ignora. Al medio día, Marco y Kaeso iban cada vez más a menu- do al pequeño ludus de su padre, situado a algunas millas de Roma, mucho más allá de la Vía Apia, entre un colomba- rio* y las tumbas que bordeaban la carretera. El gran ludus el Caelio podía albergar a setecientos u ochocientos combatientes. En el de Marco apenas se sobre- pasaba la docena. Las ruinas de un edificio agrícola perdido entre los cementerios habían sido someramente arregladas, de manera que presentasen el aspecto de un clásico cuartel de gladiadaores: una construcción de un solo piso, cuyo bajo se abría sobre un pórtico que delimitaba la arena de entrenamiento. En el/udus de Aponio, la construcción se li- mitaba a una escuadra que enmarcaba por dos lados un pórtico cuadrado. * Edificio provisto de nichos para las urnas funerarias. (N. de la T.) En el piso superior estaba el alojamiento del lanista Eu- rípilo, los de los gladiadores que tenían concubinas, con sus raros niños, y también algunas habitaciones que los cé- libes compartían de a dos o tres. Abajo estaban el come- dor, donde de ordinario se comía sentado, la cocina, la ar- mería y la enfermería. Los propios gladiadores cuidaban sus armas y corazas, y Eurípilo hacia de enfermero cuando se terciaba, ayudado por dos esclavos que se ocupaban de la cocina. El extremo de un ala de la casa había sido sacrificado para formar cuadra, cochera, granero y henil, donde dor- mía con su cochero el "esedario" y bestiario Tirano. Cua- dra y cochera abrían por detrás, ante el pozo provisto de un bebedero. Evidentemente, la atmósfera del lugar era muy familiar, y Eurípilo se esforzaba en no oponer a los hombres que habían tenido tiempo para conocerse demasiado bien. Los gladiadores apreciaban la simpatía de Kaeso, su in- mediato sentido de la adaptación, y la fuerza de Marco. Puesto que su vida dependía de una inmediata capacidad de análisis, juzgaban con rapidez caracteres y defectos. Practicando esgrima con los dos jóvenes, le repetían a Mar- co: "¡Lucha con la cabeza!" y a Kaeso: "¡No te pongas ner- vioso! ¡Ahorra tu aliento! A i~ual habilidad, es el más tran- quilo y resistente el que so revive...". A veces, algunos aficionados de la región sudoeste de Roma o de las afueras iban a recibir lecciones al área de entrenamiento, lecciones que los hijos de Aponio aprovechaban también. De vez en cuando los dos hermanos compartían la cena de los pensionistas, en la que invariablemente figuraba un gran plato de papilla de cebada, que pasaba por desarrollar los músculos a buen precio. Ese fue también el régimen preconizado en el siglo siguiente por el gran Galiano, mé- dico jefe, al principio de su carrera, de los gladiadores im- perialesde cinco grandes sacerdotes sucesivos de Pérgamo. En esas noches los Aponio abrían un ánfora de vino de- cente, y la cena se prolongaba a la luz vacilante de las lám- paras e arro. Era el momento de hablar de las grandes hazañas de los gladiadores, del papel que habían jugado en las trifulcas del Poro al final de los grandes tiempos republicanos, de los que aún se tenía nostalgia. Se recordaba el heroísmo y la fIdelidad de la familia de gladiadores de Antonio. ¡Qué ca- mino, qué odisea, qué "retirada de los diez mil" digna de Jenofonte había llevado a cabo desde Accio* para reunirse * Lugar donde se libró la batalla en que Augusto venció a Marco Antonio. (N. de la T.) 96 97 con su amo en Egipto! Se admiraba el muy reciente éxito del mirmilión* Espiculo, a quien Nerón había colmado de patrimonio y casas. Pero la vieja locura de Espartaco, de- sertor de las legiones condenado a ser gladiador por bandi- dismo, no excitaba a nadie. Y tarde o temprano llegaban las quejas. Nerón era un blando. Sólo cuidaba a los gladiadores para complacer a la plebe: en el fondo, no ponía el corazón. Lo que interesaba claramente al emperador no eran los nobles hechos de ar- mas, sino el lado puramente estético y decorativo. De ahí una constante búsqueda de la pompa, el lujo, lo inédito, lo extraño, lo increíble. Tres años después de su acceso al poder, Nerón había inaugurado en el Campo de Marte un gran anfiteatro de madera. Pero, ¿para qué? A la salida de una pequeña naumaquia** atestada de monstruos marinos, se había visto descender a la pista seca a cuatrocientos senadores y seiscientos "caballeros" disfra- zados de gladiadores... ¡que se habían batido con armas embotonadas! Y en el descanso de mediodía, en lugar de sacar a los condenados a muerte de derecho común, inter- medio al que Claudio había sido tan aficionado, ¡los habían indultado! Un munus blanco, en resumen, sin una gota de sangre. Tras la terrible decepción del público, Nerón se había recobrado un poco. El munus fúnebre "editado" en memo- ria de Agripa fue bastante satisfactorio, igual que el espec- táculo que acababan de ofrecer Lucano y sus colegas por su cuestura. Pero subsistía un toque de ligereza, una espe- cie de coquetería, que se advertía también en las venationes, esas grandes cacerías que se organizaban por la mañana en los anfiteatros -o, cada vez menos, en los circos, a razón de una masacre cada cinco carreras. Antes que centenares de leones y osos, aparición de clásica solidez, Nerón hacia exterminar, preferentemente, extravagantes mezclas de ba- birusas, liebres blancas, cebúes, alces, uros, hipopótamos o focas. Ya no se trataba de la peligrosa y exaltante venatio, sino de historia natural. Y si bien también se veía todavía, al final del inunus, desventrar a algunos elefantes que per- dían lentamente las entrañas en la pista, ganaba terreno el rodeo, en el que los jinetes tesalios jugaban a capturar to- ros en una arena sembrada de ámbar báltico en cantidades ridículas. * Gladiador armado de escudo y espada y cubierto con yel- mo galo. (N. de la T.) ** Piscina excavada en el circo para espectáculos de comba- tes navales. (N. de la T.) Era comprensible que los gladiadores o bestiarios expe- rimentados registrasen tal evolución con inquietud. Clau- dio quería mucha sangre por poco dinero, y Nerón derro- chaba a manos llenas para economizarla. ¿Iba a desaparecer el oficio? La compañía de estos hombres de áspero sentido co- mún no sólo aportaba lecciones de esgrima a Marco y Kae- so. Los hijos de Aponio aprendían a no contar sino con ellos mismos en un mundo incierto y cruel, a mantener con cuidado el equilibrio del cuerpo y del espíritu, del que todo podía depender en el instante de verdad que toda vida reserva tarde o temprano. Aprendían también dentro de qué limites razonables deben unirse la sensibilidad y la amistad, pues estaba mal visto llorar por los que se iban para no volver. Afortunadamente, las pérdidas eran poco frecuentes entre los gladiadores de experiencia, cada uno de los cuales contaba en su haber de diez a veinte victorias, Ñ si no más. No obstante, Kaeso sentía una simpatía particular por Capreolo, judío originario de Meninx, isla casi meridional en la costa este del Africa proconsular. A fuerza de lanzar su esparavel entre dos sabbats* sobre los pescados de los grandes fondos, el "joven corzo" Capreolo había llegado a ser un excelente reciario, cuyas cabriolas y fintas danzari- nas, repentinos lanzamientos de red e imprevistos golpes de tridente habían hecho ya doce victimas. Cuando iba a luchar a Rávena o a Nápoles, a Ancona o a Clusium**, Kaeso esperaba su regreso con atribulada impaciencia. Pero el enjuto y moreno muchacho volvía siempre y excla- maba riendo: "¡He vuelto a atrapar un gran pez!". Kaeso se entendía mucho peor con Amaranto, disipado y vicioso hijo de familia, a quien su imprevisión había con- ducido derecho al rancho del ludus. Algunos años antes, un munus pompeyo se había convertido en riña y la acalorada plebe de aquella ciudad había masacrado a la gente de la ciudad rival de Nuceria que presenciaba la representación. Amaranto, que se distinguió matando al azar a cuantos le dio la gana, estuvo a punto de ser juzgado y se libró por los pelos. A Pompeya le fueron vedados los juegos durante diez años, pero la querida titular de Nerón, Popea, que se- gún decían era originaria de aquella ciudad, había arreglado las cosas, y agradecidas inscripciones a la gloria del Princi- p e florecieron en los muros de esa ciudad sanguinaria, que los dioses se encargarían de castigar cualquier dia... * Sábado, día de descanso para los judíos. (N. de la T.) ** Antiguo nombre de la actual Chiusi, en Toscana. (N. de la T.) 98 99 El ludus ofrecía igualmente a Marco y a Kaeso toda la li- bertad para iniciar y perfeccionar su educación hípica, que los romanos y los griegos consideraban el complemento in- dispensable de una aristocrática y cuidada educación. Los griegos y los romanos, pueblos mediterráneos de regiones montañosas, no tenían ninguna afinidad natural con el ca- ballo, al contrario que ciertos pueblos de las estepas que se 1 1 . 1~ pasaban la vida en ía silla; ese lujoso animal casi mitologico les daba más bien miedo. Los dos sementales de Tirano (nunca castraban a los caballos), Bucéfalo y Formoso, salían de las caballerizas lucanas de Tigelino, un ambicioso de Agrigento, que ha- bía llegado a ser prefecto de los vigilantes tras la desapari- ción de Agripina, mientras esperaba algo mejor. Eran deli- cados productos árabes de cuello de cisne, con azogue en las venas, cuyos pelajes negros relucían al sol. Tirano cui- daba sus caballos con tanta más atención cuanto que su existencia de "esedario" dependía de la rapidez y soltura de sus graciosas evoluciones. Toda la táctica consistía en llevar con precisión el carro para no perder en el choque, y en el éxito confluían la calidad del tiro, la pericia del cochero y la habilidad del "esedario", vestido de guerrero bretón. Bucéfalo y Formoso tenían un establo para cada uno, donde piafaban libremente sobre adoquines pequeños y bien secos. Comían, cuando era la estación, buenos y ver- des forrajes, y heno cuando llegaba el frío; y en su ración había, según fuese el año bueno o malo, cebada temprana o cebada ladilla con una pizca de sal de invierno -pero nunca avena, esa hierba mala y loca que volvía a los semen- tales caprichosos y lunáticos. La vis pera de los munera, mez- claban en su cebada bulbos de as fódelo, alimento de po- bres cuya proporción de azúcar favorecía sus prestaciones sin ~or ello ponerlos nerviosos. A tal casco, tal caballo", se complacía en repetir Tira- no, y en consecuencia vivía a los pies de sus bestias. Había hecho habilitar, detrás de los comedores y del pozo, un área de piedras redondas gruesas como ambos puños, con- tenidas por un cuadrado de planchas, donde los dos anima- les abozalados pateaban durante horas para endurecerse los cascos. Y las primeras clases de equitación de Marco y Kaeso versaron sobre los múltiples herrajes a adoptar según las circunstancias, de to dos los cuales estaba el almacén bien provisto. Había herrajes para las carreteras, para todo te- rreno, para la lluvia y hasta para el hielo, que poco se veía en Roma pero se encontraba en los Apeninos del norte o en los Abruzos. Tirano, haciendo honor a su apodo de gla- diador, no salía nunca sin una colección de herrajes, prepa- rado para cualquier eventualidad. Pues sobre la arena de los circos o las arenas, los caba- llos llevaban los cascos libres, pero la mayor parte de las veces había que proteger unos órganos tan esenciales y frá- giles contra las asperezas del camino. Habían oído, en labios de viajeros, que algunos bárba- ros lejanos fijaban a veces sus herraduras con clavos, estú- pida y grosera solución, ya que si la parte delantera de un casco no se mueve, el pie desciende al contrario en la caja córnea y el cojinete plantar se aplasta a cada contacto con el suelo, separando además los dos talones del casco. Cual- quier herraje con clavos se soltaría en seguida si sólo estu- viese fijado en la parte delantera, y si lo clavaban en la to- talidad de la superficie, la parte trasera del casco no podía jugar con normalidad y el animal sufría como si llevara za- patos demasiado estrechos, al impedirse el vaivén normal del cojinete. Otro inconveniente: como el casco crecía con rapidez, una herradura clavada, mal adaptada desde el prin- cipio, lo estaría cada vez menos a medida que pasaran los días. Así pues, los herrajes de las regiones civilizadas sólo se encajaban en la parte delantera del casco, es decir, cubrien- do la pinza, la masa y el contrafuerte, protegiendo el órga- no tanto en horizontal como en vertical, y dejando libre la parte que tenía que estarlo. Esas sandalias hipomóviles se ataban simplemente por detrás a la cuartilla, en la escota- dura entre el casco y el hierro. Así las podían quitar, oner y cambiar con la mayor facilidad, de manera que la perra- dura -cuando se consideraba útil- estuviera siempre en armonía con los azares de la ruta. Pero las retiraban cada noche para dejar que el casco respirase sobre forraje seco. Marco y Káeso aprendieron en seguida a abrir la boca del caballo para des izar en ella un bocado flexible y bien articulado, a montar a horcajadas y a pelo, agarrando la lar- ga crin con la mano izquierda, y a montar también por la derecha, pues para un jinete sorprendido por los bandidos la menor fracción de tiempo o ía ser vital. Y, por último, aprendían a montar a la perezosa, con ayuda de uno de los mojones ad hoc* que jalonaban las grandes Vías, o apoyan- do el pie en las manos unidas de alguien servicial. Un prin- cipio sagrado de la educación romana, tanto en literatura como en el arte hípico, era empezar siempre por lo más dificil. Más tarde consiguieron una buena silla, con los flancos * Para eso, a propósito. (N. de la T.) loo 101 de la montura bien ap retados entre los muslos, las piernas libres y sueltas: un ca alío se dominaba y dirigía en primer lugar con los músculos de debajo de la cintura. El jinete tenía, literalmente, que formar un solo cuerpo con su animal. Cuando, después de innumerables caídas, se hicieron poco más o menos con a9uellos fogosos sementales que el menor olor a yegua hacia brincar, Tirano los autorizó a cinchar una gualdrapa para proteger sus calzones de piel, pero bien se veía que para ese taciturno purista, tan oscuro de vello como de expresión, la gualdrapa, que disminuía la precisión del contacto, no era sino un recurso decadente. Al fin, luego de algunas demostraciones ante su encan- tado padre -Marcia tenía demasiado miedo para asistir-, los dos jóvenes jinetes pudieron trotar por la Vía Apia, du- rante esas tardes de buen tiempo en que se daba cita toda la elegancia de Roma, entre el olor salubre de los pinos y las melancólicas y familiares hileras de tumbas, que invita- ban tanto al goce como a la paz. VII En la primavera del noveno año del reinado de Nerón murió el eminente Burro, prefecto del Pretorio y amigo de Séneca, cuya moderadora influencia declinó. La Prefectura del Pretorio, cargo capital ya ue de él dependían los pre- torianos, fue repartida entre e eficaz Tigelino y el pálido Faenio Rufo, un galo, antiguo protegido de Agripina, que se había labrado una reputación en la Prefectura del Ano- nao. El año precedente, Flavio Sabino (hermano del futuro Vespasiano) había sido nombrado prefecto de la ciudad. Llegado el verano, Nerón, divorciado de Octavia y casa- do en segundas nupcias con Popea, mandó matar a la her- mana de Británico, que había sido su esposa durante once años. Pero, como al emperador le gustaba decir bromean- do: "¡Octavia sólo tenía las insignias del matrimonio!". Se iniciaron entonces numerosos procesos de lesa ma- jestad contra senadores sospechosos, y fueron condenados a muerte, entre otros, Rubelio Plauto y L. Fausto Cornelio Sulla Félix, colega de Aponio Saturnino entre los Arvales. Rubelio Plauto descendía de Livia, segunda mujer de Au- gusto, por vía de Tiberio. Y el infortunado Félix era el hijo de Domicia Lépida, una de las. dos tías de Nerón, víctima ella misma de Agripina al final del reinado de Claudio. El matrimonio de conveniencia entre el emperador y el sena- do había terminado. Ahora que Marco y Kaeso habían líegado al término de sus estudios de gramática y poseían su ficient es citas clási- cas de Homero o de Virgilio, el problema de establecer a los dos jóvenes se a udizaba, y las dificultades eran contra- dictorias: uno era c~emasiado apagado, el otro demasiado brillante. Las aptitudes de Marco no iban mucho más allá de mantenerse sobre un caballo y dar estocadas, confun- diendo a veces a Eneas con Aquiles. Kaeso demostraba ap- titudes para todo. * Provisión de víveres para 1 año. (N. de la T.) 103 102 Una noche de finales de septiembre, cuando Popea es- taba encinta de cinco meses y Nerón se sentía feliz, cuando Lucano terminaba febrilmente su Farsalia y Persio se deba- tía en las angustias de su última enfermedad, Marcia y Mar- co, sentados en el falso atrio, abordaron una vez más el tema que más les preocupaba. Todo el mundo dormía en la ínsula, un rayo de luna flena iluminaba suavemente el lu- gar, el risueño Príapo enarbolaba como un dardo su enor- me miembro* (cuyo retraído prepucio semejaba los labios de una mujer en torno a un bucólico glande), y el salto de agua que gorgoteaba en el estanque hacía una fresca y agradable competencia al acostumbrado rumor nocturno. -Está claro que nos hacen falta protectores -dijo Marcia-. ¿Pero cuáles? Agripina y sus amigos, que ademas nos dieron de lado después de todo lo que hicimos por ellos, cayeron en desgracia poco tiempo después del co- mienzo de este reinado, y a la madre de Nerón la pringa- ron hace cuatro años en un último asesinato, que resultó ser el suyo... -¿Vitelio? -sugirió Marco-. Tú conoces bien a Vite- lio, que sigue siendo tu tutor... -¡Lo conozco demasiado bien! Estamos reñidos, poco más o menos. ¡Era un hombre insoportable, se hubiera co- mido un erizo sobre el vientre de cualquiera! Y el pobre Sulla Félix, que me había dado esperanzas, acaba de com- partir la suerte de Agripina. Vipstanio Aproniano es viejo como las calles y no sale de su carrito. En cuanto a Salvio Otón, ese gracioso complaciente que sucedió a su padre entre los Arvales, bien sabes que Nerón lo mandó a Lusita- nia como gobernador y allí está, criando moho, desde hace cinco años. ¡Después de ponerlo todo patas arriba para confiarle al Príncipe su Popea, todavía pretendía ser el amante de su mujer! Un cornudo no debe abusar nunca de su suerte. -¿Y los demás? Africano, Régulo, Mesala Corvino, los dos Pisón... -Africano pagó la reparación de la terraza. Régulo -que está enfermo- construyó el atrio. Corvino se ocupó del hipocausto e hizo aumentar la caldera de piedras volcá- nicas refractarias del Etna. Los Pisón renovaron las letrinas y se tomaron el trabajo de amueblarnos la casa. Es difícil que vuelvan. Cada mujer tiene un precio, Marco, y cuando un hombre paga, el amor que compra no lo predispone a la amistad. Además, ahora tengo más de treinta años... * Príapo era el dios de los jardines, las viñas y la generación. Personificaba la virilidad. (N. de la T.) 104 Era la primera vez que hablaban de los amantes de Mar- cia con tanta franqueza. Cierto que el porvenir de los niños estaba en juego y que la sobrina ya no tenía pudor ante su tío, desde el momento en que el interés de Kaeso man- daba. Con toda naturalidad, yendo de Vitelio a tantos otros, Marcia se había convertido en la ninfa Egeria de los Arva- les, esa ninfa a la medida que antaño el rey Numa había fin ido consultar en secreto para engañar mejor a su gente. yMarcia incluso había contribuido a la felicidad de algu- nos colegas de los piadosos glotones que, entre los banque- tes de soberbias carnes cuyo olor regocijaba las narices de los dioses, apreciaban una carne to clavia más fina, que re- servaba todo su perfume para ellos. En su momento, ha- bían participado en los gastos de la casa y dejado agrada- bles piezas en el joyero de la joven. Al principio, Marco, que sufría cruelmente, había im- g~iesto a Marcia unas relaciones amargadas; después se ha- resignado a todo. ¿Cómo echar a una madrastra a quien los niños adoraban, a una mujer con tales dotes para llevar una casa? Así que había cerrado los ojos con empeño, con- solándose un poco gracias a la idea de que sus lamentables asiduidades con la sobrina no habrían impresionado, sin duda, la memoria de unos niños demasiado jóvenes para recordar y comprender. Si un mal azar quería que el paren- tesco de los cónyuges fuera descubierto algún día por uno u otro, podría defender con todos los acentos de la buena fe la tesis de un matrimonio tan blanco como el extrava- gante munus senatorial y ecuestre de Nerón. Pero esa noche la franqueza de Marcia, a pesar de que casi la había solicitado, hirió a Marco. Una luz demasiado cruda traspasaba por fin la bruma de sus cómodas dimisio- nes. -Con la reputación que has debido de hacerte después de catorce años -dijo con amargura-, colmando con tus favores al sacerdocio más gastromaniaco de la ciudad -¡y eso sin hablar del resto!-, no me sorprende no haber saca- do gran cosa y o mismo de mis colegas Arvales, a despecho de las razonables esperanzas que cobijaba. Habrían estado autorizados a decirme: "¡olvídalo, buen hombre, ya hemos dado bastante!". -~Habrías conseguido hacer relaciones provechosas tú solo, tras la pérdida de tus bienes? Cuando te llevé al ma- trimonio no tenias otro amigo que tú mismo, ¡un amigo que no escatimaba sarcasmos! ¿Fui yo, por casualidad, quien te impidió obtener las recomendaciones y favores de esos Arvales riquísimos, o de amigos de la corte, cuando, al final de cada festín sacrificial se hallaban de buen humor, 105 ahítos de tiernas piernas de ternera, inflados de cécubos opimianos'? Pero tú heredaste trece gladiadores mientras dormías. He comprobado que ciertos infortunios atraen la simpatía, mientras que otros hacen reír y acarrean una re- p utación de desgraciado. Cuando la injusticia de la suerte hace de uno el hazmerreír de la ciudad, el ridículo pesa enormemente y lo sigue a uno durante mucho tiempo. -¿Te habría gustado que me abriese las venas como al- gunos otros a la salida de aquella subasta, vara sentar me- jor reputación? ¿Y acaso fui yo quien pidio desposar a mí sobrina? -Podías haber hecho algo peor. -Eso me pregunto... Para la opinión pública soy un cornudo incestuoso y complaciente, y en cambio no tengo ni mujer ni dinero. -Te haré notar que si yo te soporté durante algún tiempo para no infligir a Kaeso, que es tan sensible, esce- nas espantosas, fuiste tú quien dejó de importunarme cuando Kaeso creció. Y en cuanto al dinero, siempre re- chazaste los préstamos que te ofrecí. -¡Mi última dignidad era no solicitar esas miguitas de estupro! -Dignidad bien sombría y demasiado discreta. -Los dioses me lo tendrán en cuenta. -Te lo deseo sinceramente. -Oyéndote se tiene la impresión de que las mujeres sólo conquistaron su libertad para prostituirse. -¿Serías tan ingenuo como para creer que lo que nos interesaba era la libertad de trabajar? Pero no se prostituye quien quiere. Ha y que tener encanto, capacidad para mirar el techo o el cielo pensando en otra cosa y, en tanto sea posible, ese único y último honor que les queda a las mu- chachas y consiste en deshonrarse sólo por amor. Todas las putas de Suburio tienen un amante de corazón, que les pega y se queda con su dinero. -¡Si tú tienes un amante de corazón, lo ocultas muy bien! -Sí, es un gran secreto entre mi corazón y yo. Marcia se levantó del banco, fue a sentarse en el borde del estanque y tapó con su echarpe el miembro de Priapo, como si la sorprendente alusión al amante ideal resultara 1. Entre los ochenta grandes crudos que se bebían tras quin- ce o veinte años de ánfora, el cécubo era aún más cotizado que el falerno. Los mejores vinos cosechados durante el consulado de Opimio (121 a.C.) se bebían siempre doscientos años más tarde, concentrados por el tiempo en una especie de miel amarga. (N. del A.) incompatible con una obscena turgescencia, aunque fuese de naturaleza divina. Y continuó: -Pensándolo bien, sólo veo un recurso para favorecer a ICaeso... -¡Y a Marco! -Naturalmente. ¡Marco incluso necesita que lo favorez- can por partida doble! Hay que reconciliarse con los Sila- no, en este caso con Décimo, el jefe de la geus, el mayor, y además el único sobreviviente de los tres hermanos, ya que Agripina se desembarazó de los otros dos. Como nunca te han considerado un verdadero protegido de Agripina y ya mataron a la víbora, Décimo no tiene ningún motivo para guardarte rencor. Tampoco eres responsable de la ingrati- tud de tu padre y el tiempo ha pasado... -Es un paso muy delicado. -¿Qué podemos perder? "De M. Aponio Saturnino a D. Junio Silano Torcuato, un muy respetuoso saludo. "Te acordarías mejor de mi si me presentara bajo el nombre de T. Junio Aponio, que fue el de mi difunto pa- dre. No voy a juzgarlo por ha erme hecho perder un pa- tronímico tan ilustre, pero vuelvo a escribirlo ahora no sin emoción, pues nos ha unido desde hace unos ciento cua- renta años a tu familia y para nosotros está cargado de multitud de agradecidos recuerdos. Tengo más de sesenta primaveras a las espaldas, estoy de vuelta de muchas cosas, pero de pronto he sentido el vivo deseo de ir a presentarte mis respetos. No quisiera terminar mis días manchado con una sospecha de ingratitud, y mi posición te dirá que esta iniciativa no es la de un suplicante. Antiguo pretor y Her- mano Arval, tengo bastante como para ser fe lizy satisfacer a una joven esposa cuya belleza es para mí una preocupa- ción antes que un honor y arde por acompañarme en mi visita, pues ya sabes la simpática curiosidad que rodea tu vida y milagros. "¿Pues acaso tu mérito no iguala a tu nobleza, y no es rara tal coincidencia en nuestros días? ¿Podemos deslizar- nos una mañana entre tu clientela y renovar así las viejas costumbres que nos eran tan queridas? ¿A qué otro patrón sino a ti podría yo saludar con este nombre sin enrojecer? De todas formas, ¡que los dioses te guarden con salud! "P. 5.: Vivo en una casa grande detrás de la Vía Subu- nana, a la altura del pequeño mercado de las aceitunas - por no hablar del gran lupanar de los hermanos Temísto- cles, que tantas preocupaciones causa a nuestros ediles. Ya sea aficionado a las aceitunas o a las mujeres, tu correo, si te place, encontrará fácilmente mi puerta. Soy tanto más 106 107 conocido en el barrio cuanto que tengo modestos talentos de abogado, de lo que a veces se benefician tanto los ricos como los humildes." Por cierto que no era costumbre en un cliente -fuera cual fuese su rango- hacerse acompañar por la esposa en una entrevista de protocolo. El gesto se hab ría considerado indiscreto y fuera de lugar. Pero por otra parte no se trata- ba de una visita ordinaria, y el carácter excepcional del ho- menaje podía atenuar la anomalía. Tres días más tarde volvieron las tablillas, y decían: "De D. Junio a T. Junio Aponio, ¡salud! "Ya me habían hablado de ti, de tus dificultades con el emperador Ca y o y de tu reconfortante matrimonio. Inclu- so había oído hablar de los éxitos de tus gladiadores en las arenas de nuestras pequeñas ciudades y de los que obtiene tu mujer en nuestra gran arena de Roma, ya que Vitelio y Otón tuvieron ocasión de revelarme por azar cuán encan- tadora era. Yo también voy teniendo mis años, ya no me quedan prejuicios, y nunca he rechazado a un cliente. Igualmente lleno de curiosidad por verte, y en tan buena compañía, te comunico por medio de mi secretario que podéis venir mañana por la mañana temprano, entre mis clientes privilegiados. Ya que eres antiguo pretor, pasarás detrás de un antiguo cónsul. Espero que te encuentres bien. "P. 5.: Tu amable nota me siguió desde nuestro viejo palacio del Caelio a una pequeña casa del Palatino que ad- quirí recientemente, la cual perteneció antaño a Craso, a Cicerón, a Censorino y, en último lugar, a T. Estatilio Sise- na, que fue cónsul con Escribonio Libo durante el tercer año del reinado de Tiberio. Los herederos de Sisena me la vendieron por menos dinero del que Cicerón pagó por ella. ¿No es extraño?" Esta prosa no era muy halagiteña, pero tampoco cabía pedir lo imposible. Por la tarde, entre la siesta y el baño, Marco, ocioso y ensimismado, se retiró a su cuarto de trabajo contiguo a la biblioteca para abocarse al asunto Libanio. Tal vez Décimo le consiguiera casos más interesantes... El asunto Libanio era de lo más penoso. El protagonis- ta, un hijo de liberto que había hecho fortuna en el comer- cio de cereales, había exigido en su testamento que las sie- te bellezas que constituían su serrallo se mataran entre sí sobre la tumba para rendir honores a sus manes. Exigencia terriblemente pasada de moda, en la que una recelosa pie- dad parecía combinarse con mórbidos celos. El hijo de Li- banio, ofendido por tamaño despilfarro, había intentado anular el testamento en ese punto, pero la hija del difunto, representada por su tutor, había emprendido la defensa de las últimas voluntades de su padre: sin duda las siete ma- drastras habían ocupado, para la sensible joven, demasiado sitio en la casa. Esperando la decisión del tribunal, los bie- nes en juego fueron embargados, y las siete esclavas, que se iban marchitando, aguardaban desde hacía doce años el fallo sobre su suerte. Marco, que defendía por azar la causa de la heredera, tenía la ley de su parte, pero en contra la mala voluntad de los sucesivos pretores, ninguno de los cuales había querido comprometer su responsabilidad en una historia tan desagradable. Desde la llegada al poder de Nerón, un viento de humanidad favorable a la gente mo- desta, e incluso a los esclavos, soplaba sobre la jurispru- dencia. Cuando el prefecto de la ciudad, Pedanio Secundo -predecesor de Flavio Sabino y amigo de Séneca-, fue asesinado por un esclavo que le disputaba un favorito, sólo la insistencia del bloque de los senadores más tradicionalis- tas logró del emperador que la ley fuera aplicada, y los cua- trocientos domésticos de la víctima, en un clima de popu- lachero motín hostil al senado, emprendieron el camino del último suplicio, cargando sus respectivas cruces. Pero el emperador se opuso a la sugerencia de un extremista, que quería que incluso los libertos presentes en casa de Pe- danio en el momento del crimen fuesen deportados. Al día siguiente, por la mañana temprano, mientras la litera de alquiler que debía llegar de la estación del Trasté- vere se hacia esperar, Marco fue en persona a reclamar al lusitano del callejón los alquileres atrasados que se acumu- laban. Los látigos y los collares de hierro para esclavos se vendían mal. En la mayor parte de las grandes casas, las re- laciones entre amos y servidores eran buenas o pasables, a veces excelentes, y los humildes castigaban a sus escasos servidores con las manos desnudas. Todavía se podía hacer castrar a un esclavo o venderlo a un proxeneta, pero los casos eran cada vez más raros y discutidos. Desde la ley Pe- tronia de Augusto, hacía falta la autoridad de una sentencia complaciente para entregar a un esclavo insoportable a las bestias, y Nerón encargó al prefecto de la ciudad que reci- biera e instruyera las quejas que le sometiesen los esclavos contra la supuesta injusticia de sus amos. La demagogia im- perial se mofaba del derecho de propiedad. Por otra parte, una confusa filosofía, ajena a Aristóteles, había extendido la idea de que los esclavos podrían tener una especie de alma, y la lógica de hechos deplorables aña- 108 109 día leña al fuego: cuando un esclavo liberto como el riquí- simo Palas, amante de la fallecida Agripina y alma conde- nada al fuego, ambicioso que Nerón acababa de hacer ma- tar, había lo~ rado alcanzar el rango de ministro, era difícil no concederle, ya que no un alma bien definida, al menos un poco de espíritu. Furioso ante la mala voluntad del lusitano, Marco orde- nó que retiraran la escalera que comunicaba su taberna con el entresuelo. Ese medio depresión contra arrendata- nos recalcitrantes había llegado a ser clásico, e incluso la expresión "quitar la escalera" se había convertido en pro- verbio. La litera llegó por fin. Para aquella importante visita, Marcia se había arreglado como una patricia virtuosa, so- bria y refinada; había renunciado a los colores demasiado vistosos, a las joyas demasiado llamativas. Ella misma había ayudado a Marco a vestir su más hermosa toga. En la gastada litera, los dos cónyuges recapitulaban todo lo que se sabia de Décimo -tarea bastante yana, ya que el margen entre la realidad y las habladurías podía ser grande. Una hermana de los tres hermanos Silano, Junia Lépida, se había casado con C. Casio Longino, descendiente del asesino de César y célebre jurisconsulto -el mismo que había abogado brillantemente en el senado por la crucifi- xión de los cuatrocientos esclavos de Pedanio Secundo. Y los dos esposos habían educado en el culto de las virtudes estoicas a su sobrino Lucio, hijo del infortunado Marco, sa- crificado por Agripina ocho años atrás. Pero el estoicismo de Décimo pasaba por ser menos rígido, inspirado tal vez en la notable suavidad del de Séneca. De elevada cultura, esteta y diletante, Décimo se enorgullecía de su parentesco con Augusto, pero el peligro que ahora representaba para él, tras el trágico fin de sus dos hermanos, lo había aparta- do de cualquier ambición política. Se contaba incluso que, desesperado por una existencia tan incierta, en el ocaso de su vida se había lanzado a un frenesí de suntuosos derro- ches y elegantes placeres. Era, en resumen, un estoico del tipo mundano y escéptico, más preocupado por embellecer sus últimos años que por filosofar con rigor. Tales disposi- ciones ofrecían a Marcia posibilidades prácticas que seria una pena desaprovechar. Aún no se había disipado la ligera bruma matinal de septiembre cuando ya la casa de D. Ju- nio Silano Torcuato estaba sitiada por los clientes. Unos, llegados a pie con su estrecha toga y sus chanclos infor- mes, se habían aglomerado en compactos racimos a lo lar- go de las escaleras que, partiendo de la Vía Triunfal, trepa- b an hacia la fachada del edificio sobre la ladera sudeste del monte Palatino. Otros, con togas más amplias y calzado más decente, habían dado la vuelta por la cuesta de la Vic- toria y las callejuelas que la prolongaban. Como las puertas aún no estaban abiertas, Marco y Mar- cia se mezclaron con el grupo bastante restringido de los clientes de primera fila para armarse de paciencia. La nie- bla se levantaba poco a poco. La "casita" de Cicerón, a la que Silano había hecho alu- sión en su nota, sólo era pequeña para un Silano. De todas maneras, Cicerón había pagado por ella 3.500.000 sester- cios y le había añadido un jardín. Desde la entrada se dis- tinguía, hacia el sur, el bello panorama campestre del que habla Cicerón en su Pro domo: las laderas de Esula, las cum- bres de Tibur*, de Tusculum y de Alba. La rama del Acue- ducto Juliano que llegaba al Palatino después de regar el Caelio separaba la casa de Cicerón de la de Clodio, mu- cho más grande, que el tribuno adquiriera antaño por 14.800.000 sestercios. ¡Era divertido pensar que las mora- das de Cicerón y Clodio, enemigos íntimos, sólo estaban separadas por los arcos monumentales de un acueducto! Más lejos todavía, hacia el norte, se alzaba una casa que ha- bía pertenecido a Escauro. Hacia mucho tiempo que el em- plazamiento estaba en oferta. Se abrió una pequeña puerta y los clientes de primera fila fueron guiados hasta el atrio, desde donde debían ser introducidos por orden jerárquico en el tablínum, lugar don- de se conservaban los archivos familiares y donde el dueño se disponía a recibirlos brevemente. Después se abriría la gran puerta para las segundas en- tradas, reservadas a los clientes que solo estaban vinculados a un patrón, y en consecuencia se mostraban asiduos. Cuando el vasto atrio estuviera lleno, Silano echaría un vis- tazo por la rendija de la espesa cortina que separaba el ta- b1ínz~m y el atrio, para comprobar que no se a a a p resen- te ningún indeseable, y pasaría al atrio, donde los visitantes le rendirían homenaje. Entre los privilegiados de esta cate- goría reclutaba el dueño cada mañana a los "acompañan- tes" que lo escoltarían al Foro y a los "predecesores" que sólo tenían tiempo para acompañarlo a la puerta. Al final estaban todos los demás, el conjunto famélico de los que entraban en tercer lugar, esforzándose por sacar algunos sestercios en las casas de diversos patrones, y que se limitaba a un humilde saludo. Al nomenclator** le costaba * Hoy Tívoli. (N. de la T.) ** Esclavo encargado de nombrar a su amo los ciudadanos con que se encontraba. (N. de la T.) 111 110 trabajo acordarse del nombre de cada individuo, y a veces decía un nombre inventado sin que el infortunado osara protestar. El tropel de los terceros era grande y el benefi- cio incierto, pues la admisión dependía de la forma de un- tar la mano del portero a partir del primer obstáculo que ponía. Lejos estaban los tiempos en que los clientes co- rrientes llegaban con toda clase de recipientes para recibir una sportula alimenticia en especias. Estaba de moda la spor- tu/a monetaria, distribuida al final de la visita por un 'dis- pensador", se ún unas tarifas bastante bajas que tendían a uniformarse de casa en casa. Para los señores a quienes la política estaba desaconse- jada, la clientela había perdido importancia y apenas era más que un nostálgico derroche de vanidad. Tras la recepción del antiguo cónsul, la cortina del tablí- num se levantó para Marcia y Marco, que penetraron en el sanctasanctOrum. Décimo era grande y esbelto, de rostro aquilino, ojos claros y cabello nevado. Llevaba una túnica de fino algo- dón azul amatista, adornada con algunos elegantes plisa- dos. Sus sandalias eran doradas, y mientras hablaba con soltura jugaba maquinalmente con su anillo, como para im- primir un sello propio a los pensamientos... ~Siempre es una sincera alegría, Marco, recuperar a un cliente al que uno podría haber dado por perdido -y más aún recuperarlo en calidad de magistrado curul hono- rario. y Hermano Arval en ejercicio. ¡Cuántos libertos se muestran ingratos cuando encuentran a quienes les dieron la libertad! Y cuando los honores se acumulan sobre una cabeza, con más razón se apresura el hombre a olvidarse de los antiguos bienhechores, como si esos honores hubie- ran sido posibles sin la libertad que los generó. Tu iniciati- va me emociona tanto más cuanto que es cada vez más rara. Y velaré por que te traiga felicidad según tus méri- tos. Marcia hizo resbalar el chal que velaba a medias su ros- tro y dijo: -Hace un momento mi marido me repetía una vez mas que su modesto éxito sólo era una emanación de todas las hazañas que han honrado a tu familia desde Torcuato; que la mayor virtud de la gloria era inspirar el gusto por ella, y que por lo tanto le correspondía rendirte homenaje por lo que ha podido llegar a ser gracias al buen uso de una liber- tad que ya su bisabuelo conoció durante la égida del muy llorado Tiberio Junio. Si son necesarias cuatro generacio- nes para hacer un hombre honrado, es en el fondo a Tibe- rio a quien Marco debe todos sus méritos. Algunos, es cier- to, hab rían tenido la ingratitud de olvidarlo. Marco está orgulloso de ello, pues no a todos les es dado obtener su libertad de una fuente tan ilustre y ejemplar. Décimo había hablado distraídamente y escuchaba de la misma manera. Le rogó a Marcia que arreglara su velo, que lo hiciera resbalar un poco, un poco más, un poco menos... Con ojos extasiados, refirió a Marco: -Cuando uno llega al Foro de los Bueyes, entre el arco de Jano Cuatrifronte y el Toro de Bronce traído de Egina, dando la espalda a la Basílica Sempronia y de cara al pe- queño templo circular de Hércules Vencedor, puede ver a la derecha de este último el templo de la Fortuna Virgen, y a la izquierda el templo del Pudor Patricio, al que Tito Li- vio, entre otros, hace alusión en su libro X. Esos tres tem- píos se cuentan entre los más antiguos y venerables de Roma. El de Hércules se atribuye a un tal M. Octavio Her- seno. El de la Fortuna Virgen fue construido por el rey Servio. El del Pudor Patricio fue fundado por uno de mis antepasados; es el templo de mi geus y el sacérdote siempre forma parte de nuestrafamílía. "Sin embargo, hace ya mucho tiempo, un incendio es- tropeó la estatua de bronce del Pudor Patricio, que perdió la cara. Hace años que trato de ingeniármelas para hacer sustituir esa obra de arte por una estatua de mármol blan- co, pero ningún proyecto me gustaba. Actualmente hay en casa cinco o seis "Pudores Patricios" de los más grandes escultores detenidos en su ejecución; son producciones es- timables, técnicamente perfectas, pero no tienen nada ni de púdico ni de patricio. Tal vez la época sea la causa... "Pues bien, el modelo que me hace falta acaba de sor- prenderme cuando tu mujer ha hecho resbalar graciosa- mente su velo. Es el Pudor Patricio en persona, tal como yo lo soñaba sin poder precisar sus rasgos. "Me advertiste que no venias como pedigúeño. Esta no- ble actitud me anima a pedirte yo mismo un gran servicio: que tu Marcia pose para Polieucto, que trabaja con Zeno- doro y algunos otros en el coloso neroniano y solar de ciento veinte pies previsto para la Casa del Tránsito. Este cambio le servirá de descanso. Marco se mostró entusiasta; Marcia, mucho más reser- vada... -Sería muy halagúeño para mí, Décimo, ver a mi pu- dor recibir por fin la eternidad del mármol. Pero sé cómo trabajan los escultores de la clase de Polieucto cuando se trata de obras de este género, en las que la gracia es esen- cial. Y los grandes pintores de caballete hacen lo mismo. Dibujan primero el modelo desnudo y lo visten después, de manera que el drapeado, en vez de parecer pegado al cuerpo, despose formas llenas de vida. Tú sabes lo que son 112 113 los talleres de artistas y cuánto sufriría en ellos el pudor - ¡incluso si es plebeyo! Décimo se apresuró a garantizar que serian tomadas to- das las precauciones para cuidar el vivo pudor de Marcia, y Marco unió alentadoramente su voz a la de aquél. Marcia suspiró muy fuerte y se rindió. Resplandeciente, Décimo hizo llamar a un intendente, ordenó que fueran a buscar en el acto a Polieucto y que despidiesen a la clientela con el pretexto de una súbita in- disposición, no sin antes distribuir las sportu/ae. Mientras esperaban a Polieucto pasaron al peristilo ad- yacente, rodeado por una rosaleda en plena floración, y pa- searon ante las galerías de estatuas que hacían del lugar un sorprendente museo, fruto de un pillaje intensivo en Gre- cia, las islas, Alejandría y Asia .Alli estaban re presentados Escopas, Leocares, Lisipo, Cefisodoto, Timarcos, Tisícrates, Timoteos, Briaxis, Doidalses y los dos Boetos. Las estatuas más recientes tenían siglo y medio y estaban firmadas por Dionisos y Timarquides. Como el sol ganaba altura, Décimo llevó a sus huéspe- des a una exedra, donde estaban expuestos cuadros de los más grandes maestros griegos: Silanión, Nicias, Atenión, Apelo, Protógeno, Filoxenos o Eubulides. Marco se perdía en cálculos para intentar imaginar cuánto podían costar la estatuaria y la pintura presentes, y el resultado era pavoroso. -Mis obras de arte más bellas, las más antiguas, las pie- zas verdaderamente únicas -dijo Décimo con indolencia- están reunidas en mis villas de Tibur, De Antium y de Ba- yas. Estimo que el aire de Roma, donde respiran tantos seres groseros, no es demasiado favorable a la conserva- ción. -Y sin embargo -hizo observar Marcia- yo he visto, como todo el mundo, cuadros de Antifilo, Artemón o Po- lignoto colgados casi al viento bajo los pórticos de Octavia, Filipo o Pompeyo. Y no hablo de las galerías de las termas de Agripa o de las nuevas termas de Nerón... Roma está atestada de cuadros que parecen encontrarse en bastante buen estado. -En efecto, detentan una notable longevidad. En pri- mer lugar, los más importantes están pintados sobre una trama en corazón de alerce, esa parte color de miel que los griegos llaman oegida. El alerce, que viene de los Alpes o de los bosques de Macedonia, es la madera que mejor resiste a la intemperie. Los cuadros pequeños están ejecutados so- bre marfil o boj, cuya resistencia también es admirable. Después se pasa un barniz azul especial sobre las planchas. Por ejemplo, el pintor sólo utiliza cuatro colores muy esta- bles: blanco, amarillo, rojo y negro; y esos colores, o su mezcla, se emplean en estado de usion, desleídos en cera humeante cerca del caballete por los pequeños esclavos del artista. Trescientos años más tarde, tales cuadros parecen recién salidos del taller. -¿No sería más sencillo pintar, por ejemplo, sobre tela? -SEso ya se hace con los vestidos femeninos, y rara- mente pasan a la posteridad! La tontería produjo a Marcia una encantadora turbación y su interés se desvió hacia una mesa redonda con base de trípode que decoraba el centro de la estancia. Las patas eran de bronce dorado, y el tablero de una madera precio- sa cuyas vetas imitaban en algunos lugares, de manera sor- prendente, a los ojos de la cola de un pavo real. -Perteneció a Cicerón -precisó Décimo-. Es la pri- mera mesa en madera de cidro que se ha visto en Roma. -Dicen que pagó por ella un millón de sestercios - dijo Marco-. Y hasta nuestros días es el precio más alto~ pagado por un cidro de primera calidad. -¿Por qué siguen siendo tan caras estas mesas? -le preguntó Marcia a Décimo-. ¿En qué reside su rareza? -El cidro es una especie de ciprés o tuya que crece en los bosques lejanos de Mauritania o de Arabia Pétrea. En ebanistería de lujo sólo emplean los nudos veteados que presenta en la base, y a menudo no alcanza un grosor sufi- ciente como para cortar transversalmente un hermoso ta- blero de mesa. Las dificultades se acumulan. Décimo acarició la pulida superficie de la mesa con aire ensimismado y continuó: -Ya que eres abogado, Marco, podrás darme un buen consejo. Compré la mesa y la casa por un precio ridículo, y creo que al fin entiendo la razón... Ayer, tras la caída de la noche, estaba mirando estos cuadros antes de acostarme. A la luz de las lámparas adquieren ciertos tonos cálidos que aprecio mucho. "Yendo de una obra a otra, pasando de este Embarco a Citerea a este Tonel de las Danaides, lancé por azar una ojeada al busto de mármol negro de Cicerón que veis allí.., cuan- do de repente un horrible gemido resonó a mi espalda. Me volví: la cabeza de Cicerón estaba sobre la mesa y me mira- ba fijamente. Tuve tiempo de hartarme antes de que desapareciera. Tras un horrorizado silencio, Marcia preguntó: -¿La cabeza era negra o blanca? -¿Qué importa eso? -¿No has notado, Décimo, que una imagen puede gra- barse en nuestros ojos de tal manera que se nos aparece 114 115 todavía un momento si fijamos la mirada en otra parte? ¡Yo misma te veo todavía cuando cierro los ojos! La observación impresionó a Décimo, que reflexionó y dijo tristemente: -No. La cabeza estaba ahí, más bien lívida, tal como la cortó el centurión de Antonio cuando Cicerón estiró el cuello fuera de su litera, en las orillas de Gaeta, donde lo retuvo el mareo. -¡Cicerón es, con toda seguridad, la víctima más ilustre del mareo! Y sus manos, que escribieron las Filue generaban temibles revueltas. Y durante la mala estaclon, los marinos de co- mercio, que temían m~iis aún el tiempo cubierto que las tempestades, se negaban a salir a alta mar. Para tranquili- zarlos era absolutamente imprescindible contar con una buena estrella. En cuanto a los largos barcos de guerra, que los remos volvían independientes del viento, el tiempo cu- bierto no les gustaba mucho más, y su fragilidad los trans- formaba en esquifes si Neptuno se ponía de mal humor. Así, en el curso del invierno, y durante semanas, la comu- nicación marítima más corta entre Italia del Sur e Italia meridional, entre Brindisi y Dirraquio*, se veía interrumpi- da. Pero si el correo -imperial o privado- se veía obliga- do a dar un gran rodeo por las rutas terrestres de la costa dálmata, en cuyas escotaduras algunos tenaces piratas insis- dan en anidar, los riesgos podían ser peores. Así que el invierno del 815-816 se consumió en la espe- ra. Décimo, Marcia y su casto cornudo esperaban la res- puesta de Atenas, por donde quiera que llegase. Marco pa- dre esperaba además alguna caústrofe. La adopción de Kaeso le parecía demasiado hermosa para ser verdad, y el * Actualmente Durazzo. (N. de la T.) fructíferO matrimonio de Marcia con Décimo más hipotéti- co aún. La misma Marcia, preocupada por las sibaríticas va- caciones de su amante, exilio que no parecía testimoniar una pasión incondicional, esperaba que una mala mujer, li- bertina, falsa y codiciosa le echase el guante, y alentaba a Kaeso para que le escribiera a Décimo líneas amables y afectuosas. Marco el Joven esperaba revestir su coraza para deslumbrar a los germanos. El único que no esperaba nada era Kaeso, porque había nacido con un alma ingenua y pura, aunque romana. En enero, la emperatriz Popea dio a luz a una pequeña Claudia Augusta, lo que fue para los Arvales una suntuosa oportunidad de sacrificar y festejar. Nerón estaba radiante: podía nacer un hijo que aseguraría la descendencia. Verdad era que, a fuerza de asesinatos, las filas de los Julio y de los Claudio habían disminuido mucho. Por fin, a finales de febrero llegó de Atenas una res- uesta favorable que Décimo mandó a casa de los Aponio. prop jo Marco informó a Kaeso del nuevo favor p atro- nal, y el adolescente, loco de alegría, se precip itó sobre su papiro para darle las gracias a Décimo con efusión. No so- lamente el patricio pagaba el viaje, sino que añadía una bolsa muy decente, que en Atenas debería ser mensual- mente regulada. Ya que con los Idus de marzo se reanudaba la navega- ción, Kaeso sólo tenía tiempo para hacer su equipaje y di- rigirse, a través del Latium, a la gran estación marítima campania de Puzzolas, de la que partían numerosas líneas comerciales hacia España, Africa u Oriente. Al pedagogo Diógenes, quien había obtenido la libertad y daba clases en una escuela primaria del populoso Trastévere, le rogaron ~ ue acompañara a Kaeso; no se hizo repetir la invitación OS veces. La víspera de su partida, el estudiante dijo adiós a sus maestros de gramática, a sus compañeros, a los gladiadores y a los caballos, y para terminar recibió piadosamente los buenos consejos de sus padres y de su hermano mayor, de los cuales el principal era desconfiar de los griegos, aún más embusteros en su país que en cualquier punto del exterior. En principio, Kaeso estaba advertido. 126 127 VIII El día de los Idus de marzo en que Kaeso y Diógenes se embarcaron hacia Atenas, Pablo y Lucas tomaban hacia la española Cartagena un barco que no gozaría de vientos tan favorables. Pablo le tenía fobia al mar, al que sin embargo no deja- ba de recurrir. Tres años antes, en otoño, había naufragado otra vez, mientras lo conducían de Cesárea a Roma para ser procesado, y había permanecido bloqueado en Malta du- rante todo el invierno. Después, en primavera, las velas se hincharon otra vez y Pablo pasó de Siracusa a Regio y de Regio a Puzzolas, donde ya existía una comunidad de cris- tianos. Dos hermanos de Roma, advertidos de su llegada, fueron a su encuentro hasta las Tres Tabernas e incluso hasta el Foro de Apium, pequeña localidad situada al prin- cipio de las marismas Pontinas. Puesto que los cristianos se reclutaban sobre todo en las regiones marítimas, el barco era un instrumento de evangelización más práctico que la carretera. Durante dos años, Pablo había estado a la espera de su proceso, bajo el régimen privilegiado de la custodía mílitarís preventiva: la muñeca derecha siempre encandenada a la muñeca izquierda de un soldado de guardia, el prisionero tenía empero libertad de movimientos en la casa que había sido autorizada a acogerlo, y era libre de recibir en ella a quien quisiera. Pablo había encontrado asilo en casa de un judeo-cristiano de la Puerta Capena. En aquel barrio, los Judíos eran numerosos; por la Vía Apia y por esa puerta se llegaba de Puzzolas y el pueblo elegido era un gran viajero. Una comunidad más importante aún se había establecido al otro lado del Tíber, en el miserable Trastévere, pues la Lyor parte de los judíos eran pobres. Al final, los acusa- res dé Cesárea no se habían presentado en los plazos le- Lles, Pablo había sido liberado y experimentaba nueva- Lente la felicidad de orinar solo, sin que ningún patán :iera reflexiones sobre su rabo cortado. No obstante, sus entativas de convertir judíos romanos habían arrojado es- 3.50 éxito. Decepcionado, Pablo se apresuró a abandonar 129 la ciudad con su inseparable Lucas para hacer el viaje a Es- paña, con el cual soñaba desde hacia tanto tiempo. Las las- civas bailarinas de Cádiz, cuyas castañuelas -llamadas "crótalos"- alegraban los festines por doquier, anunciaron a los cristianos del Imperio que debía de haber almas a las que informar y seducir en el origen español de aquel impú- dico ruido. En resumen, el desgraciado proceso había retrasado a Pablo cinco años y, acodado en la barandilla de la embarca- ción, frotándose maquinalmente la muñeca derecha con la mano izquierda, volvía a ver apasionantes peripecias mien- tras se alejaba la tierra donde los cristianos de Puzzolas quedaban expuestos a las asechanzas de los demonios y las cavilaciones de los falsos profetas. Los diablos y los here- jes, sobreexcitados por las raras virtudes del apóstol, cre- cían tras los pasos de Pablo como hongos tras una lluvia de gracias... Cinco años antes, tras su sermón de Pentecostés ante los judíos de Jerusalén, estuvo a punto de ser gravemente herido una vez más y, siguiendo una buena costumbre, se arrojó en los brazos del servicio de orden romano. Los ju- díos mataban y lapidaban a cualquiera en un parpadeo; los romanos cortaban las cabezas distinguidas con arreglo a las formas, y siempre era bueno acogerse a la demora. Pero fue solamente en el potro de tortura al que lo habían atado para poner en claro el asunto, al alzarse ya el látigo emplomado, cuando se ofreció el malicioso placer de confesar su preciosa condición de ciudadano romano y de presentar inmediatamente como prueba los célebres praenomen* y nomen** del patrón antaño responsable de la naturalización, ya que Saúl sólo era su "sobrenombre" ro- mano. A un ciudadano no se le azotaba. Por el contrario, la palabra de un desconocido o de un esclavo sólo tenía valor en justicia si había sido verificada por una sospechosa coer- ción. Así que lo habían desatado y hecho comparecer ante el Sanedrin, la más alta instancia judicial judía, en cuyo seno había encendido hábilmente una terrible disputa, especu- lando sobre el hecho de que los fariseos presentes creían en la resurrección de la carne, mientras que los saduceos, que tenían entonces el poder político interno, escrupulosa- mente fieles a los más antiguos textos bíblicos, no creían ni en la resurrección, ni en los ángeles, ni siquiera en las retribuciones del más allá. * Nombre. (N. de la T.) ** Apellido. (N. de la T.) Pablo -de educación farisea, es cierto- se había disfra- zado de fariseo perseguido por su fe en la lejana resurrec- ción de quienquiera que fuese, sin dejar de pensar en la única Resurrección que valía la pena, la de su Cristo, anun- ciadora y modelo de otras por llegar. Pero la tosca artima- ña no lo había sacado de apuros. Bajo el peso de una conspiración de asesinato, Pablo había sido enviado de noche, protegido por una considera- ble escolta romana, al gobernador Félix, cuyo pretorio es- taba en Cesárea. Antonio Félix, hermano del liberto Palas, era brutal, di- soluto y codicioso. Se había casado con una judía, Drusila, hija de Herodes Agripa 1 y hermana de Agripa II y de Bere- nice. Drusila había abandonado a su primer marido Azic, el rey de Emesia. Félix se había negado a entregar a Pablo a los judíos de Jerusalén, le había asegurado un cómodo cau- tiverio y a menudo había ido a visitarlo en compañía de su mujer. Pablo se había agotado intentando comunicar su fe a personajes de tanta importancia, pero Drusila no era más ~' e una curiosa, y Félix sólo buscaba dinero. El malenten- ~do fue completo. Pasaron dos años. Félix fue sustituido por Festo. Bajo nueva amenaza de ser entregado a los judíos, Pablo recu- rrió a César, y Festo consintió en que el acusado compare- ciese ante el tribunal de Roma. Poco después, el rey Agripa II y su hermana Berenice fueron a sa u ar al nuevo gobernador, que les propuso como distracción oir al famoso Pablo. Berenice se había casado a los trece años con un tal Marco, sobrino de Filón, el célebre filósofo judío de Ale- jandría. Precozmente viuda, pronto se casó de nuevo, esta vez con su tío paterno Herodes, rey de Chalcis, de quien había tenido dos hijos, Bereniciano e Hircanio. De nuevo viuda a los veinte años, inició un concubinato escandaloso con su hermano Agripa JI. Para que cesaran los cotilleos, Agripa dio a Berenice en matrimonio al rey de Cilicia, Po- lemón, que para tener el honor de desposar a tal judía aceptó en último extremo circuncidarse. ¿Se resintieron por eso sus prestaciones? En todo caso, Berenice lo aban- donó friamente para volver al lecho de su complaciente hermano. Ante esta abominable sinvergúenza (¡que haría otra vez, a los cuarenta años, las delicias de Tito!) y su concubino y hermano fue invitado Pablo a hacer un piadoso discurso. Con los ojos fijos en Puzzolas, que se difuminaba, esa Puzzolas donde habían plantado la Cruz, Pablo murmuraba las palabras que entonces le habían acudido a los labios: '¿Acaso me habría deslumbrado Jesús en el camino de 130 131 Damasco para que yo arrojase sus perlas a los puercos y a las bestias inmundas? ¡Atrás, perra acalorada, que conociste dos matrimonios antes de entregarte a una estéril lujuria con tu hermano! ¡Atrás, reyezuelo incestuoso! ¡Sois la ver- guenza de los judíos y de todos los pueblos, y el fuego del Altísimo os espera!" Era lo que habría dicho Juan Bautista, que fue decapita- do simplemente por reprocharle al Tetrarca Herodes que le hubiera quitado la mujer a su hermano. Pero el innoble Agripa le había dicho a Pablo: "Estás autorizado a defender tu causa". Y el apóstol, extendiendo la mano en un gran gesto de inocencia, comenzó graciosa- mente: "Me considero feliz al tener la oportunidad de dis- culparme hoy, ante ti, de todo lo que me acusan los judíos, rey Agripa, y tanto más feliz cuanto que estás al corriente mejor que nadie de todas sus costumbres y controversias. Así que te ruego que me escuches con paciencia. Lo que ha sido mi vida desde mi juventud...". Festo, que no comprendía nada de las historias de los judíos, interrumpió al conferenciante y lo tachó de loco en cuanto hizo alusión a la Resurrección de Cristo, a lo cual Agripa dijo entre carcajadas, mientras Berenice reía ahoga- damente: "¡Un poco más, y me convences de hacerme cris- tiano!". Sí, "un poco mas ... ~Cuando un hombre predica al Re- sucitado haciendo reverencias a dos infames, ahí está el "poco"! ¿Qué ejemplo les había dado a tantos misioneros del futuro que adularían a los poderosos para obtener pre- bendas y seguridad, con el pretexto de conservar una voz de oro para la edificación de las masas? Bien sabia Pablo que las cabezas cortadas eran las más elocuentes, y él toda- vía conservaba la suya, que ahora se encaminaba al país de las bailarinas. ¡Qué paciente era Dios con él...! ¡Hasta que se enfadara! Lucas fue a acodarse al lado de Pablo y le preguntó: -~En qué piensas? ¿Estás mareado, como de costum- bre? -Pienso que a Esteban lo lapidaron y que yo viajo con un biógrafo cuya indulgencia me abruma, y que es médico para mi cuerpo después de haber hecho que mi alma se avergúence. Pienso que la cruz no me está destinada, pues- to que soy ciudadano romano y mi cabeza caerá tarde o temprano bajo la espada; y teniendo en cuenta mis méri- tos, habré hecho buen negocio. Lucas estaba acostumbrado a estas escrupulosas depre- siones. -Todavía puedes ahogarte -dijo sonriendo-. Es un martirio que reúne en el mismo sudario a los ciudadanos y a los esclavos. Sin duda, el cansancio provoca tan negras ideas... -Los resultados no son brillantes. Los judíos siguen siendo rebeldes, los griegos escépticos, los romanos impe- netrables; y cada vez que fundo una comunidad, tengo que dictar correspondencia durante horas para mantenerla en el buen camino. A pesar del Espíritu, siento a la larga como un muro entre nuestros discursos y las almas. Me hieren todas las ideas falsas que los gentiles se hacen acer- ca de nosotros, a despecho de nuestros constantes esfuer- zos... Once años antes, las falsas ideas ya estaban en marcha y, circunstancia inquietante, entre personas inteligentes, como testimonia esta correspondencia retrospectiva entre Galión y su hermano Séneca. "De L. Junio Anneano Galio a L. Anneo Séneca, un fra- ternal saludo. "En este proconsulado tan reciente de Acaya, que debo más a tus perentorias intervenciones que a mis méritos, mi muy querido hermano pequeño, ha ocurrido un desagrada- ble incidente, que me invita a pedirte consejo. "Los judíos de Corinto han arrastrado ante mi pretorio a un cierto Cn. Pompeyo Paulo, hijo de Cn. Pompeyo Si- meón, nieto de Cn. Pompeyo Eliazar, que, como indican su praenomen y su nomen latinos, ya había sido promovido a la ciudadanía romana bajo el patronazgo de Pompeyo el Grande. Después de haber librado para siempre a los ju- díos de la vergonzosa tutela de los seleúcidas para sustituir- la por nuestro protectorado, Pompeyo, que robó mucho dinero, se mostró en recompensa bastante generoso con nuestro derecho de ciudadanía: la cosa no le costaba cara. Así que este Paulo pertenece a una familia judía conocida desde hace generaciones por su adhesión a Roma, y pre- miada en consecuencia en una época en ue la ciudadanía romana no estaba, a pesar de todo, tan c~eshonrada como hoy. El acusado fabrica tiendas, lo que, para ser vástago de una nación ambulante, denota una hermosa predestina- ción. "Los acusadores le reprochan a nuestro Saúl que per- suada a las gentes de adorar al dios judío según nuevas fór- mulas contrarias a su le y ancestral. Al principio creí haber oído mal. Un procónsuf romano debe aplicar la ley roma- na, y no ha de inmiscuirse en querellas teológicas excluidas de cualquier delito caracterizado en nuestro código uni- versal. "Tomando nota de mi reserva, la acusación esgrimió que Saúl no era sólo un doctrinario hereje, un blasfemo de 132 133 profesión, sino también un temible agitador, que desde ha- cía siete años sembraba el desorden a su paso. Parece que su proceder es el mismo una y otra vez: bien acogido en las sinagogas de Asia o de Grecia, donde siempre hay cu- riosidaclp or oir discurrir a un rabí* de paso, el conferen- ciante se gana primero la confianza del auditorio, mediante un largo exordio que demuestra su brillante conocimiento de la biblia de los Setenta y de la ley farisea; después cuen- ta que ha visto al Mesías. "Antaño pasaste muchos años en Alejandría, donde abundan los judíos, y frecuentaste el círculo judaico y hele- nista del famoso israelita Filón. Así que debes de tener una vaga idea sobre este Mesías, de quien las Escrituras preten- den que un día vendrá a arreglar los asuntos de Israel... ¡después del fin del Imperio romano, sin duda! Una espe- ranza que para los judíos es magnífico motivo de pacien- cia... "En este punto de la aventura, la asistencia bulle y se apasiona, como niños a quienes se muestra una golosina. ¡Es demasiado bello! Pero de todas formas, ¿y si fuera verdad? '>Date cuenta de que, para los judíos, pretender haber visto al Mesías, o pretenderse Mesías uno mismo, no tiene en si nada de blasfemo. El Mesías tiene la reputación de pertenecer a la raza humana y cierra la larga lista de los profetas. Un personaje así puede ser un engreído equivoca- do, un ambicioso en busca de una carrera, pero no es for- zosamente un impío, y el público está invitado a compro- barlo. "Entonces, Saúl precisa que el Mesías no es otro que un tal Jesús de Nazareth, crucificado en Jerusalén bajo el pro- curador Poncio Pilato, la víspera de la Pascua judía, siete años antes de la muerte de Tiberio, cuando M. Vicinio y L. Casio Longino eran cónsules y también lo era el propio Ti- berio, por quinta vez. "Un viento de decepción barre la sinagoga. Si el Mesías judío murió crucificado, es que no era el Mesías. Y si hu- biera sido el Mesías, crucificado ya no sirve de gran cosa. "Pasando por encima de esta desilusión, Saúl añade im- pávidamente que su Jesús crucificado es una emanación en- carnada de Yahvé, resucitado de la tumba al día siguiente de la Pascua. Una multitud de judíos apreciaron el fenóme- no en carne y hueso. Después Jesús tomó el camino de los aires para incorporarse al seno de Yahvé. Saúl, además, vio * Título de honor y respeto otorgado a los doctores de la ley judía. (N. de la T.) a Jesús des~ ués de su ascensión; un Jesús que le habló y le hizo confici encias. Más asombroso todavía: Yahvé no es único, como se creía hasta ahora; no es doble; ¡es triple! Pues un misterioso Espíritu Santo, que habla por boca de Saúl, preñó a la virgen madre de Jesús una veintena de años antes de la apoteosis de Augusto. "Cuando los piadosos e instruidos judíos, que han escu- chado al viajero con simpatía, salen de su pro funda estupe- facción, se elevan algunas tímidas voces para preguntarle a Saúl cuáles son los pasajes de las Escrituras que hacen alu- sión a un Yahvé encarnado y triplicado. Tú sabes mejor que yo 9ue, si se puede ir muy lejos discutiendo sobre las caracteristícas del Mesías, la unidad de Dios es el dogma fundamental de los judíos, un dios que en consecuencia no podría revestir forma humana como nuestras deidades grie- gas y romanas. No he recorrido -como has debido de ha- cerlo tú, en vista de tu universal curiosidad- la biblia grie- gad e los Setenta, pero me parece que con el tiempo que llevan estudiándola, si en ella se encontrase la menor frase relativa a cualquier trinidad o encarnación divinas, alguien se habría dado cuenta. "Puesto entre la espada y la pared, Saúl declara tranqui- lamente que si Jesús es Dios -cosa que no ofrece duda alguna- tiene todo el derecho a añadirle un suplemento a la biblia. "La sola idea de un tal post scrzptum pone a los judíos, evidentemente, de mal humor, y se empiezan a oír ruidos diversos. Entonces Saúl monta en cólera, patea, declara que la sangre de los incrédulos caerá sobre sus cabezas y que en adelante irá a llevar los tesoros de Israel a los gentiles. "Tras esta última amabilidad, lo ponen en la puerta, y hay turbulencia en el aire. "Con la imparcialidad que tú conoces, llevé a Saúl aparte y le pregunté si las afirmaciones de sus acusadores eran exactas. Como él mismo lo reconocía de buena gana y con mucha honestidad, le dije con una diplomacia llena de mérito: "¿Te das cuenta de que las historias que propagas -verdaderas o falsas, yo no soy un experto y no puedo juzgar- parecen precisa y detenidamente calculadas para precipitar a todos tus correligionarios en una ira malsana? Sabes lo quisquillosas que son esas gentes -con razón o sin ella- sobre ciertos puntos. Entonces, ¿por qué insistes? Tú mismo reconoces haber declarado que en adelante irías a llevar tu buena nueva a los gentiles. ¿Por qué no mantie- nes la palabra en lugar de molestar a los judíos y al procónsul?": "A estas razonables palabras, Saúl me contestó: "Los di- 134 135 versos filósofos de Atenas se burlaron de mi cuando hablé de resurreccion... "Le hice notar que, a primera vista de procónsul, yo prefería las burlas a los desórdenes. Entonces se escudó en el supuesto deber de entregar su mensaje a los judíos en primer lugar. Y añadió: "Ya que la religión judía ha sido reconocida por Roma -e incluso privilegiada, puesto que somos los únicos dispensados del culto a César-, las inter- pretaciones que tal o cual rabí pueda ofrecer sobre el tema escapan por cierto a los tribunales romanos. Es un asunto interno de Israel. El papel de Roma es solamente el de mantener el orden úblico. ¿Pero quién lo perturba? ¿Yo con mis palabras, o judíos, que no las soportan, con sus actos?". Lo que se llama tener teóricamente razón y estar equivocado en la práctica. "En Corinto estamos ya hartos de este extravagante asunto, que me da la impresión de agobiarme, impresión acrecentada por el más extraño de los contrastes: ese Saúl, que hace de vez en cuando insensatos discursos, charla y razona de maravilla el resto del tiempo. Es de la raza de los retóricos, tanto más convincentes por poner sus talentos al servicio de una idea fija. "Una vez informados, el acusado y su pandilla fueron expulsados, en primer lugar, de Antioquía de Pisidia. Ame- nazas de lapidación en Iconio y fuga precipitada. En Listras de Licaonia, Saúl fue lapidado sin más y dado por muerto. En Filipos de Macedonia, fue molido a palos por unos bru- tos expeditivos que no habían reconocido en él a un ciuda- dano romano. Tumulto en Tesalónica y fuga nocturna. Otra fuga en Berea. Lo que nos conduce a lasp resentes agitaciones de Corinto. "Por cierto que he heredado un ave poco corriente: por donde quiera que pasa con la boca llena de palabras de paz, empiezan las trifulcas. "A fuerza de darle vueltas, me he dado cuenta de una realidad algo inquietante: Saúl no está solo en su carrera. Incluso hab ría líeg ado en décimotercera posición, detrás de doce propagandistas que se dan el nomb re de apóstoles y que se dispersaron en todas direcciones para hacer el mis- mo trabajo que él, con resultados igualmente enojosos. Así es como me he enterado, no sin sorpresa, que los levanta- mientos judíos que hubo en Roma hace tres años, y que obligaron a Claudio a numerosas expulsiones, se debieron de hecho a violentos desacuerdos entre judíos ortodoxos y partidarios de ese Jesús, a quien los primeros creen muerto y los otros vivo. Sin duda recuerdas que los mencionados levantamientos fueron atribuidos a la acción de un tal Cris- to, que la policía no pudo atrapar. Pues bien, el Jesús de Saúl también se llama Cristo. ¡Muerto o resucitado, había pocas posibilidades de prenderlo! Y es legítimo preguntar si otros desórdenes de esta clase, en muchos otros lugares, no tendrán el mismo origen. Siempre hay bobos dispuestos a creerse las patrañas más absurdas cuando las difunde una inspirada elocuencia. "Reconocerás que las relaciones de Roma con los judíos no necesitan del tal Cristo para empeorar. Lejos está el tiempo en que el propio César, sitiado todo un invierno en Alejandría con Cleopatra, sólo fue liberado, finalmente, gracias a una armada de judíos bajo las órdenes del etnarca Antipater. ¿Acaso pensaba esta ingrata raza que íbamos a expulsar a los descendientes de Alejandro para garantizarle una independencia sin control? "Ya en ocasión del gran censo de Quirino, 6.000 fari- seos tuvieron el desparpajo de rechazar el juramento a Au- gusto. Debió de ser por aquel entonces cuando el Espíritu Santo mentado por Saúl preñó a la virgen madre. Una de- cena de años más tarde, tras las muerte de Herodes, hubo una sedición tras otra, y pronto tuvo lugar la revuelta de Judas el Galileo y del fariseo Saddoq. Q uintilio Varo -an- tes de perecer con sus legiones en los os ues de Germa- nia- tuvo que reunir todas las tropas de Siria para aplastar el levantamiento y crucificó a dos mil rebeldes. Cuando Je- sús -según SaúI- hablaba de "llevar su cruz", estaba creando una nutrida escuela. Conocemos las dificultades que el procurador Poncio Pilato tuvo con los judíos. Dos años antes de la muerte de Tiberio, en vísperas de ceder el j uesto para ir él también hacia la muerte, hizo masacrar a os samaritanos en el Garizim. Cuando Calígula dio la or- den aberrante de erigir su estatua en el templo de Jerusa- lén, rozamos la catástrofe. Si el legado de Siria, P. Petro- nio, no hubiera dado largas al asunto, se habría producido un baño de sangre general. Y después, a pesar de los inten- tos de apaciguamiento de Claudio, que confió la vigilancia de las vestiduras sacerdotales a los sacerdotes del templo, Judea siguió gruñendo y agitándose. "Pero el insoportable carácter de los judíos -y eso sin que se mezcle el tal Cristo- no sólo se manifiesta en Ju- dea. La colonia judía de Roma, a la que el complaciente César había mimado y aclimatado, se mostró tan inquieta que, tan sólo cinco años después de la muerte de Augusto, Tiberio deportó a cuatro mil judíos a las minas de Cerde- ña. ¿Y qué decir de las violencias sin fin que enfrentan a judíos y griegos, barrio contra barrio, en todos los grandes Puertos deO riente y hasta en Cirenaica? "Los partidarios de Saúl sólo pueden ir echando por to- das partes aceite sobre el fuego. Y actualmente los judíos 137 136 de Corinto están aún más nerviosos porque un buen núme- ro de los de su raza, recientemente expulsados por Clau- dio, vinieron a buscar refugio aquí. Si he entendidob ien la situación, partidarios y adversarios de Cristo tienen que perpetuar aquí su querella, cuya última marea ha arrojado a Saúl hasta mi pretorio. ¡Que la peste se lleve al buen hombre! ¿Qué debo hacer? "El derecho de coercitío* es ciertamente esencial para mi poder proconsular: puedo tomar arbitrariamente medidas de rigor -llegando aun a sentenciar a muerte- contra cualquier promotor de disturbios. Pero la dignidad de ciu- dadano romano protege de esta coercítio tan práctica al cul- pable. Respecto de un ciudadano sólo dispongo del dere- cho de cognitio**, o sea, el de conocer los asuntos judiciales e intentar legalmente un proceso según nuestro derecho. Ahora bien, es evidente que el hecho de haber visto un fantasma de Cristo no cae bajo la jurisdicción de las leyes, y menos aún el dar crédito a lo que aseguran quienes pre- tenden haberlo visto. Saúl lo sabe,y en consecuencia se siente más tranquilo entre mis manos que entre las de los judíos. ¡Incluso asegura haber sido favorecido con una vi- sión, durante la cual su maestro le habría garantizado que no le pasaría nada malo a Corinto! Pero este asiduo trato con el más allá va acompañado por una bonita sutileza de picapleitos. Como yo le reproché su trato con los fantas- mas, tuvo la audacia de hacerme observar: "Pero, por lo que yo sé, el derecho romano reconoce la existencia de aparecidos. ¿Acaso no está permitido entre vosotros, si no me equivoco, intentar un proceso de anulación de venta por vicio oculto si resulta ser de notoriedad pública que un fantasma visita la casa comprada? ¡Mi fantasma bien vale los vuestros!". Me quedé con la boca abierta. ¡Al paso que va, Saúl pronto procesará a Roma por vicio oculto, repro- chándonos que dejemos correr a su Jesús! "Asi que sólo hay dos caminos, y cada uno tiene sus in- convenientes. Uno: pongo en libertad al acusado y le reco- miendo que vaya a perderse a otra parte. Pero en la super- poblada Judea, donde se apretujan dos millones de judíos, el volcán amenaza con hacer erupción. Y en todos los grandes puertos del Mediterráneo, hasta en la propia Roma, las frondosas colonias judías se encierran en una suerte de bastiones, donde llevan una vida aparte. El núme- ro de estos dispersos, que sólo están demasiado concentra- dos, se estima en cuatro millones. Roma tiembla ante la * Represión. (N. de la T.) ** Indagación, instrucción. (N. de la T.) perspectiva de una rebelión general; en Judea podría arras- trar rebeliones particulares en el seno de tantas ciudades poco menos que desarmadas. ¿Cómo harían frente nuestras treinta legiones, retenidas en las fronteras, a una revuelta de tal amplitud? "Con toda seguridad, Roma ha sabido despertar entre las teorías de los judíos simpatías y colaboraciones ejem- 'plares, de las que la genealogía de nuestro Saúl es suficien- te testimonio. El contagio de las ideas, de las costumbres griegas y romanas, forzosamente ha ganado judíos e inclu- so muchos han abjurado. Pero estamos de acuerdo en re- conocer que la importancia del movimiento no ha hecho más que endurecer a los fanáticos y a los irreductibles, cuya masa sigue siendo inquietante. "Si por desgracia los judíos avivaran el fuego en direc- ción al mundo romano, y si es verdad que los seguidores de Saúl están ahí para algo, ¿no habría destacadas razones para reprocharme una ciega tolerancia con este agitador? Ocurre con las sectas religiosas -hasta con las más extra- ñas- como con los constantes incendios de Roma: se sabe dónde empiezan, pero es más dificil saber dónde se deten- drán. Si hago borrón y cuenta nueva, si desprecio la opor- tunidad de dar un saludable ejemplo, ¿dónde se detendrán los cristianos? "O bien actúo con rigor... Pero esto sólo podría hacerse despreciando las leyes que custodio. La rebelión judea o alejandrina de los judíos es posible; pero no es segura y quizá mis temores sean exagerados. En la espera, una ac- ción corrompida contra SaúI me expondría a una incómo- da denuncia: el menor paso en falso de cada gobernador se ve acechado por una turba de delatores y tú no serás siem- pre amigo de Agripina y preceptor de Nerón. Además, si intentase un proceso contra Saúl sobre bases tan discuti- bles, él se apresuraría a recurrir a César, y la irregularidad de mis procedimientos se pondría en evidencia. "Nuestro amigo Burro, cuya honradez y competencia administrativa son excepcionales, acaba de acceder a la Prefectura del Pretorio, desde donde controla los múltiples problemas de seguridad. Dile, pues, unas palabras sobre mis dificultades. Con toda seguridad os pondréis de acuer- do, y entonces ya seremos tres de la misma opinlon. "Sin embargo, no puedo dejar de pensar que los asun- tos judíos traen mala suerte a quienes se ocupan demasia- do de ellos. Varo dejó sus huesos en Germania y Poncio Pilato murió de muerte violenta. Pero me dirás que tam- bién César, amigo de los judíos, murió así. ¿Será que los ju- díos traen mala suerte a todo el mundo? "Con todos los escrúpulos posibles, me esfuerzo en ha- 138 139 cer mi agosto dejando una reputación de integridad neta- mente superior a la de mi predecesor -lo que, afortunada- mente, no es difícil. ¿Dónde están los buenos tiempos en que uno podía sacar cien millones de una provincia? El ma- y or defecto de nuestro Imperio es que no le podemos ro- bardos veces. "A propósito de dinero, me han informado de que esta- ría empezando a jugar cierto papel en las comunidades cristianas, lo cual da una alarmante idea de su desarrollo. Pero, por otra parte, una secta rica sale a la superficie por su misma riqueza; la sociedad secreta se convierte en una sociedad financiera, que el Estado puede controlar y sobre la que puede ejercer presión. Dicen que los cristianos po- nen sus bienes en común, viejo sueño de la edad de oro que siempre hace felices a los crápulas. Cuando también ponen a las mujeres en común, los más poderosos se adju- dican la parte del león y los eunucos hacen penitencia. Además, estos cristianos están enamorados de las colectas, cuyo producto se esfuma misteriosamente. "Dame algunos detalles sobre la situación en Roma. Imagina hasta qué punto son útiles tales informes, tarde o temprano, para una carrera. "Si estás bien, tanto mejor. ¿Qué es de tu asma? Yo, gracias a Esculapio, me encuentro bien." "De L. Anneo Séneca a L. Junio Anneano Galio, un fra- ternal saludo. "La opinión de Burro, a quien le resumí tu carta, se pa- rece a la mía, hermano bienamado. Tenemos la sensación de que el penoso trato de ese Saúl ha terminado por retor- certe el espfritu y ves judíos por todas partes. A los de Ju- dea ya los castigarán si se mueven. En cuanto a los disper- sos, las poblaciones griegas e incluso romanas los manten- drían a raya hasta que llegaran refuerzos. Y en fin, tu histo- ria del aparecido nos parece demasiado vaga y absurda como para conmover al mundo demasiado tiempo. Los fantasmas se van como vienen, con la mayor facilidad. Así que Burro dice que mandes a paseo al tal 5 aúl. Esos cristia- nos tienen tan poca importancia que es la primera vez que Burro oye hablar de ellos, como yo mismo. Pero no te fe- licita menos por haber tomado en serio este incidente, dando así prueba de una notable conciencia. Pues una rigu- rosa administración es asunto de detalles y un buen pro- cónsul no debe despreciar ninguno a priori. "Te felicito personalmente por tu honesta moderación en la tradicional esquila de tus ovejas. Hay más agostos por redondear en otras partes. Un proceso por concusión al principio de tu cargo, que un celoso siempre puede hacer estallar en pleno senado, me molestaría tanto más cuanto que respondí por ti ante los eminentes amigos que te pre- pararon este fértil viaje~ Es el momento de decir: "¡Non /1- ca omnibus adhire Corinthum!"*. "Tal como me recuerdas, hace tiempo, bajo Tiberio, pasé muchos años en Egipto, en la época de nuestro tío por alianza Galio, quien llevó a cabo con éxito la hazaña de ser prefecto en aquel país durante catorce años. Así que yo tenia acceso a todas partes, facilidad tanto más preciosa habida cuenta de mi pasión por la historia y por todos los aspectos de esa prodigiosa región... ¡tan prodigiosa que los Césares la convirtieron en su propiedad personal! Filón es- taba entonces en toda su naciente gloria, y yo sólo era un muchacho. Ese poderoso espíritu tuvo a bien distinguirme e instruirme con sus ideas. Volví a ver a Filón en Roma, poco antes del asesinato de Calígula. Comisionado por la comunidad judía de Alejandría, vino en embajada para soli- citar el favor de no rendir culto a la estatua imperial. Tem- blando ante la perspectiva de comparecer delante de Cayo para entregarle tal mensaje, me pidió que le asistiera en esta prueba. Yo era ya un conocido abogado. "Caligula, entre otras fantasías, se había puesto aquel día la famosa coraza de Alejandro, que había ordenado sa- car de la tumba y bruñir con cuidado. Afortunadamente te- nía un día... o, más bien, un momento afable, pues su hu- mor cambiaba como el viento. Filón y yo mismo le expusi- mos por turno, con toda la elocuencia posible, de qué se trataba. Nunca sabré si Cayo no entendió nada o si había que incluir su respuesta en el crédito de su detestable hu- mor. En todo caso, nos dijo: "La solución es muy sencilla. Reside en un intercambio de buenos modos. Los judíos ha- rán sacrificios ante la estatua de Augusto y el dios judío será acogido con gran pompa en el panteon romano. Así los ~udios se harán romanos y los romanos se harán ju- díos . Filon me echó una mirada deseperada. "Algunas semanas más tarde, quitaron a Calígula de en medio; su mujer Cesonia fue traspasada por una espada; su hijita, estrellada contra una pared. El dios judío podía res- pirar. "Como suponías, trabé conocimiento en Egipto con la biblia de los Setenta, que se comentaba enérgicamente en * "¡No todo el mundo puede ir a Corinto!". Es la traducción latina de un proverbio griego cuyo sentido es que los placeres eran tan caros en Corinto que no todos podían permitírselos. Se cita a propósito de todo aquello a lo que se debe renunciar por falta de medios o dinero. (N. de la T.) 140 141 el circulo de Filón -del mismo modo que recibieron mi visita muchos sacerdotes egipcios, depositarios de tan sorprendentes tradiciones. E incluso diría que, durante los interminables ocho años de exilio durante los que me enmohecí en el matorral corso por haber tenido tratos de- masiado íntimos con las hijas de Germánico, esta biblia formaba parte de mi pequeña biblioteca. Es, por cierto, una obra interesante, que, según se dice, fue adaptada del hebreo al griego por setenta y dos traductores durante el reinado y a petición de Ptolomeo II Filadelfo, el que hizo construir Élg ran faro de Alejandría: hace trescientos años, los judíos de Egipto empezaban ya a olvidar su hebreo (aunque sospecho que muchos pasajes son de tra- ducción más reciente). Si, interesante, pero nada convin- cente. Falta una dimensión esencial. La biblia -con mu- chos fárragos e ingenuidades- traza la historia de las relaciones de un pueblo con su dios nacional. Ahora bien, considero que esta concepción religiosa es completamente caduca. "En mi juventud seguí las enseñanzas de la secta estoica de los sextil: en ella recomendaban el vegetarianismo y el examen de conciencia; creían sobre todo en la superviven- cia del alma y en la necesidad de conformar pensamientos y acciones a un orden inmutable de la naturaleza y de las cosas. Sigo siendo vegetariano, y la idea de que la verdad o es universal o no es, no me ha abandonado ni un momen- to. Un dios vinculado a una sola nación en lugar de a toda la humanidad es un dios mutilado. La prisión exclusiva en que se confina le retira todo su resplandor, y ese dios sólo merece el olvido, puesto que ha olvidado a la mayor parte de los hombres. "Comprenderás por qué, mi querido Novato -me gusta darte este nombre de infancia que tu adopción te hizo perder-, comprenderás por qué Filón y sus amigos se preocupaban tanto de comentar su biblia según conceptos neoplatónicos, incluso pitagóricos o estoicos. Se dieron cuenta de que su niño estaba a punto de sentirse encerra- do, y consagraron todos los recursos de su exegético y ale- górico virtuosismo a airearlo con un soplo de filosofía grie- ga más o menos a la moda. "Por otra parte, debo precisar que los traductores de los Setenta -según me han afirmado distinguidos hebraís- tas- modificaron el original hebreo para que armonizara mejor con la sensibilidad de los griegos. Así, la célebre fór- mula del Exodo, con la que Yahvé definió su naturaleza trascendente, "Soy el que o ", se convirtió en griego, más platónica y llanamente, en "Soy el que Es". Filón, que sólo posee rudimentos de hebreo, admitía estas deformaciones, que consideraba, es cierto, de importancia menor y mas bien favorables a sus estudios. "La biblia más extendida actualmente es, pues, una tra- ducción griega comentada a la manera griega. "Para volver a tu Cn. Pompeyo Paulo, es muy notable ver a ese iluminado proporcionando a los gentiles una in- terpretación por lo menos original de la biblia de los Se- tenta. La idea de lograr que el mensaje salga de su prisión judía está en marcha ,evidentemente. "Pero soy muy escéptico en cuanto al éxito de tales tentativas, ya emanen de serios filósofos o de aventureros de paso. La biblia está demasiado moldeada por los judíos para adaptarse a concepciones o naciones extranjeras. En el fondo, el espíritu griego sigue siendo irreductible al es- píritu judío. O bien la biblia -a pesar de los esfuerzos de Filón- no es aceptable para un extranjero por la razón de que, a pesar de todo, el texto sigue siendo demasiado fiel a la historia y a las concepciones judías, o bien un Saúl cual- quiera desnaturaliza la biblia para difundirla mejor entre los pueblos -y entonces ya no es la biblia. "Por el momento, hay en la biblia de los Setenta un pa- sa3e del cual acabo de apreciar todo el sabor: el diluvio. ¡Fi- gurate que estuve a punto de ahogarme hace poco, y no fui el único! La historia merece ser contada. "En el programa de los grandes trabajos de Claudio -a quien Roma debe tan hermosos acueductos-, la deseca- ción del lago Fucino, en las montañas, al este de la ciudad, ocupaba un lugar preferente. Bajo las supervisión de Narci- so, hacia mucho tiempo que se trabajaba en la perforación de la barrera rocosa que separa el Fucino del Liri, cuyas tu- multuosas aguas fluyen hacia el sur en dirección al golfo de Minturnas. Ciclópea labor, que recientemente había alcan- zado su última fase. Algunos golpes de pico más y las enor- mes masas de agua de uno de los lagos más bellos de Italia irían a parar al Liri para dirigirse al mar. Alrededor de lo que quedaría del Fucino, podrían ser explotados vastos es- pacios de tierras excelentes, ofreciendo así a las poblacio- nes montañesas nuevos y preciosos recursos. "Entonces Claudio pensó en festejar el acontecimiento con un gran combate naval sobre el lago, a cuyo término las aguas tendrían libre curso. Así se vería coronada la obs- tinación de treinta mil jornaleros durante once años, y más todavía la energía del Príncipe y su liberto. La afición de Claudio por los espectáculos sangrientos era mayor aun que la que sentía por la historia y las letras. "La pasión de los romanos por las naumaquias es muy fuerte, puesto que son muy raras. "La primera naumaquia que se recuerda -como es sa- 142 143 bido- fue fruto del genio de Julio César en persona, con ocasión de sus cuatro triunfos sobre las Galias, el Ponto, Egipto y Africa. César hizo excavar un estanque en el cam- po Codeta, en la orilla derecha del Tíber, un poco más aba- jo del puente Vaticano, situación que permitía que la líqui- da arena se reuniera fácilmente con el río y recibiera en consecuencia, no buques ligeros, sino grandes galeras de alta mar. Una flota "tiria" combatió con una flota "egip- cia" ante una prodigiosa afluencia. Roma no olvidaba que había iniciado el imperio del mundo con sus victorias nava- les contra Cartago, las cuales le costaron setecientos barcos y enormes pérdidas en remeros y legionarios. El campesino quiso convertirse en marino, y labro el mar con tanta ener- gía como el campo de sus antepasados. "Es menos conocido el hecho de que la segunda nauma- quia se desarrolló en la época de nuestras tristes guerras ci- viles. Sex. Pompeyo, habiendo capturado una escuadra de Agripa, obligó a los prisioneros a enfrentarse en el estre- cho de Sicilia para complacer a sus seguidores: primera re- friega marítima en que los vencedores sobrevivientes fue- ron masacrados en pago de su breve triunfo. "Tercera naumaquia: para la consagración del nuevo Foro y del templo de Marte Vengador, Augusto hizo exca- var un nuevo estanque de 1.800 por 1.200 pies' en el bos- que de los Césares Lucio y Cayo, de nuevo en la orilla de- recha, pero entre la isla Tiberina y el Janículo, espacio alimentado de agua por el acueducto Alsietina, que acaba- ba de ser inaugurado; y allí más de treinta barcos "atenien- ses" o 'persas , tripulados por 3.000 combatientes y reme- ros, intentaron crear la ilusión. Como no había más reme- dio, los buques eran de mediocres dimensiones. "Perseguido por el recuerdo de César, Claudio quiso ofrecer un espectáculo grandioso. Las dimensiones del Fu- cino, los bosques vecinos para construir las galeras, ofre- cían tentadoras perspectivas. "Llegado el día, con un tiempo radiante, la gente se amontonó en las laderas que dibujan en torno al lago una especie de anfiteatro natural. Los campesinos marsios de los alrededores ocuparon sus sitios desde la primera auro- ra. Después acudió una muchedumbre de las regiones veci- nas y de la propia Roma, que está apenas a sesenta millas2 romanas del Fucino. Al final llegó toda la corte y se sentó en estrados a la orilla del agua. Como preceptor de Nerón, tuve que seguirlo de cerca. Mi alumno, educado a la griega 1. El pie romano equivale a 0,2944 metros. (N. del A.) 2. La milla romana equivale a 1.472 metros. (N. del A.) y transformado por mis cuidados, apenas tiene hambre de masacres, pero el joven Británico, que estaba en su undéci- mo año, compartía la impaciencia general mientras el sol cobraba altura. "Poco a poco, los seis mil condenados alcanzaron los doce trirremes "sicilianos" y los doce trirremes "rodianos", donde les esperaban remos y armas, mientras las cohortes pretorianas se situaban sobre el conjunto de armadías que delimitaba el terreno y cerraba el paso a cualquier posible fuga. "Para prevenir mejor una revuelta o desanimar a las malas voluntades, detrás de los rarapetos las balistas y ca- tapultas de la guardia imperial ueron apuntadas sobre las doce embarcaciones que se enfrentaban. El espectáculo era soberbio; una orgia de colores. Las corazas brillaban, se agitaban los penachos de plumas, las velas gemían... "De pronto, una ingeniosa maquinaria hizo surgir del seno de las aguas a un Tritón plateado llevándose a la boca una trompeta, que dio la señal del asalto. Los seis mil condenados aullaron en coro una sorprendente novedad: "¡Ave, emperador, los que van a morir te saludan!". Clau- dio, que era dado a las bromas, ex?erimentó la necesidad de responder: "Quien viva, verá...' La extravagancia de una intervención del Príncipe en aquella fase de la ceremo- nia y la naturaleza misma de la intervención desencadena- ron un malentendido, que pronto tomó proporciones sor- prendentes. Entre los sacrificados corrió el rumor de que el emperador los había indultado. La buena nueva corrió de boca en boca, de gesto en gesto, entre los criminales de derecho común o los prisioneros de guerra que, de Bretaña a Armenia, de Germania a los desiertos de Africa, habían convergido en el apacible lago. Y tras un alarido de agrade- cida alegría, toda esa muchedumbre mezclada se cruzó de brazos. ¡La infortunada fantasía de Claudio condujo a la primera huelga de gladiadores de que se haya oído hablar! Costó mucho tiempo disipar el malentendido, pues no hay peor sordo que el que no quiere oir. El propio Claudio tuvo que poner algo de su parte, cojeando alrededor del lago, gratificando a los rebeldes con amenazas o exhorta- ciones para decidirlos al combate. Discursos tanto menos percibidos cuanto que nuestro Príncipe, que puede leer un texto de la manera más agradable, tartamudea desde el mo- mento en que se lanza a improvisar. Este contraste ya sor- prendía al viejo Augusto. "Por fin todo estuvo en orden. Se exterminaron los condenados como estaba previsto, e incluso con tanto ar- dor que aquellos que quedaron fueron indultados. "Hasta aquí, aparte del ridículo incidente, todo había 144 145 salido de maravilla. Yo mismo, que apenas me siento incli- nado hacia los juegos del anfiteatro, me puse a vibrar de común acuerdo con la multitud ante algunos encuentros de armas excepcionalmente pintorescos. El filósofo no está exento de debilidad humana. "Ya llego a lo esencial. Estando las galeras ancladas, y evacuados los sobrevivientes y los pretorianos, empezaron los trabajos para hacer saltar el tapón que impedía que las aguas del Fucino se vertieran en el Liri a través de una pro- digiosa zanja de tres mil pasos3 de largo. Mientras el so lde- clinaba tras los montes, los espectadores retuvieron el aliento.., para ver al cabo una ligera corriente dirigirse ha- cia el canal e interrumpirse en seguida. "La decepción general fue terrible. Narciso explicó que había pecado por exceso de prudencia, temiendo la forma- ción de una peligrosa catarata en caso de que el umbral crítico hubiera sido excavado a demasiada profundidad. Pero era fácil remediarlo. Agripina ordenó ásperamente a Narciso que no escatimase esfuerzos, y la corte volvió a Roma, a pesar de la hermosa jornada, con un sentimiento de frustración. La sangre había acudido a la cita, pero ha- bía faltado el agua. "Algún tiempo después, una nueva afluencia, reducida pero aún considerable, rodeó el Fucino. A falta de nauma- quia, para atraer a la muchedumbre se organizó un comba- te de gladiadores aprovechando la presencia de las arma- días que en la ocasión anterior habían acogido a la guardia pretoriana: era fácil destruir el circulo para constituir un único pontón favorable a ese ejercicio. A pesar de los per- petuos afanes de superación, todas las carnicerías se pare- cen y no mojaré mi pluma para describir ésta. Además, Claudio, que es ahorrativo, prefiere en estos casos la canti- dad a la calidad. "A media tarde, la corte fue llamada a un festín, para el que los lechos campestres ya habían sido dispuestos (como otros tantos grandes champiñones en una pradera) en las inmediatas proximidades de la descarga, de forma que los invitados, llegado el momento, pudieran disfrutar de la li- beración de las aguas desde primera fila. El ahondamiento del canal y la altura del cerrojo presagiaban una experien- cia extraordinaria. "Ya mientras me hallaba mordisqueando unas raíces ra- lladas entre el humo de los asados y el olor de las salsas, los trabajos de aproximación determinaron algunas infiltra- ciones a través de la delgada presa, y a la caí dad e la tarde, 3. El paso romano equivale a 1,472 metros. (N. del A.) mientras estábamos en el último servicio, en ese clima de euforia que reina siempre al final de un banquete, el obstá- culo cedió de golpe con un gruñido sordo y el agua del Fu- dno se lanzó turbulenta en la zanja, presa de una violencia que era como para suscitar una admiración unánime. "Pero la extremada dificultad de dominar tales trabajos con cálculos teóricos entrañó una terrible equivocación. En primer lugar, la imprevista fuerza de la corriente rom- pió las amarras del vasto pontón, que se precipitó hacia la noble asamblea con una velocidad creciente, amenazando aplastarlo todo bajo su masa. Nos creíamos muertos cuan- do, por una especie de milagro, el pontón y las aguas del lago se quedaron inmóviles durante un breve instante. Y el importante desnivel, la relativa estrechez del conducto arrastraron entonces un momentáneo reflujo del liquido elemento, fenómeno tan brutal, vistas las fuerzas en juego, que una ola de fondo vino al galope a cubrir y volcar todo lo que un momento antes banqueteaba alegremente. "Como, a pesar de todo, la monstruosa ola se dirigía río arriba y el Fucino carecía de profundidad en esa región occidental, nos libramos, con un espanto indecible ,d e la muerte. "Pero, dioses infernales, ¡qué espectáculo cuando la fan- gosa marea recuperó su curso normal con creciente lenti- tud! Nuestras vestiduras romanas, al contrario que las de los bárbaros, no son ajustadas, y el primer efecto del cho- que fue poner a toda la corte en estado de naturaleza. Ima- gina centenares de poííos empapados y desplumados, tira- dosy abandonados por la orilla en las más extrañas postu- ras por el capricho de un asombroso destino, mientras río abajo iban, camino a los lejanos abismos de Neptuno, la clámide en tejido de oro de Agripina, el manto púrpura del Príncipe, las síntesis de muselina ligera que hombres y mu- jeres se habían puesto para el festejo, las claras togas o las capas bordadas que habían dejado en el vestuario, los vesti- dos multicolores de las mujeres, su apetecible ropa inte- rior, sus rubias pelucas germanas sus falsos encantos más sutiles. Matronas a cuatro patas ~uscab an sus joyas o sus dentaduras postizas entre los informes restos de la comilo- na, con el espeso maquillaje disuelto por el diluvio. Pocas túnicas masculinas habían resistido aí desastre y muchos senadores se descubrían casi desnudos, pues a causa del ca- lor habían acudido en calzoncillos bajo la toga. "Sólo los pretorianos, cuyas corazas estaban fuertemen- te abrochadas, conservaron un poco de decencia, y por pri- ruera vez les fue dado contemp lar con estupefacción a sus Señores tal y como habían salido del vientre de su madre. "¿Qué hubiera sido de Roma si el Príncipe, su mujer, 146 147 sus parientes y amigos, los miembros más influyentes de sus Consejos y del gobierno, y aun buena parte de los sena- dores se hubieran ahogado como ratas? E es iritu se pier- de en conjeturas y hasta la filosofía permanece muda. "Apenas salvada de las aguas como el Moisés de Filón, y recobrada de su miedo, Agripina, ciega de una súbita ra- bia, apostrofó a Narciso con el tono más agresivo, repro- chándole confusamente su incapacidad para dirigir los grandes trabajos, la venalidad de su administración y su constante codicia, ante un Claudio alelado por la catástro- fe... y tal vez por la embriaguez. Y entonces vimos y oí- mos lo increíble: el liberto Narciso, un hijo de esclavo, tanto tiempo retenido él mismo por los lazos de la servi- dumbre, acostumbrado desde su nacimiento a la bajeza y al disimulo, educado en la prudencia y la intriga bajo la fé- rula de caprichosos amos, favorecido con los más altos pri- vilegios únicamente por la confianza de Claudio -frágil apoyo para un hombre que tiene en ella su único seguro-, este Narciso, pues, perdiendo toda su sangre fría, denun- ció el carácter imperativo y la insaciable ambición de la "Augusta". ¡Si, un liberto oriental osaba elevar la voz ante la hija mayor de Germánico, nieto de la esposa de Augus- to, ante la hija mayor de otra Agripina, también nieta de Augusto! Sí, ese individuo salido del arroyo, de rabo bajo pero verbo alto, insultaba a Agripina la Joven, educada en la púrpura -empero vestida en aquel momento con un ta- paverguenzas de color índigo... ¡como habría observado nuestro Petronio en una de sus novelas verdes! Narciso se contuvo apenas de reprocharle a la "Augusta" algunos san- grientos asuntos que quizá no eran necesarios, o de hacer una envenenada alusión a sus relaciones íntimas con otro liberto, Palas. Pero no le faltaban ganas. ¿Qué habría dicho el viejo Catón? "Me pides, mi querido Novato, noticias de Roma sus- ceptibles de ser útiles para tu carrera. Pues entérate de que Narciso acaba de p erderse. Agripina, que alimentaba hacia él una animosidad discreta pero cierta, no olvidará nunca esta salida de tono en el fango del Fucino. En adelante, la vida de Narciso depende de la del Príncipe, que aprecia la incontestable fidelidad del liberto a sus verdaderos inte- reses. "Acampamos, bien que mal, en Cerfennia, para empren- der al día siguiente el regreso hacia la capital por la Vía Valeria, con un séquito bien triste. "Entre otras penas, estuve a punto de perder a mi Ne- rón, a quien agarré de la mano en el momento del sinies- tro, para encontrarme poco después, aturdido y sofocado, sentado en la hierba con él. Pasada la Puerta Esquilina, cuando fui a despedirme, el niño me dio otra vez las gra- cias por los cuidados. "A través de todas las preocupaciones de la vida, este alumno es para mi un gran consuelo, y no desespero de convertirlo un día en discipulo. Ya va a cumplir, te lo re- cuerdo, quince años, puesto que nació el décimo octavo día de las Calendas de enero, nueve meses, día por día, des- pués de la muerte de Tiberio. Así que el joven Lucio vino al mundo a mitad de diciembre, dos días antes de las Satur- nales, y el mismo día en que se ofrece un sacrificio a Con- sus, el dios de los caballos, en su altar del Circo Máximo. La coincidencia impresionó mucho a Nerón y me pregunto si su naciente pasión por los caballos no tendrá alguna re- lación con ese divino azar. Pero tenía casi doce años cuan- do Agripina, arrancándome de mi exilio corso, tuvo a bien confiármelo, y los dos juntos tuvimos que remontar una cuesta bastante dura. "El niño había conocido muchos infortunios y alarmas, que influyeron enojosamente en su carácter. Lucio no te- nía dos años cuando su madre se vio implicada en la cons- piración de mi pobre amigo Getulio contra Calígula, en la que yo mismo estuve a punto de perecer. Agripina fue re- legada e incautados sus bienes. Lucio fue recogido enton- ces por su tía paterna Domicia Lépida. Después murió su padre, Domicio Ahenobarbo, primo de Germánico. Cuan- do, al llegar Claudio al poder, Agripina recuperó sus bie- nes y una parte de su crédito, fue para casarse en seguida con Crispo Pasieno, que acababa de divorciarse de la se- gunda Domicia, otra tía paterna de Lucio. Pasieno, parien- te de la familia imperial, protegió durante algunos años a Agripina de las intrigas de Mesalina, pero sólo ejerció una autoridad, por así decir, moral sobre Lucio, a quien le die- ron, según la costumbre, un tutor: Asconio Labeo, muy estimable por otra parte. Lucio no tenía siete años cuando el propio Pasieno desapareció. Así que vemos a un niño privado de madre durante mucho tiempo, y pronto priva- do de padre, tambaleándose entre un padrastro y un tutor; un niño que, al dejar a sus dos nodrizas orientales, fue confiado a un bailarín y a un barbero, luego a los libertos Aniceto y Berilo, con quienes estuvo hasta llegar a mis manos: individuos aquéllos capaces de enseñar las letras grecolatinas, pero seguro que no la virtud. Mejor fue la in- fluencia del sacerdote egipcio Chaeremón, con quien anta- ño trabé amistad en Alejandría. Este estoico, de alta cultu- ra y gran talento profesoral, empezó a familiarizar a Lucio con losb uenos autores. Pero un hombre de tales cualida- des llegaba muy tarde, y Chaeremón tenía el defecto de in- citar a Lucio a creerse un pequeño faraón. Era tiempo de 148 149 que un preceptor romano interviniera con una filosofia mejor. "Encontré a un joven con una sensibilidad de desollado, privado de ternura; deseoso de confiarse, no se atrevía a correr el riesgo; y de constitución inquieta y solapada, pri- mero perturbada por la ausencia de madre, luego abruma- da por la presencia -afortunadamente poco frecuente- de una mujer terriblemente autoritaria. "Poco a poco gané el corazón de Lucio, del mismo modo que se domestica a una tórtola. Borré los defectos, acentué todas las cualidades que sólo pedían alcanzar su plenitud. Mi Nerón es ahora un hermoso muchacho de es- píritu vivaz y matizado, tan perezoso para aprender lo que le resulta indiferente como ardiente para estudiar cuanto le interesa. Casi tendría que moderar su pasión por el teatro o la poesía épica de los griegos, por la pintura monumental o de caballete, por la escultura griega de la mejor factura, por las carreras de carros del Circo Máximo -que además se desarrollan bajo las narices de los felices habitantes del monte Palatino. Y me vi obligado a tolerar que se ejercite con la cítara, cuyo sonido le derrite. "Dirán que tal entusiasmo estético está fuera de lugar en un verdadero romano, y que nuestras tradiciones encon- trarían en él cosas que criticar. Pero, pensándolo bien, no me atrevo a oponerme demasiado severamente. ¡Qué des- canso sería para el mundo y para la sociedad si algún día, por primera vez en la historia de Roma, una bella naturale- za de artista compartiese fraternalmente el poder con un alter ego*, un Británico administrador y ponderado! El arre- glo de la sucesión, desde que hace dos años Lucio fue adoptado por Claudio, no deja de preocupar a éste y tal vez aquí tengamos la solucion... "En todo caso hay un hecho cierto, y es reconfortante: sin duda a los artistas les cuesta trabajo desprenderse de una especie de sagrado egoísmo, que es como la primera condición de sus virtudes; pero, en compensación, su pro- pio temperamento los aleja de la crueldad y les impide verter una sangre superflua. Nerón es muy dulce y las ma- tanzas del anfiteatro le parecen vulgares. ¡Qué e iz presa- gio! "Después de Chaeremón, me esfuerzo también en com- pletar la educación de mi alumno inculcándole serias no- ciones de estoicismo, aunque con dudoso éxito. El chico parece dado a una glotonería y una sensualidad que no ca- san con una austera filosofia. Pero los placeres corrientes * "Otro yo", en latín. (N. de la T.) de la juventud sólo son verdaderamente condenables si el exceso los empuja a sus últimas consecuencias. "Es una pena que no me vea mejor secundado por Agri- pina en mis esfuerzos: el arte la deja fría, y el estoicismo más aun. "A pesar de todo, a veces sueño... Si la suerte quisiera aue Británico se retirase de la competición, éste sería, des- de la educación de Alejandro por Aristóteles, el primer y memorable ejemplo de un gran príncipe cuidadosamente educado por un filósofo... de quien la posteridad -a menu- do demasiado aduladora- juzgará la talla. ¡Qué gloria para mí y qué triunfo para el espíritu si la primera aurora de una nueva edad de oro surgiese de mis desvelos, como Ate- nea del cerebro de Zeus! "Y la cosa es posible. Un punto oscuro hay, no obstan- te: el sentimiento de inseguridad del cual el joven Nerón no logra desprenderse y que a mí mismo me cuesta tanto combatir, puesto que toda la nobleza romana ha sido edu- cada en el miedo desde hace generaciones. Ese miedo, tan mal consejero, no se disipa en un día. Es mi oportunidad para demostrarle al niño que el único medio de romper el maleficio consiste en reinar con moderación, garantizando un deseable equilibrio entre las atribuciones del Príncipe y las del senado, en el caso de que los dioses lo invistieran con la más pesada carga. "El asma sigue atormentándome. La notable particulari- dad de este inconveniente es que uno se cree a punto de morir en cada crisis. Tal entrenamiento es tan saludable para un filósofo que he apodado a la extraña enfermedad medítatio mortís*. Cuando, después de largas angustias, por fin un poco de aire dilata otra vez el pecho, uno siente, ciertamente, que revive; pero sobre todo se siente más aje- no que nunca a las vanas agitaciones del mundo. En el fon- do, es una excelente escuela. "He perdido toda mi confianza en los médicos, a excep- cion del gran Asclépiado, que antaño trató, entre otros, a Pompeyo y a Cicerón. Todo el valor de Asclépiado residía en el hecho de que primero fue maestro de elocuencia y luego ignoró voluntariamente la medicina a todo lo largo de su provechosa existencia. Esta nula formación médica lo llevó a un ejercicio preventivo de sentido común que, de Cualquier manera, no podía hacer daño. Fue el médico de s sanos, que afortunadamente son más numerosos que ~s enfermos. De ahí se derivó, sostenida por una persuasi- va retórica, una moda de la dieta, la abstinencia, las friccio- * "Meditación sobre la muerte", en latín. (N. de la T.) 150 151 nes y masajes al salir de baños fríos, antes de las higiénicas caminatas a pie. Pero para los más perezosos Asclépiado descubrió que el balanceo de nuestras literas era favorable a los humores. Explicaba a quien quisiera oírle -especu- lando con el doble sentido de la palabra gestatio, que signifi- ca tanto embarazo como paseo en litera- que el vaivén de estos vehículos, al hacer que el paciente volviera a la infan- cia, poseía un efecto calmante y tranquilizador. Habiendo apostado que nunca se pondría enfermo, Asclépiado murió a edad muy avanzada de una caída en una escalera -sin ha- ber visto jamás a un médico. Pues, cuando se hace necesa- rio ver a un médico, ¿acaso no es ya demasiado tarde? "Y todavía tengo menos confianza en los insensibles ci- rujanos, desde que adquirieron la siniestra costumbre de disecar a placer y completamente vivos a los condenados a muerte de derecho común, con la esperanza de perfeccio- nar su caritativa industria. Aseguran que Hierófilo, imitado por Erasístrato, estaba muy orgulloso de haber disecado a seiscientos; ¡lo que demostraba, con toda seguridad, un ex- cep cional encarnizamiento científico! Una visión más agra- dable: Nerón, 9ue revistió el año pasado la toga viril, se ca- sará el año proxímo con su hermana adoptiva, pariente y novia, Octavia. Ella tendrá doce años. "Antes de sellaría, releo esta carta -aunque sólo sea para corregir algunas faltas de secretariado-, y se me ocu- rre que se te ha escapado una dimensión -filosófica, es cierto- del problema judío. En realidad, el judío seduce tanto como irrita. Es cierto que una fracción de este pue- blo sin precedentes sufre nuestra administración -a veces torpe- con una impaciencia preocupante. Pero por otro lado, el nuevo concepto de un dios único, trascendente, creador y guardián de todas las cosas es muy digno de atraer la atención. El judío, egoístamente ha confiscado el hallazgo. Gran número de griegos y romanos, preocupados por el ideal y enamorados del progreso moral, han descu- bierto también la riqueza potencial de esta gran idea. Así, alrededor del templo de Jerusalén, alrededor de las sinago- gas de la dispersión, una viva corriente de interés y simpa- tía ha recorrido a muchos extranjeros, a quienes les repug- nan las costumbres judías tanto como les impresiona lo esencial. Esta religión judía está más abierta a F mundo de lo que se podría pensar. Si el dios único existiera de ver- dad, ¡qué importan las costumbres pasajeras! A condición de que desposeamos a los judíos, que han hecho de ellas un atributo nacional, su dios, si los dioses le prestan vida, quizá tenga futuro por delante. Su estatura es suficiente para absorber todas las religiones e incluso todos los sin- cretismos. Pero sería preciso, para facilitar la evolución, que los judíos se prestasen al juego y no hicieran dema- siadas tonterías. Que olviden pacíficamente, por lo tanto, sus costumbres y prejuicios todavía bárbaros, que se civili- cen; entonces, sin duda, nos daremos cuenta de que Yahvé escribirse en latín, igual que en griego o en he- ~uedeTd, reo.~ en re que renunciar un día a mis sueños panteís- tas? "Me entristece mucho que los acontecimientos -mi es- tancia en Egipto, mi exilio, las necesidades de tu carrera- nos hayan tenido separados tanto tiempo, insistiendo en poner tantas tierras y mares entre nosotros. La oportuni- dad de mantener correspondencia contigo mediante un co- rreo de toda confianza es para mi, por esa razón, más dul- ce. Nuestro hermano Mela se encuentra bien y me ocupo de sus progresos. En gran parte gracias al favor de Agripi- na, mi fortuna sobrepasa actualmente los ciento treinta mi- llones de sestercios. Pero, ¿qué es eso al lado de la meditatio mortis, a veces diaria? El dinero acude de pronto a las ma- nos del hombre sensato que lo desprecia. "Si estás bien, tanto mejor. Yo me encuentro lo mejor que puedo." Marco el Joven partió hacia Xanten al día siguiente del embarco de Kaeso; Décimo regresó en ese momento, y ante el intenso alivio tanto de Marco padre como de su so- brina, aceptó en seguida a la joven en su casa, donde le es- peraba la vida elegante para la que tan visiblemente había sido formada. Las vacaciones meridionales del patricio no parecían haber modificado de ningún modo sus proyectos. Algunos días después de la instalación de Marcia, en efecto, Décimo le confió: "Hay en todo estoico un epicú- reo que dormita, y Epicuro nos enseña a regular bien nues- tros menores placeres, a retrasarlos según las necesidades para volverlos más satisfactorios. Un placer como tú pare- ce, a mi edad, una deliciosa jubilación. Pero no te volveré a abandonar después de haberte merecido tan bien. Me he dado cuenta de que te amo más de lo que pensaba, puesto que te amo tal y como eres y no como podría imaginarte si tuera más joven. Ser lúcido es el privilegio de la experien- cia, y también buscar una última satisfacción. Para una mu- jer que ha vivido antes de convertirse en mármol en un santuario, la primera cualidad del amante es una esclareci- da indulgencia". Y mientras Décimo, a la hora de la siesta, formulaba es- tos encantadores propósitos, una esclava se presentaba en la Ínsula de Aponio, portadora de todo un acordeón de ta- blillas selladas, a devolver a su amo en propia mano. Despertaron a Marco, que recibió a la muchacha en el 152 153 falso atrio; reconoció el sello de Décimo, lo rompio y leyó con creciente alegría: "Décimo a su querido Marco, ¡salud! "Este otoño me sugeriste que trajera a tu sobrina a mi casa después de la acfopción de Kaeso. Lo he hecho un poco antes de lo previsto. Espero que perdones esta preci- pitación a un hombre cuyos años tal vez estén contados con más rigor que para otros, y el gesto te dirá hasta qué punto Marcia me es querida, a mi como a todos cuantos la aprecian y le tienen un justo afecto. Es una mujer con una vida extraordinaria, un alma oculta fuerte y ardiente, capaz de calentar un viejo corazón de hierro como el mío. "EI inconveniente de mi iniciativa merece en todo caso una reparación, para ti y para Kaeso, a quien estoy decidi- do a adoptar en cuanto vuelva. Además, es imposible ima- ginar a Marcia sin el muchacho, y los encantos de mi edad madura no podrían compararse con los de un hijo tan he- cho y derecho. Prefiero que ella nunca tenga que escoger entre él y yo. "Por lo tanto desposaré a Marcia en el momento en que se pronuncie el divorcio, y Kaeso encontrará así, cuando regrese, una situación de lo más honesta, hecha a la medi- da para su alma tierna. "Serás el único cuya ausencia echaré de menos en esta íntima ceremonia, pero en caso de invitarte habría un ma- rido de más para los maledicientes -a quienes no obstante siempre he ignorado con soberbia. "Tu presente soledad me apena tanto más por ser el responsable de ella, y he buscado el regalo más perfecto posible para colmaría. "Entre todas las esclavas que los mejores vendedores vi- nieron a presentarme, he escogido a la que te ha llevado las tablillas, la cual se vería honrada haciendo las delicias de un senador. "Selene debe tener veintidós o veintitrés años. Es origi- naria de Alejandría y sus medidas corresponden exacta- mente a las de la más exigente estatuaria griega. En cuanto a su rostro, habla demasiado evidentemente en su favor como para que pierda el tiempo evocándolo. De todas for- mas, los cabellos castaños son admirables, y los ojos grises, de un raro matiz. "Afranio, que me la ha vendido, me ha garantizado su salud, la estabilidad de su humor, la riqueza de su expe- riencia y la amplitud de sus complacencias. Es bastante in5 truida,leey escribe el griego corriente, domina más o me- nos nuestro latín doméstico, y su inteligencia es de las más vivas. "Nunca compro una esclava de precio sin informarme wbre su pasado. Los mercaderes lo saben y sólo me propo- nen sujetos cuyo currículum vitae no incluye graves lagunas. A la mayor parte de estas muchachas les ocurre como a los caballos, que nunca son espantadizos sin motivo, ya que poseen más memoria que reflexión. "La vida de Selene, afortunadamente, ha sido bastante banal. Me han dicho que sus padres tenían un pequeño co- mercio de garum "castimonial '~, el cual sólo admite pesca- dos con escamas para las necesidades de las comunidades ludías; que después de una revuelta como hay muchas en Alejandría, el comercio se arruinó; que tras la ruina, la mu- chacha fue reducida a la esclavi u acia ía edad de quince años, para terminar siendo propiedad de un sacerdote de algún dios egipcio. Tuvo un hijo a los dieciséis años, que en seguida fue abandonado, y en consecuencia no le estro- peó elp echo en lo más mínimo. Más tarde pasó una breve temporada en una casa de prostitución bastante afamada, antes de ser distinguida por escultores y pintores, para quienes sirvió de modelo. Finalmente, un procurador de los dominios imperiales se la adjudicó a Afranio cuando se cansó de ella. "Llego ahora a un irrelevante pero delicado punto, que no deja de irritarme. "Cuando Afranio hizo desvestir a Selene para que yo pudiera apreciar si su perfección estaba de acuerdo con lo que decían, Marcia estaba presente, pues su opinión me importaba tanto más cuanto que el regalo te estaba desti- nado. Ya que el objeto era de una exquisita gracia, sin rela- ción con lo que yo había visto antes, el negocio se cerró rápidamente y mi tesorero entregó la suma en el acto. "Mientras Selene se vestía otra vez, empecé a interro- garla sobre su vida en Alejandría (¡siempre desconfío de lo que cuentan los vendedores!). Pero las palabras de la escla- va coincidían exactamente con las de Atranio. "La belleza de la muchacha era tal que Marcia observa- ba con pena cómo se volvía a vestir. Siempre preocupada por mi placer, y con una sincera curiosidad or comprobar ai sus propias medidas se acercaban a las de~ modelo, Mar- cia ordenó a Selene que se desvistiera de nuevo y ella mis- se desvistió. Pues bien, hechas unas minuciosas com- robaciones, ¡las diferencias eran casi imperceptibies! Lo ue. en vista de la notable diferencia de edad, hablaba en de tu sobrina. "Es sorprendente pensar que nos preocupamos de la * De castimon ja, pureza. (N. de la T.) 154 155 exacta armonía corporal de nuestras esclavas, mientras que en lo concerniente a nuestras propias mujeres nos reduci~ mos, por lo común, a vagas y engañosas impresiones. ¡De ahora en adelante, sé con quién me caso! "Como era de esperar, ~a amable y halagúeña compara- ción fue seguida por esa chanza superficial, esos toques de- licados, esas caricias tan afectuosas como precisas que se vuelven arte puro cuando, como en este caso, la pareja es digna de un pintor. ¡Sólo faltaba, ay, una tercera Gracia, que yo estaba muy lejos de poder reemplazar! "Y de pronto, tuvimos que rendirnos a la evidencia: Se- lene había sufrido esa excisión que es tradicional desde hace yo no sé cuánto tiempo entre los egipcios, pero que normalmente no se practica ni entre los griegos ni entre los judíos. "Ante este fraude en la mercancía, Marcia se sintió to- davía más ofendida que yo: cuando uno compra una escla- va, compra también toda su capacidad de goce y hasta de sufrimiento. "Selene nos contó llorando que su sacerdote egipcio -eunuco, por otra parte- le había practicado la excisióri por principio, desde el momento en que la tuvo entre las manos. Pero el operador había respetado a las ninfas y se limitó a cortar la nariz del órgano, a la salida del capuchón. "Le preguntamos a la esclava por qué nos había menti- do sobre su calidad, y sólo supo balbucear, asegurándonos, además, que Afranio no estaba al corriente. Pero, ¿qué vale la palabra de una esclava, sobre todo cuando acaba de mentir? "Uno no puede dejar pasar tapujos tan deplorables, y Marcia hizo que en seguida administraran las varas a la mu- chacha, mientras corrían por todas partes en busca de Afranio. "El chalán, naturalmente, fingió caer de las nubes, pero le señalamos el delito y al menos tuvo que admitir su ne- gligencia. Su primer alegato fue minimizar el defecto invo- cando en broma el proverbio favorito de los que acusan a los demás de ver dificultades donde no puede haberlas: "¡Buscáis un nudo en un junco!". Yo me enfadé, lo amena- cé con un proceso que lo perjudicaría, y terminé por pro- pornerle una rebaja. Después de unas vacilaciones, y estan- do Marcia de acuerdo, acepté recuperar 20.000 sestercios de los 60.000, con la idea de que la ligera y discreta mutila- ción te seria quizás indiferente. Si Selene te conviene tal cual, pronto haré que te lleven esos 5.000 denarios. De cualquier manera, no dudes en devolvérmela, y cuidaré de que no pierdas con el cambio. "Pese a todo, ¡que te encuentres bien!" Por primera vez desde la subasta que lo había hundido en la miseria, Marco sentía que la rueda de la Fortuna, tan lunática, estaba girando a su favor. Un cielo lleno de nubes se despejaba por todas partes a la vez. El vergonzoso matri- monio quedab a al fin disuelto para desembocar en un ex- traordinario éxito social. Los dos hijos habían sido coloca- dos como por milagro. Y el padre tenía, para asegurar su vejez, una sobrina y un amigo que valían por todos los te- soros del mundo. La refinada elegancia de Décimo, su previsora delicade- za, eran como para sumergir a cualquiera en una dulce emoción. ¡Qué encantadora manera de ofrecer 20.000 num- mi a un hombre necesitado! La mirada de Marco se posó, insistente, en la maravillo- sa aparición, cuyo rostro ostentaba una expresión perfecta- mente neutra. El nuevo dueño pensó en esas es finges de Egipto que sólo emergen de las arenas para guardar mejor sus secretos. Le dijo a Selene con una amplia sonrisa: -Ve a desvestirte, corazón mio, en la habitación del fondo, ¡y que mi techo te sea favorable! Selene sonrió a aquel hombre grueso que siempre seria un poco vulgar, y se dio la vuelta con los ojos llenos de odio. Los caballos nunca son espantadizos sin motivo. 156 157 r Segunda parte 1 Esa primavera del año 816 de la fundación de Roma, siendo cónsules Memmio Régulo y Verginio Rufo, Marco recibió, en primer lugar, una carta de su hijo mayor, que envió a Marcia a casa de Silano después de haberla leído. Era la primera vez que Marco el Joven tenía la oportunidad de escribir a sus padres, y se vio obligado a sacar la lengua antes de llenar el delgado rollo de papiro con consideracio- nes prosaicas y borrones en los que se reflejaba su alma sencilla. "De M. Aponio Saturnino a sus queridos padre y madre, ¡salud! "Creo que recibiréis estas líneas bastante pronto, pues las mando volando por el correo imperial, que circula día y noche y hace hasta un centenar de millas por jornada, al menos el doble que el correo privado. Para informar a Roma con urgencia de las buenas noticias -y sobre todo de las malas- el dinero no cuenta. "Tuve un buen viaje, pero hacia regiones cada vez más frías y más desoladas. No hubiéramos perdido gran cosa si Julio César se hubiera detenido en el Loira. Sólo en el sur de las Galias es agradable vivir. "Xanten, en la orilla derecha del Rhin, está a sesenta millas de Colonia, río arriba. El campo atrincherado, que recientemente se fortificó con una espesa muralla de ladri- llos, encierra dos de las cuatro legiones que mantienen po- siciones en Germania Inferior, la V Alauda y la XV Primi- genia, sin hablar de la infantería y la caballería auxiliares. Así que es una especie de ciudad. El retorio está construi- do en piedra, las tiendas de los solda~os se han transforma- do en casas, y han crecido una especie de arrabales más allá de las murallas y las torres: allí se alojan comerciantes, ar- tesanos y muchachas para todos los gustos. Durante el in- vierno, que es largo y glacial, las tropas se encierran en Xanten para hacer más tarde, en la buena estación, acto de presencia en la frontera del Rhin y relevar a las guarnicio- nes aisladas de los fortines que vigilan el curso del río. 161 Nuestra flota de guerra germánica participa en esta vigilan- cia y protege a los barcos de comercio que remontan hasta Colonia y más lejos todavía. "El Rhin es un río enorme, un verdadero mar, sin com- paración posible con el Tíber, y las legiones no lo atravie- san de buena gana. La orilla derecha ha conocido, de tarde en tarde, algunas roturaciones, pero del otro lado no hay más que landas desiertas, ciénagas impenetrables y profun- dos bosques. "Nuestra política es resueltamente defensiva y disuasi- va. A todos los pueblos bárbaros que deambulan por las in- mensidades de Germania les gustaría franquear el Rhin para cultivar mejores tierras, dejar de llevar una existencia nómada e imitar nuestro modo de vida. Pero nosotros montamos buena guardia, ya que es imposible asimilar ta- les poblaciones. Los diez mil bátavos, a quienes impruden- temente se permitió instalarse en el interior del Imperio, sobre el delta del Rhin, nos dan ya mucho que hacer. "Provisto de las recomendaciones de Silano, me dispen- saron una excelente acogida, pero el legado me dijo: 'Su- plica a los dioses que el noble Silano viva mucho tiempo, porque si compartiera la suerte de sus dos infortunados hermanos, yo no podría hacer nada más por ti". La salida da que pensar. "Mientras tanto, he ido a engrosar las filas de los "fru- mentarios , más precisamente, entendámonos, las de esa mínima y estimada parte de la intendencia que se ocupa de la información. El joven tribuno tiene aquí mucha más li- bertad que en un cuerpo de tropa corriente, y no se en- frenta con el delicado problema de dar órdenes a viejos centuriones que saben mucho más que él. "A propósito, ya he trabado contacto con esos famosos germanos, de los que tanto se habla y son tan mal cono- cidos. "Probablemente haya sido el filósofo griego Posidonio de Apamea, muerto hace más de un siglo, quien utilizó por primera vez la palabra "germanos". Pero, con toda seguri- dad, fue César quien extendió abusivamente a todas las tri- bus germánicas el antiguo nombre de los actuales túnga- ros, que se llamaban "germanos" cuando cobraron celebri- dad al atravesar el Rhin antes que nadie. Así que los ger- manos, en el sentido general del término, reciben su norrv bre de Roma, pero cada pueblo lleva una vida aparte y sólo está vinculado a sus vecinos por costumbres más o menos semejantes. Actualmente, las principales tribus que ocupan de un extremo a otro la orilla derecha del Rhin son los bá- tavos -en parte emigrados de nuestro lado, como ya he di- cho-, los tenkteres, los usipetes y los nemetes. Los ubie res, los tribocos, los tréveres y los vangiones, que antaño atravesaron el Rhin, ya no existen como pueblos organiza- dos. Al este de los bátavos y sus congéneres más meridio- nales se encuentran, de norte a sur, los frisones, los bru- cios, los marsios y los chatios. Más lejos todavía los chau- cos, los angrivarios, los cheruscos y los hermundurios, es- tos dos últimos más allá del Weser. Nuestros servicios han oído hablar, al este del Elba, de los anglos, de los sajones y de los senones. Se sabe aún menos sobre los varnios, los rugieros, los suevos, los burgundios y los godos. Los fru- mentarios del Danubio están bien informados sobre los marcómanos y los cuados, pero los bastarnos y los esquiros les son desconocidos. La multiplicidad de estas tribus, de las que sólo he citado las principales, no anima a la con- quista y la civilización. "EI germano es grande, fuerte y tonto. Vive en vastas y anchas chozas comunes, sostenidas por pilares de madera. Un techo de cañas desciende muy bajo, y las paredes son de caña trenzada mezclada con arcilla. A un lado, en el centro de la sala común, arde el fuego, cuya humareda es- cap a por un agujero practicado en la techumbre. Al otro lado, la choza se divide en alojamientos que dan a un pasi- lío central: allí duerme la gente, con un ganado miserable. El germano, en todo caso, tiene algo de animal en el olor. La primera vez que entré en una de esas chozas estuve a punto de asfixiarme. "Hay granjas aisladas y, en cuanto a las aglomeraciones, las más importantes no sobrepasan una cincuentena de chozas, construidas en desorden. "Los campesinos germanos abren el suelo con arados primitivos para extraerle cosechas escasas. Cuando la tierra está agotadia, después de algunas alternancias de cultivos y barbechos, se llevan a sus penates más lejos. Así que las ca- bañas abandonadas son moneda corriente. Las ca b ras, ove- jas, vacas y caballos de estos países son de exiguo tamaño: cuando un germano grande monta a caballo, las piernas le rozan el suelo. Los gansos y las gallinas las han recibido de los galos. El perro local, llamado torfspitz, es una verdadera bestia feroz. "Los germanos saben extraer y trabajar el hierro, tejer y teñir, y tienen conocimientos en materia de maderaje y carpintería Pero todo esto sigue siendo muy grosero. "Los hombres van vestidos con pantalón y blusón. Las mujeres, con un largo vestido abrochado a la espalda me- diante una fíbula. A los tejidos se suman los cueros de ani- males, y en invierno los abrigos de pieles. "Los guerreros combaten a pie, con la cabeza y el torso desnudos -sólo los jefes llevan casco. Su táctica habitual 162 163 consiste en formar en abanico y precipitarse sobre el ene- migo lanzando horrendos gritos tras los escudos. Sus armas preferidas son la espada yla lanza. "El comercio con Germania es limitado, evidentemente Estas regiones nos interesan sobre todo por los cabellos ru- bios de las mujeres, con los que se hacen tan hermosas pe- lucas para las romanas. Los germanos, además, tienen pa- sión por el rubio: los que son morenos se decoloran el cabello. "Pero no saben contar, leer ni escribir. Después de al. gún tiempo, un extraño alfabeto del tipo etrusco' llegó hasta nosotros. Sirve únicamente para grabados sobre me- tal o madera. Me hice transcribir en alfabeto latino una ms. cripción anotada en la hoja de una espada, que significa~. ba: "Pertenezco a Eruler, el compañero de Ansgisl. Traigo suerte. Dedico este hierro a matar gloriosamente". Lo que, en dialecto germano, resulta: "Elk erilaz asugisalas muha aita ga ga ga gihu gahelija wiju big g". ¿Qué se puede ha- cer con una lengua semejante? "Por lo que os cuento, sin duda os preguntaréis por qué los romanos necesitan siete legiones para hacer frente alo: germanos en el Rhin -sin hab lar de todas las legiones del Danubio. Y también os preguntaréis cómo se las arregla~ ron los cimbrios y los teutones para aplastar tres de nues- tras armadas antes de ser derrotados por Mario. Y querréis saber cómo acabó Arminio con las legiones de Varo de que Germánico le diera una leccion. "Estos toscos germanos me aburren: no tienen ni carre ras de carros, ni teatro, ni gladiadores. Sólo profesan un culto: el de la guerra y el saqueo; y sólo saben hacer una cosa: luchar, compensando con un incontestable vaio su carencia de táctica y equipamiento. Ya su religión, qu se alimenta de perpetuos sacrificios humanos, no resoir sino brutalidad y se pudre en la admiración de sanguina héroes. En Roma, es héroe el que se ha sacrificado por E bien del Estado. En Germania, es héroe aquél que ha degc llado a más gente. "Semejantes tendencias no serían peligrosas más ai para los germanos si se limitaran a luchar en familia, c suelen hacer. Pero, de tarde en tarde, un montón de tríDU se aglomeran para emprender alguna aventura exterior. entonces hace falta un César para derrotar a un Ario' en las llanuras de Alsacia. "La obsesión de nuestros servicios es que una masa germanos se una y salte sobre el Imperio; en consecuenl 1. El rúnico. (N. del A.) mamOs todas las precauciones posibles para mantenerlos ,ididos. Cuando, después de numerosas maniobras, con- ¡imos organizar una buena batalla entre tribus, es una victoria más para Roma, y no nos ha costado cara. "Un buen número de germanos romanizados nos ayu- Jan como pueden, pero el arma es de doble filo: si deser- nuestra causa, enseñan a sus compatriotas a batirse to- vía mejor. El héroe nacional germano, Arminio, de ori- ~n cherusco, era ciudadano e incluso "caballero" roma- o. Antes de traicionarnos, se distinguió bajo nuestras en- mas. Un nuevo Arminio seria tanto más enojoso cuanto la cuestión de Armenia sigue sin arreglarse -¿cuándo je arreglará?- y la revuelta de los bretones continúa su urso. "Esto es lo que me digo en el rincón del fuego -pues ¡vía nos calentamos en Xanten; y hablo de rincón por- e, en las casas decentes, el hogar se habilita en una es- uina de la estancia y un ingenioso conducto canaliza el umo hasta el tejado. Es más sano y más práctico que los ros del país del sol y se pueden encender fuegos infer- 's. Pero los riesgos de incendio son grandes. Si se cons- eran semejantes conductos en nuestras insulae romanas, zadas deprisa y corriendo, arderían aún más a menudo. "Cuando no estoy intrigando para incitar a la extermi- ción de los infectos germanos, no me divierto mucho. ~ngo a una hermosa chatia que se ocupa de mi cocina, 'ro su conversación es limitada. La principal distracción las arenas. Cada campo permanente de alguna impor- ¡ncia tiene las suyas. No obstante, falta dinero para traer asta aquí gladiadores profesionales. Hay que yo lverse ha- los prisioneros germanos, que son muy decepcionantes. mayoría sólo acepta combatir contra los miembros de Ira tribu, y muchos, antes que aparecer en la arena, se es- angulan con el cinturón o se asfixian hundiéndose la es- onja de las letrinas en el gaznate. ¡Este último modo de cidio da idea de su delicadeza! "En Roma corre el rumor de que los germanos conser- n virtudes que nosotros hemos perdido, y que serian ca- ces de regenerarnos si siguiéramos su ejemplo. Pero los éciles que propagan tales infundios nunca han visto un 'mano en estado natural, es decir, borracho y de cortos ~nces; a veces soñador y estúpido, a veces loco furioso. emás, hay un signo que no engaña: los germanos son los cos bárbaros conocidos que no soportan la esclavitud. la ciudad son inaguantables, y en las explotaciones agrí- ~s conviene tenerlos encadenados para evitar lo peor. mo puede civilizarse un bárbaro si es incapaz de ser un ~n esclavo? Por lo demás, los germanos son excelentes 164 165 mercenarios, pero no se les puede exigir la menor sutileza. Cuando Calígula fue asesinado por sus pretorianos, sus fie- les germanos mataron a cuanto senador cayó en sus manos, en su mayoría hombres ajenos a la conspiración. Esta ce- guera impresionó a todo el mundo. "Los frumentarios2 también tienen que rendir cuentas de la moral de las tropas, que no es muy buena que diga- mos. Si el soldado ho [g azanea, se degrada. Y si lo mandan a que se mate, refunfuña. Para sacar el máximo provecho de las armadas de oficio que han sucedido a las de ciudada- nos, hacen falta jefes de excepción. Pero la mediocridad del reclutamiento y las ambiciones no es el único punto oscuro. Con el sistema de la armada de oficio, tenemos efectivos reducidos para gastos prohibitivos. Y, a falta de patriotismo, se crea un espíritu de cuerpo que no ofrece más que ventajas. Es cierto que hay galos en las armadas de Germania, pero la mayoría de los auxiliares son germanos. De ahí que las legiones del Rhin desprecien a los habitan- tes de las Galias y que los galos tengan miedo de los solda- dos destacados para protegerlos. Es verdad que los germa- nos no han sido vencidos, y que los españoles resistieron durante generaciones, mientras que a Cesar le bastaron al- gunos años para acabar con los galos. La Galia es un vien- tre fofo, incapaz de defenderse solo. "Dadme buenas noticias de Roma. La semana pasada vestí la toga viril y me quité la barba, coincidencia que dio lugar a una borrachera bastante divertida, que me ha en- deudado por algún tiempo. Pero mi autoridad ha salido ga- nando. "Estoy preocupado por Kaeso, de quien tanto vosotros como yo pensáis que no quiere ver el mundo tal y como es. Tarde o temprano, el mundo querrá imponerle sus le- yes y habrá pelos arrancados. Ese día, sed comprensivos con él. Es el mejor de los hermanos. "Seguid bien, y agradecedle otra vez a Silano su protec- ción." Unos quince días más tarde, el correo de Atenas le llevó a Marco dos cartas de Kaeso, una dirigida a él y la otra a Marcia. El procedimiento intrigó mucho a Marco, al punto que casi se sintió ofendido. ¿Qué tenía Kaeso que decirle a su madrastra que su padre no fuera digno de leer? Marco 2. La gente de la Secreta fue llamada púdicamente agentes U' rebus (agentes de negocios) en el siglo IV. La reputación de los agentes de negocios los persiguió durante mucho tiempo. (N. del A.) 4udó en romper el sello de la carta de Marcia; luego renun- a hacerlo, se la envió y abrió suspirando la que le esta- reservada. "De K. Ap onio Saturnino a su bien amado padre, ¡salud! "He tenido un viaje maravilloso, y ya he aprendido un montón de cosas. "He comprobado, por ejemplo, que, como pretenden ciertos filósofos, la tierra es redonda, pues sobre la inmen- sidad marina, primero se ve aparecer en el horizonte el mástil de un barco, que se descubre por completo a medi- da que el barco se acerca. Sorprendente, ¿no es verdad? "Me he familiarizado con toda clase de barcos, tanto i~s cuanto que los efebos tienen una prueba de regatas en is Panateneas. Es, por lo tanto, la rama que más me ha lía- ado la atención. "Las pinturas de los vasos o los bajorelieves son enga- ñosos, pues han sido ejecutados con demasiada frecuencia or gente que no había visto nunca una nave de cerca. "La disposición de los remeros depende del ancho del arco, y sólo hay cuatro posiciones posibles, dando los ombres siempre, de todas formas, la espalda a la proa. - En una embarcación estrecha, cada remero maneja remos. "II - En un barco más ancho, hay una hilera de remeros en cada borda. Así eran los navíos piratas homéricos, cuya arte trasera estaba redondeada de antemano, pues los bar- eran izados a la playa por la parte trasera, de forma que uaieran volver a hacerse al mar de inmediato en caso de eligro. "III - En los barcos de la categoría de los trirremes, los cos de boga están dispuestos en raspa de pescado inver- ¡cia en relación a la proa, y se sientan tres hombres por anco, cada uno con un remo. De esa forma, apenas hay ~as de un pie entre los remos de un mismo banco y no de tres pies entre el remo central de un grupo de tres el remo central de otro grupo. Con esta disposición obli- ua se llegan a acumular el máximo de remos en el espacio onsiderado. El trirreme clásico, a pesar de sus escasas di- ensiones, necesita ciento setenta y cuatro remeros. Cerca la borda están los "thalamítas . En medio y un poco as alto están los "zeugitas". Un poco más alto aún se des- man los "thranitas", que gozan de un tratamiento supe- r Porque manejan el remo más largo y más pesado. "En materia de barcos de guerra, los verdaderos man- '~ tienen pasión por el trirreme, que a sus ojos es el al. La extraordinaria cantidad de remos en relación al nelaje permite, es verdad, evoluciones más fáciles y rápi- 166 167 das. El birreme, con dos remos por banco, no posee la agi- lidad del trirreme, y no se pueden disponer cuatro remeros por banco con ese sistema, pues el último remero no ten- dría fuerzas para manejar su remo. Pero para que la sincro nización entre los hombres de un trirreme sea perfecta, hace falta un entrenamiento intensivo y prolongado. "JV - El aumento del tonelaje y la disminución de las tripulaciones expertas de ciudadanos patriotas han hecho que se adopte, en los barcos más grandes, la única solución práctica: multiplicar el número d e hombres por remo en un mismo banco. Un quincuerreme, por ejemplo, tiene so.. lamente treinta remos en cada borda, pero cinco remeros por cada uno, lo que da trescientos hombres para sesenta remos. Pero el quincuerreme se llama más corrientemente "V". Y también se habla de "VI", de "VII" o de "VIII", siempre haciendo alusión al número de remeros por cada remo. El barco de guerra más fuerte jamás construido era un "cuarenta" de 4.000 remeros, lanzado por Ptolomeo Fi- lopator... pero que nunca navegó. En efecto, cuanto más se alarga el remo, más reducida3 es la carrera, ya que el des- plazamiento del remero, más alto a cada golpe de remo, aumenta, evidentemente, con la longitud del artefacto. "Te doy estas precisiones porque entre hombres de tie- rra adentro, escultores y pintores, la confusión entre los trirremes, los "V" o los "VI" es terrible. Al unos incluso han imaginado barcos de varios pisos, con filas de remos superpuestas, lo que hace reír a carcajadas a la gente de mar. "La victoria naval de Roma sobre Cartago, que nos en- tregó el Mediterráneo, pertenece a nuestros "V" o "VI" atestados de tropas contra los ligeros trirremes púnicos, so- brecargados de remeros, pero pobres en soldados. De nada le sirven a un barco sus maniobras si no da el peso en el momento del abordaje. En suma, es nuestra incompetente marina la que, empujándonos hacia las grandes dimensio- nes, nos ha llevado al éxito. En nuestros días, el prefecto se cruza de brazos en Micenas, en un gran "VI", mientras que rápidas "tiburnas" aseguran la protección en los mares contra los piratas. "Tú sabes hasta qué punto es esencial el dominio del elemento liquido para la vida del mundo romano. El abas 3. Los venecianos de los siglos XIV y XV recuperaron el sis- tema de boga de los trirremes atenienses, que llamaron "en zen- cil", pero después del 1530, como las mismas causas en~endrafl los mismos efectos, volvieron al antiguo sistema de los "V ', "VI", "VII", etc. (N. del A.) tecimiento de Roma y lo más importante del comercio de- t,enden de él. La capacidad de los barcos da cien vueltas a f~de las carreteras, que tienen sobre todo un interés militar. "Desembarqué con emoción en Grecia, en lugares car- gados de espíritu e historia, y con un agradecido pensa- miento para vosotros dos y para nuestro querido Silano. El cuartel de los efebos, el estadio y la palestra que dependen de él, se encuentran, por añadidura, en el gran puerto del Pireo, que antaño se benefició de un notable plan de urbanismo. "Lo que primero me ha impresionado y desconcertado en Atenas es la forma en que los principales monumentos están abigarrados con todos los colores del arco iris. Pero muchas de estas pinturas se hallan en mal estado, y nadie se da prisa por restaurarías. Empero, la ciudad posee un gran encanto: todo en ella parece más puro y elegante que en Roma, a pesar de la modestia de las casas y el desorden de las construcciones corrientes. "En cuanto a la efebia ateniense, es la cosa rriás diverti- da que se pueda ver. "Tras el desastre de Keronea, donde atenienses y teba- nos fueron derrotados por Filipo de Macedonia, una previ- sora democracia pensó que era hora de constituir una sóli- da armada de tierra inspirándose en instituciones esparta- nas, y la efebía recibió entonces su forma definitiva. Todos los jóvenes ciudadanos que acababan de alcanzar la edad ci- vil de dieciocho años fueron llamados a dos años de servi- cio militar, el cual comprendía también una preparación moral y religiosa con pleno ejercicio de derechos. Por otra parte, no había más que quinientos o seiscientos reclutas por ano. "Esta efebia, que ya no tenía objeto en el momento de su reorganización, fue de todas maneras celosamente con- servada bajo la autoridad de los reyes de Macedonia o de los romanos, si bien el servicio se redujo a un año y sólo los aristócratas fueron admitidos. Hace poco más de ciento cincuenta años, la efebía ateniense empezó a abrirse a jóve- nes extranjeros, originarios de las tierras griegas o de Roma. Como los aristócratas son poco numerosos en Ati- ca, y la estancia en Atenas muy agradable, a menudo hay muchos más efebos extranjeros que locales. Nuestra clase comprende cincuenta y tres atenienses y ciento veinticua- tro extranjeros. "De modo que la armada del país que inventó la demo- cracia se encuentra reducida a una nob le pandilla de todas las naciones. "¿Y qué pintamos nosotros en esta galera dorada? 169 168 "La instrucción militar propiamente dicha se reduce a amenas lecciones de esgrima y a salidas en campaña su- puestamente estratégicas. El grueso del programa lo cons- tituye la educación física y las lecciones de retórica o de fi- losofía destinadas a proporcionar un barniz que permita brillar en el mundo. Los padres de todos estos efebos están forrados de dinero y no ven la utilidad de unos estudios su- periores prolongados para sus chicos. No volveré más sa- bio,p ero sin duda si más charlatán. "Nuestra efebia parece, en primer lugar, una escuela su- perior de atletismo para aficionados distinguidos, una espe- cie de término medio entre el entrenamiento deportivo profesional, que juega precisamente un papel tan impor- tante en los paises griegos, y el entrenamiento ordinario de los municipios más oscuros. En una palabra, lo que sueña nuestro emperador Nerón para los jóvenes romanos, y lo que en la práctica tanto le cuesta conseguir. "A pesar del proverbio griego "No sabe leer ni nadar", que estigmatiza a los imbéciles, la natación y las regatas son secundarias para nosotros, y secundaria es también la equitación. Nuestro maestro de atletismo, el "pedotriba", que es el principal personaje de la escuela, centra su ense- ñanza en las disciplinas que son obligatorias tanto en los Juegos Olímpicos como en tantos otros juegos análogos: la carrera a pie, el salto de longitud, el lanzamiento de disco o de jabalina y la lucha. "La carrera a pie se desarrolla de ordinario en un esta- dio -la palabra designa la carrera, la pista y la distancia- de unos seiscientos pies romanos. (El valor del pie-patrón griego cambia con las ciudades, y la longitud del stadíon, por lo tanto, varia más o menos.) Así corremos el "doble estadio", y a veces los "cuatro estadios", sin hablar de las carreras de fondo de siete, doce, veinte o veinticuatro esta- dios. La carrera con armas, aquí, es de dos estadios. "El salto de longitud con impulso se vuelve más difícil porque se salta con halteras. "Lanzamos un disco de bronce bastante pesado, frotado con arena fina para asegurar mejor la presa. "El lanzamiento de la jabalina está facilitado por el uso del propulsor, esa correa de cuero que nosotros llamamos amentum y los griegos agk¡¿Ilé. "La lucha consiste en hacer que el adversario toque tie- rra sin que uno mismo llegue a caerse, pero no basta po- nerlo de rodillas: debe tocar con la parte alta del cuerpo. "Tales son las cinco pruebas clásicas del pentathlon, que se encuentran en todas las competiciones. "Recibimos adicionalmente algunas lecciones de boxeo, pero nos cubrimos las manos con las suaves vendas que se utilizaban antaño y no con los vendajes de cuero duro que son de reglamento desde hace tiempo. Los efebos son co- quetos y no hay que estropearlos. Con mayor razón, nues- tra iniciación al pancracio* es precavida. "Es obvio que el entrenamiento en todas las pruebas se combina con una gimnasia preparatoria que los griegos han codificado notablemente. "Asi que pasamos muchas horas del día desnudos al sol, embadurnados con aceite y polvo (¿acaso no distinguió Fi- lóstrato cinco clases de polvo, de las que cada una poseía sus propias virtudes?). Y esperamos con impaciencia el mo- mento de sacudirnos y lavarnos. "Los baños que lindan con la palestra son muy rudi- mentarios al lado de los romanos. Aquí las termas son un anexo del terreno de deporte, mientras que en Roma son, con mucho, lo principal. Nosotros hemos tenido que espe- rar que construyeran las nuevas termas de Nerón para ver aparecer instalaciones deportivas importantes, pero ya sa- bes que la muchedumbre, que está lejos de tener espíritu griego en ese punto, se limita a mirarlas. "A nuestra palestra está unida también una armoniosa sala de conferencias, una especie de pequeño teatro provis- to de gradas. Así no perdemos el tiempo entre el deporte y el estudio. "Contamos con profesores permanentes, pero numero- sos conferenciantes con los más variados conocimientos tienen el honor de dedicarnos momentáneamente su aten- ción y la ciudad se lo agradece con un hermoso decreto. "Eminentes filólogos nos dan un complemento de "gra- mática" griega de alto nivel, a propósito de Homero y de los poetas trágicos, claro; también abordamos a los grandes prosistas, aunque más superficialmente. Lo esencial de las ambiciones pedagógicas se halla en la retórica y la filosofía. "A consecuencia de la evolución política, la retórica de- hberativa, que enseña a convencer a una asamblea de cual- quier cosa, está bastante descuidada. Nuestras legiones son más convincentes que todos los oradores. La retórica judi- cial apenas es más brillante, pues han desaparecido las grandes causas. Es la retórica "epidictica" o de aparato, el arte de exponer con gracia una bonita conferencia, la que recibe todos los sufragios. Y como la primera cualidad del retórico, que sólo tiene su voz para defenderse, es la pru- dencia, nos concentramos en la inocente oración fúnebre ~-disciplina bastante práctica, por cierto, puesto que cada * Ejercicio gimnástico que combina la lucha y el pugilato. (N. de la T.) 170 171 uno de nosotros, desgraciadamente, tendrá que hacer un día el elogio de un ser querido. El discurso tipo incluye cuarenta puntos divididos en seis partes. Con esquemas así, uno está preparado para cualquier eventualidad. "En Atenas, las buenas cabezas presumen de aticismo, es decir, de emplear solamente palabras, expresiones y gi- ros familiares para un Demóstenes o un Jenofonte. Tam- bién en Roma, como sabes, está bien representada la ten- dencia arcaizante. "Pero la comparación se acaba aquí. Me ha asombrado comprobar hasta qué punto el griego popular sigue sien- do fiel al griego clásico: a esta lengua le cuesta cambiar, mientras que nuestro latín literario ha llegado a ser casi un idioma extranjero en relación al hablado. Ya Plauto, cuyas comedias, por cierto, se dirigían en primer lugar a la plebe, se come tranquilamente letras al final de las pa- labras. Dice viden en lugar de videant. Suprime las e pegan- do, una con otra, palabras diferentes. Por ejemplo, copia est se transforma en copiast, certum est en certumst, ornatí est en ornatist, facto est en factost, etc. Y las síncopes son habi- tuales: tabernaculo se vuelve tabernaclo; periculum, periclum; y lo mismo los verbos, donde amisistí se transforma en amistí, paravistí en parastí. El si da lugar además a contracciones: sí vis desemboca en sis y si vultis en sultis. Desde enton- ces, el latín hablado se ha enriquecido con una multitud de palabras demasiado vulgares para figurar en el latín li- terario, y la gramática oral se encuentra disgregada. El pueblo ya no emplea más que el nominativo y el acusati- vo, multiplicando las preposiciones en torno a este último caso, y al final los síncopes de Plauto lo han invadido todo. ¿Qué esclavo habla de su domina? ¿No es más fácil domna? Paralelamente, la masacre de las breves y las largas siguió su curso y un acento tónico vino a puntuar cual- quier discurso familiar. El estudiante latino escribe una lengua artificial, y tiene que hacer un esfuerzo para decla- maría decentemente. "He interrogado a personas instruidas sobre las razones profundas de esta sorprendente diferencia de evolución en- tre el griego y el latín, pero no he sacado gran cosa en cla- ro. La acelerada evolución de nuestra lengua, en todo caso, no desacredita nuestras conquistas, pues el latín hablado es tan descuidado y diferente del escrito en Roma y en Italia como en las provincias extranjeras. "Se puede lamentar el fenómeno, lamentar también que el latín hablado no conozca otro derivativo escrito que laS obscenas pintadas de las letrinas o los tugurios. Pero uno se consuela con la idea de que actualmente Virgilio es co- nocido de Tánger a Damasco y de Cartago a Clonia, en 172 tanto que una misma lengua jurídica y administrativa hace la ley para tantos pueblos diversos. " Al contrario que la mayoría de mis caramadas, me gus- ta más la filosofia que la retórica. Cierto que es preciso ha- blar bien para ensar bien, pero es útil tener algo en la ca- beza antes de a~ nr la boca. "Y sin embargo, la mayoría de los filósofos presentan su doctrina de forma bien poco atractiva, a fuerza de cor- tar los pelos en cuatro, de inventar palabras nuevas o de dar un nuevo sentido a palabras antiguas, como si la eleva- ción de su pensamiento los privara de hablar como todo el mundo. Por otra parte, pasan mucho más tiempo midién- dose con sus colegas que haciendo el elogio de sus ideas. "Pero, profundizando un poco, uno se da cuenta de que todo el esfuerzo de la filosofia no hace más que discurrir de forma complicada sobre un pequeño número de proble- mas permanentes cuyos enunciados son terriblemente sen- cillos. ¿No será el mundo una materia inconsciente, y nues- tra propia conciencia una emanación provisional y paradó- jica de dicha materia? Epicuro -entre nosotros Lucrecio- ilustró este materialismo. ¿O bien la solución, como creen los platónicos y los estoicos, será más o menos panteísta? Esta solución de moda tiene a su favor, por cierto, el he- cho de que a la inteligencia le cuesta imaginar que puedan existir dioses fuera del espacio y del tiempo. O bien, a fin de cuentas, se puede ser escéptico. Los griegos, que crea- ron la filosofia, profundizaron tanto en ella que hoy en día hay en Atenas una floración de escuelas, cada una de las cuales cultiva un matiz. Parece dificil descubrir una idea que los griegos no hayan descubierto ya. Esta multiplicidad da vértigo, pero en compensación empuja hacia lo esencial. En un clima así, nuestros dioses romanos parecen imágenes para niños. Y me digo que si hemos conquistado la tierra entera, no es porque nuestros dioses sean buenos, sino porque los imaginamos como tales. La tendencia de los hombres a creer firmemente lo que no puede demostrarse es algo extraño. No obstante, un punto sobre el cual la casi totalidad de nuestros profesores están de acuerdo es la existencia de una abrumadora fatalidad. Ya sea por sentido Común o por ignorancia, los romanos no tienen este pre- juicio. Piensan instintivamente que el mundo es lo que el hombre hace de él. Tal es la doctrina de los vencedores. "Para ser completo, debo mencionar las conferencias musicales. Pero son excesivamente teóricas. "En primer lugar estudiamos las relaciones numéricas que definen los diversos intervalos de la escala: 2/1 para la OCtava, 3/2 para la quinta, 4/3 para la cuarta, 5/4 y 6/5 ~ra las tercias mayor y menor, etc., mientras que 9/8, el 173 J exceso de la quinta sobre la cuarta, mide el tono mayor. Así llegamos a calcular la duodécima de tono. Los griegos no han descubierto el modo de medir directamente la 1 re- cuencia de las vibraciones sonoras, pero las precisan indi- rectamente midiendo en monocorde la longitud de la cuer- da vibrante o la longitud de un tubo sonoro: las longitudes son entonces inversamente proporcionales a la frecuencia de las vibraciones. "Este descubrimiento es el gran orgullo de los pitagóri- cos, que lo han aprovechado para filosofar de forma intem- perante. Pero no han pensado en aplicar sus tratados de acústica a la construcción de los teatros y odeones. Perezo- so por naturaleza, el griego, para hacer un teatro, se con- forma con excavar una colina y,p or casualidad, resulta que la acústica es buena. Ni en Grecia ni en Roma existen vín- culos entre las ciencias y las técnicas artesanales, abando- nadas al empirismo. "Después estudiamos la teoría del ritmo. En lugar de di- vidir y subdividir un valor inicial cualquiera, los griegos su- man valores unitarios indivisibles a partir del "tiempo pri- mero" de Aristoxeno. Así se deriva un sistema de gran flexibilidad, que puede dar cuenta de los ritmos más ricos y complejos. "Mas, en lugar de confiarnos instrumentos, nos expo- nen las virtudes de los diferentes modos: dórico, hipodóri- co, frigio, lidio o hipolidio... "En cuanto a las matemáticas ropiamente dichas, no son más que un pobre apéndice de i~a filosofía. "Ya ves hasta qué punto estamos ocupados; pero tene- mos las tardes libres, y las noches áticas son espléndidas. Como todos estos jóvenes son adinerados, a menudo des- deñamos la pasable pitanza del cuartel, cambiándola por banquetes que se prolongan en interesantes discusiones. Es difícil pintar la elegancia de estas veladas, tan bien gradua- das. "En suma, sólo los gladiadores me recuerdan aquí a mi ciudad natal. Los griegos han llegado a tener por esta di- versión una pasión igual a la nuestra y Atenas se ha con- vertido, en este aspecto, en la verdadera rival de Corinto. Pero la madera es demasiado rara y demasiado cara como para que en estas regiones se edifiquen los grandes anfitea- tros de madera que se ven en Occidente, y falta dinero para construir en piedra como en Pompeya, que cuenta con el primer anfiteatro de este tipo y uno de los pocos que existen hasta el momento. Así que los griegos ofrecen sus espectáculos en las plazas públicas, en terrenos baldíos en los alrededores de las ciudades, o simplemente en los teatros. En Atenas se desarrollan hermosos munera al pie de 174 la Acrópolis, en el teatro de Dionisos, y hay algunos filóso- fos que intuyen en ello una falta de gusto y hasta una im- piedad. ¡Pero su Opinión se la lleva el viento! Como en Roma, la sangre atrae a la muchedumbre, y también la perspectiva de alguna buena suerte. Parece que tales repre- sentaciones ponen a las mujeres en un estado de menor re- sistencia, y como dice con tanta gracia nuestro Ovidio: "Quien ha venido a contemplar heridas, se descubre a si mismo herido por las flechas del amor"4. "Mi pedagogo Diógenes, arrancado al presidio de sus clases, lleva una vida de ensueño. No tiene nada que hacer aparte de acompañarme cuando voy a la ciudad cubierto con el petaso* y vestido con la clámide** negra, uniforme de la escuela. "Te doy las gracias por esta experiencia fuera de lo co- mún, de la que sin duda obtendré un gran beneficio. Y aprovecho la oportunidad para agradecerte también la edu- cación que me has dado, a pesar de tantas dificultades. Los dioses me han concedido unos padres excepcionales. "Le escribo aparte a Marcia para pedirle consejo sobre un pequeño problema que me preocupa. Creo que en ese asunto una mujer verá más claro que un hombre, ya que le concierne menos. Confio en ella para que te diga lo que considere adecuado con su delicadeza habitual. "Cuidate. Jugando a pelota recibí un golpe de palo que momentáneamente me ha dispensado de educación física y me ha procurado tiempo libre para escribiros. Pronto esta- ré restablecido." Marco le enseñó a Selene el final de la carta de Kaeso y solicitó su o inión, que se había acostumbrado a tener en cuenta. En el?fondo, seguía teniendo necesidad de una mu- jer inteligente para saber lo que debía pensar. -Me sorprende -dijo la esclava- que los atenienses busquen muchachas durante las matanzas del teatro de Dionisos. Deben de haber cambiado. -¿Qué quieres decir? -Tu hijo habrá visto mal o lo habrá fingido. Los ate- nienses sólo pueden interesarse de verdad por los mucha- chos. -Entonces, ¿crees que el pequeño problema de mi Kaeso...? 4. La cita exacta es: "Á.et qz¿i spectavít t'ulnera, vuinus habet." (N. del A.) * Sombrero de alas anchas y copa baja. (N. de la T.) ** Capa griega. (N. de la T.) 175 j -¿No me dijiste que tu Kaeso era hermoso corno un joven dios? Si se deja a un joven dios en Atenas, no puede darse la vuelta sin que le pase algo malo. Y en su angustia, el joven dios consulta a su madre, que es para él la ambi- gua imagen de la castidad y de la experiencia. Como tan acertadamente declara el joven: los padres, a fuerza de competencia, resultan incompetentes para estas cosas. El desengañado cinismo de Selene arrastraba con fre- cuencia a la joven a declaraciones chocantes, que había que perdonarle en vista de su perspicacia. Además, no habla nada humillante en que la inteligencia de una esclava fuera superior, ya que, después de todo, era propiedad del due- ño. Lo humillante era la inteligencia de las esposas emanci- padas. Ensombrecido y turbado, Marco despidió a Selene con una pizca de mal humor. II La carta de Kaeso produjo en Marcia una conmoción: "De K. Aponio Saturnino a su querida madre, ¡salud! "Le escribo a padre en el mismo correo, y en esa co- rrespondencia po ras leer buenas noticias de tu afectuoso hijo. También te escribo a ti, pero más bien para que tu sensatez y tu virtud me aconsejen a propósito de una cues- tión que me preocupa mucho. Por cierto que no es común que los jóvenes se atrevan a confiarse a sus padres, pero tú no eres para mi una madre corriente. Eres menos que una madre, ya que no hay lazos de sangre entre nosotros -y tengo la impresión de que esta circunstancia me quita de encima el peso de la incomodidad mientras trazo estas lí- neas. Eres más que una madre, cuando pienso que has tra- tado a tus dos hijastros con una entrega y una luminosa ternura de las que la mayor parte de las madres serian in- capaces. Y el primer salario de tus bondades es la ilimi- tada confianza que me inspiras, la libertad con que some- to a tu juicio lo que me inquieta, como si conversara con Otro yo. "En Roma se alaba la continencia de Escip ión que, por motivos de oportunidad política, se abstuvo de tocar a una joven rehén española. Pero sabes que en Grecia la conti- nencia ejemplar es la del rey de Esparta, Agésilas, que se prendó de Megabato, hijo de Espitridato, "tanto como un temperamento ardiente puede amar un objeto muy bello", como lo precisó su amigo Xenofón, modelo de toda la ele- gancia ática. Evidentemente, tanto para el narrador como para su público, Agésilas no habría tenido mucho mérito desdeñando a una mujer, pero el hermosísimo Megabato era otro asunto. Y, por otra parte, el mismo Xenofón nos declara: "Ahora tengo que hablar de la pederastia, porque ella forma parte de la educación". "Bueno, ya he soltado la gran palabra, la más extrava- gante para un romano. Este tipode relaciones, que entre flosotros se mencionan sin comentarios, cuando no susci- tan la ira de algunos censores o el divertido desprecio de la 176 177 mayoría, forman parte integrante del ideal educativo del mundo griego. "En torno a Sócrates se profesaba que la armada más invencible estaría compuesta por parejas de amantes, y así fue la tropa de héroes creada por Górgidas, con la que Pe- lópidas constituyó el famoso batallón sagrado. Sólo los pe- derastas tebanos podían luchar con pederastas espartanos. Tú sabes que esos bravos reposan hoy bajo el monumento conmemorativo de Keronea, elevado tanto a su arrojo como a la pasión que les unía. Los macedonios que los des- triparon en el campo de batalla no eran todos pederastas, pero los superaban en número, y sus picas eran más largas. Ser pederasta no es suficiente para vencer, pero se compar- te una muerte más amable. "En la efebía cretense, es tradición que el amante rapte a su amado y lo conduzca a su grupo aristocrático de ami- gos para presentarlo en él; después los dos jóvenes, acom- pañados de sus padrinos, se van de viaje de bodas al campo durante dos meses, celebrando banquetes y cazando en co- mún. Acabada la itinerante luna de miel, el amante le rega- la una armadura a su amado, que lo convierte en su escu- dero. Estrabón puede decir de estas costumbres que "en tales vínculos, se busca menos la belleza que la valentía y la buena educación"; de todas formas, es como para sor- prender a un occidental. Estrabón debió de morir bajo Ti- b eno, si mi memoria es buena. Estas lunas de miel son muy recientes. "A consecuencia de la desaparición de las armadas grie- gas, la pederastia militar -con cierta nostalgia- encontró refugio en las instituciones efébicas de las diversas ciuda- des. Como no había otro remedio, las armas no cedieron el puesto a la toga, sino al amor. "La pederastia goza en Grecia de un prejuicio favora- ble, no sólo gracias a las hazañas guerreras que ha inspira- do. Grecia debe a una cohorte de pederastas el haberse desembarazado de sus tiranos. En Atenas, el Pisistrátida Hiparco fue asesinado por Aristogitón el bien llamado, porque el tirano importunaba su trato con el bello Harmo- dios. Del mismo modo, Antileón asesinó al tirano de Meta- ponto, que le disputaba a Hiparinos. Y Karitón y Melanipo conspiraron por la misma razón contra el lúbrico tirano de Agrigento. Podría multiplicar tales ejemplos. No es el amor por la libertad lo que ha hecho desaparecer a los tira- nos, sino el crimen pasional. Y es concebible, pues el ma- yor atractivo de la tiranía para un griego radicaba en el po- der de saltar impunemente sobre los muchachos de otros. Y llega un día en que, a fuerza de estirarla, la cuerda se rompe. "Actualmente, en vista del declive de las pederastias mi- litar y política, la costumbre florece en las escuelas de pen- samiento, donde es de buen tono que los alumnos vivan en intimidad con el maestro. Es el triunfo de la enseñanza oral: uno se pasa de boca en boca las ideas puras y los pría- oOS. Sócrates, cuando no estaba arreglando las intrigas de las piezas de Eurípides, seducía a toda la juventud dorada de Atenas. Platón fue, entre otros, amante de Dión y de Alexis. Y para no salirnos de esta Academia, Xenócrates lo fue de Polemón, Polemón de Crates y Crántor de Arcésilas. Su sucesor, Bión, también se acostaba con sus discípulos. En resumen, los Académicos se reproducen, de generación en generación, gracias a relaciones estériles. La inmortali- dad les pertenece, y con muy pocos gastos. También Aris- tó tel es fue amante de su alumno Hermias, tirano de Atar- nea, a quien consagró un himno digno de los elogios pederásticos de Teognis de Megara. Y si abandonamos la filosofía, nos damos cuenta de que Eurípides, después de haber recibido las lecciones de Sócrates, fue el amante del poeta trágico Agatón, que Fidias lo fue de su alumno Ago- r~crito de Paros, que el médico Teomedón lo fue del astró- nomo Eudoxo de Cnido. En cuanto a Sófocles, una anéc- dota ridícula lo hizo famoso. Cuando cedió, bajo las mura- llas de Atenas, al atractivo de un niño que buscaba fortuna, el elegido se escapó con su hermoso manto, y el genial poeta tuvo que atravesar el ~~cerámico~~*, en un fresco día de otoño, con el manto del chiquillo, que le llegaba por los muslos. Cuanto más valor tienen los griegos, tanta más in- teligencia y talento exhiben y tanto mas les ocupa el amor de los muchachos. "He interrogado francamente sobre el tema a compañe- ros atenienses, e incluso, en el acaloramiento de un ban- quete, al padre de un compañero, que me declaró: ""Aqui amamos la belleza, y el hombre es bello en sí mismo. Con toda evidencia, la mujer sólo es bella en rela- ción a lo que uno hace de ella: un instrumento de repro- ducción o de placer. Aquí amamos la inteligencia y la mu- er no la tiene, no por educación, sino por naturaleza. De las mujeres nunca ha surgido un filósofo yt ar dará mucho en surgir. Aquí amamos todas las artes por cuya gracia se encarna la belleza. De las mujeres nunca ha surgido un gran escultor, un gran pintor, un gran músico. Sólo han dado a luz a un poeta: Safo. En consecuencia, si amas todo lo que hay de mejor en el mundo, buscarás estas cualidades * Barrio de Atenas que recibía su nombre de los talleres de alfarería que había en él. (N. de la T.) 178 179 en un hombre para hacerlas tuyas, y cuando las consigas tendrás el altruismo de hacer que otros hombres se aprove- chen de ellas, de forma que la cadena de la ciencia y el arte esté bien aceitada por el amor. "Este aceite que aderezaba el discurso hizo reír a toda la asistencia, pues en este país es obvio que el aceite de 108 estadios sirve para diferentes fines. Y otro padre de efebo, animado por este espiritual chiste verde, re bajó en un gra- do la conversación. "Anaxímenes -dijo- habla de oro, pero me veo obli- gado a hablar de plata o de bronce para acabar la instruc- ción de este joven conquistador del universo. "La mujer también sufre la redhibitoria desgracia de no estar hecha para vínculos prolongados con un ser de distin- to sexo. O bien apenas obtiene placer en el matrimonio, como ocurre tan a mentido, y es muy enojoso para todo el mundo, o bien su placer le da cien vueltas al de su marido, que hace un papel lamentable mientras espera que ella lo engañe. El acuerdo físico armonioso entre el hombre y la mujer es una rareza provisional. Ora el plectro es muy pe- queño, ora es demasiado grande como para rasguear la lira a satisfacción. "Asi pues, un hombre razonable tendrá relaciones de esencia superior y satisfactoria con un muchacho. Por pie- dad hacia su ciudad, mantendrá algunas decepcionantes re- laciones con una esposa hasta que quede embarazada -es- tando el peligro en desbridaría a causa de lascivas y dema- siado frecuentes fantasías. En cambio, apreciará la compa- ñía de sus concubinas y de las hetairas, a quienes sólo se pide que finjan. Tal es la trilogía que desde hace siglos ase- gura la felicidad de los atenienses. Ahí radica el único equi- Lib rio concebible." " "Entonces -observé yo- ¿los dioses no habrían mo- delado a las mujeres más que para la reproducción o el lupanar?" " "Es lo que te confirmarán todos los convidados de cierta edad , derramando una lágrima en la copa por el des- tino de las escasas mujeres a las que han preñado y las nu- merosas hetairas que han fingido con ellos." "En una asamblea así habría estado fuera de lugar po- ner como ejemplo la perfecta dignidad de vida de mis que- ridos padres. "¿No es turbador, sin embargo, que estos griegos que nos lo han enseñado todo -a excepción de una pederasti~ militar que no bastó para salvarlos- abriguen por expe- riencia tales ideas sobre ese tema? Distingo mal la parte de verdad que podría haber en semejantes concepciones. "Esperando ser instruido, compruebo que los amores asculinos griegos, como era de esperar, no pueden ser 1atónicos. En Atenas se dice incluso, crudamente, que al Dntrario de lo que ocurre con la imperfecta mujer, el ~mbre que tiene contacto con otro hombre reúne en sí rodas las posibilidades, sensibilidades y placeres: ya se haya invertido en su infancia o en su vejez, podrá vanagloriarse de las activas inclinaciones de la fior en el otoño de sus días. "Acabamos de volver de una excursión a Thera, una ex- traña isla de las Cícladas a unas 130 millas del Pireo, donde parece que Vulcano estableció antaño sus forjas. Platón, en el Crítias, sitúa la Atlántida al oeste de las columnas de Hércules, pero viejas leyendas sugieren que ese continente sumergido tal vez se hallase del lado de Thera. A poca dis- tancia del santuario de Apolo Carneios, las rocas rebosan de pintadas obscenas del tipo "Por Apolo q,ue fue aquí donde Krimón se tiró al hermano de Baticles', etc. Y los viajeros romanos que vienen a curiosear han seguido escri- biendo en nuestra lengua: "Vení, vídí, futui"*, o bien "Hic, Graecíam futui!"**. Pero se puede apostar cualquier cosa a que esta Grecia era masculina. Entre nosotros, las pintadas pederásticas son minoría. En los países griegos, es al con- trario: apenas se presume del comercio con las mujeres. "Por otra parte, los mitos religiosos canonizan el amor griego. Zeus y Ganimedes, Heracles e Hylas, Apolo y Ja- cinto, la violación del joven Crisipo por Layos en la noble epopeya de Menandro... Y, de Alceo a Píndaro, los grandes liricos celebran la pederastia a más y mejor "Todas estas evocaciones históricas o actuales son para 'decirte que me están presionando para que elija un amigo, siguiendo las costumbres de la escuela y de la ciudad que tan amablemente me acoge. Mi continencia en este unto ha hecho que me apoden "Agésilas", y siempre es del?icado hacerse notar. Pero antes de ponerme a la moda quiero co- nocer tu opinión, pues mi primera ambición es no decep- cionarte nunca en nada. "También me retiene una vaga aprensión. Pues me he ciado cuenta de que ciertos griegos, a fuerza sin duda de Someterse a vergonzosos asaltos, han llegado a ser práctica- mente incapaces de servir a una mujer. E incluso en Atenas Son víctimas de cierto desdén, por no haber sabido mante- ner la trilogía sagrada, el deseable equilibrio entre su parte delantera y su parte trasera. "Espero tu respuesta con impaciencia, mientras que en * Llegué, vi, jodí. (N. de la T.) ** ¡Este jodió a Grecia! (N. de la T.) 180 181 los baños de la palestra se me dirigen homenajes demasia- do numerosos, pues el cansancio de la carrera no ha conse- guido abatirlos. (Si los griegos corren tan deprisa, es por- que corren detrás de los muchachos.) "¡Oh la más bella y exquisita de las mujeres, la más atenta de las madres y la mejor de las amigas, ni siquiera. puedo reprocharte haberme hecho tan hermoso y sensible! ¿Dónde se detendrán tus perfecciones? "Cuidate y asegúrale una vez más al noble Silano toda mi agradecida y respetuosa amistad. La bolsa que tan gene- rosamente me ha asignado, en principio, me basta. Pero en Atenas, si bien a los muchachos se los encuentra bastante gratuitamente, no ocurre lo mismo con las hetairas. Si ta- les son tus órdenes, a pesar de todo, haré lo imposible para seducir a una sin que me cobre. Venus, diosa del éxito, me ayudará. "Amame como yo te amo." Más trastornada aún de lo que habría creído posible lle- gar a estar, Marcia terminó por pedirle consejo a Silano, con quien acababa de casarse deprisa, con presagios tanto mas favorables cuanto que el cónyuge era una personalidad del ilustre club gastronomico de los augures. Marcia gemía: -Uno se queja de que los hijos no se confían a sus pa- dres, y por una vez que uno lo hace, ¿cómo contestarle algo oportuno? "En Roma, con el nuevo reinado, los pederastas están en plena ofensiva. Nerón ha hecho instalar en los bosques, cerca de la naumaquia transteverina de Augusto, una feria permanente del sexo, donde las putas y los invertidos se dan la mano para proporcionar placer a todo el que pasa; y en el séquito compacto de los augustianí de cabellos vaporo- sos que sirve de c a ue al emperador, cada muchacho espe- ra que el Príncipe tire su pañuelo. La vida, en esta ciudad, se ha vuelto una perpetua fiesta donde todo está horrible- mente confundido. Habíamos pensado que en Atenas, al menos, Kaeso encontraría una pederastia elegante y poco agresiva, edulcorada por el tiempo, propicia a las cosas del espíritu, que él tendría el buen natural de mirar por enci- ma del hombro. Pero bien veo que los griegos no han per- dido nada de su acometitividad. Toman como pretexto el atletismo para correr, espada al viento, tras los últimos inocentes de esta tierra. ¿Qué vamos a hacer con nuestro Kaeso? Y las hetairas, por otra parte, ¿son tan recomenda- bles? A Silano, que antaño había encontrado en la refinada práctica del amor griego un agradable derivativo para el aburrimiento y la inquietud, le costaba trabajo tomarse la mituación a la tremenda, y se esforzó por tranquilizar a su mujer con moderadas consideraciones, que a él le pa- an de sentido común. Los recién casados discutieron el problema a mas y mejor, hasta que Silano se cansó y pusie- ron a Marco vagamente al corriente, para que no se dijera que no le habían contado nada. Al fin, luego de los últimos conciliábulos, Silano tuvo el mérito de tomar personalmente la pluma para arreglar el asunto lo mejor posible, y en un griego con elegancias aticistas. "De D. Junio Silano Torcuato a su querido Kaeso, ¡salud! "Con autorización de tu padre, tu madre me ha confia- do la alarma que tu carta le causó, y que incluso llegó a mortificar su pudor. Tus padres juzgaron, sin duda, que un amigo que ha vivido mucho estaba aún más calificado que ellos mismos para sugerirte con prudencia el camino recto en materia tan delicada. Así que soy yo quien te responde, con tantos más motivos cuanto que no soy ajeno a la situa- ción que te perturba. "Leyéndote, se diría que ya has presentido lo que con- venía pensar y hacer cuando confiesas que te presionan para adoptar las costumbres particulares que allí son más o menos indispensables. ¿Qué importa que quieran hacerte beber vino griego de resma o no? Lo único importante es saber si a ti te gusta. "Por cierto que el buen juicio consiste en respetar la mayor parte de Las costumbres del medio donde uno vive, pues casi siempre tienen buenas razones de ser y seria vano que uno solo pretendiera reformar hábitos bien anclados. Pero esta perezosa sensatez sólo concierne a las costum- bres secundarias, cuya observación no compromete al ser entero, y no condiciona ni su felicidad ni la estima en que debe tenerse a sí mismo. Las relaciones amorosas entre los sexos son algo de tan notables consecuencias que una gran diosa ha hecho de ellas su exclusiva ocupación. Observa sin embargo que, si bien nuestros padres consagraron un templo a la Venus Encina del amor pasión, al mismo tiem- po consagraron otro a la Venus Verticordia, que aparta a los corazones de los placeres inmorales y conjura los exce- Sos que los acompañan. Hagas lo que hagas, tendrás una diosa a tu servicio, lo que no debe incitarte a hacer lo que sea, sino al contrario, a actuar como hombre libre, como desees de verdad, sin preocuparte de las modas locales o Pasajeras. Estás en edad de verte seducido por la moral del Placer. Así pues, sé riguroso con tu propia moral y sigue la inclinación que sientas más natural y profunda, pues nadie va a gozar por ti. 182 183 "Si nos hubieras confesado una pasión sincera por u~ hombre joven, habríamos hecho sacrificios por ti a Venus Encina. Si en cambio cargaras con un muchacho por sim- ple cortesía hacia tus huéspedes, no seria honrado ni para el muchacho ni para ti, y sabes que tanto la Venus Encina como la Venus Verticordia se velarían tristemente la cara. Es lo que haría, con mucha más razón, la estatua del Pudor Patricio que tanto se parece a tu madre, en el corazón del pequeño templo del Foro de los Bueyes. Y tus padres, como yo mismo, se sentirían apenados. "Releo por casualidad que Cicerón enviaba 66.000 se~- tercios al mes a su hijo cuando éste estudiaba en Atenas, y comprendo que tengo que hacer más, en vista de la deva- luación del dinero. Voy a encargarme de triplicar tu bolsa, de modo que puedas procurarte amor si tu belleza no fuera bastante convincente. El propio Zeus tuvo que dejar caer una lluvia de oro en el seno de Dánae para abrirse paso hasta su corazon. "Tus padres te mandan un abrazo y agradecen tu ejem- plar con fianza, que les ha emocionado mucho. "Puedes contar siempre con mi amistad y mi consejo. Que te encuentres tan bien como yo, ¡y que todas las Ve- nus te guarden! "P.S.: La pequeña Claudia Augusta, a pesar de los sacri- ficios de los Arvales, acaba de morir bastante súbitamente, y el dolor de la pareja imperial es inmenso. A tu padre, abrumado por los festines fúnebres, le cuesta digerir su pena. "Nerón abandonó bruscamente una sesión de lectura pública de la Farsalia de Lucano, hijo de Meda y sobrino de Séneca. Ya Séneca miraba con mala cara a la corte. Lucano le hará ascos, violento y forzado. "Hay que decir que había hecho todo lo necesario para atraerse esta desgracia, de la que hay que esperar, por él, que no vaya más lejos. "Lucano fue primero el niño mimado del poder. Hace tres años, con ocasión de los Juegos quinquenales 'a la grie- ga organizados por el emperador, fue recompensado con una corona por un poema dedicado sin reservas a la gloria del Príncipe. Pero parece que tanto su estoicismo como su talento se le han subido a la cabeza y estaba un tanto en- greído. Su Farsalia refleja esta peligrosa evolución. El prin- cipio no presenta nada que pudiera molestar a Nerón, que incluso es comparado con Apolo-Febo. No obstante, cuan- to más avanza la obra, más evidentes y acerbas se hacen las criticas al régimen. Catón de Utica, el enemigo mortal de César, cobra visos de semidiós. La acelerada helenización de todos los aspectos de la vida romana, tan cara al empe zador, es tratada con creciente desprecio. Incluso se pone en cuestión el absolutismo. Y todo esto, no en el nombre de un optimismo virgiliano cualquiera: el pesimismo deses- perado del autor es innato y rompe cruelmente con la ale- gre fiesta en que Nerón ha convertido la tarea de gober- nar. Conociendo a Lucano como yo lo conozco, en lugar de quedarse tranquilo acentuará más todavía sus impruden- ~cías en los últimos libros que le quedan por escribir. "Te digo esto para impedir que abundes en elogios des- considerados de Lucano si te diera por ahí. Incluso en Ate- nas, las paredes oyen. "Vivimos en una Atlántida que puede hundirse en cual- c~uier momento, con sus templos y sus obscenas pintadas. Sé juicioso, tanto por ti como por mi." Esta carta un poco azorada de Silano fue para Kaeso, no obstante, un rayo de luz: toda verdadera moral empeza- ba con el desprecio de la opinión de los demás. Pensándolo bien, no era tan sorprendente que la lección se diera en nombre del placer, pues era la moral más personal e ínti- ma, la que exigía más introversión, precauciones y ascesis para practicarse con un aristocrático rigor. Como decía fe- lizmente Silano: "... nadie va a~ozarp or ti". Y tampoco era tan sorprendente que la leccion se a diera un patricio ro- mano de cultura griega a un joven romano en visita a Ate- nas. Los mismos griegos que importunaban a Kaeso (mien- tras que los romanos seguían siendo, en conjunto, muy gregarios), habían hecho crecer sobre las ruinas de sus ciu- dades las hierbas locas de un individualismo furioso. Tanto el peligro como el remedio se hallaban en Grecia. Libre de un falso problema, Kaeso le dio las gracias a Silano de todo corazón y, en lugar de aficionarse a los mu- chachos, como todo el mundo, se des tacó por la calidad de sus hetairas y la gracia de sus banquetes. El año continuó y llegó a su fin con correspondencias estivales u otoñales más anodinas. Después de haberse preocupado por los chicos, Marcia se preocupaba por las muchachas, y Kaeso le contó las primeras mentiras, que el repentino aumento de sus gastos volvía transparentes. Las hetairas de gran lujo estaban fuera de su alcance. Por lo menos, Kaeso amplió su vocabulario. La riqueza del griego en cuanto a obscenidades divertidas sobrepasaba incluso la del latín. Córbulo había remontado la pendiente en el frente de Armenia y los romanos estaban tan cansados como los par- tos de ese interminable conflicto. Nerón, harto de guerras, hizo que se adoptara una solución razonable: Armenia, la manzana de la discordia, recibiría por rey a Tiridato, el pre- 184 185 tendendiente que los arsacidas querían imponer. Pero lo investiría el emperador de Roma. Así, en principio, se man- tenía el protectorado romano en Armenia. Al mismo tiem- po, la revuelta de los bretones fue definitivamente aplasta- da y el invierno se anunció apacible. Divorciado Marco, casados Silano y Marcia, la carta que debía informar 'a Kaeso tanto de estos acontecimientos como de las perspectivas de adopción se veía postergada una y otra vez. Marco era el encargado de escribirla, pero los términos convenientes huían de su mente no bien se ponía a tajar la pluma. Por fin, en el curso del mes de enero del 817' se obligó a redactaría, y la costumbre de mentir le inspiró algunos bonitos giros. En cuanto al resto, sabia que el arte de la mentira consiste en ser claro sin exagerar la precisión, bre- ve sin llegar a la sequedad, con ese encalado de buenos sentimientos y dignidad que siempre impresiona a la juven- tud. Además, sólo se trataba de mentiras piadosas, en inte- rés del joven. "De M. Aponio Saturnino a su querido hijo Kaeso, ¡sa- lud! "He tardado mucho en participarte importantes noticias, que sólo yo tenía derecho a comunicarte, pues me costaba trabajo encontrar las palabras. En efecto, estas noticias son tan tristes como alegres y una mezcla semejante no se ex- presa fácilmente. Pero la primavera de tu regreso se apro- xima y la necesidad hace la ley. "Sabe pues que Silano se enamoró seriamente de Mar- cia; yo consentí el divorcio, y el nuevo matrimonio se consumó. "Sí: he hecho este sacrificio después de tantos años de la más feliz unión. Y también lo ha hecho Marcia, a la que me costó mucho convencer. Ella experimenta, naturalmen- te, una gran estima por Silano, que es hombre de los ma- yores méritos. Pero esperaba que, después de haberme co- nocido, no conocería a ningún otro. Ya conoces los lazos que nos unen y el desgarramiento que hemos tenido que experimentar. "Lo que finalmente decidió a Marcia es la misma y po- derosa razón que me permitió acabar con sus reticencias. La tarea de los padres no termina mientras aún son capaces de arrancarse un jirón de alma en provecho de sus hijos. "No solamente Silano puede hacer cualquier cosa por mis dos vástagos queridos, sino que ha tomado la decisión 1. Año 64 de la era cristiana. (N. dci A.) de adoptarte. Ya imaginarás que el nuevo matrimonio y la brillante adopción se cimentan en un vínculo firme. "Reserva, te lo ruego, todo tu agradecimiento para Mar- cia. Mi sacrificio es natural. El suyo es extraordinario, ya que después de todo sólo es una madre ocasional. "Ahora puedo confesarte que muchas veces, en el pasa- do, ella POdría haberme abandonado para contraer un nue- yo matrimonio más digno de sus encantos y sus méritos. pero el amor que os tenía a los dos -no me atrevo a ha- blar de mis cualidades- bastó para retenerla en el hogar. Los dioses le reservaban una ocasión de abrirte camino en el mundo y habría sido impío rechazarla; así coronó todas las maternales atenciones que día tras día te había prodi- gado. "Tu buen juicio me ha ahorrado casi siempre darte ór- denes. Perdóname que dé pruebas de autoridad en estas circunstancias. Una vez consumado el hecho, tus instintivas repugnancias nos hundirían, a Marcia y a mí, en la más amarga desesperación, y serían insultantes para Silano, a quien no se puede reprochar nada en este asunto. Todo ha ocurrido de la manera más honrada. Por lo tanto, con toda mi autoridad paterna, te pido que aceptes la poco corrien- te felicidad que te espera, que será el consuelo de mis últi- mos días. "Esta felicidad costará, sin embargo, algunos esfuerzos. Silano, cabeza de su geus, y ya muy rico por este motivo, ha recibido además una parte de los bienes de su hermano Lu- cio, desaparecido sin hijos, quien se dio muerte antes de ser condenado. Y el testamento de su hermano asesinado, Marco, que dejaba un hijo pequeño -Lucio-, incluía tam- bién una claúsula a su favor. Así que tu futuro padre adop- tivo dispone de una de las mayores fortunas de Roma. Des- de hace mucho tiempo se cuenta entre esos rarísimos privi- legiados que no podrían evaluar sus bienes, de tan ricos que son. Y como Silano se apartó prudentemente de la po- lítica, ha tenido tiempo de gastar mucho, pero también de vigilar la gestión de sus capitales mobiliarios e inmobilia- rios. Con seguridad posee más de mil millones... Ya ves a qué esfuerzos me refiero. "Convertirte en heredero de una mina semejante a tu edad era como para quedarse aterrado, y tuve también que convencer a Marcia de que sabrías mostrarte digno de la sonrisa siempre ambigua de los dioses. Me he comprometi- do en tu nombre a que no adoptarías la actitud de un de- rrochador, despilfarrando en placeres estériles la fortuna que habían amasado los siglos. No, tu deber será conser- varía, aunque sólo sea en recuerdo mío, ejercitarte en el dominio del espíritu, el corazón y los sentidos, en la mesu- 186 187 ra y en la sobriedad, de forma que dejes intacta la reputa. ción sin tacha que te lego, ya que no puedo legarte nada más ni más precioso en el momento de separarnos. Como las tentaciones serán más fuertes y constantes, más te cos- tará dominar tu fortuna y tu persona. Afortunadamente, en la historia romana hay otros ejemplos que el mio para inspirarte. "Ya que pronto viajarás de este a oeste, contra los vien- tos dominantes, creo que volverás por la ruta de tierra, que sólo cuenta con un breve intermedio marino entre Dirra- quio y Brindisi. Silano y Marcia están pasando la mala esta- ción en su villa de Tarento. Con el buen tiempo volverán a Roma. Al pasar, Silano se detendrá durante algunas sema- nas en su villa de Bayas para volver a ver a sus queridos pe- ces, mientras Marcia, a quien las piscinas apenas le intere- san, continuará camino. Nuestro Décimo está loco por íos peces. Puesto que Campania está en tu camino, a tu futuro padre adoptivo le haría feliz que retomaras contacto con él en esa ocasión. Así seréis dos para terminar el viaje en las mejores condiciones: entre Bayas y Roma, Silano, que no sabría conformarse con albergues comunes y se preocupa de no molestar a sus amigos, dispone de altos privados con todas las comodidades posibles. "Hablaréis de la adopción prevista, que Silano tiene la bondad de esperar muy próxima. Pero antes -y así el paso será más solemne- podrás vestir la toga viril y además qui- tarte la barba, como ha hecho tu hermano. Así conservaré tu bola infantil* y tu joven barba con devoción, antes de que cambies de lares y penates. Silano nos ofrece el ban- quete tradicional, lo que aliviará mis finanzas. Será un mo- mento memorable y emocionante. "Marcia te estrecha contra su corazón. Ella tendrá la inestimable ventaja de vivir a tu lado, como antes, dulzura que el destino me nie~a. Es obvio que tras ese banquete no puedo ser un huéspe asiduo e indiscreto de la nueva pa- reja. "La presencia de una esclava griega, que no deja de te- ner algunos encantos, ha mitigado un poco mi dolorosa so- ledad... Pero a juzgar por tus gastos, le estoy predicando a un convertido que me perdonará esta humana flaqueza. De alguna manera hay que pasar la vejez. "¡Cuidate mucho y hónrame!" Cuando Kaeso recibió la carta de su padre, estaba su- dando con un ejercicio de retórica, cuya irrealidad era ver- * Bulla aurea, bolita preciosa que contenía un amuleto y lleva- ban los niños nobles hasta los 17 años (N. de la T.) ideramente prodigiosa en el clima imperial de la época: "Un filósofo convence a un tirano de que se suicide. Dar forma al alegato del filósofo, que reclama la recompensa orometida por la ley al tiranicida". Este tema, tan poco ha- lagueño, tanto para la inteligencia de los tiranos como para la de los filósofos, debía incluir exordio, narración, divi- sión, argumentación, digresión y disquisición, y cada par- te, siguiendo su orden en el discurso, debía ser tratada se- gún el género humilde, atemperado o sublime. Toda una detallada mnemotecnia, fundada en la asociación de imáge- nes visuales, se ponía a punto para servir a la memoria, pues los oradores carecían de apuntador. Y también los ademanes de acompañamiento se habían visto examinados hasta el último detalle. Tras una preparación tan sabia y minuciosa, se podía acceder al fin a la práctica de la emi- nente cualidad que distingue al buen retórico del medio- cre: la improvisación, que al ser cuestión de genio no esta- ba codificada. La misiva de Marco sumió a Kaeso en una insondable verguenza, sofocante. Mientras en Atenas él se las veía con una pandilla de alegres pederastas, mientras adornaba su espíritu con raciocinios metafísicos o futilidades retóricas, mientras rendía honores a hetairas escogidas, en Roma, país de vieja y sólida moral a pesar de algunos patinazos, sólo pensaban en él, se sacrificaban por él, y una madre, más sublime que todos los alegatos, se separaba de un ma- rido amante para seguir a un desconocido y asegurar así la carrera del hijo pródigo. "¡Por mi -se repetía Kaeso- mamá ha ido a acostarse con ese viejo estoico con aires de sibarita!", y, para colmo de verguenza, él no podía declinar el holocausto. ¿Qué había hecho a los dioses para que lo amaran hasta ese punto? El conocimiento físico más profundo que el joven em- pezaba a tener de las mujeres le provocaba imágenes crue- les por demasiado precisas: Marcia, presentada por la ima- ginación de Kaeso, prestándose con delicadezas de mucha- cha a los caprichos más extravagantes de un frío enamora- do de los peces. ¡Y no era Marcia la que salía ensuciada de esas relaciones sin alma, sino el propio Kaeso! ¿Cómo Mar- cia, cegada por un desmesurado sentido del deber, confun- dida por una extraviada ternura maternal, podía infligirle tal sufrimiento? Nuevas imágenes resucitaron a la Marcia de antaño en los baños de mujeres cercanos al Foro, con toda la gracia de su juventud y su casta desnudez, cual Diana entre dos Olas. Pero otro recuerdo volvió a la memoria de Kaeso: el de un sosia de Marcia que había visto aparecer por casuali- dad, con inmensa sorpresa, en las nuevas termas mixtas de 188 189 Nerón, cuando él acababa de cumplir dieciséis años y la "pequeña burra" de la popina paterna toleraba desde poco tiempo antes sus prestos acercamientos. Como un sonám- bulo, Kaeso avanzó hacia la mujer que charlaba coqueta- mente con dos hombres desnudos de cierta edad, los cuales se adornaban los dedos con lujosos anillos que bastaban para revelar una buena posición social. Uno de los vejetes rozaba con el índice el pezón del seno derecho, y el otro interrogaba el seno izquierdo, como si, por economía, tu- vieran intención de repartirse simétricamente el lote. La turbación del adolescente era extrema. Una ola de deseo le hacia temblar, mientras que el extraordinario parecido po- nía plomo en sus piernas. Se había detenido, cohibido, a al- gunos pasos del trío. La mirada de la mujer se fijó de pron- to en él, vaciló, se reafirmó en seguida, y Kaeso oyó decir con una voz sin timbre: "Ve a jugar más lejos, pequeño: ¡ya ves que estoy con los mayores! . Los dos pretendientes rieron y Kaeso se dio la vuelta, confuso. Cuando, por la noche, le contó el incidente a Marcia, ella lo tomó en broma y después declaró: "La confusión es halaglieña: ¡has debido de reconocer a la mujer que yo era hace algunos lustros!". Y al día siguiente Marco padre, ne- gligentemente, hizo alusión a la presencia de Marcia en casa durante la hora crítica. Empero, era como para creer, en adelante, que había dos mujeres en Marcia: la domina de la isla de Suburio, que en los días de buen tiempo pasaba con altivez ante las mu- chachas del barrio encaramadas en sus taburetes, y la que tomaba ejemplo de la prostituta de las nuevas termas. ¿Pero cómo guardarle rencor por un envilecimiento al que sólo se precipitaba por altruismo? En el curso de esa noche de invierno, a Kaeso lo persi- guió en sueños el triángulo de piel negro de Marcia, que durante años se había paseado a la altura de sus labios en los baños de las mujeres, y que sólo a él le habría permiti- do reconocer a su madre en el continuo vaivén de tantas damas desnudas. Triángulo que los griegos, mucho antes de Aristófanes (que siempre estaba con eso), habían llama- do "el jardín". Y no era una casualidad que en un país lu- minoso y seco, donde el hermoso césped era raro, hubie- ran dado tan corrientemente el nombre de "jardín" al úni- co recinto de vegetación que los dioses parecían hacer cre- cer sin esfuerzo. Cuando Kaeso se despertó, con la boca amarga y la mente confusa, la canción que había acompañado en sordF' na el sueño todavía resonaba débilmente en sus oídos. Las parejas, naturalmente pederásticas al principio, se habían adaptado laboriosamente al gusto de las mujeres, y la joven ~taira jonia de Kaeso cantaba con alma estas cuartetas, cuyo estribillo ya encerraba, para los griegos, una alusión obscena... Si yo fuera jardinero de amor Eúraviado por locas embriagueces Vacilaría en la encrucijada Del negro bosquecillo de nuestras caricias. Si yo fuera jardinero de amor Entre ambos pozos de ternura Muchas serían mis idas y venidas Para regar tus desmayos Si yo fuera jardinero de amor En e¡umbríosurcodetus muslos Labraría día y noche e uspromesas2 Esta cancioncilla de moda, que se canturreaba tanto en las callejuelas del Pireo como en el agora* de la capital, se resentía aún, por su anfibología, de su origen pederástico. Pero las damas griegas sabían bien que las moscas no se ca- zan con vinagre, y que para retener a hombres que cultiva- ban tan penosas inclinaciones no había que hacer melin- dres. La visión de Décimo labrando a Marcia a la manera griega, mientras la infortunada leía el Diurnal, se impuso de repente a la enfebrecida imaginación de Kaeso, que mor- dió la almohada de desesperacion. Kaeso no pensó ni un solo momento en los mil millo- nes de sestercios que se avecinaban. La noble indiferencia '~" los jóvenes por las cuestiones financieras es un escánda- tal para las personas de cabeza bien sentada, que les ¡esta creer que sea posible, lo que puede conducirlas a ¡ves errores de perspectiva. 2. El autor ha preferido aquí la libre traducción que redon- André Cherier en prisión, para distraerse, poco tiempo antes al cadalso, a la de Pierre Louys o a la de Aragon, 9ue no con el mismo acierto el carácter ligero y por asi decir ~C1oso del texto original griego transmitido por Herodes Atico. ¡. del A.) * Plaza de Atenas. (N. dc la T.) 190 191 III En los Idus de marzo del fatídico año 817, Kaeso y su nedagogo se hallaban en el muelle de Dirraquio, acechan- ~loef primer barco que saliera hacia Brindisi, y tuvieron la suerte de no esperar más que algunos días: los soplos más violentos de la b ora ~, cuyas ráfagas habían castigado la cos- ta hasta el sur de Ragusa, se calmaron, y subsistió una fres- ca brisa que impulsaba en la dirección correcta. Así que to- dos los barcos, de común acuerdo, izaron la vela para apro- vechar la oportunidad. En respuesta a una carta digna y delicada de Kaeso, en la que el joven manifestaba una pena y una alegría de lo más conveniente -a pesar de todo, la retórica sirve para algo-, Silano había enviado un torrente de recomendacio- nes destinadas a todos los amigos adinerados que podía te- ner en el camino, para cuyos intendentes seria un deber ser tan hospitalarios como los dueños, en el caso -más que probable- de que estos últimos se encontrasen ausentes. Y en la Vía Apia, que subía de Brindisi a Roma, el primer alto de los viajeros, que habían alquilado un pequeño ca- briolé de dos caballos, estaba previsto en la villa de las afueras de Tarento, que Silano y Marcia habían abandona- do poco tiempo atrás. Arteria esencial hacia el Oriente, La Vía Apia, en esa es- en que los mares se volvían a abrir al tráfico, era de más atestadas: correos imperiales, siempre impacientes; estudiantes, funcionarios, "publicanos", comerciantes, sol- dados o turistas que iban a visitar los paises griegos o que de ellos. Era muy agradable escapar a los dudosos ergues superpoblados para descansar en paraísos donde Ilentaban las termas desde el momento en que se anun- aba a los importantes huéspedes. En Roma, incluso los as ricos seguían teniendo problemas de espacio. Pero en s asombrosas villas construidas en los más bellos parajes * Viento impetuoso del nordeste que sopla en el Adriático. de la T.) 193 lacustres, fluviales o marítimos de Italia central o meridio- nal -los campesinos romanos adoraban el agua a condi- ción de bebed a y navegarla lo menos posible- el dinero había podido desparramarse en todas direcciones. Se cam- biaba súbitamente de escala, y las casas más bellas de Ate- nas sólo eran cuchitriles al lado de esas villas principescas, con las que sólo podían compararse algunos palacios ro- manos. El dominio tarentés de Silano, que bordeaba una buena extensión de costa, era encantador. En medio de jardines y parques, la fachada de la villa se abría de par en par sobre el mar y, desde las terrazas, podía distinguirse un puerteci- lío privado donde se balanceaban suavemente una embar- cación de vela y una galera en miniatura para las calmas chichas. El interior de la casa era un verdadero museo. ¡Cierto que un Silano hacía colección de museos! Kaeso y Diógenes, llegados al mediodía, estaban mudos de admiración, y Kaeso más todavía que su compañero, pues para un esclavo hacía poco tiempo liberto iba de suyo que en el mundo había gente riquísima. Pero para un mu- chacho libre y honestamente ambicioso, semejantes visio- nes materializaban la inconmensurable distancia que era de rigor entre la mediocridad común y el fastuoso destino de algunos. Se presta más atención a la cima de una montaña desde el momento en que hay una posibilidad de escalaría -¡y Kaeso había echado a volar sin querer, llevado por las palpitantes alas de una mujer! Después del baño, segun la costumbre, los invitados vi- sitaron la casa en detalle, desde las 4.000 libras de cuberte- ría de plata fina, expuesta en el atrio, a la alcoba que el dueño y su esposa habían ocupado, y que se distinguía por cuadros licenciosos, lámparas con motivos eróticos y gran- des espejos donde la imagen de Marcia parecía tristemente atrapada. Kaeso prefirió cenar en compañía de su pedagogo, en un pabellón campestre rodeado de pajareras y viveros de animales salvajes que, por otra parte, sólo pretendían ador- nar. En las villas de renta que Silano poseía en los alrededo- res de Roma, sus empleados, para la mesa de los aficiona- dos, criaban en grandes cantidades palomas y tordos, co- dornices, tórtolas, perdices grises, cercetas, fúlicas, patoS salvajes, francolines que la cautividad volvía silenciosos, ci- gtieñas y grullas, cuyos méritos discutían los aficionadoS, pavos y faisanes, bandadas de hortelanos, algunas avestrU ces de Mesopotamia o de los confines libios, e incluso ciS- nes, que cebaban con los párpados cosidos, cuya carne te- nía fama de indigesta, pero cuya grasa era apreciada >s médicos. Los flamencos figuraban en grandes manadas ae corraí, desde que Apicio descubrió que su cerebro, y so- bre todo su lengua, eran deliciosos. Y en inmensos cerca- dos criaban también ara la matanza, jabalíes y ciervos, corzos, gamos, órix o ~ebres que capturaban para cebarlas cuando alcanzaban la edad crítica. El intendente explicó que los criaderos industriales de caracoles estaban fuera de USO, pero que había superproducción de lirones desde que cada campesino había tomado por costumbre hacer reven- tar a su animal de pienso en el fondo de un tonel oscuro. En las pajareras que los invitados tenían ante los ojos, sólo habían aves decorativas o cantoras, faisanes, ruiseño- res o periquitos... Los pavos estaban en libertad, como los calamones, que destruían a los ratones, a los reptiles y a muchos insectos. Y en los viveros de cuadrúpedos se pa- seaban indolentemente animales exóticos, la mayor parte desconocidos para el vulgo. La comida fue tanto más deliciosa cuanto que el cocine- ro sólo tenía que atender a dos personas. Al terminar, mientras el sol declinaba tras los árboles, Kaeso le dijo a Diógenes, tendido a su lado: -Nos has servido con devoción. ¿Cuántas veces me ha- brás llevado a la escuela de la mano o sobre tus hombros, con lluvia o con viento? ¿Y cuántas pequeñas cosas no me habrás enseñado, que ahora me do y cuenta que son la base de todo, los primeros peldaños de la escalera del saber? Sin embargo, te he hecho rabiar muy a menudo. Cuanto más se cre ce, más paradójico resulta tener a un esclavo como profesor. Mi padre tuvo la bondad de libertarte en recono- cimiento de tus leales años de servidumbre. Pero un pobre liberto a menudo es más digno de compasión que un escla- vo, que tiene aseguradas la cama y la comida. Ahora me toca a mi hacer algo por ti. En los últimos tiempos de mi estancia en Atenas, apenas estaba de humor para frecuen- tar a las hetairas, e hice economías. Así que te daré con qué establecerte, casarte tal vez.., o comprar un pequeño y apuesto esclavo, que te recuerde los tiempos de mi prime- ra adolescencia. Diógenes tartamudeaba de emoción, y por su cara de Perro fiel, surcada de arrugas, corrieron las lágrimas. Como muchos pedagogos, Diógenes tenía tendencias itra natura, pero en Roma su corrección había sido tan manifiesta y perfecta que los Aponio tardaron mucho en SOSpecharlo. No obstante, en Atenas, el viejo había dismi- huido sus precauciones, y Kaeso lo sorprendió una noche iversando con un joven prostituto en una callejuela cer- ~ana al agora. Kaeso continuó, emocionado a su vez: 194 195 -También tengo que ag radecerte por no haber hecho un gesto o dicho una palabra susceptibles de corromper.. me, y ahora adivino que esta reserva ha debido de costarte tanto más cuanto que tu afecto por mi era profundo y sin- cero, un poco como el de una nodriza, que al menos tiene la satisfacción de darle el pecho al que ama. ¿Pero qué se podría mamar en un viejo espárrago como tú? Diógenes sonrió a través de sus lágrimas, besó la mano de su señor y confesó sin disimulo: -Eres hermoso como el día. Mi mérito, en efecto, ha sido grande, pues por un beso tuyo me hubiera dejado azo- tar hasta la muerte. Cada vez más emocionado, Kaeso pregunto: -¿Te bastarían 50.000 sestercios? ¿Querrías más? El liberto movió afirmativamente la cabeza con energía, para gran sorpresa del donante, y pronto ambos estallaron en carcajadas al darse cuenta del malentendido. Los grie- gos, al contrario que los demás pueblos de la humanidad, menean la cabeza de arriba a abajo para decir que si, y de abajo a arriba para decir que no, como ya se ve hacer a Uli- ses en La Odisea. Hay que ser experto para no confundirse. La primera precaución de los guias turísticos romanos era atraer la atención sobre esta sorprendente particularidad, cuyo desconocimiento desconcertaba al viajero y no facili- taba las relaciones entre los sexos'. Educado en los bajos barrios de Corinto, Diógenes ha- bía llegado a Roma a los veinte años; la costumbre de afir- mar y negar a la manera griega, que poco a poco había per- dido en Italia, volvió a él en Atenas. -Ya que te conformas tan enérgicamente con 50.000 -precisó Kaeso-, ¡tendrás 100.000! Y más todavía, ya que no te falta corazón... Uniendo el gesto a la palabra, el joven abrazó a su vene- rable pedagogo, besó sin aparente repugnancia su boca des-. dentada y añadió: -¡Mientras yo viva, no te azotará nadie! En el recodo de un sendero, un esclavo español, que lle- vaba una cesta de frutas maduras de invernadero, y un jo- ven esclavo galo, que lo seguía con unos lavafrutas, se que- daron parados ante esta encantadora escena. Y en un latía abominable, peor todavía que el de Silano cuando dejaba de vigilarse, un latín sin breves ni largas, sin genitivo, dati 1. Yo mismo estuve errando una mañana, en Calcídica, en busca del monte Athos, constantemente extraviado por natiV'~~ que meneaban la cabeza al contrario de lo que indica el sentl comun. (N. del A.) yo ni ablativo, un latín sincopado, destrozado y envilecido, lleno de preposiciones aberrantes y fantasiosos acentos tó- rucos, un latín salpicado de barbarismos y solecismos, pero un hermoso latín a pesar de todo, porque permitía a toda la humanidad que se definía como tal entenderse verbal- mente, el mayor le dijo al aprendiz: -íAhi tienes otra vez lo que pasa con estos maricas griegos! Los romanos mandan a Atenas ~ un joven noble todavía en toga pretexta, inocente como un ternero; está unos pocos meses allí y, apenas desembarcado, ya siente que le falta algo y salta sobre su viejo pedagogo. Con una mano crispada sobre el pecho, Diógenes inten- taba recuperar la respiración. Se sofocaba, y las aletas de su nariz en forma de calabacín se agitaban y se volvían de co- lor violeta. La emoción había sido demasiado fuerte. De pronto, vencido por el exceso de felicidad, entregó el alma y se derrumbó en los brazos de Kaeso. En resumen, había muerto del corazón. Kaeso le dejó al intendente dinero con que edificar para las cenizas de Diógenes una tumba decente en un rincón umbrío del parque, cerca de un arroyo murmurante, y pi- dió que incluyesen en el epitafio el certificado que ya h on- rara a su primer maestro primario: SUMMA CASTITATE IN DISCíPULOS SUOS Como los dos indiscretos esclavos habían charlado sin moderación, el epitafio fue para toda la servidumbre del dominio una inagotable fuente de bromas. La vida está te- jida de malentendidos. Dos días más tarde, Kaeso, solitario, se volvió a poner en camino hacia Bayas. Era toda una parte de su juventud lo que la hoguera fúnebre acababa de consumir, y tenía la impresión de haber envejecido de pronto. De Brindisi a Roma, andando a buen paso, no solían ha- cer falta más que ocho o nueve días. En cuatro lujosas eta- p as, yendo de rico en rico como una mariposa de flor en tlor, Kaeso estuvo en Bayas. En verano, los nobles ue no reparaban en gastos pasa- ban refrescantes temporadas dell ado de los montes Alba- nos o de Tibur; a las villas de los pintorescos parajes se su- ITuaban otras en la costa, muy cercana, del Latium. En invierno, la nobleza más elegante fluía hacia la riviera de Tarento Pero en todas las estaciones había aficionados a las aguas termales y los paisajes tan variados de la costa campania, y en especial a las orillas y estaciones de los gol- 196 197 fos de Pouzzolas y de Nápoles, entre el cabo Misena y So~ rrento, con el Vesubio y el cielo azul de fondo. Fue en Bayas, famosa por su frenética corrupción, don. de estuvo el viejo y beato Augusto, a pesar de todo, ~ cuidar su ciática. Fue en Capri donde Tiberio instalo sv~ principal domicilio tras haber inventado una técnica bas. tante eficaz para que lo asesinaran lo más tarde posible: no poner los pies en Roma y cambiar de lecho con frecuencia., Era en este golfo bendito por los dioses, disputándose cada "yugada" de litoral, rivalizando en dinero y en gusto -a veces malo-, donde la más prestigiosa nobleza romana, todo lo que contaba en la Ciudad, había acumulado las vi- lías más magnificas. Los primeros calores habían aportado a Bayas o Pou¿. zolas un aumento de visitantes, o de viajeros p rimav - y el camino de la estación termal y balnearia de Bayas esta b a poblado como la Vía Apia en las cercanías de la capitalt se cruzaban mulas y caballos, literas y vehículos de toda clase, incluso algunos habilitados como una casa donde se podía pasar la noche. El cabriolé de Kaeso tenía que colar. se entre las filas que subían y bajaban. Después de haber caminado a lo largo del dique que se- paraba los lagos Lucrino y Averno del mar, Kaeso atravesó Bayas, donde la animación era enorme, y a fuerza de cos- tear la orilla sur del pequeño golfo alcanzó el promontorio, cubierto por una espesa vegetación que disimulaba, comc todo el mundo sabía, la villa de Silano. El intendente a quien avisaron le dijo a Kaeso que patricio se encontraba al borde del mar, junto a las pisci- nas, y tras haberse cambiado, el futuro hijo adoptivo apresuró a descender hasta allí, guiado por un esclavo. Desde la villa se podían ver Bayas y su golfo hacia norte; Baulas y Misena al sur; y la fachada miraba hacia golfo de Pouzzolas, que limitaba al este con la isla Nesis y el gran promontorio del monte Pausílipo. El emplazamien- to era espléndido. Pero las piscinas marinas, objeto de la pasión de Silano, estaban en el lado norte, bien abrigadiu~ en las escotaduras del golfo. El sol declinaba y las soml se alargaban sobre las laderas colonizadas por el lujo. Décimo, vestido con una estudiada negligencia, y des- calzo como un pescador, estaba supervisando grandes tr bajos, y se volvió para acoger a Kaeso aparentando 'J afecto cortés. Marcia le había inculcado todo lo que no de- bía decir y cuanto tenía que sugerir para mantener al joyel en el estado de inocencia que tanto le convenía, y él esU seguro de actuar lo mejor posible. Después de tanto tier po en que todo el mundo trataba de engañarlo, había rC forzado su conocimiento de la naturaleza humana. Por aiim leso le era mu y simpático y no pedía más ~ue rodo lo que pudiera, es decir, tanto como a pse. de haberlo abrazado, Décimo se dirigió a Kae- tono más amable pero también más sencillo, to hubiera visto la víspera, y le habló en seguida ~eocupaciones, que era la trianera más segura de listraer al muchacho... L, estoy haciendo elevar esta bóveda sobre la nue- a de verano para que mis preciosos salmonetes asar del sol a la sombra durante los calores fuer- ~onete es uno de los peces más dificiles de criar. ras, los barbos, los rapes, los rodaballos, incluso idos, que sin embargo son muy delicados, no me trabajo. Por el contrario, la morena no presenta itad. Ya que tienes que sucederme un día, es ie aprendas a conocer bien a los peces, de modo Luéspedes sigan en buenas manos. una disertación técnica, que dejó a Kaeso un le zumbaban los oídos... Habían logrado ros peces de mar al agua dulce, sobre todo a las n el lago de Etruria, pero la alta aristocracia se sobre todo a la cría marina, hallándose la costa en primera fila. Costaba mucho construir tales poblarías, mantenerlas, y la rentabilidad era dudo- que ciertos apasionados no tenían corazón para comer sus productos más hermosos. Tanto la d de los estanques como la naturaleza de los bían estar cuidadosamente adaptadas a las dife- ecies. También había que resolver graves proble- rimen y cuidados. Pero el más arduo seguía sien- piscinas que comunicaban con el mar, el de una mezcla y una renovación de las aguas favo- reproducción y al crecimiento. Cubriendo cerca oies de costa rocosa -¡y en un lugar donde el te- al mar estaba por las nubes!- unos diques, un sistema de esclusas, habían aprisionado para ¡ciones adecuadas de agua salada. Eran las pisci- Ivierno. Para las piscinas de verano, se habían profundas excavaciones en el corazón de la roca cada vez que había sido posible aprovechar una favorable. Pero como esto no siempre sucedía en mnde la amplitud de las mareas es reducida, ha- ru anchas secciones sombreadas con bóvedas de ., bajo las cuales soplaban frescas corrientes de tareas ciclópeas! ¡Y se seguía trabajando por la una época en que el pueblo se negaba enérgica- lover el meñique después de comer! Cierto que 198 199 el verano se acercaba y los salmonetes patricios no podían esperar. -Dejo mucho dinero en mis piscinas -confesó Sila- no-. Pero es un placer único. ¡Tiene razón el refrán que dice que las piscinas plebeyas del interior del país son dul- ces, mientras que las piscinas marinas de la nobilítas son más bien amargas! Silano hizo que Kaeso visitara todos los estanques. Unos hervían de peces, otros parecían desiertos. Había que hacer un esfuerzo para distinguir los lenguados enterrados en la arena; y la mayor parte de los peces de roca, como el la- bro, se habían escondido en las cavernas artificiales prepa- radas a ese fin. Silano dejaba para otros criadores menos ambiciosos o menos adinerados la ocupación de traer peces tan corrien- tes como los dentex, los oblados, los mújoles, las platijas, los tordos o las ombrinas. Por el camino, hablaba de las empresas más célebres de la región, que todavía llevaban los nombres de sus ilustres fundadores, aunque en su mayoría hubieran cambiado de manos para caer a menudo en el inmenso patrimonio im- perial. Sergio, apodado "Dorada", y Licinio, apodado "Mo- rena , habían sido antaño los pioneros. Sergio Orata ~¿o Aurata), en efecto, se había especializado en la dorada (o daurada) y Murena en la morena. Hirrio había sido capaz de proveer a César 6.000 morenas de golpe para uno de los populares banquetes regados con grandes vinos. Las pisci- nas de Filipo, o las de Hortensio en Baulas, no tenían me- nos fama. Uno de los hermanos Lúculo se había estableci- do en Misena, y el otro en la pequeña isla Nesis, frente al monte Pusílipo, al pie del cual el famoso Polión le habla hecho la competencia. -Se trata de ese Polión -dijo negligentemente Déci- mo- a quien Augusto, que estaba sensiblero aquel día, le cegó una piscina porque alimentaba a sus morenas con es- clavos culpables. Un desprecio del derecho de propiedai un acto de tiranía que auguraba tiempos muy oscuros. Prt- tender despreciar las leyes con el pretexto de los excesOS que se pueden cometer, es arruinarías. Había un estanque reservado para los escaros, del qu Décimo estaba particularmente orgulloso. El escaro, d4 que Vitelio, el tutor a la vez negligente y abusivo de Ma cia, apreciaba particularmente el hígado, no se pe~ normalmente en el Mediterráneo occidental más acá de cilia, y los intentos de aclimatación habían fracasado C rante mucho tiempo. Pero bajo Claudio, el prefecto de flota de Misena, L. Optato, había hecho capturar gran cantidades en el Mediterráneo oriental, y los bancos, trall rtados en viveros flotantes, fueron devueltos al mar en- e Ostia y Sorrento, con la prohibición de pescar esa espe- e durante cinco años. Las crías de Silano tenían este ori- ~n y hacían abrigar esperanzas. Delante de un estanque aparentemente vacio, Décimo .0 unas palmadas, y en seguida un grupo de morenas salió ndulando de su refugio para dirigirse hacia él. La más ~ande, que llevaba pendientes, fue incluso a frotarse con- su mano como un gato... -Se llama Agripina: como la Augusta tan justamente lifunta, adora la carne humana. Yo le doy de vez en cuan- ~ un pequeño esclavo bien tierno. Prefiere a los negros, ae deben de tener más sabor -y además son más caros, vista de su escasez. Pero no parece notar la diferencia arre los muchachos, las chicas y los eunucos. Le he ense- ~do a Marcia a acariciarla. Kaeso acababa de oír tantas precisiones sorprendentes su capacidad de asombro estaba un poco amortiguada. que le impresionó enosamente en primer lugar fue e Marcia, de la que ien sabia que no experimentaba to horror por la monstruosa cabeza de la morena y sus dientes, hubiera podido sobreponerse al punto de car esa bestia feroz. ¡Y, otra vez por él, había corrido el esgo sonriendo! Empezaba a entender cómo podía acos- Lrse con Silano. Sin duda, era cuestión de control. Anui y allá, en el fondo del agua, se veían restos de es- ~s infantiles y pequeños cráneos, que la vegetación tarina ya había pintado de verde más o menos. Pero uno ~ los esqueletos estaba todavía en toda su blancura. Mientras Silano acariciaba a su Agripina con palabras osas, Kaeso, que apenas podía creer lo que veía, le reguntó discretamente al servidor que lo había guiado: -¿Cuántos esclavos se comen al mes estas morenas? -No sabría decirte. Aquí somos tan numerosos que es il notar la diferencia... -¿Te estás burlando de mi, por casualidad? -¡Es nuestro querido amo, que tiene buen humor! Décimo arrastró a Kaeso, desconcertado, a una gruta se abría frente al estanque, y se sentaron en la suave y esca penumbra del lugar, donde se había dispuesto un có- Lodo mobiliario en torno a un pilón alimentado por el tia que rezumaba de la roca. Allí les llevaron un vino eritivo perfumado, refrescado con hielo que el invierno fabricado en las montañas para placer de los ricos. -La leyenda de Polión -dijo Décimo tras haber disfru- del embarazo de Kaeso- tiene siete vidas, y hay que flsar en las visitantes bonitas e ingenuas. Pensarás que he Icontrado a pocas mujeres crueles en mi carrera, pero a 200 201 1 veces entran ganas de presionar a una coqueta. En el n mento en que la muchacha, ya emocionada por las paj bras, ve los esqueletos, se desmaya, y ahí está la gruta para acogerla. Los dioses gemelos más eficaces no son Cástor y Pólux, tan caros a los espartanos, sino Eros y Tánatos. ¡Menuda puesta en escena de millonario para "presionas a las coquetas"! -La presencia de un esqueleto -añadió Décimo- ale. gra también muchos de nuestros festines. A unos les empu. ja al goce, a otros los aparta de él. Estamos determinados por las apariencias y estas apariencias son susceptibles de interpretaciones contradictorias. La ilusión a la que he dado forma aquí, ¿no te hace pensar en el mito de la caverna de Platón? "Pero guarda el secreto, te lo ruego, sobre los amores desvanecidos y macabros que ha abrigado esta gruta. Mar- cia, puedes estar seguro, va para mi más allá de las aparien- cias: ¡es la quintaesencia de la mujer! Silano había aprendido que la confidencia íntima, sobre todo de una persona mayor a otra más joven, volvía toda- vía más dóciles a los hombres que las morenas. Al caer la noche, mientras las luces em ezaban a titilar del lado de Bayas, subieron en litera hacia 13a ciudad, por el camino que Silano había hecho tallar en la roca para ser conducido junto a sus peces. Los romanos odiaban andar, sin duda porque, de Lusitania a las fronteras párticas, con armas y bagajes, anduvieron demasiado en otros tiempos. Luego de un indolente baño, y y a que la noche era sua- ve, cenaron ambos a la luz de las lámparas en una terraza desde la cual se dominaba Bayas iluminada, espectáculo que sorprendió a Kaeso, pues por aquel entonces la noche aún imponía su ley tanto en las ciudades como en el cam- po. A veces, con ocasión de una gran fiesta, iluminaban el corazón de Roma, temblando por si se desencadenaba un fuego, y estas inquietantes experiencias eran más bien escasas. -Bayas vive de noche y de día -dijo Décimo-. Que- ma la vela por los dos cabos. Y como ves, hasta el propio mar está iluminado por las luces de los barcos de recreo. Si estuviéramos más cerca, oirías el intenso rumor de los juer- guistas y los cantos de los que se han embarcado hacia al- guna Citerea. La comida, sin ser demasiado abundante, era de una ex- quisita delicadeza, y Décimo, tras la lección piscícola, se es- forzó por educar gastronómicamente a su futuro hijo... 1 primer cuidado, el primer deber de un verdadero gastrónomo-- ¡hay tantos falsos!- es conocer todas las ca- racterísticas del producto. Cada cosa es mejor en un cierto Igar y una cierta época. Por ejemplo, tengo que confesar, ara mi vergúenza, que las partidas de los viveros de Clu- ea, un puerto africano del cabo Bueno, son todavía más as que las mías. De ahí el interés, a pesar de todo, de líe- .r a producir uno mismo: se sabe lo que se come. "Ora la naturaleza no puede trabajar mejor, y es yana la retensión de añadir algo a su obra; ora resulta indispensa- ayudarle, lo que sólo puede hacerse si se conocen y res- petan las leyes. Por eso, la caza salvaje a menudo es más ~abrosa que la caza de vívaríum, y también por eso nuestros orticultores han seleccionado más de sesenta especies de ~, desde las pequeñas peras de invierno a las pira libra- madas así porque suelen pesar una libra. t'junto a estas consideraciones, que a los glotones les podrían parecer un exordio, el arte del cocinero es casi se- cundario. En todo caso, debe actuar de manera que toda la calidad original del producto sea muy perceptible. Y claro, el gastrónomo se sustenta y bebe con moderación. Diría que no come: saborea. Kaeso le preguntó a Décimo por qué se apasionaba por s peces... -Es una pregunta pertinente, que a menudo yo mismo ~nie he hecho. "En otros tiempos participé en grandes cacerías, en las que una multitud de ojeadores hacían converger hacia las redes a una multitud de animales. Como todo el mundo, he visto en el anfiteatro cómo la red del reciario capturaba a un hombre. Pero, pensándolo bien, ¿no es un poco fácil, un poco vulgar, matar lo que la red ha retenido? Mis pisci- nas son como una red inmensa donde veré vivir todo lo que he cogido. "Y la cautividad del pez me parece más interesante que la de la caza o la del hombre, pues éstos siempre resultan más o menos dañados por los barrotes o las espadas. Todo el arte del aficionado a los peces es reconstruir lo más exactamente posible el medio natural donde el animal de- bería vivir para ser lo más suculento posible. El pez es algo tan delicado que sería presuntuoso y vano imaginar un in- dividuo mejor que el criado por Neptuno. Puedes alimen- tar correctamente a una pieza cautiva, pero la falta de ejer- cicio volvería insípida su carne. Puedes mejorar a un ganso atiborrándole de higos. El pez marino, siempre igual a si mismo, con algunos matices, sólo nacerá y crecerá en pisci- uia si has penetrado los secretos de los dioses para copiar minuciosamente las formas. Es una excitante actividad de demiurgo. Hacia el final de la comida, el demiurgo derivó la charla hacia la religión. A pesar de los esfuerzos de Marco padre 202 203 para inspirar a sus hijos un cierto respeto por la reli~ romana, Kaeso compartía el peyorativo prejuicio ambieu te, y su trato con filósofos y sofistas no había aumentadc su piedad. Desde que Cicerón había dicho que dos augui no podían mirarse sin echarse a reír, la célebre frase se ha- bía vuelto una especie de dogma entre la aristocracia, y el propio pueblo estaba empezando a convertir en bromas sus terrores de antaño. Puesto que Silano, precisamente era augur, Kaeso escuchó sus declaraciones con una curio- sidad particular. Primero fue una larga y minuciosa exposición sobre la religión privada, propia de la gens del patricio. Kaeso tenía que estar al corriente de muchas costumbres y prescripcio- nes originales, para recoger la antorcha cuando desapare- ciera su padre adoptivo, dirigir al sacristán que se ocupaba del larario edificado en casa de Silano en una capilla ad hoc, y controlar también al auspex familiar y al cleriguillo del templo del Pudor Patricio. La sincera importancia que el orador parecía otorgar a tales bagatelas no dejaba de sorprender a Kaeso, y esta sorpresa, a pesar de ser poco perceptible, fue advertida por Silano, a quien no le sorprendía en absoluto encon- trarla. Un poco ofendido de todas formas, reaccionó con vigor: -Es un augur quien te habla, Kaeso, y te dice que no hajT motivos para reír. La religión romana es la más sensata mundo, y cuando haya desaparecido la echarán de menos. Como a Kaeso le costaba un poco distinguir bien todas las cualidades, Décimo se explicó con claridad: -La primera virtud de nuestra religión nacional -com- partida con los griegos- es que carece de sacerdotes. Quiero decir que, en ciertos paises bárbaros, de los que el Egipto de los faraones fue, entre algunos otros, el mejor ejemplo, una casta cerrada, doctrinaria y autoritaria, mez- clada en todo y en nada, posesiva e indiscreta, misteriosa y abusiva, tuvo al Estado bajo su tutela. Mientras que entre nosotros, al servicio de un panteón elástico e impre sólo hay funcionarios, cuyo único papel consiste en velas por el respeto de ciertas reglas para mantener la concordii entre la tierra romana y los cielos que la cubren. Nuestro sacerdotes, ya sean elegidos o cooptados, provisiona o permanentes, tienen una actividad y responsabilid~ siempre convencionales. En Roma, todo el mundo puel ser sacerdote un día, como puede ser procurador o cónsl Mejor todavía, el pluriempleo es de lo más corriente. A que el Estado respira en libertad: siendo cada cual un cerdote en potencia, el sacerdote está en todas partes y ninguna. Se diluye en el pueblo y se confunde con el buen carácter de la nación. "La segunda virtud de nuestra religión es que este sa- cerdote funcionarid es perfectamente irresponsable. Cuan- do ofrece sacrificios para atraer el favor de los dioses, no se le puede pedir sino que vele por la estricta observancia de los ritos tradicionales. Si el sacrificio no es aceptado en esas condiciones, es obvio que el sacerdote no tiene la cul- pa de nada. Y cuando lee los augurios conforme a las re- glas, para saber si los dioses son propicios a una emx resa cualquiera, sigue siendo irresponsable de los errores e in- terpretación que pudiera cometer en materia tan delicada. Errare humanum est, y nuestro sacerdote sólo es un hombre como los otros. Más de una vez han saqueado a generales que habían librado una batalla despreciando la evidente inapetencia de las gallinas. Pero cuando derrotan al general después de que las gallinas hayan devorado todo su salva- do, uno se limita a decir tristemente: el general X, en ma- teria de gallinas, no tiene mucha suerte. Un sistema seme- jante no presenta más que ventajas. A los más escépticos siempre les encanta enterarse de que los dioses parecen fa- vorab les ,y acción y valor reciben un buen empujón. Pero si los resultados son desastrosos, ¿qué importancia tiene? El error del sacerdote, ¿no es de todos los demás? ¿Quién podría presumir de haberlo hecho mejor en su lugar? In- cluso en mitad del desastre todo está en orden, pues la cualidad más hermosa de nuestra religión es su humanidad. "La tercera virtud la sitúa por encima de la de los grie- gos. El griego piensa que los dioses tienen suficiente poder como para imponer su voluntad. Permiteme la expresión, ya que estamos entre hombres: diría que el griego deja que sus dioses le den por culo todo el día. Mientras que Roma fue formada por el empeño de algunos, y de quienes sabían por experiencia que la voluntad del hombre no tiene lími- tes, porque las obligaciones y las libertades que él se inven- ta no los tienen. La mala voluntad de los dioses no es para nosotros una limitación. Para actuar nos basta con esperar un benevolente claro en las nubes de su ira, y somos pa- -Cientes. De este modo, siempre tenemos la última palabra. "¿Lo has entendido bien? Kaeso reflexionó un momento y contestó: -En el fondo, ¿quieres decir que la fuerza de la religión romana estaría en poder prescindir de los dioses como ya rescinde de los sacerdotes? ¿Que, en cualquier caso, nues- ~I.ros dioses no son nuestros dueños? Silano sonrió y dejó caer: -¡Con una agudeza superior a la de tu edad, me has ca- lado bien! 204 205 -La fuerza de nuestra religión, en ese caso, es también su debilidad. Hay muchos que le piden a una religión que sea algo más que una forma de aliento al servicio de sus in- tereses. El hombre está hecho de tal manera que antes pre- senta al Cielo el trasero que la cara. ¿No nos exponemos a que una pandilla de sacerdotes indiscretos nos imponga un día la ley? -Mientras haya romanos, no hay peligro. Por eso preci- samente te he hablado tanto del culto privado de mi fa-~ milia. Al final, Kaeso intentó conducir a Silano hacia los asun- tos políticos, pero su anfitrión se mostró muy prudente, li- mitándose a algunas generalidades: -Las cosas van mal, pues desde hace algún tiempo hay un gusano en el fruto. La civilización romana soy yo, y un puñado de gente distinguida que se esfuerza en imitarme. Para permitirme llevar esta inimitable vida, los campesinos romanos, a fuerza de guerrear, perdieron su campo. Así que vinieron a Roma a mendigar las migajas de mi mesa o constituyeron algunas legiones mercenarias sedientas de di- nero. ¿Cuánto tiempo crees que puede durar una situación semejante? "En el momento actual, son los pretorianos los que controlan el ascenso al imperio. Tarde o temprano, las ar- madas provincianas querrán compartir el privilegio, y ten- dremos nuevas guerras civiles, a cuyo lado las de antaño parecerán un aperitivo; y el primer pensamiento de toda esa buena gente será el de servirse de mi fuente, repartirse mis tierras y a los que las cultivan, mis villas y mis tres mil esclavos urbanos, y asar mis peces sobre las enrojecidas ce- nizas de Bayas. "Comparado con tal amenaza, nada tiene peso. El pro- pio ciudadano romano se está convirtiendo en una figura retórica. Ya hay, quizás, cinco o seis millones actualmente, y los libertamientos o las naturalizaciones aumentan cons- tantemente el número. Dentro de algunas generaciones, esa pandilla de privilegiados de segunda clase, que habrían podido impedir el desorden si lo hubiesen mantenido den- tro de límites razonables, se habrá extendido a todos los hombres libres del Imperio, y el ciudadano sobrevivirá poi que todo el mundo tendrá derecho al titulo. Entonces romperá la ya fatigada espina dorsal del Estado. Pero seme jante evolución es inevitable. En un primer momento, 5C saquea a todos los extranjeros que caen en nuestras manO& y en un segundo y último momento, cuando ya no que4 nada que saquear en ninguna parte, se condecora a los ven cidos con el titulo de ciudadano para que se mantengas tranquilos. "Los mercenarios son sinónimo de desorden militar. La vulgarización de la dignidad de ciudadano acarrea indigni- dad general y desorden civil. "Peor aún: cuanto más comerciamos, más nos arruina- mos. El oro de la parte oriental del Imperio va a amonto- narse entre los partos, los árabes o los hindúes, hasta entre los chinos. Y el oro de la parte occidental también va a pa- rar al este. Pues, por una extraña maldición, las mercancias preciosas circulan de este a oeste y las mercancías sin gran valor en sentido contrario. Los galos hacen jamones, y los fenicios mantos. En consecuencia, cuantos más mantos tenga el emperador, menos jamón comerá. Llegará un mo- mento en que Occidente ni siquiera podrá pagar en efecti- vo a sus mercenarios, y sin embargo es la única manera de mantener un mínimo de disciplina. Abrirán nuestras fron- teras, saquearán nuestras ciudades y borrarán las últimas huellas de civilización, pues ser civilizado quiere decir, has- ta nueva orden, que en la ciudad se comen los productos del campo. En resumen, hay algo más terrible todavía que la insolencia criminal de los mercenarios y de la plebe ur- bana: ¡la propia desaparición de los mercenarios y de la plebe! "Pero tal vez soy pesimista. Es una actitud frecuente entre los que poseen muchos bienes. Por cierto que era difícil imaginar semejantes catástro- fes ante una Bayas centelleante. -Olvidas algo -dijo Kaeso-, y es el derecho, recono- cido por todos, que los descendientes de César tienen al mando de las armadas. Esta especie de legitimidad tiene su peso. -Si -dijo Décimo-, la última vez que cené con Ne- rón, observé que había engordado... Pero yo, que también soy heredero de Augusto, tengo más bien tendencia a adel- gazar. El matrimonio, quizás... Kaeso no debería haber hecho alusión al emperador, que ciertamente era para alguien como Silano el peligro más inmediato. Nerón tenía suficiente talla como para ha- cerle adelgazar todavía más deprisa que Marcia. Décimo se levantó de su lecho y se despidió de Kaeso, que pasó una noche agitada, poblada de morenas, esquele- tos, mercenarios delirantes y plebeyos incendiarios. No iba a entrar sin inquietud en la verdadera civilización romana que Silano pretendía compendiar. 206 207 Iv Silano se quedó unos quince días más en Bayas, pues, a pesar de las altas pagas, tenía las mayores dificultades para hacer trabajar a los albañiles campanios de la mañana a la noche. El equipo de la tarde sufría ausencias y desaparicio- ?nes continuas. Y se producían tormentosas discusiones con los delegados sindicales. Los trabajadores estaban organiza- dos en colegios donde los mismos intereses y una misma solidaridad unían a hombres libres y esclavos con el pretex- to de rendir culto a una divinidad cualquiera o asegurar las exequias decentes de los miembros. Estas sospechosas aso- tiaciones, prohibidas sin cesar, se reconstruían una y otra sin que nadie osara actuar con rigor, por miedo a de- ncadenar desórdenes superfluos. Los motivos religiosos o rierarsos eran una cortina para encubrir la defensa de los ios profesionales. Además, esa gente era necesaria. ma bóveda de gran arco, ¿no era asunto de especialistas? Mientras montaban,piano piano, la bóveda para salmone- :es, Kaeso se iniciaba en la exquisita existencia de la alta Iristocracia, y recibía así un interesante complemento edu- yo. Unas veces asistían desde las primeras filas a un mu- bastante decente en el cercano anfiteatro de Pompeya, .e tenía buena reputación y concentraba a los fanaticos muchas jornadas de viaje a la redonda. Otras veces escu- aban cortésmente la lectura pública de una aburrida tra- dia, cuyos versos habrían desanimado a los espectadores ~rrientes. O bien se encanallaban en el teatro, donde las lolencias sangrientas y las vulgares obscenidades contaban )n el favor de la plebe. También había paseos marítimos, alguna de las embarcaciones a vela o de remos del p uer- :o de recreo de Bayas; o vueltas en litera por los aíre e o- ~es. Silano tenía participaciones en el afinado de las famo- LS ostras del lago Lucrino, y no desdeñaban la ocasión de a ver sus suculentos mariscos de valva lisa, las célebres Viostrela. Se preferían las ostras afinadas en agua dulce; se liltivaban por todas partes, desde Tarento a Bretaña, y se istaban hasta en las montañas de Helvetia o en las Literas germanas. Sin embargo costaban dos veces mas 209 caras que los erizos de mar, por los que la gente también se chiflaba. Y además se criaban espóndilos, bellotas de mar, almejas y pechinas. No había una sola comida de cier- to rango sin mariscos. Las cenas exquisitas sucedían a las cenas exquisitas, en casa de Silano o fuera de ella, y los cocineros rivalizaban en gastos e imaginaclon. Cuando Silano al caer la noche recibía, para ágapes que se prolongaban con gran acompañamiento de luces, su pri- mera preocupación era localizar a una mujer bonita y de- cirle, guiñando un ojo a Kaeso: "Si tu marido (o tu amigo) lo permite, mi futuro hijo te enseñará mis morenas antes de que el sol se ponga". Si la cara del amigo o del marido no era demasiado simpática, Kaeso, a pesar de que experi- mentaba una extraña repugnancia por el amor desde el nuevo matrimonio de Marcia, se dejab a tentar. La artimaña de Silano era casi infalible. Kaeso sólo conoció un fracaso: una alocada que quería ver devorar a un niño crudo en el acto. Esas noches, las conversaciones eran de un nivel fuera de lo común, pues Silano sabia escoger a sus huéspedes. Petronio fue invitado una vez, luego de una lectura pública de un largo pasaje de su Satiricdñ, que ya estaba acabando. El debate a la salida de la sesión había sido excepcional- mente animado, y había continuado durante la cena. Por primera vez la gente cultivada había podido oír un remedo de novela popular, una novela donde muchas peripecias es- taban escritas en un latín que se aproximaba a la lengua hablada. La innovación había suscitado aún mas escan alo que interés. Petronio fingía no conceder ninguna impor- tancia a su invento -que sin embargo había divertido a Nerón- pero era evidente que estaba decepcionado por el hecho de que su mensaje chocara con tantos prejuicios. Petronio llegó en compañía de una much ac had eslum- brante, y a Kaeso le sorprendió el silencio de Décimo, cuando Petronio le dijo: "Le prometí a Popilia que la lleva- rías a visitar la piscina de las morenas -sin olvidar la gruta donde se dice que Venus se arregló al salir de las aguas. ¡Dame ese gusto!". Ya que Petronio estaba en el secreto, habría sido grosero decepcionarlo. Esa do/ce vita irradiaba tantos encantos que una sospecha rozó a Kaeso: la de que el sacrificio de Marcia quizás fueri menos cruel de lo que él creía. Pero más bien se alegró flO~ ella, que así tendría compensaciones con las que, evider mente, nunca hubiera soñado. A Kaeso le costaba muc abrir los ojos. Sintiendo el terreno resbaladizo, Silano hablaba poC( de su mujer y menos todavía de su penúltimo marido. 1 ~o, el clásico "H.M.H.N.S.", es decir, "Este monumen- no es propiedad del heredero". En derecho romano, por una extraordinaria excepción a das las reglas, los muertos eran, en efecto, propietarios su tumba. Hacía falta su permiso para tocarlas, y los ~rtos extranjeros no se daban prisa en darlo: al pie del onte Esquilmo, en el nacimiento de la Vía Sacra, seguía endose el emplazamiento donde los galos de Bretaña, ~s de cuatrocientos años antes, habían quemado a sus tos durante los siete meses de sitio del Capitolio. i'ronto pasaron delante del pequeño y pretencioso se- ulcro del tío Rufo, cuya curiosa inscripción le señaló Kae- ~ a Décimo: "Murió como nació: de manera involuntaria. su imprevisión!". Era uno de los epitafios que más xito tenía entre los curiosos. Después Décimo tomó un atajo, y fueron a lo largo de 15 inmensas colombaria donde reposaban las cenizas de los clavos de la familia imperial, y también las de los libertos no habían podido o querido pagar un monumento ropio. Penetraron al fin en un vasto co/ombarium, que per- ~necia a los Silano. Había millares de nichos y cada urna taba provista de una inscripción que recordaba el nom- re, la calidad y a menudo la función del liberto o del sclavo. Naturalmente, Décimo estaba orgulloso de la importan- a de la colección, que le inspiró un comentario: -Todos estos esclavos prefirieron la indignidad de su ~'~idición a un suicidio estoico, demostrando así que mere- n su suerte. Pero, ¿cuántos hombres libres no viven es- vizados por sus pasiones, sus prejuicios o sus errores? espectáculo como éste, ¿no invita a liberarse de todas ~ esclavitudes, tanto de las más anodinas, que vienen de s demás, como de las más peligrosas, que vienen de noso- os mismos? Entre otras cosas, Marcia le había insistido a Décimo en hecho de que Kaeso siguiera en la ignorancia respecto 216 217 de sus origenes. Pero Décimo consideró que el lugar e~ apropiado para ser infiel a su esposa en algo que él estim ba sin mayores consecuencias. Le señaló a Kaeso una in~ cripción: "T.Junio Aponio, tesorero", y luego dijo: -¡Desde esta urna te saluda tu bisabuelo! Ante el pasmo y la turbación del muchacho, continuó: -Tal es el origen de la afectuosa y agradecida cliente~ de tu padre. Una muy excusable vanidad le incitó a cor~ un velo; un justo orgullo me incita a ponerte al corrienre~ En el fondo, tú eres un poco como mis peces más bellos: el producto de una crianza que ha necesitado generacionep de cuidados. Mis piscinas más antiguas las creó mi abuelo, y es muy posible que tu bisabuelo le llevara la tesoreria y clasificara las fichas. Adoptándote, recojo lo que hemos sembrado. ¡No adopto a un desconocido! No obstante, a mis esclavos les costó trabajo encontrar esta inscripción: hay tantos aquí dentro... "No te sientas herido: la mayor parte de los ciudadanos de Roma descienden actualmente de aquellas multitudes de cautivos con las que arramblaron nuestros legionarios. Y de esos esclavos, Roma hizo hombres y a veces cónsu- les. Nuestra esclavitud no es sino una gran fábrica de ciu- dadanos. No estás en una compañía demasiado mala. Ade- más, muchos esclavos estaban más dotados que sus due- ños -sobre todo los griegos, como tu bisabuelo- y todo el mal que te deseo es que no me ahorres tus buenas lecciones. "¿Deseas que ordene edificar para nuestro Aponio un sepulcro conveniente, con un hermoso epitafio como éste: "FUE SIMIENTE DE BELLEZA Y LIBERTAD"? -¡No, no, está mu y bien así! Décimo sonrió, relacionando la reacción de Kaeso con la vanidad de su padre. Sin embargo, lo que estremecía al muchacho no era la turbia oscuridad de su origen, sino que el río se revelara tan engañoso. ¡Qué mezquindad, escon- derle un hecho tan importante! Y lap ropia Marcia... Pero Marco debía de haber impuesto esta discreción a su mujer. En la litera a la que subieron en la Puerta Capena Déci- mo abordó el tema de la investidura de la toga viril y las formalidades de la adopción. Como se lanzó a dar una clase sobre las bellezas de la adopción romana, entre las que no era insignificante la de permitir al padre adoptivo escoger a un adulto que superara sus pruebas, o a un adolescente que hiciera abrigar esperanzas, para garantizar la perma- nencia del culto familiar, Kaeso, un poco impacientes replicó: 218 ~Domine, ¡yo no soy digno de entrar en tu casa! A lo cual Décimo repuso: -¡Soy yo el que no es digno de adoptarte, puesto que he sido capaz de tener un hijo tan hermoso como tú! Décimo se había acostumbrado a decir siempre la últi- ~ palabra. Oespués de semejantes experiencias, Kaeso volvió a "a casa paterna que le pareció de lo más mediocre, junto un padre que le pareció más mediocre aún, a pesar de sus aJes esfuerzos para mirarlo con los ojos de antaño. La na- raleza de sus estimables exigencias arrastra a los hijos a spreciar a sus padres, ya sea de forma gradual o a causa un súbito accidente. El accidente había sobrevenido por Jpa de la orgullosa torpeza de Décimo, pero no se ex- lía que Kaeso ya hubiera subido antes, sin darse cuenta, ~unos peldaños en la solapada escalera del desprecio. Era ra, por la gracia de las leyes y la benevolencia de los dio- s, de que cambiara de padre. Puesto que la confianza es un bloque que no se puede ortar en trozos, Kaeso se preguntaba si no le habrían cultado otros misterios, y su curiosidad por descubrirlos alaba su miedo. El apólogo de Acteón no bastaba para enerlo ante este peligroso camino y calmar sus sordas ietudes. todo caso, había una cosa de la que el amo alardea- y era de su Selene. Marco, antes tan reservado, tan res- tuoso con Marcia delante de sus hijos, se comía a la es- ¡aya con los ojos y la trataba con una familiaridad que no abría dejado ninguna duda sobre el concubinato si la me- duda hubiera sido posible. Í4acía mucho tiempo que el matrimonio no presentaba ~s que inconvenientes para los hombres, privados de ~da autoridad legal sobre sus esposas e incapaces hasta de ~ar en posesión de la dote, que se les escapaba delante e sus narices si la infiel se esfumaba: así que la conviven- ia con una liberta o una esclava se había vuelto frecuente nadie se molestaba por ello, Kaeso menos que ninguno. 'ero, en este caso particular, no tenía más remedio que omparar la dignidad exhibida en otro tiempo con la reía- Ición que se veía obligado a presenciar. Y la situación le 'esaba, decepcionaba e irritaba tanto más cuanto que Sele- era maravillosamente bella y oponía a las desagradables Lígaridades de Marco una sangre fría y una corrección im- ~rturbables. Kaeso sufría por su padre, que ofrecía una lagen degradada, y sufría por Selene, a causa de una espe- e de sensibilidad estética. Le parecía que, en una sociedad 'len organizada, el disfrute de las bellezas perfectas debe- la estar reservado a los aficionados con gusto, en edad y 219 estado de apreciarlas. Incluso se le ocurrió de improviso idea -que rechazó por indecente- de que en el momer de ser más favorecido por Silano, estaría en condiciones volverle a comprar a su padre la esclava, y por una si que haría desaparecer sus últimas dudas. A pesar de los excesos demasiado frecuentes de con y bebida, Marco había conservado suficiente delicad como para calar hasta el fondo los sentimientos de Ka y, una noche, mientras cenaban los tres, incitado a la fr~ queza por cierto vino de Clazomenas, el amo dijo con tu pizca de impaciencia: -Pues si, todo el mundo debe tomar partido: la m. suerte me ha privado de una mujer bonita, y una clemel fortuna me ha dado otra que lo tiene todo... (¡casi tod para hacer feliz a un hombre: es normal que conterr con admiración este tesoro, y sin embarazo, ¡puesto estoy en mi casa y se trata de una esclava! Kaeso, que estaba tendido frente a la pareja, bajó la beza por todo comentario. Marco aprovechó para da una pequeña palmada en el trasero a su concubina, que a turalmente se había colocado "debajo" de él, y continuó: -Pronto vestirás la toga viril, Kaeso. Ya es hora de te empapes de la vieja moral romana, que trato de in carte desde tu primera infancia y que, en materia de mi res, se resume en una sugerencia: respeta a las matron ya se trate de tu esposa o de las de los demás; respeta a tiernas vírgenes que todavía están bajo la autoridad de padres, en espera de un matrimonio que demasiado las bridará ya; y reserva los ardores de tu juventud para muchachas sumisas y las esclavas que una ley tolerai pone a tu disposición. Así no harás daño a nadie. Tal era 1 a opinión del viejo Catón, que desposó a una jovencita los setenta años. Ante el prolongado silencio de Kaeso, añadió, m sus expresiones: -Marcia me dijo algo sobre tus dificultades con los derastas griegos. Más o menos todos los hombres las tie: por allí, en ese país de facilidad y decadencia. Lo más gonzoso de los griegos es su pretensión, considerada nesta, de corromper a los jóvenes de buena familia. Ni tras leyes romanas -que, ay, no se aplican demasia< insisten en considerar infames y en consecuencia san los vínculos de este tipo entre ciudadanos, y el inverl sale irremediablemente deshonrado. Pero cierran los C ante el empleo de un favorito servil. En suma, tanto t los hombres como para las mujeres, la esclavitud está preservar el honor de los ciudadanos. Aunque el esci sólo sirviera para eso, ya seria indispensable. La manera en que Marco, descendiente de un esclavo iego que había tenido que sufrir todos los caprichos de s amos, hablaba de los griegos y de los esclavos demos- ba una inconsciencia que no era menos notable por el .cho de revelar la naturaleza humana más elemental. Kae- sólo podía imitar el silencio de Selene, pues tenía dema- ido que decir. Para muchos romanos de ingresos modestos, uno de los yores atractivos de la concubina, esclava o liberta era ~e se la podía poner a trabajar en la cocina sin discusión, ientras que la matrona, tras el mitico rapto de las Sabi- Ls, juró que nunca más atravesaría esa puerta. En el mo- ento en que Marco vio mejorar sus finanzas se compró i cocinero sirio de aceptable talento, que le costó 10.000 stercios, pero que no estaba dotado para la repostería. mo no era cuestión de comprar también un pastelero, formaba, con el cocinero jefe, la base mínima de una >cina de cierto rango, Selene se ofreció para desempeñar te oficio en sus ratos libres, que eran bastante numero- ~s. en vista de que la edad había hecho que los ardores del pasaran de antorcha a lucubrum. Las raras y breves ca- atas de Marco coincidían generalmente con la luna líe- y hacían falta muchas artimañas para ponerlo en ac- x. Durante el resto del tiempo, el amo salía de sus som- ncias o de sus tareas jurídicas para imponerle a la es- 'a asiduidades sin consecuencias, que apenas le calenta- in más que los ojos y la mano. Cuando el astro nocturno illaba en todo su esplendor, a Selene se le despertaba a violenta afición por los pasteles, cuya confección la re- a veces en la cocina, a la luz de las lámparas, hasta al- s noras, y esas noches Marco se veía obligado a escoger itre su lubricidad lunar y su constante glotonería. Selene era experta en la confección de numerosos líba, s rituales ofrecidos a los dioses en tan grandes canti- íues que los esclavos de los sacerdotes estaban ya asquea- ~sy preferían un buen pan. Pero también era hábil en ichas otras delicadezas. Se sucedían los crujientes crustu- ~los globulí, bolitas de pasta fermentada, bañadas de miel 4oradas en aceite; el hamus, en forma de media luna; los versos lagana de pasta fina, cortados en largas tiras y de- stados con pimienta y garum -llamado cada vez con más aencia liquamen- después de freírlos; los lucuncula, bu- crujientes; los perlucída, hojuelas tan estiradas por el o que se podía ver a través de ellas; las summana/ia, en ~ma de rueda, que en principio estaban destinadas a J úpi- :; el thríon griego, donde intervenía el queso rallado; la esa placenta romana, pastel parecido al thríon, pero con Ls relleno; y también toda clase de cremas y tortillas, las 220 221 "torrijas" y los dátiles rellenos de nuez y pimienta, salad( y cocidos en miel... La lista, en la que la fruta y los vinc dulces ocupaban un lugar preferente, era interminable. Pero la mantequilla, producto bárbaro que se considera.. ba medicamento de régimen, no se utilizaba nunca. El ca. br de los paises mediterráneos era nocivo para su fabrica. ción, conservación y transporte. Selene trabajaba con man.. teca de cerdo fresca y con "aceite de verano" de Venafra, en el Samnium, que era el más famoso, y cuyo primer p rensaje en frío se hacia con olivas de septiembre todav~. blancas. A veces Kaeso, desocupado, hacia compañía a la repos- tera, cuyo cuerpo, esculpido por .Praxíteles, se perfilaba bajo el ligero vestido a la luz de las lámparas de aceite. Esta cocina, en la que Kaeso nunca había puesto antes los pies -¡y Marcia menos todavía!-, se había beneficiado de toda suerte de mejoras a medida que el dinero escaseaba me- nos. Habían arreglado el horno donde se doraban los pasteles, los asados de gallina e incluso las carnes en espetón previamen- te hervidas. Las parrillas y los anafes se habían multiplicado. Las baterías de sartenes,cacerolas y marmitas estaban comple- tas; y con el cocinero sirio,que se tomaba muy enserio, habían aparecido toda clase de platos más o menos hondos, de los que la mayoría llevaban la elegancia hasta el extremo de ostentar nombres griegos:artocreas oartolaganon, epityrum, tyropatina oty- rotarichum... ¡Sin hablar de una placa con escotaduras hemisféri- cas para que los huevos "espejo" no se mezclasen durante la cocción! La sección de los condimentos y especias italianas; extranjeras o exóticas se había vuelto imponente, y entre una sesentena de productos reinaban el mejor garum y la mejor miel, la pimienta más fina y los preciosos piñones del pino real o del abeto del Norte, que no se cultivaba a menudo, salvo para el placer de los gastrónomos. Y el sirio tenía además toda una biblioteca, griega en su mayor parte -fueron los griegos quie- nes enseñaron a cocinar a los romanos-, pero donde también se veían los tres tratados de C. Matius, el amigo de un César que no prestaba atención alguna a lo que comía, y claro, el tratado completo de Gavio Apicio', aquel gastróno mo loco por las re- cetas y los pinches jóvenes. Apicio, cuya escuela de gastrono- mía floreció bajo Tiberio, se dio muerte, después de haberse tragado una fortuna, al darse cuenta de que sólo le quedaban diez millones de sestercios. Mártir de las más delicadas sensa- ciones, prefirió un final ejemplar a una reducción de su ritmo alimenticio. 1. Desgraciadamente, sólo hemos conservado un resumen. (N. del A.) Esa noche, Selene estaba preparando un canopícum egip- ~. Mientras hojeaba El arte de la masa de Crisipo de Tiana, le preguntó de pronto: -111 otro día, cuando mi padre dijo que lo tenias "casi ,do" para hacer feliz a un hombre, observé por casualidad tu mano se crispó sobre el tenedor de los caracoles, ..acción que me parece demasiado viva para una broma 1ii banal. ¿Qué te pasó por la cabeza? -Silano le dio a tu padre mi cuerpo, ¿y tú encima quie- mi cabeza? -¿Silano? -Guárdame el secreto, te lo ruego, pues Silano y tu pa- dre están de acuerdo en no ventilarlo delante de ti. Soy el de ese patricio al amo, en compensación por la par- ~ de tu madrastra. El gesto me halaga, en vista de los rorprendentes encantos de Marcia -según dicen-, pero ~stoy de mal humor, porque he conocido a hombres me- desagradables. Cierto que apenas conozco a ninguno adable. Kaeso entendió por fin cómo su padre se había podido procurar una esclava de semejante precio. Pensativo, insistió, pasando del latín al griego, lengua materna de Selene, que tal vez fuera más favorable a las confidencias: -No has contestado a mi pregunta. -Ya te he desvelado un secreto. Eres exigente. Y exi- gente sin derecho, pues no te pertenezco. La curiosidad de Kaeso se había excitado y su mente se perdía en conjeturas. Selene era muy reticente, pero el mu- chacho tenía otro encanto además del encanto masculino propiamente dicho, al que la joven parecía poco sensible: irradiaba fácilmente simpatía humana, y a veces el corazón tiene razones que el sexo ignora. Vencida por fin, Selene lloró y dijo: -Ya sabrás que, en amor, ciertos hombres gozan con el placer de los demás, y que otros, por el contrario, hallan su goce más vivo en la pasividad total de la víctima. De ese modo, castran a muchachos apenas púberes para abastecer los lupanares de pederastas, y ciertos amos perversos cas- tran también a tal o cual favorito, como según parece ha hecho Nerón con su pobre Esporo2. Tampoco a las muje- res les ahorran tales padecimientos. En Egipto, una moda 2. La castración de esclavos no fue prohibida hasta Domicio (+96) y' a partir de Adriano (+138), su entrega al proxeneta o al lanista quedó -muy teóricamente- subordinada al consenti- miento e refecto de los Vigilantes. (N. del A.) 222 223 ancestral quiere que las muchachas del país sufran tern namente la escisión, es decir, que el cuchillo del sac dor les corte lo que los griegos llaman kleitóris, kleídíon "llavecita" del placer-, murton -o baya de mirto-, inchjs< astícot... Hay muchos otros términos, que seguramente ha brás aprendido si has frecuentado a las hetairas de Atena Los romanos lo llaman "columnita", "dulzura de Venus , "mirto", o "pequeño Príapo"... Soy menos culta en latín que en griego. Conocí muy tarde el cuchillo, cuando llavecita ya me había abierto nuevos horizontes. Tu padre es muy cruel al bromear sobre eso, pues... -¿Fue él quien...? El desprecio de Kaeso tentó a Selene, y sucumbió, de- leitándose en la idea de vengarse de Marco ~in pensar de- masiado en la sensibilidad de su interlocutor. Bajó los ojos y murmuro: -Te suplico que no le digas al amo que te he revelado su perversidad. Aunque no sea el único en Roma que se ha permitido esta fantasía, me haría azotar. Horrorizado, Kaeso juró todo lo que ella quiso. Ya que la mentira es más deleitable cuan do se des tila en detalle, Selene, llorando a lágrima viva, describió minucio- samente la escena del sacrificio, en la que la viciosa cruel- dad de Marco cobraba carices épicos. La imaginación de Selene era tanto más brillante cuanto que se apoyaba sobre un dolor imborrable, más vivo y más real. Pero el barro era muy espeso, y Kaeso protestó: -¡Me cuesta creerte! No era momento para medias tintas. Con firme suavi- dad, Selene cogió la mano derecha de Kaeso y la obligó a subir bajo su vestido hasta el lugar del crimen, donde la inspección a tientas fue más facil gracias al hecho de que sexo de la joven siempre estaba recién afeitado para que la pureza de lineas resaltase mejor. Kaeso tocó, y creyó. Le invadió un brusco deseo de vomitar. Se soltó, dio la vuelta y sus ojos tropezaron con una marmita donde, en una salsa espesa nadaban una media docena de crías de pe rro asadas. La moda de comer perro había pasado hai mucho tiempo, pero el cachorro seguía siendo el atribu ritual de ciertas comidas de toma de posesión de un en los colegios religiosos, y también se sacrificaba a dioses o diosas, sobre todo a Genita Mana, que pre~ desde el Olimpo la feliz regularidad de los menstruos. dentemente, Marco había traído aquella golosina de una di sus piadosas expediciones. Completamente asqueado, Kaeso echó las tripas marmita y escapó. y Por lo común, los jóvenes romanos dejaban la toga pre- ta para vestir la toga viril entre los catorce y quince ~s, el XII de las Calendas de abril -es decir, el decimo- :imo día de marzo-, día "nefasto alegre", con ocasión ~as Líberalía o fiestas de Baco. Durante los días fastos se hacia justicia; durante los días astos la justicia se tomaba vacaciones, pues los dioses ejaban de avalaría. Un día nefasto-alegre era un día nefas- que coincidía con una fiesta. Un día "cortado" era ne- isto por la mañana y por la noche, y fasto a mediodía. Du- los días "funestos", enlutados aniversarios de alguna tastrofe, se interrumpían los asuntos públicos y privados. ~taño, durante los días "comiciales", se reunían los comi- s curiatos, centuriatos o tributos, asambleas progresiva- reducidas a la nada. Y de un cabo a otro del año, a s cias de los calendarios se les atribuía una letra, que se ~petía de la A a la H, siendo la A la encargada de señalar is nundínae o días de mercado y vacaciones para los escola- Con un poco de práctica, uno llegaba a acordarse de cias estas cosas. La mañana de la mencionada fiesta de Baco, el joven Le debía dejar su "pretexta" acudía a colgar su "bola de suerte" del cuello de un lar doméstico; es ués, envuel- en su nueva toga viril, rodeado de parientes y amigos, >ía al Capitolio para ofrecer un sacrificio y bajaba a pa- rse por los Foros para anunciar a todo el mundo que ma contaba con un ciudadano más. Naturalmente, la rnada terminaba en un banquete, ya que los romanos no jaban escapar jamás una oportunidad de tenderse ante la esa. En las Liberalias, la Ciudad se llenaba de felices pro- mes que deambulaban entre el Capitolio, los Foros y salones de regocijo. En caso de fuerza mayor, evidentemente, se podía vestir toga viril otro día. Marco el Joven, habiendo recibido su ~n de ruta, se había visto obligado a partir la víspera de Liberalía del año anterior y Kaeso se había embarcado la Itevispera de los Idus de marzo y no había vuelto hasta 224 225 abril. Y para Marco era capital que Kaeso vistiera la toga viril antes de ser adoptado, de manera que la ceremonia re- ligiosa se desarrollara bajo los buenos augurios de la reli- gión familiar de los Aponio, y la "bola" del joven figurase en el larario de la ínsula de Suburio y no en el de S ilano. Decidieron pues retrasar la fiesta hasta el XI de las Calen- das de mayo (o sea, el vigésimo primer día de abril), que también coincidía con una gran fiesta pública, la de las Pa- lilias*, aniversario de la fundación de Roma. Ese día tenían lugar en el Circo Máximo las cabalgatas y carreras de caba- líos de los Juegos troyanos, en los que se distinguía lo m~s brillante de la juventud romana. La noble gravedad de las Palilias convenía perfectamente a una investidura de tog~ viril. Una semana después de las Palilias, a caballo entre abril y mayo, empezaban los Juegos Florales, durante los que habría sido indecente ostentar por primera vez la toga de ciudadano. Estas Floralia (en honor de Flora, diosa de la fe- cundidad y más aún del placer), eran sobre todo la gran fiesta nocturna de las cortesanas. Salían de todas partes. Las elegantes, que se ocultaban bajo los pórticos del Cam- po de Marte o en los alrededores del cercano templo de Isis, diosa de las alcahuetas; las de segunda clase, que se es- condían bajo las bóvedas de los Circos, de los teatros y an- fiteatros, o en la puerta de las termas; las de tercera clase, que atestaban el puente Sublicio, en el cercano barrio de los muelles, o las puertas de la Ciudad; y numerosas mu- chachas de interiores, (las de los establecimientos más o menos elegantes del Aventino, las del Velabra, las de Subu- rio, dedicadas al pueblo llano o a los aristócratas amantes de las sensaciones fuertes y los olores penetrantes), las que vegetaban tras las mugrientas cortinas de las estrechas cel- das del infierno especializado del Submemmíum. Por millares acudían para formar largas procesiones que atravesaban lentamente la Ciudad en dirección a los teatros. Y, visiófl~ única en el año y sin duda en el mundo, a instancias de las apremiantes invitaciones de la compacta multitud de es- pectadores, cada muchacha empezaba a desvestirse, desgra- nando al hacerlo su dirección y sus tarifas, que iban de dos asses a millares de nummí. Una armada de mujeres desnudas tomaba de golpe posesión de la Ciudad Eterna. Pero, en los lupanares masculinos, los pequeños favori- tos castrados no participaban de la fiesta. El impudor es asunto de matices. * Fiestas en honor de Pales, diosa de los pastores y los reba- ños. (N. de la T.) Entre las Palilias y las Floralias no había otra fiesta que las Vína¿'ía, en honor de la degustación de los vinos de la cosecha precedente. No obstante, el lado báquico de la jor- nada permitía a las cortesanas hacer de ella una especie de entremés de las Floralias. Desde el alba, se apresuraban a fluir hacia el templo de Venus de la Puerta Colina para lle- var ofrendas a la diosa; y se organizaba entonces delante del edificio una gran feria de prostitutas, para contento de los proxenetas, los juerguistas y los clientes. Si se quería asociar la investidura de toga de Kaeso a una fiesta decente sin trasladarla a las Calendas griegas, no había más solución que las Palilias. Estas Palilias se aproximaban y, en la cena, Marco se ponía cada vez más serio y didáctico, olvidándose de pin- char a Selene... -El gran día llegará pronto, Kaeso. Ha y una hermosa y profunda intención en el hecho de que la toga pretexta esté adornada con la misma banda púrpura que distingue a mi toga de senador. Es el signo de la eminente dignidad de la infancia, que tiene derecho a todo el honor y la protec- ción. Ahora vas a entrar en el mundo de los adultos y a elegir la carrera que quieras: la abogacía, la milicia, el sena- do, en el que todavía tengo alguna influencia... Silano co- ronará mis esfuerzos por que llegues a ser digno de su nombre y un verdadero romano. También Marcia te dará buenos consejos... Selene disfrutaba, impasible, del creciente disgusto que Marco inspiraba a su hijo. Se sentía menos sola. En varias ocasiones Marcia le había mandado a Kaeso una nota apremiándolo para que pasara a verla, pero él lo iba dejando de un día para otro, hasta que resolvió encon- trarse con ella lo más tarde posible, en el momento de ves- tir la toga y quitarse la barba. Kaeso vivía en un estado de permanente desasosiego. Turbado primero por el nuevo matrimonio de Marcia, se aún más turbado después de la atroz revelación de ~íene, por el hecho de que una mujer como Marcia hubie- podido vivir tanto tiempo con un Marco simulador y :uel. Antes de sacrificarse por él en el lecho de Silano, ¿se labría sacrificado Marcia por la misma causa en el lecho de u padre? De las profundidades de la memoria de Kaeso rolvía el recuerdo de los gritos de Marco ante la puerta de 1 mujer, recuerdo que cobraba de repente un terrible sig- cado. ¡Tantos sacrificios tenían algo de fantástico! Pero Kaeso se acordaba también de todas las bondades ie su padre había tenido con ellos. ¿Acaso sólo era malo )n los esclavos? ¿Acaso su carácter, tras la partida de Mar- se había agriado hasta alcanzar una cólera viciosa? Kae- 226 227 so no sabia qué pensar, y le faltaba valor para enfrentarse a Marcia cara a cara en un clima tan malsano. Presentía abismos. Selene le planteaba a Kaeso un último problema. Al principio no le había concedido más atención que a las ex- quisitas mujeres de mármol que poblaban la villa de Silano en Bayas. Pero desde que tuvo que poner la mano en lo más profundo de una de aquellas estatuas para verificar hasta qué ~iunto era lisa, la extraña tibieza de este peritaje le perseguia y no dejaba de trastornarlo. A través e velo de la piedad se abría paso la aguja de un deseo incestuoso. La víspera de las Palilias, por la mañana, Kaeso recibió una nota de Silano invitándo fo a pasar por su casa después de la siesta, y una breve carta de Marco el Joven: "De M. Aponio Saturnino a su buen hermano Kaeso, ¡salud! "Grande habría sido mi alegría si hubiera podido estar en Roma para tu investidura de toga, pero el legado me ha retenido. Esta es la época en que volvemos a coger las ar- mas para impresionar a los germanos y, cuando termine el invierno, los germanos las cogerán también, poseidos por un renovado deseo de combatir, como osos que desperta- ran de su largo sueño para ir a robar miel. Así que no doy abasto, pues hay que aprovechar la buena disposición de estos brutos para lanzarlos unos contra otros antes de que caigan sobre nuestros legionarios. Estos últimos ya hacen algunas incursiones al otro lado del río, incitando agradeci- mientos y limpiando regiones sospechosas. A veces, germa- nos aislados y perseguidos, para escapar de nuestros pe- rros, se esconden en los árboles, desde donde nuestros arqueros y honderos los hacen venirse abajo como fruta madura. ¡Pero semejante distracción no vale un banquete de investidura de un miembro de la familia imperial! "Me han puesto al corriente de tu próxima adopción. Es una suerte que tiene algo de prodigio, y de la que debes hacerte merecedor mediante prudencia y diplomacia. Como le ocurre a cada uno de nosotros, tarde o temprano te en- terarás sin duda de cosas que no te gustarán. Será el mo- mento de guardar tus pensamientos para ti y de poner bue- na cara. Hay grandes diferencias entre el mundo que uno desea y el mundo donde los dioses se burlan de nuestras esperanzas y sentimientos. Por ejemplo, yo siempre he sen- tido una gran ternura por Marcia, a la que en el fondo le soy bastante indiferente, y ella siente por ti verdadera pa- sión, que mereces de verdad, pero que podría llegar a ser embarazosa. "Cuida de que Silano no se sienta celoso de estas rela ones. Un hombre de edad experimenta celos con facili- Ld y en el curso de una vida en común son numerosas las :asiones de desprecio. Te aconsejo que te alejes en el mo- ento en que puedas hacerlo decentemente. "No pierdo la esperanza de quedar libre en las próxi- as semanas y dar un salto a Roma para tomarme alguna tracción. ¡Aquí, el aceite se heló en febrero! Imaginas pues en qué región de salvajes nos hallamos. "Yo me encuentro bien. Intenta hacer lo mismo." Kaeso apreciaba el buen juicio de su hermano, esa cua- ~d que la inteligencia y la instrucción no son capaces de ;arrollar, y se prometió que un día pondría en guardia a .rcia, con toda la delicadeza posible, contra el peligro e Marco el Joven había olfateado desde tan lejos -¿tal Aespués de todo, por exceso de sentido común? i acogió a Kaeso en el atrio de la casa ciceroniana 4 Palatino, sin que Marcia se hallara visible. Pero alrede- >r de la vasta estancia, los armarios donde dormían las es de los antepasados de la gens Junia se encontra- an aoiertOs. Esas máscaras mortuorias de cera, de lo más ealista, pintadas con los p alidísimos colores de la carne ~oribunda, pero suspendidas en ese último aliento que el aspiraba en la boca de su padre, eran impresionantes. las exequias, el mimo de servicio encargado de la crítica ~vaba la máscara fresca del difunto, mientras que las otras áscaras las llevaba gente silenciosa que se había puesto el e de época de los muertos y enarbolaba las insignias de s dignidades. Así, el difunto conducía con humor sus opias exequias, delante del séquito de sus antepasados, íe sólo tenían derecho a los elogios. Silano quiso que Kaeso hiciera la ronda de los armarios res, mientras él gratificaba a cada máscara con un co- ~entario histórico y, naturalmente, moral. Los cónsules, rocónsules, dictadores, tribunos, imperatores, las glorias erdaderas o usurpadas de las leyes o las letras, los estetas los apasionados por las piscinas componían la ronda, que rminaba con los dos infortunados hermanos del dueño la casa. Después de lo cual, Silano le mostró a Kaeso un iol genealógico bastante tupido', del que intentó resu- r lo que le parecía esencial: -Sígueme bien... "C. Julio César -una de cuyas hermanas se desposó con rio- tuvo tres hijos de su esposa Aurelia: el gran Julio ésar y dos hermanas, ambas llamadas Julia. 1. Ver final de este libro. (N. del A.) 228 229 "Julio César se casó cuatro veces: con Cosutia, que te nia una buena dote; con Cornelia, hija de Cinna, jefe del partido popular tras la desaparición de Mario; con Pompeé ya, hija delg ran Pompeyo, y con Calpurnia, hija de un Pi, són. De todos estos matrimonios sólo tuvo una hija, Julia; nacida de Cornelia, que se casó con Pompeyo y murió sin descendencia. "Pero una de las dos Julias, hermanas de César, desposó a M. Atio Balbo, y la hija nacida de este matrimonio, Atia, se unió a C. Octavio para engendrar a Octavia la Joven y al futuro Augusto. De un primer matrimonio con una Anca- ria, C. Octavio había tenido a Octavia la Mayor, que por lo tanto no era de la sangre de César, y a la que voy a dejar de lado. "La otra Julia, hermana de César, se casó con Q. Pedio, 1uno de los ejecutores testamentarios de Augusto, pero esta rama pronto dejó de florecer. "Asi que Augusto desciende de una hermana de César, a falta de algo mejor. "En su primer matrimonio con Escribonia, Augusto no engendró más que a una hija, otra vez una Julia, que se desposó sucesivamente con M. Claudio Marcelo, Agripa y Tiberio. De Agripa, la única hija de Augusto tuvo a C. L. César, al Agripa póstumo, Agripina la Mayor, esposa Germánico, y a una hija, igualmente llamada Julia, que casó con L. Emilio Paulo. Esta última Julia y Emilio Pat engendraron una hija, Emilia Lépida, que desposó a C. Ju. nio Silano, mi padre. "Así que desciendo directamente de Augusto por l~ dos Julia, su hija y su nieta, y Agripa es mi bisabuelo. "¿Lo has entendido bien? -Perfectamente. -Augusto no tuvo hijos de su segundo matl con Livia, pero Livia había tenido dos vástagos cte - Claudio Nero: Tiberio y Druso. La descendencia del mati monio de Tiberio con Vipsania Agripina se extinguió; más, la ayudaron a extinguirse. Mientras tanto, Druso posó a Antonia la Joven que, con su hermana Antonia Mayor, era hija de Marco Antonio y de Octavia la Jove hermana de Augusto. Antonia la Joven y Druso engen4 ron una hija, Claudia Livila, cuya descendencia termir por desaparecer brutalmente, y dos hijos, Claudio y Ge mánico. "Germánico y Agripina la Mayor, nieta de Augusto. vieron siete hijos, entre ellos Calígula y Agripina la Je difunta madre del actual Príncipe. La muerte hizo estrag' entre ellos. "Claudio se casó con Urgulanila, Petina y Mesalina, es de decidirse por su sobrina Agripina la Joven, y su des- endencia también ha desaparecido de manera trágica. "Por otra parte, Antonia la Mayor, de la que te recuer- que era hija de Marco Antonio y de Octavia, hermana Augusto, desposó a L. Domicio Ahenobarbo, que llegó ser padre de Cn. Domicio Ahenobarbo, el primer marido Agripina la Joven. Cneyo y Agripina engendraron a íestro Nerón -teniendo Cneyo dos hermanas, las dos omicias. "Del matrimonio de una de ellas con M. Valerio Mesala, mismo descendiente de un matrimonio de Octavia, her- ana de Augusto, con C. Claudio Marcelo, nació Mesalina, ~rcera mujer de Claudio e infortunada madre de Británico de la Octavia que fue esposa de Neron. "En consecuencia, la descendencia de Livia, segunda ujer de Augústo, se unió a la sangre de César gracias al riatrimonlo de Druso con una Antonia, hija de Marco An- onio y de la hermana de Augusto, Octavia. "Ya ves que en este árbol genealógico a algunos nom- se les ha añadido una señal negra. Son los de aquéllos aquéllas que perecieron de muerte violenta. La leyenda los Atridas no es más que cervecilla gala al lado de la alidad julio-claudia. Aquí podrás contar más de treinta as insignes. Y también verás que el actual empera- r, mi sobrino Lucio y yo mismo estamos entre los últi- nos que pueden vanagloriarse de ser de la sangre de César. "Antes que temblar por un hijo mío, creo más razona- aceptar a un muchacho que la afortunada oscuridad de u linaje pone al abrigo de los asesinos. Era hora de que Silano tranquilizase a Kaeso, a quien LO complacía la idea de introducir los pies en el nido de 'ispas de los nuevos Atridas. Para distraer a Silano de sus funestas ideas fijas, sugirió: -En sana lógica, comprendo mal por qué se concede nta importancia a estos ejercicios de genealogía. Dada la asa virtud de las mujeres en general, ¿no está un árbol ) más torcido por el peso de sus cuernos cuanto más rgo es? Silano, que nunca había contemplado su árbol desde ese igulo, tuvo que reconocer la pertinencia de la observa- n: -¡Pues sí, has puesto el dedo en la llaga! Sólo un siste- a matrilineal, como se encuentra entre algunos lejanos ~baros, podría ofrecer garantías completas. Pero si la oria de nuestro sistema europeo es dudosa, la realidad de herencias que de él dependen es de lo más tangible. Tras reflexionar añadió, con los ojos fijos en el dibujo: -Casi habría que lamentar queno haya más cornudos. 230 231 La raza, viciada por los matrimonios consanguíneos, qu sería mejor. Toda esta gente es prima y archiprima en dos los grados. César y Pompeyo, entre los más inocen intercambiaron a sus propias hijas. Augusto dio su hija hijo de su hermana, después a su yerno. Mesala, nieto ~ Octavia, desp osó a una nieta de Octavia. El segundo Drus, desposó a Claudia Livila, hija de su tío. La nieta de Ti se casó con el nieto del hermano de Tiberio. Cn. Domi Ahenobarbo, hijo de Antonia la Mayor, desposó a Agripin la Joven, nieta de Antonia la Menor. Claudio, ant es de c~ sarse con su sobrina, desposó a Mesalina, bisnieta de Oct~ via, siendo él mismo nieto de esa mujer. Nerón es bisnie de Antonia la Menor y nieto de Antonia la Mayor. ¿~ acaso la sangre de Marco Antonio la que le inspira, en fondo, sus espejismos orientales? "Y prefiero no hablar de los vínculos de Calígula sus hermanas... "Si, todas las grandes familias patricias están inextrica~ blemente emparentadas: Los Domicio, los Calpurnio Piso, los Cornelio Sulla, los Ano, los Valerio Mesala, los Manlio, los Quinctio, y los Silano tanto como los demás... Era hora de que aportaras un poco de sangre fresca a esta cesta de cangrejos, Kaeso. Y, al adoptarte, al menos estoy seguro de algo: ¡no es tu nacimiento lo que me habrá hecho coré nudo! Marcia, que salía del baño y de las manos de las masajis- tas, los sorprendió riendo. Nunca había estado más res- plandeciente que esa hermosa tarde de abril. Sus primeras palabras fueron para reñir a Kaeso: -Te he mandado decir muchas veces que vinieras a yerme, visita que me parecía bastante natural después de una separación tan larga, ¡y ha hecho falta una nota de mi marido para que tengamos el placer de volver a encontrar- nos! No es mu y amable por tu parte. -Debe de estar enamorado -dijo Décimo-. Ya en Ba- yas era muy solicitado. Hasta mis morenas le hacían fiestas. Kaeso se apresuró a coger la sugerencia por los pelOS, y la primera mentira que se le ocurrió resultó bastante divertida: -Confieso que he encontrado una rara belleza, y que me quedo en casa contemplándola sin atreverme a revelar- le mis sentimientos, pues parece de mármol. Mi padre me dijo que es una esclava griega, que compró para que se en cargara de la repostería, una tal Selene, creo, que a primef~ vista no parece tener amante. Cuando los pasteles llegan la mesa, papá sonríe a través de sus lágrimas. Es lo únic' que le consuela. El embarazo de Marcia y de Silano era visible, con uI1~ 232 L izca de diversión en el patricio y algo de nerviosismo en arcia, que fue la primera en reaccionar: -¡Una esclava! ¡Bonita conquista en perspectiva! ¡Y ia esclava de mármol! Además, es muy posible que tu pa- re, a pesar de sus lágrimas y su glotonería, no la haya omprado solamente para hacer pasteles. Si tengo un buen onsejo que darte, es que vayas a contemplar otras esta- s. Décimo consideró oportuno darse a la contemplación seguida, y pasaron al peristilo, donde la rosaleda estaba na de promesas. Kaeso, a pesar de su estancia en Grecia, apenas notaba iferencias entre la escultura de un maestro y las innume- ibles copias. Sus impresiones estéticas, aunque a veces vi- seguían siendo bastante confusas. Mientras que la sen- idad ante las obras de arte estaba muy extendida entre griegos, la mayor parte de los romanos, pese a la pro- esiva transformación de Roma en ciudad-museo, se de- >iiíteresaba del arte oficial o sólo se interesaba en él por ~snobismo. Esta ausencia de gusto desesperaba a Nerón. Silano hizo que Kaeso visitara la histórica casa, y al mu- 4i~tcho le impresionó sobre todo la importancia y calidad mobiliario, por lo común tan sucinto, incluso deficien- hasta en las viviendas ricas. Se amontonaban la fina cubertería de plata, las lámpa- ras de aceite de oro macizo, vasos o bronces griegos del mejor periodo, cristalerías y objetos preciosos, lechos, ar- marios, mesas o cofres, cada cual merecedor de un comen- tario, braseros labrados, sillones y sillas, bancos y divanes hados de cuero fino, suntuosas colgaduras y rarísimos )lces. Ante una vitrina rebosante de camafeos, Silano ~o admirar, entre otras, una de esas alfombras que los )5 llamaban "alfombras blancas de Persia", que tenía ~ntos años de edad y constaba de más de un millón :íento cincuenta mil nudos. Según parece, hacían falta tres 'ños de trabajo para materializar una caza de ciervos seme- .nte en las llanuras de Escitia. En este aspecto, había aun más bellezas que en las villas Tarento o de Bayas. Cierto que la casa de Cicerón se ha- convertido en la residencia habitual de Silano. De vez en cuando, a espaldas de su marido, Marcia le acia un afectuoso guiño a Kaeso, lo cual significaba clara- Tiente: "Todo esto, gracias a mi industrioso sacrificio, será ~1yo un día". Pero Kaeso, molesto, volvía la cabeza. Al final del recorrido admiraron la pinacoteca, donde la de cidro de Cicerón parecía, a esas horas, bastante )tensiva. -También voy a legarte un fantasma -le dijo Décimo 233 a Kaeso. Y explicó que las impresionantes apariciones r~ habían cesado. Ya iban por lo menos una docena, siexnt~r por la noche, y otras que Silano o la misma Marcia podido disfrutar. -Si -dijo ella- y dos veces. Estas pintorescas permiten verificar hasta qué punto son inofensivos los tas- tasmas. Los muertos ya no pueden tocar, y no muerden. Para una mujer débil y miedosa, eso es lo esencial. No im. porta que dañen la vista o que lancen algunos gemidos~ siempre se puede mirar a otra parte y gritar más fuerte que ellos. Están vencidos de antemano. La última vez que Ci- cerón vino a molestarme, puse este bronce sobre su cabe- za, y no ha insistido. No entiendo bien por qué Décimo se preocupa... Este último protestó: -Tu sangre fría me encanta, pero nadie excluye que loa muertos nos visiten para traernos algún mensaje útil. Si éste es el caso, me gustaría conocerlo, y no será matando a Cicerón como le haremos hablar a las claras. Marcia acariciaba la pulida superficie del cidro, suspi- rando. -No lo haré más -dijo-. Pero no estoy demasiado se- gura de que te interese que ese charlatán te traiga mensa- jes, buenos o malos. En primer lugar, no hay constancia dc que vea más claramente que nosotros en las regiones infer- nales por donde pasea con la cabeza en bandolera y las ma- nos en la bolsa. Un muerto que tiene ganas de conversar puede contar cualquier cosa para hacerse el interesante, y no hay ningún motivo para suponerlo más listo que cuan- do estaba vivo. En vida, Cicerón no dejó de cometer erro- res políticos, y murió a causa de ellos. No es un anteceden- te como para subir de los infiernos a darte una lección. En segundo u ar, y sobre todo, no ignoras que Roma está lle- na de magos, astrólogos o quirománticos que hacen hablar a los muertos por todos los procedimientos imaginables, cosa que la ley tiene por "superstición ilícita" y condena- ble. En la práctica, bien que se burla el gobierno de unA superstición semejante en el pueblo o entre sus protegidos. Pero toda acusación de lesa majestad se completa fácilmen- te con una acusación de magia, para dar bien el peso. Del, sospechoso se sospecha que haya entrado en relación con los espíritus infernales para descubrir la fecha de la muertC del emperador o echarle un mal de ojo. En tu situaciÓfl~ Décimo, no tienes ninguna necesidad de ofrecer un flanc< a tales molestias. ¡Si rechazas mi consejo, al menos no in tes a demasiada gente! Kaeso aprobó a Marcia y Silano convino en que no es- taba equivocada. 234 L Al acompañar a Kaeso, Décimo le propuso amablernen- que amenizara su banquete de investidura, que debía alizarse en los jardines de su villa del Pincio, con la pre- cntación de un par de gladiadores tomados en alquiler- renta del pequeño ludus de Marco. Un detalle tan delicado se podía rechazar. Kaeso corrió a hablarle a su padre de la proposición, y te le encargó que fuera él mismo al ludus para arreglar el rato. Desde su reciente regreso, perturbado por decepcio- ies e inquietudes, el efebo honorario no había vuelto por 1.1. Caía el día. Las carretas detenidas eran tan numerosas ista mucho más allá de la Puerta Capena, que Kaeso un atajo para llegar al ludus. i~i atajo recorría cementerios anónimos reservados a los ndigentes, a los que habían empujado aún más lejos de la arretera que a las tumbas individuales más modestas. Los ementerios de este tipo se encontraban, sobre todo, más de la Puerta Esquilina, pero también los había cerca de s otras puertas de la Ciudad: nadie se preocupaba de an- ir mucho para enterrar a cualquiera. Las instalaciones ~an parecidas en todas partes: bodegas de obra cubiertas una losa sellada, que se levantaban para arrojar los ca- iveres de los miserables traídos durante la noche en pan- uelas. La ley prohibía las exequias diurnas, pero desde ha- 'a tiempo existía una tolerancia en favor de los ricos y la ite acomodada. Al contrario, la oscuridad de la noche complice de la oscuridad de los muertos. Y era la hez los esclavos, los vespíllones* con la mitad de la cabeza ra- da -llamados así porque sólo actuaban por la noche-, que se encargaban de alimentar las bodegas. También llamaban "ladrones de cadáveres", pues, a la menor ne- Ligencia de las familias, no tenían reparos en despojar a >5 muertos de su sudario -cuando lo tenían- y en todo iso de la moneda de bronce de un tríens que llevaban en boca para pagar el pasaje subterráneo a Caronte, el bar- ero de los infiernos. En caso de muerte anormal, la Ciu- d pagaba con repugnancia los gastos de una cremación, y vespillones apilaban entonces a los difuntos sobre gran- s hogueras, intercalando cadáveres de mujeres entre los ~dáveres masculinos, en vista de que el bello sexo tenía ~putación de inflamarse con más facilidad. Al recorrer ta- ~S cementerios se entendía mejor por qué la baja plebe y s esclavos cuyos amos se hallaban en apuros económicos estaban tan preocupados por su final y se aglomeraban en * Sepultureros de cadáveres de pobres. (N. de la T.) 235 colegios, una de cuyas finalidades confesadas era arreglar decentemente las exequias de los socios. No era raro que los horribles vespí/lones, librados a si mismos, abusaran de las mujeres o de los muchachos antes de tirarlos a la fosa. En las sombras que se espesaban, en medio de un olor penetrante a cadáveres, los sepultureros ponían ya manos a laob ra. Kaeso, cada vez menos tranquilo, no lamentaba haber escondido una espada corta bajo su manto galo con capuchón, y haberse hecho acompañar por un esclavo. Además, los sepultureros no eran los únicos que mero- deaban las necrópolis. Algunos hambrientos iban a robar vergonzosamente los alimentos depositados en honor a los difuntos. Las bandas de salteadores, que a veces establecían refugio en los "bosques sagrados" de los alrededores de la Ciudad, donde la policía no tenía derecho a penetrar con armas, también sentían cariño por los cementerios, especu- lando con el difundido miedo a los muertos para no ser molestados. Durante el día, las prostitutas se disfrazaban de viudas desesperadas y gimoteantes para arrastrar a la sombra de una tumba al ingenuo consolador; or la noche, "lobas" con peluca roja hacían su aparición a o largo de la Vía Apia. También se veían abominables hechiceras, en busca dc osamentas y hierbas mágicas para confeccionar filtros do amor o pociones maléficas, si no bastaba el clásico hechizó con figurillas de cera que reproducían la imagen de la vícti- ma. Y entre las sepulturas se escondían tablillas de píoni grabadas con imprecaciones rencorosas, que encomenda- b an a los dioses infernales un rival, un gladiador, un com- petidor cualquiera Las siluetas del ludus y del co/orn barium vecino se perfila ban ya a cierta distancia cuando, de pronto, cuatro hedion dos sepultureros saltaron sobre Kaeso y el esclavo ilirio. quien mataron en el acto. Kaeso tuvo el tiempo justo desembarazarse de su manto, formar con él un escudo alr dedor de su brazo izquierdo y empuñar la espada para h cer frente a los largos cuchillos que los sicarios manejab como expertos, apuntando de abajo arriba y al vientre.' superioridad de la espada era escasa en esas condiciones Kaeso tenía que dar angustiosas vueltas para evitar que cogieran de espaldas. Naturalmente, intentaba maniob~ para abrirse paso hacia el cercano ¡¡idus, pero los sepultir ros se las ingeniaban para cerrarle esa salida y él no se vía a gritar, por miedo a atraer un refuerzo de asesinos tes que una ayuda cualquiera. Pasó un tiempo muy breve, que a Kaeso le pareció siglo. Al miedo físico se sumaba un miedo metafísico y candaloso: el de terminar su vida de la manera más imp: vista y absurda, traspasado por los enterradores y arrojado solapadamente a una fosa común, en el momento en que una existencia de reflexiones y elegantes delicias se abría de par en par ante él hasta la monumental tumba que ilus- traría su memoria. Y pese a su escepticismo de escuela, elevaba ruegos y promesas de sacrificios a todos los dioses conocidos, e incluso a ese dios desconocido que los sacer- dotes prudentes habían añadido al panteón, para estar se- guros de no olvidar a nadie. Esta elevación del alma hacia los cielos fue para Kaeso como una lectura de augurios favorables para un crédulo legionario; se acordó de los consejos con que lo habían re- compensado los gladiadores de su padre cuando se batía con ellos: "¡No te pongas nervioso!". Uno de los sepultureros, ya viejo, arrastraba una pierna. Kaeso concentró en él una atención particular, y al final fue lo bastante afortunado como para cortarle la nariz de un tajo. Como el aullido del mutilado distrajo a su vecino, Kaeso lo alcanzó en la garganta con una estocada en el momento en que volvía la cabeza. No siendo el valor la primera cualidad del sepulturero, que no estaba educado a la romana, los tres que aún podían correr desaparecieron en la noche, y el vencedor se apresuró a llegar al ¡¡idus, in- vadido por sudores fríos y con el corazón alterado. En la puerta del establecimiento Kaeso sufrió un des- ma yo y se tuvo que apoyar en la pared para sobreponerse. El heroísmo, la inagotable resistencia nerviosa de los más grandes gladiadores se le a arecieron de pronto en toda su prodigiosa dimensión. Esc ?avos u hombres libres se expo- nían voluntariamente día tras día, año tras año, a esas mor- tales angustias, dando a todo el mundo el más hermoso y fuerte ejemplo de control y dominio de sí. Pues únicamen- te los ejercicios físicos permanentes, un asiduo entrena- miento, un régimen apropiado, permitían a las cualidades fundamentales triunfar sobre el terreno. Los huesos del gladiador borracho, perezoso o comilón no llegaban a vie- jos, y el epitafio de su sepulcro mencionaba exiguas vic- torias. Los hombres de Aponio acababan de cenar y a Kaeso le golpeó de entrada el olor acre de las mediocres lámparas aceite, que no había olido desde su desembarco en Brin- ~i. Estaba empezando a vivir alejado del pueblo. Pero estos humildes gladiadores de su padre merecían los frecuentase, puesto que justamente a causa de su 3Jor estaban por encima de la plebe, cobarde y cruel, sim- olizada en cierto modo por e sepulturero que ultrajaba ~dáveres. Para muchos era un hecho inexplicable que, a erza de saborear combates de gladiadores, la multitud no 236 237 se hubiera vuelto más virtuosa. Sin duda estaba predestina. da a un envilecimento del que nada podía librarla. Kaeso se reencontró con sus amigos y saludó a algunos nuevos con particulares orgullo y alegría, quizás aumenta.. dos por la horrible prueba que acaba a de sufrir. En ade- lante estaba iniciado en el peligro, conocimiento que ya no se borra del alma de los valientes. Con alivio, comprobó que Capreolo seguía con vida. El lanista Euripilo y la pequeña tropa se mostraron en- cantados de saber que Silano deseaba una pareja de calidad para honrar a Kaeso en una ocasión tan solemne, que pro- metía una fructífera remuneración. Todo el mundo sabía que el patricio estaba lejos de ser tacaño. Y el extra fue tanto mejor acogido cuanto que para los hombres de un ¡u- dus privado y poco conocido, era frecuente el pluriempleo. Nerón no utilizaba de lleno sus recursos, y el gladiador era demasiado caro para la mayoría de los festines. Silano -tal vez a consecuencia de su inclinación por los peces- deseaba un buen reciario si era posible encon- trarlo, y Eurípilo no tenía ninguno mejor que Capreolo, que acababa de ganar su decimoséptimo combate. Habi- tualmente al reciario se oponía un combatiente especiali- zado, el seutor (o "perseguidor"), pues se trataba de un en- frentamiento que requería una técnica muy particular de una y otra parte. El ¡¡idus disponía de dos secutores, Armen- tario (el "Boyero"), un recio liberto sardo, y Dárdano, un hombre libre y ágil originario de Antioquía. Tenían la mis- ma reputación -una veintena de victorias los acreditaba a ambos- pero el sardo estaba allí desde hacía dos años, mientras q'ue el griego acababa de entrar. Le dieron a ele- gir a Capreolo entre un compañero cuyas cualidades y de- fectos conocía bien -¡lo que también era cierto por parte del otro!- y un desconocido, que podía reservar buenas o malas sorpresas, pero con el que no estaría tentado de ser cuidadoso. Tras largas vacilaciones, Capreolo se inclinó por Dárdano -La tentación de tener miramientos con un amigo es tanto más peligrosa cuanto que puede ser menos fuerte por la otra parte. Y debemos presentarle a nuestro mece- nas un combate digno de recordarse. Ya que el trato con la policía no era nunca un placer, Kaeso rogó a la asistencia que hiciera desaparecer los ca- dáveres del sepulturero y del ilirio muerto a su servicio en una bodega cualquiera. Por cierto que habría preferido tratar al esclavo con más elegancia, pero, después de todo, el asunto no le causaba ningún malestar que no pudiera discutirse entre filósofos. Sin embargo, los vespillones ya ha bían hecho todo lo necesario. Era muy práctico asesinar a 238 la gente entre las terroríficas fosas comunes. Era la perfec- ción del crimen en la perfección del horror. No era cuestión de espantar a los sementales acaricián- dolos a esas horas, y Kaeso regresó, acompañado de Ca- preolo y de Dárdano, que quisieron escoltarlo. Mientras tomaba el camino de la Vía Apia, Kaeso se dijo que acaso habían buscado mal los dos cadáveres, y qui- so comprobarlo por sí mismo. Encontró con facilidad el lu- gar de laag resión, pero los cadáveres habían desaparecido de verdad. De todas maneras, al débil claro de luna se dis- tinguía a unos ciento cincuenta pies, una losa fuera de su sitio encima de una bodega. Los tres hombres reanudaron su silenciosa marcha en esa dirección, y pronto llegaron hasta ellos unos gemidos ahogados. Doblando las precau- ciones terminaron por distinguir, en la sombra lunar de la bodega, a dos de los vespíiones de Kaeso, que mal que bien, vendaban la cara herida del tercero, después de haber arro- jado los dos cuerpos al fondo de la tumba. Sin tan siquiera haberse dicho una palabra, Kaeso y los dos gladiadores sacaron sus espadas y se abalanzaron sobre los tres miserables, que estuvieron muertos antes de haber podido sacar el cuchillo. ¡La bodega no había sido abierta en vano aquella noche! -Hoy ya has matado a dos hombres -le dijo en broma Capreolo a Kaeso-, ¡vas aprendiendo el oficio! Pero, ¿eran realmente hombres? Llegaron a la Vía Apia por el camino más corto y se di- rigieron a Roma a paso rápido. La noche era fresca. En las cercanías del Suburio, dieron un rodeo para evitar a una pandilla de borrachos que se dedicaban a devastar los co- mercios con gran alboroto, cuando no manteaban sobre una amplia capa a los burgueses aventurados o a las muje- res perdidas que podían atrapar. Semejante ralea era tanto más temeraria cuanto que Nerón, mientras estaba todavía en todo el ardor de su juventud, se había divertido en ex- ediciones de este tipo, cuyo botín se vendía en subasta a eneficio de obras de caridad, en una sala del Palacio. Una oche el emperador había llegado a verse con un ojo a la gracias a un senador poco fisonomista a cuya mu- ~r 1-labia zarandeado, y su augusta desesperación fue tan rande que el insolente se abrió las venas a causa de la moción. Ni siquiera un Nerón se atrevería a cantar con ojo de todos los colores. El riesgo de confundir al em- erador con un bribón cualquiera incitaba a las victimas octurnas de los truhanes a una lamentable pasividad y de- ~nimaba a los vigilantes. Llegaron los tres a la puerta de la ínsula sin más proble- las. Kaeso no había cenado, e invitó a los dos gladiadores 239 a tomar algo más en la cocina mientras él comía. Todo mundo parecía haberse acostado. Mientras atravesaban exedra, el ruiseñor del reloj que Marcia le había regalado Marco en uno de sus aniversarios silbó la hora cuarta de noche2. En la cocina, Selene miraba melancólicamente cocerse un pastel. Capreolo y Dárdano se sintieron profundamente admj'. rados ante la esclava encargada de servirles. Se olvidabas de beber y de comer. Kaeso, que a pesar de todo consideraba vergonzosos los incipientes deseos hacia una cierva que, hasta nueva orden, seguía siendo coto vedado de su padre, experimentó de pronto la necesidad, altamente moral, de mortificarse ha- ciendo disfrutar a todo el mundo. Mientras Selene batía una tortilla, Kaeso susurró al oído de Capreolo, que estaba sentado a su lado: -¿Te gusta? -¡Puedes estar seguro! Y más puesto que es judía, como yo. -¿Judía? ¿En qué lo notas? -Un judío no siempre reconoce a otro judío, pero siempre huele a una judía: es cuestión de olfato. -Si el corazón te lo pide, mi alcoba está aquí al lado, a la derecha. -¿Y Dárdano? -El es griego. -¿Y...? -¿No es pederasta? -No tengo ni idea. Es nuevo. En todo caso, devora a Selene con los ojos. -En un griego, eso no quiere decir nada. Silano me aseguró que las más bellas estatuas de mujeres fueron es- culpidas por pederastas comprobados. -¡Eso duplica su mérito! Si me lo permites, voy a de- cirle una palabra al interesado... Después de una discreta consulta, Capreolo le murmuró a Kaeso: 2. La hora de la noche romana siendo el 20 de abril de cífl cuenta minutos y poniéndose el sol hacia las 18h 50 -! solar-, la cuarta hora suena a las 21h 20. A partir del siglo L la vulgarización de los relojes de péndulo, incapaces de mal horas elásticas, familiariza a las poblaciones con las horas de igl duración a las cuales nos hemos habituado. El primer reloj péndulo está atribuido al monje Gerberr, hecho papa bajo nombre de Silvestre II (+1003). (N. del A.) -Esta noche no es pederasta. Cuando la tortilla llegó a la mesa, espolvoreada con ~nta y bañada con miel y licor de pescado, Kaeso le dijo graciosamente a Selene: -Me parece que tu incansable devoción hacia mi padre -en vista de la poca gratitud que él manifiesta- merece alguna recompensa. En estos dos magníficos muchachos arde una súbita pasión por ti. Así que ve a mirar si el amo duerme como debe ser, y aprovecha la ocasión si Flora y Venus te inspiran. Selene guardaba un extraño silencio. Algunos amos se las ingeniaban para impedir que sus esclavas copularan. Otros cerraban los ojos a los más brutales desenfrenos si el servicio no se resentía. Otros cruzaban esclavos contra su voluntad para educar a los retoños. Otros admitían liberal- mente concubinatos por amor... Pero semejante liberalis- mo no era tan frecuente, y tolerar un encuentro, aunque fuera fugitivo y sin futuro, era, por lo común, un detalle muy apreciado por la servidumbre. El silencio de la joven se hacía cada vez más pesado. Kaeso entendía perfectamente que la mutilación podía ha- ber atenuado sus sensaciones, pero debían de quedarle las suficientes como para apreciar a un Capreolo y a un Dár- dano. ¿No se volvían locas por los gladiadores todas las muchachas? Y las mismas matronas... El diagnóstico de Kaeso, por grosero que fuera, era psi- cológicamente exacto. El grave desprecio de Selene era de orden psicológico. La muchacha sacó su placenta del horno y dijo: -Iré con los tres, o no iré. Ya veis que soy repostera: necesito a uno más para hacer buena boca. El silencio cambió de terreno. La reciente alusión de Kaeso a su padre revelaba claramente que no había que contar con el hijo y que la triste obscenidad de Selene olía a pretexto. Capreolo y Dárdano se retiraron rápidamente, y Selene continuó su comedia: -¿No te gusto? -¡Esa no es la cuestión, y lo sabes mu y bien! -¿Crees que habría faltado a mi palabra si tú hubieras sido más dócil? -¡No corrías muchos riesgos! Pero si yo hubiera cedi- do, por cierto que tú habrías sido capaz de mantener la pa- labra. Te habrías acostado con mis dos amigos por el pla- cer de burlarte de mi padre conmigo. -Entonces, tanto en una hipótesis como en la otra, ¡ha- bría obtenido la mayor satisfacción! -No soy un instrumento a tu servicio. 240 241 -Yo sólo soy un instrumento para los que lo han pagado. si un día yo tuviera los fondos suficientes como -¿Y para comprarte a mi padre? -No tendrías que pedirme permiso para lograr que me acostara con tus amigos. -Creí que Capreolo, al menos, te gustaría... -¿Por qué? -¿No tienes ni idea de a qué nación puede pertenecer? -¡Ni la menor idea, y no me importa en lo mis mínimo! Si los judíos siempre reconocían a las judías, lo contra- rio parecía dudoso. Pero tal vez la escisión privaba a Sele- ne de su olfato habitual... Esos asuntos de judíos eran muy complicados. VI En el magno día de la investidura de la toga viril, que todos los jóvenes romanos esperaban con impaciencia, Kaeso se despertó con el canto del gallo -pues los arren- datarios de la terraza tenían en su corral (¿o palomar?) un animal temible- y muy mal dispuesto. Su padre ya no era quien él creía. Quizás Marcia ya no fuese quien él cresa. Tampoco Selene era la que él quería creer. Y, evidente- mente, Silano lo adoptaba en parte para complacer a Mar- cia y en parte para poner su sangre -es decir, sus bienes- al abrigo del revés que veía venir. Al menos, este último era un modelo de franqueza al lado de los otros tres y no podía por menos que estarle agradecido. Aunque sentado sobre una plétora de millones es menos meritorio ser sin- cero, pues las oportunidades de decir mentiras indispensa- bles son más raras. Bien temprano, Kaeso bajó a casa del barbero cartagi- nés para recortarse el cabello y afeitarse por primera vez, operación larga y aburrida que sintió como un siniestro avance de las servidumbres adultas. Nerón se había hecho cortar la barba el día de una gran competición de gimnasia a la manera griega, en la pompa de una hecatombe de bueyes blancos; encerró el divino pelo en una caja de oro enriquecida con enormes perlas, que consagró a Júpiter Capitolino. Pero el emperador tenía espíritu de ostentación. La barba de Kaeso no iría más allá del larario de los Aponio, que también recogería su "bola de la suerte". Marcia le dio la sorpresa de llegar muy temp rano, para Ivudarlo en persona a vestir la toga que su padre acababa confiarle con emoción. La toga pretexta de los adoles- ntes era más corta y menos amplia que la toga de los ciu- danos, y colocarla bien no presentaba la misma dificul- Ld. Dedicándose a envolver a Kaeso en la voluminosa toga uní, con suavidad y detallismo de ayuda de cámara consu- Tiada, era la imagen de la felicidad y el orgullo. Poco a poco, las habitaciones de recepción de la ínsula llenaban de visitantes, en tal número que habría sido 242 243 asombroso si en la ciudad no se hubiera difundido el ru mor de la próxima adopción de Kaeso por uno de los Pa tricios más destacados. Ya se habían reunido algunos sa- blistas preparando el terreno, e incluso captadores de testamentos cuyas vampíricas maniobras se desplegaban pacientemente durante años y lustros. Se había visto a má.a de uno trabajando durante veinte años para que le legaran un esclavo chocho o un viejo taburete. Estos infatigables sujetos tenían registrada en fichas o en la memoria la evo- lución de todas las fortunas de Roma, y no había casa de alguna importancia que no fuera objeto de sus pegajosas tentativas. Frecuentaban las clientelas, las investiduras de toga, los nacimientos, los matrimonios o las exequias para tejer sus intrigas y anudar sus tramas. Verlos llegar era un signo inequívoco de éxito. Marco, que antaño había fracasado en esta difícil espe- cialidad, saboreaba un agradable sentimiento de revancha ante la pinta zorruna y viscosa de aquella chusma, que fin- gía extasiarse a la vista de sus muebles. Abrumado por la multitud, Kaeso se retiró a un banco del falso atrio, donde la mayor parte de los visitantes no osaban ponerlos pies sin invitación expresa, pues la presencia del altat y del larario daban a la exedra de recepción un cariz de atrio de- masiado teórico, a cuyo lado el falso atrio central parecía un peristilo, estancia siemp re privada en las casas romanas. Fue entonces cuando una dama de cierta edad y muy en- galanada se dirigió hacia el banco de Kaeso y se sentó a su a o, como para compartir el mismo rayo de sol. El vaporo- so vestido no llegaba a disimular una esbeltez que rayaba en la delgadez y, en una época en que el seno se llevaba menudo y apretado, uno se preguntaba si las bandas del strophium encontraban algo que ceñir. Pero la cabellera esta- ba artísticamente dispuesta y el rostro bien conservado. Un poco demasiado bien, incluso, pues bajo el perfume se dis- tinguía el tenaz olor del maquillaje a base de grasa de oveja, con el que las romanas ansiosas por no envejecer se emba- durnaban de noche. El mejor venía de Atenas, donde Kaeso había podido olerlo en las hetairas 9ue ya no eran jóvenes. -¡Qué guapo eres! -se extasio la dama-. Te lo dice una gran amiga de Marcia. En lugar de balar malignamente, Kaeso aguzó el oído. Pues nunca le habían dejado ver a muchas amigas de Mar cia, y menos a medida que crecía, como si padecieran UDS innoble y contagiosa enfermedad. Así res ondió con la mayor cortesía: -Sólo podías ser una amiga de Marcia: ¿No son toda' ellas a cuál más bonita? La dama arrulló, ronroneó y abrió su corazón: -e~Sabes que, muy jovencita todavía, yo estaba tendida "encima" de tu padre, el día del nuevo matrimonio de Marcia? ¡Qué emocionante fue! Tu padre y Marcia hacían tan buena pareja... ¡La nobleza y la hermosura! Hasta Vite- lio, el tutor, que empero tiene la piel dura, estaba con- movido... -¡Ah! ¿Marcia se casaba por segunda vez? -A decir verdad, todavía me lo pregunto... En todo caso, con su vestido amarillo y su velo flameante, parecía una muchacha. Y la reciente muerte de su padre le otorga- ba una nueva gravedad... Dándose cuenta de que había metido la pata al hablar de segundo matrimonio, la dama se transformó de Caribdis en Escila. Kaeso continuó, pensativo: -Sí, su padre... Ella me contó que perdió a su padre poco tiempo antes del matrimonio.., del segundo matrimo- nio. Apenas conocí a ese padre, a fin de cuentas. -¡Eras tan joven! Y además, tu propio padre y el tío Rufo ya casi no se entendían. Olvidémoslo, es demasiado triste... Kaeso no daba crédito a sus oídos, y tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para conservar la sangre fría, como si se enfrentase con cuatro vespillones. Para asegurarse de que había entendido bien, dijo negligentemente: -El tío Rufo no debió de ser un padre muy atento. -Ya sabes que era un saco roto. No fue más previsor con su hija que consigo mismo. -Pero, ¿por qué Marcia no se llama Aponia, del patro- nímico de Rufo? -Le pareció preferible llevar el apellido de su madre ya antes de su matrimonio.., el primero, quiero decir. -Perdona que te deje: tengo la impresión de que se está formando el cortejo para subir al Capitolio... Después de un primer matrimonio, del que Kaeso nun- ca había oído hablar, Marcia se había desposado con su tío paterno y, como era la sobrina de su marido, era a la vez madrastra y prima hermana de los niños. La sorpresa era como para sumir a cualquiera en un estado de estupor, ma- yor aun porque el misterio que rodeaba a Marcia revelaba nuevas profundidades. ¿Por qué esta mujer joven, bonita y brillante se había casado escandalosamente, despreciando todos los usos, con un senador ya en el ocaso de su vida y sin la menor fortuna? ¿Y por qué no había dejado plantado a ese tío libidinoso, capaz de martirizar a una hermosa es- clava para satisfacción de inconfesables placeres? En la car- ta capital que Kaeso recibió de él en Atenas, Marco sugería modestamente que Marcia sólo se había quedado en su ho- 244 245 1 1 gar por afecto hacia Kaeso y Marco el Joven. Pero una mu jer descarriada, tan inteligente y positiva, ¿sacrificaría vida a un afecto de madrastra? Sin poner en duda la ca] del amor maternal que Marcia sentía por él, Kaeso se daba cuenta por primera vez de que un sacrificio semejante n~ era propio del carácter de esa mujer. ¿Y qué más le había escondido? En pocos días se había encontrado descendiendo de un esclavo griego y flanquea- do por una madrastra incestuosa -¡para no hablar de un padre indigno y mentiroso! ¿Se había cerrado la lista de revelaciones? Sumido en sus pensamientos, Kaeso ocupó maquinal- mente su lugar en la procesión y vivió como rodeado de brumas hasta la cena. Estaba en otra parte, tan distraído que incluso le contestó a Silano, que amablemente fue a unirse a la fiesta ante el altar capitolino, sin haberlo oído bien. Todos atribuyeron esta ausencia a la emoción. La amplia villa del Pincio destacaba, sobre todo, por sus magníficos jardines, que competían con los cercanos jardi- nes de Lúculo; con los de Salustio (entre Pincio y Quiri- nal), con los de Asinio Polión o los de Crasipes, yerno de Cicerón, más allá de la Puerta Capena; con los de Mecenas, sobre el Esquilmo; con los de Lucio y Cayo, al pie del Janí- culo; con los de César y Pompeyo, también en la orilla de- recha, frente al Aventino y los graneros de Sulpicio Galba; con los de Escápula y Nerón, en la región vaticana; con los de Agripina, que dominaban el Tiber río arriba del Vatica- no; con los del propio Agripa, en el corazón del Campo de Marte; con los de Druso, Ciusinio, Trebonio, Clodia y mu- chos otros, a los que además se habían sumado las sober- bias realizaciones de los libertos favoritos del Príncipe... Los jardines del palacio Junio del Caelio, aunque de meno! extensión, gozaban de la misma fama. Desde hacia much~ generaciones, todo romano célebre y adinerado tenía el honor de trazar un jardín. Muchas de estas obras maestras, donde no se había ahorrado nada para deslumbrar y sor- prender, cayeron bajo el dominio imperial y se abrieron más o menos a los paseantes. Esa era, con los espacios del Campo de Marte y el volumen de las múltiples termas, UDS compensación muy apreciada a la superpoblación de las in- sulae. En la Roma de Nerón, que contaba más de un millÓfl y medio de habitantes, había menos de dos mil casas parti- culares por cerca de cincuenta mil viviendas de renta. ¡Como para sentir ~anas de tomar el aire! Silano y Marco abían invitado a doscientas personas ~l banquete, que debía dar también ocasión a manifestar pu- blicamente a ernales intenciones adoptivas del patricio respecto de Kaeso, nuevo ciudadano, cuyo costoso p3SO 246 or la efebia de Atenas lo había nimbado de una gloria de ri tono, deportiva, militar e intelectual a la vez. Se ha- presentado cuatrocientos convidados, de los que final- 11-iente se rechazó a la cuarta parte. Tras una noche más bien fresca, una bocanada de calor que anunciaba el verano sopló sobre la Ciudad durante el día; se podía prever que el banquete continuaría en la sua- vidad de una tibia noche y se dispusieron los lechos en los jardines~ en semicírculo alrededor de una arena de cierta extensión, con toda Roma al fondo. Mientras el sol de abril declinaba, le presentaron a Kae- so muchas personalidades, amigos de Silano o Hermanos Arvales... Vitelio, que había sabido llegar bastante lejos con los buenos favores de Nerón, se complació en asistir, sin duda atraído por la reputación del maestro cocinero de Si- lano, contratado a fuerza de mucho dinero. -Decididamente, tienes una madrastra de oro, joven -le dijo el enorme Vitelio a Kaeso-. Cuidala mucho, y tal vez seas emperador un día... ¡Si Nerón te adopta, claro! Las bromas de Vitelio eran siempre igual de avina- gradas. Por fin, bajo los entoldados o arcos abovedados del fo- llaje, se inició el festín, tras la piadosa libación de costum- bre, con los habituales mariscos, erizos de mar, ostras, me- jillones, almejas, espóndilos, bellotas de mar negras o blancas, pechinas, ortigas de mar, púrpuras y múrices, acompañados con pechuga de poíío cebada en salsa y tor- dos sobre un fondo de esp árragos, mientras los sumilleres y servidores hacían la ronda del os vinos aperitivos... Kaeso ocupaba el lugar de honor de un tric/íníum, y Marcia estaba "encima" de él, empeñada en distraerlo de sus visibles preocupaciones. Había sentido en la actitud de Kaeso un cambio que la inquietaba, pero no sabiendo exactamente a qué atribuirlo juzgaba preferible esp erar, con el aire más natural, las iluminaciones que un futuro próximo aportaría sin remedio. Silano estaba en un tríclí- nium vecino, en compañía de Vitelio y de Marco, y la con- versación entre tres hombres tan diferentes debía ser más bien laboriosa. Marcia, que después de su enésimo matrimonio se to- maba el pudor muy en serio -y que tal vez se preocupara también por alejar a Kaeso de las tentaciones superfluas- había hecho sombrías talas entre los invertidos dél perso- nal de Silano, y las "decurias" de jóvenes y graciosos mu- chachos instruidos en el servicio de los triclinia se habían visto tamizadas según criterios que, a falta de al~o mejor, fueron formales antes que morales. La inspeccion de los rostros prevaleció sobre la de los traseros, y las cabezas 247 más características del empleo habían caído. Silano ni ~ quiera pudo salvar a un Epicteto de quince años, cuya inte.. ligencia apreciaba, y que fue vendido a Epafrodico, uno de los libertos más disolutos del Príncipe. En todo caso, el servicio había conservado su extraordinaria calidad. La doctrina del amo, toda de engaños y palos, lo llevaba a ser exigente e implacable en lo que al trabajo concernía, y de una desdeñosa y natural altivez en cuanto al resto. Ya que lo importante, para los esclavos, era saber a qué atenerse, Silano era más apreciado por su familia que muchos otros, que hacían alternar de forma imprevisible y en los más di- versos puntos la indulgencia o la ira. Cierto que la división y especialización de las tareas eran tales que la labor estaba lejos de ser abrumadora. En general, la situación de un es- clavo urbano era de sueño comparada con la de los escla- vos rurales, e incluso a la de muchos ciudadanos, que sólo poseían una toga raída por todo capital. Entre la gustatio de mariscos y la prima cena, que se com- ponía de entradas calientes, disfrutaron de intermedios poé~ ticos. Un declamador recitó en griego extractos del Canto IX de La Ilíada, aquél en el que Homero enseña a los pue- blos de todos los tiempos la técnica correcta del asado: -"Entonces Aquiles, a la luz de la lumbre, preparó el tajón para cortar las carnes. Colocó en él los lomos de una oveja y de una pingúe cabra y la espalda floreciente de to- cino de un apetitoso cerdo. Automedón presentaba las car- nes, y el divino Aquiles las cortaba, las despedazaba en pe- queños trozos y las ensartaba en los espetones. El hijo de Menoetios, semejante a los dioses, atizaba un gran fuego. Después, quemada la leña y muerta la llama, extendió las brasas y dispuso los espetones encima. Más tarde, levantan- do los espetones de los morillos, de divina sal espolvoreó las carnes. Cuando Patroclo las hubo asado al fin..." Vitelio, aficionado más que nunca a los rarísimos bue- yes grasos que eran el privilegio de los huéspedes de loi dioses, aplaudió este pasaje e hizo notar la exactitud de los consejos: asar sólo a las brasas, ya que la menor llama da olor a quemado, y salar a última hora, después de que el calor cauterice la superficie del asado. Pero, en la misiDJ mesa, Petronio hacia remilgos, y esas costumbres culinM rias, fuera cual fuese la ilustre canción del poeta, le par cian muy primitivas. Otro declamador, éste latino, la emprendió con la SE gunda bucólica de Virgilio: -"Por el bello Alexis, caro a su amo, el pastor Cori< ardía de amor sin esperanza..." La asistencia se sabia de memoria los apasionados 1 mentos del infortunado Condón, desdeñado por un Ales acostumbrado al lujo de la Ciudad y con pocas ganas de ir a instalarse en una cabaña del campo por el placer de for- nicar con un tosco pastor. Y, en cada triclinium, hombres y mujeres que habían sufrido penas de amor repetían a me- dia voz los floridos y amorosos gemidos del ingenuo Co- ridón. La misma Marcia murmuraba al ritmo de la cálida y ma- tizada voz del artista: -"Ven aquí, oh hermoso niño: cestos llenos de flores de lis traen para ti las ninfas; para ti la blanca náyade, cor- tando los pálidos alelíes y los tallos de adormidera, une el narciso y la olorosa flor de hinojo; luego, entrelazándolos al torvisco y a otras plantas suaves, comb ma los tiernos ver- des y la amarilla caléndula..." Y poco después murmuró más fuerte, con la mirada fija en Roma, que el sol poniente incendiaba: -"... el sol, en su declive, alarga las sombras; empero a el amor aún me consume; ¿acaso puede tener un térmi- el amor?" Kaeso se preguntaba a quién habría amado Marcia, mientras que su amor, de hecho, no podía ser más actual. Silano buscó la mirada de Kaeso para indicarle que le ofrecían ese emocionante pasaje en homenaje a sus estu- dios; y un pequeño guiño le reveló además que, en materia de Condones, probablemente no seria tan severo como Mar cia. La prima cena incluía un suplemento de mariscos, calien- tes esta vez, a los que se añadían pulpos, pichones y pinta- das, y sobre todo una selección de pescados caros, rodaba- llos, merluzas, doradas, esturiones, barbos, salmonetes y lenguados, escaros, salmones o peces de San Pedro, e in- cluso esos grandes esturiones del Po que llamaban attili, ro- deados de truchas asalmonadas en inmensas bandejas. To- dos estos pescados acababan de salir del agua. En etecto, la constante preocup ación de los gastrónomos era unir la ex- celencia del producto a un origen de lo más preciso, de- biendo así tal animal provenir de tal costa, tal río o tal lago; y los cocineros a quienes no se escatimaban medios no tenían otra solución, para obtener ciertos productos en estado de perfecta frescura, que acudir a proveedores que hacían viajar esos productos por barco, en cubas de agua de mar reforzadas con plomo, o por tierra, en cubas análo- gas. Afortunadamente, la prodigiosa expansión de la cría reducía las distancias. -No hay morenas -dijo Marcia-. Silano tiene a esos monstruos demasiado cariño para ver cómo se los comen ante sus ojos. -Décimo me dijo que habías acariciado a su Agripina... 248 249 -Es muy importante para una mujer entrenarse en contactos desagradables. Habría sido indiscreto exigir más detalles. Entre estos entremeses y los platos fuertes de la altera cena, se azuzó el apetito de los convidados con una presen- tación de bailarinas gaditanas, que apenas iban vestidas con algo más que sus castañuelas, y que evolucionaron entre los triclinia, ya que la arena no era propicia a su arte lasci- vo. El día, al morir, les prestaba solamente un poco de pudor. La altera cena siguió su curso a la luz de las antorchas ~/ candelabros, que vacilaban en la brisa de la noche. Era el momento de las mamas y valvas de cerda, de las cabezas de jabalí, de los faisanes y pavos, de las liebres y patos con las presentaciones más diversas. En honor de Vitelio, Silano incluso había conseguido procurarse a precio de oro un graso buey de sacrificio digno de los Arvales, del que sir- vieron al invitado un cuarto, asado según el arcaico méto- do de Homero. Semejante curiosidad causó sensación. Hacia el final de este tercer servicio, apareció en la are- na una manada de perros amaestrados, cuyo domador, du- rante las sesiones educativas, les quemaba las plantas de las patas con un hierro al rojo. Y esos animales sin dignidad, que eran al orden de los cuadrúpedos lo que los esclavos al de los bípedos, todavía iban a lamer espontáneamente la mano del amo entre las pruebas. Eran incurables. Los romanos apenas sentían simpatía por los perros desde que la guarnición canina del Capitolio, por culpa de un sueño impío, había estado a punto de dejar 3ue los ga- los tomaran la fortaleza, salvada por los gritos e los gan- sos. En conmemoración del hecho, cada año, en el III de los Nones del mes de agosto, mientras los gansos blancos del templo de Juno, vestidos de púrpura y oro, eran pasea- dos procesionalmente en litera, la misma procesión llevaba perros crucificados hasta el campo del suplicio, cerca del puente Palatino, entre los templos de la Juventud y de Summanus. Los sacerdotes de Juno criaban perros especial- mente para esta ceremonia, bello y patriótico ejemplo de rencor. Tras afortunadas demostraciones, el maestro y sus alum- nos se retiraron, quedándose un poco apartados de la pistas y el jefe de los nomenclatores, que había filtrado, presenta' y colocado a los invitados, anunció que el pantomimo Ter pandro, asistido por tres colegas, iba a presentar una i1~' provisación sobre tema mitológico: "Imprudencia y castil del infortunado Acteón" -sorpresa que era como para quietar a Kaeso. Terpandro era uno de los pantomimos más solicitado Sus escándalos y caprichos habían sido la comidilla de la Ciudad, pero todo se le perdonaba gracias a su talento -y además se rumoreaba que Nerón había tomado cierto cari- ~o a su invalorable persona. Era tradicional que los panto- hiimos de renombre recibieran los íntimos favores de los príncipes menos virtuosos. Efectivamente, en el apel de Diana -no se les podían confiar a mujeres superFiciales y parlanchinas papeles fe- meninos de importancia-, Terpandro estuvo extraordina- rio, de un mérito tanto mayor cuanto que la fábula, retoca- da por Silano de manera extraña, desmentía la versión clásica. Así se vio a Terpandro perder su virginidad en los brazos de Cupido y, muy asombrado de hincharse a ojos vistas, decidirse al fin a alumbrar a Acteón, pronto crecido e indiscreto. La desesperación de Diana sorprendida iii fra- ganti, el sobresalto de divino pudor que transformaba a Ac- teón en ciervo, su memoria oscurecida, después despertada por la monta de la cierva, todo era claro, todo era como un cuadro. Un gran silencio había descendido sobre la asam- blea, y todos retenían el aliento ante una expresividad que el mutismo de los actores parecía llevar al limite. Los úni- cos sonidos audibles erán los de una música dulce y que- jumbrosa, que acompañaba las escenas desde el claro de un bosquecillo. Al final, 1 os perros amaestrados devoraron a Acteón. El encanto de la danza se vio roto por aplausos frenéti- cos. Semejante tema, del que nadie hablaba nunca, ¿no era uno de los más serios y de más graves consecuencias en la formación y educación de todo ciudadano? Décimo miró de nuevo a Kaeso, y su mirada era tan ex- presiva como la interpretación de Terpandro. "Cuidado -decía-. Te lo repito a través de un talento superior al mío: los secretos de una mujer y de una madre son para sus amantes o sus maridos y no conciernen a sus hijos. ¡No levantes el velo!" Silano no podía ser más perspicaz previsor, ni paternal en el mejor sentido del término. Hab ría merecido verse hlás favorecido por las circunstancias. Entonces llegaron los mensae secundae o postres, que al- ternaban pasteles, cremas, frutas escogidas y originales pía- ~s montados, mientras que los vinos dulces sucedían a los ~ides crudos. Más que destacarse por el número de servicios o por 'latos extravagantes, Silano prefería atenerse, en las recep- Dnes, a los cuatro servicios ordinarios y a contribuciones una clásica solidez. Pero la suculencia y variedad de la omida eran de primer orden. Cada convidado, a partir de .n surtido tan rico, podía regular su apetito y componer 250 251 para si el menú que quería. Séneca habría cenado tres eri- zos de mar, algunos espárragos y una pera, todo ello rega- do con agua pura. En previsión del combate, estaban disponiendo un re- fuerzo de luces alrededor de la arena. Marcia, a quien el arte de Terpandro había dejado impasible, se animó, y le 1.21 Esa excita- brillaron los ojos: adoraba a los gadiauores. ción recordó a Kaeso la de las muchachas de Bayas ante las fauces afiladas de las morenas de Silano, devoradoras de niños, emoción que, en el fondo, no pedía sino resol- verse en voluptuoso desmayo. Estaba mal visto que las ro- manas decentes asistieran a obras de teatro pornográfico demasiado crudas, pero los anfiteatros estaban en armonía con sus virtudes e inclinaciones. Si en principio la cruel- dad era un espectáculo tonificante para los seres fuertes, las mujeres, los niños, los esclavos, todos los humillados de la vida por naturaleza, posición o accidente, encontra- ban en ella una venganza de sus infortunios. Las mujeres, que ya derramaban su propia sangre al ritmo de las lu- naciones, no veían correr sin alegría la sangre de los machos. Los combates de gladiadores se desarrollaban siempre con música, y una pequeña orquesta se había situado a la derecha de la arena: cuernos y trompetas, instrumentos mi- litares, ero también algunas flautas, acompañantes norma- les de l~os combates de pugilato, y un órgano hidráulico, novedad que en los munera había asumido un papel prepon- derante. Una vez colocado el pesado instrumento, su vir- tuosa intérprete tocó sucesivamente algunos acordes para comprobar que todo estaba en orden. Era una endeble y etérea muchacha, cuyo aspecto ofrecía un divertido con traste con las violencias que iban a desencadenarse. El comentario musical de un munus exigía experiencia y talento. Había algunos trozos obligatorios, como la obertu ra o el toque a muertos, pero la puntuación del combatE propiamente dicho se basaba en cierta improvisación, rela cionada con la diversidad de armamentos y peripecias. L buenas orquestas sabían incluso reservar angustiosos s cios, pausas palpitantes para los momentos más favorabiel Orfeo ya no hechizaba a los animales salvajes: los incitabS~ desplegar sus más fuertes instintos. Al fin estalló la fanfarria, sostenida por la potencia órgano y acomVañada por el canto chillón de las flaul Capreolo y Dardano no se hicieron desear demasii tiempo y entraron en la arena uno junto a otro, col cuando acompañaron a Kaeso hasta su casa la noche a rior, precedidos por un famoso árbitro de su varita. mejores árbitros eran siempre hombres libres, reunidos pretenciosos colegios, y la supuesta "infamia" de los gla- diadores no les concernía. En vista de las circunstancias, bastantes íntimas a pesar de todo, y de la relativa oscuridad de ambos campeones, el árbitro creyó conveniente presentarlos brevemente, insis- tiendo en el número de sus victorias. Después los adversa- rios saludaron a Silano, el "presidente editor", uno con su sable, otro con su tridente, y a una señal de la varita, adop- taron posición de combate. Para acrecentar el interés de los enfrentamientos, la re- gla quería que siempre se opusieran armamentos diferen- tes, y el encuentro del secutor y del reciario ilustraba esa preocupación de la forma más extrema. Torso, piernas y cabeza desnudos, el reciario no tenía otra protección que una armadura, articulada alrededor del brazo izquierdo, co- ronada por un ancho es p aldarete que hacía las veces de es- cudo, y sólo iba armado con su tridente y su red -es- perando el cuchillo en la cintura sólo para rematar a la víctima. El secutor llevaba un casco hermético, de lineal sen- cillez, que contrastaba por su sobriedad con las fantasías de orfebrería de las demás panoplias. Sólo veía al reciario a través de dos redondos orificios horadados en la visera aba- tida, que hacían pensar en los fascinantes ojos de un fúne- bre y enorme animal de presa. Una armadura flexible ro- deaba su brazo derecho, un escudo redondo defendía su flanco izquierdo, y tenía en la mano un sable corto. Algu- nos de estos sables estaban provistos, en el extremo, de un gancho afilado y retorcido, que debía permitir al secutor pri- sionero -si le dejaban tiempo- cortar más fácilmente las mallas de la red que con el filo de la hoja. Pero la ventaja era bien hipotética, pues las estocadas se hacían, por esa razón, menos eficaces. Dárdano prefería las hojas sin apén- dices. Para no obstaculizar la carrera del secutor, sus piernas no llevaban canilleras, y así quedaban expuestas a los gol- pes traicioneros del largo tridente. Ya que la red era aun más peligrosa para él que el tri- dente dep untas ahorquilladas, el secutor debía incitar al re- rio, con aparentes imprudencias, a un lanzamiento tor- e, y aprovechar la breve inutilización de la red para ¡segurarse una ventaja decisiva. El juego del reciario, al contrario, consistía en no lanzar sus redes hasta que no te- todas las seguridades, a fin de exterminar con el triden- ~ al secutor enredado en las mallas. A falta de lo cual, se eía obligado a contar con la rapidez de su carrera para te- er tiempo de recoger las redes otra vez, retomando la po- :ión de contraataque. Estos asaltos y fintas recíprocas en- re especialistas bien entrenados tenían, ciertamente, un echizo irresistible. Muchos, que habían ostentado un filo- 252 253 sófico desdén or los gladiadores, se descubrieron cautiva.. dos como en e~ seno de la trágica red por la sangrienta gra- cia de semejante espectáculo. Incluso el viejo Séneca fre- cuentaba los anfiteatros lo justo para denigrarlos con ele- gancia. Se habían hecho apuestas en cada tríclinium. Era al recia. rio a quien más a menudo daban por perdedor, pues la are- na era demasiado reducida como para garantizarle una tre- gua salvadora. Capreolo se daba buena cuenta de ello y. sólo podía salir bien librado gracias a una habilidad y pru- dencia excepcionales. Trompetas y cuernos habían callado, flautas y órgano: modulaban una música discreta y danzarina, mientras los combatientes se observaban. Capreolo acortaba el alcance de su tridente para incitar a Dárdano a acercarse más, pero el griego evolucionaba a una respetuosa distancia. El públi- co terminó por impacientarse ante tantas precauciones. "¿Quieres cogerlo vivo?" le lanzó Marcia a Capreolo, en medio de las risas. Dárdano arremetió bruscamente, y fue rechazado por un golpe brutal del tridente contra su yeI-~ mo, que sonó como una campana. Cambiando de rumbo como un relámpago, el tridente clavó de pronto el pie quierdo del griego en la blanda tierra del jardín, que ha bían cubierto para la ocasión de una capa de arena bastan te delgada. Entonces la red envolvió a Dárdano, que ~emIa Toda la asamblea aplaudió el diestro golpe. Con sangre fría, Capreolo había reservado su red hasta el mento en que no podía fallar. Y una pizca de suerte h ayudado a una consumada experiencia. Sin perder la cautela, el judío se concedió un mom de reflexión. Ya que no podía levantar la mano para pe< gracia, Dárdano podría haber dejado caer sable y escudo fin de manifestar sus intenciones, pero con una estoica d' terminación seguía en armas, clavado al suelo bajo la conteniendo los alaridos de dolor. Para rematar al Capreolo tenía que retirar su tridente, ya que el cucn era insuficiente en tales condiciones. Sin embargo, por azar contrario, dos de las puntas del tridente habían pe trado el pie de Dárdano en el empeine, y el órgano 5 parecía superficialmente herido. Durante la emocionante fase de espera, trompetas y C ros se recuperaron y la pequeña organista se apresu forzar sus efectos. Era aun más emocionante que el pec rástico Virgilio. Capreolo se decidió por fin a retirar su tridente, y la prichosa suerte le volvió la espalda: al retirarse, el in~ mento se enganchó en la red, el griego se desenredó ci flexibilidad y, a pesar de su pie herido, arremetió contra ciario, cuya arma se hallaba enredada. Capreolo escapó, rrastrando red y tridente. El pie sano de Dárdano, en la arrera, pisó por casualidad la red arrastrada y, en vez de la red se separase del tridente, fue éste el que cayó de s manos sudorosas del judío. Ya que a partir de entonces a imposible cualquier resistencia, Capreolo puso en se- íida una rodilla en la arena y alzó la mano, esforzándose ofrecer un aire orgulloso y digno, mientras su mirada scaba la de Kaeso. El árbitro había interpuesto la varita entre los adversa- os y la orquesta guardaba silencio. Era el momento que omanos y romanas esperaban con mayor placer. Por cortesía, la bien educada asistencia acechaba la de- sión de Silano antes de expresar la suya. Una amabilidad cmejante aconsejaba al donador del munus inclinarse por la nuerte del vencido, para demostrar que no le importaba er un sacrificio financiero por sus huéspedes, pues pa- iría mucho más caro el cadáver que el alquiler. Titubean- , Silano o tó por transferir sus poderes a Kaeso, quien, ~spués de ~ab er fingido vacilar, también para guardar las riencias, alzó ambos pulgares en señal de gracia, segui- por la mayoría de los espectadores. Algunos protesto- ~s murmuraron que el combate había sido demasiado cor- >, pero vivos aplausos ahogaron el murmullo. Y la or- esta, en lugar del lúgubre repique del toque a muerte, :erpretó una animada marcha. Dárdano abandonó la are- cojeando, apoyado en el hombro de Capreolo, imagen una fraternidad de armas que paradójicamente sólo se smentia cuando las armas hablaban. Se apagaron todas las luces en torno a la arena y un uevo espectáculo cautivó Jor un rato la atención, el de .oma en una clara noche e primavera. Allende los espa- >5 más o menos oscurecidos del Campo de Marte, se dis- uia en la orilla derecha del Tíber la silueta de la forta- ~a del Janículo, y en la izquierda, las del Capitolio y el uirinal. A esa hora, las antorchas y linternas de los traba- >res nocturnos recorrían la Ciudad y, en las partes me- elevadas divisables desde la eminencia del Pincio, algu- >5 incendios de ínsu/ae ponían manchas rojizas y humean- s. Un incendio más considerable devastaba una parte del :astévere. Pero a los huéspedes de Silano, entregados al cer de la vasta perspectiva, les traían sin cuidado mci- ~ntes tan frecuentes y vulgares. Vivían en casas aisladas ~ jardines, defendidas del fuego por vigilantes y brigadas 'adas siempre alertas. Sólo los incendios de excepcional agnitud podían preocuparles. Silano ordenó servir nuevos vinos y los jóvenes esclavos ~spabilaron gran número de lámparas y antorchas alrede- 254 255 dor de los triclínia. Tras un festín tan logrado, era muy agra~ dable repudiar las conversaciones generales en pro de en~ trevistas más dulces con vecinos o vecinas a quienes los nos habían vuelto aún más amables, en el seno de una sua. ve penumbra. Entre una comida afectada y la orgía habí1 matices para gente honrada, que no eran ajenos a Silano. -¡Quisiera darte -le dijo Marcia a Kaeso- Roma entera! -Si nuestra casa del Suburio se incendia, Roma no me vendrá mal. -¡Qué importa el Suburio a partir de ahora! Excitada por el combate -y quizás por algunas copas de más-, Marcia nunca había estado tan bella, en la ligera síntesis que ninguna mancha se había atrevido a insultar. Como muchas prostitutas de lujo, Marcia era limpia como una gata. Y la intensa alegría por el éxito de Kaeso añadía al encanto de su rostro una irradiación particular y conmo- vedora. Miraba a su hijo con adoración. Mas de pronto fue como si el tridente de Capreolo se clavara en el corazón de Kaeso: conocía y reconocía esa mirada humilde, afectuosa, maravillada, llena de entrega, abandono y promesas; era la de Egesipo, un efebo sin gra- cia que lo había acosado, seguido, importunado, hasta que su muerte -se había ahogado, y el suicidio había pasado por accidente- lo desembarazó de él. Esa mirada era la del amor-pasión, tanto más grave y sin remedio, tanto mú profunda y desesperada cuanto que el deseo mismo termi- naba por no ser más que un componente secundario, aun- que inseparable. La mirada de Marcia ya se había velado, pero Kaeso ha- bía comprendido por fin y estaba espantado. Los misterioS con que Marcia había protegido y acunado su existencia, los misterios pasados, presentes y futuros, no eran nada al lado de éste, que los había gobernado a todos y pronto la induciría a nuevas mentiras. Acababa de sorprender a Dia- na en el baño con Eros, ¡y Eros no era otro que él mismo! Marcia tomó la temblorosa mano de Kaeso y dijo: -¿Qué escalofrío te ha rozado de pronto, en una noche tan hermosa? Si te persigue una sombra, intenta al menoS describirme sus contornos, para que yo la disipe como antaño... -He tenido la súbita impresión de que... me quer demasiado. -¡Pues es la primera vez -respondió Marcia riendO que un hombre me hace ese reproche! Por primera vez, sin duda, ella le decía la pura verdad. ¡Era insoportable! Rápidamente Kaeso se despidió de 5' madrastra con un pretexto, y fue a saludar y agradecer ano, que estaba enfrascado en una conversación con su sobrinO Lucio y con Petronio, mientras Vitelio y Marco in- tercambiaban ruidosas bromas. Antes de retirarse, dijo es- pontáneamente al oído de un Décimo un poco sorprendi- do: "¡Yo nunca te traicionaré!". Repuesto de su sorpresa, pécimo le contestó simplemente: "¡Mejor traicióname por una buena causa y seguiremos siendo amigos!". Kaeso no pegó ojo en toda la noche. Ora tenía la im- presión de haber tenido un mal sueño, ora se imponía la implacable realidad, se disipaban todas las penumbras y se veía preso en la trampa. Al amanecer, seguía vacilando entre las certezas de una fulgurante intuición y la ambigúedad de una duda razo- nable. 257 256 VII Una duda tan crucial, que se había implantado y subido mo la fiebre, obligaba a dejar de lado cualquier pudor y edia ser disipada con urgencia. De la solución del proble- 'a dependía además la mirífica adopción, cuya fecha se ha- a fijado en las Calendas de mayo, y solamente diez días mpletos separaban a Kaeso de esa fecha. Silano quería ~jar la adopción entonces, pues el día señalaba las Lara- ias de primavera, consagradas a honrar a los dioses lares rotectores de Roma, que contaban con una capilla por arrio. La piedad perfectamente política de Silano no fla- ¡eaba nunca. Pero, ¿cómo salir de dudas? En la práctica, Kaeso trope- ba contra un muro. Si ponía a prueba a Marcia declarán- de una súbita pasión, y si la sospechosa estaba libre de tíquier propósito incestuoso, se encontraría en una sí- ación insoportable, donde lo odioso competiría con lo ri- culo. De todas maneras, si Marcia estaba enamorada, de- a de ocultar celosamente su secreto desde hacia tantos s. que no se descubriría sin apelar a maniobras desagra- en las que Kaeso se arriesgaba a perder todo su estigio ante ella. A fuerza de torturar su imaginación, Kaeso tuvo que re- locer que el muro seguía en pie, y que el talento para río amenazaba con faltarle durante mucho tiempo. cesítaba consejos de una cabeza fría, pero, ¿a quién din- se para un asunto en el que la menor indiscreción arras- ría consecuencias imprevisibles e incalculables? Vistas circunstancias, sólo podía confiarse a su hermano Mar- estaba lejos. ~ su angustia, se le ocurrió la idea de que Selene era ~a solitaria, que parecía desdeñar a los hombres y no rgar a nadie su confianza. Y una griega judía (¿o judía lega?) que no carecía de sensatez, ni de penetración, ni agudeza. Pero era una esclava. Por una parte, las escla- pasaban por ser menos fiables todavía que los esclavos, o por otra, en tanto que esclavas, se las podía dominar ~r miedo o interés, y en tanto que mujeres, siempre se 259 podía uno adueñar de ellas mediante el sentimiento. verdad que las relaciones de Kaeso con la joven habían co- brado cierto giro de intimidad que, por ser bastante extra. ña, debía facilitar confidencias y consejos. De todas mane~ ras, él le había metido la mano entre las piernas y hab~ intentado darle un poco de placer por poderes. Eran cosas que, a pesar de todo, siempre acercaban. En último extremo, en el día naciente de su alcoba, Kaeso lanzó un as de bronce. Había decidido que si la suerte hacia caer la moneda mostrando la doble faz de Jano, se abstendría de la tentativa. Pero la moneda exhibió su anverso, adornado con una proa de navío, en memoria de la llegada de Saturno al Latium. Los dioses le habían ne- gado la ambigúedad y concedido las ventajas de la acción, bajo la égida del más romano de todos ellos. Selene no estaba en su alcoba. Un esclavo interrogado le señaló la del amo al pasar. A través de la puerta, se fil- traban los sonoros ronquidos de un Marco que debía de es- tar otra vez saturado de bebida. Sólo las cuatro puertas de entrada estaban defendidas -sin hablar de los barrotes- por cerraduras, muy complicadas además. Kaeso entreabrió muy suavemente la puerta. Su padre reposaba en el lecho. Selene, envuelta en una manta, se había refugiado a los pies de la cama, donde dormía apaciblemente, con la cabe- za sobre un cojín. Los ruidos de la calle, que empezaban a desencadenarse, no parecían turbar su sueño. Sin duda, su amo le había impedido dormir durante una buena parte de la noche. Kaeso no sabía qué hacer ante esa muchacha medio desnuda, cuando Selene, que se había despertado con los alaridos de un vendedor de quesos que subía p or la calle- juela con sus cabras, se estiró, descubriéndose por comple- to, y consideró sin demasiada sorpresa la cabeza del obser- vador, que la miraba fijamente a través del resquicio de la puerta. Kaeso le hizo en seguida unas señas para que SO reuniera con él, y ella se levantó indolentemente para Po- nerse un vestido de interior y las zapatillas. Su desnude~ apenas parecía incomodaría. Una vez cerrada la puerta, le dijo a Kaeso: -La última vez, querías ver cómo me acostaba con do~ gladiadores, y ahora quieres ver cómo me acuesto con ti padre... ¿Eres virgen o estás chocho? ¿Acaso imaginas q~ estas cosas son gratuitas en nuestros días? La entrevista bendecida por Saturno, de la que esperaba Kaeso, empezaba mal. Se ap resuró a disipal irritante desprecio, arrastrando a e ene hacia las h~ taciones de enfrente, ahora vacias, ya que habían dedicadas a la comodidad de Marcia y a las termas, vez se pudieron enviar los esclavos a las alturas de la vi- vienda. Se sentaron ambos en una especie de saloncito, que ser- vía de transición entre la antigua alcoba de Marcia y el fal- so atrio. -¿De qué quieres hablar? -preguntó Selene-. Tienes la cara de un muchacho a quien un espectro hubiera per- turbado el sueño. -¡El espectro está bien vivo y me roe las entrañas! Expresándose en griego corriente, Kaeso se desahogó ampliamente y con detalle. La confesión lo alivió. Y acabó por decirle a Selene, que lo había escuchado con una aten- ción más bien simpática: -Tú me hiciste tristes confidencias el otro día. Hoy te hago yo las mías, esclavo como tú de un destino cruel que apenas me deja salidas. Tengo la íntima convicción de que los sentimientos de mi madrastra hacia mí no son los que deberían ser, pero confieso que me falta la prueba. Y debo cerciorarme en los días que vienen, pues la adopción está próxima. Tengo deberes hacia el noble Silano, que no me ha prodigado más que bondades. No puedo agradecérselas introduciendo el escándalo en su casa. Por todos los dioses, ¿cómo voy a averiguar lo que tanto me importa? Tras un momento de reflexión, Selene declaró: -Es muy sencillo. Conviene emplear uno de esos pro- cedimientos que utiliza la gente de teatro para impulsar la acción cuando parece bloqueada. El truco de la falsa carta, por ejemplo. Eso siempre funciona. Con desconfianza, Kaeso rogó a Selene que se explica- ra, cosa que ella hizo con la mayor claridad. -¿Le has escrito alguna vez a Marcia en griego? -Nunca. No lo domina a fondo, a pesar de sus progre- sos, y experimenta algunas dificultades para escribir una carta correcta. -¿Entonces no conoce tu escritura griega, aunque sea ~muy característica? -Por cierto que no. Pero, ¿a qué viene esa pregunta? -Imagina que le encargo a un mensajero cualquiera, desconocido por la familia de Silano, que le entregue a su Portero unas tablillas con tu sello, en las que yo habré es- crito de mi puño y letra una declaración de amor en grie- go. Una de dos: o Marcia está poseida por Eros y te salta al cuello, o sólo tiene sentimientos maternales y grita de in- lación. En ambos casos, tú haces como que no entien- :~ nada. Puesto al corriente, afirmas que la escritura de la )ta no es tuya, y sostienes ue alguien malintencionado, acecho de una broma esa a, ha debido de coger tu se- ) mientras dormías. Como ves, pase lo que pase, sales con 260 261 la cabeza bien alta de la terrible entrevista. Marcia está obligada a traicionarse, ya que no puede sospechar la arti- maña, y si después concibiera la menor sospecha contra tj, allí estaré yo para disiparla. ¿Se te ocurre algo mejor? Kaeso quedó atónito ante la eficaz y rápida sencillez de la teatral maquinación. Evidentemente, era lo que necesita ba. Aliviado de un peso enorme dio un beso a Selene, que añadió: -La presencia de tu sello, el hecho de que yo sea la única persona de la casa, aparte del amo, que puede escri- bir un griego fluido no demasiado inferior al tuyo, me mar- carán en el acto como sospechosa, y pronto caerá sobre ml la animosidad de Marcia. Y apuesto a que una Marcia furio- sa tiene el brazo largo. ¿Estarás en condiciones de prote- germe? La pregunta, que Kaeso se había hecho al mismo tiem- po que Selene, era muy delicada. Selene continuó por él: -Es obvio que la venganza de Marcia no puede servirse de esas tablillas -y eso en los dos casos ya apuntados-, en consideración a ella misma y a muchos otros. No dirá una palabra de este asunto a nadie. Pero puede perjudicarme con muchos pretextos indirectos, a la primera ocasión fa- vorable. Mi única seguridad estaría entonces en tus manos. -¿De qué manera? -Inocente o enamorada, Marcia no hará nada si la ame- nazas -por afecto hacia mí- con contarle el asunto a Sila- no. Si está enamorada, la revelación de su bajeza sería una catástrofe para ella. Si es inocente, esta historia de las ta- blillas sería ya como para meter en la cabeza de su marido ideas inquietantes. Y tú puedes cumplir la amenaza, tanto si Silano te adopta como si no. Tras meditarlo, Kaeso observó: -Si Marcia está enamorada, tendré a mis propios ojoS una buena excusa para defenderte. Pero si es inocente, no tendré ninguna excusa ante los suyos. E incluso en la pri- mera hipótesis -y con mayor motivo en la segunda- el hecho de defenderte la empujará a considerarme cómplice. -Es un riesgo que debes correr si deseas tener el cora- zón limpio y protegerme. Pero tu Marcia no es inocente. Kaeso se sobresaltó: -¿Qué estás diciendo? -Te lo diré en latín: In vino, ventas. Cuando el amo está borracho, deja escapar a veces alusiones significativas. Un'~ sospecha lo corroe desde hace mucho tiempo. Pero co: no tiene más pruebas que tú, la ha enterrado en lo mal hondo de su corazón. Sin embargo, la coincidencia entrE tu sospecha y la suya da que pensar. ¡Maldita sea la inoceft Yo apuesto por el amor. Además, en esta historia radi- mi mayor seguridad, puesto que gracias al amor y al se- ~reto que exige, mi protección será más fuerte... Por lo sienos, si tú tienes a bien contribuir. Una vez bien sopesado todo, Kaeso, ardiendo en deseos saber al fin, juró ante los grandes dioses que velaría por elene como por la niña de sus ojos. Siguiendo con su idea, la joven avanzó un paso más: -El día en que Silano se desinterese de Marcia, mi piel valdrá muy cara. Empero, tengo una hermosa piel, ape- isas estropeada, y sólo tengo una. Por mucho que Kaeso sostuviera que los encantos de arcia eran capaces de hacer milagros, no podía ofrecer mas garantías sobre el tema. -Sin embargo, tentaré a mi suerte -dijo Selene-. En jma corre el rumor de que Silano se reunirá algún día on sus hermanos, y, cuando los patricios se abren las ve- as, es de buen tono que sus mujeres los sigan. Pero no uede contar del todo con Nerón, y sigue existiendo un [esgo que no puedes ahorrarme. En caso de apuro, sería recioso para mí tener dinero disponible. Kaeso había arañado alrededor de 120.000 sestercios de pensión y sus gastos de viaje. Al final, los 100.000 ses- Eercios de Diógenes fueron concedidos a Selene. -Pareces ser ducha en negocios -tuvo que reconocer Kaeso-. Pero, puesto que eres esclava, ¿cómo conserva- r~s una suma semejante? Dudo que un templo honrado la Icepte en depósito. -La pondré en manos de un santo hombre de mi reli- L -¿Estás segura de poder confiar en él? Los sacerdotes son tan ladrones... -No entre nosotros. Además, confio en ti. -¿Qué te dice que cumpliré la promesa de protegerte? -Mi conocimiento de los hombres y de mis encantos. A.sí que consígueme unas tablillas corrientes y un pun- ~ón... Selene experimentaba un delicioso placer vengándose Marcia, que la había mandado azotar después de abusar ella. A cada latigazo, había suplicado a Yahvé que le ~rmitiera resarcirse, y el día había llegado antes de lo pre- sto. Este placer, sumado a los 100.000 sestercios, bien va- algunos riesgos. Kaeso y Selene hablaron un rato de los términos que mplearían. Evidentemente, Selene no podía hacer alusión ás que a ideas y hechos que hubiera podido extraer de un aeso en exceso confiado. La taimada carta debía tener a base verosímil. 262 263 Cuando Kaeso hubo proporcionado de buena gana to dos los elementos necesarios, Selene escribió lo que sigue' "K. Aponio Saturnino a su muy querida Marcia, ¡salud! "Ahora que voy a vivir contigo para siempre, debo con fesarte por qué ningún muchacho me interesó en Atena por qué ninguna hetaira me retuvo más de una noche, "~ qué me parece que las cortesanas de Roma no tienen sabor y que las muchachas son pálidas: un amor más exigente me ocupa y persigue desde mi infancia. Durante mucho tieni,~ PO no me he atrevido a pronunciar su nombre, pero al vol¿ ver de Grecia, por fin, tomó prestados tu rostro y tu voz para decirme: "¡Kaeso, tú y yo somos uno solo!". Esta con. fesión me obliga a interrogarme. Hay en el mundo una mujer que vale por todas, que las resume a todas, sin la cual no podría enfrentar ningún porvenir ni soportar I~ vida: ¡eres tú, modelo de gracia y generosidad! Lo he red.. bido todo de tus manos y aquí están las mías para quererte, para devolverte todo lo que en ellas he recogido. Pero, ¿podré pagártelo alguna vez? ¡Sé indulgente con mis torpe. zas juveniles! Ah, ¿por qué mis ojos se han abierto tan tar' de? ¡Con qué alegría te hubiera sido fiel en Atenas si una razón clara me lo hubiese podido ordenar! Dime a vuelta de correo dónde y cuándo has decidido que te pertenezca por completo. Tu amor es mi herida, mi látigo y mi delei- te. ¡Larga vida a tu belleza y paz a tu corazón!" Kaeso encontraba excesivo hablar de herida y de látigo, pero Selene le garantizó que los amantes acostumbraban a expresarse de esa suerte. Y estaba tan ansioso por saber, que el innoble carácter de la artimaña sólo le causaba un pequeño malestar. Al pensarlo, Kaeso se dijo que de todas maneras Marcía nunca había confesado nada y que, por muy enamorada que estuviera, nada permitía afirmar que tuviese la menor intención de cambiar de política. Pero, por otra parte, in- cluso si había tenido el impaciente deseo de descubrirse~ por cierto que habría esperado el hecho consumado de adopción, que retendría a Kaeso a su alcance y bajo su he chizo. Esta última consideración servia para atenuar ufll verguenza muy natural. A media tarde aún no habían vuelto las tablillas. A Ki so, devorado por la impaciencia, se le ocurrió la idea volver a ver a la supuesta gran amiga de Marcia, a quien debía memorables revelaciones. Si conseguía soltarle IT aún la lengua, se presentaría a la crítica entrevista en 1 posición notoriamente mejor. Al informarse supo que mujer, una tal Arria, vivía sola con algunos esclavos en 1.11 eci ueña casa del Viminal, en el corazón de la VI región, 'Afta Semita", entre la posición de la tercera cohorte de vigilantes contra incendios y la antigua muralla de Servio. El tiempo apremiaba, y Kaeso corrió el riesgo de ir a sor- prenderla. Hacía calor en los senderos boscosos y umbríos del vie- jo Viminal, y Kaeso se felicitaba por haber salido con una simple túnica. Alguien que pasa a erminó por indicarle una modesta villa, medio oculta por la vegetación de un jardín no menos modesto y bastante descuidado. Kaeso empujó la verja y fue a llamar a la puerta. Estaba empezan- do a pensar que la casa se hallaba desierta cuando oyó una voz masculina y píañidera, que parecía venir de la parte trasera: "¡Domna, domna, se me están helando!". Y la voz de Arria que contestaba: "¡Un momentito más, Arsenio!". Intrigado, Kaeso rodeó la casa por la derecha, atravesó una cocina abierta de par en par que daba a un gallinero y se topó de boca con el llamado Arsenio, si es que se puede emplear tal expresión para bocas que se encontraban a al- turas tan diferentes: en efecto, el esclavo estaba sumergido hasta el cuello en la piscina fría de unas termas rudimenta- rias, cuya caldera, por añadidura, estaba apagada. La cara congestionada del gran galo pelirrojo hacía pensar que qui- se tratara de un baño terapéutico. Al ver a Kaeso, Arse- nio se apresuró a gritar: "¡Domna, un noble visitante para ti!". Kaeso se anunció en voz muy alta y Arria le rogó que esperara un momento. Pronto, con aire alegre, abrió en persona una puerta que daba a una estancia atestada de di- vanes y cojines, en la que reinaba un fuerte olor a sudor y a almizcle. En la penumbra del lugar, el vestido suelto de Arria parecía un saco colgado de una estaca. Kaeso no habría conseguido ninguna confidencia de ha- ber mencionado el objeto de su visita. Para poner a la dama de un humor conveniente, no tenía otro recurso que fingir intenciones galantes. Pero pronto estuvo muy claro que a la anfitriona no le bastaban las intenciones. Y como ~ intenciones sin consecuencias la habrían ofendido terri- 'lemente, Kaeso, entre la espada y la pared, se vio obliga- lo a cumplirlas. La dama era verdaderamente muy, muy es- ~lta, y su agitación voluptuosa no era suficiente compen- ación de la ausencia de atractivos tangibles. El huesudo ilbis, los senos en forma de huevos al plato, resultaban o desalentadores. A pesar de su delicadeza y su buena duntad, Kaeso hizo una chapuza, y si bien Arria no se Otendió, por lo menos se sintió decepcionada. A causa de este malentendido, resultó que Kaeso no sacar nada interesante de la íntima amiga de Marcia. ierta a cualquier asalto, la mujer seguía siendo descon- 265 264 fiada e invulnerable como una ostra en relación a lo prin( pal, como si hubiera querido pagar con silencio o con las inconsistentes el poco placer que le había proporcio: do el encuentro. Antes de despedirse de Kaeso, Arria le dedicó, empero una especie de mirada maternal, al tiempo que le advertía: -Se dice que te espera un gran destino, pero la Fortu na es caprichosa. Tal vez un día no te quede sino tu encail. to y tu belleza para hacer carrera. Ese día, todo puede de- pender del apasionado afecto que hayas sabido inspirarle a una mujer. ~ Te das cuenta de que si la tratas sumariamen.. te, como acabas de hacerlo conmigo, no podrás esperar gran cosa de ella? -Perdóname, te lo ruego: aunque no lo parezca, tengo grandes preocupaciones en este momento... -Precisamente los hombres son más satisfactorios cuan- do más distraídos están. -¡Bonita paradoja! -¡Qué niño eres! Necesitas consejos. ¿Me permites que complete tu educación en este aspecto? Hubiera sido descortés por parte de Kaeso rechazar la lección; de modo que Arria continuo: -Un hombre no cautiva a una mujer procurándole algu- nos placeres agudos pero superficiales: éstos sólo son una in- trodúcción al placer profundo, indescriptible, tan fuerte que puede desvanecernos. No todas las mujeres lo conocen. Pero para las que lo conocen, de ordinario tarda mucho en llegar.Y una vez conocido, la mujer sólo vive para conocerlo otra vez, pues su goce sobrepasa entonces en cien codos' al del hombre que está a su servicio. Así que es de capital importancia que el amante sea capaz de aguantar mucho tiempo, a falta de poder repetir a menudo. ¿Entiendes bien esto? -Está perfectamente claro. ¿Pero cuál es el método? -Mientras estés haciendo el amor, sobre todo no pien- ses en tu amante. Mejor cuenta cabras u ovejas. Aguántate el mayor tiempo posible. Y cuando tengas miedo de derra- marte, húrtate al abrazo y salta a un baño frío. Acordándose de Arsenio en el baño, Kaeso no pudo contener la risa. -Pues si -dijo Arria-. Ese galo está más dotado que tú. ¡Afortunadamente! Pues para este oficio sólo puedo pa- garme un esclavo decente, y tengo que usarlo hasta eídes- gaste. Arsenio piensa en el sitio de Alesia por César, y no le importa mucho darse un baño para aliviar su tensión Y seguir en forma. Es un muchacho muy servicial. 1. El codo romano equivale a 0,4416 metros. (N. del A.) Gracias a Arsenio, Kaeso se retiró finalmente de bastan- te buen humor, aunque no le duró mucho. Pensándolo bien, le parecía escandaloso e inquietante que solamente esclavos bien instruidos fuesen capaces e acer gozar a una mujer a fondo y múltiples veces. ¿Qué hombre lib re se avendría de buena gana a esa degradante y ridícula gimna- sia? Pero entonces, como bien pensaban los griegos, las re- laciones en el matrimonio sólo podían ser decepcionantes. Y había otro tema de amarga reflexión. Verdaderamen- te, Marcia tenía por amigas a unas mujeres poco corrientes. Sin duda, las matronas romanas que se acostaban con sus esclavos no eran demasiado raras, y las leyes que comba- tían este abuso tenían bien poco efecto. A veces se veía, en las frondosidades del Campo de Marte o de algún jardín, una amplia litera cerrada, rodeada por un número impar de portadores musculosos, que se cruzaban de brazos mien- tras el invisible número par se agitaba, a pulso, detrás de las cortinas. Y cada uno tenía un turno para hacer disfrutar a la patrona, en espera de llevar al marido a sus negocios. De todas formas, semejantes excesos manchaban una repu- tación, y las mujeres honradas no se trataban con tales des- vergonzadas. Cuando Kaeso llegó a la insula, las tablillas estaban de vuelta. Con el extremo romo de su punzón, Marcia había borrado prudentemente el texto comprometedor de Kaeso y había escrito en su lugar: "Marcia a Kaeso, ¡salud! "Mañana por la mañana, a la hora quinta, estaré en casa de mi amiga Arria, cuya villa se halla en el Viminal. Su- biendo desde Suburio, la encontrarás un poco más allá del puesto de la tercera cohorte de los vigilantes. Hay un gran álamo en el jardín. ¡Que puedas encontrarte tan bien como yo!" Selene estaba triunfante, pero Kaeso, a quien le había costado trabajo romper el sello2, de la emoción que sentía, quedó aturdido de amargura y angustia. Su intuición no le había engañado. Por lo tanto, al día siguiente por la mañana, día de las Vinalia, mientras el gran mercado de las prostitutas se ha- llaba en su apogeo ante el templo de Venus de la Puerta Colina, Kaeso estuvo a la hora fijada ante la villa de Arria, que nunca habría creído volver a ver, y menos tan pronto. 2. Sólo a partir del siglo XV comenzó la firma a competir Con el sello para autentificar la identidad del escritor. (N. del A.) 266 267 Le resultaba muy desagradable que la cita se hubiera con- certado en un lugar ilustrado tanto por las hazañas de &. senio como por su propia torpeza, pero para lo que Marcia pensaba hacer en ella, la casa estaba, con toda seguridad, bien escogida, y la discreción de Arria resultaba tranqui1i~ zadora. Para darle más dignidad a la entrevista, Kaeso se había puesto su toga nueva, en la que quería ver, además, una forma de protección: una mujer abusiva no habría vio- lado sin daño a un joven en toga, que trababa su atributo viril. Le abrió Marcia en persona. -Los esclavos están en el mercado y Arria ha ido de vi- sita -dijo con el tono m~ís natural. Y sin añadir nada con- dujo a Kaeso a la alcoba que él ya conocía, donde una sua- ve luz de abril se filtraba a través de los postigos cerrados. Se sentó entonces y observó con ternura: -¡Te ha llevado mucho tiempo entender que eras el hombre de mi vida, que sólo respiro por y para ti! Pero ven a sentarte, para que te toque por fin del modo al que, me has dado derecho... Era el momento de hacerse el tonto y Kaeso lo intentó lo mejor que pudo. El malentendido quedó disipado con algunas frases. Selene fue acusada en el acto, y Kaeso si- guió haciéndose el imbécil delante de aquella mujer cruel- mente lastimada que acababa de desnudar accidentalmente su corazón. -Bueno -dijo Marcia tras un largo silencio-, al me- nos sabemos dónde estamos... Selene es una perspicaz en- trometida y me ha calado de forma extraña. Pero, ¿se ha- br~í equivocado en lo que a ti concierne? Kaeso respondió que la revelación era tan brutal, tan nueva, que necesitaba algún tiempo para asimilarla y for- jarse una conducta. -Si necesitas tiempo para saber si me amas, ¡es que tu amor es bien tímido aliado del mío! Embrollándose con sus expresiones, Kaeso asumió el papel m~s fácil, el de interrogar. Además, su legítima curiO si dad era insaciable. Tú vives con tu amor desde hace años y yo acabo de descubrir el grado de su extensión. Sería una ligereza PO~ mi parte comprometerme gravemente con una perSOfl~ querida mientras estoy bajo la impresión de semejante acontecimiento. Pero hay mas: no estamos en igualdad de condiciones. Quiero decir que tú lo sabes todo de mí, mientras que a mis ojos tú sigues siendo muy misteriOs& Un hijastro tiene el deber de ignorar muchas cosas sobre I~ mujer de su padre. Pero un futuro amante, ¿no necesita SO. eno todo? ¿Querrías que me acostara con una descono- jda? -Admito que sería una desfachatez por mi parte. ¿Qué kseas saber? -Silano me reveló la historia del esclavo Aponio -que no te concierne directamente. Selene me confesó ~que Silano la había regalado a mi padre, en compensación por tu pérdida, lo que en mi opinión te concierne menos todavía. Pero Arria me hizo saber, por casualidad, que tu matrimonio con mi padre no era el primero, y, sobre todo, que eras su sobrina. Reconocerás que todo esto descon- cierta. -Lo confieso de muy buena gana. Sin embargo, ya tie- nes edad para comprender que existen mentiras piadosas, con las que padres e hijos salen ganando durante mucho tiempo. -si?, es cierto. Sólo me han mentido por mi bien. Pero, una vez mis, ya no es mi madrastra la que me habla, sino una mujer que ambiciona relaciones de otra naturaleza. -De ahora en adelante, ya no te esconderé nada. Juro sobre tu propia cabeza que contestaré con perfecta sinceri- dad a todas tus preguntas. Pero me parece que ya te has enterado de lo esencial de cuanto pretendimos ocultarte el mayor tiempo posible. -¿Cómo podría estar seguro? Marcia se desembarazó de su chal y se recostó a medias sobre los cojines, el vestido un poco recogido y la garganta semidesnuda, en la postura 1~nguida y paciente de quien se dispone a satisfacer la curiosidad m~s indiscreta. -¿Cuantas veces has estado casada? -No m~s de cuatro, contando también a Silano. "Me casé muy joven con un "caballero" sin mayor inte- rés. Las mujeres aún carecen de una libertad, tal vez la más satisfactoria, la de casarse según su gusto la primera vez. Mientras la mujer casada, divorciada, casada en segundas nupcias o viuda tiene libertad de sentimientos y de actos, la infortunada joven sigue siendo coaccionada. Reconozco que algunos padres actuales atienden cada vez más las in- Clinaciones de sus hijos, pero esta moda tarda en generali- Zarse. -Yo mismo hice mis primeras armas con la "pequeña burra" de lapopína de papá: eso tampoco era lo ideal. -Para un muchacho, las primeras armas tienen menos importancia. -¿Engañaste a ese "caballero"? -Una y otra vez: ¡era un bruto y sólo me había casado COn él para liberarme! -Entonces, ¿era el placer lo que te atraía? 268 269 -En el sentido de que me habría gustado saber de un vez por todas lo que era. Pero la búsqueda es muy dec cionante para una mujer, pues los hombres sólo piensan e~ si mismos. -¿Qué consejo me darías en ese aspecto si la ocasión se presentara? -Que te tomes tu tiempo. La mujer es una citara, y hay que acariciar todas sus cuerdas durante horas si se pre- tende que cante como es debido. "En resumen, me divorcié del "caballero" para casarme con un propietario terrateniente, que muy pronto se mató accidentalmente. -¿Lo amabas? -Un poco, durante algunas semanas. -Entonces, ¿por qué te volviste a casar? -No podía vivir decentemente con mi dote, y las muje- res distinguidas no tienen derecho a ninguna actividad remunerada3. Una mujer bonita y sin dinero está, por lo tanto, condenada al matrimonio. A falta de un buen parti- do, su libertad no va más allá de elegir los menos malos. -¿Engañaste a tu segundo marido? -Menos que al primero. Me interesaba la situación. -¿Seguías buscando ese famoso placer, del que preten- den que hace desmayarse de felicidad a algunas mujeres? -Nunca lo he encontrado. ¡Pero yo me desvanezco de felicidad sólo con tu presencia, Kaeso! Quedaba lo más delicado... -No alcanzo a entender por qué te casaste con mi pa- dre, que era tu tío. -Claudio acababa de desposar a su sobrina Agripina, y nosotros aprovechamos la oportunidad de halagarlos. Un asunto que fracasó en parte. Marco sólo consiguió llegar a ser miembro del colegio de los Arvales, posición que fue incapaz de explotar. "Se trataba, desde luego, de un matrimonio blanco, cosi que me da el derecho moral a amarte, ¿no? -¿No te acostaste nunca con mi padre? ¿De verdad? Marcia hizo una señal negativa con la cabeza. Kaeso se sentó de la impresión. Los sentimientos Marcia tomaban de repente un cariz completamente distifl to: la paralizante idea del incesto se esfumaba. Materializando su ventaja, Marcia se irguió y se apoder6 de la mano de Kaeso, que estaba frente a ella. Pero él retiró en seguida. -No me dices toda la verdad. Tanto mi hermano M9.I' 3. Exceptuando a algunas mujeres médicos. (N. del A.) co como yo nos acordamos de una época en que nuestro padre gritaba a la puerta de tu alcoba, y bien sabemos que a veces llegó a entrar. -¡Qué memoria! Yo no me acordaba de eso. Si, pen- s~ndolo bien, quizás cedí cinco o seis veces a ese marido formal, ¡pero lo hice por tu hermano y por ti! -Explicame eso... --En los primeros tiempos de matrimonio, como voso- tros dos pudisteis juzgar, tu padre se ponía frenético, a pe- sar de las renovadas promesas, y tales escenas os aterraban. Al precio de algunos breves abandonos sin consecuencias, yo os aseguraba el sueño y la paz. ¿Acaso crees que disfru- taba del lance? -¡Qué amor sentías ya por esos dos niños! -¡Gracias por reconocerlo! "Siempre me han gustado los niños. No puedo pasar cerca de un vertedero donde se desgañitan los críos sin que se me oprima el corazón. Pero no quise tener hijos de mi primer marido, porque no lo amaba en absoluto. Y no qui- se tenerlos del segundo porque no lo amaba bastante. Evi- dentemente mi matrimonio con Marco estaba destinado a la esterilidad. Y tampoco quiero hijos de Silano -en el du- doso caso de que él todavía fuera capaz de engendrar uno- para proteger mejor tus derechos a la herencia. "Durante mi unión con Marco, tuve a mi cargo a los hi- jos que me habría gustado engendrar. ¿Cómo no cobrarles afecto? -¿En qué momento empezaste a sentir por mí algo más fuerte? -Cuando comencé a tener celos de la pobre "burrita" de nuestra popina, creo. Nada como los celos para aclarar las cosas. Kaeso reflexionó y dijo prudentemente: -Durante tu matrimonio blanco... o gris con mi padre, Supongo que no renunciaste a tener amantes... -Supones bien. -Sin duda, te aportaban algunos placeres superficia- les... -En algunas ocasiones... -¿Y aparte de esas ocasiones? -¡Seguía haciendo el amor por ti y por tu hermano! - ¡Todavía! -Marco y yo conocimos largos años en los que el dine- ro escaseaba, cuando no faltaba del todo. A menudo estuve a punto de abandonar aquella casa insoportable, pero tú me mirabas con ojos confiados, y yo desfallecía. ¡A veces fo teníamos ni para alimentar a los esclavos! Un día tuvi- Iflos que poner en la calle a una esclava enferma y a un im- 270 271 pedido. Un edicto de Claudio acababa de decidir el liberta. miento de oficio en ese caso, pero temo que aquellos esclavos se murieran rápidamente de hambre. La bolsa es~ taba vacía, los esclavos alzaban los suplicantes hacia mi, mientras Marco volvía la cabeza. F~ntonces sabia lo que teníaqu é hacer. -¡Todo eso es positivamente admirable! Pero, en fin, las finanzas terminaron por mejorar y no te faltaron amail.. tes por esa causa. ¿Eras tú la que vi por casualidad en las termas nuevas de Nerón? -Las mujeres, Kaeso, nunca han sabido distinguir entre lo necesario y lo superfluo. Además, ¿cuál es la diferencia entre poner las piernas al aire por cien o mil sestercios? ¡O por mil millones de sestercios, con alguien como Si- lano! -¡Seguro que la diferencia está en la suma y no en las piernas! Supongo que reclutaste a esos beneficiosos aman- tes en ambientes de lo más variado. -Desde luego. Los vínculos discretos con hombres ri- cos son, a menudo, decepcionantes. Con esa gente hay que brindar mucho tiempo, satisfacer muchas exigencias, saber conformarse con regalos dificilmente negociables. Un cier- to nivel de elegancia es enemigo de una prostitución fruc- tífera -salvo excepciones bastante raras. Así que, cuando el dinero líquido brillaba cruelmente por su ausencia, a ve- ces me iba a cazar a un salvador en las termas nuevas de Nerón o bajo un pórtico del Campo de Marte, temiendo que algún chulo celoso de sus prerrogativas me descubriera y me moliera a palos. ¡Cuánto te amaba, Kaeso! -¿De ahí provenían las comodidades que pude disfru- tar? -En sus dos terceras o cuatro quintas partes... -¿Y Silano está al corriente? -Lo tiene muy claro y le da igual. -¡Qué hombre tan sensato! -Una sensatez muy a tu alcance. Kaeso p onderó un instante aquella hermosa franqueza- Marcia había tomado heroica decisión de no disimular nada, en la duda de poder mentir durante mucho Y esa humillación en la que se estaba revolcando le daí-,a Kaeso, en el fondo, un motivo conmovedor para levantad¡ con afecto. -Creo que debo darte las gracias -dijo-. Has hech por mí más aun de lo que creía... ¡Y hasta de lo que dese b a! De todas maneras, me siento un poco abrumado an~ la perspectiva de suceder a tantos maridos, amantes o SuRI píes clientes... -¡Pero todos esos hombres, Kaeso, pasaron sobre t como el agua sobre las plumas del pato! Ya los he olvida- do. ¡Nunca los amé, nunca amaré a nadie más que a ti! -Hay uno, ay, que yo no puedo olvidar, porque preten- de adoptarme pronto. -Sil ano posee una mentalidad muy abierta. Ha tenido montones de esposas, queridas, favoritos... -¡Pero no me adopta para que me acueste con su mujer! -Si un día se encontrara ante el hecho consumado, probablemente cerraría los ojos. Los hombres distinguidos son notablemente talentosos para hacer de cornudos con dignidad. -¡Te desafío a informarle de tus intenciones antes de que me adopte! -¿Por qué correr el riesgo cuando una de las primeras fortunas de Roma está en juego? Kaeso volvió a reflexionar y dijo: -Cada cual está hecho a su manera. Hay cosas que se pueden hacer, otras que no. Me resulta imposible dejarme adoptar por Silano en tales condiciones. Y lo digo: es por mí antes que por él. -Entonces, admitiremos que no ha pasado nada, que Selene no me ha escrito esa hermosa dedaración de amor. Y como la mía es el resultado de un abuso de confianza, me parece que estoy capacitada para retirarla. Así que déja- te adoptar como estaba previsto, y ya no tendrás que te- mer mis asiduidades. Para asegurarte una fortuna semejan- te, no me importa hacer un sacrificio más. ¿Acaso no estoy acostumbrada? -Desgraciadamente, Selene ha escrito y yo te conozco ahora casi tan bien como tú me conocías antaño. ¿Cuánto tiempo odrías esconder, en el curso de una vida en co- mún en ¶~a casa de Cicerón, en Tarento, en Bayas o en otra parte, esa celosa pasión que a veces se refleja incluso en tu mirada? Y ahora que sé que no has sido la verdadera mujer de mi padre, ¿cuánto tiempo podría yo mismo resistirme a tu inteligencia y tus encantos? -Si rechazaras la adopción, ¿tendrías menos escrúpulos en engañar a Silano? La pregunta cogió a Kaeso desprevenido; y su vacila- ciÓn fue evidente. -Creo -declaró por fin- que todavía tendría escrúpu- los. Silano ha prodigado tantas bondades conmigo... -¡Porque yo se las he prodigado a él! -Tu habilidad no le retira todo el mérito. Marcia dijo alegremente: -Para librarte de todo escrúpulo, sólo hay una solu- ción: te haces adoptar, yo me divorcio de Silano, y caemos uno en brazos del otro. ¿Qué dices? 272 273 -Digo... que una combinación semejante aún desperta- ría en mí algún escrúpulo y, sobre todo, que no admitiré nunca que renuncies por amor a tan brillante posición. -¡De todas formas renuncio a ella! Ypara disipar tu úl- timo escrúpulo te haré una última y honrada proposición: y o me divorcio por mi parte, tu desdeñas la adopción por la tuya. ¿Qué obstáculo nos separaría entonces? Tras un penoso silencio, Marcia se deshizo en lágrimas: -Ya veo que no me amas -exclamó entre sollozos-. ¡Eres el único hombre sobre la tierra que no me desea! Pasado el primer torrente, Kaeso precisó: -Al contrario, te deseo, hasta el punto que tu cuerpo de diosa obsesiona a menudo mis noches. Pero has desem- peñado durante tantos años el papel de madre ejemplar, que mi deseo tropieza con una barrera. Hay dos mujeres en ti, y como sólo puedo acostarme con una de ellas, tengo que acostarme en otra parte. Ni tú ni yo tenemos la culpa. Y a pesar de todo estoy tan poco seguro de mí mismo que, de convertirme en el hijo de Silano, temo sinceramente ceder. -Entonces, ¿qué vas a hacer? -¡Oh, qué sé yo! -dijo Kaeso con desesperación-. Es- toy como en el fondo de un pozo... Había llegado el mediodía, como testimoniaban los amor~ tiguados rumores que subían de la Ciudad. El trabajo había sido abandonado, y las herramientas descansaban esperan- do que la siesta anestesiara a los hombres. Como Kaeso, con los nervios de punta, pretendía retirarse, Marcia se afe- rró a su toga, con gran desorden de palabras y ropas, supli- cándole que la poseyera al menos una vez, en recompensi por tanto sacrificio. La súplica era tanto más conmovedora cuanto que no la provocaba el deseo de un placer cualquie- ra. Esta mujer, a la que ningún amante, ningún marido ha.~ bia sabido colmar, sabía muy bien que los goces más hofl~ dos y turbadores no eran todavía para ese momento. S4 quería oír latir su corazón como nunca había latido. Pero Kaeso repetía: -¡Déjame, déjame, te lo suplico! ¿No ves que hoy n puedo? En otra ocasión, quizás... Kaeso terminó por lib erarse y escapar, dejando, en lucha, su toga a Marcia, como el símbolo irrisorio de poco que podía ofrecerle. VIII Por el camino, la situación se le presentaba a Kaeso con espantosa claridad. Adoptado por Silano estaría expuesto a las más seduc- toras atenciones de Marcia, y no era obvio que pudiese li- brarse de ellas huyendo. Uno no suele escapar sin un buen pretexto. Si no se dejaba tentar, Marcia, reducida a la de- sesperación, sería capaz de un terrible estallido. Si sucum- bía, ya no podría mirar a Silano a la cara y se arriesgaría a ~ ue, tarde o temprano, éste lo descubriera. Cuanto más ro- eadas de esclavos estaban las matronas romanas, más tra- bajo les costaba engañar a sus maridos sin que ellos lo su- pieran. En la alta sociedad, sin duda, muchos cónyuges llevaban una vida independiente a base de tolerancia e in- diferencia mutuas. Pero resultaba evidente que Silano to- davía estaba enamorado, y era muy capaz de seguir están- dolo por mucho tiempo. Sin embarro~ las leyes de Augus- to, que castigaban el adulterio con a de ortación, seguían en vigor'. Por teóricas que hubieran poBdo parecer desde su promulgación, fuera cual fuese su grado de desuso, un imante desafortunado o una mujer adúltera seguían ex- puestos a la venganza del marido empeñado en reclamar sus derechos. E incluso si alguien como Silano, por temor s.l ridículo, no llegaba a esos extremos, el esposo ultrajado o carecía de medios para sancionar una traición tan infa- Pues sería su propio hijo, guardián del culto familiar, ~I que habría introducido el deshonor en su casa. También había manchas oscuras en el árbol genealógico Silano; demostraban que, a fin de cuentas, una adopción rnejante conllevaba algunos riesgos. Cuando los julio-clau- Los se exterminaban, la humilde oscuridad de sus parientes amigos no protegía forzosamente a éstos de la suerte de >8 señores. Se torturaba a los libertos y esclavos para engro- las actas y las peores sospechas no respetaban a nadie. 1. ¡Augusto había llegado a decretar que los cornudos com- Lcientes serían perseguidos por proxenetismo ilegal! (N. del A.) 274 275 En cuanto a decirle adiós a Silano para vivir en una nube rosa con una ex-madrastra divorciada una vez más, era algo que no entusiasmaba mucho a Kaeso. Tenía ganas de disfrutar libremente de la existencia. Caer bajo la férula de una Marcia posesiva y celosa no seria una excursión de placer. Aquella mujer, que ponía una viva inteligencia al servicio de sus designios y pasiones, ejercía un extraño do- minio sobre todos los que se unían a ella. Marco apenas había contado. Silano se había sometido. ¿De cuántos hombres no habría cogido lo que le interesaba, ya fuera matrimonio, menudos placeres, sentimientos o dinero? Acostumbrado a obedecer, a dejarse influenciar en tanto que hijo amante, confiado y sumiso, Kaeso sólo entraría en la alcoba de Marcia para verse exprimido gota a gota. Ella pretendía obtener de él los grandes placeres que nunca ha- bía conocido, y, siendo también alumna de la escuela de Arria, lo enviaría al baño más a menudo de lo normal. Kae- so no estaba maduro para una esclavitud de ese tipo. Además, no se puede vivir en una nube rosa sin dinero. Acostumbrada a ciertos lujos que le gustaban muchísimo y eran cada vez más necesarios para la conservación de su belleza, la maternal querida de Kaeso pronto volvería a Sa- crificarse por él bajo algún pórtico. ¡Ya había comido bas- tante de aquel pan amargo y vergonzoso! Y en vista de la diferencia de edad, ¿cuánto tiempo, de todas maneras, podría durar una relación tan apasionada? Kaeso había visto a algunos hombres importunados por queridas envejecidas y gritonas... La misma naturaleza hu- mana predecía el naufragio. Si, Kaeso tenía que romper, desgarrarse el corazón para sobrevivir. Empero, necesitaba a Marcia. La perspectiva de no verla más le hacia sufrir. ¡Había velado por él durante años con una constancia tan atenta y tan rara! ¿A quién di- rigirse en adelante para que iluminase y dirigiese sus días? Kaeso se sentía cada vez más huérfano. Coronando esos problemas se alzaba, además, una difi- cultad de orden práctico, que incluso parecía insuperable en un primer analisis. Era absolutamente necesario renun- ciar a esa adopción, pero, para hacerlo, había que sumini5 trarle a Silano una razón enteramente convincente. Uno no se priva de mil millones de sestercios con un pretexto 05- curo o fútil. Si Kaeso no argúía ningún motivo, o si su mo- tivo no era creíble, Silano, ofendido y desconfiado, se pon- dría a reflexionar; y dada su natural agudeza, sus reflexio- nes amenazarían con conducirlo a la verdad, una verdad que haría que Marcia lo perdiera todo. Divina sorpresa: Marco el Joven, como enviado por lol dioses, es era a a Kaeso delante de un pequeño templo ea ruinas, cerca de la ínsula familiar, un poco apartado de la callejuela que llevaba a ella. Kaeso reconoció al pasar las anchas espaldas de su hermano, que en aquel momento estaba ocupado en regar el muro del edificio, bajo una ms- cripción no obstante perentoria: DUODECIM DEOS ET DIANAM ET JOVEM OPTIMUM MAXI- MUM HABEAT IRATOS QUISQUIS HIC MINXERIT AUT CA- CAVERJT (¡Que la cólera de los doce dioses y Diana y Júpiter el Muy Bondadoso y Grande persiga a quienes ori- nen o defequen en este lugar!) Marco, polvoriento del via,je, todavía llevaba la coraza, y con desenvoltura militar había desdeñado los medios tone- les o las desportilladas ánforas dispuestas en las encrucija- das para ese fin. Kaeso le tocó en el hombro y ambos se abrazaron. Mar- co disfrutaba de un permiso imprevisto: le habían encarga- do despachos particularmente importantes destinados al cuartel general de los frumentarios, y tenía licencia para pasar oc o ías en Roma. El joven tribuno parecía inquie- to, preocupado, y había acechado a Kaeso para pedirle no- ticias lejos de la presencia de su padre. Los dos jóvenes fueron a sentarse a una mesa del jardín de una pequeñapopína, bajo un verde emparrado; el mayor pidió vino fresco, y Kaeso reveló a su hermano con todo detalle hasta qué punto eran justificados los funestos pre- sentimientos que éste había alimentado en su exilio, sin ocultarle nada de cuanto le angustiaba -excepto la prosti- tución de Marcia. Pero, ¿qué hubiera podido decir sobre este tema que Marco el Joven no supiera ya? -Sospechaba que Marcia había ,puesto los ojos en ti -dijo Marco-. Todo el mundo, mas o menos, lo notaba en la casa. Tú eres el único que no se daba cuenta. Una mujer profundamente enamorada no puede esconder inde- finidamente su juego. Incluso si calla, todo lo demás habla flor ella. Sí, Marcia te adora. -¿Pero por qué tiene que ser eso un inconveniente? -Acabas de decirme que nuestra madrastra era hija del ~ío Rufo y prima hermana nuestra, pero que nunca com- artió el lecho de nuestro padre. Por lo tanto, práctica- lente no hubo incesto entre ambos esposos, de donde se sprende que tampoco lo habría si Marcia se convirtiera tu amante. Así que tienes todo el derecho del mundo a Eonsiderarla bajo un nuevo punto de vista en el caso de ~iue una relación semejante te parezca agradable o ventajo- 276 277 sa. Tengo el deber de hablarte de todo esto como amigo no como hermano... -¿Quieres decir que si estuvieras en mi lugar, tendr~. de todas formas, dudas y repugnancias instintivas? -Ya éramos mayores cuando Marcia nos confesó que era nuestra madre por elección y no por naturaleza, y nos presentó la cosa de tal manera que nos sentimos filialmen te conmovidos. Cierto que es difícil pasar de la madre a la amante sin transición. Pero un poco de tiempo arregla mu- chas cosas... "En todo caso, hay un hecho seguro: Marcia es muy se- ductora, te quiere bien, y su amor ha demostrado ser efi- caz. Si haces que se desespere, temo horribles desgracias. Una mujer rechazada es capaz de cualquier cosa. -Y si me obligo a colmar sus esperanzas, ¿de qué sería capaz Silano? -Todavía no es cornudo, aún no sabe que lo ha sido, y no creo que la noticia lo volviera muy peligroso. No sería la primera vez, si atendemos a los rumores, que Silano co- nociera un infortunio semejante, y hasta el momento ha mostrado ser de buena pasta. -No había adoptado a los amantes de sus otras espo~ sas, que además no estaban a cargo del culto familiar de sg geus. -La religión de alguien como Silano es para el Foro En cuestiones de piedad, en tales familias lo que no es ofi- cial no cuenta. -Silano ama a Marcia. -Como puede amar un hastiado que ha conocido t los placeres. "Imagina por un momento que, por escrúpulos, desdo~ ñas esa extraordinaria fortuna que los dioses te traen com por casualidad. Imagina también que te encuentras a Si1ai~ en el Foro dentro de un siglo o dos y que le informas de noble conducta. E imagina, para terminar, que Silano contesta: "¡Qué tonto has sido! ¡Me habría sentido tan compartiendo a Marcia contigo! A mi edad, a uno le gu~ los triángulos". ¿Qué argumento presentarías entonces, que sales de entrelos sofistas, en tu defensa? -¡Me duele oírte! ¿Tú te revolcarías por algunos sest0 cios con nuestra Marcia y ese vejestorio? -¡Sí, me temo que por cientos de millones de se cios sí! Marco yació su copa y añadió, con la mayor seriedad mundo: -No soy un gran filósofo, Kaeso, pero voy a de algo sensato: no tenemos ni idea de a dónde iremos vez muertos, ni siquiera si iremos a alguna parte. Así quc mis ojos, sólo hay una moral razonable: la del éxito. Se puede tener éxito en detrimento del Estado o en detrimen- to del prójimo, cosa que yo no recomendaría, pues el inte- rés general, el de todos y de cada uno, se resiente. ¿Pero qué mal habría en revolcarse en compañía de un mecenas Reneroso y de una mujer sacrificada? Es el sueño de todos los jóvenes ronianos de hoy en día. Después de todo, en lo que a la sangre concierne, Silano no es más padre tuyo que Marcia tu madre. He notado que todos los hombres ilus- tres, en un momento u otro, tuvieron que poner algo de su parte para triunfar en la vida. -Pero no Catón de Utica. -¡El sólo llegó al suicidio! Tampoco soy competente en materia de fe, pero me llama la atención una evidencia: en nuestra buena y vieja religión romana, los dioses se han multiplicado a tal punto que cada actividad humana, cada vir u e incluso cada vicio pueden encomendarse a la pro- tección de una divinidad. Las hay para los militares, para los gladiadores, para los enamorados y para los ladrones. Esta visión me parece muy profunda. Ya en La Ilíada, que tanto hemos estudiado y que tú conoces mejor que yo, los dioses adoptan los intereses humanos más prosaicos y con- tradictorios. Lo importante, para el hombre piadoso, ¿no es ponerse bajo la advocación del dios más útil, que mejor proteja de los golpes y le asegure una buena fortuna? De esa forma, si hay dioses, siempre encontrarás la horma de tu calzado. Y si no los hay, ¿no puedes, con mayor razón, seguir tu estrella a tu albedrío? -Tu sentido común me espanta. Yo tengo otro con- cepto de la moral. -Entonces no es un concepto romano. ¿No habrás sido nfectado por alguna superstición oriental? -Ni siquiera eso. Debe de ser que, a falta de estrella vi- sigo las inclinaciones de mi naturaleza. -¡Tus inclinaciones no favorecen mucho mi ascenso! -dijo Marco riendo-. ¡Me veo tribuno durante mucho empo! Evidentemente, esa risa forzada ocultaba una real y legí- ~inia inquietud. Decepcionado y herido, Kaeso continuó: -No puedo hacerme a la idea de que Marcia se acueste n Silano por interés hacia mi carrera. Y no me acostaré Marcia por interés hacia la tuya, mientras Silano nos imbra con una vela -incluso si el papel le gustara, hipó- ~5is ésta nada segura. Y si ese patricio tuviese una idea de- ente del matrimonio, el progreso de ambos se encontraría Litivamente comprometido. A veces, la antigua moral 9 también la vía de la prudencia. 278 279 La atmósfera de la ligera comida familiar fue bastante tensa. Una sombra pesaba sobre ella, a pesar de la alegría suscitada por la visita de Marco el Joven. Todo en la casa, desde el reloj hasta el menor mueble, recordaba a Kaeso los múltiples y discretos sacrificios de Marcia. Todo era sospechoso y sucio. Y la cara satisfecha del padre cobraba una nueva profundidad de abyección. A la hora de la siesta, habiendo salido su hermano a co- rrer tras las muchachas, Kaeso retuvo aparte a Selene en el falso atrio, expuso en detalle -pero sin hablar de las retri- buidas debilidades de Marcia- el dramático éxito de su ar- timaña, y pidió consejo otra vez. ¿Qué buena y honorable razón podría presentar ahora para no seguir con el proyec- to de adopción? Selene, al contrario que Marco el Joven, no hizo ningún esfuerzo para convencer a Kaeso de que se píeg ase a las exigencias de su madrastra, como si la estoica abstención del joven le pareciera normal en semejante situación. Al fi- nal lo arrastró hasta su propia alcoba y sácó de un cofre un grueso tomus de pergamino amarillento, que le prestó con este comentario: -Soy judía. Esta es la Biblia de los Setenta, el Libro Sa- grado de mi religión, una traducción griega ya antigua del reo original. Sumérgete en este texto y suspende por un tiempo todos tus asuntos. En él encontrarás lo que hay que decirle a Silano para librarte de esa trampa tendida a tu honor, y sin que ninguna sospecha pueda rozar a tu Marcia. Si no encuentras por ti mismo, yo te ayudaré. Profundamente sorprendido, Kaeso se retiró a su alco- ba y emprendió animosamente la tarea de recorrer el ex- traño libro. En materia de judíos, la ignorancia de la mayor parte de los romanos era prácticamente total. Se sabia que ese pueblo dificil y sombrío se había extendido por todas partes, que llevaba de buena gana una vida aparte, y que su religión era de las más originales. Pero, de ordinario, no se distinguía ni la naturaleza ni el alcance de esta originalidad. Y a la desdeñosa y desconfiada ignorancia se sumaban las difamaciones y calumnias extravagantes, como ocurre cadi vez que una secta pretende aislarse de un mundo que no está dispuesto a admitirla. Kaeso se sentía muy desconcertado por la historia apa- rentemente legendaria de las relaciones entre un dios y pueblo que había elegido entre tantos otros, y no enten a primera vista lo que podía anunciarle tal revoltijo folk rico. Además, le estorbaba en su lectura un niño que ger en el vertedero del callejón. Al menos los niños de inviel no se callaban con bastante rapidez. Los niños de primav< ra, en cambio, duraban mucho. 280 De todas maneras, algunos puntos merecían cierta aten- ción... El dios de los judíos se presentaba en primer lugar como el dios de toda la humanidad, creador de la luz, el cielo, la tierra y las aguas, el hombre y todo cuanto existía.. Por cierto 9ue había allí una idea nueva, de un evidente al- cance filosofico, y tan sencilla en suma que uno habría Po- dido preguntarse por qué los griegos, que tanto reflexiona- ban, no habían sido capaces de darle una forma y un destino mejor. Desde la Galia hasta las Indias, todos los dioses se hallaban prácticamente trabados en la materia, prisioneros del espacio y del tiempo como los peces de Si- Tano en una piscina. El mismo Platón no había ido más allá de una metempsicosis panteísta que velaba el problema fundamental: ¿por qué hay algo y no nada? Y superponer a familias de dioses ambulantes un misterioso Cronos o una oscura fatalidad no era una respuesta aceptable. El dios ju- dío era coherente: si había creado la materia, también ha- bía creado el tiempo y el espacio -que podría aniquilar cuando quisiera, puesto que el hombre sólo concebía el tiempo y el espacio vinculados a una materia que permitía fragmentarlos. Según el vocabulario de la filosofía, un dios "trascendente" sucedía a dioses "inmanentes". Y un dios trascendente era obligatoriamente único. Todo eso se sos- tenía bien. La explicación de la presencia del mal en el mundo a causa de[ pecado original y la caída era interesante, y se justificaba por el hecho de que un hombre creado a ima- gen de dios, es decir, soberanamente libre, debía ser ca az de hacer el mal sin que dios fuera considerado responsab le. Además, no era el pecado original el que se transmitía de generación en generación, sino una inclinación al mal, que causaba estragos morales infligidos a la humanidad por el asiduo ejercicio de todos los pecados posibles. Sí, el hallaz- go era ingenioso. ciic~~ciadamente~ pronto se caía en una red de contra- Abraham, un tipo cualquiera que por su nacimiento no era judío del todo, era de pronto llamado a tener descen- ciencia: un numeroso pueblo judío que el dios de la huma- nidad, no se sabe muy bien por qué, tomaba entonces bajo su protección especial. El dios de la humanidad, que había empezado tan bien, disminuía curiosamente su camp o de Solicitud. Pero los judíos no se reducían a la descendencia este Abraham, circuncidado solamente en la víspera de centenario, con todos los suyos: incluso los esclavos Comprados a extranjeros habían sido circuncidados en esa Ocasión. Desde el principio, el judío se revelaba difícilmen- 281 te definible. O, al menos, la única definición posible era de naturaleza religiosa: un judío era un individuo circunciso y sobre todo creyente en Yahvé: su raza era más que dudosa. Y además, Kaeso tenía que leer, seguidamente, que los ju- dios se habían apresurado a poblar su harén de muchachas o cautivas de todos los origenes. La descendencia de Abra- ham era de orden mítico. Había muchos más circuncisos alógenos que progenitura del patriarca, quien de todas ma- neras -y para colmo de paradojas- había engendrado a sus propios hijos antes de sufrir la circuncisión. Yendo más lejos, Kaeso encontró una catarata de regla- mentos; los había de todos los colores. Los dos decálogos del Exodo y del Deuteronomio te- nían cierta talla -aunque proscribieran de forma aberrante la escultura y la pintura. Pero la distinción entre animales puros e impuros era completamente peregrina. ¿Por qué eliminar al camello, al preciado cerdo, la sabrosa liebre, el inocente caracol, los peces sin aletas ni escamas, los aves- truces, las garzas o las cigñeñas? ¡Ese Yahvé era un extraño cocinero! Había muchas otras prescripciones fútiles o extravagan- tes, como las de capturar a los pajarillo s recién nacidos sin tocar a la madre, no mezclar el lino y la lana o coser cuatro borlas a la fimbria de los vestidos. Y cuando uno llegaba a los castigos, caía en la locura furiosa más primitiva... Se castigaba con la muerte, en completa arbitrariedad: 1) A los judíos que abandonaran a Yahvé por un dios extranjero (¡afortunadamente, ahí estaba la tolerante Roma para proteger a esos imprudentes!). 2) A los toros que cornearan a alguien. 3) A las mujeres casadas y sus amantes. 4) A la novia y su amante, si el amante y el novio no fueran la misma persona. 5) A la muchacha llegada al matrimonio sin la virgini- dad de rigor y a las hijas de sacerdote que se prostituyeran. 6) A los sodomitas, los invertidos y los magos. 7) A los hombres y a los animales, o a las mujeres y a los animales que hicieran animaladas. 8) A las relaciones culpables entre un hombre y SU madre, hija, suegra, nuera, cuñada, hermana o tía. 9) El hecho de desposar conjuntamente a dos herma- nas, o bien a una madre y a su hija. 10) El hecho de acostarse con una mujer durante sus reglas. Este segundo Decálogo estaba menos logrado que el primero, que parecía expresar ciertas virtualidades profun- das. Yahvé, tan aficionado a prohibiciones sexuales más o menos extraordinarias, parecía haber descuidado algunos puntos~ como las relaciones entre tíos y sobrinas, entre pri- mos hermanos o entre lesbianas. Uno se preguntaba tam- bién si estaba permitido sodomizar a una mujer, durante ~sus reglas o fuera de ellas. Si Yahvé no lo determinaba, ¿cómo saberlo? Un poco desanimado, Kaeso precipitó la lectura. La his- toria de los enredos de los judíos con su dios era bastante fatigosa, cual una obra de teatro donde se repitieran perpe- tuamente los mismos efectos. Kaeso se puso a sobrevolar siglos, salmos y profetas, y finalmente el libro se le cayó de las manos... El niño del vertedero también se había desanimado, con menos suerte que Job. El precepto del Decálogo, "No ma- tarás", ¿concernía a esos pequeños seres, cuyas sensaciones tenían, sin duda, algo de animales? El caso era que, si se les dejaba vivir, se convertían fácilmente en hombres. El dios de la biblia, que recomendaba el exterminio de los niños para conservar sólo a las vírgenes en las ciudades asaltadas por bandas de judíos feroces (quienes se diver- tían después cocinando a sus prisioneros en hornos de pan), ese dios debía, sin embargo, prohibir la muerte de los niños judíos, puesto que su ojo infinitamente pene- trante condenaba y a en Onán la vieja técnica contracon- ceptiva de la marc a a rás, que los romanos practicaban a cual más y mejor con alegre animación2. Pero si hubiera 2. A los romanos les apasionaba la contracepción, y los tex- tos médicos aluden a multitud de métodos, unos ineficaces y más o menos peligrosos, otros eficaces pero siempre muy peligrosos. Estos métodos sólo conciernen a las mujeres. El primer texto la- tino que menciona la práctica del coitus interruptus se encuentra, por lo que y o sé, en la Vulgata de San Jerónimo, a propósito del asunto de O nán. Empero sería de lo más inverosímil que los ro- manos no se hubieran ejercitado en semejante práctica, conocida desde la salida del Paraiso terrestre. El silencio de los textos so- bre el tema podría deberse a dos motivos. Por una parte, los mé- dicos calla ron porque el coitus interruptus no hacía intervenir nin- ~un medicamento. Por otra parte, la literatura latina es mascu- lina, fácilmente obscena, pero muy púdica en todo cuanto tiene ~ ue ver con las relaciones sexuales en el matrimonio, tema tabú. ora bien, sólo en el marco del matrimonio podía tener el hombre egoísta una razón para tomarse molestias en detrimento de su natural orgullo. Pequeña receta contraceptiva romana: darle de comer al hom- bre distraído el pez llamado rémola. Adhiriéndose al casco de los barcos, este pez frena la marcha de aquellos: en consecuencia, debe frenar el avance del esperma. (N. del A.) 282 283 sido necesario someter Roma a las reglas de la moral judía no habrían quedado ni doce no-judíos con vida, entre las cenizas de las hogueras y los cadáveres de los lapidados. Mientras el grueso Marco retozaba con su Selene en las termas de la casa, Kaeso recibió la sorprendente visita de Capreolo, ansioso de hablarle en secreto. Para mayor segu- ridad, Kaeso le invitó a beber algo fresco en el jardín de la popina en la que ya había hablado con su hermano antes de almorzar; Cap reolo le dijo: -Tu madrastra Marcia me hizo llamar con urgencia ha- cia la hora octava; vengo de su casa. Me ha dicho que vues- tra esclava Selene había cometido contra ella el más abo- minable de los crímenes, pero que no podía seguir el F1rocedimiento legal para hacerla crucificar o arrojar a las eras, y que me estaría agradecida por degollarla a la pri- mera oportunidad. Me ofreció por hacerlo una fortísima suma, en proporción con esa maravillosa casa del Palatino. Le he contestado que la hubiera complacido ~ustoso, pero que yo soy judío, como la esclava en cuestion, que entre judíos uno no se mata sin serios motivos, y que experimen- taría un gran alivio si le encargase el trabajo a otro. No ha insistido y ha ordenado que me dieran doce mil nummi en pago por mi discreción. Pero, después de todo, esa esclava es vuestra y tú me salvaste la vida la noche de tu investidu- ra de toga. He pensado que la obligación de callar no te in- cluía a ti. Kaeso estaba espantado por la crueldad de Marcia y por su rapidez para actuar. Arrastró en el acto a Capreolo hasta la ínsula, le dio doce mil sestercios de los quince mil que le quedaban, y escribió rápidamente la siguiente nota, de la que leyó las cuatro primeras frases al gladiador antes de sellar: "Kaeso a Marcia, ¡salud! "Capreolo te devuelve honradamente tus sestercios, ha- biendo juzgado, tras reflexionar, que tal vez el asunto me concerniese. Estás logrando que quiera a Selene cada vez más y no consentiré que la toquen. Capreolo, que se halla igualmente bajo mi protección, sólo se ha con fiado a mí y no dirá una palabra. Si por tu culpa les ocurriera algo a 5e lene o a este muchacho, dejaré de amarte y de verte. ¡Qué el dolor no te extravíe! ¿Acaso no sabes hasta qué punto lo comparto? "Cuidate y conserva, no obstante, todo tu afecto por mi." Kaeso había redactado la nota en su alcoba, mientras Capreolo miraba la biblia con curiosidad. Después de ha er agradecido la enerosidad y protección del muchacho, tomó la liberta de abrir el libro y hacer una halagueña iservación sobre la nitidez y claridad de la grafía de los ¡stas. Los escribas judíos de las escrituras sagradas esta- an muy preparados. Kaeso explicó que era un préstamo de Selene, añadió ~e acababa de recorrer una buena parte de la obra, y -Tu dios único no bromea con las historias de cama. ntre vosotros se lapida y se quema por un quitame allá esas pajas! -Si, somos el pueblo más virtuoso de la tierra -dijo destamente Capreolo- y los judíos de la pequeña isla Africa donde yo nací, completamente llana, pero jalona- de hermosas palmeras, son piadosos entre los más pia- 'sos. -¿Cómo pueden soportar semejantes exigencias mora- con las terribles sanciones que entrañan en caso de de- ilidad? -En primer lugar, no todas las debilidades se castigan on la muerte. Un judío, por ejemplo, puede menear las ca- sin atraer sobre sí represalias inmediatas, a condición e que lo haga a solas y no invite a amigos charlatanes. -¡Es, por cierto, un magnífico ejemplo de liberalismo! ~sulta casi inquietante. Pues un dios severo y justo, que ra por sí mismo toda la legislación hasta en sus meno- ~s cietalles, no debería dejar pasar nada. -Nuestro Dios es también un Dios de bondad. Pero ay otras implicaciones. Las penas contra el adulterio sólo ctan a la mujer casada -o prometida- y a su cómplice. trato con prostitutas no entra en la competencia de las es. Cuando sitiamos la ciudad de Jericó, cuyas murallas ían desplomarse al sonido de nuestras trompetas, los >ías de Josué habían encontrado asilo en casa de una va- ente prostituta, que además fue recompensada junto con ~da su familia. -Yahvé hizo incluso por ella un milagro particular. Me iedé sorprendido al enterarme de que la casa de Rahab a contra la pared de las murallas y que ella misma se Ojaba allí.~ Por la gracia de Yahvé se es lomó todo salvo burdel. -¡Tú les darías cien vueltas a nuestros rabís! Sí, la stituta tiene derecho de ciudadanía entre nosotros. ~emás, si bien la poligamia ha caído poco a poco en de- So, los hombres conservan el privilegio de repudiar a su ujer y cambiarla a su antojo. -¡Eso es poligamia por sucesión! -¿Y cómo se podría vivir, si no? De todas formas exís- 284 285 te, desde luego, cierta tolerancia hacia las relaciones CO: las sirvientas, como en todas partes. -Ya veo. Con mujeres intercambiables, sirvientas y. prostitutas, los judíos serían muy viciosos si fueran a bus-. car más lejos acoplamientos contra natura. -Esa es exactamente nuestra opinión. Aunque tengo que precisar que el conocimiento de todas las sutilezas de. la Ley no está al alcance de cualquiera, que la piedad mis. alta es entre nosotros, fruto de la instrucción, que muchos pecan por ignorancia. Yo me encuentro un poco en ese caso. QueYahvé quiera absolverme! Selene salió del baño mientras Kaeso acompañaba a Ca- preolo, quien así pudo saludarla antes de despedirse. -Me llamo Isaac -le dijo- y puedes darg racias por ello a nuestro Creador. Cuando Capreolo se hubo ido, Selene le preguntó a Kaeso qué significaban aquellas palabras, pero el soslayó la pregunta para no alarmar inútilmente a a oven. La idea de que había faltado un pelo para que tanta belleza y fres- cura se tornaran polvo por la voluntad de una mujer enco- lerizada era angustiosa. Marco padre salió a su vez de las termas, con la mirada iluminada aún por el recuerdo del cuerpo desnudo de Sele- ne, e hizo seña a a esclava para que le siguiera. Hasta después de la cena -Marco el Joven seguía au- sente- no pudo Kaeso hablar con Selene de lo que tanto le preocupaba. Al caer la noche fueron a sentarse en un banco de piedra, ante el cercano templete en ruinas, hasta donde llegaba el rumor de los lugares más animados del Suburio. -Debo confesar -dijo Kaeso- que no he visto en tu biblia nada que fuera útil para mi caso. Contarle a Silano que estoy impresionado por las ideas judías no me daría un buen motivo para librarme de la adopción. ¿Qué le impof tan los judíos a alguien como Silano? -Se te habrá escapado el punto esencial. ¿No has leído que el nuestro es un Dios celoso y único? -Sí. Lo que los filósofos griegos llaman una "entidad metafísica trascendente". Su opinión, si mal no recuerdo, es que de todas formas no se puede extraer nada práctico de un principio incognoscible por naturaleza. Para ellos es filosóficamente un callejón sin salida, y sigo esperando que tú me demuestres lo contrario. -Lo contrario ya está demostrado, puesto que esa enti. dad le habló a Moisés y seis millones de hombres siguen SU' Ley. -Bien, ¿y volviendo a mi persona? -Puesto que este Dios es celoso, único, "trascendell te", utilizando tu erudita expresión, todos los demás dioses que se pasean por el mundo como en una risión idólatra ya no tienen existencia ni interés concebibl~es. El Dios ju- dío no podría sumarse a los demás dioses: los suprime y sustituye. ¿No te sientes capaz de explicarle eso a Silano, que es cultivado e inteligente y hasta de explicarlo en la lengua de los filósofos griegos, que dominas mejor que yo? -Ciertamente: es elemental. Pero, ¿y luego? -En consecuencia, un judío no puede ofrecer sacrifi- cios a un dios que no sea Yahvé. Los judíos son tan irre- ductibles en este punto que Roma ha tenido que conceder- les dispensa de hacer sacrificios a los dioses de la Ciudad, a ésta misma y a Augusto. Tienen licencia para sustituir los sacrificios por oraciones y son los únicos en el mundo que disfrutan de estas facilidades. Oran sin convicción por la prosperidad del emperador y del Imperio, pero sólo hacen sacrificios a su Dios nacional. "Así pues es obvio que si finges adoptar las ideas judías no puedes dejarte adoptar por un romano: te volverías in- capaz de mantener su culto familiar. Empero, según lo que tengo entendido, Silano debe de estar muy interesado en esta perspectiva. En gran parte, te adopta por esa razón. Como judío, tendrías un pretexto sólido y honorable para escabullirte, un pretexto de conciencia. Para los romanos, sin duda, los sacrificios sólo son formalidades, pero precisa- mente por eso tienen tanto interés en que se sucedan de generación en generación. ¿Qué les quedaría si las propias formalidades desaparecieran? Kaeso tuvo una especie de deslumbramiento. ¡El conse- jo de Selene era genial! De todas maneras seguía habiendo una dificultad... -La artimaña es de una extrema agudeza. Un pretexto de conciencia se discute tanto menos cuanto que es sor- prendente y metafísico, y es cierto que ninguna otra reli- gión puede ofrecerme una salida semejante. Pero si quiero que mi perfecta buena fe no pueda levantar sospechas, no debo limitarme a exhibir vagas simpatías por Israel. Tengo que parecer un verdadero judío. ¿Y cómo fingir una cir- cuncisión sin extremar la mala fe de manera realmente desagradable? -La circuncisión no es asunto de excesiva importancia... -A mi edad... -Abraham tenía noventa y nueve años. -Cuando uno ya esta chocho no parece tan impor- tante... -La operación es rápida, tu convalecencia te ofrecerá Un excelente motivo para retrasar la adopción y después te contrarás muy bien. 286 287 -¿Desde qué punto de vista? -Las matronas voluptuosas sueñan con p agarse escla- vos judíos, pues la retracción del prepucio, al mitigar lige- ramente las sensaciones en el transcurso del coito, retrasa, el derrame final. En la cama, el judío aguanta más tiempo que otros. Si te acuestas un día con tu Marcia, seguro que, te lo agradecerá. No era muy prometedor. ¡Esas mujeres, primero Arria y ahora Selene, parecían haberse puesto de acuerdo para transformar a Kaeso en una infatigable máquina de amor! El esclavo judío, sumergido regularmente en una piscina fría a fin de que conservase intactas sus fuerzas, era evi- dentemente el no va más. Kaeso titubeó durante un rato y terminó por inclinarse a lo inevitable. Estaba obligado, a pesar de los defectos de Marcia, a hacer cualquier cosa para desviar las sospechas de Silano. Selene añadió: -El tiempo apremia. Voy a escribirte una carta de pre- sentación para el santo homb re del Trastévere a quien con- fié mis cien mil sestercios. Se trata de un fariseo. Los fari- seos son los judíos más piadosos. Son los mejores conoce- dores de una Ley que siempre se las ingenian para torcer y retorcer al antojo de sus intereses o placeres. Y siempre le añaden sutiles desarrollos que proporcionan nuevas ocasio- nes de fraude. Pero nuestra Ley es tan fuerte que resiste con una constancia admirable. El fariseo siempre obedece- rá a su conciencia cuando no vea otra escapatoria, y es difí- cil exigir de un hombre algo mejor. Así que puedes otorgar toda tu confianza a rabí Samuel, a quien irás a ver mañ~ por la mañana. Completará tu instrucción y tal vez consi- derará un honor recomendarte a un buen cirujano. -¿"Tal vez"? -Lo que hace que se merezca líegar a ser judío es la su- misión a Dios. Tu sumisión es muy dudosa y Samuel cono-, ce el mundo. No obstante, me esforzaré por darle a mi cal-. ta el giro más hábil... Volvieron a la ínsula y Selene, en la intimidad de su al-. coba, trazó estas líneas en griego bajo la mirada de Kaeso: "Selene a rabí Samuel, muy respetuosos saludos. "Te recomiendo vivamente al joven Kaeso, hijo menor de mi amo Marco, senador y Hermano Arval. La madrastra de Kaeso se ha divorciado de Marco para desposarse c< D. Junio Silano, de la familia imperial. Es, pues, un muclU.~ cho de gran porvenir. Sin duda mi casta y modesta influefl cia ha servido para algo, pues Kaeso, como algunos otro romanos, ha estudiado nuestra Biblia con creciente simpl tía, y la mano de Aquel cuyo nombre no se osa decir lo ha sacudido hasta el punto de que ambiciona mucho más que- darse en el umbral de nuestra comunidad. En una palabra, me ha declarado que, tras madura reflexión, quiere conver- tirse en un verda ero ~udío y que no teme la circuncisión. Con tu acostumbrada sagacidad, sabrás separar el entusias- mo juvenil de las disposiciones profundas. "¿No podrías poner mi dinero al 6 % en lugar de al 5%? "¡Cuida mucho tu salud y ruega por la mía!" Esta carta era perfecta, al punto de que la consideración que Kaeso sentía por Selene creció aún más. Marcia acaba- ba de dejar un hueco, pero ahora volvía a encontrar a una mujer fuerte e inteligente para guiarlo, con la ventaja adi- cional de que una muchac a ue había sufrido la escisión no tendría nunca, en relación con él, extenuantes segundas intenciones. Besó a Selene con el mayor cariño del mundo; sin quererlo se le fueron los ojos detrás de los admirables senos y olvidó momentáneamente los abusivos derechos de su padre. Selene se separó de él suavemente y lo despidió. 288 289 Ix El ghetto del Trastévere, con mucho el más importante de Roma, era realmente una ciudad aparte. La idea de con- finar a una comunidad en un barrio nunca se les habría ocurrido a los juristas romanos, y si los judíos piadosos o practicantes, que eran entonces la gran mayoría, no se rela- cionaban con el mundo exterior, no era a le romana la que se lo imponía, sino su propia Ley. Un judío de estricta observancia, obsesionado por la noción de impureza, no podía sentirse a gusto en un ambiente extranjero. Chocaba con todo, y el contexto le planteaba sin cesar problemas insolubles. La alimentación, el vestido, las costumbres y la moral de este pueblo eran extraordinarias -cuando no un desafío constante a la civilización ambiente. En la XIV región transtiberiana, al norte de la fortaleza del Janículo, se extendían en desorden los barrios más po- bres e industriosos de Roma. Los recién llegados de todas las naciones se concentraban allí, con la esperanza de ganar un día los barrios bajos de la orilla izquier a subir por fin al asalto de una de las seis colinas (el Capitolio, atestado de prestigiosos monumentos, ya sólo estaba habitado por al- gunos sacerdotes o guardianes). Y en el Trastévere el ghet- to judío parecía especialmente menesteroso, angosto y, en todo caso, notablemente sucio. Los judíos, en efecto, no frecuentaban los baños roma- nos, de los que abominaban, y su idea de la limpieza, por obsesionante que fuese, era de orden más bien metafísico. Cada impureza cometida los obligaba a lavarse. Los hombres lo hacían después de tal o cual enfermedad, al sa- lir de una gonorrea o de una tiña cualquiera, incluso de un derrame seminal accidental o de una sencilla relación con- yugal. Y además la mujer tenía que tomar un baño des- pués de sus reglas. Pero si todas las sinagogas estaban Provistas de termas modestas para la purificación mensual de las mujeres judías, las abluciones de los hombres se- guían siendo, por lo común, localizadas, furtivas y de una Rran carga simbólica. El judío, hijo del desierto, no tenía modo alguno por el agua la pasión del romano. L 291 El sol ya estabá alto cuando Kaeso llegó a la miserable casa de rabí Samuel, en una zona en que las ligeras cons- trucciones individuales abundaban mucho más que las ínsu- lae. ¿Qué harían los judíos con el dinero que, según se creía, manejaban profusamente? La sirvienta del rabí le llevó las tablillas a su amo y dejó a Kaeso, a quien Selene había envuelto en otra toga, espe- rando en un oscuro pasillo. Y el rabí en persona vino a su encuentro, grande, viejo, seco, encorvado, con el cabello que empezaba a volverse gris y la barba negra e hirsuta, vestido con el curioso man- to con borlas que Kaeso ya había podido apreciar en las callejuelas del vicusludaicus El fariseo parecía muy sorprendido y pasablemente tur- bado; miraba fijamente a Kaeso con ojo inquisidor, y se acariciaba con una mano apergaminada y arrugada el pelo del que parecían desprenderse fuertes efluvios. Por fin, en un griego bastante áspero, pero con un tono muy amable dijo: -Me haces un gran honor al desplazarte para escuchar mis humildes palabras y aprovechar la poca ciencia que pueda atesorar. Sin embargo, no es conforme a nuestras costumbres que un extranjero, incluso el más honorable y amistoso, atraviese el umbral de nuestras viviendas y reciba en ellas hospitalidad: podría, por simple ignorancia, contra- venir nuestra Ley. ¡Ocurre tan fácilmente! Incluso a mí me cuesta trabajo evitar todas esas impurezas que nos ace- chan... Pero desde que nos dispersamos a través del vasto mundo, nuestros doctores han encontrado una feliz solu- ción para todo. ¿Puedo alquilarte hoy la vivienda por un as? De este modo ya no estaré en mi casa, y no seré responsa- ble de los errores que puedas cometer inocentemente. Por supuesto, acepto darte crédito, y sin interés, pues en prin- cipio prestamos gratis a nuestros compatriotas y amigos. Estupefacto ante la sorprendente casuística, Kaeso se apresuró a alquilar la casa en tan ventajosas condiciones y siguió al rabí a una p equeña,y apacible habitación, tapizada con "tomos" y "volúmenes , que se abría sobre un jardín minúsculo donde un grueso gato, animal puro, jugaba con una pequeña lagartija, animal impuro. Samuel, puso en seguida los puntos sobre las íes. A los judíos les encantaba que nobles extranjeros se interesasen por sus ideas, doctrinas y concepciones religiosas y mora- les. El rabino de Roma era, además, bien visto en la corte. La emperatriz Popea, Actea (durante mucho tiempo queri * En latín, barrio judío. (N. de la T.) da del emperador), y algunos otros romanos notables, sen- dan cierta simpatía por los judíos. Pero de ahí a hacerse circuncidar mediaba un paso enorme, muy raramente dado. -Sin embargo -dijo Kaeso-, por lo que he entendido de la Ley judía, poco en realidad, ésta no se opone a la conversión, puesto que es precisamente esta conversión lo que hace al judío. -¡En teoría, desde luego! De todas maneras, la circun- cisión sólo es una de las características del judío. Ser judío también es haber asimilado toda la Biblia, a la cual se su- man los comentarios de la Mishna (midrash, en hebreo), que datan de nuestro regreso del exilio en Babilonia. Esto lleva un tiempo considerable, tanto más cuanto que, para una mejor comprensión de los textos, es vivamente aconsejable el conocimiento del hebreo, e incluso el del arameo, pues muchos comentarios piadosos han sido redactados en esta lengua. La Biblia de los Setenta, por útil que sea, nunca es otra cosa que un mal menor. Además, la instrucción del ju- dío desemboca en una asidua práctica diaria, detallada, es- crupulosa, de la cual los extraños a nuestras costumbres no tienen la menor noción y que la mayor parte sería incapaz de admitir y soportar. Ya ves toda la ciencia, todas las in- formaciones y costumbres nuevas que debes adquirir antes de pensar siquiera en el gran momento de la circuncisión. En espera de él, tu simpatía será muy apreciada y útil para nosotros. -¡Pero bueno, tú me pides mucho más que lo que Dios exigió a Abraham! -¡Es que tú no eres nuestro Abraham! Lo que no resta nada a tu raro mérito. -Tengo la impresión de que numerosos judíos son muy poco instruidos... -Eso es demasiado cierto. Pero la cuestión radica en saber si tú quieres ser un buen judío o un mal judío. Malos judíos siempre habrá muchos, y los buenos judíos siempre serán demasiado escasos. ¿Por qué limitar tus ambiciones, hijo mio? El asunto parecía haber llegado a un callejón sin salida. Kaeso planteó entonces un problema que su primera toma de contacto con la Biblia le había permitido percibir: -¿Puedes revelarme por qué el dios universal del Gé- nesis, en lugar de medir a todos los hombres por el mismo rasero, concentró enseguida sus favores -y a veces sus iras- sobre ese pueblo judío que había creado con sus propias manos, y de la manera más artificial? En otras pala- bras, desde una perspectiva universal, ¿para qué sirven los Judíos según el plan de Yahvé? El rabí meditó un momento y declaró: 292 293 -¡Excelente pregunta, que debería hacerse, en el fon- do, cualquier judío piadoso e inteligente! Y veo tres res- puestas, que se excluyen entre si. "La respuesta necesaria y suficiente: el plan de Yahvé está en Yahvé, y nosotros sólo sabemos lo poco que El tenga a bien decirnos. "La respuesta más humilde: Yahvé escogió a Abraham y a su descendencia natural o espiritual porque quiere ocu- par en el corazón y en la inteligencia del hombre el primer lugar. Para el nómada ignorante, para quien se halla en la aurora de cualquier civilización, las órdenes de Yahvé no encuentran otro obstáculo que el pecado original. Dios está en quien nada es, y la humildad del elegido no hace sino hacer brillar aún más la magnificiencia de la gracia di- vina. Y cuando el elegido haya llegado a ser sabio, sus li- bros sólo hablarán de su Creador. "La respuesta más orgullosa: Yahvé escogió a los judíos para que fueran la sal de la tierra, para informar al mundo entero de Su existencia y Sus deseos, y para dar en todas partes el mejor ejemplo. Lo que te explica que el judío no puede multiplicarse abusivamente sin arriesgarse a perder su calidad. ¡No vengas a nosotros, Kaeso, salvo en el caso de que seas realmente digno de ello! En el jardín, el gato gordo y puro devoraba sin escrúpu- los a la impura lagartija: no habia entendido en absoluto el sistema. A fuerza de profundizar, Kaeso hizo un decepcionante descubrimiento: los judíos también limitaban el recluta- miento para ahorrarse molestias superfluas. ¡Verdad que, con sus carácter, ya tenían unas cuantas! -Sí -confesó al fin el rabí- es evidente que Roma no soportaría conversiones masivas al judaísmo, pues entonce8~ aumentaría de forma alarmante para las autoridades el nú- mero de quienes se niegan a ofrecer sacrificios a Roma, U¿ Augusto y a todos los falsos dioses del Estado. El judío sólo es tolerado a causa de su singularidad, que por sí mis- ma disuade de la conversión. Y todo está muy bien así. ¿En qué se transformaría la prodigiosa santidad de Israel, si de repente la puerta se abriera de par en par al vulgo inculto de todas las naciones? Esta culta suficiencia, este tranquilo egoísmo irritaron a Kaeso, que replicó: -Yo no conozco mejor que tú las segundas intencioftC de Yahvé, pero una cosa me parece palmaria: los dios como los hombres, no pueden vivir mucho tiempo en c< tradicción consigo mismos. A dios trascendente, universal; a dioses inmanentes, religiones particulares dios trascendente y universal no puede convertirse en nacional sin un excelente motivo, y los que tú me has dado hace un momento, misterioso, humilde y orgulloso, no son enteramente satisfactorios. Una mente sombría podría creer que el dios ~udío es un mito, o bien que los judíos se han apoderado ~e un dios previsto para todo el mundo, rete- niéndolo junto a ellos. Ante este cargo de prevaricación, al viejo Samuel, ofen- dido, le costo tra ajo guardar la calma. -¿Sabes -contestó- que si Yahvé nos colma de favo- res, es también mucho más exigente con nosotros que con los demás? Practica nuestra moral un poco y sin duda tus reproches serán menos acerbos. Nosotros somos como el gran faro de Alejandría; tanto bajo el sol como en la tem- pestad, siempre lo he visto alumbrar a lo lejos. -Debo admitir modestamente que mis ambiciones mo- rales son menos elevadas que las tuyas. Más que introducir- me penosamente en el eminente círculo de los doctores de la Ley, antes que convertirme en su discipulo, esperaba una religión más acogedora y amable, si no más fácil, en la que la circuncisión no fuese un esfuerzo desmedido y en la cual el dios único, que no tolera otros dioses, viniese en ayuda de mi flaqueza. Perdóname el haberte molestado para nada. Kaeso se levantó y el rabí le acompañó hasta la puerta con una glacial cortesía. Cuando Kaeso se despedía en el umbral, Samuel, des- pués de haber pesado los pros y los contras, le dijo brusca- mente: -No me has molestado para nada, pues, dadas tus am- biciones, creo saber lo que te hace falta. Desde hace algún tiempo existe una secta judía de lo más peregrina, que re- cluta a manos llenas sin imponer la circuncisión. Y para dar más facilidades todavía, esa gente ha mandado a paseo lo más claro y preciso de nuestra Ley, que han sustituido r algunas novedades bastante asombrosas. Si pudieran )nvertir una buena semilla patricia para hacer avanzar sus untos estarían en la gloria, pues hasta el momento sus nvertidos romanos no brillan en absoluto por la posición ocial. Ellos te recibirán como al Mesías, con los brazos ~biertos. Además, la cruz es la extravagante señal de reu- Lión de la secta, ya que su fundador judío, bajo Tiberio, aló en ella su último suspiro. Pero ese accidente no desanimarte. Un dios sin circuncisión ni Ley molesta, ~o es una amable solución para un joven a quien repug- ~n los largos estudios religiosos? -Yo busco, lo sabes muy bien, algo realmente serio, e accesoriamente pueda causar una impresión favora- sobre un pariente, por ejemplo. 294 295 -No sé si el adjetivo "serio" conviene del todo a los. cristianos, pero puedo decirte que su práctica, a pesar de~ su rareza -¿o a causa de ella?-, ha cosechado algún éxi- to en Oriente, hasta el punto de preocupar a veces a las auto ridades. Uno de los hombres principales de la secta, ~ tal Cn. Pompeyo Paulo, judío naturalizado y curiosamente orgulloso de serlo, esperó durante dos años su proceso en Roma, pero fue liberado en la última primavera. Entre otras cosas se distinguió en Cesarea por un discurso de propaganda ante el rey Agripa y su hermana y concubina Berenice. Ya ves que el tal Paulo cuenta con buenas rela- ciones. Y como sus amigos romanos lo declararon inocen- te, nada te impide frecuentar también su compañía. Es un hombre un poco hablador, pero de inteligencia sutil e inte- resante. Dice haber visto, en el polvo, un fenómeno asom- broso cerca de Damasco, y no tiene par en imaginación para comentar las Escrituras de manera original. -¿Estará en este momento en Roma? -Eso dicen las últimas noticias que he tenido. Vuelve de predicar en España y pasará unos días en la Ciudad, an- tes de seguir camino hacia Oriente. No para de moverse. Si quieres pillarlo al vuelo para completar tu información, lo encontrarás por la mañana, con un poco de suerte, en esas grandes letrinas calefaccionadas en invierno, en la intersec- ción del Foro de Agusto y el de César. A Pompeyo Paulo, por cierto, no le rub oriza vivir a la romana o a la griega, y vuestras letrinas son verdaderos salones, donde se produ- cen los mejores encuentros. Para un predicador ambicioso, es un terreno de experimentación ideal. -¿Cómo se puede probar que se es cristiano? los cris- tianos han debido de sustituir la circuncisión por algo... -¡Evidentemente! -¿Un tatuaje, quizá? -El tatuaje -como el disfraz- está prohibido por la Biblia, pues no se debe desfigurar la imagen de Yahvé. Sospecho que los cristianos se deben de haber apresurado a autorizarlo, pero no hacen de él, que yo sepa, un signo de reconocimiento. La operación del tatuaje es, por cierto, larga y dolorosa. Para los cristianos hacía falta algo rápido e indoloro, de forma que se pudiera operar en masa y en el acto, si la ocasión se presentaba. Simplemente, idearon ha- cerle tomar un baño al convertido. A Kaeso se le ocurrió la idea de que Arsenio pudies ser cristiano, pero la rechazó por improbable. -Los cristianos -continuó Samuel- llaman a ese bañ~ el "bautismo"; en caso de necesidad, un poco de agua ba~ ta. Te bautizarán en seguida con entusiasmo. Entre ellOs en el momento en que están, los estudios son prodigios mente breves. Pretenden que toda la doctrina cristiana se resume en unas líneas, que no te costará aprender de me- moria. Es una religión a medida para jóvenes impacientes. Kaeso se fue, pensativo, con este viático. Estaba seguro de no haber causado mu y buena impresión en el rabí, y se preguntaba por qué ese fariseo desconfiado había criticado a los cristianos de manera que despertase su curiosidad. La sirvienta, que había seguido desde las sombras el fi- nal de la conversación, le dijo a su amo, cuando la puerta estuvo cerrada: -¡Debo de haber oído mal! ¿Por qué hablar a ese ele- gante joven de los cristianos? Ignorante como será, es ca- paz de ir a verlos y dejarse embaucar. Era una sirvienta entre dos edades y hablaba sin rodeos; toda una mujer, que gobernaba la casa desde que la quinta esposa del rabí había sucumbido bajo el peso de los emba- razos. Samuel tenía una buena oportunidad de precisar sus pensamientos: -Como el renegado Pompeyo Paulo en el camino de Damasco, acabo de tener una visión, pero mucho mejor que la suya. Yahvé me ha dicho: "Para que los indolentes romanos, a pesar de todas nuestras advertencias, se intere- sen al fin por los cristianos tal y como se merecen, esa ca- nalla blasfema debe calar en la alta aristocracia". Hace sie- te años, Pomponia Grecina, la mujer del general Aulo Platio, acusada de "superstición ilícita" y más que proba- blemente cristiana, fue salvada por los pelos gracias a la complicidad ciega o activa de su marido. Fue un golpe en balde. Debemos alentar la repetición. -Nuestro noble visitante corre el peligro de tener pro- blemas por tu cuí p a. -Ese muchacho pretendía hacerse judío con regateos. ¿No están hechos los cristianos para eso? Cansado de andar, Kaeso alquiló una litera para volver a su casa. Las características de la secta cristiana parecían prometedoras. Pero si era difícil que Silano admitiese una conversión al judaísmo, una conversión a un cristianismo casi desconocido -y probablemente sin futuro- planteaba problemas de verosimilitud aún más arduos. El baño o la 35persión baustismales ni siquiera tenían el aspecto indis- cutible y espectacular de una franca circuncisión, fuente de felicidad para las damas. Para llegar al centro de Roma, los portadores podían elegir entre el cercano puente Janículo, la travesía de la isla Tiberiana o el puente palatino, todavía llamado "puente Senatorial". Kaeso pidió que se detuvieran un momento en 297 296 el corazón de la isla Tiberiana, al lado del obelisco que se alzaba entre el templo de Vejovis y el gran templo deE~ culapio, dios terapeuta aclimatado con ran pompa a esta isla en el año 461 de la fundación de ra Ciudad. Toda la parte que se hallaba debajo de los puentes Fabricio y Ces- tio había sido dotada de un muelle en forma de popa de trirreme, que conmemoraba el desembarco del dios en aquel lugar bajo la apariencia de una serpiente (¡animal im- puro para los judíos!). Alrededor del templo de Esculapio, una muchedumbre esperaba bajo los pórticos una curación milagrosa que se hacía esperar. Kaeso le compró un gallo a uno de los nu- merosos vendedores que, en connivencia con los sacerdo- tes, explotaban la cre dulidad pública. Y por si acaso, pidió que sacrificaran el animal a su salud. Por cierto que tenía la impresión, cada vez más acusada, de no hallarse en su estado normal. Los golpes recibidos en tan poco tiempo habían estremecido, y luego echado aba- jo, el cobijo y seguro edificio que abrigara su infancia y el feliz principio de su adolescencia. Bajo las ruinas acumula- das, el mismo suelo parecía inseguro. Kaeso comprendía que le hubiera hecho falta una filosofía firme o una fuerte creencia para sobreponerse a la crisis, poner en claro su deber y reunir el coraje para cumplirlo sin flaquezas. Pero entonces, ¿dónde estaba esa verdad capaz de encargarse de un caso como el suyo, que habría podido tacharse de inau- dito si el Hz~d/íto de Eurípides o la más reciente Fedra de Séneca no hubieran existido para advertirle que su infortu- nio no era inaudito? Los dioses romanos eran mudos o contradictorios, y su intervención más que dudosa. El dios judío adolecía de ser más judío que dios, y su "avatar" cris- tiano no inspiraba casi ninguna confianza. En cuanto a las diversas filosofías, reflejaban todas las inclinaciones del es- píritu humano y la inflación verbal no simplificaba el acercamiento. Cn. Pompeyo Paulo acababa de irse de las magníficas letrinas que su ardiente afán de apostolado le empujaba a frecuentar. Gran número de romanos que podían pagár~ selo' empezaban así el día. Era pues, como la barbería, un trepidante centro de difusión de noticias, verdaderas O falsas. Continuando sus reflexiones al ritmo de los portadore; Kaeso pensó un rato en todas esas místicas orientales qu 1. Vespasiano no tasó las letrinas, sino la orina recogida 13< los bataneros ante sus puertas, para las necesidades de su ifldU tria, a partir de los transeúntes benévolos. (N. del A.) poco a poco habían adquirido derecho de ciudadanía, no sin antes pasar or tierra griega, donde el espíritu heleno las había marca o. Cultos de Anatolia, en particular los de Cibeles y Attis, cuidadosamente reformados por el em~e- rador Claudio; cultos egipcios como el de Isis, desterra os por Tiberio pero admitidosp úblicamente por Calígula; el culto sirio de Hadad y de su pariente Atargatis, reciente- mente importado, y que gozaba del favor de Nerón, en tanto Mitra esperaba todavía que lo admitieran... Pero su reputación era muy mala entre los romanos tradicionalis- tas, y el padre de Kaeso -que no podía equivocarse de continuo pese a su talento para el error- siempre había tenido los colmillos afilados contra los caldeos, comage- nios, frigios o egipcios, que mezclaban la astrología y la obscenidad, el hipnotismo y la música, la adivinación y la histeria, las mortificaciones y la danza, la prostitución y la castración, prometiendo a sus iniciados bienaventuradas inmortalida es laceres de ultratumba o renacimientos salvadores. Evidentemente, Kaeso no tenía nada que hacer con esos charlatanes que especulaban con la sensibilidad y la inquietud de los ingenuos. Llegaban a verse, en enero, algunos santurrones bañándose en el Tíber para satisfacer el capricho supuestamente regenerador de un sacerdote cualquiera. Por otra parte, si tales cultos diferían profun- damente de la vieja religiosidad romana (tan deprimente en el registro de los fines últimos, pues apenas se trataba de fundirse, mediante las técnicas apropiadas, en el seno de un dios salvador), se le parecían también en el simple hecho de que eran oficialmente admitidos en el panteón de Roma, cuya elasticidad parecía no tener límites. El úni- co culto oriental desvinculado del resto parecía ser el de los judíos, que iba a contracorriente. En cuanto a los cultos orgiásticos, sólo p odian tocarse decentemente con pinzas. Las últimas manifestaciones im- portadas se habían desarrollado en los tiempos ya lejanos de las guerras civiles, pero, a despecho de todas las prohi- biciones, aún subsistían. Mujeres de costumbres perdidas, hombres disfrazados de mujeres -como sólo se toleraba durante las Saturnalias o las Calendas de enero- y un montón de individuos libres, libertos e incluso esclavos se reunían secretamente de noche para librarse en compacta tropa a todos los excesos posibles, buscando en las tinie- blas, en la embriaguez, en la confusión de sexos y edades Y en la excitación erótica más enloquecida una forma de éxtasis divino, de comunión sublime. La posesión divina se Volvía inseparable de la posesión sexual. Se consideraba que placer y dolor, violencias y abandonos, introducían a los afiliados en un mundo sin fronteras ni límites, sin se- 298 299 paraciones ni muros. Era la liberación a través del desor~,, den. Pero el Estado había terminado por reaccionar, pue# en tales ocasiones se pisoteaban las leyes civiles más intan gibles: el incesto, el adulterio femenino -el único penado por el código-, e infames acercamientos entre matronas y esclavos se volvían moneda corriente. El problema de Kaeso era más bien liberar su espíritu, y el tiempo apremiaba cada vez más. Marco había ido muy temprano a tomar el aire del Foro, y Marco el Joven proseguía sus correrías. Según el reloj que presidía la exedra, aún no eran las cinco. Kaeso vio a Selene, sentada en el falso atrio, inmóvil, como una estatua pensativa. La saludó y le resumió la entrevista, bastante decepcio- nante, con rabí Samuel. Selene había oído hablar vagamen- te de los cristianos, que habían aparecido en Roma bajo Claudio e irritaban a los judíos desde hacia algún tiempo. ¿Cómo habrían podido soportar los judíos que les hicieran la competencia en su propio terreno? La herejía cristiana, desarrdllándose contra todas las previsiones razonables, po- nía en peligro su preciada singularidad, sus privilegios y hasta su seguridad, pues una policía imperial sin experien- cia había atribuido con demasiada frecuencia a los judíos tal o cual desorden suscitado únicamente por la presencia cristiana. Las autoridades, abrumadas por las protestas e in- formaciones de los indignados rabís, sólo empezaban a dis- tinguir a los verdaderos judíos de los falsos. Pero lo que complicaba la cuestión era que algunos cristianos estaban circuncidados y otros no, debido a lo cual se olfateaban, no sin razón, temibles embrollos en los que nadie tenía prisa por meter la nariz. Siempre que al emperador no le con- cernía directamente un asunto, la policía romana tardaba en reaccionar. Se esperaba a que la situación degenerara peligrosamente para tomar medidas, que entonces eran globales, brutales y sin distinciones. -Los cristianos -dijo Selene- tienen una particulari- dad que debes conocer: ¡cuentan a quien quiere oírlos, sin temor al ridículo, que el fundador de su secta, un tal JesúS, crucificado en Jerusalén bajo Tiberio, resucitó por sus pro- pios medios! -La invención no tiene nada de original; en muchas re- ligiones de Oriente, sobre todo la egipcia, dioses o diosas se pasan el tiempo resucitando. ¡Incluso resucitan todos los años! -No entiendes nada. No te hablo de dioses ni de mitoS primaverales, sino de un carpintero muerto en la cruz, a quien más tarde vieron paseándose. -Entonces es un fantasma. El espectro de Cicerón Vi ra la casa de Silano, y no obstante Cicerón no ha resuci- ~do. -Sigues sin entenderlo. Los cristianos afirman que se día tocar a este Jesús resucitado, y que hasta tenía buen etito. La noticia era un problema suplementario, y de los más ~av es. -¡Vaya suerte la mía! -gimió Kaeso-. Si le digo a Si- que me he hecho cristiano, va a tomarme por menti- roso o por loco. Pierdo mi última tabla de salvación y mi caso se vuelve desesperado. -Reconozco que la historia es un poco burda. Los car- ~,interos fabrican cruces, mueren en ellas a veces, pero no frecuente que vuelvan a la vida. -Ese Jesús, ¿era carpintero de verdad? Convendrás que, para un patricio, resulta un fundador de dudoso gusto. ¡El individuo es enormemente atractivo!, no cabe duda. -Era carpintero de pies a cabeza, y también lo era su padre legal, José. Se dice que su madre, Maria, una ardiente zorra vieja, lo tuvo de un ave de paso, y algunos rabís ase- guran que fue José quien, para vengarse el en año, des- bastó celosamente la cruz sobre la que Jesús murió. Pero quizá sea una calumnia... En compensación, los propios cristianos se ven forzados a confesar que su Jesús era un bastardo. Para velar esta dolorosa realidad, pretenden que a Maria la dejó embarazada un ángel. Pero los angeles ju- díos rara vez tienen el rabo tan largo... -Es el colmo. ¡Qué familia! El asunto de la resurrección era el último golpe para Kaeso. La cara del infortunio reflejaba tal decepción que Selene, compadecida, se echó de pronto a sus pies, le abra- zó las rodillas y le dijo: -Tu desilusión me aflige, y estoy tanto más apenada por tus problemas cuanto que hace tiempo te causé un su- frimiento inútil con un falso testimonio que confieso, la- mento y te suplico me perdones. Rabí Samuel, mi director espiritual, me a re roc a o vivamente... Y Selene confesó a Kaeso que su padre nada tenía que ver con la horrible mutilación que había ensombrecido sus días. La muchacha, desmoronada de aquel modo, resultaba Conmovedora: el mármol se había animado, los bellos ojos es se hallaban velados por las lágrimas, la garganta pal- bitaba con ligeros sollozos... Aliviado de un peso por la revelación, Kaeso prolongó la prueba, ya que el hecho de poder sumergir la vista en 'os encantos de Selene no era como para abreviaría. Levantó al fin a la joven y le preguntó: 300 301 -¿Por qué urdiste una mentira tan penosa? ¿Qué di monio te empujaba? -Quería vengarme de tu padre, que me impone ciones desagradables. Y debo confesarte también que de carta de amor que escribí a Marcia no estaba ausente ~ sentimiento de venganza. -¿Marcia? ¿Y qué te ha hecho Marcia? -Ya te dije que Silano me había comprado para rega. larme a tu padre. Tú has podido ver expuesto, en los tab1a~. dos de las tabernas, un amplio conjunto de esclavos: prisi& neros de guerra coronados de laurel, individuos originario5 de ultramar que se frotan los pies con creta, sujetos difíci- les o dudosos vendidos sin garantía y señalados entonces por un gorro de lana blanca... Pero los esclavos de precio no conocen esa promiscuidad. Los chalanes van a presen- tarlos a domicilio a los aficionados. Así fue como el trafi- cante Afranio, el que tiene sus tablados cerca del templo de Cástor, enfrente del Foro viejo, me mostró desnuda a Silano y a Marcia -a quien el patricio había albergado en su casa, por otra parte, mucho antes de casarse con ella. El trato se cerró deprisa, y Marcia me pidió que me desnudara otra vez con el pretexto de comprobar si sus propias medi- das se aproximaban a las mías, y en consecuencia ella tam- bién se desnudó. Pero, en el fondo, quería sobre todo go- zar conmigo y procurarle placer a Silano. Me impresionó su habilidad, que sólo podía ser fruto de una larga expe- riencia. Acababa de invitar a Silano a participar en nuestros retozos ("¡Hay que entrenar al regalo de Marco!", decía), cuando se dio cuenta, de golpe, de que yo había sufrido la escisión -cosa que Afranio no había dicho porque la igno- raba. Y furiosa por mi disimulo, ordenó que me azotaran en el acto. La prueba habría sido aún peor si el noble Sila- no no le hubiera recomendado a su especialista que no me desgarrara la piel, puesto que deseaba ofrecerla muy pron- to como presente. ¿Entiendes por qué no llevo a Marcia en mi corazón? Es una mujer viciosa y cruel. Herido de muerte, Kaeso buscó refugio en su alcoba, se tiró sobre la cama y lloró. ¿Qué quedab a de la imagen de Marcia, que había dominado y acompañado su infancia? Por otra parte, Silano adquiría una nueva dimensión, que suscitaba inquietantes reflexiones. Si había disfrutado con los excesos de Marcia y Selene, ¿podía suceder que ex- hibiera un día el mismo gusto perverso por unas eventua- les relaciones entre su mujer y Kaeso? La hipótesis apunta- da por Marco el Joven, que siempre se había vanagloriado de su carencia de ilusiones, ¿no se avenía acaso con la na- turaleza de un hombre riquísimo, y ya de edad, que había conocido muchos placeres? ¿Debía Kaeso sacrificar un do ~o porvenir para respetar el honor de un personaje que o lo tenía, o que al menos no tenía de él una concepción Eorriente? Pero el verdadero problema, sin duda, era otro. Al acep- ~, pensando en su carrera, las delicias y vergúenzas de un ~riángulo, Kaeso entraría en un mundo de prostitución ,ivo lado degradante acababa de descubrir a través del de Marcia. Después de haberse prostituido por i~aeso, ¿iba Marcia a coronar su victoria prostituyendo a Kaeso con ella? Habiendo llamado suave, humildemente a la puerta, Se- lene terminó por entrar y sentarse en el lecho del joven, cuyo rostro trastornado miraba con tristeza. -No debía haberte hablado de Marcia... -¡Al contrario! Lo que me has dicho no me ha sorpren- dido demasiado. Y Kaeso reveló a Selene lo que Marcia le había contado sobre sus excesivos sacrificios... -¡En resumen, eras el gran amor de una puta, en quien veías a una madre, y ni siquiera lo sabías! -La ironía no podría haber sido más cruel. -Compadezco mucho más tus infortunios porque tam- poco me los han ahorrado a mi. Dado que el comercio de comestibles de mis padres fue saqueado por los griegos del barrio vecino, y mi padre no pudo satisfacer a sus acreedo- res, llegué a ser fina mente, a los quince años, la esclava de un sacerdote egipcio eunuco, que se apresuró a hacer que mep racticaran la escisión según la ancestral y bárbara cos- tumbre del país. Entonces todavía era virgen. Los esclavos de aquel monstruo abusaron en seguida de mis encantos, y tuve un hijo, que fue expuesto al nacer: era una niña. Ape- nado por mi desverguenza, mi amo me vendió entonces a uno d~e los lupanares más famosos de Alejandría. Todavía no había cumplido diecisiete años. Como las diversas pene- traciones me descomponían, me harté de mamar al mayor número de gente posible, y me convertí en una experta. Un filósofo que nos vis itab a me dijo doctamente un día que ése era un ejemplo perfecto de la ley del mal menor, que sigue siendo lo más hermoso que han encontrado los moralistas. En aquella casa encontré artistas que fueron sensibles a mi belleza, y cambié de propietario para con- vertirme en modelo. Así, durante años, hice felices a escul- tores o pintores, hasta que un rico procurador de los domi- nios imperiales me vio. Pero se quejaba de una cierta frialdad, de modo que me cedió a Afranio, que estaba de paso en Alejandría y Cano p a para adquirir sujetos escogi- dos. Afranio no me tocó: los aficionados que pagan muy cara una esclava se sentirían ofendidos si ella hubiera pro- 302 303 curado placer a su traficante. Estos sólo copulan con esc. vos baratos. Pero en el barco, en el momento en que AJ nio volvía la espalda, los marineros saltaban sobre mí, y no me atrevía a quejarme por miedo de que me tiraran agua. Ya conoces el resto; verás, pues, que no eres el únic que sufre. Esta angustia, aunque de calidad servil, era contagiosa, Kaeso puso tiernamente la mano en la cabeza de Selene que a su vez se con toda naturalidad en el bajo viea, tre de él, donde a a ies rada boca pronto halló trabajo. -Déjame hacer -decía Selene-. Debo humillarme para merecer mejor tu perdón. La moral sexual de los romanos y los griegos estaba, e¡~ efecto, dominada por la fácil y evidente distinción entre donador y receptor. El hombre activo siempre conservaba el respeto de su portero, mientras que las m y los ja. vertidos salían deshonrados de sus intentos, razonable o sublime paraíso de los amores ya era un infierno de pre,~ juicios. Selene había puesto tanto más brío en la obra cuanta que tenía la agradable sensación de burlarse de Marco a bajo precio e acrecentar su dominio sobre el honorable paciente; y Kaeso, por su parte, se decía que tal vez el in- cesto fuera, después de to cfo, cuestión de opiniones... En la promiscuidad de las grandes mansiones romanas, además, no era raro que hijos irrespetuosos manosearan clandestinamente a las esclavas bellas o a los muchachos que constituían ya la distracción de los padres, y ciertas matronas celosas líeg aban a obtener de estas solapadas irregularidades una sab rosa venganza. Cuando Kaeso se abandonó jadeante, Selene le dijo con humor: -Acabas de conocer un momento excepcional, que no volverás a disfrutar tan pronto. En latín, de la mujer ejem- plar que sólo ha tenido un marido se dice que es una uflÍVÍ~ ra. Yo seré tu unzfellatríx, la de una sola vez. Este neologismo, cuya formación gramatical resultaba quizá dudosa, no era por ello menos claro, y Kaeso se dio por enterado. El talento de Marcia para los amores lesbianos no deja' ba de sorprenderle e irritarle, e interrogó a Selene a estC respecto, puesto que ella debía de poseer una variada ex- periencia. -Por lo que acabas de revelarme sobre esa mujer -c testó ella- semejante talento es natural. Sabe que en mundo, tal y como los hombres lo han hecho por ten< más fuerza en los bíceps que en el rabo (palmadita al decii lo sobre el agotado miembro de Kaeso), las mujeres e~ 304 nadas a acostarse la mayor parte del tiempo con ma- c~os a ue no han elegido. Así las cosas, sólo pueden encon- trar ~ectuosas y agradables caricias entre los seres de su propio sexo. Y como la condena de las prostitutas es par- ticúlarmente severa, tanto más se inclinan a a reciar la compañía amorosa de sus iguales. Este conocido l~echo ex- lica la brutal conducta de Marcia conmigo: el destino me ~abía privado del único órgano que, hasta ese momento, ha- bía gozado de sus favores... -Aquí Selene se apresuró a ~ííadir:- Para la mayoría de las mujeres, sin embargo, este es sólo un mal menor. Han colmado el corazón con la es- pera de un gran amor y, llegado el día, el órgano de sus sueños no será nunca demasiado grande. Si Marcia te echa al fin el guante, ése es el cumplido que te hará, y por una vez será sincera. Marco padre acababa de volver y llamaba a su Selene con voz tronante. La joven se secó cuidadosamente la boca con el revés del vestido y corrió a sonreirle a su amo. A la memoria de Kaeso volvían las relaciones, bastante especiales, de Marcia con sus sirvientas. Le gustaban muy femeninas, pequeñas, graciosas y entradas en carnes. Y su actitud con ellas era una alternancia de caricias -ahora cada vez más sospechosas- y de severidad, con la que la domina se vengaba, sin duda ,de las penetrantes injurias que unos hombres indeseables le habían infligido. Los golpes de junquillo en las nalgas o los pinchazos de punzón en los senos se mezclaban con los pellizcos risueños, las palmadas cariñosas y los besos de paloma. Pero, claro, siempre era Kaeso el gran responsable: si Marcia no hubiera tenido que llevar una penosa existencia de sacrificios para equilibrar el presupuesto de la casa y asegurar el porvenir de los niños, tampoco habría sentido el deseo de hacer carantoñas o martirizar a las muchachas de servicio -muchachas a las que su marido (¡otro signo revelador!) no parecía dirigirse cuando estaba en celo. ¿Un coto de caza? Una sospecha invadió a Kaeso como un relámpago, lo puso en pie y lo precipitó hacia la pequeña popina paterna, donde la nodriza se hallaba detrás del mostrador: a esa hora acababa de terminar el trabajo, y toda clase de gente corriente entraba a tomar un bocado y a beber algo. Se inclinó hacia la vieja y angulosa cretense y le dijo al oído: -¿Por qué no me dijiste que mi padre también se tira- ba a la "burrita"? ¡Si no fueras mi nodriza, verías cómo me las gasto! La mujer, sobresaltada, contestó con embarazo: -No podía decírtelo. Era un secreto de familia. Repró- 305 chame más bien haber intentado agradarte. ¿De verdad está tan enfadado, hijo mío? Kaeso la tranquilizó con una lúgubre sonrisa. Antes ia, cluso que su madre, su nodriza lo había invitado al incesto. Era previsible. Pero la inocencia de Kaeso se revelaba siempre igual de estrepitosa. Decididamente, había en su caso algo de Fedra o de Edipo. Algún dios irritado debía de haberlo tomado por blanco. Durante el frugal almuerzo, mientras Marco el Joven hablaba de su buena suerte, Selene se mostró particular- mente amable con un Marco padre embelesado. Pero se chupaba el pulgar de una forma que harto decía sobre su malignidad. ¡A pesar de todas las maledicencias del rabí, la familia del carpintero Jesús no podía haber sido peor que ésta! Era como para salir corriendo. Cuando los comensales estaban en los postres, Kaeso, arreglando su cojín con la mano izquierda, volcó un salero, y una p arte de la sal vertida fue a caer en la cáscara vacía de un huevo, que él mismo había descuidado aplastar des- pués de comérselo. Un silencio glacial cayó sobre la peque- ña asamblea. Siempre se tenía el mayor cuidado en no entrar con el pie izquierdo en el comedor, no tocar nada en la mesa con la mano izquierda, no dejar sin aplastar las cáscaras de hue- vo por miedo a que un mago pudiera utilizar la cáscara in- tacta para lanzar un sortilegio a quien se había comido el huevo, y sobre todo no volcar la sal, lo que era presagio de muerte. Kaeso ap lastó el huevo en el acto con la mano derecha, gesto profiláctico bastante irrisorio en vista de la acumula- ción de signos de mal augurio. Como se empezaron a discutir fervorosamente otras me- didas preventivas para sanear la situación, Kaeso, harto, se retiró. ¿Habían querido los dioses advertirle que el amable gesto de Selene es había desagradado? Se paseó un rato por el falso atrio intentando calmarse, y sus reflexiones le condujeron directamente al problema del incesto, ahora de actualidad. Tras el matrimonio de Claudio con su sobrina, Nerón, a su vez, había sido la co- midilla general, y los fisgones se habían repartido en dos bandos para saber cuál de los dos, la madre o el hijo, había seducido al otro y le había impuesto relaciones cuípables. Toda la maléfica gesta de los julio-claudios se anegaba, por otra parte, en un irrespirable clima de relaciones estrecha- mente consanguíneas. Pero Kaeso comprendió que estas fantasías nobiliarias, exacerbadas por el liberalismo sexual de moda, no eran sino la expresión de un malestar más vasto y profundo. Ya fuera en las cabañas de los campesinos o en las insulae ro- manas, la promiscuidad era continua y asombrosa. Aque- llos favorecidos por las leyes, los más fuertes y autoritarios, se veían expuestos a vergonzosas tentaciones. Y en las grandes viviendas aristocráticas, ¿no se enfrentaban los hi- jos a madres bellas y excitantes, sin hablar de las concubi- nas paternas abandonadas o de los favoritos no reclama- dos? Signo de los tiempos, las acusaciones de lesa majestad se veían reforzadas con frecuencia por las de incesto, como si cada humareda que se elevaba tuviera que corresponder a un fuego secreto y lascivo. Otra consideración que podía tener su peso: por defini- ción, las leyes contra el incesto sólo concernían a los ciuda- danos y los libertos, únicos capaces de casarse y tener hi- jos. Los esclavos, que estaban fuera de la ley, y cuyas confusas relaciones, ocultas o confesas, se desarrollaban sin la garantía del gobierno, no eran observados con tanta atención. ¿Quién se preocupa del incesto de las moscas al- rededor de una lámpara? Pero esos esclavos, una vez liber- tos, tenían ciudadanos por descendientes. Si uno se remontaba más lejos en la historia, compren- día que el incesto del hijastro con la madrastra, el de la madre con el hijo, habían sido grandes temas del teatro griego y continuaban apasionando a todo el mundo; y ~~ue el mismo Séneca, siempre tan sensible al clima moral, a- bía consagrado al primero de estos temas una de sus nueve tragedias destinadas a lecturas públicas o representaciones privadas ante una élite de letrados. Y remontándose más lejos todavía, uno quedaba perple- jo ante la importancia y la precisión de las leyes que regu- laban las relaciones sexuales en las sociedades primitivas y nómadas, como lo testimoniaba elocuentemente la biblia de los Setenta. En el seno de una pequeña tribu aislada en un mundo hostil, era capital saber quién tenía derecho a acostarse con quién. Pero los griegos y romanos, en su ori- gen, ¿habían sido tan diferentes de los extravagantes ju- dios? Las dificultades de Kaeso parecían tener antigua data, aunque ello no las hacia menos graves. 306 307 x Como último recurso, Kaeso pensó en Séneca. Y duran- te la siesta general, le escribió a Silano: "K. Aponio Saturnino a D. Junio Silano Torcuato, ¡fi- liales saludos! "Vuelvo a agradecerte el banquete organizado por mi investidura de toga, en el que todo fue de una perfección e interés constantes. El gusto y la generosidad que pones en cada ocasión te hacen decididamente digno de tu riqueza. Nunca había visto a Marcia tan bella y feliz como esa no- che. ¡Qué ella pueda darte, a ti que todo lo tienes, lo que aún te falte! "No he dejado de pensar en las tan tradicionales consi- deraciones religiosas con las que te dignaste honrarme. No obstante, ellas sólo tienen en cuenta las apariencias. Ya que en la intimidad de tu inteligencia y tu corazón eres es- toico, me gustaría profundizar en esta doctrina antes de llegar a ser tu hijo afectuoso. Pero ya he puesto a dura prueba tu paciencia. Perteneces a la misma sociedad que Seneca, a quien admiras tanto como yo, y tienes amistoso acceso a su casa. Siempre soñé con acercarme á este gran hombre, que se pasa la vida iluminando su propia concien- cia y la de los demás. Si le pides una entrevista para tu fu- turo hijo, sé que su acostumbrada afabilidad le llevará a concederla. Sólo podré disfrutar de ese honor y esa felici- dad a través de tu ayuda. Lo solicito para entenderte y que- rerte mejor, y por lo tanto tengo derecho a la debilidad de estar impaciente. "Espero que te encuentres lo mejor posible. Yo estoy bien." Kaeso le dijo al mensajero que se apresurara y, mientras esperaba que un esclavo de Silano le volviese á traer las ta- blillas, se dirigió a casa de los hermanos Sosión. Los libre- ros se concentraban en el Argiletum, pero los había tam- bién en torno a los Foros, y la taberna de los Sosión estaba cerca del templo de Vertumno, entre el Foro Sur y el Foro 309 de los Bueyes. Era una librería cotizada, donde se reunían regularmente los establecidos pedantes de algún circulo li- terario. Kaeso se había abastecido allí en tiempos de sus estudios "Gramaticales" y ahora deseaba adquirir, con vis- tas a su encuentro con Séneca, la última entrega de sus Cartas a Lucilio. Desde el verano anterior, Séneca empleaba el ocio de su jubilación puliendo cartas para su amigo Lucilio el Jo- ven, procurador en Sicilia, cartas que en seguida el feliz destinatario difundía para su edición. Estos escritos eran particularmente interesantes para Kaeso, ya que Séneca se esforzaba por apartar a Lucilio del epicureísmo para con- vertirlo al estoicismo, como si el paso del materialismo al panteísmo pudiera ser una fuente de progreso moral. En todo caso el epicureísmo, moderado o gozoso, que durante tanto tiempo a ia disfrutado de los favores de los roma- nos cultivados, no se hallaba, ciertamente, de acuerdo con la inquietud y la sensibilidad del tiempo. Kaeso había leído las primeras Cartas en Atenas, y sobre todo la del Libro III, que hubiera podido titularse: "Viajar no es curar el alma". La taberna de los Sosión no había cambiado. El escapara- te seguía provisto de numerosos libros; la larga lista de los autores y las obras en venta se exhibía en la fachada y aun sobre los pilares adyacentes del pórtico, lo cual resultaba muy cómodo. De un solo vistazo se comprobaba que Séne- ca había logrado difundir mejor sus disertaciones morales para gente de mundo. Kaeso entró en la estancia donde se encontraba de ordi- nario uno de los hermanos Sosión, entre tabiques llenos de horizontales compartimentos cilíndricos, graciosamente lla mados "nidos", donde reposaban los "volúmenes". Pero también había gruesos "tomos" en algunos anaqueles. So. sión el Joven estaba al corriente de la próxima adopción de Kaeso y se ap resuró a ponerse a su servicio y ofrecerle cré~ dito. Su perfecta corrección se había convertido de pronto en amable cortesía. El caso era que le habían arrancado de las manos las Iii~ timas Cartas a Lucilio; pero se estaban fabricando nue~ ejemplares, y Sosión ofreció a Kaeso, por si le inter~ introducirle en los talleres, donde verían sobre el terre! en qué punto se hallaba el trabajo. Pues los Sosión no er' solamente libreros, como la ma oria de sus colegas, alj nos de los cuales se desempeñai an también como vend dores ambulantes; eran asimismo fabricantes y editoreS una parte notable de su producción, cuando una obra bien, se distribuía entre libreros que carecían de suficiel solidez como para mantener talleres. Primero pasaron por un almacén atiborrado depapYfl en menor medida de pergaminos, materias que provenían del gran depósito junto al Foro, al pie del Palatino. Había nueve clases de papyri, desde el grueso "emporético", que servia para los embalajes, hasta el costoso "augustal", para ediciones de lujo, en cinco anchos diferentes. Los egipcios producían este papiro desde tiempos inmemoriales, y ha- ian creado por azar el pergamino más de tres siglos antes. Orgulloso de los 700.000 volúmenes de su biblioteca ale- jandrina, Ptolomeo había decretado, empero, el embargo del papiro que se destinaba a Pérgamo, donde el rey Eume- nes ambicionaba construir una biblioteca que compitiera con aquélla. Los pergaminianos idearon entonces sustituir el producto por pieles de oveja artísticamente curtidas y trabajadas. Desgraciadamente, el resultado seguía ostentan- do un precio desmesurado en relación al papiro, y las edi- ciones sobre pergamino eran, forzosamente, poco numero- sas. Sosión le mostró a Kaeso pieles naturalmente amari- llentas, que tenían la ventaja de no fatigar los ojos, y pieles blanqueadas, que algunos encontraban más agradables a la vista. Había muchos talleres de escribas, cada uno dedicado a una obra, pues estos escribas no tenían nada que ver con los copistas: escribían sobre las rodillas al dictado de un lector, lo que permitía fabricar un gran número de ejem- plares a partir de un solo original. Kaeso consideró un mo- mento este trabajo con curiosidad. Los escribas mojaban la pluma en tinteros de tinta negra o sepia, empleaban com- pases para medir el espaciado y la longitud de las líneas, re- glas para trazarías, y esponjas o raspadores para las correc- ciones. Pero con un sistema semejante (y ya que los escribas cometían, a pesar de todo, faltas bastante numerosas), era absolutamente necesario un taller especializado en las co- rrecciones, el precio de los libros dependía incluso estre- chamente de la calidad de éstas, y cada obra tenía que lle- var el nombre de su corrector. Las hojas de papiro o de pergamino, una vez cotejadas y corregidas, iban al taller de encuadernación. Unos obreros pegaban las hojas de papiro una tras otra y ataban la últi- ma a un eje llamado orn bilic a cuyo alrededor se enrollaba el volumen. Había rodillos de longitud y espesor muy di- versos. Y en los dos extremos del ornbilic, después de haber rebajado y pulido los dos cantos del rodillo -los "fren- tes -, se montaban discos o semicírculos, cuyo diámetro era igual al del libro enrollado. Finalmente, se introducía el volumen en un saco de piel o de tela, provisto de correas rara ceñir el contenido; pegado en el borde de la envoltura tiabia un indice donde figuraban, escritos al minio, el nom- 310 311 bre del autor y el titulo de la obra. Las hojas de pergami... no, después de ser superpuestas como convenía, se cosí~ y pegaban en el lado izquierdo, y se les añadía una cubier~ de cuero o madera: así se obtenía un "tomo". El material de ciertos libros de precio se ablandaba con un aceite especial para protegerlo de los gusanos y la hu- medad, y la tinta se mezclaba con ajenjo para desanimar a los ratones. Otros obreros raspaban papiros o pergaminos a partir de libros no vendidos para hacer palimpsestos, los cuales servirían para nuevas fabricaciones de poco valor. Los li- bros no vendidos cuya calidad material ni siquiera merecía este tratamiento se cedían al peso a libreros de 1p oca mon- ta. Niños desconocidos aprenderían a leer con e los, harían ejercicios de escritura en el reverso de las hojas, y al final se limpiarían maliciosamente con el estudioso testimonio de sus esfuerzos, pues las esponjas seguían siendo bastante costosas dada la relativa escasez de los buenos buceadores. A veces, los libros de desecho iban a parar a los vendedo- res de pescado o de especias, quienes hacían con ellos en- voltorios o cucuruchos. Sosión el Mayor, que estaba supervisando la corrección de un Ovidio, anunció a Kaeso que un nuevo lote de Cartas a Lucilio acababa de entrar en caja, y le hizo admirar el tra- bajo: se presentaba como un rodillo sin ornbilic, a conse- cuencia e la revedad del texto, que no exigía un desplie- gue prolongado. A veces ocurría también que cortas y vulgares producciones inscritas en papiro se presentaban bajo la práctica forma del "tomo", solución normal para los libros lujosos en pergamino: la piel de oveja, así trata- da, reproducía el pliegue del rodillo, con lo cual se hacía difícil desenrollar el volumen. La conversación volvió a Ovidio. El abuelo Sosión lo había conocido bien; y el padre había transmitido la expe- riencia a los niños. -Hace cuarenta y seis o cuarenta y siete años -dijo Sosión el Mayor- que el desgraciado murió de desespera- ción en un lejano y riguroso exilio. El pretexto de su con- dena sigue siendo misterioso hasta hoy. Pero la razón pro- funda, la que había hecho imposible la ap elación, os la puedo decir. Mientras el viejo Augusto, después de una tormentosa juventud, se aperreaba intentando devolver el honor a las antiguas virtudes romanas, que desde hacía tiempo provocaban las sonrisas de toda la nobleza, Ovidio había cometido el crimen capital de revelar con el mejO! talento lo que ya la experiencia había enseñado a todo el mundo: a condiciónde saber arreglárselas, la matrona más virtuosa podía gritar de placer. Nuestro inconsciente autO! trataba, en fin, del goce de las mujeres, de las cuales se consideraba que jamás debían gozar. Augusto, que tenía los peores problemas con su hija y su nieta, desvergonzadas a pesar de la educación más severa, veía de pronto al primer poeta de la corte proponer a la humanidad una insosteni- b le imagen del romano conquistador de naciones y de la esposa romana que había engendrado a ese hombre: un amante a cuatro patas, dado a lamer con fruición no sólo a la mujer del vecino, sino, mucho peor aún, ¡a la suya pro- pia! Los consejos y técnicas de Ovidio, evidentemente, in- teresaban a hombres y mujeres, echaban abajo todas las ba- rreras y prejuicios. La madre romana parecía salir de un lupanar. -~Con la diferencia -apuntó Sosión el Joven- de que las muchachas de un lupanar disfrutan mucho menos de lo que uno se imagina! -Si -continuó tristemente el Mayor-, se diría que el placer de las mujeres pone celoso al hombre. Quizá porque cada hombre tiene una madre, a la que le repugna imagi- nar en celo, lanzando gritos de loba en el crepúsculo. -ATengo la impresión -dijo Kaeso- de que las madres de hoy ya no se aguantan las ganas de gritar, y en pleno día! Desvió el rumbo de una charla que empezaba a pesarle, y los Sosión le propusieron una maravilla de artesanía: toda La Ilíada en un rollo de papiro muy fino, que cabía en una cáscara de nuez de oro macizo. Pero Kaeso ya había sudado bastante con La Ilíada y sólo se llevó las últimas Cartas de Séneca. Como el Foro de los Bueyes estaba a dos pasos, Kaeso se dirigió a él con la intención de ver por fin 1 a estatua de Marcia. A esa hora los foros ya no conocían la animación de la mañana. Muchos romanos estaban en las termas, en el Campo de Marte, en la Vía Apia o en algún jardín pú- blico, y la mayoría de los mendigos que pululaban -verda- deros o falsos- había seguido el movimiento general. Al caer la noche, los verdaderos mendigos y mucha gente sin alojamiento, animados por los primeros calores, irían a ms- talarse a un teatro, un anfiteatro o un Circo, solución que la policía toleraba para que las calles, pórticos y jardines se viesen libres de esa turba. Los grandes monumentos ser- vían también a veces para albergar soldados de paso. Delante del templo del Pudor Patricio seguía sentado en el pavimento un ciego, de ojos purulentos cubiertos de moscas, que hacia pensar en Edipo. Por primera vez, Kaeso se preguntó por qué Edipo se había pinchado los ojos des- pués e en erarse de que había yacido con su madre. ¿Por qué no castigar la mano que había acariciado? ¿Por qué no 312 313 la nariz que había olido? ¿Por qué no la yerga, que había obrado peor? ¿No veía Edipo las imágenes que le perse- guían incluso con los ojos cerrados? El mendigo llevaba un pequeño letrero de ingenua fac- tura que lo representaba nadando en un mar embravecido, mientras su barco zozobraba en el horizonte. Uno entendía en seguida la presunta razón de su miseria. Pero algunos chiquillos chistosos habían enmendado el cuadrito con crueles pintadas. Aquí, una sirena tocaba la citara; allá, po- día leerse: "¡Para beber!". A Kaeso lo conmovió ese de- samparo, que tiempo atrás le habría impresionado poco. Desde que se había visto súbitamente agredido por la des- gracia, se descubría más sensible frente a la infelicidad aje- na. El mendigo le dio la dirección del guardián, que vivía en las cercanías, y Kaeso le dio un denario' en pago, limos- na muy habitual. El guardián estaba en las termas, pero su mujer le abrió el templo a Kaeso. Por lo común, los templos estaban ce- rrados, y con tanto más cuidado cuanto que a veces servían de banco. El altar de los sacrificios se hallaba siempre en el atrio, al pie de los escalones, cuyo número se había calcula- do para que el pie derecho jugara su benéfico papel. En la penumbra del viejo santuario, la estatua de Marcia era ciertamente un triunfo, se comprendía que Silano la hubiera juzgado digna del lugar. Bajo el velo, el rostro ex- p resaba todo el pudor que a los hombres les gusta leer en los ojos de una esposa o una madre supuestamente frígida. La propia frigidez del mármol blanco acéntuaba esa pura y delica a imn resión. Kaeso le dijo a la mujer: -Fue mi madre quien sirvió de modelo. -¡Qué suerte tienes! Con un hondo suspiro, Kaeso dio una pequeña propinO a la aduladora y volvió a su casa. Marco padre estaba en su biblioteca, luchando con unO causa delicada, que ya había engendrado una contradictoria jurisprudencia. Uno de los múltiples protegidos de Silanc joven de buena familia disoluto y arruinado, había firma un contrato de gladiador. Luego tuvo miedo, le sacó ro a una hermana casada y logró comprar su contrato ant de combatir. La infamia que caía sobre los gladiadores, ¿ derivaba del contrato o de una primera aparición en arena? 1. Cuatro asses equivalían a un sestercio o nummus; cuatro tercios de bronce equivalían a un denario de plata; veintic" denarios valían por un aureus de oro. (N. del A.) Marco se alegró de que Kaeso interrumpiera sus investi- gaciones, ya que apenas había tenido ocasión de hablar con él desde su regreso. Le parecía que entre su hijo y él se al- zaba una sombra,pero estaba lejos de sospechar su natu- raleza y su importancia. Kaeso empezó por poner a su padre de buen humor evocando felices recuerdos comunes. A menudo Marco, preocupado por dar una halagueña imagen de su persona, había arrastrado a sus hijos ante tal o cual jurisdicción civil o criminal donde tenía que pleitear. Uno de los más anti- guos recuerdos de Kaeso databa de un proceso de usurpa- ción del derecho de ciudadanía romana entablado contra un griego, que el emperador Claudio había presidido y se- ñalado con su grotesco humor. Como los abogados no es- taban de acuerdo sobre la vestimenta que el acusado tenía que adoptar en los debates, toga romana o manto griego, Claudio, con una soberbia imparcialidad, había ordenado que el sospechoso se vistiera a la manera romana cuando su abogado defendiera su causa, y a la griega cuando el abogado acusador hablase contra él. A Marco, que a despe- cho de sus lejanos orígenes familiares se había visto obliga- do a asumir la acusación, le falló la elocuencia en aquella ridícula atmósfera, y el griego fue absuelto. Más tarde Kae- so había seguido interminables alegatos civiles, que llega- ban a durar siete clepsidras (¡alrededor de dos horas y media!) ante los centuriones* de la enorme basílica Julia, atestada por una compacta muchedumbre. Como era fre- cuente que en aquel lugar se desarrollasen cuatro procesos a la vez, eran los abogados más gritones los que mejor se hacían oír en semejante barullo, y los abogados más ricos los más aplaudidos, pues pagaban la claque de su bolsillo. El órgano, bastante débil, de un Marco sin dinero, apenas podía brillar en el temible monumento. De todas maneras, a Kaeso le había impresionado mucho la elocuencia pater- na, y ahora intentaba recuperar su ingenua mentalidad de niño para halagar a Marco en uno de sus puntos flacos. Y todo para llegar en las mejores condiciones a lo que de repente le preocupaba: ¿cómo había sido exactamente su verdadera madre, Pompinia? El joven había empezado a sentir una viva curiosidad por esa mujer de la que tan poco y en tan contadas ocasiones le habían hablado. Marco se dejó arrastrar de buena gana a las confiden- cias, que le recordaban una época de su vida en la que ha- bía sido rico y había estado satisfecho y orgulloso de sí * Miembro de un tribunal entendido en litigios privados, es- pecialmente en herencias y tutelas. (N. de la T.) 314 315 mismo. Pero a pesar de que Kaeso lo acosó a preguntas, las respuestas eran terriblemente decepcionantes por su ca- rencia absoluta de originalidad. Hubiérase dicho Tito Livio recitando incansable todas las altas y clásicas virtudes de la matrona romana de antaño. Pomponia había sido casta, fiel, hogareña, discreta, reservada, púdica, amante, econó- mica, severa y justa con los esclavos... ¡la dignidad personi- ficada! Kaeso comprendió que con un hombre como su pa- dre nunca llegaría a saber mucho más. Era como si acabara de perder a su madre por segunda vez, y definitivamente. Dio las gracias a Marco y se retiró con los ojos llenos de lágrimas. Selene le llevó a Kaeso las tablillas que acababan de volver con la respuesta de Silano, y Kaeso se sentó a leer- las en un rincón apartado del falso atrio. "D. Julio Silano a su querido Kaeso, ¡salud! "Séneca dice que podrás encontrarlo en la Biblioteca Palatina hasta la hora de cerrar. ""Ese gran hombre que se pasa la vida iluminando su propia conciencia y la de los demás" volverá a estar allí mañana, a última hora de la tarde. Tu repentina pasión por el estoicismo me halaga, pero sobre todo tengo la impre- sión, después de haber leído esa frasecita que sin duda se te ha escapado, de que necesitas iluminar tu conciencia, y me he preguntado por qué tu honorable padre, tu madras- tra o yo mismo ya no te parecemos lo bastante competen- tes a tal efecto. ¿Quizá porque tu problema de conciencia se relaciona con la adopción en curso? "Le he confiado a Marcia tu inquietud, mencionándole tu sorprendente salida la noche del banquete de tu investi- dura: '¡Yo nunca te traicionaré!". Tenias una cara muy ex- traña en aquel momento. "Yo sentía que Marcia me ocultaba algo, y me enorgu- llezco de haber sabido inspirarle confianza hasta el punto de arrancarle por fin el pequeño secreto. "Durante el verano anterior a tu viaje a Grecia, te diste cuenta de pronto de que tus sentimientos por Marcia co- braban un nuevo rumboy no supiste ocultarle la pasión que te devoraba. Ya no podías vivir, amenazaste con ma- tarte si la dama de tus pensamientos consideraba una niñe- ría aquel sentimiento profundo y duradero. "¡Pero yo también, a tu edad, tuve grandes pasiones, Y algunas duraron más de seis meses! Y mucho más duraban al no ser satisfechas. Los jóvenes tienen tendencia a hace! se una idea mítica del acto más sencillo y natural. "Además, Marcia era la gran responsable de esa súbiU pasión~ puesto que acababa de revelarte que su matrimo- nio con tu padre siempre había sido puramente formal. Ya no podías ver en ella a una verdadera madrastra y no es muy sorprendente que llegaras a inflamarte. "Creo que Marcia, al ceder a tus deseos, actuó de forma muy razonable. Para un adolescente, es bueno que su pri- mera experiencia se vea guiada por una mujer mucho ma- yor que él, cuyas cualidades de corazón y delicadeza estén a la altura de su misión. Mi primera amante tenía más de cuarenta años, y todavía le estoy agradecido por todo lo que me enseñó. Me ahorró muchos errores y peligros. "Marcia, que conoce bien a los hombres, tenía además otro motivo, que no era despreciable. A los hombres los persigue durante toda su existencia, en el momento de sus retozos amorosos, la pura y tierna imagen de su madre, contradicción que puede provocar en ellos cierto desequili- brio, e incluso a veces conductas extrañas. Si los dioses lo permitieran, ciertamente sería de utilidad pública que cada muchacho se acostara una vez con su madre mientras ella todavía se mantiene fresca y acogedora. Seguramente se vería libre de un gran peso. Tú has tenido la maravillosa suerte, Kaeso, de poder acostarte con una madre deliciosa sin que los dioses pudieran molestarse por ello. El embria- gador perfume era incestuoso, pero el frasco era inocente. Debes agr adecérselo a Marcia, siempre tan adicta a tu persona. "La carta que le enviaste sobre los pederastas griegos, a la que me tomé la libertad de contestar, mostraba a las cla- ras el alcance del servicio que ella acababa de rendirte, y daba fe de la nueva y confiada naturaleza de vuestras rela- ciones. La crisis había pasado. Ya no temías exponer tus problemas de corazón y moral a esa mujer que acababa de ser para ti madre y amante. Y las amables hetairas que pre- feriste a los muchachos eran una prueba suplementaria de que tu malestar había curado felizmente. "Hoy, con unos escrúpulos que mucho te honran, te preguntas si tienes derecho a dejarte adoptar por quien es marido de la mujer que te inició en el amor antes de cono- cerle. Y yo te digo que tus escrúpulos son excesivos. Ten- go una opinión demasiado elevada de mi mismo para haber estado celoso alguna vez, y los celos más estúpidos son los que se refieren al pasado. "¿Acaso no estás completamente seguro de ti mismo? Tal vez temas que vuelvan las antiguas tentaciones si eres llamado a vivir en la intimidad de una mujer tan hermosa y atractiva... Sé que, en ese caso, harás un esfuerzo para no ceder. Pero también sé que me acechan las frialdades de la edad, que cualquier hombre es débil frente al placer -¡y 316 317 las mujeres aún más!-, que la naturaleza, a la que debe. mos someternos sin rezongar, quiere que triunfe la juven. tud. Si la llama se avivase y te quemara, y encontrase ~ Marcia maternalmente complaciente, yo sabría tomar i~. dulgente partido antes que magullarme la mano golpeand0 la mesa. Lo importante para mí es pasar mis últimos años en vuestra compañía, entre dos dechados de belleza. "Ya ves, puedes estar tranquilo. "Que te encuentres bien. Yo estoy de maravilla, si deja- mos aparte algunos reumatismos." Cuando Kaeso leyó "Yo creo que Marcia, al ceder a tus deseos.." lanzó a su pesar un grito de sorpresa y dolor que atrajo a Selene. Al terminar de leer 'paso la carta a la jo- ven, a quien pareció impresionarle vivamente. -Marcia -dijo- acaba de darle la vuelta a la situación como a una piel de conejo. El niño pataleaba de concupis- cencia. Mamá lo calmó con una caricia distraída. El niño creció y, ahora, ¡le dicen q1ue "puede estar tranquilo"! Ya no tienes ninguna razón va i a para negarte a la adopción. Silano ha dejado de ser un obstáculo. Y, suprema habili- dad, si ahora tuvieras la descortesia de decirle toda la ver- dad, tu declaración sonaría falsa al lado de las sutiles men- tiras que parece tan orgulloso de haberle sonsacado a su Marcia. ¿Cómo podrías escapar de una mujer tan temible? Kaeso gimió: -Aún me queda una buena razón para cortar con esta situación podrida: decididamente, no me siento con áni- mos de acostarme con Marcia. -Es la única razón que no puedes dar, y a que es la úni- ca que las mujeres no admiten y que los hombres no en- tienden bien. Además, ¿no se supone que ya has dado el paso? -¡Demasiado lo sé! ¡Yo era su inconsciente amor plat6~ nico y, siempre con inconsciencia, me he convertido en SU amante honorario! ¿Pero quién me librará de ese vampiro2? -Te recuerdo que está en juego mi seguridad. Cuando te permití que pusieras en claro tu angustioso asunto, ju- raste que me protegerías. Así que la amenaza de revelarle 1 Silano la indignidad de Marcia ya no sirve. Tus buenas rela- ciones con ella son, de ahora en adelante, mi única salva- guardia. 2. Entre los romanos, cadáver que sale de su tumba para úhU~ par la sangre de los vivos. Por extensión, se encuentra ya en ( rón la grafica expresión "Chupasangres del Tesoro público". del A.> -Habla claro: ¿Debería acostarme con mi madrastra para salvar tu piel? -El problema de conciencia es tuyo. Kaeso se llevó las manos a la cabeza y se arrancó los cabellos... -¡Estoy rodeado de mujeres vampiro! -Después de lo complaciente que he sido contigo, el término no es muy amable. Pero el otro vampiro podría desaparecer. -¿Es decir? -¿No están los gladiadores para resolver tales conflic- tos? ¿Quieres que hable con Capreolo, que es judío y sim- pático? Tal vez se deje tentar por una buena suma. Selene contaba con la excusa de que Marcia había in- tentado asesinarla de la misma manera, pero la excusa era sólo objetiva: la esclava ignoraba el asunto. Con horror, Kaeso rechazó la idea que acababa de tentarle: -Marcia sigue siendo mi madre. ¡Ya ha habido bastan- tes matricidas en Roma! No temas: conseguiré protegerte de una u otra forma... -¡Si no lo consigues, saldré de la tumba para chuparte la sangre! En vista del raro talento de Selene, la perspectiva era aterradora. Las muchachas entrenadas y los invertidos ex- pertos debían de ser vampiros temibles. En este clima de oscuras y aberrantes inquietudes, la personalidad de Séneca apareció a los ojos de Kaeso como un abra de paz y razón; de modo que tras un pequeño su- plemento de palabras tranquilizadoras para Selene, el mu- chacho se dirigió apresuradamente a la Biblioteca Palatina, con sus Cartas a Lucilio bajo el brazo. El gastrónomo Lúculo, durante sus brillantes campañas de Asia, había robado todos los libros que pudo, y abierto a los aficionados la rica biblioteca que había constituido en su espléndida villa de la "Colina de los Jardines". Más tar- de, Asinio Polión fundó en el Aventino, cerca del Atrio de la Libertad, la primera biblioteca pública. Augusto constru- yó, lindando con el pórtico de Octavio, la Biblioteca Octa- viana, y después la Biblioteca Palatina, sobre la colina del mismo nombre, edificio que daba al pórtico o atrio de Apolo. En todas partes tenían los lectores dónde desentu- mecerse las piernas meditando o charlando. La Biblioteca Palatina era la más importante y lujosa. Compuesta por tres amplias y majestuosas galerías, daba al sudoeste sobre el templo de Apolo palatino y su Pórtico; y al noreste sobre una floración de templos, a los 318 319 que se llegaba por la Puerta Mugonia, uno de los principa.. les accesos del recinto palatino. Allí estaban el templo de Júpiter vencedor, el de la Fortuna seductora, el templo de la Fe, el de la Fiebre, el de Juno protectora, el de Cibeles, el de Baco y el de Viriplaca, consagrado a la diosa que apa- ciguaba a los maridos furiosos. Esta diosa, sobrecargada de trabajo, brindaba una alta y sabia idea de la notable espe- cialización de los dioses romanos, tanto mayor por ser el monumento muy antiguo. Las continuas guerras lo habían puesto antaño en funcionamiento. Cuando, tras años de campaña, el legionario cornudo volvía a su casa, llegaba muy a menudo la ocasión de ofrecer sacrificios a Viriplaca. Y como las mujeres ya no tenían necesidad de largas cam- pañas militares para ser infieles, a Viriplaca la sitiaban ahora las preocupadas matronas, que no se ruborizaban de ser vistas allí, ya que sólo un escaso porcentaje de atrabilia- rios se abstenía de poner en du a a virtud de su esposa. Por otra parte, estos eran los casos más desesperados, pues la dulzura de la almohada común no podía nada contra la incompatibilidad de humor. Kaeso entró en la galería central, que era una estancia de adorno más que una sala de lectura. El lugar, decorado con bustos de todos los escritores difuntos y célebres, esta- ba dominado por una estatua de Augusto en bronce. Kaeso buscó a Séneca en las salas contiguas. Allí, en el seno de armarios de cedro cuyo olor resinoso alejaba a los gusanos, descansaba, cada uno en su "nido", una multitud de volú- menes; cada libro estaba colocado a lo largo en un ana- quel, y el pavimento era de mármol verde para no cansar la vista. Estaban anunciando el cierre cuando Kaeso reconoció a Séneca, cuyo busto había sido vulgarizado. El personaje, ~ ue sin duda había amasado cerca de trescientos millones e sestercios3 bajo cuerda como abogado, en usura o en di- versas prevaricaciones en los bastidores del poder, primero gracias a Agripina, después gracias a Nerón, era extremada- mente elegante, pero el rostro esculpido era el de un vege- tariano enfermizo y ansioso. 3. Es decir, en aurel romanos, 23.400 kilos de oro. Contando el kilo a 100.000* francos, resulta 2.340 millones de francos. Pero al obrero de los tiempos de Nerón le pagaban alrededor de dos sertercios por día. Así pues, el capital de Séneca podía retribuir 150 millones de días laborables, que vendrían a ser, pagados al SMIC, más de 24.000 millones de francos actuales. (N. delA.) * Esto equivale, más o menos, a 2 millones de pesetas en el primer caso, 46.800 millones en el segundo, 3.000 millones en CI tercero y 480.000 millones en el cuarto. (N. de la T.) Séneca acogió a Kaeso y su halagador opúsculo con una cordial urbanidad. Tras la muerte de Burro, la llegada de Tigelino a la prefectura del Pretorio, el matrimonio del Príncipe con Popea, la eliminación de Octavia y la ola de procesos de lesa majestad contra senadores sospechosos, nuestro filósofo, desilusionado con su alumno, se había re- tirado de puntillas a la torre de marfil; pero sus simpatías secretas estaban evidentemente con esa oposición, tan pronto organizada como caótica, que sin esperar la imposi- b le vuelta de la República deseaba una iluminada monar- quía augusta antes que una tiranía a la manera griega. Por lo tanto, Séneca estaba en las mejores relaciones con toda clase de círculos o grupos de presión aristocráticos, tanto con el estoico Trasea como con Calpurnio Pisón, de incli- naciones vagamente epicúreas. Y era grande su estima por los sufridos Silano. Como los "custodios" empujaban a la multitud hacia las salidas -en vista del riesgo de incendio habría sido impen- sable trabajar de noche en una biblioteca-, Séneca arras- tró a Kaeso bajo el hermoso pórtico de Apolo, cuyos cien pasos recorrieron charlando. Kaeso juzgó preferible no lanzarse directamente a dolo- rosas confidencias, e inició el diálogo con consideraciones generales, que versaban principalmente sobre el destino de las almas después de la muerte. Famoso conferenciante mundano y talentoso abogado, el distinguido filósofo no se asustaba por tan poca cosa... -Toqué ese tema -¿te acuerdas, quizá?- en mi Conso- lacicín a Marcía. Luego de haber abandonado el cuerpo, el alma sufre un tiempo de purgatorio en relación con sus fal- tas y méritos, para alcanzar más tarde la morada celeste, donde conoce una serena alegría, liberada como se halla del mal, la duda y la ignorancia, y donde tiene a su alcance todos los secretos del universo. Pero ya sabes que para los estoicos la evolución del mundo, concebido como eterno, es cíclica. Ora el universo se contrae hasta el abrazo gene- ral en una inmensa conflagratio, ora se dilata y se organiza por grados. Según esta óptica, la inmortalidad individual del alma sólo va de una conflagración a otra -separadas además por tiempos, digamos, infinitos. A cada conflagra- ción, el alma vuelve a los elementos de donde había salido. Los estoicos piensan que la energía destructora o construc- tora de todo el sistema se debe a una especie de fuego. Pero nosotros no somos materialistas en el sentido en que lo son los epicúreos, cuyos curvados átomos continúan go- bernados por una suerte de azar. Al contrario, creemos que el universo se identifica con un dios, que es Razón, y que lo que llamamos "materia" no es sino la emanación de esta 320 321 razón divina. El espíritu reina en todo y por todas partes. -Entonces dios sería parte del mundo, seria organiza. dor y regulador, como el demiurgo platónico, y no creador como el dios judío del que sin duda habrás oído hablar, ya que dices haber conocido bien a Filón... -Me has entendido a la perfección. Confieso que ese dios judío me ha dado que pensar e incluso llegó a seducir- me por algún tiempo. Esa concepción trascendente supri- me, ciertamente, muchas dificultades, pero sólo para plan- tear otras no menos embarazosas. Pues si dios es un espíri- tu puro fuera del mundo, como quieren los judíos, uno se pregunta entonces cómo podría actuar sobre él, de qué modo, con qué medios seria capaz de hacerse oir, de ex- presar sus deseos y su voluntad. El Yahvé que se pasea por el Sinaí es signo, evidentemente, de infantilismo. -¿Has oído hablar de los cristianos? -¡Y antes que tú, sin duda! Cuando mi hermano Ga- lión era procónsul en Corinto, un cierto Pompeyo Paulo, judío de Tarso que se decía cristiano, le causó irritantes problemas, de los que me habló. Ya no se trataba de Yahvé en el Sinaí, sino de un dios encarnado, crucificado y resuci- tado. ¡Una menudencia! Siempre ese deseo lancinante de los judíos, inherente a su sistema, de establecer contactos con un más allá imaginado, sin embargo, como inmaterial. A pesar de la comp leta inverosimilitud de sus postulados, la secta cristiana hizo luego algunos progresos, y ya que ese Paulo está en Roma, satisfice el deseo de hacer que me lo presentaran anteayer4. ¡Fue un bonito diálogo de sordos! La formación de nuestro propagandista es más rabínica que filosófica y su cultura griega es bastante superficial. Sólo sabe repetir exégesis muy discutibles o extravagancias dog- máticas. En resumen, es mitad judío y mitas loco. Pero como muchos espíritus extraviados, razona perfectamente; su discurso está lleno de ardor y convicción. ¡Todo un tem- peramento! Uno no se aburre con él, lo cual no podría de- cirse de alg unos de mis amigos filósofos... Kaeso llegó por fin a lo que le atormentaba; se confesó detenidamente y de forma bastante confusa, alentado de vez en cuando por una pregunta pertinente de Séneca, quien acabó por tener una visión medianamente clara de la cuestión. Permaneció un rato pensativo y luego dijo: -Siento simpatía por ti, pues tu historia, en el fondo, se parece mucho a la mía. A lo largo de toda mi existencia el destino no dejó de plantearme este trágico interrogante: 4. La correspondencia entre Séneca y San Pablo es apócrifL (N. del A.) ¿hasta dónde, en qué medida debe el sabio contemporizar con lo malo para evitar lo peor? Se me han reprochado mis riquezas; pero para un verdadero estoico, ¿no es el dinero sinónimo de independencia y dignidad? Se me reprochó, durante mi terrible exilio corso, mi Consolacidn a Polibio, un liberto de Claudio que acababa de perder a un hermano menor, y aquel texto de circunstancias -¡del que ni siquie- ra me acuerdo!- era de una rematada banalidad. Pero, ¿no podía hacer Séneca mayor bien en Roma que en Córcega, donde sólo tenía cabras por auditorio? Se me reprochó, tras la muerte de Agripina, haber redactado la carta que Nerón dirigió al senado, en la que el matricidio se justifica- ba y a la vez se presentaba como un suicidio. Pero a Burro y a mi nos pusieron delante el hecho consumado, y gracias en parte a mi influencia los años precedentes y el año que siguió fueron los mejores del reino, en armonía con mi diá- logo De la clemencia, en el que preconizo un despotismo moderado. Además, ¿cuántos asesinatos no había cometido Agripina? ¡Desgraciadamente, tu futuro padre adoptivo sabe algo de eso! Esta eukairia* estoica -para hablar grie- go-, este oportunismo razonado, tiene no obstante unos límites. Hay un tiempo para comprometerse, otro para el panfleto, otro para escrib ir "La metamorfosis en calabaza del emperador Claudio divinizado", y otro para retirarse del juego cuando las reglas ya no resultan soportables. Hace dos años que llegué a ese punto y que mi mujer, Pau- lina, se esfuerza por consolarme de esta especie de nuevo exilio que me he impuesto en el interior de la Ciudad... A fuerza de hablar de sí mismo, el sabio se estaba olvi- dando de Kaeso. Se dio cuenta y volvió precipitadamente a su interlocutor... -En cuanto a tu problema, te haré una pregunta que tengo por costumbre plantear a todos los jóvenes que vie- nen a pedirme consejo: ¿qué consejo quieres exactamen- te? Pues nunca seguimos más consejo que el que nos a g ra- da, y que podríamos haber hecho el esfuerzo de descubrir por nuestros propios medios con un poco de reflexión. El consejero es sólo un partero, que saca del espíritu y del co- razón del prójimo lo que ya estaba allí. -Confesándome contigo, y gracias a tus simpáticas pre- guntas, creo que ya me he aclarado las ideas... -Yo mismo experimenté ese sentimiento en la Consola- Cñfn a mi madre Helvia, de factura muy personal, que le hice llegar desde la salvaje Córcega para secar sus lágrimas. * En griego, oportunidad, visión del momento conveniente. (N. de la T.) 322 323 (¡Séneca parecía haber consolado como dios mandaba a un considerable número de gente!) -A mis ojos, hay una cosa completamente cierta: sean cuales sean las complacencias (¿ ejemplares o vergonzosas? Dejo que tú mismo lo juzgues) de Silano, no podría enca- rar ahora una relación con Marcia. -¿Y por qué? -En otro tiempo la apreciaba infinitamente y no la de- seaba. O al menos, si mi deseo estaba despertando, el mie- do al incesto lo mantenía en la duermevela. Como acabo de decirte, me enteré de que su matrimonio con mi padre fue, en conjunto, de puro trámite, pero ella tuvo que con- fesar que compartió su lecho en algunos momentos. Mi de- seo recibió un latigazo; la parálisis perdura. No es el núme- ro de veces lo que determina el incesto, ¿verdad? -Creo que se puede afirmar eso sin miedo a ser des- mentido. -Si yo me rindiera a los encantos de Marcia, ¿no esta- rían envenenadas por esa evidencia las manifestaciones físi- cas de mi amor? -Es muy posible. -Mi cariño subsiste, pero no obstante gran parte del afecto que le tenía se ha desvanecido. Con las mejores in- tenciones, sin duda, ella se ha visto obligada, como tú, a contemporizar con lo malo... -No quiero ofenderte, ¡pero yo he prostituido mi ta- lento por causas más relevantes! -¡Yo soy una causa mínima, desde luego! De todas for- mas, ¿qué es un amor sin afecto? -Es bueno que a tu exigente edad conserves ese noble lenguaje. -Empero, si me dejo adoptar, estoy perdido de ante- mano. ¿Cómo resistir a las maniobras de una mujer tan apasionada, tan atrevida, tan implacable? -¡Seguro que no aguantarías mucho! -Peor aún si eso fuera posible: su personalidad aplasta- ría la mía. Reducido al estado de esclavo, ya no existiría. Pasaría todo el tiempo a su lado, dando satisfacción a sus menores exigencias. -Otro punto importante a considerar. Pero si declinas esa peligrosa adopción, ¿qué vas a decirle a Silano, que te abre los brazos con tanta benevolencia? ¿Qué le dirás a la propia Marcia para ahorrarle la desesperación de una ofen- sa sin remedio? Una mujer desdeñada se transforma en fu- ria. ¡Mi teatro lo atestigua con bastante elocuencia! -He llegado a pensar en hacerme judío, y así tener un buen pretexto para no mantener el culto familiar de 5i lano. Séneca se detuvo y sonrió... -¡Brillante idea si las hay! ¿Por qué no la has llevado a cabo? -El rabí que consulté aplazaba mi circuncisión, que se perdía en una bruma lejana. -~Evidentemente! Si los romanos se hicieran circunci- dar en masa, y a no habría ni religión romana ni religión ju- día. Unos judíos de pacotilla se negarían a ofrecer sacrifi- cios a nuestros dioses, y sería el final de todo... ¡admitiendo que César y el pueblo lo tolerasen sin reaccionar! -Después pensé en los cristianos, pero por lo que tú mismo me has dicho... Séneca reflexionó durante algún tiempo y declaró, esco- giendo las palabras: -En cuestión de sacrificios, los cristianos han adoptado de buena gana la posición judía. Si lo que buscas es un buen pretexto, Pompeyo Paulo, siempre al acecho de con- versiones, te lo proporcionará mucho más rápidamente que los rabinos. -Pero esas pamplinas de encarnación y resurrección, ¿no son ridículas? ¿Tú me ves contándole semejantes cuen- tos a Silano sin echarme a reír? -Visto lo que hay en juego, nada te prohíbe, en buena moral, disfrazar esas insensatas afirmaciones bajo los oro- peles familiares de una mitología cualquiera. Conmovido por tu retirada, Silano no se fijará demasiado... La litera de Séneca, que iba a cenar en casa de Pisón, se había adelantado. El filósofo se excusó por verse obligado a interrumpir tan apasionante conversación, y dijo a Kaeso a guisa de corolario: -Escucha tu conciencia, que veo ya muy avisada, y todo saldrá bien. Siguiendo a Séneca hasta el pie de su litera, Kaeso replicó: -¡Pero si dios se confunde con el mundo, no es una persona! ¿Qué podría inspirarle a mi conciencia que fuera seguro? Antes de tenderse en sus cojines, el multimillonario fi- lósofo respondió: -Ruega a los dioses que dios nunca sea una persona, capaz de darle a tu iniiped ida conciencia órdenes sin répli- ca. ¡Ese día ya no será la esclavitud junto a una mujer lo que te amenace! 324 325 o >1 o o p rf o 1 Pablo seguía en Roma solamente por deber, y con la mayor repugnancia. Todo le indignaba en aquella ciudad monstruosa. La indolencia de un puñado de ricos, que de- rrochaban las rentas de enormes tierras, muchos de los cuales sólo se veían imperativamente retenidos en la urbe por obligaciones senatoriales y políticas. La holgazanería incurable de una plebe que trabajaba cada vez menos y exi- gía cada vez más de un Estado-providencia. La miseria, aún más moral que material, de una muchedumbre de esclavos, públicos o privados, nacidos en su mayor parte en cautivi- dad por selección o accidente, y concentrados en esta Ba- bel a partir de todas las regiones del mundo conocido. El hormigueo de los mendigos profesionales o aficionados. El increíble número de prostitutas o prostitutos. La obsce- nidad de las termas mixtas. La sangrienta violencia de los munera. La peligrosa brutalidad de las carreras de carros, en las que morían muchos conductores, arrastrados por el poí- yo o aplastados bajo los cascos. La lujuriosa y cruel vulgari- dad de los teatros. El tan frecuente abandono de los recién nacidos en los vertederos. La política de Nerón, que, tanto por calculada demagogia como por íntima convicción, ha- b ía llevado a un grado nunca visto todos los vicios de Ba- bilonia y Sodoma. Hacer disfrutar al pueblo por cualquier medio era el programa oficial, por doquier ostentado sin el menor pudor. Hacerlo disfrutar todo el tiempo, embrute- cerlo a base de placeres, hacerse con él y vaciarlo de sensi- bilidad y pensamiento. Y, como símbolo permanente de la idolatría ambiente, espectáculo odioso para un judío de nacimiento, una mul- titud de estatuas decoraban la Ciudad. Fruto tanto del pi- llaje universal como de una industria incesante, bustos y grupos de tamaño natural se erguían en apretadas hileras en todas las plazas, en cualquier encrucijada, bajo cualquier Pórtico, y todos los pretextos para multiplicarías eran b ue- flos. El hombre hecho a imagen de Dios se había reprodu- cido insolentemente en bronce, en piedra, en mármol, como si los átomos de Epicuro, de pronto, hubieran copu- 329 lado frenéticamente para insultar al cielo con su mirada va- cia. Las cabezas de muchas estatuas imperiales eran incluso permutables, a fin de poder cambiarse a toda prisa en la aurora de un nuevo reinado, de modo tal que cada una de ellas parecía una divina advertencia el diabólico Príncipe de este mundo. La mayoría de las estatuas, además, eran de mediocre factura, y de cuando en cuando se desechaba cierta cantidad. Pero el mal renacía una y otra vez, y la le- gislación era impotente para controlarlo. Cierto que Pablo no hacia la menor diferencia entre una Afrodita de Praxite- les y el grosero esbozo de un escultor de aldea, y su exas- perada reprobación englobaba a todos los cuadros que aña- dían su impiedad a la de las estatuas. Sin embargo, tenía que dedicarle algún tiempo a Roma antes de volver a Grecia y Oriente, donde la podredumbre, en el fondo, no era menor, pero mostraba un carácter me- nos grandioso: hasta la libidinosa Corinto parecía un barrio de esta metrópoli, que había dejado atrás la escala humana. Su presencia allí era tanto más útil cuanto más a menudo se ausentaba Pedro, que detestaba resueltamente Roma. Tenía la excusa de no ser ciudadano romano, excusa que Pablo no podía aducir. En tanto que ciudadano, a Pablo le habría gustado amar esa Ciudad imposible. Y se permitía a veces sueños absur- dos: una Roma sin templos, sin estatuas, cuadros, carreras de carros, munera, teatros, termas inmodestas; una Roma donde los sodomitas y prostitutas serian lapidados y cruci- ficados sin piedad; donde altivos ediles obligarían a las ne- cesarias cortesanas a ser discretas y modestas; donde las mujeres estarían indisolublemente casadas con hombres fieles; donde los adúlteros serian perseguidos y ejemplar- mente castigados; donde se exterminarían los verdugos de niños; donde los esclavos vivirían felices bajo la vara oxida- da de unos paternales amos. A veces hasta imaginaba el pan y el vino distribuidos entre una recogida asistencia, no muy tragona ni demasiado borracha, en una basílica purga- da de trapaceros y perdidos, o en un templo cuyo ídolo hu- biera sido roto en mil pedazos. Pero sabia que nunca vería esa Roma ideal, sólo presente, como las ideas puras en el dios de Platón, en el espíritu de la santa Trinidad. Mientras tanto, la situación no era muy cómoda para los cristianos, ni en Roma ni en ninguna otra parte. En Oriente, el mayor éxito de prédica se había conseguido en regiones perdidas de Asia Menor, entre poblaciones incuk tas, dispuestas a creer cualquier cosa. En las grandes ciud~ des, blancos privilegiados de los misioneros cristianos, ~ quienes los campesinos no interesaban mucho, se topaban con la tenaz animosidad de los judíos o con las burlas mOf daces de los griegos. En Occidente, las comunidades cristia- nas todavía eran escasas y pobres. En la propia Roma, el Evangelio había sido poco más que una mancha de aceite en las enormes servidumbres de algunos grandes y hasta en la inmensafamí/ia del Príncipe. Los motivos de esa modesta brecha estaban bien claros: por una parte, los esclavos hele- noparlantes eran abundantes en las casas más ricas, y los predicadores hablaban griego; por otra, "epíscopes" o presbíteros" cristianos (en esa época los términos eran más o menos sinónimos) habían entendido, evidentemente, que la conversión de esclavos griegos de buenas casas era la vía más rápida y segura para ob tener la de los amos cultiva- dos, que hablaban tanto el griego como el latín. Una concu- bina o un favorito cristiano tenían, así, oportunidades de insinuar la justa doctrina en el corazón de un dominus turba- do, e incluso las jóvenes camareras podían sembrar la bue- na semilla en su ama. Ahora bien, la conversión de un patrl- cio, de un miembro de la nobilítas o de un simple "caba- llero", incluso de un liberto politicamente influyente, ha- bría sido de extrema importancia. El nuevo cristiano favo- recería la propagación del Evangelio tanto entre sus pares como entre su gente, ya que las famí/íae de quinientos escla- vos' ya eran corrientes entre los romanos de mediana fortu- na, es decir, de veinte o treinta millones de sestercios. Impresionar hondamente en Roma era la obsesión de Pablo y de sus émulos. Bien se daba cuenta Pablo de que la persuasión siempre sería insuficiente para cambiar seme- jantes costumbres y conmover tantos intereses. El Imperio sólo se convertiría el día en que el emperador se hiciera cristiano, o bien cuando la fuerza de la espada, el incentivo del dinero y algunos favores viniesen en ayuda de la exte- nuada palabra. Y para preparar la llegada de ese día, prime- ro había que convencer a los que poseían la tierra, e Id me- ro y los hombres. Estas lejanas visiones daban fe del creciente escepticis- mo de Pablo en cuanto a la inminencia de conmociones apocalípticas que ciertas declaraciones de Jesús parecían presagiar. Ruina de Jerusalén o fin del mundo ,de todas formas había que organizarse para vivir. Desde el calvario casi había pasado una generación. Desgraciadamente, la conversión del menor noble ro- mano no era asunto de poca monta. Esa gente había asimi- lado bastante cultura griega y filosofía fácil como para mostrarse dócil e ingenua, y a estas malas disposiciones se 1. Tal fue la servidumbre de Plinio el Joven, muerto en el + 114 (N. del A.) 330 331 sumaba, en los individuos de vieja cuna, la pesada herencia del espíritu campesino: gusto acusado por las cosas concre tas, furioso apego a los bienes de este mundo, desconfianza por la novedades y los bellos discursos, supersticiones im- borrables, respeto formal de las costumbres más oscuras e inveterado orgullo. ¡Tal vez fuera más fácil convertir a un rabino que a un verdadero romano! Los judíos de Roma, algunos de los cuales habían con- seguido penetrar en el Palacio, eran además particularmen- te reacios y hostiles, y no olvidaban las deportaciones sufri- das bajo Claudio, a consecuencia de las primeras prédicas cristianas y de las revueltas que éstas habían provocado. Desde el primer contacto, los hombres de Cristo les habían causado problemas. Nada de esto era esperanzador, y los mismos esclavos griegos, que debían jugar el papel de caballo de Troya, pero que a menudo poseían mucha más inteligencia que un caballo, no dejaban de plantear problemas desagradables. Unos tendían a creer que la libertad introducida por el Evangelio debería romper sus cadenas, y había que llamar- los a capitulo. Otros, muchachas o muchachos, tenían in- quietudes que no era fácil calmar. "¿Cómo podría ser cas- ta?", preguntaba una sirvienta. "¡El amo no para de saltar sobre mi!". Pablo respondía con toda naturalidad que don- de hay necesidad no hay pecado. En casos así, la virtud consistía en no complacerse en tales situaciones. "Pero", insistía la muchacha, "¡es que mi amo me hace gozar!". Cuando los favoritos expresaban quejas semejantes, Pablo, que detestaba a los homosexuales, se ponía nervioso y le endosaba el tema a Lucas, cuya dulzura era inalterable. Pablo pensaba a menudo en Nerón, cuya sorprendente personalidad le fascinaba. Y en su agitado sueño, a Nero- nes lúbricos sucedían Nerones que rezaban rodeados de se- rafines... Por su parte, Kaeso había pasado muy mala noche. Sé- neca, que parecía resumir las más antiguas sabidurías, no le había prestado la ayuda esperada. En la mañana de las Robigalias, día "nefasto alegre" en el que tradicionalmente se sacrificaban perros rojizos al dios Robigus para que protegiera a los jóvenes trigos con- tra la roya, Kaeso se levantó con el pie izquierdo, se sobre saltó, volvió precipitadamente a la cama para descender co- rrectamente con el pie derecho y renunció a vestir la toga, que la víspera había estimado de rigor para el rabí y para Séneca y con la que se había asfixiado. Para Pablo, una hermosa túnica sería suficiente... Había empezado la cuarta hora cuando Kaeso llegó a las grandes letrinas del Foro, que se contaban entre las más magnificas de la Ciudad, con su calefacción invernal y su revestimiento de mármol blanco. El gracioso hemiciclo in- cluía veinticuatro asientos, separados por brazos esculpidos en forma de delfines. Encima de los asientos había tres ni- chos consagrados a la diosa Fortuna, flanqueada por Escu- lapio y Baco, mientras que en el diámetro de la estancia, frente al hemiciclo, se alineaban los bustos tranquilizadores de los siete sabios de Grecia, que también se vaciaban el intestino y la vejiga con una filosófica y regular soltura. ¡labia también un pequeño vestuario anexo al edificio y custodiado por dos esclavos públicos, uno siempre disponi- ble para ir a buscar una bebida o una golosina a la thermopo- lía cercana, el otro para ayudar a vestir un manto o rectifi- car la caída de una toga. Bajo el semicírculo de asientos horadados fluía perma- nentemente una fuerte corriente de agua para arrastrar las materias de desecho, y en continuidad con cada agujero horizontal se había habilitado de frente una escotadura vertical, que permitía manejar la suave esponja de Africa o de Grecia, fijada al extremo de un mango. Al pie de los asientos, detrás de los talones de los parroquianos, una co- rriente de agua más modesta corría por una zanja donde se enjuagaban las esponjas. Y en el centro del lugar, un surti- dor gorgoteaba en un pilón que servía de lavabo. Por su armoniosa belleza y su posición en el corazón de Roma, en medio de la animación matinal de los Foros, aquel sitio utilitario se había convertido en un elegante lu- gar de citas para los hombres. (Las letrinas de las termas mixtas eran comunes a ambos sexos, pero las mujeres no se aventuraban en las salas exteriores, y como tampoco po- dían orinar en las ánforas o toneles distribuidos tan liberal- mente, se veían obligadas a aguantarse, costumbre que, por otra parte, habían perdido.) Así, acodado en el lomo de los delfines, uno se retrasaba de buena gana. Los cotilleos iban y venían. Algunos homosexuales le echaban el ojo a un par- tido interesante y le presentaban la esponja con cara golo- sa. Otros hacían tiempo buscando una invitación a cenar. Corría un divertido epigrama del joven Marcial, poetilla a sueldo recientemente llegado a Roma desde su España tarraconense, donde se apostrofaba al parásito Vacerra: IN OMNIBUS VACERRA QUOD CONCLAVIBUS CONSUMIT HORAS ET DIE TOTO SEDET CENATURIT VACERRA NON CACATURIT (¡Ese Vacerra, que pasa horas y días enteros en todos los excusados públicos, tiene ganas de cenar y no de cagar!) 332 333 Kaeso entró en las letrinas, donde reinaba un intens olor que tenía algo eminentemente íntimo y social. Acose tumbrado a su propio olor, el animal se alarma ante los aromas extraños. Y el hombre, que aprecia los olores de su propio y bien torneado zurullo, estima mucho menos por lo común, los zurullos de los demás. El olor de aque. lías letrinas, que nacía de la lograda alianza entre un gran número de matices diferentes, era signo de que el hombre romano había aprendido a soportar a sus semejantes y a compartir sus más humildes satisfacciones2. No había nada que recordase a la idea que Kaeso se Po- día hacer de un judío, y uno de los esclavos públicos le confirmó que Pompeyo Paulo, y a conocido por sus aren- gas, todavía no había comparecido. Kaeso se dirigió hacia la gran basflica Julia, donde la justicia estaba de vacaciones por ser un día nefasto. La voz de su padre parecía resonar todavía bajo las bóvedas y cu- brir el griterío de los niños que jugaban a la rayuela en el embaldosado. Salió y, para matar el tiempo, subió por la Vía Sacra hasta el "mercado de las golosinas", donde uno podía procurarse las cosas más extrañas y caras. En sor- prendente contradicción con sus origenes campesinos, los romanos que tenían medios para ello no solamente sentían pasión por el pescado y los mariscos, sino que habían que- rido experimentar, con una curiosidad insaciable, todo lo que podía comerse a través del mundo. Y en los fantásticos gastos de mesa de algunos maníacos de la gastronomía contaba mucho la lejana extravagancia de los productos. La multitud admiraba una remesa de loros, de los que los gastrónomos, según la receta de Apicio, sólo comían el cerebro y la lengua. En un rincón del mercado, calzado con piedras, se ha- llaba tumbado uno de esos grandes toneles que los barcos traían hasta Roma, mientras que en Ostia se acumulaban montañas de ánforas rotas, tratadas como embalajes percW dos. La tapadera del tonel, que servia de puerta, había sido hecha a un lado, de manera que el ocupante, sin abandona' su casa, pudiera tomar el fresco. Entre los necesitados fil6~ sofos de todas las tendencias que pululaban por la Ciudad para difundir sus ideas y llenarse el estómago, el cínico 2. La defecación conyugal en común todavía era frecuente en el siglo XVIII en las casas más distinguidas, donde había sitio dC sobra. M. Carcopino recuerda con toda justeza que Felipe V de España e Isabel de Farnesio iban a utilizar, cogidos de la manO, "comodidades" de dos plazas. Se trataba, es cierto, de una pareja piadosamente ejemplar. (N. del A.) Grato Lupo -apodado "Leo" por su melena- disfrutaba de cierta reputación. Como muchos otros de la misma es- cuela, eliminando rigurosamente todo lo superfluo había roto su tazón el día en que viera a un niño beber en el hueco de las manos. Pero aunque bebía sin modales, había instalado sus penates en un lujoso mercado, donde podía cobrar sus consultas en especias. Por primera vez, Kaeso se sintió impresionado por la inconmesurable distancia entre lo necesario para Leo y lo superfluo de estoicos oportunistas como Silano o Séneca. Si se podía vivir feliz en un tonel, ¿por qué trajinar y afa- narse para tener el mundo a los pies? Y si el éxito material era indiferente, ¿qué otro éxito merecía, entonces, conside- ración? Por primera vez también, a Kaeso le invadió el vértigo del suicidio, que tienta tan fácilmente a los jóvenes que lar- gos años de pruebas no han vinculado a la vida. Se inclinó hacia el solitario y le preguntó: -En su opinión, ¿qué hay que pensar del suicidio? Y Leo contestó sencillamente: -¡Uno se suicida todas las mañanas! La respuesta daba que pensar. Kaeso fue a comprar un loro, que le ofreció al fil óso fo con estas palabras: -Ya veo que no tienes ninguna necesidad de una len- gua o un cerebrode loro. Pero enséñale a hablar: siempre tendrás a un oyente de tu opinión. Kaeso volvió a las letrinas, a las que Pablo y Lucas ya habían líeg ado. Los reconoció en seguida, modestamente vestidos, fi anqueando a un rico "caballero" que los escu- chaba distraído. Los metafisicos pueden ser del tipo gordo o del tipo delgado. Los delgados buscan a los gordos para ponderarse, y los gordos a los delgados para exas p erarse un poco. La asociación de Pablo y Lucas era así. Pablo, seco y nervioso, ligeramente encorvado, tenía un rostro semita como la hoja de un cuchillo enmangada en un largo cuello, y los ojos de insomne orlados de rojo parecían mirar dentro de si, cuando no traspasaban a los demás con su extraña acui- dad. Lucas, sirio de Antioquía de origen griego, era regor- dete e irradiaba una paz profunda e ingenua. Cuando el "caballero" se hubo retirado, Kaeso se recogió la túnica y se sentó entre los dos viajeros. Para aquella hora, las con- versaciones de los demás ocupantes no eran ni ruidosas ni apasionadas, y Kaeso, después de haberse asegurado cor- tésmente en griego de que no se equivocaba, fue al grano de inmediato. -Me llamo Kaeso. Mi padre es Aponio Saturnino, sena- dor y Hermano Arval. 334 335 Lucas preguntó: -Antes dé ir más lejos, dinos lo que es un Hermano Arval. Estamos de paso y Roma nos resulta todavía ex- tranjera. -Es un miembro de uno de los más aristocráticos cole- gios sacerdotales, cura función consiste en ofrecer sacrifi- cios a la diosa Día y levar unos anales que atañen a César. -Nosotros también ofrecemos sacrificios -dijo Pa- blo-. Pero no se dirigen a una estatua. -En resumen -continuó Kaeso-. D. Junio Silano Tor- cuato, descendiente directo de Augusto y bisnieto de Agri- pa, me adoptará pronto, el día de las Calendas de mayo, para que mas tarde me haga cargo de su culto familiar. Por mi parte, estoy en busca de la verdad, después de habet acabado mis estudios superiores en la efebia ateniense, de la que sin duda habréis oído hablar. Efectivamente, Pablo y Lucas habían oído hablar de la institución como de una guarida de bulliciosos pederastas e inútiles cantos dorados. No obstante, la alusión a Silano hacia de Kaeso un enviado del Cielo. Por fin parecía pre- sentarse una ocasión de que el Evangelio penetrara en la más alta aristocracia, y no por el dudoso cauce de un escla- yo cualquiera, sino por medio del hijo adoptivo de un emi- nente miembro de la familia imperial. -Si estás buscando la verdad -dijo Pablo con la mayor sencillez del mundo- no podrías haber acudido a mejor si- tio: yo la poseo en la medida en que la necesito. -¿Y tu compañero también? -También mi amigo Lucas. -Si los dos la poseéis, quizá con algunas diferencias de instrucción entre ambos, es que vuestra verdad no depende del estudio, como la de los filósofos, o incluso la de los ju- dios, que están impregnados de interminables Escrituras. -Has observadob ien. Nuestra verdad se dirige tanto a los sabios como a los ignorantes, ya que no es nuestra, sino de Dios Todopoderoso. -Entre los hombres que se ocupan de filosofía, de reli- gión o de ciencia, generalmente se considera presuntuoso sostener que se posee toda la verdad. ¿Qué es lo que OS permite afirmar que la verdad de un dios todopoderoso está en vosotros? -Que Jesús, nuestro Maestro, dijo: "Yo soy la Verdad y la Vida", y nos demostró que sabia de qué hablaba. -Antes de ponerme en contacto con vosotros, he leído bastante atentamente el Génesis, el Exodo, el Levítico, los Números y el Deuteronomio, pasando más rápidamente sobre el resto, que me pareció un poco indigesto. Y me di cuenta de que si los judíos pretenden poseer la verdad como tú mismo pretendes, es porque su Moisés oyó voces en el Sinaí. Reconocerás que tales accidentes no pueden ~ rovocar una completa convicción en un hombre razona- le. ¿Cómo podría un dios creador y trascendente rebajarse a semejantes fantasías? -Reconozco de muy buena gana que las revelaciones de Yahvé al pueblo judío no son como para provocar una completa convicción en un no judío. Pero esas revelacio- nes racionalmente discutibles no eran más que los pródro- mos de una última Revelación indiscutible, dirigida tanto a los judíos como a todos los demás hombres. -En esta materia, ¿cuál es para ti la diferencia entre lo discutible y lo indiscutible? -Dios no se limitó a hablar, se encarnó en la persona de nuestro Jesús, Dios y Hombre verdadero. -En materia de comunicación entre la trascendencia y este bajo mundo, es, incontestablemente, una gran nove- dad. Así pues, habéis podido ver a vuestro dios a placer, oir sus discursos y tocarle. Comía como nosotros, iba a las le- trinas y se acostaba con muchachas. -Jesús asistió a numerosos banquetes, las letrinas no le eran ajenas y tenía una gran influencia sobre las mujeres piadosas. Pero para dedicar más tiempo a su misión, dejó a las muchachas de lado. (Como yo, por otra parte...) -¿Un dios encarnado y virgen? -Exactamente. -¿Dónde están las pruebas de que vuestro Jesús era dios? ¿Estaba claramente anunciado en las Escrituras ju- días? -Interpretando de forma correcta algunos pasajes de la Biblia, puede leerse el anuncio de un Mesías paciente y sa- crificado, que fue Jesús. Pero debo reconocer honradamen- te que el anuncio de un Dios encarnado no se lee con to- das las letras. -Ese silencio de las Escrituras sobre un punto capital, ¿no os ocasiona ninguna dificultad? -¡Al contrario! Tras elp ecado original y la caída, y ha- biéndose arrojado la humanidad en una espantosa oscuri- dad, la primera preocupación de Yahvé fue mantener en la tierra la idea de su providencial trascendencia, que una bandada de idólatras 'había olvidado. Y los judíos fueron elegidos, puestos aparte de todas las naciones, marcados por el sello divino, para salvaguardar la pavesa, que debería haberse convertido en llama y hoguera para iluminar todo el universo. Pero los judíos se acurrucaron en torno a la sublime chisp a, siendo los únicos en disfrutarla. En su or- gullo satisfec'ho, no quisieron entender que sólo eran un ja- lón provisional en el plan divino para reconquistar las al- 336 337 mas. Olvidaban la primera cualidad de Dios, su amor infinito por todas las criaturas. A fuerza de trascendencia, un Dios inhumano -o más bien a-humano, ya que habla- mos en griego- se veía empujado, como en un ghetto, más allá incluso de las dimensiones infinitas del espacio y del tiempo. Mientras que Dios, que hizo al hombre a su imagen, debe ser para nosotros el más lejano de los seres, pero también el más próximo. El hombre, en el fondo, no necesita para nada la trascendencia si el amor no está por medio. Así pues, Dios resolvió encarnarse para recordarnos que el Maestro también era un padre y un hermano, un servidor y un esclavo. La profunda humildad de Jesús esta en razón directa con su prodigiosa divinidad. "Cuando me preguntas por qué las Escrituras no anun- cian claramente la Encarnación, te contesto que, en nues- tra Biblia inspirada, hay una parte de Dios, pero también hay otra de los envarados judíos3. La encarnación, triunfo de Dios sobre el orgullo de Satán, matrimonio de Dios con sus criaturas, sigue siendo un escándalo incomprensible, una terrible blasfemia para la mayoría de los judíos. Así, cuando Jesús, judío entre los judíos, se presenta como Dios encarnado, sólo dos explicaciones se ofrecen a nuestro buen juicio: o bien es Dios, o bien está completamente loco. Pero nadie puede sostener que nuestro Mesías haya pescado por casualidad una divinidad a la vuelta de un tex- to bíblico. Si un Jesús aventurero hubiera querido hacerse ver por los judíos, la Encarnación es lo último que habría inventado. Jesús, educado en el medio judío más tradicio- nal, va en este punto esencial a contracorriente. Así enten- derás por qué la mayor objeción de lo judíos es para los cristianos la más favorable de las presunciones. Pues, para los judíos, crucificar a un falso Mesías era una política muy secundaria. En primer lugar, en su ceguera pretenden ha- ber sacrificado a un falso dios, y precisamente porque el Dios Jesús no había sido anunciado en las Escrituras -y es la mejor prueba de su divinidad- murió de su Encarna- ción. La sutileza del argumento era notable. Las letrinas se habían llenado y algunos aspirantes SC impacientaban. Pablo y Lucas, que hasta ese momento 5~ habían reservado, se vieron obligados a aliviarse. Los pedos de Pablo eran secos; los de Lucas más bien dulzones. Kae~ so se dijo que tal vez una minuciosa Providencia había que- rido que su primera clase sobre la Encarnación se desarro llara en las letrinas públicas, para destacar mejor el escáfl 3. Cita bíblica. (N. del A.) dalo de la humanidad de un dios que había descendido de las nubes hasta una insondable mierda para darles en las narices a los estirados judíos. Tras un momento de reflexión, Kaeso observó: -He solicitado pruebas, y no hemos pasado de las pre- sunciones favorables. Como Pablo dudase en proseguir, dijo entonces Lucas: -Jesús no predicaba según el lenguaje de los profetas, sino como un hombre con plena autoridad sobre si mismo. Muchas veces redimió pecados, cosa que sólo puede permi- tirse Dios. -Lo que significa que un Jesús iluminado se creía dios. Me haría falta algo más para aspirar a vuestro bautismo. Pablo dudaba todavía. ¿ Cuántas ovejas no había perdido al hablar prematuramente de Resurrección? Era lo más duro de aceptar, y no había una fórmula irresistible. Como último recurso, había redactado fichas de argumentos, en relación con los diferentes medios y personalidades, pero se había dado cuenta, con la experiencia, de que cada caso era una excepción. Razón de más para dudar: si la mentali- dad de los judíos y los griegos le era más que conocida, la de la nobleza romana le seguía pareciendo misteriosa en muchos aspectos. Se levantaron. El trío volvió a encontrarse en el bulli- cioso y soleado Foro, y Pablo continuó por fin: -Sólo hay una prueba de la divinidad de Jesús, nuestro Cristo ungido y sagrado, y lo menos que se puede decir es que cargó las tintas en ella. En todo caso, yo no soy sospe- ¿hoso cte haber inventado el hecho, pues si hubiera queri- do facilitar mi misión sin preocuparme por la verdad, ha- bría ideado algo más verosímil. Cuando expuse dicha prue- ba, los filóso los de Atenas se partieron de risa, lo mismo que Galión, el hermano de Séneca, y que el gobernador Festo, mientras que el rey Agripa y Berenice se divertían como locos... -¿Defendiste tu causa ante la famosa Berenice? -No esto y muy orgulloso de ello. -¿Es tan hermosa como dicen? -¡La belleza del diablo! -Si tú no inventaste esa prueba, ¿no será que has creí- do ingenuamente a los que la inventaron? -¡Te ruego creas que si tuviera la menor duda sobre ese tema llevaría una vida más tranquila! En una palabra, Jesús, crucificado para expiar nuestros pecados -¡pues Dios nos amó hasta el punto de morir por nosotros!- sa- lió de la tumba al tercer día para aparecerse muchas veces a cientos de hermanos. Tuve el privilegio de hablar con muchos de los que lo vieron: y sobre todo con Simón Pe- 338 339 dro, con Santiago, hijo de Zebedeo, con Juan, hermano de Santiago, con Matías, Andrés, Felipe y Tomás el incrédulo, que se empeñó en tocarle. Pues na es eraba esa fantástica resurrección y nadie quería darle crédito. Pero no era un fan- tasma: los fantasmas no se pueden tocar y no comen pescado. De esa forma, Jesús permaneció cuarenta días con los suyos, concluyendo su enseñanza, y después subió a los Cielos. -¿Tú no viste al Cristo resucitado? -Mientras perseguía a los cristianos, se me apareció cerca de Damasco, pero como fue después de su ascensión a los Cielos, fui el único en ver su deslumbrante luz y en oír Sus palabras. Puedes no creer esto: no te lo reprocharé. Pero hay que creer lo que una multitud de quinientas per- sonas vio, oyó y tocó durante cuarenta días. -¿Por qué perseguías a los cristianos? -Porque soy un fariseo de la tribu de Benjamín y, para un judío piadoso e insensible a la gracia, la Encarnación de Dios en la Persona de su Hijo es un sacrilegio y un absur- do insoportable. -El hecho de que un judío piadoso como tú tuviera ne- cesidad de una aparición personal para cambiar de opinión, ¿no proporciona una excelente excusa a los incrédulos? -Encontrarles excusa es cosa de Dios y no mía. Ruego cada día al Espíritu Santo para que los ilumine. -En muchas religiones orientales abundan los hacedo- res de milagros que seducen a las poblaciones. Tu Jesús, ¿no habrá sido también un poco taumaturgo? -Esa no es una prueba de divinidad. Yo mismo curé a un hombre con las piernas tullidas en Listros de Licaonia, y sin duda puede ocurrir que algunos poseídos por el De- monio expulsen demonios más débiles, para engañar mejor a los ingenuos. Es cierto que Jesús curó a mucha gente, pero entre otras cosas también resucitó a su amigo Lázaro, que ya empezaba a oler. El talento del engañoso Demonio, que es la muerte personificada, no llega tan lejos. Lucas añadió: -Pedro, en Jopea, también resucitó a Dorcas, aquella santa mujer tan muerta que habían lavado su cuerpo para la tumba. Y tú mismo, Pablo, ¿no resucitaste en Troas al joven Eútico, que se había caído de un tercer piso al pavi- mento mientras tú hablabas? Pablo, molesto por estos recuerdos, que no parecíail creíbles, lanzó una mirada de reproche a Lucas, agitó manos para minimizar el hecho y dijo con fingida n~ gencía: -Fui yo quien reventó al pobre muchacho con mis cursos: lo menos que podía hacer era despertarlo. Ademá ¿estaba realmente muerto? Eran muchas resurrecciones: empezaban a resultar có- micas. Haciendo un esfuerzo para mantenerse serio, Kaeso no pudo dejar de decir: -Puesto que conocéis el truco para resucitar a la gente, me sorprende que no lo uséis más a menudo. ¿Es por inca- pacidadop or falta de caridad? Pablo dirigió otra mirada a Lucas, más sombría que la primera, que evidentemente significaba: "¡Ya ves a dónde nos han conducido tus torpezas!". El paseo a través de los Foros los había llevado hasta el Foro de los Bueyes, al pie del templo del Pudor Patricio. Temiendo haber herido a Pablo con su intempestiva ma- nifestación de incredulidad, Kaeso desvió la conversación. -Fue la familia de mi padre adoptivo la que fundó este pequeño templo, y mi ex-madrastra, la actual mujer de Si- lano, posó para la estatua del santuario. Es un Pudor Patri- cio muy logrado. El ciego, con su letrerito, seguía estando allí, cada día más lamentable. Pablo, que se estaba enfadando, dijo de repente a Kaeso: -Nosotros no sólo hacemos milagros por caridad, sino también para manifestar que Dios acab a de visitar la tierra. Desanudó el pañuelo de seda azul que Kaeso llevaba al cuello y, después de haber alzado los ojos al cielo, limpió los ojos purulentos del ciego, que pronto se puso a brincar y a gritar como un poseído: -¡Veo! ¡Veo! ¡La buena diosa del Pudor Patricio me ha curado! -Y como el guardián del templo y su mujer ha- bían entreabierto la puerta a fin de hacer la limpieza, el hombre, fuera de sí, se precipitó dando traspiés dentro del edificio para arrojarse a los pies de la estatua de Marcia, mientras se agrupaban los curiosos. Irritado, Pablo intentó restablecer la situación, pero sus palabras impías levantaron tales murmullos que Lucas y Kaeso tuvieron que arrancarlo de allí, pues la plebe amena- zaba jugarle una mala pasada. Se refugiaron en una thermopolza, donde una multitud de bebidas y golosinas permitía tonificarse. Pero Pablo estaba demasiado abatido para encontrar el menor placer en los alimentos terrestres. -Ya en Listros -dijo-, cuando curé a aquel lisiado en compañía de Bernabé, la gente atribuyó a Zeus el prodigio, los judíos se mezclaron inmediatamente en el asunto, y lo único que conseguí fue que me lapidaran y me dieran por muerto. Kaeso sugirió: -Has curado con mi pañuelo a un ciego que se había 340 341 instalado de forma permanente delante del templo del Pu- dor Patricio. A primera vista, no hay razón para no atribuir ese milagro a la buena diosa o incluso a mi pañuelo. Tienes que tener en cuenta estas cosas... Pablo le lanzó a Kaeso una mirada tan agraviada y fu- riosa que Lucas se apresuró a ponerle la mano en el ante- brazo para calmarlo. Al precio de un gran esfuerzo, Pablo logró contenerse. Habría estropeado una preciosa conver- sación por culpa de unos nervios fuera de lugar, y después de todo era la madre del joven, tal vez una romana piadosa y púdica, la que había posado para la estatua. Era bastante natural que elh~jastro expresara algunas reservas. En realidad, Kaeso se hallaba más estupefacto que vaci- lante. El trato con los misioneros no era en exceso fácil. Había en ellos una mezcla de razonamientos impecables, declaraciones insensatas y misteriosa taumaturgia que re- sultaba mu y incómoda. Pero si quería conseguir el bautis- mo en el plazo más breve, era necesario adoptar una tácti- ca lenificante y acumular las convicciones al galope, discu- tiendo paso a paso la forma, a fin deno despertar ninguna desconfianza. Mientras mordisqueaba pasteles y bebía vino dulce a sorbitos, se propuso calmar a Pablo y hacer pro- gresar su asunto... -Tu demostración terapéutica, pensándolo bien, me inspira confianza. La diosa del Pudor Patricio no había cu- radoanadie hasta ahora, mi pañuelo tampoco, y si tú ex- pulsases demonios menos fuertes que tú, al demonio se le vería el plumero, lo que está lejos de ser el caso. -¡Gracias por reconocerlo! -Así pues, tomo nota de que el dios de la biblia, mu- cho tiempo solitario a nuestros ojos, se encarnó súbita- mente en la persona de su hijo, que fue crucificado para redimir nuestros pecados... -¡Y el pecado original! -Iba a decirlo: quien puede con lo más difícil, puede con lo más accesible. Y Jesús, resucitado al tercer día, su- bió a los cielos cuarenta días más tarde, después de haberse mostrado en carne y hueso a numerosos discípulos. Duran- te ese tiempo se le podía tocar, comía pescado, pero no se le veía a todas horas. -No. Además, todos los testigos me contaron que algo había cambiado en él, y a veces no se le reconocía de bue- nas a primeras. -¡Vaya, vaya! -Pero se le reconocía rápidamente en el trato familiar. -Ciertamente, es la forma más segura de reconocer A alguien. Un impostor puede disfrazarse, pero el trato fama~ liar se le va de las manos. -No eres tú quien lo dice: ¡El Espíritu Santo te lo ha inspirado! Kaeso se pavoneó y siguió adelante. -¿Por qué, durante esos cuarenta días, no se le veía todo el tiempo? -Era un cuerpo glorioso, que atravesaba las paredes, li- berado del espacio y del tiempo... -¿Entonces cómo se le podía tocar? ¿Y cómo podía comer? -Te ruego que consideres que, si hubiéramos forjado esta historia pieza a pieza, habríamos suprimido esa contra- dicción en uno u otro sentido. Pero no somos más que es- crupulosos testigos. -Y cuando él comía pescado y después atravesaba una pared, ¿también el pescado se hacia cuerpo glorioso para seguir el movimiento? -¡Pregúntaselo al pescado! -Después de su ascensión a los cielos, ¿conservó Jesús ese cuerpo glorioso, que ya no le servia para gran cosa? -Si, pues ese cuerpo resucitado prefigura la resurrec- ción en el Ultimo Día de todos los cuerpos humanos, para lo mejor o para lo peor. Entre los judíos, los saduceos no creen en esta resurrección, pero los fariseos sí. -¿Habrá entonces un juicio el Ultimo Día? -El Paraíso, donde se podrá ver a Dios; el Infierno, donde cada cual no verá más que su ombligo asándose. Lucas intervino: -Jesús dijo a uno de los ladrones crucificados con El: "Desde hoy estarás conmigo en el Paraíso". Hay, pues, un juicio particular antes del juicio general. Pablo hizo una ligera mueca y confesó que allí también había una contradicción difícilmente soluble. Siempre deseoso de quedar bien, Kaeso acudió en su ayuda: -La solución me parece muy sencilla, y debe derivarse del hecho de que vuestro Cristo es a la vez dios y hombre verdadero. Cuando habla como dios, ajeno al tiempo y al espacio, todos los acontecimientos de la historia están jun- tos en su pensamiento como en un presente perpetuo. En- tonces hay tendencia a aunarlo todo en un acontecimiento único y sin fecha. Y cuando habla como hombre, sensible al tiempo que transcurre y al espacio que lo rodea, hace alusión, naturalmente, al hoy o al mañana. Lucas y Pablo se miraron con satisfecho asombro y cumplimentaron al joven por su ingenio. -Oh -dijo Kaeso modestamente-, no es más que el resultado de mis estudios filosóficos en la efebía. Si queréis tener una doctrina sólida y realmente acababa, hay que ha- 342 343 cer que algunos filósofos griegos la revisen en detalle. Son pederastas, pero razonan certeramente. Considerando los labios apretados de sus interlocutores, Kaeso se dio cuenta de que había incurrido en un grave desliz y se prometió ser más prudente. Cambió de tema: -Habladme un poco del origen humano de ese dios en- carnado. ¿Quiénes fueron su padre y su madre? Lucas tomó la palabra: -Una muchacha llamada Maria estaba prometida a un carpintero de la descendencia de David, en Nazaret, Gali- lea. El ángel Gabriel se le apareció para decirle que conce- biría un hijo por obra y gracia del Espíritu Santo. Y pronto otro ángel fue enviado a José para ponerlo al corriente, re- comenciTarle que se casara con María y que hiciera de padre putativo de Jesús. El Salvador nació en Belén, en un esta- lo pues los albergues estaban llenos a causa de un censo. -¿Tuvo otros hijos María? -Siguió siendo virgen. -Apenas me sorprende: ¡cuando se da a luz a un dios se- mejante, parece aconsejable cierto comedimiento! Pablo y Lucas se relajaron. Era raro que esos delicados pun- tos fuesen aceptados con tanta cortesía, y la expresión "pare- ce aconsejable cierto comedimiento" era un afortunado hallazgo. -¿Y José? -se inquietó Kaeso-. Como ciudadano im- portante del pueblo, supongo que tomó una concubina para consolarse. -No, no -dijo precipitadamente Lucas. -¿También siguió siendo virgen, el pobre? -Es un hecho. Como el ejemplo de los monasterios ese- nianos nos indica, en la época de José la continencia se estaba convirtiendo en virtud entre muchos judíos piadosos. -En resumen, ¿un padre virgen y una madre virgen tu- vieron un hijo que también fue virgen, concebido por un espíritu virgen? -Resumes de maravilla. ¡Era cada vez más exagerado! Algo para contarle a Sila no sólo en último extremo y con una buena dosis de tran quilizadora mitología. -No obstante, ¿tienen los discípulos de Jesús derecho a acostarse con mujeres? Fue Pablo quien contestó: -En efecto, la mayoría de los apóstoles estaban casa dos, pero muchos de ellos tuvieron que separarse de sus esposas durante largos períodos por exigencias de su m1 sión. Yo mismo he juzgado más práctico no tomar mujer. -¿Y no tienes derecho, al paso, a alguna muchacha ha nita? -No. Jesús nos reveló que, en adelante, los cristianos sólo tendrían derecho a unirse a una mujer en legitimo ma- trimonio, y que ese matrimonio sería indisoluble. En caso de desavenencia, está prohibido casarse mientras el cónyu- ge siga viviendo. ¡Más increíble todavía! -¿Sabes -dijo Kaeso poniendo la mano en el delgado hombro del misionero- que casi acabas de convencerme de la divinidad de tu Cristo? -¿Y por qué? -Resucitar, por lo que veo, se ha convertido en algo bastante corriente entre vosotros, tarde o temprano indivi- dualmente o en masa; ¡pero para inventar el matrimonio indisoluble en un mundo en el que el propio matrimonio está desapareciendo hace falta el descaro de un dios! ¿De dónde pudo sacar Jesús semejante idea? -Pedro me dijo, es cierto, que los apóstoles se sintie- ron sofocados por la prescripción, al punto de que se la hi- cieron repetir varias veces. Y le replicaron a Jesús que más valía no casarse que casarse en tan tristes condiciones. -Comparto su sorpresa. ¡Y empiezo a entender por qué sigues soltero! Pa D lo se contentó con sonreir. 344 345 II Tras la sorprendente toma de contacto, Kaeso se distra- jo caminando al azar, repasando una y otra vez lo que aca- baba de ver y oír; sus pasos lo llevaron al Campo de Marte, poco concurrido a aquella hora todavía matinal. Terminó por entrar en los jardines de Agripa, que lindaban con las termas del mismo nombre, se sentó al borde del hermoso estanque, que una ligera brisa rizaba, y abrió el Evangelio de Marcos; el relato empezaba entonces a divulgarse, y Pa- blo le había prestado a Kaeso el texto, bastante corto, es- crito en un solo volumen sin ombílíc, recomendándole que tuviera con él el mayor de los cuidados. "He viajado con Marcos, a quien conozco bien", le había dicho Pablo a su futuro converso. "Marcos es, con mi amigo Silvano, el in- térprete acreditado de Pedro, a quien Jesús dio preeminen- cia sobre todos nosotros. (¡El griego de Pedro no es muy bueno, y su latín es todavía peor!) En este opúsculo encon- trarás un resumen un poco desordenado, pero auténtico de principio a fin, del paso demasiado breve del Cristo entre nosotros, inspirado directamente tanto en los recuerdos de Pedro como en el texto arameo de otro apóstol llamado Matías"'. La lectura dejó a Kaeso desconcertado: la historia, re- dactada en un griego bastante grosero, no tenía relación ni con la literatura mitológica griega o romana, ni con las lu- cubraciones de los sacerdotes de esas religiones orientales que habían invadido Roma; menos aún la tenía con los ha- bituales tratados de filosofía. Unos testigos se limitaban a contar sin ornamentos lo que habían visto o creído ver, y su memoria debía de ser buena, pues Jesús tenía una presen- cia, una manera de ser, un "estilo" coherente que sólo a él Pertenecía. Por ello, tanto más asombroso era leer: "Quien repudie a su mujer y de despose con otra comete un adul- teno en relación con la primera; y si una mujer repudia a su marido y se desposa con otro, comete adulterio". 347 1. El Matías arameo se ha perdido. (N. del A.) Pablo no había mentido: Jesús había predicado seme- jante barbaridad! El hecho evidenciaba que el personaje no tenía la menor idea de las realidades sociales, y que la reli- gión cristiana no estaba hecha para durar. Tras una larga serie de siglos, los atenienses adinerados tenían, en principio, un amante, una mujer legítima, con- cubinas pará llevar la casa y hetairas para acompañarlos a los banquetes y alabarlos en la ciudad (además de algunos favoritos episódicos). Los pobres diablos se repartían así entre su mujer -¡si la tenían!-, muchachos complacientes y burdeles de algunos óbolos, organizados por Solón, cuya existencia se cuidaba con tanta más aplicación cuanto que devolvían en impuestos fuertes sumas a la ciudad. Y el mis- mo sistema funcionaba en las grandes ciudades de Grecia o del Oriente helenizado. Los hombres ricos de Roma tenían normalmente a su disposición una mujer legítima además de concubinas o fa- voritos, sin hablar de las encopetadas cortesanas o de las relaciones eventuales con ciudadanas emancipadas, que eran una característica original del paisaje romano de las ciudades de Occidente. En Roma, la matrona salía tanto como quería. En Oriente, a la mujer casada se la retenía la mayor parte del tiempo en casa, donde no contaba con más distracción que la charla de las concubinas de su mari- do, si tenía la suerte de que hubiera suficiente dinero para mantenerlas. Pero en Roma -como en Atenas y otras ciu- dádes- los lupanares, administrados en la ciudad por cui- dadosos ediles, seguían siendo el recurso más frecuente de los miserables e incluso de los esclavos, ansiosos por cam~ biar de menú. Tales costumbres se hallaban tan enraizadas, eran tan universales y aparentemente tan irreversibles, que una so- ciedad en la que el divorcio hubiera estado prohibido, y donde la fidelidad conyugal hubiese sido doblemente re- querida, aparecía a los ojos de todo ser en su sano juicio como algo propiamente impensable. ¡Si, para un hombre resucitar era más fácil, ciertamente, que mostrarse fiel! Pero si las realidades sociales se le escapaban, menOs noción tenía Jesús de las urgencias psicológicas y fisioló~i' cas más elementales. ¡Se diría, en efecto, que había sida completamente virgen! Pues las experiencias que había tenido hasta entonces con la 'burrita" intercamb ble de lapopina, o con costosas hetairas, lo habían per5u~' do de una verdad incontestable: las mujeres, que sólo nen que se p arar las piernas, son susceptibles de hacer amor por e er hasta que la copa se desborde. Pero hombre, sean cuales sean su moralidad y buenas disposiCtl nes, no es un arco que el deber tense a voluntad. El mal monio indisoluble de Jesús, aplicado al pie de la letra, ha- bría desembocado muy pronto en la abstención disgustada del marido y en la abstención obligada de la mujer. ¿Era eso lo que los cristianos querían? Otra señal de inconsciencia: por primera vez en la his- toria tal y como era conocida, la misma ley sexual ambi- cionaba aplicarse tanto al hombre como a la mujer, a des- pecho de sus constituciones tan diferentes y de los perp e- tuos desacuerdos entre maneras y facultades para gozar. Si Jesús se hubiera preocupado realmente de la armonía, ha- bría mantenido la poligamia para las mujeres frígidas, que encontraban en ella un agradable descanso, y en compensa- ción habría previsto toda una tribu de maridos para muje- res como Arria, obligadas a sumergir a su esclavo en un baño glacial para prolongar su uso. Mientras tanto, hom- bres cansados seguían siendo presas de una esposa histéri- ca, a la que ni una legión habría satisfecho. El Evangelio de Marcos concluía de forma bastante abrupta con la tumba vacía y el mensaje del angel a tres mujeres llegadas con unos aromas2. Kaeso se dijo que en honor a la verosimilitud debía profundizar con Pablo ese asunto de la resurrección, que parecía haber admitido de- masiado deprisa. ¿No había declarado el propio Pablo que era la única prueba válida de la divinidad de Jesús? Kaeso lavó cuidadosamente su pañuelo milagroso en el estanque y volvió a casa para almorzar. Desde que habían mejorado las finanzas de su padre, la sucinta comida de mediodía, que cada cual en Roma tomaba habitualmente en el lugar y momento que le conviniesen, se había trans- formado en un ligero ágape familiar, a semejanza de lo que ocurría a veces en las casas de los más ricos. Pablo, encantado con la perspectiva de reencontrar a Kaeso lo más pronto posible, le había dado cita para des- pués de la siesta en casa del judiocristiano de la Puerta Cá- pena, donde el apóstol había vuelto a instalarse tras una anterior reclusión de dos años en espera de su proceso. El dueño de la casa, que había conseguido cierto desaho- go, fabricaba tiendas para la armada, y las campañas de Ar- menia o Bretaña habían sido una bendición para sus nego- cios. El lugar, que hervía de cristianos, tenía trazas de cuartel general; nadie propuso a Kaeso el menor alquiler rabínico. Pablo, en una pequeña exedra del primer piso que daba a un ruidoso patio, presentó su pupilo al fabricante e incluso 2. Aún no había completado el relato una mano ajena. aña- diendo el final que luego se impondría como canónico. (N. del A.) 348 349 a su mujer, lo que tampoco entraba en las costumbres ju- días ortodoxas. -Me siento feliz -dijo cortésmente Kaeso- de ver por primera vez una pareja fiel e indisolublemente casada. Cuando uno lee tales cosas en Marcos, tiene la impresión de que es un sueño, pero basta venir a vuestra casa para constatar que el sueño se ha encarnado. ¡Cuántas encarna- ciones sorprendentes ha y en vuestra religión! Apareció la sombra de un malestar, y la mujer creyó ne- cesario precisar: -Cuando mi marido se convirtió, de tres concubinas echó a dos, conservando a la mayor, que le había dado hi- os y que, según parece, habría muerto de hambre si la hu- biera puesto en la calle. -¡Sabes muy bien -dijo el hombre- que Dafnis ya no es más que una hermana para mi! Pablo intervino antes de que la diferencia se convirtiera en escena doméstica fuera de lugar: -La regularización de ciertas situaciones plantea a ve- ces problemas delicados, que el corazón, afortunadamente, se encarga de resolver. Kaeso se apresuró a deslizarse de lo particular a lo general: -Antes de tener el gran honor de encontrar a Pompe- yo Paulo, frecuenté a un rabí: me habló tan mal de los cris- tianos que sentí deseos de verlos de cerca. Este rabí repro- chaba a Paulo y a los suyos que sólo retuvieran de la Ley judía aquello que les convenía. Si no he entendido mal la situación, los cristianos han añadido al Decálogo la indiso- lubilidad del matrimonio, pero han dejado de lado la cir- cuncisión y muchos reglamentos que entre los fariseos son objeto de tan largo estudio... -Lo has entendido todo -reconoció Pablo-, excepto que los cristianos no han añadido ni recortado nada; es el propio Cristo quien ha restablecido el matrimonio como había sido previsto por Dios desde el origen, y quien ha declarado caducas todas las minucias de que hablas. -He leído en Marcos que Jesús no temía comer cOfl cualquiera -y sin haberse lavado las manos, como hacen los judíos piadosos... e incluso algunos impíos romanO5~ que comía de todo sin cuidarse de lo puro y lo impuro, 3' que ocupaba a su antojo el sacrosanto sabbat. ¿Dejó tafil bién una lista exhaustiva de las prescripciones fariseas ~ retenía o repudiaba? --¡Tenía otras cosas que hacer! -¿Quieres decir que los cristianos se han encargado abolir un gran número de costumbres judías basándose algunas ideas generales dadas por Jesús? -Sin duda. El problema, además, ha ocasionado entre nosotros grandes discusiones. -¿Fue Jesús quien suprimió la circuncisión? Pablo pareció molestarse por la pregunta, y terminó por contestar: -La decisión se tomó en un concilio que tuvo lugar en Jerusalén, con el objeto de facilitar las conversiones. ¡Pero si estás empeñado en hacerte circuncidar, no hay pecado en ello! -¿Quién os asegura que Jesús aprueba esa supresión? -Al subir a los Cielos, Jesús nos dejó al Espíritu Santo, que no puede extraviarnos. Habla por boca de Pedro y de otros apóstoles. -¡Es una solución sumamente práctica, pero sólo cuan- do todo el mundo está de acuerdo! Sin duda, los fariseos exageran el refinamiento de sus miiltiples prescripciones, pero me pregunto si los cristianos no exageran en sentido inverso, y si una política semejante no es susceptible de atraer sobre ellos la desgracia. Esta religión me es simpáti- ca y me gustaría que causara impresión durante el mayor tiempo posible. La asistencia miró a Kaeso con ojos como platos, de modo que el ocasional teólogo hubo de explicarse: -También he leído en Marcos el anuncio de la destruc- ción de Jerusalén y del Templo3, el del fin del mundo y el de las persecuciones contra los cristianos. Las persecucio- nes se me antojan muy probables si el movimiento se desa- rrolla más allá de cierto punto, pues los romanos no po- drían admitir en los cristianos la negativa a ofrecer sacrifi- cios que han tenido que consentir a los judíos. Ahora bien, vosotros fabricáis cristianos muy deprisa, con un bagaje muy reducido según vuestra propia confesión. ¿Cómo re- sistirian la mayor parte de esos nuevos conversos los pro- blemas policiales si se vieran privados de la armadura cons- tituida, para el judío piadoso, por el hondo conocimiento de los textos sagrados y la escrupulosa práctica diaria? ¡Se produciría una desbandada! No dudo de que el Espíritu Santo es muy poderoso, pero hay que ayudarlo un poco. El fabricante de tiendas aprobó vivamente el juicioso diagnóstico, cuya exactitud Pablo combatió con buen hu- mor. Le dijo a Kaeso: -¡Espero que tu educación cristiana permita que te martiricen como un judío! Kaeso respondió: 350 351 3. Tuvo lugar seis años más tarde. (N. del A.) -Las persecuciones, como siempre, sólo afectarán a la gente humilde. La nobleza y los ciudadanos se verán ex- cluidos. Pablo lanzó a Kaeso una mirada profundamente dolo- rosa. -¿Qué significa esa extraña mirada? ¿Me reprochas que vea las cosas como son? ¿Es culpa mía que haya dos pesos y dos medidas? -No, no es eso. Acabo de tener una visión. A veces me ocurre... -¿Una visión del porvenir? -Si. Nunca me engañan. -¿Y qué has visto? -Te lo diré más tarde. -Esos fenómenos de presciencia plantean a los filóso- fos el problema de nuestra libertad. Algunos sostienen que sólo son posibles si todo está escrito de antemano. ¿Cómo puedes conciliar tus visiones y tu libertad? -Yo no soy filósofo. -Podemos decir que dios sabe de antemano lo que no- sotros, libremente, haremos. -Claro, ¿por qué no? -¡Una paradoja no significa mucho para dios! El tema fastidiaba a Pablo; Kaeso lo invitó a dar un pa- seo con la esperanza de que aceptara bañarse.Los romanos se lavaban a todas horas; los judíos se lavaban poco; los cristianos apenas se lavaban, lo cual era notorio en su olor. En dirección al Campo de Marte, los dos paseantes atra- vesaron el barrio del Gran Circo y las Velabras, que junto con el Suburio eran los lugares más populosos de la orilla izquierda, y aquéllos donde la prostitución, presente casi en todas partes, era más activa. Pero Pablo, con la mirada perdida, no veía nada: disertaba incansablemente sobre su nuevo dios, sobre su Padre y su Espíritu Santo. Kaeso tei minó por entender que, para Pablo, se trataba de tres as- pectos de una misma realidad: tres Personas iguales en todo, que sin embargo formaban Una sola. El propio Pablo reconocía de buena gana que se trataba de un gran miS~ teno. -Toda religión que se respete -dijo amablemente Kaeso- debe tener sus misterios. ¡El pueblo los adora! -¿Quién habla del pueblo? ¿Acaso la Trinidad necesitA del pueblo para ser lo que es? Esa era la opinión de Kaeso, que una elemental dipl& macia aconsejaba empero suavizar. Habían llegado a las termas nuevas de Nerón, constrl cerca de las termas de Agripa y alimentadas por la derivaciO "Alexandrina" del acueducto principal de la "Virgo". -Es hora de bañarse -sugirió Kaeso-. Has adoptado las costumbres romanas, ¿no es así? Pablo se sobresaltó: -Las adopto cuando no veo pecado en cumplirlas. ¿Crees que voy a aventurarme entre mujeres y hombres desnudos? -Salvo que me equivoque, no he leído que el Pentateu- co lo prohíba. La expresión "No descubrirás la desnudez de tal o cual persona" significa, evidentemente, "No ten- drás relaciones sexuales con ella". -La letra es una cosa, y la inteligencia y el buen juicio otras. -¿Te provocaría la desnudez malos pensamientos? -Es un riesgo que no quiero correr. -Dicho sea sin ofenderte, si aspiras a frecuentar a la alta aristocracia romana, será indispensable que te bañes. Hagamos un intercambio de buenos modales: tú me metes en el baño del bautismo, y yo te meto en el baño de Nerón. -¡Jamás! Para resolver la situación, Kaeso se quitó el pañuelo y dijo en tono de broma: -Con este pañuelo milagroso, que le ha devuelto la vis- ta a un ciego imbécil, yo también voy a hacer un milagro: permitir que te bañes sin la menor tentación malsana-. Diciendo esto, Kaeso vendó con fuerza los ojos de Pablo y después tiró de él, arrastrándolo hacia la puerta de las ter- mas sin que se atreviera a protestar demasiado. -Pretexta- remos -añadió- que padeces de los ojos y que la menor luz te hace daño... Poniendo al mal tiempo buena cara, Pablo se dejó lle- var con una paciencia ejemplar, exhalando a veces peque- ños suspiros, que era difícil discernir si eran de placer o de enojo. Mientras Kaeso, a golpes de st rígilum , quitaba la mugre a Pablo en el ca/darjuin, se encontró de manos a boca con su hermano Marco, que estaba frotando a una muchacha que reía ahogadamente. Unicamente los solitarios recurrían al personal de los baños para que les frotaran la espalda. Kae- so presentó a Marco y a Pablo, llamando a éste "eminente pontífice de una nueva religión que tiene el futuro ante si Un poco sorprendido, Marco preguntó: -¿Es cosa de la religión, o hay que ir hacia el futuro con los ojos vendados? Kaeso luego de pretextar lo acordado, optó por mur- murar al oído de su hermano: -En realidad, estoy bañando a un judío que no puede soportar ver hombres y mujeres desnudos. 352 353 u La cosa divirtió infinitamente a Marco, que deseó a Kaeso buena suerte. Pablo y Kaeso se sentaron un rato en un rincón del tep ida ríum. -Puesto que la ceguera favorece el recogimiento -dijo Kaeso a su compañero-, me gustaría obtener algunas pre- cisiones suplementarias sobre la historia de la resurrección, que es, según parece, la clave de toda tu doctrina. ¿No se puede sospechar que los cristianos escondieron el cadáver de Jesús? -Eso es lo que dicen los judíos, pero no se sostiene. A pesar de las advertencias de Jesús, los discípulos se nega- b an a pensar en la posibilidad de la crucifixion; una vez Iue crucificado el Maestro, menos aún esperaban una resurrec- ción. En aquel momento estaban completamente descon- certados, y fueron precisamente la Resurrección y la activi- dad del Espíritu Santo lo que les devolvió la confianza. ¿Cómo, además, esa gente tímida y bastante zafia podría haber maquinado una falsa resurrección, a la que nadie hu- biera dado crédito y que podía acarrearles problemas en la improbable medida en que fuera creída? -El argumento me parece bastante sólido. -Mi mejor argumento es el siguiente, y puedes darle vueltas en todos los sentidos: no existe ninguna explica- ción p rofana satisfactoria de la resurrección de Jesús. Cuando una cosa no puede explicarse mediante los recur- sos de la crítica humana inteligente, ¡es que Dios está por medio! -La explicación profana más verosímil sigue siendo que los discípulos creyeron ver, oir y tocar a un Jesús resu- citado. -Ciertamente. Pero el número de testigos, la precisión, identidad y uniformidad de sus declaraciones se oponen a esta última hipótesis. Algunos de entre ellos ya han muerto mártires de su fe. Nadie se deja matar por una historia así cuando no tiene buenas razones para estar completamente seguro de ella. Y ahora, con los ojos vendados, voy a con- tarte la visión que he tenido y que te concernía: tú tam- bién morirás testigo de la Resurrección. -¡No me estás animando mucho a bautizarme! -Tranquilo: ¡tendrás ese bautismo! No había con todo motivos para que Kaeso se sintiera tranquilo. Al salir de las termas, y una vez que los ojos de Pablo se volvieron a abrir sobre la ciudad, los dos paseantes fueron hasta el cercano Panteón, que Kaeso se empeñó en que su limpio judeocristiano admirara. La parte trasera del edificio daba a las termas de Agripa; la fachada se abría sobre los espacios verdes, todavía poco edificados, del Campo de Marte. Agripa lo había consagra- do a Júpiter Ven gador y a todos los dioses durante su ter- cer consulado, es decir, en el año 729 de Roma, según re- cordaba la inscripción en bronce del frontón. Era uno de los templos más grandiosos de la Ciudad, y con toda segu- ridad el más original. Algunos arquitectos inteligentes ha- bían comprendido que después del Partenón de Atenas, modelo insuperable de perfección clásica, había que encon- trar otra cosa. E msp irándose sin duda en soluciones irania- nas habían edificado un templo circular, accesoriamente dotado de un peristilo corintio. Este peristilo presentaba seis monolíticas columnas de granito rojo o gris cuya enormidad y altura eran impresio- nantes; en lo alto del frontón, a ochenta y siete pies4 del pavimento, se alzaba un auriga de bronce. Como el Panteón tenía elp rivi 1 egio de hallarse abierto- a todos durante el día, Kaeso y Pablo entraron en él. La gi- gantesca cúpula, que tenía ciento cuarenta y siete pies de diámetro5, mostraba en el centro una abertura redonda, de un diámetro de veintiocho pies6, por donde se veía el cielo azul. El conjunto era lujoso hasta la locura. Tanto en el inte- rior como bajo el peristilo, todo estaba revestido de mar- mol amarillo y el suelo se hallaba enlosado con baldosas de mármol amarillo o blanco con vetas violetas y grandes ani- llos de porfirio. El domo estaba cubierto de tejas de bron- ce dorado en forma de hojas de laurel; el bronce, realzado con oro y plata, abundaba también en la decoración de las bóvedas del peristilo y del santuario7. La estatua de Júpiter, de cara a la entrada, era una orgía de marfil y metales pre- ciosos. -¿No es extraordinario? -dijo Kaeso-. ¿Puedes ima- ginar algo más espléndido? Pablo frunció el ceño. -Llegará un día, si Dios quiere, en que esta estatua de 4. 25,879 metros. (N. del A.) 5. 43,374 metros. (N. del A.) 6. 8,260 metros. (N. del A.) 7. El emperador cristiano Constantino II robé las tejas, y en 1626 otro vándalo, Urbano VIII, se llevó del único peristilo más dequinc e toneladas de bronce para la confección del estrafalario baldaquín de San Pedro. Fuera los papas del Renacimiento quie- nes, a pesar de los lamentos de Miguel Angel, destruyeron la in- destructible Roma antigua, con vistas a construcciones de dudoso gusto. (N. del A.) 354 355 Júpiter será, destruida y los cristianos tomarán posesión del templo para consumar en él sus ceremonias8. -¡Olvidas que Agripa es el bisabuelo de mi futuro pa- dre adoptivo' us visiones te arrastran un poco lejos. -Perdóname que vea más lejos que tú. -¿En qué consisten vuestras ceremonias? -Jesús fue crucificado un viernes 14 nisán, día de la co- mida pascual para los judíos, y sepultado antes de la caída de la noche, momento en que empezaba el sabbat. Por lo tanto, festejó la Pascua con sus discípulos un día antes, el jueves por la noche. En aquella ocasión bendijo el pan y el vino diciendo: "Este es mi Cuerpo, ésta es mi Sangre, haced esto en memoria mía". En consecuencia, nuestros sacerdotes consagran pan y vino y los distribuyen entre los fieles. -No entiendo muy bien lo que me cuentas. -¡No eres el único! Los apóstoles me dijeron que tam- poco entendían gran cosa. -¿Por qué no interrogaron a Cristo sobre el tema? -Rara vez se atrevían a interrogarle, por miedo a pasar por tontos a los ojos de los demás. Pero Juan, nuestro más distinguido teólogo, a quien Jesús hacía confidencias parti- culares, sostiene que hay que tomar sus palabras al pie de la letra. -¿Una forma de antropofagia ritual, en cierto modo? -Preferiría una expresión más afortunada. -En todo caso, el rito no es muy judío. -Jesús era Dios, y Dios y a no es judío! La idea de una antropofagia ritual oriental consumada en el Panteón de Agripa por unos judíos que hubieran que- brantado el destierro era tan grotesca, que Kaeso se tran- quilizó en seguida en cuanto a la siniestra predicción que Pablo había hecho sobre él: podía pedir el bautismo sin peligro. En la explanada, adornada con el altar de costumbre, que se extendía ante el Panteón, Pablo dijo a Kaeso: -En contrapartida a la instrucción religiosa que te doy -nosotros la llamamos "catequesis"- te voy a pedir un señalado favor: los cristianos somos de origen griego o ju- dío y el medio romano sigue siendo extraño para nosotros en muchos aspectos9. Romanos y griegos se parecen, pero 8. Poco después del año 600 de nuestra era, el Panteón convirtió en Santa Maria ad Martires, llamada también la Roton (N. del A.) 9. La liturgia de la Iglesia llamada "romana" seguirá sien griega hasta el siglo III. (N. del A.) también difieren. ¿ Quieres hablarme de esta ciudad y de sus habitantes, que han conquistado el mundo y pasan por ser sus modelos? Kaeso se puso de buena gana a disposición de Pablo... -¿Te interesan, quizá, los ciento veinte principales templos de Roma, empezando por el de Júpiter Capitoli- no? ¿O las nueve basílicas más grandes? No me atrevo a hacer alusión a las innumerables termas, algunas de las cuales tienen las dimensiones de una pequeña ciudad... -Las piedras apenas me interesan. Pero los hombres si. En una palabra, ¿quién cuenta aquí realmente? -Si fuera cristiano, te contestaría: los más pobres. ¡Pero evidentemente no será con una pandilla de mendigos con quien pongas la mano en mi Panteón! En primer lugar, está el emperador. Tiene el mando de los ejércitos y es el más rico de todos. "Los ejércitos cuentan, y sobre todo los pretorianos fi- jos, pues lo primero que crea y mantiene al César es el be- neplácito de los militares. "El senado y los ricos importan también, aunque estén desarmados, porque poseen los bienes raíces y mobiliarios. "Los libertos y los esclavos cuentan cuando el empera- dor o los ricos les dan oportunidad de contar. "Eso es lo que cuenta en Roma, y hasta en las provin- cias; todo lo que tiene un valor positivo. "Otros sólo tienen valor negativo, en el sentido de que por lo común no cuentan, pero podrían contar si estuvie- ran demasiado descontentos. Hablo de los ciudadanos de la plebe romana frumentaria, de las doscientas mil familias que sólo sobreviven mediante las distribuciones gratuitas del Anona. Cuando en otoño se retrasan los transportes de tri- go de Alejandría, toda la corte empieza a temblar. También hablo de la multitud de vagabundos extranjeros que aba- rrotan la Ciudad, gentes sin residencia ni ocup ación segura, venidos a menos, mendigos, hombres fuera de la ley de to- das clases, que la plebe frumentaria comete la tontería de mirar por encima del hombro pero con los cuales podría formar causa común si el hambre la empujara al desorden. "Hablo de los numerosos clientes de las grandes fami- lias, a los que, en conjunto, más cuesta subsistir con su re- ducida sportula, dado que ya no presentan para su protector el interés político de antaño, cuando los votos todavía apa- sionaban al Foro. "Hablo de los esclavos, que infundirían terror como en Otros tiempos si pudieran unirse entre ellos y con otros. "A toda esta gente, expuesta en los bajos fondos de Roma a las inundaciones del Tíber, los temblores de tierra, los incendios y las pestes, sólo la mantienen a raya durante 356 357 el día las cuatro cohortes urbanas, que dependen del Pre- fecto de la Ciudad, y por la noche las siete cohortes de vi- gilantes, que dependen del Prefecto de los Vigilantes, a quienes ha y que añadir los pretorianos y la guardia germá- nica, que dependen del Prefecto del Pretorio: poco más de veinte mil hombres en total. -¿Y los artesanos libres? -Son los que menos cuentan, pues la competencia del trabajo servil disminuye su número e importancia. Un día que le estaba comprando a un orfebre una fruslería para el aniversario de mi madrastra, el hombre se lamentó de su suerte, afirmando que, de cien orfebres, treinta y cinco eran esclavos y cincuenta y ocho libertos. La proporción es sensiblemente la misma en los demás gremios. -En tu opinión, ¿cuál seria, en una sociedad semejante, la gente más dispuesta a oír la buena nueva de la Resu- rrección? -El emperador, que por norma se cree dios, tiene que hacer oídos sordos, evidentemente. Los soldados acostum- brados a crucificar a los malhechores, no querrán un dios crucificado. Con los ricos no habrá nada que hacer, porque son demasiado cultos. Los miserables sólo piensan en su barriga, en los espectáculos y en los lupanares, y la libera- ción espiritual que hagas brillar a los ojos de los esclavos nunca valdrá para ellos lo que una libertad en toda la regla. -¿Y tú por qué me escuchas? Con perfecta hipocresía, Kaeso alzó los ojos hacia la bóveda celeste y contestó: -¡Tendría que habértelo dicho: una visión! Acababan de entrar en Roma por la Puerta Carmentalia, al pie de la fachada oeste del Capitolio. Ante las sombrías perspectivas enumeradas, Pablo exhibía un aire bastante desengañado. Kaeso le preguntó: -¿Cuál es el plazo para tener derecho al bautismo? -Más de una vez hemos bautizado demasiado deprisa, y tú mismo insistes en las ventajas de una sólida instrucción a la manera judía. -En mi caso, y admitiendo que trabaje por cuatro, ¿se- ría cuestión de días o de semanas? -Más bien de semanas. No es tu instrucción lo que me preocupa, sino tu alma: todavía no hablas como un cris- tiano. -¡Dime entonces cómo tengo que hablar! -Tienes que hablar con el corazón. El sol estaba declinando a ojos vistas. Pablo tenía que cenar con Lucas y algunos más en casa de un nuevo con- verso de la pequeña burguesfa, un liberto griego que hacía escrituras en el Tesoro público. Estaba en el aire una refor- ma monetaria de gran alcance, pero no se sabía en qué iba a consistir exactamente. Por suerte, el griego le había dado a Pablo información de primera mano, que le interesaba vi- vamente en la medida en que se encargaba de la gestión de fondos líquidos bastante importantes, dones de cristianos generosos para los pobres de la comunidad. Con intenciones de evangelización, Pablo hizo partícipe a Kaeso del precioso sopío, y añadió: -¿No podrías, pidiéndole que guarde el secreto, comu- nicarle la información a tu futuro padre adoptivo, señalán- dole que es una atención que los cristianos tienen con él? La discusión financiera se vio interrumpida por un rui- do de carreras y gritos de "¡Al ladrón! ¡Al ladrón!~~. Una forma fugitiva se arrojó, en el recodo de una callejuela, a los pies de los dos paseantes, quienes en un movimiento común y automático la aferraron. Resultó ser una, pero no era difícil equivocarse a primera vista, pues aquella mucha- chita de once o doce años, parecida a un gato famélico, te- nía esos cabellos cortos que las prostitutas ambulantes es- conden de ordinario bajo una tiara especial o una peluca. Los policías, el proxeneta que buscaba lo que era suyo y algunos ciudadanos de buena voluntad doblaron a su vez el recodo y lanzaron un grito de triunfo al ver a su presa inmovilizada. El lenón dio a Pablo y Kaeso las gracias con exuberancia y puso la mano en el collar de plomo que ro- deaba el cuello de la pequeña, cuya inscripción leyó en voz alta, para demostrarle a todo el inundo que no se había equivocado de persona: "Me llamo Myra. Atrápame si huyo, y devuélveme al lupanar del 'Féííix'. Buena recom- pensa". Los esclavos peligrosos o con tendencia a escaparse, mantenidos en general bajo llave, eran, en efecto, dotados de un collar de bronce o de plomo que les hacía más difícil la evasión. Agarrándola del collar con una mano, el lenón empezó inmediatamente a moler a palos con su bastón a la mucha- chita, mientras que policías y mirones se retiraban discreta- mente. En Roma, era de una imperdonable descortesia mezcíarse en un asunto de ese tipo. La fugitiva gritaba con desesperación. Kaeso y Pablo in- tercambiaron miradas molestas, y Kaeso, para desviar la atención del bruto, le preguntó: -¿Por qué gritabas "Al ladrón"? ¿Acaso ella te había robado? -¡Por Hércules! ¡Qué pregunta! ¡Era ella misma lo que intentaba robarme! Pablo no veía remedio, y se dio la vuelta dejando esca- 358 359 par un suspiro. Los infortunios de Selene habían vuelto sensible a Kaeso ante una cuestión que nunca antes le ha- bía conmovido, y el espectáculo era tanto más lamentable cuanto que la víctima era más joven. Las rigurosas leyes que protegían a los menores no podían proteger a los es- clavos. En Roma rondaban la pubertad. En Atenas, Corinto y Alejandría, donde abundaban los aficionados a la carne fresca, prostituían a los niños a partir de los seis o siete años. Kaeso acabó por gritar: -¡Deja de pegarle! ¡Vas a echarla a perder y será mi bien lo que estropees! El lenón se detuvo de golpe y consideró la fina túnica de Kaeso con interés, y el manto griego de Pablo con desdén. -¿Tienes intención de comprarla? -Una esclava fugitiva de esta edad no vale mucho... Siguieron vehementes protestas del lenón, que se lanzó en seguida a un discurso entusiasta sobre la gracia y talen- to de su protegida, pellizcando una mejilla fresca, desvelan- do un seno naciente... Presuroso por concluir la desagrada- ble discusión, Kaeso firmó en una taberna una firme pro- mesa de compra por 7.000 sestercios, abonable desde el día siguiente, aunque tenía permiso para llevarse inmedia- tamente a la chiquilla. El rango senatorial de su padre y el nombre de Silano habían inspirado confianza al innoble in- dividuo. Todo el mundo en la Ciudad estaba de acuerdo en despreciar al hato de proxenetas, que sin embargo eran indispensables. La pequeña los siguió como un perro. Venía de una isla de las Cícladas por el camino más largo, e inocentemente preguntó en griego a Kaeso: -¿Cuántas muchachas hay en tu lupanar? Pablo la hizo callar. No parecía demasiado contento con la adquisición, temiendo sin duda por la frágil virtud de este joven romano un poco extraño, que por otra par- te, le inspiraba una confianza limitada. Comprendiendo su reacción, Kaeso le dijo: -¡No te preocupes! ¡Las prefiero más viejas! -Pero en- tendió, por la cara de Pablo, que había vuelto a expresarse en un estilo deplorable. Para hablar como un verdadero cristiano era menester vigilar cada palabra. Para reparar su metedura de pata, Kaeso invitó a Pablo a entrar un momento en su casa, insistiendo en el hecho de que todos los habitantes de la insida., desde el amo hasU los barrenderos, estaban por convertir. Pensaba, además, que no estaría mal que su padre viese a Pablo un instante, o al menos supiese que había estado allí. Sospecharía me- nos de su buena fe el día en que tuviera que desgarrarle el corazón. Y, por la misma razón, tampoco estaría mal ha- blarle de Pablo a Silano. Marco había salido, pero Selene, que rara vez asomaba la nariz fuera, trajinaba por la casa. Kaeso le contó en po- cas palabras la compra de Myra, le ordenó que la bañaran y le dieran de comer (con gran sorpresa de la pequeña, que nunca había visto un lupanar semejante), y después se pu- sieron a charlar en la exedra. Ante la belleza de Selene, Pablo parecía un poco crispa- do, como si viera en ella un nuevo peligro para Kaeso. Pero se tranquilizó cuando supo que la esclava judía pertenecía al dueño de la casa, mostrandose desde ese momento de lo más amable; y además Kaeso lo había presentado de mane- ra halagúeña. -No solamente predico -le dijo Pablo a Selene- un Dios crucificado por nuestros pecados, sino un Dios de Verdad, una verdad que vuelve lib res tanto a los amos como a los esclavos, iguales a sus ojos amantes. -No creo, venerable rabí, que quieras incitar a la re- vuelta a los esclavos, como esos estoicos descarriados que llenaron Asia de fuego y de sangre en los lejanos tiempos en que los romanos se apoderaron de la herencia del rey de Pérgamo... -¡Claro que no! Nosotros estamos contra la violencia, que se vuelve injusta de tan inútil como resulta. ¿Cómo concebir una sociedad sin esclavos? -No obstante, una minoría de amos ejercen una vio- lencia injusta sobre sus esclavos. Los maltratan cruelmente con el menor pretexto. Hacen castrar a los jóvenes para hacer de ellos invertidos o cantantes. Prostituyen, a tierna edad, a desgraciados de ambos sexos. O al contrario, a ve- ces les impiden copular pasando un anillo a través del pre- pucio e os hombres (¡los judíos tienen mucha suerte!) o de los labios mayores de las mujeres. Y todos los días, en todas partes, individuos lúbricos abusan del pudor de jóve- nes sirvientesysirvientas. Tales violencias no me parecen ni justas ni útiles. -El corazón sangra al oírte. Pero como la esclavitud es una triste necesidad, la única concebible es la que quiero aportar: los esclavos, tocados por la gracia, obedecerán celo- samente a su amo en todo lo que éste les ordene y sea de- cente, y los amos, tocados por la misma gracia, sólo ordena- rán cosas decentes, conduciéndose como padres atentos y no como tiranos. Y poco a poco, si los cristianos ganan influen- cia en la ciudad, leyes realmente protectoras verán la luz. -Mientras tanto, ¿qué hago con tu hermosa doctrina si por azar no estuviera satisfecha de mi amo? 360 361 -Tendrás la satisfacción de sufrir por tus pecados y los suyos. Tus humillaciones tendrán un valor eterno y Cristo te consolará en su Paraíso. -Puesto ue pretendes hablar para todo el mundo, y no sólo para aación completamente natural. Se citaron de nuevo para el día siguiente, y Kaeso, a pe- sar de sus repugnancias, se dirigió a la casa de Silano, el cual debía de estar preparándose a esas horas para ir a ce- nar a la ciudad. Cuanto más rico era uno, más tendencia tenía a cenar tarde y a prolongar el placer. 378 379 Kaeso sentía que ya no podía aplazar más la cortesía, que de todas formas sería bastante breve, y también le apremiaba el deber de sonreirle un poco a Marcia, a falta de algo mejor. La familia de Silano acababa de sumirse en la confusión. La incongruente cabeza de Cicerón, no contenta con in- quietar al amo o irritar a la domina, había hecho aullar de terror a un esclavo grie o enamorado de la pintura, que al caer la noche soñaba de~ante de ella. Cuando Kaeso, guiado por un servidor tembloroso, lle- gó al peristilo, Marcia, en presencia de Silano, estaba lla- mando a razones a una pandilla de esclavos asustados, y les gritaba: "¡No hay que tener miedo de los fantasmas, sino de los vivos! ¿Es Cicerón o el amo quien os hará azotar si el temor del más allá hace que descuidéis el servicio?". La llegada de Kaeso fue un buen pretexto para abreviar el discurso y mandar a los miedosos de vuelta al trabajo o al ocio. A pesar de las deplorables fantasías de Cicerón, Silano estaba de excelente humor, y comunicó a Kaeso inmedia- tamente el motivo: -Soy tanto más feliz al verte, cuanto que tengo que darte las más vivas gracias. Los sopíos financieros que me comunicaste son de primer orden. Al leerte apenas io cret, pero me informé de todos modos. Séneca y algunos otros ya se están desembarazando de su oro para comprar dena- rios. ¡El negocio me beneficiará con ingentes millones! Incluso para alguien riquísimo, algunos millones más, y ganados con tanta facilidad, no proporcionan escaso placer. Kaeso declaró que el agradecimiento debía dirigirse a Pablo. -¿Es una comisión lo que quiere ese judío? -No, no es dinero lo que le mueve. -¡Ya entiendo! Los fil ósofos y los sacerdotes nunca buscan el dinero: les llega por añadidura, como recompen- sa a su desinterés; pero luego no lo sueltan. -Sí, Pablo es más bien de ese tipo. Por el momento, su ambición es ver a Nerón antes de abandonar Roma. ¿Po- drías reservarnos buenos sitios cerca del pulvinar para el Circo de pasado mañana? -Tendréis los míos: ¡sufro una indigestión de caballo! Pero si tu Pablo quiere ver a Nerón de más cerca, es muy fácil: el Príncipe vendrá a cenar uno de estos días. En el momento en que se fije la fecha te la diré. Al invitarlo de vez en cuando, tengo excusa para no ir a adularlo tan 8 menudo como debería. La atmósfera de burdel del PalaciO me corta la respiración. -¿Vas a recibirlo aquí mismo? -En el jardín del fondo, si hace buen tiempo. -Será bueno, esa noche, que cierres las puertas de la pinacoteca, de forma que el fantasma no trastorne la cena. -¡Excelente consejo! A Nerón ya lo atormentan bas- tante los fantasmas de Octavia y de Agripina, y quizás tam- bién el de Británico... Aborrece los fantasmas. Pero no teme menos a los asesinos. Responderás por Pablo, espe- ro... Sería preferible que degollaran a Nerón en otra parte, no en mi casa. -Pablo es la dulzura en persona. Los gladiadores le dan fiebre y al pasar acaricia a los niños en los vertederos. No se mostrará violento antes de tener treinta legiones bajo sus órdenes, ¡y eso no ocurrirá mañana! Kaeso cumplimentó animadamente a Marcia, que había' adelgazado un poco y ocultaba una mirada dolorosa tras las largas pestañas pintadas. El corazón se le encogió, hasta el punto de que por un momento le falló la determinación de continuar su programa de salvaguardia. Abrevió la visita. Silano, al acompañarlo hasta la puerta, le confió, visi- blemente violento: -Marcia te necesita maternalmente, y yo la necesito a ella como sea. Eres demasiado inteligente para que unos escrúpulos pueriles te impidan durante más tiempo hacerla feliz, y a mi con ella. ¿Quizá temes perder tu libertad? Confía en mi experiencia: sólo hay una libertad que resista a las incertidumbres y desilusiones de la vida, la que da el dinero. Ahora bien, mis bienes son tuyos. Sólo tienes que agacharte a recogerlos. Kaeso se habría agachado de buen grado. Pero rebajarse era otra cuestión. 380 381 Iv Durante la cena, Kaeso tuvo que confesarle a su padre que había diferido la adopción hasta los Idus de mayo, y su incapacidad para aducir un motivo plausible sumió a Marco en una viva inquietud. En el fondo, siempre había pensado que a pesar de las alentadoras apariencias el asunto era de- masiado hermoso para ser verdad; y hete aquí que, en vis- peras de degustaría al fin a grandes sorbos, la copa se aleja- bade sus labios. Selene salió en ayuda de Kaeso: -Es normal que tu hijo retrase el momento de abando- narte, después de todo lo que has hecho por él. Con humor, Marco replicó: -¡No era cosa tuya, sino de Kaeso, aducir ese bonito pretexto! -¿Es que nunca has oído hablar del pudor de los jóvenes? Kaeso no podía hacer otra cosa que bajar púdicamente los ojos. Se acercaba la luna llena, y Selene animaba a Marco a beber, con intención de dedicarse pronto a la pastelería; mientras que Myra, acurrucada a los pies de Kaeso, lo mi- raba con devoción. Marco preguntó de pronto a su hijo: -¿Por qué compraste esta chiquilla, a la que apenas pa- reces prestar atención? -¡Para verla crecer en belleza y virtud! No era ésta la respuesta que esperaba Marco, en quien la juventud de la muchacha había despertado deseos. Kaeso precisó: -Myra me pertenece. Si un esclavo de la casa se permi- tiera ponerle la mano encima tendría que pagarte su pre- cio, puesto que lo mataría con mis propias manos. Selene, con la cara muy seria, añadió en broma: -Kaeso piensa en hacerla infibular para preservarla de cualquier ofensa, y se acostará con ella dentro de diez años, cuando su atractivo esté en el mejor momento. Marco se levantó del tricliníum de muy mal humor. 383 Al día si uiente, por la mañana temprano, Kaeso reci- bió algunas ~íneas de Silano: "Décimo a Kaeso, ¡salud! "Ayer por la noche, en casa de Trasea, corría el rumor de que la estatua de Marcia había curado a un ciego. La guardiana del templo acaba de decirme que había oi a u amigo Pablo reivindicar el milagro en tu presencia. ¿Por qué no me hablaste ayer por la tarde de ese extraño asun- to? ¿Qué debo pensar? Si Pablo tiene esa clase de talento, me gustaría mucho que se ocupara de mi reumatismo. "¡Que te encuentres tan bien como el ciego!" Antes de salir, Kaeso contestó: "Kaeso a D. Junio Silano Torcuato, ¡salud! "Dudé en hablarte de este asunto porque ni yo mismo sé lo que debo creer, y esperaba que el trato de Pablo me proporcionaría una luz decisiva. El hecho es que este judío que ha roto con las sinagogas frotó los ojos del ciego con un pañuelo azul que Marcia me regaló hace tiempo, que el ciego vio en el acto y que corrió a arrojarse a los pies de la estatua del santuario. Ya no sé más. En todo caso, Pablo sostiene que no es la primera vez, y su amigo Lucas llega a afirmar que resucitó a un oyente que había muerto por culpa de sus discursos. A falta de una resurrección -que sin duda te costaría horriblemente cara- consideraré un deber hablarle de tu reumatismo. "¡Que tu buen juicio te permita resistir a los cristianos! El mio está siendo sometido a dura prueba." A Kaeso se le ocurrió de golpe que si el noble Torcua- to, curado de su reumatismo -¿o resucitado en un pase de manos?-, tenía la desastrosa idea de hacerse cristiano, su propio bautismo ya no serviría de nada, pues la religión pa- tricia del padre adoptivo caeria en el olvido. Afortunada- mente, Silano parecía presentar todas las garantías. Muerto y resucitado, seguiría siendo estoico y sibarita. El poder de convicción de Pablo tenía limites. Cuando Kaeso líe ó a casa del judío cristiano de la Puerta Cápena, los fie~es estaban reunidos en una sala don- de no se le permitió entrar, aunque le concedieron de bue- na gana el derecho a mirar lo que allí sucedía por la puerta entreabierta. Por otra parte, la ceremonia era decepcionan- te: la gente estaba simplemente comiendo pan y bebiendo vino que Pablo distribuía. Después, la asistencia entonó un cántico de factura popular que hablaba de un cordero. Pablo, Lucas y Kaeso se dirigieron al jardincill<> de la casa, y allí, bajo una pérgola florida, Kaeso le preguntó a Pablo: -¿Están todos los cristianos autorizados a distribuir el pan y el vino? -Solamente los pastores, llamados "presbíteros" u "obispos". -¿Es lo mismo? -Entre nosotros no hay dignidad más alta que la de distribuir el pan y el vino. Los "obispos" sólo tienen un papel de vigilancia particular. -Los hijos de 'sacerdotes" u "obispos", ¿se convierten en "sacerdotes" y "obispos" a su vez? -Es lo mejor que pueden hacer, pero el sacerdocio está al alcance de todos, por cooptacion. -¿Quién manda, entre vosotros? -Jesucristo. -¿Pero no tenéis un jefe? -Jesús otorgó la más alta autoridad a Pedro, pero sin precisar bien en qué consistía. Yo mismo he tenido peno- sas discusiones con Pedro... -¿No le confió Jesús a Pedro un territorio particular? -No que yo sep a. Pedro, como todos nosotros, sueña con implantar sólidamente la fe cristiana en Roma, donde ha pasado largas temporadas, y muchos fieles de la Ciudad se valen de su recomendación. Pedro no puede soportar Roma, pero siempre vuelve a ella, como el pato a la char- ca, y le gustaría dejar aquí su sucesor. Es obvio que la pree- minencia de Pedro es transmisible. -¿Será él quien designe al sucesor? -Los cristianos se encargarán de ello. -Además de predicar, e coo tar hermanos, de consa- grar pan y vino y de acostarse con sus mujeres para pro- crear "sacerdotes" suplementarios, ¿qué hacen vuestros an- cianos? -Redimen los pecados de quienes se arrepienten, pú- blicamente si el pecado es público, en privado si el pecado es secreto. Jesús les concedió este privilegio, pues sigue siendo Jesús quien perdona por boca del sacerdote. -¿Todos ~os pecados de los arrepentidos son perdo- nados? -Todos. Pero el valor del perdón está, evidentemente, en relación con la sinceridad del arrepentimiento. Se puede engañar al "sacerdote", pero no a Dios. Los sacerdotes ha- cen descender al Espíritu Santo sobre los fieles bautizados para iluminarlos, y ungen a los agonizantes con un aceite sagrado, que a veces los restablece, y que de todas formas borra sus pecados -si los penitentes están en disposición favorable. 384 385 -Esa unción de aceite, entonces, ¿es superflua, después de la remisión ordinaria de los pecados? Lucas tosió con algún embarazo, y el mismo Pablo con- testó con vacilación: -El muy llorado Santiago era quien mejor conocía este asunto, que, debo reconocerlo, no está muy claro. Marcos también alude a él. Lo esencial, ¿no es acaso que funcione? Lucas confirmó que la mayoría de las veces la unción hacía maravillas. -¿Y el matrimonio? -dijo Kaeso-. ¿No casan a la gente vuestros "sacerdotes"? -Sólo sirven de testigos, en nombre de la Iglesia. Lo que en realidad constituye el matrimonio es el libre com- promiso de los cónyuges. En caso de fuerza mayor, ni si- quiera es necesaria la presencia del sacerdote. Bastan otros testigos, cristianos si es posible. -Si no hay libertad de compromiso, ¿no hay matrimo- nio cristiano? -En efecto, el matrimonio es nulo ante Dios, y nuestra Iglesia puede anularlo ante los fieles. Kaeso, que había terminado por sentarse, se levantó pensativo y estuvo un rato paseándose. La víspera por la noche, después de cenar, un emisario había llevado a la ín- su/a la epístola de Santiago y las epístolas disponibles de Pablo, que el supuesto catecúmeno había leído u hojeado durante buena parte de la noche a la luz de su lucubrum, in- teresado a su pesar. Tras el folklore de la biblia, tras los desnudos e ingenuos testimonios recogidos por Juan y Marcos, se llegaba con estas epístolas, por una especie de asombrosa aceleración de la historia, al estadio de la refle- xión personal sobre los hechos. Pablo, sobre todo, si entre- gaba su dios a la estupefacción de las masas, tal vez más aún se entregaba a sí mismo. Y fueran cuales fuesen las particularidades de un razonamiento más rabínico que grie- go, el autor escribía en un género que tenía, en el mundo grecorromano, mayor crédito que la biblia o el Evangelio. La personalidad de Séneca también había dejado su huella en muchas obras que le debían lo mejor de su encanto. La biblia eran "los judíos vistos por si mismos". El Evangelio de Marcos, era "Jesús visto por cualq,uiera". Las epístolas de Pablo, eran "Jesús visto por Pablo '. Y dada la notable memoria de Kaeso, tanto tiempo ejercitada con Homero Y Virgilio, se planteaba un problema, ya resuelto por Selene desde su punto de vista parcial: ¿ Era Pablo un farsante? Kaeso volvió con amb os compadres y sugirió: -Por cierto que no encontré nada claro en Marcos, nl siquiera en Santiago, a propósito de esa unción de aceite. ¿Será una creación de Jesús o del Espíritu Santo? Pablo se encargó de responder: -Del Espfritu Santo, en todo caso. Pues Santiago era íntimo de Jesús y se puede confiar completamente en él. O bien Jesús le habló del asunto en privado, o bien Santia- go, bajo la influencia del Espíritu Santo, dijo lo que el pro- pio Jesús podría haberle dicho. -¿El Espíritu Santo desciende sobre todos los bautiza- dos? -Sobre quienes lo han recibido a través del "sacerdo- te" másq ue sobre cualquier otro. -Y allí donde Jesús calló, o donde sus palabras no fue- ron llevadas al papel, ¿qué criterio permite saber si el Espí- ritu inspira o no a quien se pretende inspirado? -Es la Iglesia la que decide, dirigida por el Espíritu. Pablo defendía su causa con sutileza, pero hab la escrito con demasiada imprudencia como para no pillarse los de- dos. Kaeso continuó en tono zalamero: -He observado en tus epístolas, que he leído esta no- che, una honesta y simpática distinción entre lo que afir- mas que proviene de Jesús y lo que declaras bajo tu propia responsabilidad. Impone el mayor respeto. "En tu epístola a los romanos, por ejemplo, escribes es- tas frases de sentido común: "Que cada cual se someta a las autoridades establecidas. Pues no hay autoridad que no provenga de Dios, y las que existen están constituidas por Dios. Así pues, quien se resiste a la autoridad se rebela contra el orden establecido por Dios. Y los rebeldes se condenarán a si mismos. En efecto, no hay que temer a los magistrados cuando se hace el bien, pero cuando se hace el mal... Así que debemos someternos no solamente por mie- do al castigo, sino por motivos de conciencia. ¿No esror eso por lo que pagáis los impuestos? Pues se trata de cionarios que se e ican en nombre de Dios a ese oficio. Dad a cada cual lo que se le debe: a quien el impuesto, el impuesto; a quien las tasas, las tasas; a quien el temor, el temor; a quien el honor, el honor". "Pero en tu primera epístola a los corintios, escribes: "Cuando uno de vosotros tiene una diferencia con otro, ¿se atreverá a pedir justicia ante los injustos magistrados, y no ante los árbitros cristianos? ...¡Vais a tomar por jueces a gente que la Iglesia desprecia! ¡Vais a pedir justicia herma- no contra hermano, y delante de los infieles! '. "Así, por una parte, invitas a la sumisión ante los magis- trados por motivos de conciencia. Y por otra pretendes erigir contra el orden establecido un simulacro e ~usticia confesional, tratando además a esos mismos magistrados de injustos, despreciables e impíos. Supongo que esta contra- dicción es tuya y no de Cristo... 386 387 Pablo estaba tanto más molesto por esta salida cuanto que solamente un año separaba la primera epístola a los corintios de su epístola a los romanos: ni siquiera podía aducir una evolución de su pensamiento. Su ágil inteligen- cia le sugirió la única respuesta posible: -En la epístola a los romanos, aludo al caso general. En la epístola a los corintios, hablo de una excepción. Na- turalmente, es deplorable que los cristianos disputen delan- te de gentiles, y comprenderas también que, dada la origi- nalidad de nuestra moral, los tribunales romanos son for- zosamente incompetentes en cierto número de litigios. -Hablas de nuevo con la agudeza de un ángel. Pero en- tonces, ¿por qué después e aberlos considerado dignos de honor, cubres de injurias a esos magistrados que desem- p eñan su oficio y no son en ningún modo responsables de la curiosa novedad de tus creencias? ¿Es Cristo o Pablo quien habla? -Es Pablo, y he hablado demasiado. Lucas observo: -Pablo ha escrito mucho, y a veces ha tenido que ha- cerlo muy rápidamente, presionado por la urgencia o la emoción. No es sorprendente que bajo su pluma haya al- gunas escorias. Lo sorprendente es que no haya muchas más. No muy calurosamente, Pablo agradeció a Lucas el cumplido, al que Kaeso se sumó antes de continuar en el mismo tono: -Siempre en tu primera epístola a los corintios, se pue- de leer: "Como en todas las iglesias cristianas, que las mu- jeres callen en las asambleas, pues no les está permitido to- mar la palabra; que sean sumisas, como dice la propia Ley. Si quieren instruirse, que pregunten a su marido en casa; u es es inconveniente que una mujer hable en una asam- Es Incluso si alguno se cree profeta o inspirado por el p iritu, que reconozca en lo que escribo un mandamiento de 1 Maestro "Veo que de la Ley judía, en la que has hecho impor- tantes supresiones -¡y sobre la que incluso has arrojado luz!-, has conservado cuidadosamente un precepto para hacer que las mujeres guarden silencio en público; lo cual constituye la mejor manera de reconocer que este precep- to no proviene de Cristo, pues entonces te habrías apresu- rado a señalarlo. ¡Y sin embargo, te atreves a invocar un mandamiento de tu Maestro a este propósito! ¿No encuen- tras fútil y trapacero invocar, a fin de cerrar la boca de las muj eres en las Iglesias, la autoridad de un Maestro que nada dijo ,para re fugiarte detrás de los judíos, cuyo yugo te sacudiste? Aquí, ¿era Cristo o Pablo quien hablaba? 388 Como Pablo guardaba silencio, Kaeso hizo esta refle- xion. -Esto que te digo, es por humilde corrección fraternal y porcjue soy susceptible de casarme con una romana que tendra la costumbre de hablar en público más alto que los hombres. Y permiteme añadir, por el éxito de tu propa- ganda en Roma, pues vas a re is oner a todas las muje- res contra ti si dejas correr inconsideradamente tales epís- tolas. ¡Cuando las romanas se conviertan a tu Evangelio, exigirán, con todas las libertades de que disponen, más pruebas que las tuyas antes de guardar silencio! Cristo era más amable que tú con las mujeres y podrías tomar ejem- pío de él. Herido, Pablo dijo por fin: -Ahí también, debo reconocerlo, hablaba yo, y no Cristo. Lucas susurró: -Le he dicho a Pablo con frecuencia que despreciaba un poco a las mujeres, y que incluso los homosexuales, a los que él fuminaria, a menudo merecen más pena que cen- sura. Exasperado, Pablo gritó: -¡Te concedo las mujeres, pero déjame al menos a los infames! Con creciente dulzura, Kaeso hundió el clavo: -Encuentro penoso e inquietante ver a un apóstol in- vocar la palabra de su Maestro a tontas y a locas. Satán no sólo trabaja a tus espaldas; a veces te embiste de frente. Pero no quisiera abusar de tu paciencia -que además no es infinita-, y me limitaré, por último, a señalar una con- tradicción de gran alcance. "Hace un momento adujiste que lo que constituía el matrimonio cristiano era la libertad de compromiso. Ahora bien, otra vez en esa desafortunada primera epístola a los corintios, de la que decididamente tendrías que reescribir ciertos pasajes, te expresas como sigue: "Si no obstante al- guno cree faltar a las conveniencias dejando pasar la edad del matrimonio de su hija, y debiendo las cosas seguir su curso, que haga lo que quiera; no pecará si la casa. Pero si está firmemente decidido en su corazón, y al abrigo de toda imposición y libremente ha resuelto en su fuero inter- no que su hija siga virgen, hará bien. Así pues, quien casa a su hija hace bien, y quien no la casa hace mejor todavía". "Para ti, en consecuencia, la única libertad en materia de matrimonio, al menos si hay que prestar fe a lo que es- cribes y no a lo que dices, sería la de los padres para dispo- ner de sus hijas a su antojo. Me parece una torpe introduc- ción a la indisolubilidad y libertad que preconizas. ¿Es Je- 389 sús o Pablo quien permite a un padre privar a su hija del matrimonio? "Lo que te digo sigue siendo en interés de tu doctrina. Pues en Roma va extendiéndose la costumbre de que los padres admitan las inclinaciones de sus hijas, y una vez ca- sadas tampoco será la autoridad del tutor la que impida que las mujeres vuelvan a casarse a su antojo. "Asi, te pones en contradicción no sólo con las nuevas costumbres romanas -por las que entiendo que no te preocupes mucho-, sino también contigo mismo, lo que me parece más grave. Si el padre puede casar o no a su hija, según una óptica bárbara que sin duda se remonta al diluvio, ¿dónde está la libertad de consentimiento de la víctima? "Parece como si, por misoginia o por inconsecuente li- gereza, trabajaras para establecer ante tu dios una floración de matrimonios, de los que bien pocos podrán ser legal- mente anulados si los jueces cristianos se te parecen. La li- bertad que le deparas a la mujer es tan sabrosa como la que anuncias a los esclavos. Pero tu ceguera trabaja para arruinar tu propia moral. Pues esas cristianas casadas a la fuerza por padres tiránicos sabrán en el fondo de si mis- mas, si no son completamente estúpidas, que su matrimo- nio es religiosamente nulo, y sacarán la consecuencia lógi- ca de que su marido tiene cara de cornudo. Y cuando tú aconsejas a los padres que conserven el celibato de sus hi- jas, te vuelves también responsable de todas las masturba- ciones o abrazos solapados que se derivarán de tan anormal situacion. "Si Jesús perdonó a la mujer adúltera, tal vez fuera por- que ésta se casó obligada por un irresponsable como tu. "Es una pena que el Jesús que encontraste en el camino de Damasco no te hablara más tiempo. Después de haberte reprochado que lo persiguieras, sin duda te habría invitado ano perseguir a las muchachas. Pero, en el fondo, ¿no son una y la misma ambas persecuciones? Con voz neutra, Pablo rogó a Kaeso que se alejara un instante, y se puso a hablar animadamente con Lucas. Ak gunos gritos llegaron hasta Kaeso, que miraba a las babo- sas comer lechugas en el fondo del huertecillo. Ciertamen- te, esas babosas tenían más libertad que la mujer cristiana según Pablo de Tarso. Llamaron otra vez a Kaeso, y Pablo le dijo: -Siempre es fácil acusar a alguien a partir de algunaS frases poco afortunadas o excesivas. Podrías haber recorda- do otros pasajes en los que insisto sobre la dignidad de la mujer, sometida temporalmente al hombre, pero de todos modos su par en el plano espiritual. Esta igualdad esencial, que anuncio a pesar de mis torpezas y debilidades, no desa- parecerá, pues es la palabra de Dios la que la fundamenta. Mientras que las libertades adquiridas por la matronas ro- manas contribuyen en su mayor parte a la perdición. ¿Para qué casarse libremente si es para divorciarse y seguir estéril? "Te ruego que consideres ahora lo siguiente: las buenas reglas morales que deben gobernar las relaciones entre los hombres y las mujeres han sido durante mucho tiempo susceptibles de evolución, al contrario que las reglas intan- gibles y permanentes que expresa el Decálogo. La propia Biblia atestigua tal evolución. Así, en el Génesis, vemos a Jacob desposar a dos hermanas con una semana de interva- lo, mientras que esa clase de promiscuidad se prohíbe más tarde en el Levítico. Estuvo relativamente bien tener muje- res y divorciarse. Dios lo toleró a consecuencia del endure- cimiento de nuestro corazón tras la caída. Con Jesús en- contramos y definimos por fin el matrimonio ideal. Pero este ideal, ya te darás cuenta, está en las antípodas de las costumbres actuales de todos los pueblos, y sin duda se ne- cesitarán siglos de esfuerzos para que sea incluido en las le- gislaciones... siempre y cuando el Juicio final no vuelva esos esfuerzos superfluos. "Mientras tanto, hay un desfase tan grande entre las exigencias de Cristo y las mentalidades, que al cristiano en persona -¡e incluso a un cristiano que ha visto a Jesús me- jor de lo que te veo a ti!- le cuesta trabajo despojarse del "viejo hombre", razonar, no sentir en materia de mujeres como le enseñaron a sentir cuando era joven. Puede ocu- rrir en mis epístolas, que el judío vaya por delante del cris- tiano en este dominio tan espinoso, e incluso el mal cristia- no por delante del bueno. Pues ver a Cristo no nos preserva de todo error y todo pecado, siendo nuestra liber- tad aún más importante que nuestra virtud, puesto que la primera fundamenta a la segunda. "Me has señalado contradicciones demasiado reales, de las que te acabo de explicar la génesis. Intentaré reducirlas y resolverlas. Por principio, la Iglesia siempre defenderá la libertad de consentimiento, pero a los "sacerdotes" les cos- tará mucho tiempo poner de acuerdo sus actos, y hasta sus discursos, con el principio. Si Dios quiere, la gracia preva- lecerá y hará que las cosas vuelvan en favor mío y en favor del pró jimo incluso mis inconsecuencias. -¿Quieres decir que, cuando hablas bien de las muje- res, es dios quien habla por tu boca, y cuando dices barba- ridades, son las mujeres quienes te hacen decirlas? -¡Exactamente! -reconoció Pablo riendo-. ¡Instruirte es un placer! 390 391 -Siempre caes sobre tus patas, como un gato. -¡Por cierto que si insistes en atormentarme de esa forma, llegarás a hacerme maullar! Para ser una persona que se trataba tan íntimamente con Dios, Pablo había conservado una humildad y una bue- na fe muy simpáticas, y más meritorias aún considerando que su carácter era muy difícil. Convencido tras una rigu- rosa demostración de haber cometido un error, conseguía dominarse y pedir perdón. Era la hora de la comida de mediodía. Mientras se diri- gían al comedor, Lucas, que iba detrás con Kaeso, le dijo en voz baja: -Le has hecho a Pablo mucho daño; no se lo merecía. Incluso cuando tienes razón, tu verbo es demasiado orgu- lloso. Hablas como si hubieras salido del muslo de Júpiter, mientras que tu cabecita apareció un día, como la de todo el mundo, al borde de un sexo de mujer, entre el conducto de las meadas, y el de la mierda'. -¡No nos permites olvidar que has estudiado medicina! Almorzaban sentados en cojines, que encuadraban las mesas bajas de servicio. Había allí una docena de personas y estaban excluidas las tuujeres. Para restablecer una atmósfera cordial, Kaeso le pre- guntó a Pablo: -Si Jesús festejó la Pascua un día antes, el jueves por la noche, para poder ser enterrado antes del sabbat de la no- che siguiente -¡maravillosa previsión!-, la consagración del pan y del vino tuvo lugar durante esa comida tradicio- nal. Ahora bien, esta mañana he visto que dicha consagra- ción ya no estaba asociada a una comida. ¿A qué se debe la disociación? -A que Jesús ya no está entre nosotros para moderar con su mirada a los glotones y bebedores. En todos los lu- gares donde tengo alguna influencia aconsejo, para salir al paso de los abusos, hacer de la Cena sagrada una comida aparte, que preceda a una comida corriente. Además, hay una gran diferencia entre la Cena ordenada por Cristo y la nuestra. Jesús convirtió el pan y el vino en Cuerpo y San- gre que iban a ser sacrificados por nuestros pecados y erro- res. Entre Sus manos, la hostia era "prototipo" -si puedo permitirme este neologismo. Mientras que nuestra hostia de hoy en día es Carne y Sangre ya vertida, toda la realidad de un cuerpo crucificado, resucitado y glorioso. La Cena de 1. Imagen que será recogida por San Agustín, quien antes de sentar cabeza había recabado información precisa en lugares de mala fama. (N. del A.) Jesús anuncia; la nuestra realiza, renueva el sacrificio, y se celebra para una asistencia eventualmente mucho ma- yor. Así pues, es legitimo pasar del ambiente familiar de la Cena primitiva a una atmósfera más oficial, en la ~ue todo habrá sido previsto para hacer resaltar los verda eros ca- racteres del augusto fenómeno. La hostia-proyecto de un Jesús agonizante se ha cumplido por la palabra de nuestros sacerdotes". -¿Qué se hace con las hostias que no se consumen? -Se las llevamos a los enfermos y a los moribundos. Discretamente, Kaeso dio luego las gracias a Pablo de parte de Silano, y le anunció que podría ver a Nerón de cerca, gracias a la amabilidad del patricio, en la mañana del día siguiente. En seguida, como si caminara sobre huevos, añadió: -Silano ha sabido por el rumor público con qué facili- dad curaste al ciego del templo del Pudor Patricio, y te es- tana muy agradecido si te ocuparas de sus reumatismos, que le molestan tanto más por estar recién casado. A Pablo se le oscureció el semblante, y no supo muy bien qué decir. Kaeso insistió: -No hablemos de caridad, aunque nunca esté ausente del todo en un milagro terapéutico. Es evidente que los cristianos no pueden curar a todo el mundo con el pretexto de la caridad: la gente ya no tendría ningún mérito al creer y habría que agrandar el Paraíso. Pero tendrías una buena oportunidad para probar una vez más que "Dios acaba de visitar la tierra", recogiendo tu magnífica expresión. Silano es primo de Nerón, puede recomendarte, y sólo con que curaras a nuestro emperador de un resfriado en vísperas de un elegante concurso de canto, la suerte de los cristianos estaría echada. Después de haber socorrido al primero que llega, puedes socorrer al ilustre marido de mi madrastra que, con sus modestas luces, también busca la verdad. Pablo se decidió por fin a contestar: -No soy yo quien cura: es Dios. Explícale a tu parien- te, con todas las consideraciones deseables, que si Dios se compadece de los peores sufrimientos del pobre, me resul- ta difícil molestarlo por unos reumatismos de rico recién casado. -Sin embargo -dijo Lucas-, Jesús transformó el agua en vino en las bodas de Caná, y ese fue, según Juan, su prl- mer milagro. -La Virgen se lo había rogado. -Entonces le diré a Silano -suspiró Kaeso- que la Virgen, que se preocupa de los milagros gastronómicos, se ríe de sus reumatismos. 393 392 -Preferiría decírselo y o mismo si se presenta la oca- sión: tengo la impresión de que lo diría mejor que tú. Las historias de milagros eran mu y intrincadas. Kaeso lanzó una mirada a su alrededor. Lucas estaba im- pasible, pero los demás invitados parecían pensar que, en interés de la causa, Pablo podría haber hecho un pequeño esfuerzo por los reumatismos de un primo del emperador. -¿Qué sabéis vosotros de los asuntos de Dios? -les dijo Pablo-. ¿Sois vosotros o soy yo el que ha curado a ese ciego a algunos otros? No h¿ía nada que replicar a esta observación de espe- cialista. Kaeso continuó haciéndole preguntas a Pablo: -He leído en Marcos que a menudo la enfermedad se presenta como una posesión demoniaca. ¿Cuál es tu opi- nión? -En efecto, la muerte y la enfermedad son los resulta- dos del pecado de Adán y Eva, que desobedecieron a Dios tentados por el Demonio. -¿Cómo es que Jesús, que por definición no era tribu- tario del pecado original, pudo sufrir y morir? -A pesar de estar exento de este pecado, había acepta- do sus consecuencias por amor a nosotros. ¡Incluso Satán intentó vanamente seducirlo! -Cuando satán desobedeció a dios no pudo ser tentado por el demonio, puesto que era el primer ángel caído de su especie. Pablo y Lucas se miraron, como si este problema toda- vía no hubiera sido objeto de sus preocupaciones. Kaeso apuntó: -¡Desobedecer a dios sin ser tentado por el diablo de- nota una increíble dosis de vicio! -Sí -dijo Pablo-, una increíble dosis de vicio es justa- mente la mejor definición del Demonio, que ciertamente inventó todos los pecados posibles a partir de nada. Por tanto, ¡desconfía!, Satán es un artista actuando bajo la más- cara de los mejores sentimientos. Está presente en el vicio, y más aún bajo la virtud. Las ambiciones morales mediocres parecían ser la mejor garantía para mantener a distancia a ese Satán, y una soS- pecha muy desagradable se le ocurrió a Kaeso: la de que tal vez él era demasiado virtuoso por naturaleza como para no ofrecerle una buena presa. Los cristianos hablaban del diablo y del infierno con una certeza impresionante y con- tagiosa, como si hubieran comprendido que el hombre era todavía más sensible al miedo que al amor. A semejanza de los que poseían esclavos, el dios cristiano agitaba palo Y zanahoria. Después de haberse citado con Pablo y Lucas para la mañana del día siguiente en el Circo Máximo, Kaeso volvió a la ínsula a la hora de la siesta. Cuando hubo descansado, ordenó al cocinero que mandara algunas vituallas y un án- fora de buen vino a casa del judeocristiano de la Puerta Cápena para agradecerle su hospitalidad. Marco el Joven estaba en la cocina, comiendo tarde, de pie y de prisa. Ex- plotando a fondo su permiso, se hallaba ausente la mayor parte del tiempo. Kaeso lo invitó a ir con él a las majestuo- sas termas nuevas de Nerón, que eran más distraídas que la instalación privada debida a los sacrificios de Marcia. Des- pués de haber frecuentado a Pablo durante algún tiempo, uno experimentaba la necesidad de cambiar de ideas. La pequeña Myra fue autorizada a seguirlos. Selene, que nun- ca iba a las termas públicas, se limitó a desearles una buena tarde, y aconsejó al pinche que no pusiera cerdo en la ba- nasta del judeocristiano, ya que la mayor parte de los ju- díos convertidos habían conservado una invencible preven- ción contra ese útil animal. -¿Y tú? -le preguntó Kaeso- ¿No comes cerdo? Con humor chirriante, Selene contestó: -¡Cuando se chupa al hombre, siempre se puede comer cerdo! lo que ciertamente era bastante lógico. En todo caso, la prostitución era culpable de hacer que se perdiera el respeto por las prohibiciones alimenticias religiosas. El trío se encaminó a las termas con lo necesario para el baño bajo el brazo. Los días precedentes habían caído algu- nos raros chaparrones, pero el tiempo parecía mejorar, lo que presagiaba soberbias carreras para el primer día de las Fío ralias. Las termas se hallaban rodeadas de pretorianos y de sol- dados de la ~uardia germánica, los vestuarios estaban reple- tos de policias: Nerón se estaba bañando. De vez en cuan- do, con una sonriente demagogia, el emperador hacía su aparición en un baño público, donde tomaba entonces un baño multitudinario, y la presente iniciativa estaba en rela- ción, sin duda, con la presidencia de las carreras del día si- guiente. Los >uegos daban al Príncipe la oportunidad de someter periodicamente a prueba su popularidad, y no es- taba mal pasar casi sin transición de las termas populares al pulvinar olímpico del Gran Circo. Otra ventaja de estos contactos plebeyos: eran los úni- cos de esta clase que ofrecían las mejores garantías de se- guridad. Un emperador desnudo, rodeado de gruesos bra- zos y amigos desnudos, se entregaba a la vibrante simpatía de los bañistas, que ni siquiera habrían podido disimu e 394 395 punzón de escribir al que Claudio había temido tanto pues se lo habían clavado a César en los Idus de marzo. A condi- ción de ir a bañarse a la ciudad por sorpresa, Nerón combi- naba a las mil maravillas el maximo e ublicidad con el máximo de seguridad, ese eterno rompecabezas de los ser- vicios de protección continua. Cuando los dos hermanos Ap onio y la pequeña Myra entraron en las termas, Nerón c a o eaba ya en la piscina del fr¡~idarium, completamente rodeado de amigos que im- pedían al círculo de curiosos y de aduladores asfixiar al au- gusto objeto de su atención. Del agua agitada o de los bor- des de la piscina se elevaban las llamadas al heredero de tantos Césares; Nerón respondía con gracia, y su séquito añadía a veces su grano de sal. La atmósfera era ruidosa, relajada y bonachona. La pregunta que se escuchaba más a menudo era: "¿Cuán- do, divino vástago de las Musas, te decidirás a cantar delan- te de tu bienamada plebe?". Nerón contestaba con sincera humildad: "Practico día y noche, pero todavía no estoy preparado. ¡Vatinio puede deciros cuánto tiempo hace falta para aprender a fabricar un simple zapato!". Y Vatinio reía burlonamente: "¡Cantaré con los pies antes de que César se atreva a presentarse en un escenario! ¡No tiene miedo de vosotros, sino de sí mismo!". Vatinio, educado en casa de un zapatero remendón, con- trahecho y malo como la quina, era al mismo tiempo el bu- fón de la corte y uno de sus más eminentes delatores. Su perspicacia para difamar y calumniar llegaba a hacer tem- blar a Popea o a Tigelino. El horrible Vatinio no se equivocaba. Como a todos los artistas de temperamento, a Nerón lo paralizaba el nervio- sismo y aplazaba de mes en mes y de año en año el día de la gran confrontación. Hasta entonces no había exhibido su talento de actor, de conductor de carros, de poeta, de cantor o de citarista más que en representaciones privadas -de lo más alentadoras, era cierto-, pero la muchedum- bre era otra cosa... Asombrosa paradoja: un hombre que hacía temblar al universo temblaba ante la perspectiva de ofrecerse en espectáculo a unos desconocidos. Conquistar- los a todos era empero el gran designio de su existencia y, para acrecentar su determinación, se vanagloriaba de que el día en que su genio resplandeciera sin trabas, establece- ría tal comunicación con el pueblo que los cimientos del poder saldrían reforzados. El ensueño estético se convertía en ensueño político. Por primera vez en la historia, una omnipotencia de hecho se pensaba y deseaba omnipoten- cia de encanto. Alejandro le daba la mano a Orfeo. Marco el Joven y Kaeso, a codazos, llegaron al borde de la vasta piscina cubierta. Myra, encaramada en los hombros de Marco, le envió pequeños besos a Nerón, que en res- puesta mandó grandes besos mojados. Un emperador des- nudo no podía ofrecer otra cosa. Nerón, que había cumplido veinticinco años en el últi- mo diciembre, ya se había cebado a fuerza de festines y bo- rracheras, a pesar de los regímenes alimenticios y los episó- dicos purgativos destinados a mantener en su punto mas alto todas sus capacidades artísticas. La reconocida belleza del adolescente, de vaporosos cabellos de un rubio rojizo y mirada azul de miope, se había desvanecido, y la imperiosa nobleza de la parte superior del rostro contrastaba con el mentón graso y la boca de sanguijuela. Por decisión perso- nal del Príncipe, las recientes acuñaciones de moneda, re- pudiando la visión idealizada del modelo, ofrecían además un rostro pesado y brutal, el de un hombre cuya infancia había acabado, y que estaba resuelto a imponer, de ahora en adelante, todas sus voluntades. El emperador, que sudaba mucho y se bañaba varias ve- ces al día, se entretenía en el agua e a a, protegido del enfriamiento por la grasa, mientras que los dientes del del- gado Vitelio empezaban a castañetear. Un poco apartado del grupo, otro cortesano parecía im- pacientarse. Marco se lo señaló a Kaeso, explicándole que se trataba de Flavio Vespasiano, personaje consular, her- mano de Flavio Sabino, el Prefecto de la Ciudad. Este Ves- pasiano, de origen modesto, que se afanaba en complacer bajo Calígula, había obtenido el favor de Narciso bajo el principado de Claudio, tiempo que lo había visto vencer a los bretones de la isla de Vectis2 y abarrotarse de sacerdo- cios. Arrinconado por Agripina al principio del reinado de Nerón, había conseguido por fin la provincia de Africa, de donde había regresado arruinado después de que sus admi- nistrados de Hadrumeta3 le tiraran nabos a la cara. Desde su regreso, este militar de mediana edad, cuya integridad era su más hermoso e inútil adorno, se cansaba de esperar en los faldones de Nerón un alto mando que tardaba en llegar. Nerón, que adoraba el derroche, desconfiaba de los íntegros y tenía más consideraciones con su Prefecto Sabi- nio, cuya integridad era menos llamativa. A fin de mante- ner su ran o, a veces el pobre Vespasiano tenía que trafi- car con ca~ allos de remonta, lo que no contribuía a resta- blecer su crédito, y su cara era tanto más huraña cuanto que el canto imperial lo aburría a muerte. 2. La actual isla de Wight. (N. del A.) 3. Susa, en Túnez. (N. del A.) 396 397 El Príncipe se sacudió y salió por fin de las aguas, po- niendo en evidencia su cuello demasiado fuerte, después su vientre regordete, y por último sus delgadas piernas. La jauría de seguidores se cerró en torno a él, y el cor- tejo se encamino hacia los vestuarios en medio de un gran rumor. Myra descendió de los hombros de Marco, que le dijo: -¿No estás orgullosa de que Nerón te haya mandado besos? -¡Creo que, para ser emperador, tiene la cola muy pe- queña! Infantil ingenuidad, que hizo reír a Marco y a Kaeso hasta las lágrimas. -Eso es porque ha engordado -explicó Kaeso-. Si es- tuviera tan delgado como esa víbora de Vatinio, su miem- bro te habría parecido más grande. Kaeso añadió: -Todo es relativo -expresión familiar para el filósofo que le había enseñado el escepticismo en la efebia. En el camino de vuelta, Kaeso le reveló a Marco el plan de salvamento que Selene había maquinado para él, y qué extraordinarios contactos se habían derivado con los ju- díos primero y luego con los cristianos. Marco no estaba muy a favor de la experiencia. -Por ese camino -dijo- tal vez conserves la estima de Silano, ¿pero durante cuánto tiempo? Marcia, y con razón, nunca creerá en tu sinceridad, y corre el riesgo de que la mas amarga desesperación la empuje a todas las venganzas. Se apresurará a perjudicarte ante Silano. -Me quiere demasiado como para hacerme daño. Más bien corre el peligro de matarse, y esta eventualidad me produce náuseas. -Razón de más, me parece, para mostrarte tratable. Kaeso también le contó a su hermano las engañosas maniobras de Marcia y la actitud complaciente de Si- lano... -Pero entonces, Kaeso, ¿qué es lo que te retiene? La habilidad de nuestra madrastra lo ha facilitado todo. Ya eres su amante, y Silano se aviene a ello. Es una situación de ensueño. ¡Cómo me gustaría estar en tu lugar! Era difícil que un ser tan grosero entendiera los matices morales esenciales. No obstante, Marco expuso poco des- pués un argumento turbador: -Que te burles de Silano y Marcia, pase, ¿pero es pru- dente que te burles de ese dios cristiano? Tú mismo dices que no es un dios como los demás, susceptible de sumarse al panteón. Siempre hay un dios antídoto para contrarres- tar la cólera de un dios desfavorable. Pero cuando se trata de un dios superior que pretende sustituir a todos los de- más, ¿dónde está el recurso? A Kaeso se le ocurrió de repente la idea de que el dios de Pablo era muy capaz de existir. Después de todo, no era filosóficamente más improbable que las decenas de miles de dioses inmanentes enredados en asuntos ridículos. Y si ese dios existía, ¿ el bautismo no le traería desgracias al im- prudente? El dios cristiano, pariente próximo del dios ju- dío, no parecía tener ganas de bromear. Después de cenar, Kaeso releyó en detalle el Evangelio de Marco, y algo prodigioso le saltó de pronto a los ojos, algo que se encarnizó en verificar frase por frase; se podía discutir fácilmente sobre los hechos y gestos de Jesús tal y como los testigos los habían visto y relatado, pero en cuan- to a las frases del supuesto dios, no había una sola tontería, ni una contradicción. Era fácil pillar a Pablo en flagrante delito de intemperancia de lenguaje, pero Jesús, extraordi- nario o familiar, era de una coherencia superior. Y una nueva cuestión se planteaba a causa de ese hecho: un hom- bre que se presenta como dios, dueño de la vida y de la muerte, es necesariamente un iluminado o un estafador, y las palabras de Jesús excluían ambas hipótesis. ¿Entonces?... 398 399 y Desde mitad de la noche, la plebe hacia cola delante del Circo Máximo. Desde luego, los Juegos eran gratuitos, pero todavía era necesario preocuparse de coger un buen sitio, e incluso simplemente un sitio. En el Circo, los senadores tenían fi- las reservadas en el anfiteatro y el teatro, y Nerón había premiado a los "caballeros" con el mismo honor. Además, en relación con un espectáculo determinado, los organiza- dores distribuían tesserae, fichas redondas u oblongas de ma- dera, hueso o marfil, que eran otras tantas reservas para una o varias personas a las que querían asegurarles los me- jores lugares después de los senadores y caballeros". El grueso d e estos numerosos privilegiados se escogía entre la plebe frumentaria, entre esos ciudadanos que ya comían en parte a costa del Estado. Pero algunos de entre ellos, re- nunciando a la representación, endosaban su tessera a un arrendador a cambio de dinero, que la revendía con benefi- cio a los aficionados. La policía prefería ignorar este mer- cado paralelo, que favorecía a todos sin perjudicar a nadie. Y los sitios que quedaban libres en lo alto de los edificios podían ser también objeto de tráfico: ciudadanos o libertos miserables, y hasta esclavos, ocupaban un lugar antes de la aurora, lugar que cedían a un modesto apasionado en el momento de la afluencia. Las mujeres y los niños con sus pedagogos se beneficia- ban igualmente de filas particulares, a fin de proteger su poder o su tranquilidad de enojosas familiaridades. De to- das formas esta facilidad no era una obligación, y muchas mujeres preferían apretujarse entre los hombres a la hora de las grandes emociones cómplices. En los tiempos heroicos de Roma, la depresión herbosa del valle Murcia, entre el Palatino y el Aventino, ya servia ara carreras de caballos o carros, y este circo natural ha- ia sido objeto, de generación en generación, de mejoras cada vez más considerables y lujosas, hasta llegar a medir más de 2000 pies por 700'. Después de la construcción, en 401 1. Aproximadamente, 600 metros por 200. (N. del A.) el Campo de Marte, del Circo más reducido de Flaminio Nepos, unos doscientos ochenta años antes, el primer cir- co había tomado el nombre de Circo Máximo, y con mayor razón lo conservó tras la inauguración, en los jardines del Vaticano, del Circo que Calígula había empezado a cons- truir, que era el más pequeño de los tres. La cincuentena de yugadas del Circo Máximo, que se extendía grosso modo de oeste a este entre las dos colinas, habían visto acumularse, asaltando el Palatino y el Aventi- no, asientos de mármol, piedra y sobre todo madera, a este lado de los muros de contención que dominaban las pistas. La capacidad de 150.000 plazas sentadas de los tiempos de César casi se había duplicado en tiempos de Nerón, y dos siglos más tarde llegaría a 385.000. Era el conjunto arqui- tectónico más vasto del mundo. La monumental entrada, dominada por dos torres, esta- ba situada al oeste, del lado de las Velabras, cerca del tem- pío de Ceres y del Tíber. A derecha e izquierda se escalo- naban las gradas, que se reunían en arco al fondo, donde otra puerta horadaba el muro de contención y daba al este y a la Vía Apia. La parte oeste abrigaba doce carceres, establos donde los carros esperaban el momento de correr, y donde la fachada formaba una estudiada curva para que los cuatro tiros que participaban en cada carrera pudieran, en principio -cual- quiera que fuese el establo de partida-, llegar de frente a la pista de la derecha, donde tenían que colocarse. El pri- mer tercio de la pista, cubierta de brillante arena, estaba li- bre; un desmonte longitudinal llamado spina (espina dorsal) dividía el resto de la arena en dos pistas distintas, que iban estrechándose ligeramente de oeste a este para aumentar, al fondo del circo, las dificultades de viraje y los riesgos de colisión. La cabeza y la cola de esta espina, que tenía 750 pies de largo, estaban protegidas por dos mojones cónicos de treinta pies de alto, de bronce dorado -debidos a la munificencia de Claudio-, cuyo pedestal se hallaba redon- deado del lado de la arena. El mojón que estaba frente a las carceres era la meta prima; el más lejano era la meta secunda. Cada carrera constaba de siete vueltas, sobre una distancia de 14.000 pies aproximadamente2. De doce carreras al día bajo Augusto se había pasado a treinta y cuatro bajo CaW gula, para llegar en ese momento a unas sesenta, en espera de alcanzar el centenar a partir de Domiciano -cierto que con una reducción de siete a cinco vueltas a la pista. ASÍ pues, había poco más o menos seis horas de carrera efecti- va; como para atiborrar al público. 2. Unos 4 kilómetros. (N. del A.) La línea de llegada se encontraba situada frente alpu/vi- tiar palatino, a la altura de la mcta prima. Tal evolución había obligado a los organizadores a espe- cializarse y a sacrificarlo todo a los caballos. Antaño, entre las carreras se exterminaban multitud de animales, hasta el punto de que César había tenido que proteger a los espec- tadores mediante un foso lleno de agua. Actualmente, los animales se reservaban más bien para las mañanas del anfi- teatro -donde, además, el muro de contención de las gra- das era notablemente más elevado- durante los descan- sos entre carrera y carrera, muy a~ reviados, apenas se presentaban más que espectáculos secundarios, para entre- tener la espera. Cuando Pablo, Lucas y Kaeso ocuparon el pequeño pal- co que debían a la amabilidad de Silano, hacia la hora cuar- ta de la mañana, la arena se hallaba provisionalmente ani- mada por una multitud de boxeadores de peso pesado, que se machacaban con entusiasmo al son de las flautas. El an- tebrazo y la mano de estos bravos iban armados con Gestes, tiras de cuero provistas de chapas de plomo, cada una de las cuales pesaba nueve libras, y la técnica más eficaz con- sistía, desde luego, en apuntar a la cabeza. Cuando un bo- xeador torpe recibía un buen golpe en los dientes, estaba condenado a tomar sopa durante el resto de sus días. Al impacto de los cestes, manejados por atletas de espaldas de leñador, se aplastaban bocas y narices, los ojos reventados salían de sus órbitas, las orejas se deshilachaban, fragmen- tos de cerebro brotaban de los cráneos fracturados. Dado que el primer golpe severo solía ser decisivo, los combates eran, naturalmente, breves. Después de algunos pases y fin- tas uno de los adversarios se desplomaba, muerto o desfi- gurado. Lo que resultaba emocionante en este boxeo, sus- ceptible de conmover a un público menos hastiado, era que cada combatiente, en cada encuentro, no sólo arriesga- ba su vida por el placer de los espectadores, sino también su integridad física, yendo aún más lejos que el gladiador en su sacrificio. Así pues, la mayor parte de los boxeadores quedaba eliminada de la competición con bastante rapidez, y las carreras de cierta duración eran muy raras. Antes que atender a esta masacre, que no esperaba, Pa- blo, asqueado, miraba hacia el palco imperial que continua- ba vacío. Nerón, que se acostaba tarde, no se levantaba temprano. Pero ya estaban llevando alpulvinar lechos y co- jines, lo que confirmaba la próxima llegada del emperador. El pulvinar, en el sentido general del término, era también ese cojín sobre el que tendían la estatua de los dioses con ocasión de las lectisternes, banquetes sagrados donde los in- mortales comían en compañía de los mortales. Y, por ex- 402 403 tensión, la palabra había acabado por designar un lecho mortuorio, e incluso tal o cual palco desde donde los Césa- res seguían un espectáculo. El pulvinar del Gran Circo, cu- bierto y deyandes dimensiones, se comunicaba con el vie- jo palacio e Augusto y con el resto de los palacios de la colina. Lucas, de origen griego, había frecuentado los espect~- culos orientales antes de su conversión, y al principio se sintió impresionado por el grandioso aspecto de los luga- res. Desde el alto pidvinar imp erial hasta el muro de con- tención, que dominaba el foso lleno de agua -el "Euripo"- y las pistas, todo era una cascada de togas claras, de atuen- dos militares de gala, de vestidos femeninos multicolores. Se veían multitud de togas claras en todas las gradas infe- riores del circo, y también en la terraza que recubría las carceres, donde se encontraban el presidente de los Juegos y su séquito. Los emperadores recordaban constantemente que los ciudadanos tenían que aparecer en toga en los es- pectáculos, pero muchos -incluso senadores- se hacían rogar y preferían mezcíarse anónimamente con la muche- dumbre de los pullatz, baja plebe vestida de pardo, donde tenían campo libre para buscarse la vida y comer. Todo el mundo se acordaba de la algarada entre el emperador Au- gusto y un "caballero" al que el primero había reprochado que calmase su sed en toga. El hombre le había contestado con insolencia al Príncipe: "¡Cuando tú sales para almor- zar, estás seguro de que no te quitarán el sitio!': Pero, en cuanto a las comilonas de los pullati, se hacia la vista gorda. Esta enorme multitud esperaba con impaciencia la pró- xima carrera, mientras Kaeso hacia que Lucas admirara la vista sobre las frondosidades y los monumentos del Aventi- no. Pero desde los flancos del Aventino la vista sobre el Palatino coronado de suntuosos edificios era todavía más bella. Se desarrollaban los últimos combates. Estaban eva- cuando a los lisiados, a los molidos a golpes, a los muertos. Las pistas se rastrillaban para ocultar la sangre y se regaban con odres perforados. Pablo le dijo a Kaeso: -No me habían advertido que, incluso con ocasión de las carreras de caballos, se hacía correr sangre humana de forma gratuita. -¡Los sitios son gratuitos, en efecto! "Vamos, levanta el ánimo y piensa un poco en tu... en nuestro Cristo, que no tenía miedo de codearse con la hez del pueblo. ¿Cómo vas a convertir a los romanos si te en- cierras en un ghetto como los judíos? Hacer acto de pre- sencia no significa forzosamente complicidad. Mientras Pablo meditaba esta enseñanza, cuya exégesis era, ay, muy difícil, Kaeso añadió: -Has recurrido a una toga para figurar aquí hoy. Pien- sa también que tu calidad de ciudadano romano te impone que consideres nuestras costumbres sin hostilidad sistemá- tica. Esfuérzate por comprender antes de condenar. Si no, abandona la ciudadanía romana. O bien llevas la tora, o no la llevas. ¡Puesto que tienes derecho a llevarla y la 1 evas no babees sobre ella! Kaeso había tocado una cuestión que no dejaba de preo- cupar a Pablo. Un judío, en la medida en que las leyes ro- manas le aseguraban un lugar legal en el Imperio, podía aceptar sin crisis de conciencia ser ciudadano romano. ¿Era acaso lo mismo para un cristiano, que no podía arguir la pertenencia a una nación precisa para vivir al margen de las costumbres corrientes, y a veces de las leyes? Como si Kaeso hubiera olfateado intuitivamente toda la acuidad del problema, lo resumió en una frase contunden- te, cuya crueldad se le escapaba: -A los ciudadanos insoportables sencillamente se les corta la cabeza, mientras que los no ciudadanos son crucifi- cados, arrojados a las fieras, despachados en las más infa- mantes y abyectas condiciones: ¡no abuses de tu toga! Herido en lo más vivo, Pablo contestó: -¡Si mi ciudadanía romana no favoreciera mi ap ostola- do entre los gentiles3, hace mucho tiempo que hab ría de- clinado tal honor! 3. Esta expresión ha sido tomada en préstamo del latín ecle- siástico de la decadencia gentiles, que significa "las naciones (no cristianas)". El mismo gentiles es la traducción exacta del griego pauliniano ta ethné, equivalencia conveniente para el góim hebreo, que quiere decir "pueblos", y de ahí "los no judíos". Así pues, es lícito, a falta de algo mejor, traducir por un "gentiles" tardío el ta ethné de Pablo. Por el contrario, no he podido resolverme a hablar de "paga- nos", a pesar de tantos ejemplos eruditos. Bajo Nerón, paganus, que normalmente significa "campesino", y a se emplea en argot militar en el sentido peyorativo de "civi- les ... por no decir de "paisanos". Esta acepción pasará pronto, incluso al relevante idioma de Plinio el Joven o Tácito. Habrá que esperar a Tertuliano (155?-222t?) para que el término, por un nuevo deslizamiento de significado, se aplique a los "paisanos" incrédulos por oposición a los soldados de Cristo. Está claro que los cristianos, para estigmatizar a los "paganos" no esperaron las dificultades de evangelización del campo tras la ruina de la antigua civilización urbana. De todas formas, para la época de Nerón, "pagano" se revela cargado de anacronismos y contrasentidos. (N. delA.) 404 405 -Te creo. Pero entonces te estás sirviendo de tu toga para vulgarizar una doctrina en la que esta victoriosa toga no tiene cabida. -Yo no babeo sobre mi toga: ¡Los romanos me la han ensuciado, y yo la estoy lavando! Lucas, que, con su manto griego parecía el sirviente de los otros dos, intervino con dulzura: -Ambos debéis tener razón, pues a primera vista no sa- bría decidir entre uno y otro. Cuando un cristiano viste la toga romana o solamente la hereda después de haberse convertido, como fue el caso de Pablo, ¿debe, tras madura reflexión, lavarla o abandonarla? Abandonarla seria una pena, pues los cristianos aspiran a ser buenos ciudadanos, mejores incluso que los demás. Pero, mientras tanto, es ciertamente difícil conservar limpia esa toga en medio de tantas deshonras. Con un alarido, el último boxeador, una papilla san- grienta en lugar de boca, acababa de besar el polvo, y el vencedor, a quien el árbitro había apartado de su presa, se dirigía apresuradamente hacia la terraza de las carceres para recibir su recompensa, entre unos aplausos bastante escasos. Los boxeadores eran los hombres de relleno de la arena. Su sueño era que un rico y miedoso noctámbulo lo contratara como guardia de corps, pero ya muchos gla- diadores en paro o jubilados estaban en la lista de es- pera. Había agitación del lado de las carceres. Unos esclavos tomaban posiciones para abrir las puertas caladas tras las cuales piafaban los caballos. Otros se apresuraban a bajar la cuerda, sostenida por unos Hermes, que cerraba a cierta distancia la entrada de cada cuadra. Y también había agita- ción en la spina, adornada con divinas estatuas doradas, al- tares, columnas conmemorativas y ese obelisco de granito de ciento veinte pies de altura que Augusto había hecho traer de Heliópolis, pues sobre la spína se contaban y pre- gonaban las siete vueltas a la pista: en frente de la línea de llegada se elevaba un gran huevo de madera por cada vuel- ta cumplida, y en el otro extremo de la spína se hacía des- cender, a cada media vuelta, uno de los delfines de bronce que databan de Agripa. El distraído intermedio de los bo- xeadores había terminado. Volvían las cosas serias. En la terraza de las carceres estallaron las trompetas, cua- tro puertas se abrieron, y cuatro nuevas bigas avanzaron hasta la cuerda. Las carreras empezaban por los tiros de dos caballos y, conforme avanzaba el día, crecía el número de caballos POI carro: llegaban hasta seis, ocho e incluso diez, pasando por las trigas y las cuadrigas. Pero la mayor parte del tiempO bigas y cuadrigas componían lo esencial de las prestacio- nes, a razón de dos bigas por cada cuadriga. A los palafreneros, aferrados a la boca de los animales, les costaba mucho retenerlos. Este momento capital se prolongaba, pues era la ocasión para las últimas apuestas, recogidas por los encargados que dividían en zonas a la asistencia. Antes de la inauguración de los Juegos, el magis- trado curul que presidía echaba a suertes los empareja- mientos de carros de un mismo tipo, de los que el público era informado por jinetes voceadores y portadores de pan- cartas, pero una parada prolongada ante las cuerdas de par- tida permitía verificar la información y sobre todo juzgar el estado de los caballos, cuya traza, en todo caso, era sober- bia; penacho de plumas en la cabeza, cola y crines artística- mente trabajadas, pecho constelado de faleras tintineantes, flexible collar en torno al cuello. Los acaballaderos de Apulia, Sicilia, Tesalia, Africa y sobre todo de España se las ingeniaban para producir los caballos de carreras más rápi- dos, domados a los tres años y presentados en el circo a los cinco. Los propios aurigas, de pie en su ligero y estrecho ca- rro, casco sobre el cráneo, botas bien acordonadas, vesti- dos con los colores de sufactio, que se veían también en el plumero de los caballos, sostenían el látigo en ristre con una mano y con la otra tiraban de las riendas, cuyas largas prolongaciones les rodeaban la cintura. Cuanto más nume- rosos eran los caballos, más indispensable se volvía este pe- ligroso arreglo para que los cocheros pudieran dominar se- mejante juego de riendas. En caso de caída, un puñal bien afilado les ofrecía una débil oportunidad para librarse de las mortales ataduras. -Si no conozco mal a mis romanos -le dijo Pablo a Kaeso- la excitación que ahora recorre todo el Circo no es la que a un ingenuo podría parecerle: no es el caballo lo que esta gente debe de olfatear, sino la sangre. -Te lo debe de haber inspirado tu toga o el rumor pú- blico -contestó Kaeso sonriendo-. El riesgo de catástrofe (en latín decimos de "naufragio") es muy grande. Pero hay compensaciones. La mayoría de estos aurigas son de origen servil. Algunos de entre ellos, los miíaril, han ganado sin embargo más de mil carreras y reunido decenas de millo- nes de sestercios. Son, con la élite de los gladiadores y los pantomimos, los preferidos de las damas y los mimados del Príncipe, que les perdona muchas calaveradas, pues llevan una vida a rienda suelta, en la incertitud del mañana. Por uno que se retira liberto y con fortuna, ¡cuántos hay que mueren a los veinte años por haberse ceñido demasiado a un mojón! 406 407 "Y ya te habrás dado cuenta de que sus caballos son casi tan célebres como ellos mismos: se ven sus nombres tanto en las lámparas de los alfareros como en los pavi- mentos de mosaico, se les construyen tumbas donde están grabadas sus victorias. Cada animal tiene su genealogía y sus fanáticos... "El decimoctavo día de las Calendas de enero, a mitad del mes de diciembre, que casualmente resulta ser el ani- versario del nacimiento de Nerón, se ofrecen sacrificios al dios de los caballos, Consus, cuyo templo está oculto bajo el pedestal de la meta prima. Y en los Idus de octubre inmo- lan a Marte, en su altar del Campo de Marte, el caballo de la derecha de una biga vencedora, el que ha recorrido más terreno. Es la fiesta del "caballo de octubre". El vencedor es elegido al azar pues, de otra forma, un auriga que ame a sus caballos no estaría ansioso por ganar una carrera seme- jante. Se dice que Calígula quería hacer cónsul a su caballo favorito. Ya ves el caso que hacemos de estos cuadrúpedos en Roma. El bípedo edil curul encargado de la presidencia, desde lo alto de su tribuna, arrojó de pronto a la arena una servi- lleta blanca4, las trompetas resonaron otra vez, cayeron las cuerdas y las cuatro bigas se abalanzaron hacia delante. Era la carrera número diecinueve de la mañana, tras una pom- pa inaugural que había llevado su tiempo. Clamores torrenciales animaban a los Azules o a los Verdes. Pablo preguntó por qué olvidaban a los Blancos y a los Rojos. -Porque -explicó Kaeso- Azules y Rojos por un lado y Verdes y Blancos por otro terminaron por fusionarse, para mejor hacer frente a los considerables gastos que pre- cisa el entrenamiento de hombres y caballos. Las primas para los vencedores y la generosidad del Príncipe no siem- pre cubren los gastos. Así que en la práctica sólo quedan dos facciones, los plebeyos Verdes, sostenidos por Nerón, y los Azules. Pero cada facción conserva sus cuadras y sus áreas de entrenamiento. El cuartel general de los cocheros, donde reina una trepidante actividad, está en el Campo de Marte, a poca distancia del puente Janículo, todavía llama- do puente de Agripa. Mi futuro abuelo -¡si puedo llamar- lo así!- ha dejado su nombre en todas partes. Los cuatro carros habían superado el peligro que ofre- cía el primer mojón. En vista del sentido giratorio, y pues 4. Nerón dio un día la señal de partida de una carrera tirando la servilleta de la que se servía para almorzar, y desde entonces el blanco sustituyó al rojo tradicional. (N. del A.) to que las metae se encontraban siempre a la derecha de los tiros, los aurigas ponían en ese lado a los caballos mejor adiestrados. Cuanto más de cerca se rozaba el mojón, más reducida era la distancia a recorrer. La anchura de la pista permitía a varios carros virar de frente, pero la amplitud de la maniobra hacía perder mucho terreno a los mal situados, que perdían mucho menos pisándole los talones a un ad- versario, al que se esforzaban después en pasar en la si- guiente línea derecha. A medida que la carrera avanzaba, las aceleraciones eran más furiosas, y los riesgos de empu- jones y de "naufragio" aumentaban de manera dramática en la vecindad de las metae. Ciertos aurigas creían poder ir en cabeza desde la parti- da y conservar durante siete vueltas su posición. Otros se mantenían en segundo lugar para, al final, efectuar una p e- netración. Y otros no tenían miedo de retener a sus caba- líos con la idea de explotar, vuelta tras vuelta, la fatiga de los más rápidos y vencer al favorito en la línea de llegada. Un poco antes de la última meta secunda tropezaron dos ejes y el auriga azul salió despedido, pero afortunadamente consiguió cortar sus riendas. Kaeso les dijo a Pablo y a Lucas: -La hazaña no es tan fácil cuando el cochero tiene en torno al cuerpo las riendas de un tiro de diez caballos -los decemiugues- o incluso las de una cuadriga. Si el público tiene preferencia por las cuadrigas, sin duda es porque la conducción exige una habilidad superior, pero también, con toda seguridad, porque comporta mayores riesgos. El auriga blanco, con gran acompañamiento de latiga- zos, franqueó como vencedor la línea de llegada: así pues, los Verdes habían ganado la carrera. La marea de alaridos dejó paso a gritos de alegría o de- cepción, a pesar de que las apuestas más fuertes concernie- sen a las cuadrigas o a fórmulas aún más ambiciosas. Los tres carros restantes habían evacuado la pista por la puerta que separaba las dos filas de carceres y que daba a un patio de honor, que a su vez daba a las cuadras y a la pri- mera puerta oeste de acceso al circo. El auriga victorioso no tardó en subir a recibir de las manos del presidente las recompensas honoríficas: una pal- ma y una corona de laurel con hojas de oro y plata. El pre- mio en dinero se pagaba más tarde. Esta solemnidad se veía realzada por el soberbio aspecto del presidente res- ponsable: túnica púrpura, toga bordada, pesada corona de oro en la cabeza, tan pesada que un esclavo tenía que recti- ficar a veces su posición, y bastón de marfil en la mano re- matado por un águila con las alas desplegadas. Apenas coronado, el auriga se apresuró a poner la coro- 408 409 na sobre el cráneo calvo de un personaje del séquito del edil. Kaeso tuvo que dar explicaciones otra vez: -Si el auriga es esclavo o liberto, honra así a su amo antes de compartir el dinero con él según un acuerdo pre- vio, que es objeto de un constante chantaje. En cuanto a los aurigas libres, se venden muy caro a una u otra faccion. Desde el pórtico-pasillo que dominaba las gradas, dos palomas verdes echaron a volar de repente, un poco a la derecha del pulvinar, detrás del palco de Kaeso y sus invita- dos. Como Pablo y Lucas seguían con los ojos, estupefac- tos, a estos extraños animales, Kaeso dijo riendo: -El dueño del tiro vencedor avisa de esa forma a su mujer o a un amigo... ¡a no ser que los dos sean uno y el mismo! Las palomas pintadas de azul o de rojo no son me- nos divertidas. Sólo las palomas blancas dedicadas a los blancos escapan a la pintura. El sol tomaba altura y el circo se terminaba de poblar, fenómeno sensible, sobre todo, en las zonas reservadas. Cuando una personalidad conocida llegaba a su sitio, en los alrededores se oía una ola de aplausos o de insultos. Tras la desaparición de las elecciones republicanas -que además nunca habían favorecido sino a los ricos de todos los parti- dos- los espectáculos se habían convertido en la mejor ocasión para el populacho de expresar sus simpatías o anti- patías. Los senadores más tradicionalistas eran, general- mente, los más zarandeados. Esta vez hubo un intermedio con desultores, acróbatas que llevaban dos caballos a la vez y que en mitad de la ca- rrera saltaban de una montura a otra (¡de ahí la encantado- ra expresión de Ovidio, desultor amoris, para calificar a un veleidoso!). Otros acróbatas, montando a pelo, adoptaban todas las posturas posibles, recogían pañuelos de la pista al galope o salvaban una cuadriga de un salto. Hasta hubo una carrera muy clásica entre nueve caballos árabes de los acaballaderos de Córdoba. Pero esta clase de pruebas no apasionaba a nadie: la caída de un jinete era mucho menos espectacular que un hermoso naufragio de decemiugu es. Durante estas fantasías Marcia fue a sentarse al palco, vestida con una sto/a deslumbrante y protegida del sol por una amplia sombrilla que sostenía un pequeño etíope. El verde cfaro de la sombrilla, el amarillo canario de la sto/a y el negro del etíope vestido de rojo formaban una orgia de colores que no estaba pensada para pasar desapercibida. Tras las presentaciones, Marcia se sentó con autoridad entre Pablo y su hijastro, mientras que Lucas seguía senta do al lado de Pablo. La repentina presencia de Marcia no tenía nada de sorprendente. Loca por Kaeso, debía de estar en busca de cualquier oportunidad para volver a verlo y cautivarlo. -Ah -le dijo Marcia a Pablo- ¿tú eres el famoso judío cristiano, experto en devaluaciones, que resucitas a los oyentes que tú mismo has dormido y compite con mi esta- tua para curar a los ciegos? La entrevista empezaba mal. Pablo no podía por menos que excitar los celos naturales de Marcia hacia todo lo que amenazaba trastornar a Kaeso, y esta mujer brillante era, a los ojos de un virtuoso misógino, el compendio de todos los defectos y peligros del sexo. La pregunta de Marcia era lo bastante compleja como para que Pablo pudiera inclinarse sin contestar. -¿Cuándo vendrás a tratar el reumatismo de mi ma- rido? -Temo no ser competente en reumatismos. -¿Y eso por qué? Quien puede lo más puede lo menos. -Por cierto que no. El Dios a quien sirvo siempre resu- cita a los muertos, sana a veces a un enfermo grave o a un lisiado, pero considera que los pequeños inconvenientes de la existencia deben contribuir a nuestro perfeccionamiento moral. -¡Un dios muy fastidioso, si hay que esperar a estar muerto para tener tratos con él! -En efecto, es la manera más segura de conocerlo. -¿Hablas del dios judío o del dios cristiano? -Son de la misma familia. -¡Vaya novedad! -La novedad del siglo... ¡y no sólo de éste! Marcia le dijo a Kaeso, sin bajar la voz: -Tu amigo es muy divertido. ¡Adoro a la gente que dice barbaridades con el tono más profético del mundo! Kaeso intentó arreglar las cosas: -La doctrina de Pablo puede parecer un poco abrupta a primera vista, pero es rica en detalles interesantes. Desde que se admite lo increíble, el resto sigue naturalmente, de forma lógica y seductora. Y como la ocasión era buena para deslizar en la mente de Marcia la sospecha de que su interés por ciertos dogmas cristianos podía ser sincero, Kaeso añadió: -Es difícil frecuentar a Pablo sin convencerse poco a poco de lo que expone. Por ejemplo, sus ideas sobre el matrimonio son nuevas y sublimes. -¿Ideas nuevas sobre ese tema, a estas alturas? -Si, a los hombres ya no les estaría permitido divor- ciarse para volverse a casar, ni engañar a su mujer, ni hacer 410 411 el amor fuera del matrimonio, ni siquiera hacer trampas en la cama para evitar un embarazo. Marcia le lanzó a Pablo una mirada torva; éste se erizó como un gato, y ella se volvió hacia Kaeso: -¡Con ese sistema, las mujeres morirán de parto como moscas,~ los hombres ya no tendrán, ciertamente, necesi- dad de ivorciarse! ¡No me irás a decir que te han impre- sionado semejantes bobadas! -¡Ah, hay que oír a Pablo, tan casto como la madre de su dios, defender su causa con acentos donde gime la brisa del cielo! ¡Después de todo, qué importa que las mujeres mueran de parto, si él está al acecho para resucitarías! Según su mala costumbre, Pablo empezaba a irritarse. Lucas, que le daba golpecitos en el brazo para calmarlo, se responsabilizó de decirle a Marcia: -Ante todo, nosotros pensamos, claríssíma5 , que la divi- na razón de ser del matrimonio cristiano es la procreación, y que la legítima concupiscencia debe estar sometida a este fin. ¿No puedes comprendernos, tú que has educado tan bien a Kaeso que habla de ti con honor? -Eso suena mejor. Iba a empezar la enesima carrera cuando el pórtico, a cada lado del pulvinar, se llenó de pretorianos; y los solda- dos de la guardia germánica tomaron posiciones en el pro- pio palco imperial. Al fin apareció Nerón, con las vestidu- ras de triunfador habituales en tales ocasiones, acompa- ñado por Popea, algunos amigos y augustínianí y una vestal, reconocible por su vestido blanco y su alto peinado. El emperador permaneció de pie un instante para co- rresponder a las aclamaciones de bienvenida de la muche- dumbre, que pronto tuvo el capricho de exigir las cuadri- gas antes de la hora convenida. Como el Príncipe seguía impasible, pronto las injurias se mezclaron a las súplicas. Injuriar de manera ingrata y anónima a César con ocasión de un espectáculo era la última libertad política de los ciu- dadanos, y la primera de los esclavos y libertos, que nunca habían tenido otra. Se entiende que el menor pretexto fue- ra bueno. Nerón hacia durar la prueba, atento como a un aire de cítara, intentando distinguir las notas justas de las falsas. La plebe de los Verdes berreaba: "Matricida, fratricida, asesi- no de tu mujer y de tus parientes...", pero estas habitualeS gentilezas se escandían con voz cómplice y tranquilizadoras 5. Esta apelación era de pura cortesía en aquella época, y tO- davía no calificaba a una categoría concreta de dignatarios. (N del A.) a veces risueña. En el fondo, significaban: "Aunque seas to- davía más crápula que nosotros -¡y sobre todo por eso!- te queremos bien". En contrapartida, desde hacia algunos años las gradas de los Azules, con sus aristocráticas preten- siones, daban cada vez menos satisfacciones. Algunos exal- tados chillaban con aire maligno; la mayor parte conserva- ba un pesado y desagradable silencio. Nerón le dijo a Petronio: -¿Oyes lo que yo oigo? Petronio aguzó el oído y contestó: -Oigo a los que callan, y evidentemente son demasia- dos. Los perros 9ue ladran nunca muerden. -Ah, ¿tambien tú lo has notado? -¡Después que tú! Estás escuchando el ruido de esta marejada como un artista al que no se le escapa nada. Sólo tu voz conseguiría la unanimidad. El cumplido se adapta al sujeto. Nerón era inteligente, pero artista, y para un verdadero artista un cumplido nun- ca es demasiado grande. El emperador se encogió de hombros y ordenó decir al presidente que presentara las cuadrigas. Podrían sacar a las bigas que quedaban al final del programa, antes de los ca- rros de seis caballos y más. Con un gesto amable y circular de la mano, que desencadenó un inmediato entusiasmo, Nerón se sentó, y los 250.000 espectadores que se habían levantado a su entrada se sentaron también, unos sobre piedra, otros sobre madera, algunos sobre los cojines que habían llevado o alquilado. Ciertas damas, arrellanadas en- tre cojines, tenían incluso una banqueta bajo los pies. Pablo estaba muy asombrado por la canallesca insolen- cia de la plebe y la tranquila magnanintidad del Príncipe, tan cerca del palco de Silano que el primero había podido escrutar su fisonomía; y, por un total contrasentido, se pre- guntaba si esta actitud no era indicio de un remordimien- to, de confusas disposiciones cristianas que podrían sacarse a la luz. Las multitudes de Oriente pasaban de la insipidez al tumulto, y los últimos potentados de aquellas tierras, quisquillosos clientes de Roma, no tenían ese lado familiar. Después del alto critico delante de las cuerdas, cuatro cuadrigas saltaron hacia delante, y la exaltación de los es- pectadores aumentó un grado. Sólo las dos yeguas del cen- tro estaban unidas al timón por el collar. Los dos sementa- les exteriores, colocados ligeramente en flecha, se llamaban luna/es, pues la unión sólo estaba asegurada mediante cuer- das o funes. La precisión de los virajes en el mojón depen- día del luna/ls de la izquierda. Marcia seguía las evoluciones de las cuadrigas con el franco placer que ponía en todos los Juegos, pero la even- 412 413 tual influencia de Pablo sobre Kaeso no dejaba de preocu~ parle. ¿Cuántos jóvenes romanos idealistas e ingenuos no habían sido victimas de charlatanes de todas clases, que trataban de dominar los espíritus por medio de una secta cualquiera? Y con frecuencia las pretensiones terapéuticas iban acompañadas de extravagancias sexuales para mejor turbar y desequilibrar a las victimas. ¡Este Pablo era muy de su tiempo! A veces también se daba el caso de que los brujos o he- chiceras robasen niños de corta edad, los hicieran morir lentamente de inanición, enterrados hasta el cuello delante de las vituallas, y fabricaran filtros de amor con la médula y el hígado. El trágico epitafio del cementerio Esquilmo era bien conocido por todos los padres de Roma: "JUCUNDUS, HUO DE GRYPHUS Y DE VITALIS. IBA A CUMPLIR MI CUARTO AÑO, PERO ESTOY BAJO TIERRA EN LUGAR DE SER LA ALEGRIA DE MI PADRE Y DE MI MA- DRE. UNA HECHICERA ABOMINABLE ME ARREBATO LA VIDA. ELLA SIGUE EN ESTE MUNDO Y NO HA DEJADO DE PRACTICAR SUS CRUELES SACRIFICIOS. VOSOTROS, PA- DRES, CUIDAD BIEN A VUESTROS HIJOS, SI NO QUEREIS TENER EL CORAZON TRASPASADO DE DOLOR." Pero había cosas peores que estas hechiceras, que sólo quitaban la vida. Los propagandistas como Pablo deseaban el alma misma de los jóvenes, y a fuerza de hacerse el ton- to para hacer rabiar a su madrastra, no seria imposible que Kaeso llegara a serlo por las buenas. Luego de un recorrido sin naufragios, un carro Rojo y otro Verde se habían presentado juntos en la línea de lle- gada, cosa que había suscitado una polémica siempre deli- cada, que debían zanjar los jueces de línea bajo las furiosas y contradictorias presiones de la asistencia. Mientras que el jurado deliberaba, dos escuadrones de la guardia germánica, que salían de su cuartel del Esquilmo -más cercano al palacio que el campo de los pretorianos- entraron en la pista al mismo tiempo por las puertas este y Oeste del Gran Circo y se libraron a varios asaltos corteses al son marcial de las trompetas. Nerón estaba interesado por la presencia de Marcia y de un hermoso joven en un palco del que había olvidado que fuera de Silano. Mientras Popea, cuya hierática belleza con- centraba las miradas, charlaba con la vestal, todavía de bas. tante buen ver, garabateó unas lineas de su puño y letra en sus imperiales tablillas, que ordenó llevar a Marcia, sentada un poco más abajo, a su derecha. Y Marcia pudo leer, después de haber roto el divino sello: -Tu belleza iguala a la de tu vecino. ¿Qué hacéis am- bos después del espectáculo? El mensajero esperaba la respuesta y presentaba el pun- zón para escribirla. Marcia leyó en voz alta para Kaeso las dos frases, que Pablo y Lucas también pudieron escuchar. Halagado, aunque un poco inquieto, Kaeso le dijo a Pablo: -La belleza del vecino sólo puede ser la tuya. ¡Querías ver a Nerón y ya se está timando contigo! ¿No es ahora o nunca el momento de someterte a la voluntad del amo, como recomiendas a los esclavos, para infundirle la verda- dera doctrina? -No es momento de bromas -dijo Marcia-. El empe- rador nos está mirando. Ante semejante proposición, habría sido poco político reflexionar demasiado tiempo. Así que Marcia escribió en respuesta, leyendo en voz altap ara Kaeso y Pablo a medi- da que trazaba las líneas: "Soy la nueva esposa de tu fiel D. Junio Silano Torcua- to y mi vecino es mi hijastro de un primer matrimonio, a quien he educado durante quince años. ¡Es obvio hasta qué punto nos halagas! Pero te devolveremos la cortesía la no- che del IV de los Nones de mayo, puesto que Décimo me ha anunciado que ese día vendrás a cenar con nosotros." Cuando Nerón leyó la respuesta, Marcia y su augusta persona intercambiaron una cortés sonrisa de pena. Kaeso le hizo observar a Pablo: -Ya ves lo que es la vieja virtud romana. El emperador nos tira su pañuelo, a ini madrastra y a mi, para una agra- dable partida, en la que tal vez habría mucho que ganar. Y bien, Marcia lo manda apaseo, y yo también. Incluso entre los judíos o los cristianos es rara esta clase de pudor. -Por cierto que estoy vivamente admirado -reconoció Pablo-. Pero había oído decir que los emperadores no se andaban con chiquitas a la hora de deshonrar a aquellos o aquellas que les gustaban. -Cada emperador -dijo Marcia- tiene sus costum- bres. Calígula saltaba sobre cualquiera, y para aumentar sus ingresos hizo que raptaran por la Ciudad a un montón de matronas aventuradas, que se encontraron metidas en un ala del palacio habilitada como lupanar. Pero tales atenta- dos no le trajeron buena suerte. Claudio no insultó a la mujer de nadie, y Nerón ha sido relativamente sensato en este aspecto, hasta ahora. Es un hombre que sabe vivir. "Por otra parte, para agradecerte la información finan- ciera, y puesto que parece que Nerón te interesa más que el dinero, mi marido ha dicho que también tú estás invita- do la noche del IV de los próximos Nones. Te colocare- 414 415 mos en un tríc/inium desde el que puedas seguir las conver- saciones del tríc/íníum imp erial. -Me hacéis un gran honor, y será un placer para mi. -¡Sobre todo, permanece tranquilo! No vayas a repro- charle a Nerón hacer el amor fuera del matrimonio. -¡No temas nada! Sé ser diplomático cuando la ocasión lo requiere. Kaeso precisó: -Pablo está acostumbrado al gran mundo. Un día ex- puso su doctrina ante el rey Agripa y la deliciosa Berenice, y estoy seguro de que no le reprochó al rey que se acostase con su hermana. Su silencio de buen tono tuvo que ani- marles, incluso. He leído, en un librito que Pablo me ha prestado, la triste historia de un profeta judío, llamado Juan Bautista, al que cortaron la cabeza por haber acusado a un dinasta loca íd e tomar por esposa a la mujer de su hermano. Pero Pablo no es de esa raza insolente. Los cris- tianos -hasta nueva orden- son la dulzura y la discreción en persona. Lucas daba golpecitos con creciente energía en el ante- brazo de Pablo para prevenir un penoso estallido. Kaeso tenía un inocente talento para meter la pata. Pablo se limitó a preguntar: -eEn qué día cae el IV de los próximos Nones? Sé con- tar a la manera judía o griega, pero el calendario romano es un rompecabezas para los orientales. Marcia contó con los dedos y dijo: -El IV de los Nones es también el cuarto día después de las Calendas, incluyendo las Calendas en la cuenta. -¿Por qué los romanos cuentan hacia atrás, y no a par- tir de un día cualquiera? -Tal vez Kaeso, que es tan culto, pueda decirtelo... -Esta cuenta hacia atrás expresa, creo, el carácter pro- fundamente religioso de los romanos. Los Nones, los Idus y las Calendas corresponden a antiguos días de fiesta, y cuando uno se prepara para una fiesta, es natural que tache cada noche un día del calendario, como el legionario que espera su liberación. Y dirigiéndose más particularmente a Pablo, Kaeso de- sarrolló su idea: -Tu nueva religión podría inspirarse felizmente en nuestro calendario religioso romano. El año se dividiría en fiestas conmemorativas: nacimiento, bautismo, transfigura- ción, crucifixión, resurrección, ascensión... ¿qué sé yo?... de Jesús, y los pueblos de Occidente, y a acostumbrados a de- ducir los días en previsión de una fecha, deducirían enton- ces en función de tales acontecimientos. Por quimérica que fuese, la idea causaba impresión~ Y manifestaba un preclaro interés del catecúmeno por la im- plantación del cristianismo en el Oeste. Tras largas discusiones, el jurado acababa de atribuir la victoria a la cuadriga Verde, lo que levantó una tempestad de protestas en el partido Azul. Y los que tenían malas pul- gas no se limitaban a invocar los manes de Británico, Agri- pina u Octavia. Las injurias llegaban a ser verdaderamente viciosas. Se señalaba con el dedo a la vestal instalada en el pulvinar y resonaban las acusaciones de sacrilegio. Como sólo los ricos dan motivos, una oposición siempre dispues- ta a difamar había acusado a Neron de violar a la tal vestal, llamada Rubria; y como el emperador, para acabar con es- tos chismes absurdos, no temía presentar a la vestal a su lado públicamente, las acusaciones de violación se habían trocado en acusaciones de impío concubinato. Fastidiado por esta orgia de bobadas, el emperador dio orden de expulsar a algunos de los perturbadores más vio- lentos; y desde el pasillo-pórtico que coronaba tres lados del recinto, los soldados de las cohortes urbanas, ayudados aquí y allá por los pretorianos, se zambulleron en las gra- das para apresar a los culpables, lo que no fue posible sin algunas escaramuzas bastante violentas. Pero la multitud conocía instintivamente los limites que no debía sobrepasar, pues los circos, anfiteatros o teatros, si por un lado favorecían, a causa de un fenómeno conta- gioso, la oposición más insolente, eran también magníficas ratoneras, donde un número reducido de soldados podía pasar por las armas a enormes multitudes desarmadas, ases- tando todos los golpes en esa masa de exasperados, que es- taban como arenques en un ánfora6. Pablo se informó: -¿Van a enviar al suplicio a esos insolentes? -¡En absoluto! -contestó Marcia-. En lo que resp ecta a las injurias personales y públicas, el emperador, es de or- dinario, la paciencia en persona. Los autores de sátiras y de epigramas, o los actores y mimos ariscos, salen siempre bien librados. Tras la muerte de Agripina, a una mujer in- geniosa que había expuesto a un muchacho en el Foro con este letrero: "¡Te abandono por miedo a que un día me asesines!", ni siquiera la molestaron. Lo que Nerón no per- dona son los ataques directos a su poder, su seguridad y su reputación de artista, cosas todas que parecen unidas en su pensamiento. 6. Habrá que esperar a los emperadores cristianos Teodosio y Justiniano para ver en Tesalónica y Constantinopla masacres en toda regla de espectadores sediciosos. (N. del A.) 416 417 En medio de una calma relativa, las cuadrigas reanuda- ron su vuelo. Pablo no había entendido gran cosa del incidente de Rubria, a la cual, ruborizada, estaba consolando Popea. Kaeso lo puso al corriente, y le dio una breve idea sobre las famosas vestales: -El emperador, en tanto que Pontzfex Maximus, las elige entre los seis y once años en las familias patricias, cuya nobleza se remonta en teoría a los primeros tiempos de Roma. Les cortan el cabello, son novicias durante diez años, practican su ministerio durante otros diez e instruyen a las novicias durante diez años más. Cerca de los cuarenta años tienen derecho a volver al mundo y casarse, pero es raro que acepten renunciar a sus privilegios por este hipo- tético matrimonio. De esa manera, las vestales sobrepasan el número de seis, considerado como necesario y suficiente. "Estas piadosas personas están libres de toda tutela, sa- len en carro curul o en litera, los magistrados bajan sus pa- bellones ante ellas y les ceden el paso, tienen derecho a indultar a los criminales que encuentren por casualidad, muchos ciudadanos les ponen su testamento entre las ma- nos y tienen sitios reservados en los espectáculos. Sin dis- frutar legalmente de ninguna autoridad, inspiran tanta veneración que su intercesión discreta en los asuntos pu- blicos o privados siempre es eficaz. Se dice que fueron las vestales las que disuadieron a Sulla de poner a Julio César en las listas dep roscripción. "Su vivienda es un edificio circular, entre el Palatino y el Capitolio, que no ha sido consagrado por los augures, a fin de que el senado no pueda reunirse allí, No es, pues, un verdadero templo, y los hombres no tienen derecho a en- trar en él después de la caída de la noche. El fuego sagrado que las vestales alimentan lo enciende el propio sol en las Calendas de marzo al reflejarse en un espejo metálico cón- cavo. La vestal que deje extinguirse el fuego corre el riesgo de ser azotada. La que rompe su voto de castidad es, en principio, enterrada viva. Cuando se calmaron las aclamaciones que saludaban la victoria de un carro Rojo, Kaeso añadió: -En vista de la importancia de la virginidad en tu reli- gión, y para seguir dentro de la tradición romana, sería muy indicado que los padres cristianos de buena voluntad hiciesen rapar a sus hijas a tierna edad, encerrándolas des- pués en casas de oración. Y a la menor falta contra la casti da, serian crucificadas para distraer al pueblo... Esta perspectiva no parecía seducir ni a Pablo ni a Lu- cas, y Kaeso renunció momentáneamente a darles buenos consejos. Se volvió hacia Marcia y los dos charlaron como 418 antaño, mientras las carreras y los intermedios seguían su curso. A mediodía se interrumpió el espectáculo. Nerón y los que tenían lugares reservados se retiraron para almorzar en la Ciudad. Los demás,pullati y togatí, subieron a estirar las piernas al pasillo, donde habían hecho aparición los vende- dores ambulantes de platos fríos y hasta calientes, o bien se quedaron simplemente en sus asientos, mordisqueando pan, aceitunas y cebollas. Marcia, que sentía que Kaeso se le iba a escapar, pro- longaba su charla. Las grandes dádivas para consolar a los perdedores y colmar a los que habían ganado, banquetes y regalos diver- sos, se aplazaban, generalmente, hasta el final de la jorna- da, pero Nerón no escatimaba detalles con su plebe, y los esclavos recorrían ya las gradas con sus cestos, arrojando puñados de fichas entre el escaso público. Una de estas fi- chas fue a caer por azar en las rodillas de Pablo, que se la mostró a Marcia con aire interrogador... -Cada una de esas fichas -dijo ella- da derecho a un regalo... La tuya vale por una visita a las "Tres Hermanas". -¿Y eso qué es? -Es un lupanar bastante cotizado frente al Aventino -explicó Kaeso-. Pero nada te obliga a subir hasta allí. ¡Todavía estamos en el país de la Libertad! El embarazo de Pablo era cómico. Si metía la ficha en su bolsa, el gesto parecería equívoco, y si la tiraba otra vez para favorecer a otro, el pecado pesaría sobre él. Esto fue, no obstante, lo que Kaeso le recomendó: -Dámelo: alguno de los esclavos de mi padre lo apro- vechará. En toda buena moral, el pecado empieza con el conocimiento que de él se tiene. -¡Basta con que Dios lo conozca para que haya peca- do! ¿Entiendes por qué a Pedro no le gusta Roma, ni a mi tampoco? -Si los pecados de los demás te molestan -le dijo Marcia-, no hay más que dos soluciones: impedirle a la gente que peque, o huir a un desierto. -¡De uno vengo, clarissima! Empecé mi vida cristiana con un retiro en Arabia. Pablo, exasperado, se levantó con la odiosa ficha en las manos, y los otros tres lo siguieron hasta la salida. Ante su litera, que esperaba cerca del Tíber, en la vecin- dad del templo de Cástor, Marcia se encaró con Kaeso: -Supongo que tú también preferirás, en adelante, los desiertos de Arabia a mi compañía... -¡Pero nos veremos pronto! -¡Siete días! ¿Llamas pronto a eso? 419 -Seis días y medio, justo después de las Floralias... VI Kaeso se inclinó hacia Marcia y le murmuró al oído: -Aunque hayas sido mi amante (¡si debo confiar en tus te uerré siempre. -¡Todavía hay tiempo para conciliar nuestros recuerdos! Diciendo esto, Marcia subió a la litera, descubriendo una pierna perfecta, y Kaeso invitó a sus dos amigos a comer. El populoso barrio del Gran Circo no conocía agitación más trepidante que durante las carreras. Las menores ta- bernas eran tomadas al asalto. Kaeso arrastró a Pablo y Lu- cas a la región, mucho más tranquila, del cercano Caelio. Mientras pasaban al este del Circo, Pablo, que acababa de tirar su ficha de burdel a un sumidero, se asombró ante el número y la importancia de los depósitos de maderos que eran precisos para las constantes reparaciones de los anda- miajes del inmenso edificio, e hizo alusión a los peligros de incendio. -En efecto -reconoció Kaeso-, el emperador, en su Palatino, duerme sobre un volcán. Afortunadamente, se monta buena guardia. El cuarto cuerpo de vigilantes contra incendios está en el Aventino, el quinto en e 1 Caelio, y des- de allí, los vigías dominan todo ¿1 Circo Máximo. Además son frecuentes las patrullas, y hay permanentemente en esta región una fuerte concentración de policía, en vista del número de tugurios y antros. Los espías del Pretorio se enteran en ellos de muchas cosas, y son los primeros en dar la voz de alarma si hay fuego, por miedo a ver desapa- recer las acogedoras casas a las que están acostumbrados. -Yo creía -dijo Pablo- que los juegos de dinero esta- ban prohibidos en Roma. -En principio sólo están autorizados durante las Satur- nalias, puesto que durante ellas todo ocurre al revés de lo que dicta el sentido común. El resto del tiempo sólo fun- cionan legalmente las apuestas sobre los caballos y los gla- diadores. Pero como los romanos se apasionan por todos los juegos posibles, se está obligado a tolerar más o menos lo que no se puede impedir. "Supongo que, para los cristianos, los juegos de dinero son un pecado... -Sí, pues no debemos entregar al azar el dinero que nos concede la Providencia para que hagamos un decente y piadoso uso de él. Kaeso se había dirigido maquinalmente hacia la hermo- sa villa en la que sus padres habían vivido en otros tiem- 420 421 pos, antes de que el emperador Cayo, de un manotazo, en- viara a su padre a las tinieblas exteriores. Cuando los niños tuvieron edad para entenderlo, Marco les había contado algo sobre aquel lamentable asunto, maldición de su exis- tencia. Pero interpretaba el papel de un riquísimo romano, blanco de los celos y la venganza de Calígula. ¿Cómo ha- bría podido confesar que aquel demente lo había aplastado por casualidad, como un león barre con su cola a una mos- ca? Los niños necesitan que les pinten las mayores desgra- cias de una forma relativamente razonable. Mostrándoles a Pablo y Lucas los tejados rojos de la propiedad, más allá del cercado y los árboles del parque, Kaeso les dijo con emoción: -Aquí residía mi madre, antes de los reveses de fortuna que tanto se prolongaron. Luego ella murió en el Suburio al darme a luz, la primera y mayor de mis desgracias, que trajo consigo todas las demás. Nada sustituye a una madre. A veces, paseando por aquí, me detengo ante ese tejado, e intento imaginar. Pero ahora sé bien que mi madre no dejó otra huella en mi vida que esta misma vida que consintió con peligro de la suya. "Los cristianos, ¿vuelven a ver en el Paraíso a quienes los amaron? Pablo le cedió la palabra a Lucas: -Todos los hombres honrados están en el Paraíso, y allí se tratan honradamente bajo la mirada de Dios. -Séneca pretende que existe un purgatorio, donde las almas se purifican antes de ir más arriba. -También es una idea judía, a la que se alude en los Macabeos, pero muchos rabinos no aprueban ese libro. Para los cristianos de hoy en día, la cuestión no es ni actual ni importante. Lo esencial es estar del buen lado. -No veo a mi madre en un purgatorio, cualquiera que sea. Además, si ella resucita liberada del espacio y el tiem- po, como un Jesús que atraviesa murallas, ¿cómo podría quedarse provisionalmente en un lugar? -¡Ciertamente, no seré yo quien te lo diga! -Tampoco veo a mi madre en el infierno... Pablo y Lucas protestaron cortésmente contra una eventualidad semejante. -.-Entonces tal vez la vea en el Paraíso; ¿pero con qué aspecto? Cuando Pablo vio a Cristo, ¿qué aspecto tenía? -Me cegó Su luz -recordó Pablo-. Fue Su luz lo 9ue vi hasta que me quedé ciego durante algún tiempo. LOS apóstoles me dijeron que Jesús era barbudo, como todos los fariseos, por otra parte. -Y, una vez resucitado, ¿seguía llevando barba? -Supongo... ¿qué importa? -¡Me importa saber a qué se parecerá mi madre si vuel- vo a verla! Pablo y Lucas intentaron explicarle a Kaeso que la pri- mera cualidad de los cuerpos gloriosos es tener un aspecto totalmente satisfactorio. Kaeso preguntó de pronto: -Si toda la gente honrada va al Cielo, ¿para qué sirve el bautismo? ¿No se juzgará a cada cual según el capital que Dios le haya dado para que lo hiciera valer? Y entonces, ¿no valdrá un capital lo mismo que otro? Los dos teólogos se interrogaron con los ojos, y Lucas contestó: -Sólo aquéllos que lo han rechazado con total conoci- miento de causa necesitan el bautismo para su salvación. Un justo no informado se puede salvar. Pero el bautismo nos permite hacer mayor bien en este mundo y ocupar en el otro un lugar más alto. Como cada cual es perfectamen- te feliz con el suyo en el Paraíso, Dios, en su amor, es el primer beneficiario de los lugares más elevados. Así pues, debes reclamar el bautismo, en primer lugar para compla- cer a Dios, y después en interés de tup rójimo. Bajaron a comer hasta la cercanapopína donde, en tiem- pos pasados, Marco se refugió para beber más de lo razona- b le después de la histórica subasta de los gladiadores de Calígula. La placita, con su fuente y su plátano, seguía igual de tranquila; y la popína no había cambiado, encontrándose tanto más desierta cuanto que el Caelio se había vaciado ~ ara llenar el Gran Circo. Incluso las "burritas" de la casa abian bajado a ver las carreras. Cierto que era el primer día de las Floralias, y su fiesta era esa noche.Solo quedaba tras el mostrador, más para guardar la taberna que para au- mentar las cifras del negocio, una joven hospedera, que pa- recia originaria de Siria o Palestina. Kaeso pidió un cántaro de vino rústico, pero declinó el ofrecimiento de un cuarto de oso en salmuera, resto de la última venatio en el anfiteatro de madera de Nerón. Los leones y los osos eran grandes consumidores de condena- dos a muerte mal lavados, y una degustación semejante habría podido herir la trémula sensibilidad de Pablo. La muchacha se ofreció a cocer el oso, pero los convidados prefirieron un poco de pescado frito, seguido de un minu- tal, es decir, un picadillo. Las autoridades no dejaban de molestar a las tabernas por los latos calientes que tenían o no el derecho de servir, con f~dea de reducir la atrac- ción que ejercían esos lugares y no fomentar la reunión de una multitud rápidamente juzgada subversiva. Pero con es- tos decretos pasaba lo que con todas las prescripciones del 422 423 mismo tipo, una y otra vez victimas tanto del desprecio como del olvido. Mientras comía su pescado frito, que sin embargo era excelente, con mano distraída, Pablo le dijo a Kaeso: -Espero que hayas entendido toda la diferencia entre el Paraíso que nosotros ofrecemos y el triste destino subterrá- neo de las almas en las religiones tradicionales griega o ro- mana. Los cristianos no tenemos miedo de que los muertos vengan a tirarnos de los pies. Los que gimen en el infierno por toda la eternidad ya no pueden hacer daño, y aquellos de nuestros hermanos que han merecido el Cielo por el ardor de su fe nos asisten con sus plegarias en espera de que nos reunamos con ellos. El único muerto activo ya no es un coco, sino un modelo a seguir y un amigo influyente. Con Cristo, las relaciones con los muertos cambian de naturaleza. Kaeso preguntó: -¿Quemáis o enterráis a vuestros muertos? -Los enterramos como los judíos, pues el hombre no debe destruir la imagen de su Creador. La proximidad de la villa familiar incitaba a Kaeso a pensar, a su pesar, en su padre, y siguió preguntando: -Supongo que entre los cristianos estará prohibido desposar a una sobrina... Lucas dejó de saborear su pescado para tratar con Pablo esta cuestión, que precisamente planteaba problemas. En- tre los judíos, los tíos tenían derecho a casarse con sus so- brinas, pero Pablo y algunos otros se inclinaban a suprimir esta tolerancia, e incluso a prohibir los matrimonios entre primos hermanos. Kaeso se sentía tan sorprendido por la abierta mentalidad de los judíos en este punto como por la estrechez de miras de los cristianos. ¡Por fin un pueblo es- pecializado en la piedad, que consideraba normal la unión de tíos y sobrinas! Una oleada de simpatía por los judíos invadió el corazón de Kaeso, y exclamó: -Si la biblia permite esa clase de matrimonio y Jesús no lo ha abolido, ¿con qué derecho pretendéis tocarlo? La vivacidad de la reacción sorprendió a los dos oyentes y Pablo inquirió: -¿Acaso tienes, a tu edad, intención de desposar a una sobrina? -Simplemente compruebo con preocupación que, con el pretexto del Espíritu Santo, os permitís gran cantidad de innovaciones o supresiones que ni las Escrituras ni Jesús autorizan formalmente. Si ese Espíritu Santo no existiera, en vista del uso intensivo que hacéis de él, ¡habría que ha- berlo inventado! Lucas sé apresuró a calmar a Pablo, que se tomaba a mal la observación y explicó pausadamente: -Aunque soy de origen griego, he reflexionado mucho sobre las Escrituras, y en mi opinión, si los judíos han per- mitido al tío que se case con su sobrina es porque la ley del levirato ya obligaba a un hombre a desposar a la mujer de su difunto hermano. Si se puede desposar a la mujer, ¿por qué no a la hija?'. Entre los mismos judíos, la ley del levirato apenas se aplica en nuestros días, pero ha subsisti- do su consecuencia accidental. ¿No es d7eseable que los cristianos hagan tabula rasa de esta anomalía? -Veo otra razón -dijo Kaeso-. Cuando la cuñada era fea, su marido se estaba muriendo y la hija era maravillosa, un hermano avispado se precipitaba sobre la hija para li- brarse de la madre. Pablo y Lucas nunca habían considerado la cuestión bajo este aspecto, y se pusieron a discutir animadamente ante el picadillo. Impaciente, Kaeso les interrumpió: -Por lo que veo, la Santa Escritura no es la palabra de dios: uno puede tomarla o dejarla... Pablo se sobresaltó y precisó: -Nuestras Escrituras son inspiradas. Esto quiere decir que Yahvé, Jesús o el Espíritu Santo sólo nos son histórica- mente conocidos gracias a testimonios humanos, que desde luego son más o menos falibles. Así, se encuentran en el Antiguo Testamento inverosimilitudes, la expresión de numerosos prejuicios, y todo no tiene, ciertamente, el mis- mo interés ni el mismo valor. Y hasta en los Evangelios ya aparecidos o que se están redactando, hay, habrá forzosa- mente contradicciones. Por ejemplo, Lucas ha puesto a punto una erudita genealogía de Cristo a partir de Adán; Matías, en su informe arameo, otra genealogía a partir de Abraham, y ambas listas sólo tienen dos nombres en co- mún para llegar a José, que por otra parte sólo era el padre legal... De ahí la necesidad de un poder respetado, los rabi- nos entre los judíos, los "sacerdotes" entre nosotros, para definir una buena exégesis. Dios, de alguna manera, se mantiene oculto tras los textos sagrados, pero para mejor permitir al cre y ente que encuentre en ellos lo que busca, en cada edad de su vida y en cada edad de la humanidad. De esta forma, la Escritura posee la facultad de vivir y evo- lucionar. Si un día un falso dios con credibilidad entregara al hombre una obra escrita de su puño y letra, en seguida veríamos al lector embrutecerse, prosternado ante la me- 1. Tras una consulta al Gran Rabinato de París, resulta que esta explicación sería dudosa. Pero nadie ha sabido darme otra mejor. (N. del A.) 424 425 nor letra. El Dios cristiano habla por nuestra libre boca, y a causa de esa humildad solicita y conmueve permanente- mente nuestra razón y nuestro corazon. -¿Quieres decir que hay que dejar a los inspirados el comentario de un texto inspirado? -Dios inspira a todo aquel que se lo ruega, y El lee las Escrituras con nosotros. A menudo hay múltiples maneras de entender el menor pasaje, que no se excluyen forzosa- mente las unas a las otras. Tal o cual frase sólo será com- prendida al final de los tiempos. Lucas tenía ganas de comer queso, pero, en vista de la estación, en el estante de quesos frescos escaseaban los productos, ya que los pastores todavía no se habían puesto manos a la obra en los pastos de verano. Los romanos no hacían quesos de pasta cocida. Al requesón aromatizado y salado se le ponía un peso encima para que escurriera más fácilmente el suero, y a veces era sumergido en agua hir- viendo, prensado a mano, secado y ahumado. Todas las re- giones delt alia abastecían más o menos a Roma en cues- tión de quesos, ¡y los productos de Luna, en Etruria, pesaban hasta un millar de libras! Pero también llegaban de Nimes, de Lozére, del Gévaudan, de Dalmacia, de los Alpes Cárnicos o de Bitinia. Cuando la oveja era demasiado vieja y seca, el queso se sumergía en mosto y se dejaba en remojo, y Lucas se decidió al fin por un queso de esta clase. La joven hospedera farfullaba el latín y destrozaba el griego, y Pablo y Lucas habían terminado por hablarle en su lengua natal, que era el arameo. A Kaeso le costaba tra- bajo imaginarse a un dios universal expresándose en seme- jante idioma2 y una vez más se preguntó lo que Jesús había venido a hacer en esta tierra. -Pensándolo bien -dijo-, tengo la sensación de que lo esencial de vuestra doctrina se me escapa todavía, o al menos que no lo siento como vosotros. Que el hijo de un dios trascendente se haya encarnado para que recordemos a su padre, me parece bien. Pero, ¿qué necesidad tenía de morir en una cruz para redimir nuestros pecados? ¿No ha- bría obtenido el mismo resultado tocando la flauta? -Ciertamente, es un gran misterio -reconoció Pablo- este amor divino, llevado hasta el sufrimiento y el sacrificio 2. Igualmente, la Virgen se dirigirá a Bernardette Subirous en dialecto pirenaico. Tanto la Madre como el Hijo tienen una paradójica tendencia a hablar en dialecto para dirigir mensajes a la humanidad, mientras que el Padre eterno adoptó el hebreo para Sus comunicaciones. Nos encontramos en las antípodas de los modernos servicios de relaciones públicas. (N. del A.) de la vida, de un Dios que podría haber permanecido impa- sible. La razón sigue siendo confusa. Solo el corazón per- mite un acercamiento. Tu padre, tu madre y tu madrastra, ¿no se han sacrificado también, si la ocasión lo requería, por ti? -Sin ser ingrato, diré que está permitido ver indiscre- ción en tales iniciativas cuando se llevan al exceso. Por primera vez, el tierno Lucas tuvo un movimiento de mal humor: -Cuando veas a Cristo, ¡repróchale entonces la indis- creción de Su sacrificio, y verás lo que te contesta! Kaeso era muy escéptico en cuanto a las posibilidades de duración de una religión tan irracional, en la que los mi- tos pretendían ser tomados en serio. Y ese punto le preo- cupaba mucho, a causa de Silano. Si el cristianismo caía pronto en ridículo, como todo hacía pensar, él mismo pa- recería un tonto ante ese patricio tan inteligente como perspicaz. Así pues, atrajo la atención de Pablo y Lucas so- b re la necesidad de contemporizar con el medio, las cos- tumbres y las sensibilidades, tanto más cuanto que los ro- manos, a falta de convicciones muy firmes, vivían, en todo caso, de tradiciones... -Los sacerdotes romanos u orientales tienen costum- bres características. Los mismos fariseos tienen un manto especial que los distingue inmediatamente. Mientras que los "sacerdotes" cristianos se parecen a cualquiera. Una discreción tal tiene que hacer mal efecto en el pueblo, y la policía verá en ella, tarde o temprano, el indicio de una so- ciedad secreta y vergonzosa. Si queréis ser eficaces y hacer que os reconozcan poder como a los judíos, conviene cui- dar los signos exteriores, muy particularmente durante las ceremonias de culto. "Por lo que he podido ver en casa del judeocristiano de la Puerta Capena, de vuestra Cena emana un pesado abu- rrimiento. Para atraer a la gente, hay que animarla. A la gente de aquí le gustan las puestas en escena brillantes y pomposas, la música, las luces. Puesto que los romanos tie- nen altares -e incluso los judíos, en su templo- y es dios en persona el que se sacrifica entre vosotros, ¿por qué no sustituir esa mesa cualquiera por un bello altar esculpido con dorados? ¿Y la vajilla? ¿Habéis pensado en ella? Cuan- do se come y se bebe un dios encarnado y resucitado, ¿no convienen las copas y platos de lujo? "¡Mejor todavía! Los romanos están acostumbrados a mantener un fuego sagrado en sus altares familiares, de la misma manera que las vestales velan por el fuego del Esta- do. ¿No sería más efectivo situar permanentemente una lámpara sobre el altar? 426 427 "Por otra parte, me he dado cuenta de que vuestro pan eucarístico es vulgar pan fermentado, sin duda con el de- seo de distinguiros una vez más de los judíos, que, segun he leído, utilizan ácimos en su Pascua anual. Pero olvidáis que el pan ácimo tiene para los romanos una resonancia religiosa, pues testimonia unos tiempos mu y antiguos en d~d a fermen- que los campesinos todavía no habían aprenio tar la pasta. Y nuestro flamen de Júpiter come tradicional- mente pan ácimo. Los convertidos romanos se sentirían ha- lagados al encontrar ese pan en el altar de los cristianos. ¿Por qué desconcertar a la gente sin un buen motivo? "De todas maneras, una religión debe poseer un signo tangible de alianza. Me parece que, para los cristianos, la cruz estaría bastante bien. Ahora bien, habláis mucho de esa famosa cruz, por cierto, pero no está representada en parte alguna. En una Ciudad consag rada a la sangre y la violencia, ¿no seria sobrecogedor, por ejemplo, ver planta- da una cruz en un altar, con su palpitante crucificado? Pero un crucificado sin barba: para los romanos de hoy, la barba resulta extraña y dudosa. ¡Además, una vez cristiano, Pablo se apresuró a afeitarse para causar mejor impresión! En ese momento, Pablo y Lucas, que habían escuchado a Kaeso con un interés más bien reprobatorio, protestaron de común acuerdo, y Lucas llegó a decir con una dolorosa vehemencia: -¡Hablas con hombres cuyos amigos vieron a Cristo en la cruz, y que por lo tanto no tienen prisa por verlo otra vez en ese instrumento de tortura! La cruz está en nuestro corazón y sobre nuestra espalda. ¡Pero ahórrasela a nues- tros ojos! Era una buena lógica sentimental. Kaeso se disculpó por su falta de tacto y llevó la conversación a un terreno más general. -Quizás no soy competente -dijo- en cuestión de re- ligión, pero en cuanto a organización podéis tomar leccio- nes útiles de los romanos. "Cualquier armada necesita un jefe y una disciplina. "En cuanto a Pedro, Jesús descuidó, curiosamente, fijar sus atribuciones precisas, y me parece que eso acarreará discusiones en el futuro. Y en cuanto a las tropas, me ha impresionado, al leer las epístolas de Pablo, ver el desor- den y las inexactitudes que se despliegan en el momento en que vuelve la espalda. Lamentable situación, que se de- riva, creo, de dos cosas: bajo vuestro jefe, bastante difuso, no existe ninguna jerarquía digna de tal nombre, y las ver- dades de la fe, a pesar del paso del tiempo, todavía no es- tán resumidas ydie finidas en un libro de autoridad. Así, en lugar de organizar y administrar, uno se pierde en discusiO nes teológicas. Personalmente, antes de recibir el bautis- mo, me gustaría saber lo que según vuestras creencias es principal, secundario o facultativo. Un rabino me aseguró con desprecio que toda vuestra doctrina se reduce a algu- nas lineas. ¿Podría conocerlas, al menos? Pablo admitió que los cristianos ofrecían una imagen de cierto desorden, e incluso añadió, con la mirada fija y febril: -¡El desorden es aún peor de lo que tú te imaginas! Y voy a darte un buen ejemplo. Tras la Ascensión de Jesús, el Espíritu Santo descendió sobre los Apóstoles en forma de lenguas de fuego y, de repente, se restauró la unidad perdi- da en Babel y aquellos modestos y tímidos galileos se diri- gieron a la multitud de tal forma que cada cual les oyó ha- b lar en su propia lengua. El arameo de Pedro se hizo parto para los partos, cretense para los cretenses, árabe para los árabes. Ahora, Pedro y los demás han perdido ese don... a no ser que los oídos de los gentiles se hayan cerrado. Pero cuando yo no estoy para supervisar la cena como es debi- do, no es raro que algunos individuos perturben la ceremo- nia pretendiendo poseer el don de lenguas. Y con el pre- texto del carisma, se lanzan a unos farfulleos ininteligibles. Hasta el punto de que he aconsejado, en una de mis ep is- tolas, que unos intérpretes perspicaces asistan a estos his- téricos. "En resumen, desde que el Espíritu Santo invadió toda la Iglesia, una sana fermentación se ve acompañada, cierta- mente, de fenómenos aberrantes. El Espíritu sopla por to- das partes, y el Demonio también. "Sin embargo, de todo este tumulto surgirá la Iglesia de mañana, pues el Espíritu Santo domina sin cesar el desor- den necesario para su accion. "Tú decías hace un momento que si el Espíritu no exis- tiera, en vista del empleo que de El hacemos, habría que haberlo inventado. Y, sin saberlo, decías la verdad. Pues si el Espíritu no estuviera con nosotros, nos verías prisione- ros del Evangelio como los judíos lo son del Antiguo Tes- tamento. Sólo el Espíritu nos permite completar y profun- dizar el mensaje en honor del universo entero, y esto no se lleva a cabo sin incoherencias ni riesgos, pero tal es el mo- vimiento de la vida y de la gracia. El orden llegará en su momento, ¡y Dios quiera que no nos haga echar de menos el desorden! "En cuanto al resumen que pides, en efecto, consta de pocas palabras, que harás bien grabando en tu memoria, ya que es tan buena: "Creo en Dios, el Padre Todopoderoso, Creador del Cielo y de la Tierra, en Jesucristo, su único Hijo, nuestro Señor, 428 429 "Que fue concebido del Espíritu Santo y nació de la Virgen Maria, "Que sufrió bajo Poncio Pilatos, fue crucificado, muer- to y sepultado, "Que descendió a los ir~fiernos y resucitó al tercer día de entre los muertos, Que subió al Cielo y está sentado a la derecha de Dios, el Padre Todopoderoso, "De donde un día vendrá a juzgar a los vivos y a los muertos; "Creo en el Espíritu Santo, "En la Santa Iglesia universal, en la comunión de los santos, "En la redención de los pecados, "En la resurrección de la carne, "En la vida eterna. Amén. Kaeso hizo que Pablo lo repitiera dos veces. Su alma romana era sensible a esta relativa claridad. Tras un instante de reflexión, pidió otro cántaro de vino y dijo: -¿Qué es ese descenso a los infiernos, entre la muerte y la resurrección? -Jesús -contestó Pablo- descendió a un lugar no do- loroso para liberar a las almas de los justos que esperaban su redención. El pecado de Adán había cerrado el Paraíso, que el sacrificio cíe Jesús volvió a abrir. -No te ocultaré que esa frasecita me fastidia. -¿Y por qué? -Volvemos a tropezar con la misma dificultad que la que planteaba la hipótesis del purgatorio. El Cristo resuci- tado, ¿no estaba libre, según tu propia confesión, del espa- cio y del tiempo? Así pues, está permitido concebir en el más allá un estado de alegría o de sufrimiento, pero no un lugar donde un alma espera cambiar de estado. Y estas dos dificultades se parecen mucho a la contradicción que ya habíamos visto entre el Juicio general extratemporal y el Juicio particular, tributario del tiempo. ¿Podría recibir el bautismo omitiendo dicha frase? Pablo y Lucas parecían muy molestos por esta espinosa observación. Se pusieron a discutir en grie$o, pero en se- guida pasaron al arameo, con una descortesia que daba más franqueza a su verbo, a pesar de la pobreza teológica de este idioma popular. Por fin, Lucas le dijo a Kaeso: -No olvidamos tu notable reflexión a propósito de las nociones de tiempo y eternidad en Jesús, Dios y Hombre verdadero. Ella puede aclarar nuestro problema. En conse- cuencia te autorizamos a declarar, en lugar de la frase que tú criticas, "Ha vuelto a abrir el Paraíso para los justos de todos los tiempos". Como ves, no precisamos la fecha. El Símbolo se volvía más presentable3, y Kaeso tuvo que conformarse. Pero se asombró de que muchas verda- des a primera vista importantes estuvieran ausentes de este Credo, como el bautismo, la Cena, la indisolubilidad del matrimonio y la unción de aceite sagrado a los enfermos. -El bautismo -observó Pablo- forma parte de la re- dención de los pecados, ya que borra el pecado original. La Cena y la unción de aceite todavía son objeto de discusio- nes. En cuanto a la indisolubilidad... -¿No queréis alarmar a vuestros fieles? -Digamos más bien que la indisolubilidad no es una creencia, sino un reglamento de moral. Animados por un agradable vinillo, descendieron hacia la Puerta Capena. La viva imaginación de Kaeso estaba en marcha y, para complacer a los dos misioneros, sugirió: -Cuando los cristianos convenzan a todo el mundo, mediante la palabra o el garrote ¿no seria soberbio inaugu- rar una nueva era, que partiría de la crucifixión? Al contra- rio que la fundación de Roma, se puede fechar en un día concreto. -¿Por qué no el nacimiento de Jesús? -corrigió Lu- cas-. Pedro me dijo que nació veinticinco años después de Actium, una veintena de años antes de la muerte de Au- gusto. -¿En qué estación? -Muy probablemente en verano, puesto que el aconte- cimiento tuvo lugar en ocasión de un censo y los pastores estaban en el campo. -¡Entonces estaríamos en el año 70 de la era de Cristo! Mientras que si tomamos la crucifixión como referencia... -Estaríamos en el 34, puesto que la Pascua judía ya ha pasado. Jesús tenía unos treinta y cinco años en el momen- to del Calvario. En medio del bullicio que reinaba en los alrededores del Gran Circo, donde iban a reanudarse las carreras y las di- versiones, Kaeso se informó: -~Qué pasó con la madre de Jesús? -El Cristo agonizante -dijo Lucas- confió su madre 3. Los Padres un poquito filósofos de Nicea, en su Credo del año 325, donde explicitan el símbolo primitivo, silenciaron el descenso a los infiernos de Cristo, entre la crucifixión y la Resu- rrección. La idea de que los justos del Antiguo Testamento ha- bían tenido que esperar en el Limbo la recompensa a sus méritos, les pareció, sin duda, de un antropomorfismo infantil. (N. del A.) 430 431 al joven Juan, un muchacho prudente, que se apresuró a ponerla a salvo en Efeso. -¿Jesús previó el martirio para algunos de sus amigos y para los parientes de éstos, pero no para su propia ma- dre? -¡Es la primera vez que oímos ese reproche! -No es un reproche. Me limito a constatar que Jesús tiene espíritu de familia. Es muy natural. -¡La Virgen ya había sufrido bastante! -No más que las madres de todos los esclavos crucifi- cados. Esta venerable persona, ¿se halla aún con vida? -¡Tendría más de ochenta y cuatro años! Hace veinte años, en Efeso, sufrió mucho cuando Pablo y yo pudimos visitarla por fin. Pablo intervino: -Lucas habla por él. Mi propia visita fue breve. No me entendí bien con Juan, que se complace en refinamientos teológicos muy personales, y María sólo retuvo a Lucas junto a ella, para hacerle, es verdad, confidencias interesan- tes. Le contó la visita del Angel, que fue a anunciarle el na- cimiento de,Jesús. -Y Maria murió -continuó Lucas- poco después de nuestra estancia en Efeso, donde vivía con Juan, muy re- tirada. -Supongo que, con su espíritu familiar, Jesús debió ha- cer resucitar a su madre en seguida, para tenerla junto a él, abrazarla y oír su voz. En todo caso, es lo que yo hubiera hecho en su lugar. Como Pablo y Lucas se mostraban sorprendidos por la hipótesis, Kaeso insistió: -¡Os apuesto tres sestercios contra un caballo a que la tumba de Maria está vacía! -De momento -dijo Pablo con mal humor- ya tene- mos bastante quehacer con la tumba vacía de Jesús. ¡No compliquemos más la situación! -¿Por qué María está ausente de tus epístolas? -¡Está presente a través de Jesús! ¿Qué más se le puede pedir, después de habernos dado a Cristo? Habían llegado ante la casa del judeocristiano. Antes de despedirse, Kaeso no pudo contener una juiciosa obser- vación: -Descuidando a María cometes, Pablo, un gran error. Los romanos están acostumbrados a divinidades masculinas y femeninas, ya se trate de los dioses de la Ciudad o de los cultos orientales aclimatados poco a poco. Con un olor a mujer, tus epístolas pasarían mejor. En tu lugar, yo organi- zaría rápidamente el culto ~ Maria, al mismo tiempo que el de su hijo. Los hombres tienen más necesidad de una ma- dre que de un padre. Si Maria pudo leer tus primeras epis- tolas, es comprensible que no te retuviera. -¡Dudo que Maria supiera leer! -Juan pudo leer para ella, y no se sentiría muy halagada. en esta ocasión, me permitiré otro consejo. Tienes que hacer que esa comunión de los Santos mencionada en tu Símbolo juegue un papel diario y práctico. Los romanos tienen comercio con dioses de toda clase, cada uno de los cuales está especializado en una actividad cualquiera. Por otra parte, cada hombre se halla asistido por un Genio par- ticular, del tipo de tus ángeles guardianes (mientras que es Juno quien hace las veces de Genio para todas las muje- res). Así pues, hazíes un poco de publicidad a los santos que lo merecen en tu Paraíso, dales fama de conocer bien tales o cuales asuntos, de manera que los cristianos les su- pliquen que intervengan en su provecho. Por ejemplo, los condenados a muerte inocentes podrían invocar a Esteban, a quien mandaste al otro mundo con tus antiguos amigos; José, informado por un ángel del honor que le había toca- do en suerte, podría sustituir a la Diosa Viriplaca, que cal- ma a los maridos engañados; la propia Virgen, doncella madre por mediación del Espíritu Santo, podría, entre otros, jugar el papel de Genita Mana, que se interesa por la regularidad de las menstruaciones... ¿Ves lo que quiero de- cir? Hay que humanizar tu sistema y pensar en la plebe... A punto de perder la paciencia, Pablo gritó: -¡Veo demasiado bien lo que quieres decir! ¡El Espfritu no habla por tu boca! -¿Y tú qué sabes? ¡El Espíritu tiene más de un truco en su manga! Puesto que el papel del Espíritu es hacer in- novaciones en interés general, ¿cómo podremos determi- nar si el que habla en lenguas o el que profetiza es un san- to o un farsante? -El papel del Espíritu es también el de proteger la ver- dad, ¡y las verdades que te hemos enseñado son suficientes para que pueda pasarme sin tus consejos! Pablo se dio la vuelta y entró en la casa. Lucas le dijo dulcemente a Kaeso: -De una manera torpe, que seria injusto reprocharte en vista de la novedad de tu fe, has dicho, ciertamente, co- sas dignas de interés. En el Evangelio que ambiciono poner al día, hablaré de la Virgen como conviene. Mientras tanto, voy a calmar a Pablo y a rogarle que te perdone en vista de la excelencia de tus intenciones. Dicho esto, y antes de reunirse con su compañero, Lu- cas le dio a Kaeso el beso de la paz. 432 433 Kaeso estaba harto de los cristianos, y tenía prisa por arrancarles un bautismo con el que se prometía la libertad. Deseo tanto más paradójico cuanto que, con toda eviden- cia, el bautismo había sido concebido para arrojar al hom- bre, esclavo de sí mismo, a la esclavitud de un dios más abrumador todavía que Marcia. Todo lo que podía parecer nuevo y seductor en las ideas cristianas se veía contrarres- tado por una horrible verdad: tras los judíos, los cristianos pretendían hacer reinar sobre la tierra un puro espíritu amo y creador. Pero los judíos habían tenido el buen gusto y la prudencia de dejarse tiranizar por su dios en familia. El dios cristiano deseaba Sustituir a Nerón, pero con poderes infinitamente más extensos e investigadores. El dios judío le había hablado a Moisés en el Sinaí. Cristo era mucho más que una voz en una montaña. En carne y hueso, inte- rrogab a a la tierra entera desde lo alto de su cruz, dispues- to a condenar a todos los que no respondiesen como es debido. En el fondo, allí estaba la gran novedad del cristia- nismo: por primera vez, dios estaba presente tanto en el mundo como fuera del mundo, con un pie a cada lado para que nada se le escapara en ninguna parte. Tras el accidente del pecado original, que había sembrado la enfermedad en el rebaño, dios vo1v~a al aprisco, ensangrentado y miserable para inspirar confianza, pero con el látigo detrás de la cruz. Kaeso se daba cuenta del motivo por el cual le costaba trabajo soportar durante mucho tiempo la conversación de Pablo e incluso la del propio Lucas: estos dos vagabundos de cultura escasa o muy especializada tenían un tono y un vocabulario categóricos. ¡Y lo mejor era que si su Cristo había resucitado de verdad tenían toda la razón para zan- jano todo con impertinencia y trabajar para imponer su punto de vista! Dios no podía equivocarse y no se le puede negar el derecho a reinar en todas partes, ya que en todas partes está en su casa. Kaeso incluso llegaba a preguntarse si, a despecho de las previsiones más razonables, los cristianos no consegui- rían perturbar las mentes durante algunas generaciones más. Pues este irracionalismo, que era su debilidad, quizás era también una fuerza. Nunca probarían que su dios se había encarnado; pero, ¿quién probaría lo contrario? Una espada de certeza descansaba sobre la blanda almohada de la duda, de forma que el durmiente que se despertase So- bresaltado se cortara el cuello. Durante su siesta en la ínsula, Kaeso tuvo migraña y fie- bre; ésta última pronto pareció atacar el cerebro, pues al final de la tarde, con gran espanto de la pequeña Myra, de liraba. Tras una noche terrible, Marco padre, aterrorizado, le rogó a Silano que le enviara con toda urgencia a su mé- dico griego particular. Silano mantenía una tribu de médi- cos ara conservar en buena forma su ganadería servil, y se habi~ reservado al que pasaba por ser el mejor. Selene con- siguió que acudiera también un médico judío. Los médicos - judios tenlan una gran reputación -era incluso el único as- pecto en el que los judíos tenían una buena reputación-. Y Marco el Joven logró sacar de la cama a Dioscórido, un nativo de Cilicia como Pablo, cuyo talento había podido apreciar con ocasión de uno de sus viajes a Germania. Dios- córido, cirujano militar, era el maestro incontestable de toda la farmacopea. Era de capital importancia que un emi- nente entendido en drogas y dosis asistiera a los médicos, que siempre podían resultar sospechosos de inexperiencia. Cuando Roma empezó a dar que hablar, toda la hez de los médicos griegos acudió a la Ciudad para desplumar a los romanos ignorantes, y la situación no había mejorado mucho con el tiempo. La escuela de medicina m~is famosa, la de Alejandría, desdeñaba otorgar diplomas a sus propios alumnos, y la medicina estaba, así, entretejida de mentiras y farsantes. Bajo Nerón, la mayor parte de los facultativos se enco- mendaban siempre a Hipócrates y a sus aforismos, entre los cuales el mas célebre, que había atravesado los siglos, era: "¡A grandes males, grandes remedios!". Pero el médico de Silano era más bien de la tendencia del mundano doctor Asclepíades, cuya escuela había florecido un centenar de años antes respetando la afortunada fórmula Cito, tute, ju- cunde (con seguridad, rapidez y de manera agradable). Los asclepiadistas habían comprendido que, para los clientes adinerados, eljucunde era esencial, y a esta decisión exhibi- da con euforia se sumaba la discreta y prudente convicción de que, en las tinieblas ambientes, lo que no se hacía no esta b a mal hecho. En todo caso, hipocratistas y asclepiadistas se habían beneficiado conjuntamente de las luces de Celso, que en tiempos de Augusto se había asegurado una reputación en- ciclopédica catalogando con lógica las enfermedades a par- tir de los remedios que necesitaban; y Dioscórido, natural- mente, sentía por Celso especial reverencia. Dioscórido inspiraba tanta más confianza cuanto que había podido ejer- citarse a placer en los hospitales de las legiones, notable- mente habilitados. En Roma no había hospitales, pues los enfermos eran demasiado numerosos y sin valor. El hombre de Silano, Dioscórido y el judío sitiaron, pues, la cabecera de Kaeso, que sólo salía de su febril deli- rio para caer en una completa postración. 434 435 El asclepiadista, un griego de Alejandría, se limitaba a controlar las pulsaciones con su clepsidra, especulando so- bre una pronta convalescencia, con la que se hubiera senti- do más a gusto. No era especialista en los estados de crisis. Dioscórido, con su vidrio cuentagotas, administraba cal- mantes, cuyo efecto más visible era acentuar las periódicas postraciones. El judío incriminaba a los miasmas del barrio. Las lluvias de primavera habían sido escasas y los drenajes etruscos, convertidos en sumideros, exhalaban por el Su- burio una hediondez estival. Marcia, que también había acudido, no sabía 9ué decir y ya no vivía. Dos días despues, en la víspera de las Calendas de mayo, el enfermo, irreconocible, presentaba ya el fatal "rostro hi- pocrático": nariz afilada, ojos perdidos en las órbitas, sie- nes hundidas, sudores fríos, semblante verdoso. La agonía parecía próxima. En la mañana de las Calendas de mayo, Marcia hizo que transportaran al inconsciente Kaeso a la casa de Cicerón, donde los tres médicos, ante un paciente que se les iba, continuaron sus impotentes discusiones. Silano, que se acercó a lanzar al moribundo una ojeada consternada, lla- mó a un refuerzo de médicos griegos. Unos sugerían baños fríos, otros baños calientes, otros estaban a favor de los la- vados nutritivos a base de espelta hervida que Celso había introducido en las terapéuticas desesperadas, cuando el es- tómago del enfermo no soporta ya la menor papilla. En el atrio, Marco padre invocaba llorando a las divinidades Fe- bris y Mefitis. Poco antes de mediodía, el pulso empezó a latir tan rá- pido que ninguna clepsidra regulable hab ría podido contar las pulsaciones. Los médicos griegos estaban abrumados. Conocían la descripción de las 147 heridas mencionadas en La Ilíada: 106 por lanza, con una mortalidad del 80 %; 17 por espada, todas mortales; 12 por flecha, con una mortali- dad deI 42 %; 12 por honda, con una mortalidad del 66%; el índice global de mortalidad por lesiones traumáticas se elevaba al 77,6 %. Pero Homero no había hablado de las enfermedades sin gloria, y esta laguna era irreparable. A mediodía Kaeso murió, y Marcia cayó inanimada en brazos de Silano. VII En su desesperación, Marcia le dijo al asclepiadista: -Corre el rumor de que Asclepíades resucitó a un muerto que llevaban a incinerar. ¿No eres de esa escuela? ¡Si pudieras devolvernos a Kaeso, Silano te daría millones de sestercios! -El hecho es cierto, domina, pero se trataba del gran As- clepíades y, ay, yo sólo soy un alumno. Marcia se volvió hacia el judío Dioscórido y el resto del grupo, que bajaban la cabeza y ya se movían para eclipsarse. A pesar de sus instintivas repugnancias, Marcia le escri- bió entonces a Pablo: "Marcia, esposa de Silano, a Cn. Pompeyo Paulo, ¡salud! "Kaeso, que cayó enfermo en la tarde del primer día de las Floralias, sucumbió hace un momento, fulminado por una fiebre maligna. Tú pretendes haber resucitado a algu- nos hombre. Bis repetida placent*. Te espero. ¡Ojalá te en- cuentres mejor que nosotros!" Pablo recibió la nota en el momento de la cena, cuando acababa de terminar una catequesis en casa del judeocris- tiano, y sintió una gran impresión. Lucas, con los ojos fijos en las aterradoras tablillas, callaba: Pedro había resucitado a Dorcas en Jopea, Pablo había resucitado a Eutico en Troas, pero él no había resucitado a nadie. Pablo no cono- cía con certeza las intenciones de Dios en este asunto. Re- sucitar a la gente era la infancia del arte, pero a condición de que Dios quisiera encargarse de ello. Después de reco- gerse para solicitar la inspiración, Pablo dijo por fin: -Dios lo quiere. ¡Vamos! Al caer la noche, en presencia de Marcia, Silano y los * El sentido vendría a ser que "los hechos cuya repetición se pide, es que han gustado". Es un aforismo inventado a partir de un verso del Arte Poeltíca de Horacio: Haec decies repetitaplacebzt. (N. de la T.) 436 437 Marcos, padre e hijo, Pablo y Lucas fueron introducidos en la habitación de Kaeso, que reposaba a la luz de algunas: lámparas. El cuerpo, que había sido lavado, estaba frío, y la rigidez cadavérica parecía haber empezado. Marcia le preguntó a Pablo: -¿Necesitas algún accesorio para hacerlo revivir? Pablo se sentó junto a Kaeso, le cogió la mano e hizo un gesto como para tantearle el pulso. -Todavía tiene un soplo de vida -dijo-. No debería tardar en volver con nosotros... De hecho, Kaeso abrió los ojos, consideró a Pablo un instante sin aparente sorpresa, y le apostrofó de pronto en arameo: -¿Qué haces ahí, desgraciado Saulo, perdiendo el tiem- po con los ricos, mientras los campos de todo el Imperio gimen en la ignorancia de la Buena Nueva? Jesús, por la edificación de los más humildes, recorrió los caminos de Galilea y Judea. Toma tu cayado y tus sandalias, abandona esta Ciudad de perdición, y ve más bien a degustar el ran- cho de los campesinos que te esperan. ¡No es en la ciudad, sino en los caminos, en los campos y hasta en los bosques, donde hay que plantar la cruz! Dicho y bien dicho esto, Kaeso cerró los ojos para dis- frutar de un sueño reparador. A fuerza de bañarse en el Espíritu Santo, Pablo y Lucas ya no se sorprendían de gran cosa. Vivían en lo esencial, más allá de las apariencias. Más que por lo extraño de los acontecimientos y las formas, se sintieron impresionados por el contenido del mensaje, donde era difícil no ver el sopío paradójico del Espíritu manos a la obra. Pablo se levantó y dijo simplemente: -Ya veis lo que os decia: está estupendamente y se res- tablecerá para el banquete de Nerón. Los dos misioneros se retiraron discretamente, dejando a Marcia, Silano y los dos Marcos mudos de estupefacción. Silano dijo al fin: -¡Por Zeus, ese buen mozo es todavía más fuerte que Asclepiades! Tiene una fortuna ante él y sus obras se ven- derán durante mucho tiempo. MarcÍa y los demás no decían nada, lo que es la sensatez misma cuando nada se ha entendido. Como se podía prever, la convalescencia de Kaeso fue extraordinariamente rápida, y pronto se llegó a dudar de que hubiera estado muerto algunas horas. Fue como si tO- dos hubieran tenido un mal sueño. Kaeso, por otra parte, apenas se acordaba de su fiebre cerebral, todavía menos de su evasión, de su regreso y de su apóstrofe a Pablo en un idioma incomprensible. Siempre curioso, Silano había inte- 438 rrogado a fondo a Kaeso sobre el más allá, pero sólo obte- nía declaraciones confusas o arranques de humor... -Si Pablo me resucitó de verdad, tendremos que pre- guntarle lo que su dios pudo hacer con mi alma durante la tarde en que me creísteis muerto. Los cristianos imaginan un infierno y un paraíso que no implican evasión para los que se aburran allí. Los estoicos y algunos judíos imaginan, por su parte, un purgatorio, por el cual los cristianos no parecen muy atraídos, pero de todas maneras sólo se aban- dona el purgatorio por el Cielo. Por lo tanto, no he podido estar allí. Por otra parte, el Símbolo cristiano hace alusión a un lugar bastante brumoso, donde las almas de los )ustos muertos sin bautismo antes de Cristo se enmohecerían en espera de que la muerte de Jesús les abriese el Paraíso. Pero también ahí la salida es de sentido único. Sí, tendré que interrogar a Pablo, con peligro de ponerlo otra vez de mal humor, pues está más fuerte en resurrección que en filosofía. -¡El dios cristiano -sugirió Silano riendo- debió de meterte un rato en una sala de espera especial, prevista a esos efectos! Al día siguiente de las Calendas, la tarde del VI de los Nones de mayo, Kaeso tuvo la buena idea de escribirle a Pablo, sin ahorrarle, para complacerle, ninguna cortesía: "Kaeso a su muy querido Pablo, ¡salud! "¿Por qué no has vuelto para que te demos las gracias? ¿No me has devuelto la salud y hasta la vida, si hay que creer a aquellos que te vieron hacer y que gracias a ti na- dan en una alegría desbordante? Marcia, más que cualquier otro, te besa las manos de rodillas y ungiría tus pies de perfumes si no corrieras tanto. "Mis parientes, sin embargo, están más contentos que yo, pues no han conocido, ni siquiera por un momento, las delicias de las que he regresado y que casi me hacen la- mentar la sorprendente eficacia de tu cura. "En todo caso, tengo una buena noticia para tu gobier- no: ese Paraíso del que hablas tan a menudo, ero el que no obstante debes de dudar a veces, pues el Demonio se insinúa por momentos en el seno de las almas más puras y confiadas, ¡existe! Si yo fuera un cuentista, te diría que vi al Padre con una gran barba, como Júpiter. Pero como el Padre no se ha encarnado, sólo distinguí su luz, que toda- vía me conforta el corazón. Por el contrario, vi a Cristo con toda la barba en su gloria, la misma que te cegó para llamarte a mejores sentimientos. Y también vi al Espíritu Santo, puesto que se encarnó a su vez en forma de paloma, en el momento del bautismo de Jesús relatado por Marcos, 439 para subir en seguida aleteando hacia el Padre. Quien no ha contemplado a Cristo en la luz del Padre atravesado por el vuelo de la santa paloma, no puede saber lo que es la felicidad. "Mi madre, a la que en todo caso he encontrado adora- blemente joven, me ha dado muchos recuerdos para ti. "Me he sentido infinitamente satisfecho al comprobar, cosa que verifica las declaraciones de Lucas, que el bautis- mo no es el único talismán que abre las puertas del Paraí- so. Allá arriba he encontrado una inmensa multitud, en la que, por la fuerza de las cosas, los bautizados todavía se cuentan con los dedos de las manos. "A pesar de todo te reclamo ese bautismo una vez más, no para entrar en el Paraíso del que he vuelto, sino sobre todo para ayudarme a defender en este tierra los intereses de mi prójimo. "Es obvio que seré discreto en cuanto a esta expedi- ción. El cristiano debe tener la modestia de no destacarse. "Me han contado que al despertar te dirigí la palabra en un idioma extraño. Me pregunto lo que pude decirte. ¿Es que hablé en lenguas, como acostumbran a hacerlo los cristianos? ¿O bien empleé el lenguaje único del Paraíso, que acababa de aprender, pero que ya estoy olvidando? "¡Cuídate! ¡Y no me resucites dos veces!" Esta carta sumió a Pablo y a Lucas en un abismo de perplejidad. Por cierto que habrían podido ver en ella una manifes- tación de ese humor fuera de lugar al que Kaeso era tan aficionado. ¿Pero era concebible que un muchacho recién resucitado se entregara a manifestaciones de humor? Por otra parte, nada de lo que escribía Kaeso era fran- camente inverosímil. El tema de la encarnación y de la as- censión de la Paloma daba pie a delicadas discusiones. Ha- bía ya tantas cosas extravagantes en la nueva fe... -La carta de este amigo -dijo Lucas- plantea, de to- das formas, una pregunta a la que nuestra teología debe responder: ¿dónde van momentáneamente las almas de los muertos que Jesús y nosotros mismos resucitamos? Con Lázaro, la hija de Jairo, el hijo de la viuda de Naim, Dor- cas, Eutico y Kaeso ya son seis, hasta nueva orden. La gen- te terminará por hacerse preguntas. Kaeso es el primero que ha dicho dónde ha ido, pero puesto que esta revela- ción puede no ser seria, apenas nos ayuda a resolver el pro- blema. Imagina que un séptimo resucitado contara una his- toria diferente: la contradicción causaría el más enojoso efecto. En el Evangelio que tengo en proyecto, si tú no ves nada que objetar, silenciaré la resurrección de este inquie- tante romano. ¿Y no seria preferible, en resumidas cuentas, dejar de resucitar a los muertos que nos conmueven? En el fondo, y con toda justicia, ¿por qué ellos y no tantos otros? A la larga, incluso si Dios se complaciera en asistirnos, se fomentarían los celos y los desórdenes. -Dios me dijo que Kaeso sería el último -aseguró Pablo-. Tal vez el Espíritu quería servirse de él para entre- garme ese turbador mensaje en arameo. Pero hay algo más. Ese muchacho, de una manera o de otra, está en el centro, lo siento y lo sé, de un plan divino de gran envergadura, que nos afecta a todos. Por eso tenía que vivir un poco más de tiempo. Mientras se discutía sobre su suerte, en la mañana del V de los Nones de mayo, en estos términos sibilinos, Kaeso decía adiós a su hermano, que había conseguido prolongar su presencia durante algunos días. Kaeso estaba tumbado, todavía doliente, en el belvede- re del jardín donde Nerón debía cenar la noche siguiente. Marco el Joven, después de haberse preguntado qué ideas, qué expresiones podrían impresionar y convencer mejor a Kaeso, le dijo: -Ya ves qué difícil es juzgar las cosas, e incluso las más esenciales: ni siquiera sabemos si estabas muerto o vivo en la tarde de las Calendas de mayo. ¡Y tú, el primer interesa- do, no puedes decirnos más! Después de los cadáveres de germanos que he tenido ocasión de ver de cerca yo te ha- bría dado por muerto sin dudarlo, y ahora parece que aca- bas de salir de un resfriado. "Te lo suplico: ¡que la dificultad de juzgar te vuelva modesto y prudente, sensato y razonable en tu conducta con Silano y Marcia! A pesar de que hayamos tenido el pu- dor de no hacer de ello un tema de conversación, los dos hemos adivinado, yo primero y tú después, todo lo que Marcia, desde hace tres lustros, ha hecho por nosotros dos y por la casa, pero sobre todo por ti, su preferido, que lo tenias todo para agradarle. ¿Acaso tal cantidad de sacrifi- cios no le d a algún derecho a contar con tu reconoci- miento? Kaeso le interrumpió con lasitud: -El Cristo de Pablo también dio su vida por pecadores que nada le pedían. Estoy harto de esos Cristos o esas Mar- cias que se hacen martirizar para conmover al mundo y tenderle la mano. ¡Qué descanso, el día en que yo no sea blanco de tales excesos de bondad! -Pero Marcia no es como Cristo: ¡ella no pide casi nada! Sólo quiere respirar el mismo aire que tú, alegrarse con tu presencia, verte al levantarse por las mañanas... -¡A condición de que me levante de su cama! 440 441 -Mi experiencia con las mujeres es superior a la tuya... -¡Y qué mujeres! -Todas se parecen. Tota mulier est in utero*. Y mi expe- riencia me permite decirte que este adagio no tiene el equí- voco significado que la mayoría le da. Sin duda la mujer es más visceral que cerebral, pero entre las vísceras que la go- biernan, son el corazón y la matriz los que juegan los pape- les más destacados. Para Marcia es importante, pero no esencial, acostarse contigo. Preferiría vivir en tu compañía sin que la toques antes que perderte. Mientras esperaba a Pablo, parecía haber envejecido diez años, y tu curación la ha rejuvenecido quince. Si rechazas la adopción, la volverás loca, y es capaz de matarse de verdad. Me costaría mucho perdonarte ese lamentable final, cuando Marcia exige tan poco después de haberte dado tanto. -¡Lo poco que exige es toda mi persona! -De todas formas no es tan valiosa como para que no puedas prestarla sin escrúpulos. -¡Eso te tiene sin cuidado! -Prométeme que cuidarás a Marcia. -Haré lo que pueda. Marco abrazó a Kaeso con tristeza y se retiro. Al despedirse de Marcia en el atrio, después de haber ido a saludar y dar las gracias a Silano, Marco el Joven le dijo: -Le he hecho prometer a Kaeso que te devolvería todo lo que te debe, y espero que mantenga su pal abra. Me ha puesto al corriente de la situación, y confieso que estoy preocupado por vosotros dos y, de forma muy secundaria, por mi mismo. ¿Por qué el amor tiene que ser ciego, como se pretende? Yo no me habría hecho de rogar para amarte. ¡Te quiero ya tanto, y desde hace tantos años! Si la ingrati- tud de Kaeso llegara un día a desesperarte, ¡piensa un poco en mi antes de hacer una locura, por favor! Tienes un gran oso fiel en Germania, al que le gustaría conservarte duran- te mucho tiempo. Emocionada, Marcia le dijo en voz baja estrechándolo en sus brazos: -Si el amor no fuera ciego, te habría elegido a ti y no a ese muchacho soñador que tanto me enfurece. Cuando Marco se fue, un esclavo introdujo a Myra, con tablillas para Kaeso. Empujada por una curiosidad muy na- tural, Marcia acompañó a la pequeña hasta el convalecien- te. Kaeso explicó con brevedad en qué circunstancias ha- bía adquirido a Myra, y rogó a Marcia que leyera ella mis- ma el mensaje, que resultó ser de Selene: * "La mujer depende enteramente del útero." (N. de la T.) 442 "Selene a Kaeso, ¡salud! "Tu padre está tan contento de que te hayas curado que me cuesta sustraer a Myra a su efecto. ¡No obstante y o debería bastar para la tarea! Así pues, he aconsejado a la niña que se refugie junto a ti. Sigue preocupada porque sus encantos no sean apreciados por una persona decen- te. Intenta tranquilizarla de una u otra manera. ¿Por qué no de la más natural? Espero que te encuentres cada vez mejor." Marcia tiró las tablillas con mal humor: -¡Decididamente, siempre es un placer leer a esta Se- lene! Kaeso intentó calmarla con algunos chistes fáciles, pero Selene no era para Marcia tema de broma. -Si yo estuviera muerto -le preguntó él- habrías or- denado que la mataran, ¿no es así? -¡Pero si estuviste muerto! Montones de médicos lo habían decidido así, y había motivo para confiar en ellos. Tu Pablo resucitó a dos personas de golpe, pues en esa tar- de atroz de las Calendas, mientras lo esperaba, convoqué a Dárdano para que se ocupara de Selene. Pero puedes tran- quilizarte: por la noche revoqué la orden. -¡Cuánto odio por esa infortunada! -¡Corro el riesgo de morir por su cuíp a! -Morirás si quieres. Ahórrame ese chantaje, que no es digno de ti. Y prométeme que no tocarás a Selene, incluso si me ocurriera una desgracia. -Eras cómplice de aquella falsa carta de amor, ¿verdad? -Aunque ahora dijese lo contrario, no me creerías. Era absolutamente necesario estar seguro de tus sentimientos antes de la adopción, y no estaba claro que no me siguieras queriendo como una madre. ¿De qué otro modo podría ha- berte arrancado tu secreto? -Supongo que la idea de la carta era de Selene... -Por lo que ella me reveló después, tenía excusas para esa venganza. El placer de acariciarla y el de hacerla azotar sumaban demasiados placeres. -Hice que la azotaran para castigarla por una mentira. -Me lo dijo, sí. Saqué la conclusión de que también a mi me harías azotar si mi miembro no fuera lo bastante largo como para satisfacerte. Marcia, que se había sentado junto a Kaeso, se levantó bruscamente y rió nerviosa: -¡Al amor no le importa una pulgada más o menos! Cuando se volvía para retirarse, Kaeso la retuvo: -¿Me prometes que no tocarás a Selene? -¿Acaso la amas? 443 -Lo que me interesa en este asunto es la justicia. -¿Qué confianza puede inspirarte mi juramento? No creo en los dioses. El único dios que conozco eres tú. ¡Y si te pierdo, qué importa que el mundo se venga abajo! -Como un dios o muchos dioses pueden existir o no, es bueno tener en cuenta las dos hipótesis en nuestros ac- tos. ¡Te habla un resucitado! Marcia se encogió de hombros y se fue. Kaeso llamó otra vez a Myra, que jugaba a una improvi- sada rayuela en una avenida del jardín, y le dijo: -Algunas veces, por la noc e a arece un fantasma en la galería de pinturas del peristilo. Te aconsejo que no ron- des por allí a esas horas. Pero si la curiosidad fuera más fuerte que tú, piensa que no es un fantasma malo y que no hay motivos para asustarse. -¿De quién es el fantasma? -De un viejo abogado que perdió la cabeza por equivo- carse de caballo. -¡Siempre te burlas de mi! -No, no me burlo: resumo. ¿Cómo explicarte quién era Cicerón? Tienes tan poca experiencia... -¡Cuando conozcas a tantas mujeres como hombres conozco y o, podrás comparar nuestras experiencias! Humillada, la niña volvió a su juego. Kaeso pensó que la doctrina de Pablo sobre el matri- monio tal vez estaba justificada en la medida en que, como afirmaba su hermano, todas las mujeres se parecen. En todo caso, eso era lo que acababan por declarar los grandes aficionados a las mujeres, que sin embargo proseguían su búsqueda con un ardor tan incansable como ilógico. Si to- das se parecen ¿no se las conocería mejor profundizando a placer en un solo sujeto? Volvieron entonces las tablillas que Kaeso había envia- do a Pablo, en las que este último se expresaba en los si- guientes términos: "Pablo de Tarso a su querido Kaeso, "Estamos maravillados de que sigas con salud después de ese viaje que me has narrado de forma tan pintoresca. Eres el sexto en tener esa breve experiencia, siete contan- do a Jesús, que resucitó por sus propios medios: las gran- des verdades van siempre de tres en tres, de siete en siete o de nueve en nueve. Pero las cinco personas que te prece- dieron se mostraron menos parlanchinas que tú. Tal vez tu alma, permaneciendo cerca de tu cuerpo, que yacía en es- pera de mi llegada, tuvo un sueno... "Al despertarte me llamaste "Saulo", dirigiéndote a mi en arameo, lo que me causó una emoción bien inesperada. 444 J Puesto que sabes tantas cosas sobre el más allá, debes de saber lo que me dijiste. "Me sigues pidiendo el bautismo, y no obstante yo sien- to que no tienes una fe conforme a la nuestra. Hay en ello un misterio cuya solución se me escapa. De todas formas te bautizaré, pues no tengo capacidad para sondear los ri- ñones ni los corazones. El bautismo no es un trato entre nosotros dos, sino entre Dios y tú. "Mañana a la caída de la noche, mientras yo esté cenan- do con Silano para ver de cerca a vuestro Nerón, empezará el sabbat de los judíos, que terminará en la noche el ía siguiente. Repudiando las costumbres judías en ese punto, los cristianos hacen que su día dominical, el del Maestro, empiece en el momento en que termina el sabbat judío. Así pues, nuestro domingo comprende desde el sábado por la noche hasta la noche siguiente. Y es el sábado por la no- che, para empezar la semana lo más santamente posible, cuando se consume nuestra Cena principal, la que conoce la mayor afluencia. Pasado mañana por la noche hay Cena en la villa de Eunomos, más allá de la Puerta Viminalia, pa- sado el campo y el terreno de ejercicio de las cohortes pre- torianas. Eunomos es un rico esclavo de la familia imperial, que se ocupa de mala gana de los placeres de Nerón. Esa sería, si lo deseas, una ocasión para bautizarte. Luego, cuando yo me haya ido, personas de confianza completarán tu instrucción, y por fin te impondrán al Espíritu Santo. "Para volver a tu fe, que todavía me parece muy confu- sa y vacilante a pesar de tus leales esfuerzos de informa- ción, te repetiré únicamente el final de una parábola de Je- sús, que Lucas me contó. Un rico malvado, torturado por las llamas del infierno -es Jesús quien lo dijo, y por tanto hay que creerlo-, rogó a Abraham que permitiera a un elegido descender un instante a la tierra para aleccionar a sus parientes, que estaban en grave peligro de perdición, y recibió esta respuesta de Abraham: "Si no escuchan ni a Moisés ni a los Profetas, no se convencerán aunque alguien resucite de entre los muertos". "Después resucitó Jesús, y tú mismo acabas de volver de allá a bajo. Entonces, ¿qué más necesitas para convencer- te, y cuál será tu excusa para no hacerlo? "¡Que pueda tu alma encontrarse bien!" Kaeso contestó inmediatamente, utilizando las mismas tablillas: "Kaeso a Pablo, ¡salud! "¡Si, creo! Quiero decir que ya admito lo increíble como posible. ¿No es un buen comienzo, que alimenta to- 445 L das las esperanzas y merece sin más tardanza el bautismo? Tú mismo calificas tus creencias de "escándalo para los ju- díos" y de "locura para los gentiles". Así pues, ten un poco de paciencia e intenta comprender que el camino de la gra- cia para llegar a las almas no es idéntico para todos. Unos son cegados cerca de Damasco. Otros abren los ojos con circunspección y sus progresos son más lentos. Ora el di- que cede de golpe, ora el agua desgasta la roca. Cada día que pasa me siento más cristiano. "Pero me sorprende que me reproches la tibieza de mi fe invocando a Abraham; su reputación me parece dudosa, si hay que creer al Génesis, que leí con especial atención. Hete aquí a un tipo que hace pasar a su mujer por su her- mana a fin de vivir de sus encantos, y que se siente muy fe- hz al abandonar Egipto con el producto de esa trapacera y vergonzosa industria. Si tu Abraham, patrón de los proxe- netas, fue admitido por error en el Paraíso, podría abste- nerse de dar lecciones allí, pues cada cual tendría derecho a gritarle en respuesta: "¡¿Y tu hermana?!"*. "También te diré muy francamente que la perspectiva de que me bauticen en casa de Eunomos no me seduce mucho, pues pasa por jugar junto a Nerón el papel que Abraham jugab a junto al Faraón, con la diferencia de que quizás no prostituye a su propia concubina con el Príncipe. "¡Entiéndeme bien! No le reprocho en absoluto a Eu- nomos su condición de esclavo. Los estoicos ya nos ense- ñaron que todos los hombres son iguales, si no en mérito, al menos en dignidad. Y desde hace mucho tiempo los hombres libres se han asociado a los esclavos en muchos colegios religiosos. Tampoco le reprocho que sea pecador, pues sólo Dios sabe comparar nuestras faltas comparando las situaciones en que aquéllas se inscriben. No, al contra- rio, experimento hacia Eunomos unos piadosos celos. "Hay, en tus epístolas, un agujero grande y oscuro don- de justamente han ido a caer hombres como Eunomos sin que tú parezcas preocuparte del calvario que soportan. Cada vez que te diriges a los esclavos es para recomendar- les que sobrelleven su dolor con paciencia, que no cambien de condición, que respeten y amen a sus amos. Así pues, ¿qué puede hacer un esclavo cristiano a quien su amo obli- ga a colaborar en todos sus vicios? Tú le prohíbes el suici- * Juego de palabras intraducible. Et ta soeur? es una expresión hecha en francés que más o menos equivale a "vete a la mierda". En castellano literalmente significa "¿Y tu hermana?", de modo que en el caso de Abraham resultaría doblemente adecuada... (N. dela T.) 446 dio, esa elegante solución estoica para resolver dignamente los casos desesperados. Le prohíbes que se rebele. Le pro- híbes que huya. En suma, le obligas a participar en el peca- do del amo, con el único consuelo de que el pecado desa- parece cuando lo impone una coacción evidente. "¿No ves adónde lleva esta triste contradicción? ¿Es que hay dos categorías de cristianos? Unos dedicados a la conti- nencia y a todas las virtudes, otros condenados por una amarga Providencia a sufrir en cuerpo y alma los caprichos eróticos de los amos. Decir que en ese caso no hay pecado para las victimas revela un verbalismo hipócrita, pues la naturaleza humana es tal que semejantes abusos, si por azar dejasen el alma intacta, marcarían de todas maneras la carne y la mente, por las humillaciones padecidas y por los placeres que a pesar de todo las acompañan a veces. "Eunomos, tocado por la gracia y proveedor de mucha- chitos de ambos sexos para Nerón, sean cuales sean sus pruebas, disfruta en el seno de tu exigente moral de una extraña tolerancia, puesto que estaría en su derecho si me dijera, a mí que tendré que conformarme con una sola mu- jer: "Soy cristiano: mirad mis alas; soy alcahuete: ¡mirad mi culo! "Pero vayamos un poco más lejos... Tu bonita teoría del pecado que desaparecería a causa de la obligación, ¿no se podría reconducir peligrosamente en crédito de hombres lib res cogidos en la trampa de una dura necesidad? ¿Dónde empieza, dónde acaba la esclavitud? ¿No corre cada cual el peligro de caer un día u otro en la casi esclavitud del próji- mo, en el corazón de este mundo de violencia y arbitrarie- dad? Si Nerón me raptara para deleitarse con mis encantos, ¿tendrías conmigo los indulgentes miramientos que tienes con los compromisos de Eunomos? "Tengo motivos para estar celoso y desear que me bau- ticen en otra p arte. "¡Ruego al Cielo que el Príncipe nunca se interese en demasía por tu persona! "¡Cuidate, y que Abraham te bendiga!" El sol había llegado al cénit. Silano y Marcia se reunie- ron con Kaeso en el jardín, adonde pronto les subieron la comida. En el transcurso de este almuerzo, un emisario de pala- cio les llevó la restringida lista de los invitados para la no- che siguiente, que Nerón, amablemente, sometía a la apro- bación de Silano. Estaba Petronio, que sus competencias artísticas y lite- rarias y su desengañado arte de vivir encomendaban desde hacía años a la diaria simpatía del emperador. Estaba el es- 447 L pantoso Vatinio, a causa de su lado divertido, que no ex~ cluia la profundidad. ¿Acaso no le gustaba a Nerón hacerle repetir '¡César, te odio, pues formas parte del senado!"? Estaba el apurado Vespasiano, uno de los chivos expiato~ nos preferidos de Vatinio. Vespasiano iría acompañado por sus dos hilos, Tito y Domicio, a quienes intentaba abrir ca- mino. Tito era un gran pánfilo de veinticinco años, pero Domicio, doce años menor, tenía un aire más despabilado. Estaba Coccio Nerva, amigo y primo lejano del Príncipe, un valioso joven viejo, que era uno de los poetas titular~ de la corte. Estaba el enorme e insolente Vitelio, que se había convertido en uno de los comensales y compañero8 de excesos más apreciados de Nerón. En un océano de in- sipidez, el cinismo de Vitelio tenía algo de sano y reconfor- tante. Y, contra toda expectativa, estaba Otón. -¿Qué hace aquí Otón? -preguntó Marcia-. Yo lo creía todavía en Lusitania o en la Tarraconense... -En Lusitania -precisó Décimo-. El viejo Galba es el actual gobernador de la Tarraconense. "Otón fue llamado a Roma para un curioso proceso. Antes de partir hacia las orillas del Tajo, endeudado hasta el cuello -¡e incluso por encima de la cabeza!- recibió, entre otras turbias historias, un millón de sestercios de ma- nos de un esclavo imperial, que en contrapartida esperaba un puesto cualquiera de intendente no sé dónde. Y, natu~ ralmente, el puesto era un mito. Cuando un esclavo enri~ quecido -la mayoría de las veces fraudulentamente- se ve estafado por alguien más vivo que él, no es fácil que recu- pere sus fondos. Sin la menor personalidad legal, ¿cómo podría presentar una queja, a no ser a través de su amo, a quien es raro que pueda confiarse? Desafortunadamente para Otón, el esclavo engañado fue libertado y se le nom- b ró para un puesto de responsabilidad en el servicio de los acueductos de la Ciudad. Ardiendo en deseos de vengalSC, reunió a otras victimas de su deudor, que formaron un sin- dicato de querellantes y asediaron al pretor con sus gritos' Resultó que el propio senado convocó al poco delicado in dividuo, con la forzosa aprobación de Nerón, para pedirle cuentas, pues a estos turbios asuntos se sumaba una acusa- ción de mala administración que concernía a Lusitania. Como no hay nada que rascar en una provincia tan los menores excesos se notan en seguida. "En el senado, fue T. Clodio Eprio Marcelo quien se e cargó de presentar la acusación, y ya se sabia lo que quería decir. Rehabilitado él mismo después de robar Licia, Marcelo, como Vibio Crispo o Vatinio, sale al p~ con su lacrimosa elocuencia cada vez que el poder qu ordenar los asuntos de alguien. "Ya estaba Marcelo puliendo su alegato cuando Nerón lo detuvo todo con una palabra, tal vez incitado por Po- pea, a quien habría sido difícil no salpicar al espulgar las calaveradas de su ex marido. "Otón, que se veía perdido, pasó mucho miedo, pero no fue más que un susto hasta nueva alerta, y el empera- dor, sin duda, no apuntaba más lejos al permitir que lo lla- maran a Roma. A nuestro Nerón le gusta conservar el mie- do de los que le inspiran desconfianza, en espera cte apretar el lazo. Y si Otón, antes de volver a su exilio, figura en mi mesa, está claro que es porque el olor de su inquietud abre el apetito del Príncipe. Silano devolvió la lista de invitados con este comenta- rio: "¡Odio a Vatinio, porque no debería formar parte del senado!". Ante el espanto de Marcia y de Kaeso, observó: -Vatinio ya me odia, pues a sus ojos represento todo lo que él nunca podrá pretender. Pero Vatinio sólo podría actuar con la tolerancia de Nerón, que tiene el tempera- mento del perro: oler el miedo le da ganas de morder. Ac- titud que además es de alta política, en la medida en que el miedo es casi siempre signo de mala conciencia. No tengo nada que reprocharme y a Nerón le importa un l~ledo que se burlen de Vatinio, a quien, como todo el mundo ,des- precia. Por la tarde, Marcia fue a hacerle compañía a Kaeso, que había vuelto a su habitación, e intentó tener con él una conversación fútil, confiada y sin tensiones, aludiendo a menudo a las cosas de antaño. Pero para ella ya no había terrenos firmes. Kaeso la mi- raba como si hubiera cambiado, y acabó por pregt¡ntarle: -¿Cuántos de tus antiguos amantes estarán presentes en la cena de mañana? Después de pensarlo, Marcia contestó: -Solamente tres o cuatro. -¿Tres o cuatro? ¿No sabes contar? -Tuve una corta relación con Vitelio, que fue bastante generoso. En cuanto a Otón, me pidió prestados 20.000 sestercios, que naturalmente no volví a ver. Y respecto a Petronio y a Nerva persiste la duda, pues estábamos a os- curas. No sé con quien traté, ni si hubo repetición o sucesión. "¿Pero qué importa eso ahora, Kaeso? ¿No debería cu- brirlo todo esa oscuridad? -Entonces, ¿a veces trabajabas gratis? -¡Había que cuidar la maquinaria, idiota! El retorno de las tablillas escritas por Pablo le dio a Kaeso un buen pretexto para acortar este penoso inter- cambio de puntos de vista. La rapidez de reacción de Pablo 448 449 era notable, como si Kaeso hubiera puesto el dedo en una herida. "Pablo de Tarso a su querido Kaeso: "Tienes razón. Siempre tienes razón. ¿Acaso podría ser de otra manera? Eres joven, tienes la mente despierta, tu memoria funciona mejor que un reloj, has estudiado a pla- cer la retórica y la filosofía, alías el buen sentido romano y la agudeza griega y hablas en voz alta, puesto que pertene- ces a una sociedad dond e hasta los ignorantes y los imbéci- les lo hacen. "¿Qué soy yo, a tu lado? Apenas he estudiado algo más que la Ley, y al Cristo que vino a cumplirla. Y en cuanto a la Ley, Gamaliel o Filón sabían mucho más que yo. Mis co- nocimientos de filosofía son superficiales. Mi retórica es un bosquejo. A fuerza de correr de un lado a otro, empiezo a sentir la usura de la edad. Y mis defectos no arreglan nada. Sé bien que soporto mal la contradicción, cuando mis razo- namientos a veces son discutibles. He hablado mucho y es- crito bastante para darme cuenta ahora de que he podido ofrecer imágenes divergentes de mi pensamiento, o incluso contradictorias. Unos me acusan de haber traicionado la Ley; otros, de haberme traicionado a mí mismo. Cuanto más me acerco a la tumba, más cuenta me doy de mis ig- norancias, insuficiencias y flaquezas. "Pero, ¡qué importan tu razón y la mía! ¿Es la razón lo que nos hace nacer, vivir y morir? Como supongo que pre- sientes, puesto que acudiste a mi, la razón no nos abre más que dominios muy reducidos de la experiencia diaria. Nos ayuda a domar a un caballo o a ahumar quesos. Pero nunca ha resuelto problemas esenciales, que no dependen de sus estrechas y rasantes luces. La vida y la muerte están más allá de toda razón, y cuanto más necesaria nos seria la ex- periencia, menos posible resulta. No se nace dos veces. Y ni siquiera tú, que morirás dos veces, has aprendido algo. "De todos modos hay una experiencia, una sola, que no necesita ser renovada para descub rirse perfecta: la de la fe. Si quisiera resumir de un trazo el gran dibujo de mi misión y todo el espíritu de nuestra Iglesia, emplearía la palabra latina conversio, que significa "darse la vuelta". Esta es la im- presión, por así decirlo, física que tuve cerca de Damasco. Tras aquello, cierto que yo no sabia más sobre el mundo, pero me había "dado la vuelta", de tal manera que lo con- sideraba desde un nuevo punto de vista. Las oscuridades que me habían turbado hasta entonces se volvían comple- tamente secundarias al lado de esta imborrable verdad: Cristo cargó con todos los pecados, errores e ignorancias de los que tienen fe en El. Desde entonces, la misma debi- 450 lidad del creyente se convierte en su fuerza, puesto que Cristo la asume con él y, de pie en el centro detodas las cosas, extiende los brazos de su cruz sobre la historia de los hombres. "Sí, tienes cien veces razon: nunca he sabido hablar a los esclavos ni resolver todos los problemas que me plan- tean. Sólo he sabido decirles: "Jesús murió por vuestras fal- tas y por las de vuestros amos, y tendrá piedad de todos vosotros en el día del Juicio". "Asi pues, no irás a casa de Eunomos. Hasta pronto. Es- tán planchando mi toga y voy a tomar un baño. "¡Que conserves la buena salud, pequeño razonador!" Kaeso se sentía muy satisfecho por haberse librado de la Cena en casa del infame Eunomos. Iba a bautizarse para impresionar a Silano, a su padre y quizás a Marcia. No veía sino inconvenientes en ir a exhib irse junto a una pandilla de cristianos. Tal vez aquellos imprudentes acabaran por tener problemas, y mejor sería frecuentarlos menos. Ya avanzada la tarde, como Silano había ido a visitarlo, Kaeso aprovechó la ocasión para enseñarle la última carta de Pablo, y le pidió su opinión sobre ese género de literatura. -El punto de vista es interesante -declaró Décimo-. Este Pablo parece realmente convencido de haberte resuci- tado, puesto que sostiene que morirás dos veces. -Los médicos me habían dado por muerto y, según pa- rece, tenía todas las trazas de estarlo. Pablo tiene excusa para creer en un milagro, que no queda totalmente exclui- do. Además, los cristianos no son los únicos que pretenden resucitar a la gente. Se dice que Esculapio tuvo éxitos de esa clase, y en sus templos de Epidauro, Cnido, Cos, Pérga- mo o Cirere las curaciones milagrosas son incontables. In- cluso hubo algunas durante mi estancia en Atenas, donde el escepticismo está bien de salud. -¡Qué pena que tus recuerdos sean tan vagos! -Lo que no prueba ni que estuviera muerto ni que es- tuviera vivo. -Esa incertidumbre es irritante: un médico que resuci- ta a sus pacientes cobra más. -Ya te aseguré que Pablo no era interesado -dijo Kaeso riendo-. Además, ya has leído el resto de su carta... -Si, se trata claramente de un iluminado. El mismo ad- mite que ve el mundo al revés. En cuanto al desinterés, ya volveremos a hablar: como mi abuelo me advirtió, fueron las mujeres honradas las que más caras me costaron. -No creo que hayas encontrado muchas. -¡Afortunadamente! ¡Ya no tendría un solo nummus para Marcia! 451 L 1 De repente, a Kaeso se le ocurrió la idea de que, si Dé- cimo se convencía de su resurrección, tendría un excelente motivo de "conversión" y bautismo, incluso el único que sería difícil discutir. No obstante, para no desconcertar de- masiado a Silano, convenía improvisar un Paraíso que tu- viera un cierto aspecto estoico... -De todas maneras, a veces recuerdo cosas del más allá, como si un velo se desgarrase por momentos. Pero, cosa curiosa, las imágenes se me escapan o se disuelven en beneficio de sensaciones, sentimientos y puntos de vista re- trospectivos. Distingo el color blanco... Si, todos nosotros vestíamos una toga blanca... -¿Una toga? -Tal vez a ia algunas vestimentas griegas o bárbaras, pensándolo bien. Es un detalle. Puede que me equivoque respecto a las formas y hasta con los colores, pues allá arri- ba reinaba una luz deslumbrante. Pero esta luz divina era portadora de multitud de informaciones de orden científi- co y moral. El orden del mundo había invadido mi espíritu. Lo entendía todo y nada me sorprendía. "¿Pude haberlo soñado? -¡Habría sido un hermoso sueño! -En todo caso, este viaje me debió de enseñar una len- gua extranjera, pues Pablo me ha revelado que me dirigí a él en arameo, el idioma más difundido en el Cercano Oriente. -¿Pero la has olvidado? -Por completo. Los niños también olvidan su lengua materna cuando dejan de hablarla prematuramente. Silano se retiró muy pensativo. Después de su padre y de Marcia, Kaeso se destacaba contando mentiras piadosas. VIII Durante todo el día IV de los Nones de mayo la fami- lía de Silano se atareó limpiando y decorando la casa, que al caer la noche presentaba un aspecto de lo más encanta- dor: por todas partes había flores primaverales, guirnaldas y coronas, y como al emperador le gustaba el ámbar hasta el punto de sembrar con él sus anfiteatros, lo habían colo- cado por aquí y por allá con fingida negligencia. Para aca- bar con cualquier broma pesada de Cicerón, los cuadros de la pinacoteca, que Nerón, apasionado por la pintura entre otras cosas, amenazaba querer contemplar, se habían dis- puesto en torno al lugar del festín, y habían encerrado cui- dadosamente la crítica mesa de cidro en la galería. Durante su última visita, con ocasión de la fiesta que Silano dio al instalarse en la villa, el Príncipe se había entretenido una media hora ante el Prometeo de Parrasios de Efeso. Este célebre cuadro, que Silano había adquirido por sie- te millones de sestercios, resplandecía de realismo tanto más cuanto que el maestro, a causa de un escrúpulo artísti- co bastante raro, había pintado del natural el suplicio de Prometeo, sirviéndole de modelo un condenado a muerte. Pero el hígado del Prometeo de la leyenda se regeneraba a medida que el águila lo picoteaba, mientras que las entra- ñas del condenado no estaban dotadas de esa maravillosa capacidad. Parrasios había tenido que utilizar para su obra maestra una necesaria y suficiente retahila de condenados, mientras que el águila, bien adiestrada, seguía siendo la misma, puesto que mejoraba sus prestaciones en cada nue- va ocasión. Pero Parrasios, muerto cerca de quinientos años antes, era célebre sobre todo por sus cuerpos afemi- nados y lascivos. Una vez más había surgido la preocup ación por los gus- tos del emperador, y se dirigieron al jefe de las cocinas de palacio. ¿Habían sufrido alguna evolución reciente? Sin duda Nerón seguía apreciando los platos más raros y deli- cados, pero su gusto por los alimentos de régimen crecía junto con sus ambiciones artísticas, y de ahí su preferencia, cada vez más acusada, por todas las legumbres que pudie- 452 453 ran ofrecer virtudes cualesquiera. Comía platos depurativos de ortigas blancas o de esas grandes y saludables énulas cuyo consumo crónico había llevado a aquel viejo camello de emperatriz Livia hasta los ochenta y seis años, y rumia- ba puerros para aclararse la voz... Desgraciadamente, como se tragaba esos platos de régimen además de su alimenta- ción habitual, no dejaba de engordar. Así pues, de buena mañana, el cocinero mayor de Sila- no había hecho que rastrearan en los mercados de la Ciu- dad todo lo que fuera más delicado y terapéutico, como las legumbres, y la selección era abrumadora. Estos campesinos romanos no habían renunciado a una multitud de plantas silvestres, mientras que eméritos horti- cultores cultivaban o perfeccionaban cada día nuevas espe- cies o variedades. Y claro, en primavera, la competencia entre legumbres silvestres y cultivadas era más viva en los mercados y también más buscada, pues al terminar el invierno todo el mundo tenía ganas de comer alimentos frescos. De este modo, se veían montones de deliciosas y peque- ñas habas, de nabos, nabas y zanahorias, rábanos blancos y rojos, chirivías, apio caballar, acelgas negras, alcaraveas, salsifis, colocasias, hinojos, cebollas corrientes o muscaris, ajos, cerraja, bulbos de gladiolo, de asfódelo, de orquídea, de leche de gallina o de escilas, cuyo consumo en grandes cantidades era, sin embargo, mortalmente tóxico. Los romanos también eran aficionados a todos los jóve- nes brotes primaverales de plantas o arbustos, cortados an- tes de la aparición de las hojas; espárragos de huerta o de jardín, que los hortelanos de Rávena llevaban a tal esplen- dor que bastaban tres para completar la libra; delicadas plúmulas de brécol o de calabaza, de orobanca, enredadera, fresera salvaje o lúpulo; tiernos brotes de nueza negra, fra- gón, brionia, higuera o vid. Y también había cardos normales y borriqueros, lechu- gas, dientes de león, endivias, pepinos, escarolas o achico- rias amargas, berros de jardín o de agua, verdolaga, alholva, malva, apio, acelgas blancas, armuelle, acelga amaranto, ro- maza, hierba de a aciencia, mostaza, ortiga grande, helio- tropo, lengua de buey, llantén, cañaheja, malvavisco, hojas nacientes de olmo y una docena de especies de coles. ¡Después de una compra así, las cocinas de Silano se pa- recían a un huerto! El emperador tendría dónde escoger... Dado el número de invitados, más reducido de lo pre- visto, habían renunciado a disponer los triclinia y habían colocado en el jardín más alto un solo sigma confortable- mente blando. Por la noche, unos policías de Tigelino se presentaron 454 cortésmente para asegurarse de que la cena se desarrollaría en las mejores condiciones de seguridad, y se retiraron sa- tisfechos. El jardín estaba bien cercado y fuera del alcance de las miradas y las flechas; con un arco de doble curvatu- ra, un asesino entrenado podía traspasar a una víctima a gran distancia. Tras un principio de reinado idílico y lleno de confian- za, las relaciones entre el Príncipe y la mayoría del senado habían empezado a deteriorarse seis años antes, y desde ha- cia tres años se habían vuelto francamente malas. Tigelino temía constantemente un atentado. Así pues, se habían re- forzado las medidas de protección y el emperador, cada vez más temeroso, no quena correr el menor riesgo. Como Ti- berio, intentaba desalentar, si no las conspiraciones, al me- nos su ejecución, a través de frecuentes desplazamientos por la Ciudad y fuera de la Ciudad. Tigelino, en la medida de lo posible, llegaba a preparar diversos programas, y Ne- rón elegía uno de ellos en el último momento. Los contac- tos entre el soberano y el pueblo, antaño tan frecuentes, se habían reducido a lo indis~ ensable, y bajo los pórticos de palacio, para tranquilizar a augusto ~aseante, unos espejos retrovisores -que no salvarían la vi a e Domiciano- ha- bían hecho su incongruente aparición. Al retirarse, los policías habían dejado un cordón de pretorianos empenachados en torno a la villa, lo que podía significar dos cosas para los que pasaban: o bien el empera- dor estaba de visita, o bien el propietario se estaba abrien- do las venas. En el atrio se había apostado una decena de guardias germánicos a los que se sumaban algunos gladia- dores de confianza, entre ellos Ti. Claudio Espiculo, guar- dia de corps preferido de Nerón. Y en las cocinas perma- necía un grupo de vigilantes y catadores de platos. Desde la muerte de Claudio, su hijo adoptivo desconfiaba sobre todo de los champiñones, y los quitaban de en medio cuan- do iba a cenar a casa de algún amigo: aun fuera de esta- ción, estos traidores comestibles se seguían encontrando, secos o conservados en aceite. El Príncipe y su séquito -sin Vatinio- llegaron del cercano Palatino al caer la noche, un instante después que Pablo; y Décimo, asistido por Marcia y Kaeso, los acogió en el atrio iluminado a giorno. Nerón, con elegancia, fingió no reconocer ni a Marcia ni a Kaeso. Décimo presentó a Pablo en estos términos: -Cn. Pompeyo Paulo es un eminente terapeuta, espe- cialista en curas milagrosas, que acaba de salvar la vida de mi futuro hijo adoptivo. Me interesaba mucho que lo co- nocieras, pues tu salud me es todavía más cara que la de mis parientes más próximos. 455 h. -¡Al fin un verdadero ciudadano romano! Todo el mundo rió con esta salida del Príncipe. Pablo era, en efecto, el único envuelto en una toga, que por otra parte le sentaba bastante mal. En la intimidad, al empera- dor le gustaban las sueltas vestiduras a la griega, que ni siquiera llevaban cinturón, y sus compañeros seguían su ejemplo. Silano y Kaeso, al estar en su casa, vestían senci- llas túnicas. Nerón añadió: -¡Y por fin una verdadera romana, fiel a su estatua! "Ya ves, Silano, me he informado antes de venir, para no olvidar un cumplido. Te felicito por una boda tan ade- cuada. Podrías haberte casado con una aristócrata como tu hermana Silana, con pico ygarras, que pronto te habría causado problemas y me a ría obligado a reñirte. Has sido sensato dando con la discreción, la modestia y el pudor. -¡Sólo volví a casarme en atención a ti, César! -Y apostaría a que también es por consideración con- migo por lo que te preparas a adoptar a un joven tan oscu- ro, pero tan hermoso. -Has vuelto a adivinar. -Hemos dejado a Vatinio en un lugar de perdición con dolor de muelas. ¡Accidente fatal a fuerza de escupir vene- no! Tenias razón al no desear verlo en tu casa, y sobre todo al decírmelo tan francamente. La franqueza es indicio, para los Príncipes, de una conciencia limpia.., o del más hondo disimulo. Es una cualidad que Vatinio y tú mismo cultiváis. La alusión a Silana removía el hierro en una herida to- davía abierta. Durante el segundo año del reinado, nueve años antes, esta hermana de Décimo, para vengar a sus hermanos di- funtos, había urdido contra Agripina, de acuerdo con Do- micia, la tía superviviente de Nerón, acusaciones envenena- das que habían estado a punto de resultarle mortales antes de tiempo. Séneca y Burro, con la imparcialidad de su in- vestigación, le salvaron el tipo por los pelos. Esta Silana, enormemente rica, sin hijos y sin buenas costumbres, esta- ba ya en el ocaso de su vida en el momento de la alerta. Bajo Claudio había comprado a C. Silio, que tenía la repu- tación de ser el hombre más apuesto de la Ciudad y que Mesalina le quitó, intriga en la que, por otra parte, Silio y su imperial amante habían encontrado la muerte. Aparen- temente reconciliado con su madre, Nerón había exiliado a Silana, que se había acercado a Roma tras el asesinato de Agripina, pero que había muerto antes de que la autoriza- ran a entrar en la Ciudad. Nerón se desembarazó de la caja que encerraba su pre- ciada citara dejándola en brazos de Vespasiano, como para reprocharle su insensibilidad hacia la música; charlando, dieron un paseo para admirar los muebles; pasaron al ves- tuario para ponerse las síntesis; luego subieron al jardín y se tendieron en el amplio sigma. Naturalmente, el empera- dor ocupaba el extremo superior, seguido de Marcia, Kae- so, Silano, Petronio, Nerva, Vitelio, Otón, Vespasiano, Tito y Domicio, mientras que Pablo ocupaba el extremo inferior. Como el sigma esta a dispuesto en semicírculo, se encontraba en frente de Nerón, de quien lo separaban las mesas de servicio. Con sus ojos azules un poco vagos que el vino aún no había llenado de brumas, Nerón consideraba a Pablo con curiosidad, y Kaeso creyó oportuno añadir algo a las pre- sentaciones: -Pablo, ciudadano romano de vieja cepa, es de religión judía. -Popea y Acteo tienen simpatías por los judíos (¡es el único sentimiento que tienen en común además del amor por mi persona!). Yo mismo los veo con ojos favorables. Los de Palestina son bastante turbulentos, pero el resto es más o menos satisfactorio. Séneca me contó que los rabinos sostienen que un dios único creó y organizó el universo. Interesante idea. Este dios podría sumarse a nuestro panteón y venir por fin a coronar a los otros. No entiendo bien por qué el dios de los judíos tiene la exclusi- va contra todos los demás, hasta el punto de que su pueblo se niega a hacer sacrificios. ¡Ciertamente, es muy enojoso que concedan a estas ceremonias más importancia que no- sotros! Kaeso estaba muy interesado en que los cristianos tu- vieran los menos problemas posibles, y aprovechó la oca- sión de allanar una dificultad a ente: -Me avergíáenza, César, abordar un asunto político en una reunión amistosa... -Habla sin miedo: ¿no estoy día y noche al servicio del pueblo? -La mayor parte de los rabinos consideran heterodo- xo a Cn. Pompeyo Paulo, por oscuros motivos teológicos que no vendría al caso discutir aquí. Mientras tanto, la sec- ta original de Paulo ha convertido a numerosos judíos, e incluso, por lo que me han dicho, a algunos griegos y ro- manos, que desde entonces se negarían a arrojar el habitual grano de incienso en el fuego del altar de Roma y de Au- gusto el día en que por azar fueran llamados a hacerlo. Estos nuevos conversos, judíos, griegos o romanos, ¿no de- berían, en buena justicia, beneficiarse de lamisma dispensa 456 457 de sacrificios que los judíos ortodoxos, en vista de que los conversos al judaísmo ordinario ya se benefician de ella por definición? El emperador interpeló a Pablo:. -¿Eres judío o no? -¡César! ¡Soy judío, hijo y nieto de judíos, judío desde que los judíos existen, y más judío incluso que Abraham, puesto que mi doctrina asume, cumple y prolonga todo el judaísmo! -Esa es tu opinión. Pero Kaeso nos dice que la mayo- ría de los rabinos te tienen por un renegado. -¡Porque son ciegos en el país de los ciegos! -Ponte por un momento en mi lugar. ¿No correspon- de a la mayoría de los judíos definir quién es judío y quién no? Si tus hermanos te rechazan, ¿qué puedo hacer yo? Para que tú y los tuyos os beneficiéis de la dispensa, tienes que reconciliarte con los demás rabinos. "¿Cómo se llama tu secta? -Soy cristiano. El término parecía recordarle algo a Nerón... -Tigelino me contó que el Gran Rabino de Roma se queja de esos cristianos, a los que acusa de burlarse de las leyes del Imperio, de despreciar sus costumbres y hábitos e incluso de fomentar desórdenes. Algunos se excitan hasta el ,punto de imaginar para un futuro próximo la conflagra- cion estoica que Séneca tiene la sensatez de aplazar hasta después de mi reinado. No es sano predecir catástrofes. Cuando tardan demasiado, ¿no hay cierta inclinación a apre- surarías? -Dios es testigo de que te han informado mal. Los cris- tianos pueden tener hábitos y costumbres particulares, pero yo mismo incito en mis escritos a respetar las leyes, y en lugar de querer fomentar desórdenes, rogamos cada día por la felicidad del Imperio y de tu augusta persona. "En cuanto al incendio de que hablas, es un hecho que nuestros libros sagrados aluden a él, pero sin precisar la fe- cha. Los que lo imaginan para dentro de poco van más allá de los textos y no pueden valerse de la recomendación de los responsables de mi secta. En cuanto a mi, pienso, como toda la gente razonable, que el fin del mundo no tendrá lugar forzosamente mañana, y que tu reinado, que empezó bajo tan afortunados auspicios, terminará aún me- jor. Los cristianos harán todo lo que puedan para lograrlo. -Sea como sea, únicamente los verdaderos judíos tie- nen derecho a la dispensa. ¡Que la mayoría de ellos se ha- gan cristianos, y no habrá más problemas! Nerón se volvió para hablar con Marcia. El incidente es- taba cerrado. Pablo tuvo una mirada de agradecimiento ~araKaeso, a pesar de que su amable intervención no ra conseguido demasiado. Era evidente que, tal como iban las cosas, los cristianos nunca tendrían la preciada dispensa. El emperador elogiaba los cuadros que decoraban el verde escenario del banquete. La propia Marcia había su- pervisado la disposición de la iluminación destinada a real- zarlos, y Silano había regulado su distancia en relación con los observadores del sigma. -Esto es -dijo Nerón- lo que revela a los aficionados al arte perspicaces. En efecto, un cuadro se ve siempre realzado o estropeado por tal o cual luz, y fue concebido para que lo admiren a una cierta distancia... Eso se olvida con demasiada frecuencia. El primer servicio no fue menos apreciado: el cocinero mayor había formado en una inmensa bandeja todo un mo- saico de mariscos y pequeñas legumbres frescas represen- tando a Apolo Febo en su carro, delicada alusión al mitoló- gico esplendor del Príncipe. Como de costumbre, la conversación giraba en torno a cuestiones estéticas o artísticas y a los éxitos y ambiciones del emperador en esos dominios, que eran los únicos que le interesaban de verdad. Y los cortesanos tenían dónde elegir en materia de halagos... Nerón, nuevo Apolo, había conducido carros en la pista del Circo Vaticano, cerrado al gran público para el aconte- cimiento. Nerón, nuevo Hércules, había estado a punto de estrangular a un león entre sus poderosos brazos, pero la prueba no se habían llevado a cabo, a falta de animal com- placiente. Nerón había compuesto poemas religiosos, obras de circunstancia, fragmentos líricos, eróticos o satíricos, poemas dramáticos o tragedias como Las Bacantes o La Muí- ttplicacicfn de Attis. Nerón había escrito melodías y cancio- nes, algunas de las cuales habían llegado a ser populares, signo que no engaña sobre el talento de un autor. Pero el Príncipe, apasionado por las viejas leyendas troyanas, había concentrado sus esfuerzos, sobre todo, en un largo poema épico en honor de la guerra de Troya, la Troica, donde el joven pastor Paris desempeñaba el papel principal. De ese modo, ambicionaba dotar a Roma de una nueva Eneida, que seria como un grandioso prefacio a la epopeya virgilia- na. Y en este Paris, gozoso y encantador, e or ista o in- dolente, cruel como Aquiles, ladino como Ulises, a veces plebeyo y a veces refinado, el emperador cantaba a su pre- cursor y modelo. La obra tocaba a su fin con el gran incen- dio de Troya, que planteaba al poeta las peores dificulta- des, pues la rica naturaleza, a la vez apolínea y dionisíaca, de Nerón, mezcla íntima de lo clásico y lo barroco, se pres- 458 459 '1 taba mal a una evocación semejante. La fogosidad, el énfa- sis y la exuberancia casaban mal con la búsqueda de pala- bras raras y preciosas, de expresiones refinadas y carácter sofisticado. Cuanto más sudaba el escritor, más olía el in- cendio a aceite. Nerón se daba cuenta y esta decepción se había convertido para él en una grave preocupación, casi en una obsesión. ¡Suerte que sus talentos de actor y cantor le distraían de esta ciclópea labor! Ante un público cuidadosamente selec- cionado, el emperador se complacía vivamente interpretan- do obras de Eurípides -su trágico preferido- y hasta de Séneca, con una máscara que reproducía sus propios rasgos o los de su querida Popea, pues interpretaba con igual faci- lidad papeles de hombre o de mujer, y tampoco desdeñaba aventurarse en las pantomimas e incluso en las comedias. Pero si la declamación le hacia vibrar, prefería por encima de todo cantar acompañándose a la citara. Incluso había llegado, a fuerza de dar clases con el célebre Terpnos, a considerarse citarista profesional. Su sueño era cantar un día algunos pasajes de su Troica ante un vasto público hip- notizado. Escultura, pintura y arquitectura, a sus ojos, eran secundarias. Petronio, Nerva y Silano participaban competentemen- te en la discusión. Otón y Marcia, prudentemente, se limi- taban a parafrasear lo que estaban seguros de haber enten- dido bien. Vitelio funcionaba por ocurrencias. Vespasiano, privado de las insidias de Vatinio, ya no se atrevía a abrir la boca. Tito bostezaba por lo bajo, y Domicio se entregaba a uno de sus pasatiempos favoritos, que sus biógrafos ten- drían la inconsecuente crueldad de reprocharle: su mano derecha se extendía de pronto, aprisionaba una mosca a la que los dedos de la mano izquierda privaban minuciosa- mente de sus alas, y el rampante bichito, asombrado por el cambio de condición, se veía librado a sus propios medios hasta que una precisa palmada ponía fin a sus incertidum- bres. Unos biógrafos que aprecian los munera podrían tener el pudor de tolerar sonriendo el martirio de las moscas. Evidentemente, Nerón era el único que tomaba el arte en serio. Nerva fingía hacerlo, e incluso para Petronio y Si- lano el arte sólo era un recreo entre otros muchos. La soledad imperial provocaba piedad y era preocupan- te en relación con el futuro del régimen. En el Oriente he- lenizado, donde el arte era una de las razones de vivir, nin- gún dinasta se había atrevido todavía a asegurarle el papel protagonista en sus Estados, y era en Roma, donde el arte apenas era algo más que un signo exterior de riqueza, don- de había un soberano que le consagraba la mayor parte de sus ambiciones. El divorcio entre el Príncipe, artista nato, 460 y los senadores, artistas de ocasión, amenazaba acabar en drama pasional. Las tradiciones más ancladas de Roma ha- cían de Nerón un monstruo de mal gusto, en la medida en que el buen gusto consistía en considerar el arte como su- balterno y accesorio. Kaeso sentía agudamente divorcio y drama. Como calla- ba, Nerón le preguntó: -Y tú, a quien apenas hemos oído hasta ahora, dinos qué piensas de esta cuestión: ¿debe el artista trabajar para un pequeño número de personas o para la multitud? -En primer lugar, pienso que no existe trabajo donde hay placer, y que el artista digno de tal nombre, divina re- compensa por su genio, es el único que está asegurado contra cualquier trabajo. Los artistas son como los dioses. ¿Acaso los dioses trabajan? -¡Bravo! ¡He ahí un excelente argumento para c~ue me sienta aún más divino de lo previsto! Pero, ¿y qué mas? -Creo, César, que la pregunta está mal planteada. "La filosofía, que tiene por objeto informarnos sobre lo Bello, lo Justo y lo Verda ero nos dice que cuando estas dos últimas cualidades se encuentran juntas, la primera va con ellas. Pero el arte puro es un dominio en el que estas nociones de justicia y verdad no tienen, por definición, el más mínimo lugar. Un acto de verdad y justicia siempre será bello, mientras que una bella estatua no es ni justa ni verdadera: es belleza en sí, independientemente de cual- quier criterio que no sea de naturaleza artística. "Este banal exordio es para recordar que el arte, lógica- mente, es ejemplo de un círculo vicioso, cuyo maleficio nada permite quebrar, puesto que en materia estética los criterios de juicio han sido tomados en préstamo de la es- tética. De esta suerte, el arte es juez y parte en su propia causa. "De lo cual resulta que es imposible establecer reglas indiscutibles de lo bello y lo feo. "En consecuencia, la aprobación de un pequeño o un gran número de personas no dará nunca la menor informa- ción sobre la calidad de una obra. En asunto tal, la élite puede en$añarse tanto como la muchedumbre, y cualquier apreciaclon, en este desierto de criterios donde sólo sub sis- ten juicios de valor individuales, tendrá que revisarse inde- fi nidam e nt e "Sin duda se podrían determinar, a partir de nuestra anatomía, nuestra fisiología y la conciencia que de ellas te- nemos, unas reglas de armonía fuera de las cuales la obra de arte chocaría con el sentido común universal. Pero tales reglas precisan lo que hay que evitar; son mudas en cuanto a la creación de la obra maestra. 461 L A "Asi, el artista se encuentra condenado a una soledad que constituye su maldición y su grandeza. Individuo social y altruista, buscará con ardor los contactos humanos y la entusiasta comprensión del mayor número de gente. Pero pronto entenderá la vanidad de esta búsqueda. Incompren- dido, se desesperará; acogido favorablemente, se dará cuen- ta de que esta confirmación es impotente para sacarlo de sus dudas, que serán tanto más lancinantes cuanto más ta- lento y escrúpulos posea. "Y tú eres, divino citarista, el más desgraciado de los ar- tistas de todos los tiempos, pues el entusiasmo de los oyen- tes, en el que tantos mediocres ven un bálsamo, tiene toda- vía menos valor para ti que para tus émulos. Cuando ala- ban tus versos y tu canto, ¿sabes alguna vez si están aplau- diendo al emperador o a su obra? "Podrías refugiarte en un bosque intrincado y tocar sólo para los animales salvajes. Pero los dioses deben de te- ner otros designios para ti. Si le han concedido a un empe- rador el genio quede ordinario reparten entre simples par- ticulares, sólo veo una explicación para su capricho: te invitan a superarte, de manera que la sincera unanimidad del arrobo sea por primera vez como un criterio de verdad en este resbaladizo terreno donde no hay ningún criterio. Nerón estaba impresionado por este discurso tan juicio- so, que terminaba con un elogio tan perspicaz, y tras un si- lencio declaró: -A pesar de tu juventud, me hablas de arte tan bien como Petronio, y el fondo del problema no se te ha esca- pado. Si, soy muy desgraciado y no puedo sustraerme a mi destino más que superándome. ¡Gracias por habérmelo di- cho con tanta claridad! Vitelio intervino en ese momento: -La concepción romana del arte es que éste debe ser un aprendizaje permanente al servicio del Estado. Y es de- masiado cierto que no hay ninguna regla indiscutible de lo bello y de lo feo. Sin embargo, el arte debe cumplir su ofi- cio. Para salir de esta situación sin salida, hay un remedio muy sencillo, y tanto más aplicable cuanto que la mayoría delo s romanos se burlan completamente de los problemas artísticos: así pues, que el Príncipe precise de una vez por todas lo que es bello y lo que es feo, ¡y los que no estén de acuerdo serán arrojados a las fieras! -¡Entonces -gritó Nerón- precisaré primero lo que tú debes comer, pedazo de beocio! Al primer servicio lo habían sucedido unos pescados que el cocinero mayor se había divertido disfrazando de carnes, y después apareció un tercer servicio de carnes dis- frazadas de pescados. 462 J El emperador divisó a Pablo y le interrogó: -¿Cuáles son las concepciones estéticas de los judíos? -¡Todas las de los demás, César! Ni los judíos ni los cristianos te causarán nunca el menor problema en ese aspecto -¿Qué quieres decir con eso? ya -Que la definición de lo Justo y lo Verdadero nos crea tantas dificultades que no nos queda ni un minuto para ocuparnos de estética. En lo que a nosotros concierne, puedes seguir intrépidamente el consejo de Vitelio. Dinos loquees bello,y lo pregonaremos al principio de nuestro Credo, aunque el parágrafo tenga que cambiar de reinado en reinado. Nerón frunció el ceño, como si esta complacencia le re- sultara sospechosa... -En suma, ¿no os interesa lo bello en sí mismo? -¡Al contrario! Lo respetamos tanto que esperamos pre- cisamente que esté definido para interesarnos por ello. ¿No es esto sensatez? Y una sensatez que tranquiliza a los go- biernos. -Con Vitelio, los judíos y los cristianos -suspiró Ne- rón- ¡estoy apañado en materia de artistas! Marcia observó: -Todo el mundo sabe que los judíos están tan alejados de cualquier preocupación por la belleza formal que con- denan las representaciones del cuerpo humano, tachando con rabia las obras maestras de la escultura o la pintura. Y estoy segura de que los propios cristianos, si los dejaran, se apresurarían a destruir cuadros y estatuas. Como Pablo no decía una palabra, ante la mirada diver- tida de Kaeso, Nerón le preguntó: -¿Has oíd